Hace ya varias décadas conocí a esta infatigable creadora. Fue durante la preparación y la feliz puesta que hiciera de la novela de Julio Verne La vuelta al mundo en ochenta días, en el mejor espacio que tuvo la escena cubana durante mucho tiempo: la Sala Hubert de Blanck, sede de la Compañía Teatro Estudio, dirigida por la mítica actriz y directora escénica Raquel Revuelta (homenajeada en Miami por mi colegamigo Juan Cueto-Roig con un amplio volumen dedicado a su vida y obra).
No fue poca la alegría reencontrármela no mucho tiempo atrás en una de las valiosas tertulias del Pen Club de Escritores Cubanos del Exilio, celebradas en la Biblioteca de Westchester, donde a partir de ese momento recuperamos e incentivamos la amistad apenas esbozada en La Habana de los ‘70s.
Durante los mencionados encuentros de escritores —dirigidos por su presidente, el conocido poeta Ángel Cuadra— he comprobado la pasión, el entusiasmo y el amor de esta incansable directora teatral, dramaturga y escritora para niños.
Sin duda, como corroborarán mis ciberlectores con la lectura de la siguiente entrevista, para Karla Barro el amor por la creación artística en general es parte consustancial de su particular temperamento e incambiable idiosincrasia que la definen, tal se constatará de inmediato. Así que, sin más, he aquí mi charla en 12 asedios con la muy destacada creadora.
Karla, tras una extensa e intensa vida en la creación escénica, ¿qué es para ti el teatro?
-Waldo, para mí siempre ha sido vocación, aprendizaje, felicidad, descubrimientos insospechados, viajes sin freno ni retorno, amor del bueno, transformado en pasión, justamente para apasionar a otros, un sorprendente trampantojo que esconde un dulce veneno, que con el tiempo, los estudios, intensa disciplina y práctica constante, al final resulta un mejunje que no mata, como dijo Nietzsche: “lo que no nos mata, nos hace más fuertes”; pues esa fuerza incongruente del teatro, se metamorfosea en adicción, necesidad y una…¡difícil, fantástica y mágica forma de vida.
El teatro ha resultado para mí una andadura llena de ilusiones, sustos, encuentros y desencuentros, gozos y quebrantos, aventura perpetua, rigor artístico, quimeras, satisfacción y paz interior, convicción, éxtasis, riesgo, coraje, sacrificio…
Como sabes, es un arte complejo y colectivo, y una liberación individual, en tanto es espectáculo, respuesta, ceremonia y siempre, siempre, sobre todo, al menos, personalmente, juego, pero un juego muy serio, divertido, reflexivo, riguroso, respetable y apasionante, en el que pueden participar todas nuestras capacidades creativas y que obligatoriamente, requiere de un público.
El poder del teatro —ese arte pobre, efímero, frágil y artesanal— es de tal magnitud, que todo ataque o daño contra él, no logran que pierda su poderío, su capacidad mágica, casi sobrenatural, de supervivencia: son ya veinte y siete siglos rebuscando en lo más profundo de la condición humana —desde Aristóteles, su primer teórico—.
Pero te digo más, amigo: El teatro es territorio donde todo lo que surge es verdad, como no lo consiguen la literatura, la música, las artes plásticas, el cabaret o el circo y donde es válido presentar todos los géneros, menos… ¡el género aburrido!
Hoy en día, todas las artes están siendo violadas por la libertad que ofrece Internet. Sin embargo, el teatro posee el privilegio de no poder ser violado, pues su territorio es inexpugnable y en él sobrevivirá siempre, con la mayor dignidad, su absoluta autenticidad. Ni guerras, experimentos, estupideces enmascaradas, dictaduras, hambrunas, ni pestes, cóleras y otras epidemias, han podido exterminar este arte integrador, el único que necesita de un ritual compartido, exigiendo la participación coordinada de muchas personas, al que nada humano le es ajeno y el único socialmente útil y de posibilidades infinitas.
Como también sabes, al teatro se le han dado diferentes nombres a través de los tiempos: así, en Grecia se le llamaba Theatron (en griego: “lugar para contemplar”), pero también fue Anfiteatro, Retablo, Corral, Linterna Mágica, La Casa Encendida, Taetro…, siendo uno de los más singulares —que me encanta— el nombre con que lo bautizara Don Ramón María del Valle-Inclán, el genial dramaturgo y novelista gallego, creador entre sus obras maestras, del género literario y teatral del esperpento, quien con toda gracia y amor, le decía, a las entrañas del Teatro: «Mondongo».
¿Has actuado o sólo te has mantenido en la dirección de escena?
-Bueno, querido amigo, creo que todos somos actores en la vida real y cotidiana, ¿no?, pero a menudo las circunstancias dadas limitan y canalizan los recursos intelectuales de una persona.
Te cuento: yo, desde muy pequeña, quería ser payasa y mi madre, ponía el grito en el cielo, para que yo olvidara esa divina afición, pues a ella le parecía algo descabellado. Por ello, me compró un piano, que yo aporreaba cada día…, horas y horas…, así, durante ocho años. Todo lo que estudié en un Conservatorio de Música en La Habana, no sólo hizo, que al crecer, amara la música con fervor, sino también me fue útil luego para musicar mis propios montajes y poder valorar, discretamente, los musicales y el trabajo junto a los directores de orquesta.
También, aún muy joven, pero ya precozmente casada y con dos hijos a los 20 años, obtuve una beca de arte dramático, donde estudié Interpretación y todas las asignaturas que conciernen a la Formación Actoral: caracterización y maquillaje, historia del traje, teoría literaria, historia del teatro, expresión corporal, historia del arte, dramaturgia, voz y dicción, etc.
