

En un país de perennes olvidos, no sorprende encontrarse con un signo negado del imaginario puertorriqueño como lo es En Babia: manuscrito de un braquicéfalo (1940), novela de José De Diego Padró, escritor puertorriqueño vanguardista confinado a notas al calce y a percepciones panorámicas de su obra en los libros de historia literaria. Es En Babia… una novela que se desborda a sí misma, incontenible e inacabable, abrumadora y a la vez accesible sin dejar de ser retadora. Irreverente y solemne a la vez, En Babia… se desarrolla desde la fantasmagoría citadina hasta lo onírico subjetivo, desplazándose indiscriminadamente por un texto dispuesto a manera de avenidas y calles en una ciudad que aquí se hace de letras, y la que el lector recorre –lisa y estriadamente– los registros variopintos que van hilvanando la historia de Jerónimo Ruiz y Sebastián Guenard, sus protagonistas. Hablamos de una novela que absorbe la poesía, el ensayo, la filosofía, el cuento y el propio arte de novelar, en tanto el lenguaje se torna en parodia de sí mismo.
Con más de setecientas páginas, la publicación de En Babia… se enfrentó, al momento de su publicación, a una tradición literaria que encontraba campo fértil en las corrientes de la novela de la tierra y el costumbrismo. La poca atención crítica y, sobre todo, académica que se le ha brindado pudiese, de algún modo, obedecer a los antecedentes socio-históricos que operan dentro del marco socio-histórico. La novela de José de Diego Padró, co-fundador del diepalismo –movimiento concurrente con las vanguardias literarias en Hispanoamérica-, inició a manera de folletín en el diario La Correspondencia de Puerto Rico en el 1930, cuando la clase intelectual puertorriqueña, inspirada por los Minoristas de Cuba, mostraba un revitalizado énfasis en la resistencia a la dominancia de los Estados Unidos sobre Puerto Rico, a la vez que se afiliaba a las luchas de trabajadores, nacionalistas y estudiantes que surgieron entre las grietas de un ya resquebrajado modelo de gobierno colonial. Asimismo, el sector de la agricultura, principal vértebra de la economía puertorriqueña, se reducía tanto en términos absolutos como relativos, mientras el gobernador asignado a Puerto Rico, Teodoro Roosevelt, informaba que un sesenta por ciento de la población no tenía empleo. Asimismo, seiscientos mil ciudadanos padecían de hambruna y tres cuartas partes de la población eran iletradas.
En Babia…, por supuesto, es la antítesis de la situación socio-económica en el Puerto Rico de los ’30 y ’40. Se construye como una novela urbana, rica en referentes y extremadamente culta, un trabajo imposible de localizar en el ámbito caribeño, razón por la cual el autor la desarrolla en Nueva York, la capital del Siglo XX. En efecto, si con el París de Haussmann nace la ciudad del espectáculo en el sentido de lo moderno, en la novela En Babia… somos expuestos a juegos de realidades aparenciales, externas e internas, estrategia narrativa que parte esencialmente de esa dicotomía actancial entre Jerónimo y Sebastián (a manera de dobles complementarios o dopplegänger), rasgo que aparta la obra de De Diego Padró de aquellas producidas por el resto de sus coetáneos para la misma época. En Babia… lleva en su árbol genealógico a Poe y a Lewis Carroll. A Nietzche y a Hegel. A Heidegger y a Darwin. Y desdeña a la gran novela naturalista en Puerto Rico, La charca (1894), de Manuel Zeno Gandía.
El rasgo más extraordinario de esta novela probablemente sea la confección del tejido narrativo, que asemeja a la construcción de una ciudad de palabras en la cual los edificios quedan dispuestos como bloques de texto, las calles y avenidas dispuestos como proposiciones narrativas, la variedad y multiplicidad acentuados en la contraposición de discursos y registros, todo delineado en una poética del espacio que se interrelaciona entre la interioridad (espacios cerrados) y la exterioridad (espacio abierto). Así, cohabitan en En Babia… tres niveles de ciudad: la ciudad real (el escenario de la acción, Nueva York, con sus calles grises y su humareda), la ciudad irreal (comprendida por el ámbito onírico, psicológico y/o alucinante de los personajes, que es el espacio interior que se acepta como un mundo alterno posible), y la ciudad simbólica, que es el texto mismo, la ciudad de letras que acompasa las primeras dos. De Diego Padró incluso desarrolla el carácter del flâneur o del paseador citadino que tanto atrajo a Baudelaire y a Benjamin, ese personaje que transita por las calles de las grandes urbes y que conforma la trata principal de Jerónimo Ruiz. La ciudad, ese nido de la modernidad, es un espacio de ensueño y, por tanto, se hace idónea como escenario y personaje de esta novela.
El logro es incuestionable, aunque la novela se muera por fracasar. De Diego Padró crea una ambiciosa novela que lo abarca todo y que pretende ser una totalidad mayor que la propia suma de sus partes. Es el texto una ciudad habitada por el impresionante despliegue de alcance escriturario, donde se interpolan discursos de todo tipo: un manuscrito que comienza y que resulta ser la novela de Jerónimo Ruiz, que viene a su vez a ser prologada por un doble o heterónimo de De Diego Padró. Lo que se cuenta a medida que se escribe queda estructurado como un montaje de secuencias narrativas y discursos que incluyen, además de la búsqueda de un personaje para que protagonice la novela (que será Sebastián), digresiones sobre retórica, estética kantiana, crítica literaria, astrología y antropología, entomología, filatelia, ocultismo, descripciones impresionistas y memorias, entre otros, que, como opina uno de los pocos estudiosos de la obra, Wilfrido del Corral, son presentados de manera antitética (frecuentemente grotesca) a los valores burgueses representativos de las sociedades hispanoamericanas del momento.
Es evidente que la novela de De Diego Padró extralimita a cualquier trabajo narrativo de la época, escrito antes o después, dado el contexto histórico en el cual la obra se inscribe y repele a la vez. De ahí que la población de los actores en la novela En Babia… sea una composición heterogénea de personajes marginales, entre los que se encuentran, dentro de una diversidad étnica, barrenderos, vagabundos, truhanes, estafadores, traficantes de drogas, así como anarquistas, dinamiteros y hasta vendedores de maní, todos en convivencia con artistas mediocres, filósofos de tertulia, mujeres de doble vida, oficinistas, aventureras de matrimonio, casadas infieles, bisexuales y coleccionistas adinerados. A todo esto, sumamos la presencia ingente de la ciudad de Nueva York, que convierte en otro personaje dentro de En Babia…, de la misma manera que Paul Auster lo hace casi cincuenta y seis años después de la publicación de la novela de De Diego Padró. Es una ciudad con cuerpo y tiene vida anímica; ciudad que enuncia, pero también adolece.
Indefectiblemente, En Babia… se nos aparece como una discontinuidad fragmentaria, conduciendo al lector no tanto a una cronología de la historia, sino a una topografía de la misma. Este sentido anacrónico de la narración anticipa tanto a la Rayuela de Cortázar como a Los detectives salvajes de Bolaño. Pero, sobre todo, En Babia… es una ciudad que nos ofrece múltiples recorridos.
Hemos esperado demasiado para recorrerla nuevamente.
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