Llegada ahí, ocurrió la inevitable catástrofe, al descubrir con auténtico dolor que, a pesar de mi frenética vocación actoral y adorar la historia de dos monstruos sagrados: las icónicas actrices Sarah Bernhardt y Eleonora Duse, mis ídolos de entonces. Yo carecía del talento necesario para ser actriz, sin duda, la profesión más difícil y hermosa que existe. Desolada, vagabundeé por un tiempo, viviendo sin vivir en mí, en un estado de completa inestabilidad y apatía. Y sin poder tampoco vivir lejos del teatro, con una buena dosis de determinación, pensé en trabajar allí en lo que fuera necesario: taquillera, acomodadora, telonera, barriendo el escenario, de utilera, sonidista… Y comencé a hacer trabajos voluntarios en el grupo de teatro de aficionados del Banco Nacional de Cuba. Me gustaba el ambiente, las pequeñas obras, pero sobre todo los ensayos, algo torpes, en los que yo intentaba aprender todo, ser útil, tomar parte en lo que hiciera falta: copiando a máquina los textos para actores y técnicos; haciendo de apuntadora y también los efectos de sonido (los truenos, la lluvia, el chirrido de puertas…), consiguiendo e inventando cosas para el decorado, utilerías, el vestuario y algunas veces, a pesar del miedo escénico, hasta actuando malamente. Representábamos en un parque, o haciendo teatro de calle, y muchas veces, en tiempos de zafra, íbamos a lugares lejanos, en el campo, donde se cortaba la caña y muchos de los pobladores en su vida, habían visto una obra de teatro en vivo. Al final, los niños y hasta los viejos campesinos, cuando nos íbamos, corrían detrás de nuestro camión, diciéndonos adiós, felices y gritándonos por el nombre de los personajes de unos divertidos entremeses de Cervantes, que les habíamos representado con placer: ¡Repollo…, Panduro…, Pedro Estornudo…, Rana…, Jarrete…! Creo que ese maravilloso público nos recordaría por largo tiempo. Nosotros a ellos también. Yo jamás los he olvidado, pues fue, sin duda, una inolvidable y gratificante experiencia. ¡Ah! Y fue entonces cuando ocurrió el milagro: me enteré por casualidad del comienzo de un curso de Dirección de Escena, que ofrecían en la Casa del Teatro. Me presenté al casting, pasé las pruebas de ingreso, me aceptaron y allí mismo, al poco tiempo, estudiando a fondo teorías y prácticas, que ni imaginaba, con dos estupendos profesores de Dramaturgia y Dirección de Escena: Virginia Grüter y Néstor Raimondi, antiguos alumnos del Berliner Ensemble, el teatro del genial Bertolt Brecht, en Alemania, me di cuenta de pronto, de algo, como un resplandor interno, una anagnórisis o descubrimiento: ¡yo era un animal de teatro y podía llegar a ser Directora… y no muy mala!
Esto fue como cuando descubrí de pequeña que los niños no venían de París; que había una regla sólo para las hembritas; o el miedo, al conocer la fugacidad de la vida, al quedarme huérfana, aún adolescente, de padre y madre, en la misma semana. Ese terrible hecho me curtió para siempre.
Entonces, fue allí, en la Casa del Teatro del Vedado, presentando en mi examen final, la primera escena de la pieza Arroz para el Octavo Ejército, de Brecht, cuando los exigentes profesores quedaron sorprendidos y muy satisfechos con mi mini-puesta en escena y los compañeros hasta me felicitaban, como si fuera mi cumpleaños. Fue algo así como cuando los toreros, por primera vez en el ruedo, vencen a su toro bravo y el público saca sus pañuelos blancos, para que el jurado les otorgue el rabo y las dos orejas. ¡No podía creérmelo! Sentí un hormigueo —como de hormigas locas— desde el occipucio hasta las choquezuelas, atravesando el huesito de la alegría. Entonces, aquella mañana de 1962, sencillamente decidí, sin más, que sería Directora de Teatro durante el resto de mi vida. ¡Y amén!
Con tu larga praxis como realizadora, ¿qué es para ti la dirección teatral?
-Pues te lo digo de inmediato: Un enorme compromiso y una absoluta responsabilidad, pues este peculiar oficio, es una profesión muy compleja y rica, que se debe respetar y amar profundamente. Dirigir es una tarea solitaria y difícil, donde el peso de la puesta en escena cae siempre sobre tus hombros y nadie puede implicarse ni ayudarte, aunque lo quieran. Se me ocurre que bien podría filmarse una película titulada «La soledad del director de escena», algo similar al filme del realizador inglés Tony Richardson en 1962: La soledad del corredor de fondo. Hago mía esa sensación de soledad dentro de una profesión tan individual, tan exigente, con una desolación interior extrema a veces, cuando intentamos llegar aprisa a alguna parte, sin saber muy bien qué será lo que encontraremos. Creo que casi todos, somos corredores de fondo (sin destino) y que, más a menudo de lo que quisiéramos, estamos solos. Pero, bueno, no hace falta aquí ahora que quiera ‘rizar el rizo’, pues a pesar de esa solitude, en realidad, durante la práctica de los montajes, un director no trabaja nunca, físicamente solo, porque ayuda siempre en su creación a actores, diseñadores, escenógrafos, técnicos y al resto del equipo de soporte, necesario para lograr cualquier producción teatral.
Creo, Waldo, que un buen director de escena tiene el poder de construir, alentar a todos, dar confianza y levantar su autoestima, aún, al personal de servicio del edificio teatral, desde el portero, hasta las personas de la limpieza. Hay que escuchar, animar, comprender y observar con cautela, las interpretaciones, buenas o malas, de los actores, pues estos crecerán si se les cuida y un solo estilo une los esfuerzos de todos, manteniendo también la moral del equipo ante las dificultades, que son muchas y bien complejas.
Antiguamente, las compañías y grupos teatrales carecían de un regisseur, pues confiaban en la relación conseguida entre los actores, después de muchos años trabajando juntos. Normalmente, solía ser el actor principal quien tenía la última palabra en el acabado de un montaje escénico. En la actualidad, existe el denominado “Teatro de Director”. En la actualidad, los actores ya crecen acostumbrados a tener a su alrededor, para todo, a un Director capacitado, y esta presencia les ofrece gran confianza y seguridad.
Todos los realizadores debemos tener extrema prudencia y una paciencia infinita, a prueba de todo tipo de conflictos, tanto los de los ‘cándidos adolescentes’, como los de los ‘seniles francotiradores’. Este es, sin duda alguna, un negocio duro, donde nos exponemos, tanto a una puñalada trapera, como a un salto al vacío. Pueden existir los problemas más diversos, absurdos y ‘pantagruélicos’, bien con el autor, los productores, escenógrafos, diseñadores de vestuario, de luces, de sonido, musicalizadores y coreógrafos, auxiliares de escena, sin contar con alguna exquisita “prima donna”, o las conflictivas “estrellas” y quizás, quizás, quizás…, hasta con el bendito público.
Ser directora es una forma, más bien, una oportunidad inmensa para conocer más profundamente al ser humano, en contradicción con sus contradicciones y su lucha ante diversos conflictos sociales y así poder vivir muchas vidas, junto a la mía. Esto provoca una profesión delicadamente variopinta, a veces dulce, a veces amarga, en la que hay que continuar aprendiendo Teatrología el resto de tu vida; investigar, experimentar, estudiar de todo a fondo, desde ópera, o cómo se manipulan los títeres y marionetas en un teatro de figuras, hasta especialmente mucha Psicología, y no sólo la de los personajes de cada obra en lista de espera, sino también la de cada uno de los actores que vas a dirigir, pues en cada ‘viaje’ que capitanearás, la ‘tripulación’ tiene diferentes sensibilidades, y contra viento y marea, a veces reclaman y exigen diferentes formas, sistemas, métodos, astucias y triquiñuelas. Entonces hay ‘que dorarles la píldora’, pasarles la mano y reírles la gracia, para que acepten tu punto de vista, sin muchos tiquismiquis, y lograr que te permitan hacer lo que real y técnicamente tienes que hacer, a las duras y a las maduras, porque el tiempo corre y no perdona. ¡Y el Público tampoco!
Por lo general, es difícil la comunicación con los actores y a veces sus discordancias y rebeldías tienen causas justificadas y hay que escucharles. Conozco directores que se mantienen anquilosadamente firmes en sus criterios, sin ofrecer el más mínimo derecho a réplica; entonces, se vuelven violentos, muy nerviosos y autoritarios, emitiendo chirriantes sermones y responsos rimbombantes. Hay casos en que se salen de sus casillas y, sin el menor autocontrol, tiran cosas al escenario, ceniceros, trastos, lo que causa el enfado general, y lógicamente el ensayo deviene una dura batalla campal. Hay obras que han llegado a estrenarse, de mala gana, y sin intercambiar ni una palabra, los actores con el realizador. Resulta una bomba. Y yo me pregunto: ¿adivinarán los espectadores lo que hay ‘detrás de la fachada’?
Creo que montar una obra es un acto de amor. Por ejemplo, yo he experimentado que si siento auténtico amor, pasión más bien, por el proyecto que les propongo, este sentimiento debe contagiarles a todos: es como infectarles un virus beneficioso, una bacteria listilla que les hará disfrutar. Yo jamás pierdo los estribos, jamás grito a un actor, ni pateo una butaca, ni insulto a nadie. Mía es la responsabilidad de conquistarlos, enamorarlos del proyecto, incluidos que adoren a los personajes que les ha tocado en suerte construir. Mi deseo es que todos trabajen en un ambiente en el que puedan expresar a fondo su creatividad, su imaginación, no temiendo expresar sus dudas o dificultades. Quiero que sientan libertad total, dentro de una disciplina y un orden necesarios; que se sientan motivados por el texto y la construcción de sus personajes y que les encante evolucionar y crecer como artistas. Soy una directora de escena de una obra de arte, no soy una dictadora, ni una tirana. La labor se inicia con un texto, actores, y todo lo demás es una hoja en blanco que, poco a poco, se va llenando de luces, decorados, trajes, música, movimientos, etc. Sólo por esta armoniosa comunión grupal, por medio de improvisaciones y juegos, irá surgiendo la forma. Los procesos de ensayos han de ser productivos, de total colaboración grupal, como una tela de araña que se teje entre todos y donde todos tengan derecho a opinar, porque solo así se desarrolla la confianza necesaria, en un ambiente de buen humor, camaradería profesional y mutuo respeto. Hasta los pensamientos negativos también pueden llevarnos a una actitud constructiva; hay que intentar buscar el equilibrio entre lo negativo y lo positivo. El director tiene que revisar su proyecto de antemano con Rayos X, sin que sea nunca un totalitarismo, sino una creativa democracia, aunque al final, siempre deba tomar las riendas, porque su intuición, su pensamiento constructivo y la experiencia, le dicen qué es imprescindible.
Desde siempre se dice, cada año, en todo el mundo, que el teatro ¡está en ¡crisis!, y ahora, con la llegada de las nuevas tecnologías, el cine y la televisión, a muchos les resulta una forma artística moribunda, casi un cadáver exquisito ya putrefacto. Pero yo creo, al igual que mis colegas del mundo, que nuestro arte no morirá jamás. ¡Es inmortal!
Por creer tanto en la necesidad y continuidad de su existencia, te confesaré mi credo:
Receta para un estreno
Lo primero que necesita un director son actores, aún crudos, aunque no estén adobados, o poco condimentados. Para la acción, debemos comenzar por la inacción y, antes de usar la palabra, aprender a masticar el silencio, tragarlo y digerirlo. Presentar un buen montaje al ‘ajillo’ o ‘a la vinagreta’, es como una larga noche de crudo invierno en Laponia, donde piensan que no verán más la aurora. Pero con un tazón de paciencia, un litro de entusiasmo, un barril de pasión, un jarrito de alegría y una pizca de talento, si continuamos revolviendo el mejunje, con muchas ganas de jugar, con determinación, energía inagotable y buena voluntad, de pronto de la negra oscuridad, surgirán las Auroras Boreales. Y entonces, ya podremos sonreír y respirar muy hondo y exclamar: “¡Ah, qué dicha…, la vida es bella, ya está ahí la primavera y, con ella, el Público!
“Mucha mierda”
Nota: Les aclaro a tus ciberlectores que no deben sorprenderse de esta expresión escatológica, pues resulta muy común en Europa, y se cree que viene de la costumbre francesa de pronunciar merde, como señal de éxito, porque existe una superstición: al desear suerte, haces justo lo contrario: desear mala suerte. Otros consideran que viene de la Edad Media, de la época de Shakespeare, cuando las clases pudientes usaban coches de caballo para acudir al teatro, dejaban atados los animales a la entrada, donde hacían sus necesidades. Luego, antes de comenzar el espectáculo, alguno de la compañía, se asomaba para ver si había mucho excremento en la puerta del teatro, y ésta era la señal deseada y esperada, pues significaba que la sala estaba lleno de público, lo que suponía de antemano ¡un auténtico éxito!
Karla, ¿entre las numerosas obras dirigidas por ti, ¿cuáles recuerdas con mayor agrado?
-¡Huy, eso es como recordar a cada uno de nuestros hijos o nietos! Las puestas en escena son como nuestros seres más queridos, y es difícil preferir unos pocos. Pero bueno, no voy a ser ‘exquisita’ en esto y, con mucho gusto, te contaré algunas anécdotas sobre varios trabajos escénicos que realicé con auténtico placer, como por ejemplo, la versión musical que hice en el capitalino Teatro Martí, con la pieza Santa Camila de la Habana Vieja, de José R. Brene. Entonces transformamos entre todos el espacio escénico, interior y exterior del edificio teatral, en un típico ‘solar del reverbero habanero’, lleno de tendederas con ropas viejas colgando sobre el patio de butacas, de palco a palco, y macetas, palanganas, cubos, colchonetas, bateas, etc., y durante el Prólogo, desde la calle, por el vestíbulo y los pasillos, deambulaban entre el público, todo tipo de personajes y pregoneros populares, tradicionales, desde un manisero que repartía cucuruchos, la florista, un frutero, el dulcero, los vendedores de mamoncillos, pirulíes, y durofríos…, un médico chino, el yerbero y el escobero, hasta el amolador de tijeras y un estirador de bastidores.
Recuerdo el reparto de grandes actores, tan queridos, muchos de ellos ya desaparecidos, como Carlos Pous, quien con su ‘negrito’ , surgido en el teatro vernáculo, disfrutaba y nos deleitaba, interpretando magistralmente a un Changó de carne y hueso, que fumaba habanos, tomaba buches de café, ron y hasta cantaba y bailaba una rumba, ovacionada al final por su ferviente público…; sin olvidar a Asenneh Rodríguez, Julito Martínez, Ángel Vilches, Caridad Rodríguez y muchos más, sin olvidar a la emérita actriz, ya muy mayor, Candita Quintana, que interpretaba el personaje de La Madrina de Santa Camila… (cuyos gatos adoptados, se escapaban de su camerino durante las funciones, paseándose tan campantes por el proscenio y luego hacían mutis por el foro, para regocijo del inocente público, que tomaba aquel desfile improvisado como parte del montaje). Y para nada olvido tampoco a los murciélagos, aficionados de cada noche, cuando al no haber aire acondicionado en el Martí, entraban por los ventanales abiertos, y revoloteaban por el ‘gallinero’, provocando el susto y jolgorio de los presentes. Realmente, en verdad, esta fue una puesta en escena, muy sui generis: divertidísima, excepcional, algo único en su género, inclasificable, ¡una Camila, auténticamente ‘santificada, a la Habana Vieja!
Otras obras inolvidables que dirigí y estrené en La Habana, fueron La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne (que recuerdas, por haberla disfrutado desde sus ensayos) con el grupo de Teatro Estudio, en la Sala Hubert de Blanck. Años después, creamos un nuevo grupo, el Teatro de la Juventud, y allí estrené La cuadratura del círculo de Nicolai Kataev, la divertida comedia de enredos, llena de peripecias de todo tipo, que con un equipo de sólo cinco actores, llenábamos a tope, cada noche, el Anfiteatro semicircular del Parque Almendares en el Bosque de La Habana. Fue un trabajo muy gratificante para todos.
Luego, durante los años que tuve la Dirección General del Teatro Nacional de Guiñol, en los bajos del Edificio Focsa, dirigí espectáculos para niños, como Tres en un zapato: La muñeca de trapo, El perro carambolero y Aventuras del Viejo Guiñol, La Guarandinga de Arroyo Blanco, etc.
Ya en el extranjero, recuerdo un espectáculo poético-musical que titulé Somos americanos, estrenado en el Teatro de la Universidad Eötvos Lórand, de Budapest, Hungría, con actores-estudiantes de diferentes países de América Latina: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, República Dominicana, Colombia, Venezuela y Cuba.
Luego, en Madrid, donde desde 1980 viví exiliada y trabajé en el teatro durante más de treinta años, uno de los primeros proyectos fue una adaptación que realicé con diferentes relatos de Woody Allen, titulándolo como una de sus publicaciones: Cómo acabar de una vez por todas con… Fue un montaje extraordinario, que estrené en el Teatro Galileo Galilei, de Madrid, con cerca de treinta mujeres, de diferentes niveles educacionales, algunas en recuperación por diferentes problemas sociales, por distintas adicciones y sin ninguna experiencia como actrices, pero a todas les impartí un curso básico de Formación Actoral, durante seis meses; este proyecto lo produjo la Presidencia de la Comunidad y la Alcaldía de Madrid. El espectáculo contaba sólo con un actor profesional —antiguo alumno mío— a quien le tocó en suerte representar al personaje de Woody Allen, en sus distintas facetas como escritor, actor, director y músico del espectáculo. Fue un montaje experimental de realismo mágico y teatro del absurdo, con momentos que gustaban muchísimo al público, como una escena en la que una actriz, caracterizada como un ángel negro, con enormes alas y embarazada de nueve meses, fingía dar a luz en escena, pariendo dos palomas blancas, que salían revoloteando por el teatro y sobre el público, que con exclamaciones de sorpresa y luego, al unísono, se ponía de pie, aplaudía emocionado y con gran entusiasmo por largo rato. Esto ocurrió en varias escenas a lo largo de la representación hasta el final de la obra. Entonces, el personaje de Woody salía de escena, tocando una flauta, al estilo de Hamelin, y los treinta caracteres femeninos, iban hipnotizados detrás de la melodía, como si de pronto se convirtieran en los ratones del famoso flautista del cuento. ¿Y qué melodía escogí para ese mágico final? Pues ninguna otra que mi favorita de John Lennon: “Imagine”. Entonces, simultáneamente, desde el foro, en lo más alto, asomado a un ventanuco, como si estuviera en una nube del cielo, aparecía el ángel negro, con un bebé blanco en sus brazos, echando nieve con un spray sobre todas las actrices-ratonas que abandonaban la escena, tras la melodía del Woody-flautista. Y toda la escena se iba tornando blanca, mientras caían los copos de nieve, las luces bajaban lentamente, la música se escuchaba “piú alegre ma non troppo”, y el bebé reía feliz, virándose de espalda al público, mientras se leía en el pañal de su culito, las palabras: “The End” y, a continuación, se iba haciendo el oscuro total, entre los aplausos delirantes del respetable.
Otra puesta, donde trabajamos duramente, fue en la adaptación que hice para el teatro, del filme escocés Trainspotting (La vida en el abismo), a partir de la novela homónima de Irvine Welsh. El argumento trata de un grupo de heroinómanos de Edimburgo que no tienen aspiraciones en su paso por la vida. Viven fuera de la realidad en un mundo aparte. Se dice que es un clásico entre los clásicos y algunos lo han llamado “La Naranja Mecánica” de los 90’s. Tanto para mí, como para los actores, fue una excelente experiencia que pudimos estrenar contra viento y marea, tras arduos y agotadores ensayos, en el madrileño Teatro de las Aguas. La riqueza y modernidad de los diálogos es impresionante y las caracterizaciones de los personajes resultan brutales. Entre los personajes, hay un psicópata alcohólico y violento; un joven desesperado, un mujeriego y un entusiasta de las caminatas. Los innominables sucesos del guion, les obliga a llevar un ritmo feroz, con guiños de humor y sarcasmo, para disimular un tanto la cruda realidad. La trama trata de un punto en el viaje a las drogas: el justo límite, cuando precisamente, para salvarse, se debe regresar para hacer lo que es correcto. Es un tema que deberían conocer, especialmente, los adolescentes, para que no ignoren los trastornos que causan la droga y conozcan sus terribles consecuencias, contra las cuales no hay ningún final feliz.
En marzo de 2002, estrenamos con el colectivo del Actor’s Center Un tranvía llamado Teatro, el singular espectáculo experimental: Seis piezas imperfectas, crueles e inconclusas para un teatro pobre, cuyo programa incluía varios monólogos de distintos autores, la versión teatral de un cuento de Anton Chejov: Un buen fin, escenas de La Loca de Chaillot, de Jean Giradoux, y la pieza del absurdo En alta mar, de Slawomir Mrozek.
Otra pieza interesante que estrené también en Madrid, fue la versión libre, ‘a la española’, de El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht, cuando situé la acción dramática en España, durante la Guerra Civil y no en el Cáucaso, tal ocurre en el texto original. Este espectáculo lo estrenamos, en el Estudio 3 madrileño, con cerca de veinte actores, en un montaje completamente minimalista, cuya musicalización realizamos con los más inusuales instrumentos rurales y caseros, improvisados o inventados, acompañando a los coros de actores y actrices, en principio disfrazados con blancos delantales y pañuelos en sus cabezas, como ‘lavanderas’ —actores y actrices—, que entonaban hermosas coplas lorquianas, muy populares y tradicionales de esa época. Con estas ‘lavanderas’ luego se produce una metamorfosis, transformándose, como por arte de birlibirloque, en los diversos personajes requeridos por el argumento, dando inicio el singular juicio, médula del espectáculo, frente a un esperpéntico, chispeante y mamarracho juez, muy pícaro, pero dinámicamente sabio y superjusto ante el extraño y peliagudo caso de las dos madres, que violentamente, reclaman sus derechos a la misma criatura: dramático conflicto fundamental de la espléndida e inquietante pieza brechtiana. El resultado fue exitoso, con público y crítica más que satisfactorios.
Después trabajé con entusiasmo, en la adaptación y musicalización para el teatro, del filme inglés In the Bleak Midwinter (En lo más crudo del crudo invierno), escrito y dirigido en Londres por el gran artista Kenneth Branagh y que yo titulé Actores. Hicimos el estreno en la Sala Bululú, de Madrid con un montaje prácticamente medieval, muy shakespeariano, en el que todos dejamos en el intento, sangre, sudor y lágrimas, dada la envergadura que exigía la partitura dramática. Es una comedia romántica de “teatro dentro del teatro”, que refiere cuán arduo puede ser el trabajo del actor teatral y lo difícil que resulta dirigir las relaciones entre los actores, sus contradicciones antagónicas, no sólo durante los ensayos, sino también luego, en la vida real.
Otra adaptación teatral muy trabajada y estrenada en Bululú fue la del filme norteamericano de terror: Misery, en 1990. Podría hablar de esta experiencia durante horas, recordando momentos felices y muy logrados, sólo con dos actores, como asimismo de un momento de susto y terror, durante el ensayo general, cuando se incendió una parte del camastro donde descansaba uno de los actores, atado en ese momento, sin poderse mover, extendiéndose a la escenografía y a una parte del local. Pero, como siempre, en la unión está la fuerza, la agilidad de todos los presentes, hizo posible que aquello no cundiera en pánico irreparable, logrando en un santiamén reducir la totalidad de las llamas entre extintores, cubos de agua, telas gruesas ‘apagafuegos’, arena, etc. La imaginación y la destreza de los actores y técnicos presentes, logró el milagro de que al día siguiente, hiciéramos el estreno sin que nadie, más que nosotros mismos, supiera del miedo que todos habíamos sufrido la noche anterior con candela viva. ¡Una cálida e inolvidable experiencia! Pero también fue inolvidable la satisfacción del trabajo artístico realizado y el grato reconocimiento del público.
Otra obra, muy laboriosa e interesante que estrené también en la propia sala madrileña, con todo el equipo de actores de Un tranvía llamado Teatro, fue la adaptación y musicalización teatral del filme inglés de Peter Greenaway: El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante. Pero yo titulé mi versión Hay azules que se caen de moraos, nombre de una canción que, como el resto de la música, era flamenca e interpretada por El Cigala y los Gipsy Kings, entre otros, ya que los personajes ingleses los convertí en gitanos y payos, haciendo que el conflicto se desarrollara entre ellos, cercanos al público español, para el que representábamos esta pieza. Al ser todos de otra raza, la obra cambiaba por completo, adquiría una atmósfera diferente y la relación entre los personajes era de una intensidad que iba de lo trágico a lo patético. Con un montaje minimalista y artesanal y con las músicas y danzas, los enfrentamientos llegaban a un delirio contundente.
Puedo decirte, Waldo, que tenemos aquí una trama no apta para todo tipo de público; sin embargo, a nadie aburrirá jamás, porque trata además de un conflicto en la sociedad contemporánea, que ocurre en el mundo, aún también dentro de la etnia gitana. Un tema actual vigente, que se presentó, de forma absolutamente descarnada: la violencia de género y la posibilidad de una elucubrada y terrible venganza. Bien podría también titularse Crimen y Castigo, pues el título original del filme no da pistas en absoluto acerca del perfil de los contenidos, y creo que quizás Greenaway lo tituló así, ex profeso, para despistar y captar a los posibles espectadores. El título original de la cinta es como una plataforma simuladora, como si se pretendiera hacer una sarcástica y clarísima farsa, o algo similar, disfrazando, disimulando al máximo, la auténtica crudeza y el real patetismo de la historia que se va a contar con ineluctable precisión y sin el menor pudor, ni discreción.
Al tener nuestra puesta en escena otro punto de vista, mi propia versión de los hechos era un reto, con diferentes perspectivas y otra estética, y se transformaba todo: otro entorno, otro título, otra música y otra parafernalia teatral, ya que construíamos los personajes con sus conflictos dentro del fogoso y rico folclor del mundo gitano español. El resultado, de una situación tan crispada, fue impactante, explosivo, absolutamente canibalesco, que dejaba espeluznados a los artistas y mucho más a los espectadores. Locura, desmesura y catarsis total.
El amor en los tiempos del stress fue un juego escénico muy simpático que nos divertía a todos. Imaginé esta versión libre, inspirada por algunos de los cuentos de El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, pero actualizando la acción dramática, en la época actual en Madrid, y luego, desarrollando cada relato escenificado, en otras épocas y lugares de España. Mientras realizan una excursión de fin de semana, huyendo del stress de la gran ciudad, las circunstancias provocan que un grupo de actores y actrices contemporáneos, se encuentre atrapado en un refugio montañoso, aislados en medio de lo más agreste de la Sierra madrileña. No pueden, ni desean tampoco, comunicarse con el exterior, debiendo permanecer juntos buena parte del crudo invierno que, realmente es su necesidad absoluta y su objetivo fundamental para desconectar de la agobiante y contaminada realidad que viven en la capital. A partir de esta situación obligada, para entretenerse y pasar este precioso tiempo de ocio, deciden divertirse, inventando y escenificando disparatadas historietas, que resultarán hilarantes para todos. Así, disfrazándose cómicamente, presentan los cuentos: “El parto de Godopedo”, “La última noche de Luis Candelas” y “Galán de monjas”. Este espectáculo es una muestra fascinante de la magia del oficio, como un exorcismo imaginario, con el que puede lograrse que un texto sea sólo un pretexto, para que salga a relucir el esquivo y claroscuro subtexto.
Y en abril de 2004, estrené en el Teatro Karpas, de Madrid, un espectáculo variopinto: Piezas fugaces, imaginarias e inconclusas para un teatro pobre, impaciente e incorruptible, con el Colectivo del Actor´s Center Un Tranvía llamado Teatro, donde se presentaron textos de obras de García Lorca, Ernest Hemingway, Woody Allen, Aquiles Nazoa, Guillermo Cabrera Infante, Tennessee Williams, Vinicius de Moraes, José Martí y Bertolt Brecht. El público rechinó de gusto con cada uno de los diferentes montajes y los distintos actores, valorando el esfuerzo al final, con una larga ovación, que todos agradecimos y recordaremos siempre con satisfacción.
Asimismo, dirigí otras importantes obras en Madrid, que tuvieron mucho éxito de público, como Las sillas, de Eugène Ionesco, Esperando a Godot, de Samuel Beckett, La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, y Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams, como también piezas cortas en un acto y relatos de Anton Chejov adaptadas por mí, todas estrenadas en Teatro Estudio 3.
Sé que eres también dramaturga, ¿qué piezas has escrito?
-No todas las que deseo o imagino. Se necesitan muchos ingredientes: salud, tiempo, paz interior, salud, reflexión, inteligencia, paciencia, salud, sensibilidad, suficiente conocimiento temático, sentido del humor, inspiración, salud, constancia y quizás… ¿talento? ¡No, no importa el talento! ¿Eres tenaz? El talento es un don que poseen muchas personas en este mundo, pero lo que hagamos con él, huyendo de la ignorancia crapulosa, determinará que seamos o no artistas. Dice Woody Allen, mi gran maestro, que “te puedes cortar una oreja, como hizo Van Gogh, pero eso no significa que puedas pintar”. El barro sólo es moldeable después de machacarlo tenazmente, de modo, que siguiendo el consejo de Picasso, yo, que casualmente me apellido Barro, me machaco constantemente, con la ilusión de que quizás un 1% de la musa de la inspiración se aparezca de pronto, cuando ya tenga un 99% de transpiración. Hay que sudar, como también sabes, amigo mío. En fin, no es fácil, nada lo es; resulta algo muy opaco a veces, una labor de hormigas o termitas, pero no hay que rendirse nunca, mientras haya vida. Cuando quieres leche, no te sientas en un banquito a la puerta de tu casa, con los brazos cruzados, esperando a que la vaca se acerque para ordeñarla, ¿no? Dice un proverbio sueco que “Dios le da una lombriz a cada pájaro, pero no se la lleva hasta el nido”.
Bueno, al grano: mis primeros intentos dramatúrgicos, ya remotos, los realicé durante mis años de estudiante, en la Escuela de Arte Dramático y fueron farsas graciosas y muy críticas, inventadas por la realidad que vivíamos por entonces: Pata y Panza con Salsita y Santa Cachumba de la Esquina de Tejas, parodias populares. Las premiaron y publicaron en la revista habanera Trabajo, por los años 1963-64.
Luego, escribí Krak, una farsa trágica muy crítica y surrealista, con tres brujas multifacéticas, en la que laboré incansablemente, durante más de dos años, y con la que logré Mención por unanimidad del Jurado de Teatro del Concurso Literario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), recibiendo. También Krak obtuvo luego el Primer Premio de Teatro en Cuba, otorgado por el Instituto Latinoamericano del Teatro (ILAT), en 1971. Y al año siguiente, este Primer Premio se repitió por el mismo ILAT, pero en el Concurso celebrado en Chile. Después escribí la pieza para niños Viajemos al Mundo del Guiñol, merecedora del Primer Premio en el Concurso “La Edad de Oro”.
Creo haber leído en algún lugar que escribiste una obra titulada como la novela del Premio Nobel sueco Knut Hamsum…
-Sí, Waldo, en la Madrid del 2000, escribí y dirigí la pieza de Teatro del Absurdo Hambre, en la que los tres personajes son moscas ‘humanizadas’: una ‘mosca muerta’ (el padre) y dos ‘moscas cojoneras’ (los hijos), los que cuentan e interpretan los doce protagonistas reales, participantes de una historia truculenta, donde la violencia doméstica, tan de moda hoy en día, tristemente, llega a realizar impecablemente, el perfecto Crimen Perfecto. Este es un texto que tengo pendiente, en mi lista de espera, para realizar la puesta en escena, cuando sea, donde sea y con el alma con su puerta abierta. Es una pieza tan espeluznante como una guadaña, de inclemente humor negro y un cierto humo gris que se le mete en los ojos, a la fuerza, a los espectadores.
Después escribí la tragicomedia Vals triste para dos viejas damas indignas, cuyos protagonistas son dos gays cubanos exiliados muy mayores: Escarlata y Bombón, que sufren la irremediable nostalgia de su amada Isla, a pesar de todas las discriminaciones que sufrieron allí al ser rechazados y detenidos en la UMAP, por homosexuales. Desde hace años viven fuera de Cuba, compartiendo gastos, recuerdos, depresiones y peleas en la habitación de una casa de huéspedes, y trabajan como Drags Queens, en el mismo Café-Cantante cada noche. No son pareja, pero en su juventud en Cuba, fueron amantes de la misma persona, y de ahí viene su extraña relación obligatoria de ‘amor-odio’.
El conflicto fundamental es que ambos están descontentos, hartos de la convivencia, desconfían y se aborrecen mutuamente; en su relación algo huele a podrido, como en la Dinamarca de Hamlet, o quizás más: a ratas hediondas: hay días en que todo les resulta cómicamente ridículo o tristísimo… y otros, con estúpidos enfrentamientos, pesados y violentos. Deben tomar una decisión, pero invulnerablemente vulnerables, están obligados a resistir, viviendo sus días finales, entre una inmunda sonrisa o una mueca siniestra, porque el miedo a la cruda soledad, la inminente dolorosa vejez y la detestable penuria económica, les impide separarse. Esta pieza fue publicada en la Miami del 2006, en la Revista La Zorra y el Cuervo. Pienso que sería una puesta en escena ideal para presentar ante el público de nuestra ciudad, que la entendería y disfrutaría. Y también porque hay, permanentemente, un tercer y muy hermoso personaje: las inolvidables canciones de amor de “Bola de Nieve”.
También la miamense Revista Baquiana (fundada y dirigida por la profesora universitaria, poeta, narradora y dramaturga cubana Maricel Mayor Marsán y el narrador chileno Patricio E. Palacios) dio a conocer en 2007, mi farsa satírica El gatillo alegre, un breve divertimento de tres personajes: el vendedor, un “mantero”, dueño de la armería ambulante El Gatillo Alegre y dos posibles compradores: una mujer y un hombre, desesperados, emocionalmente desahuciados por la infidelidad de sus parejas.
Ambos, al propio tiempo, intentan comprar un arma para asesinar a los culpables y luego suicidarse. El doloroso regateo con el precio de las armas, resultará la causa de un final inesperadamente sorprendente para los tres personajes.
En 1995, mi obra infantil para muñecos y actores Aventuras del Viejo Guiñol, fue galardonada en el IV Concurso Iberoamericano de Dramaturgia Infantil por el Comité de Creación e Investigación Teatral (CELCIT) y editada por el Centro de Documentación de Títeres de Bilbao, España.
En junio de 2015, durante la Primera Feria del Libro Cubano en el Exilio, realizada en la Universidad de Miami y auspiciada por el PEN CLUB de Escritores Cubanos en el Exilio (que también integras), presenté mi último libro publicado con piezas, cuentos y un poema para los lectores entre 4 y 80 años: Tía Tata Cuentacuentos y otros Esperpentos, cuya segundo lanzamiento realizarán varios colegamigos, como el teatrista Marcos Miranda y tres poetamigos: Ángel Cuadra, Waldo González López y Carlos Pintado, el ya cercano sábado 14 de mayo.
Y mi última obra dramática, ya terminada y lista para estrenar, es una tragicomedia. Aunque estemos en la época de la Física Cuántica, que sucede a la Revolución Científica del Siglo XX, la necesidad de contar historias, continúa con el mismo atractivo universal, al igual que la búsqueda de inspiración para producir nuevas e innovadoras creaciones y, asimismo, sigue siendo el mayor reto para cualquier artista.
Personalmente, me inspiran sobre todo, las emociones y los sentimientos que me gusta expresar en forma de piezas para el teatro, en cualquier género y, más aún, utilizando estilos no realistas. Aquí pretendo ser capaz de estimular a los espectadores a comprender mi creatividad y que entiendan y disfruten la historia, con personajes ubicados en el más puro Realismo Mágico, que he titulado: Azuquita, Canela y Clavo (Historia de un Gran Amor del Siglo XX).
En la radio y la TV, igualmente hiciste labores significativas. Así, trabajaste en importantes espacios dedicados a la infancia, la juventud y también para los adultos. Háblame, por favor, de esta otra vertiente de tu singular creación.
-Bueno, la radio y la televisión, como tarde o temprano nos pasa a todos los que estamos abducidos por la particular magia del teatro, terminan por hacernos escuchar sus encantadores ‘cantos de sirenas’. Son atmósferas, técnicas y disciplinas totalmente diferentes, de las que un mayor número de público es cautivado, y disfruta por siempre, fiel y fanáticamente de su magnífico resplandor, y no como ocurre con los limitados públicos teatrales.
En televisión trabajé en el popular programa: “¿Qué traigo aquí?”, donde los tres panelistas (Enrique Núñez Rodríguez, Pastorita y yo), teníamos la difícil tarea de adivinar en muy poco tiempo, lo que cada concursante, traía oculto, que bien podían ser cosas exquisitas o tremebundas, como una pluma de pelo, reliquia de su tatarabuela, una india sioux; un ornitorrinco disecado; un árbol de Navidad vietnamita; o una miniatura de cucharilla de metal, para la higiene de los oídos, del tiempo de los Reyes Católicos.
En radio, escribí durante muchos años, adaptando cuentos y novelas de autores clásicos, como Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, La pequeña Dorrit de Charles Dickens, Crimen y Castigo y El sepulcro de los vivos de Fiodor Dostoievsky, Naná de Emilio Zola, Almacén de antigüedades de Charles Dickens, A sangre fría de Truman Capote, Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós y Corazón de Edmundo de Amicis, entre otros.
También escribí, un programa infantil de lunes a viernes, durante muchísimos años, que se hizo muy popular: «Tía Tata Cuenta Cuentos» que era escuchado por casi todos los niños de la Isla, a las siete de la mañana, mientras desayunaban, antes de ir para el colegio.¨
Bien, queridamiga, creo que con tus respuestas, los ciberlectores de OtroLunes ya tienen una cercana aproximación a tu importante labor durante décadas en las varias vertientes escénicas en las que te has desempeñado con rigor, dedicación y acierto. Por ello, te agradezco el tiempo dedicado a responder ampliamente a mis 12 asedios.

