Paco Ignacio Taibo II
Para muchos, la figura más interesante y enigmática de la novela negra española.
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Carlos Zanón
No pasa nada, Mr. Ellroy: la mayoría de los escritores patrios de Novela Negra al leer a Ibáñez sienten unos deseos de encerrarse en casa y no salir. Su lenguaje —personal, verosímil, intransferible— propicia que se te quede el polvo del arcén en la garganta. Que el sabor del licor te abrase el estómago. Que te queme el deseo. No sólo sabe construir un mundo sino que lo hace con palabras y escenarios, diálogos y renuncias que parecen no deber nada a nadie. En fin, eternos ingredientes, mezclados, servidos, jaleados y reventados por un tipo como Julián Ibáñez, escritor tremendo. Ellroy ha tenido suerte. El Tajo no pasa por Los Ángeles.
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José Luis Muñoz
Es Julián Ibáñez (Santander, 1940)—La triple dama, Mi nombre es Novoa, ¿A ti dónde te entierro, hermano?, Entre trago y trago, La miel y el cuchillo, Que siga el baile, El invierno oscuro, Perro vagabundo, Giley, El baile ha terminado—el más veterano de los autores de novela negra de España y uno de los más grandes. De él ha dicho Carlos Zanón que es nuestro James Ellroy que ha convertido el paisaje de los alrededores del Tajo, por donde vive, en el escenario de sus secas y contundentes novelas escritas con un lenguaje muy personal y un laconismo extraordinario que las hace latir entre los dedos de los lectores.
Luis Mota
Ibáñez busca un camino propio con el que construir una metáfora de un universo de solitarios y perdedores presos en un mundo deshumanizado que alcanza por igual a las grandes ciudades, a los núcleos portuarios o a los pequeños pueblos del interior.
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Sergio Torrijos
Siempre que leo a Ibáñez recuerdo Región de Benet, ese territorio rural que puede derivar en obra literaria o en realidad tipo Puerto Hurraco
Hace poco he tenido el gusto de leer una reseña de Carlos Zanón sobre la obra Entre trago y trago de Julián Ibáñez y amenazaba a Ellroy con un serio competidor, recordando, al angelino, que tiene gran suerte de que el Tajo no pasase por L.A porque hablaríamos de otra manera y diríamos otras cosas sobre esa primacía en la novela negra del norteamericano.
Junto a esta acertada definición de un poderoso escritor se adjuntaba la renuncia del propio autor a seguir editando en papel, debido, a la dolorosa situación de ventas de sus libros, algo que ha venido sucediendo con el citado autor desde sus inicios literarios. Atestiguar semejante hecho es cierto y también que me resulta imposible de justificar ni tampoco de entender. La incomprensión de la debilidad de ventas de este autor me hace pensar en lo abultado de otras ventas con muchísimo menos que ofrecer que lo que nos muestra, habitualmente, Julián Ibáñez.
Ibáñez arrancó su carrera allá por los años 80, un poco a rebufo de aquel escritor que paseaba su sapiencia literaria junto con su amigo Carvalho. No sólo fue un ocasión propicia para él, a aquella soledad literaria de la novela negra reclamada por Vázquez Montalbán se sumaron Andreu Martín y Juan Madrid, de los que Ibáñez es coetáneo. Otros autores también hicieron sus pinitos como Pérez Merinero o también Miguel Agustí o incluso algún aporte de otros como del olvidado Isaac Montero y su Pájaro en un tormenta, aunque la suerte literaria fue tan dispersa como díscola, de todos ellos quién peor salió parado fue nuestro Ibáñez.
La novela policíaca tuvo pronto su variante negra a la española que se asemejaba mucho a lo que sucedía en las calles de nuestras ciudades y que tenía su representación en aquella publicación mítica llamada “El caso”. La traslación de aquella realidad social a la ficción fue un paso tan rápido y sencillo como elemental.
El entorno urbano se desarrolló por escritores como Juan Madrid o Andreu Martín o Perez Merinero dejando un espacio por llenar. Un territorio olvidado pero plagado de sabor y de tersura literaria, pasiones bajas, clubes de segunda, tipos de mala entraña y peores intenciones, partidas de cartas a cara de perro, caspa y caspa, olor a coñac barato, secretos escondidos en habitaciones cerradas, tráfico de lo que sea y mucha realidad, la realidad de las carreteras secundarias y de lugares polvorientos como puede ser La Mancha.
El personaje fetiche Novoa es un superviviente de tratos perdidos, malas decisiones y mujeres con más pasado que futuro. Todo en el mundo literario de Ibáñez es precario, fútil e inestable, aunque por otro lado posee una fuerza que va más allá de lo comprensible porque esa parte de radicalidad humana tiene mucho de literario. Personalmente siempre que leo a Ibáñez me recuerda a Región de Benet, a ese territorio rural que puede derivar en obra literaria o en realidad tipo Puerto Hurraco. Todo es posible y te inspira el aroma del cuero tratado, del sudor de la faena dura y de cierta brutalidad que siempre es muy cercana a la novela negra, aunque irremisiblemente le alejan de territorios más acordes a las ventas literarias, porque no todo en la novela negra se vende bien, existen ciertos territorios, ciertos lugares que no gustan a los lectores, que rehuyen o que espantan, son duros y probablemente agraden menos porque lo que desean los lectores es huir de cierta realidad a través de una ficción no tan bestia.
La capacidad de las obras de Ibáñez para cribar a sus propios lectores es indudable, incluso en los más avezados de la novela negra, porque ese mundo tan bizarro suele ser excluyente, tanto como las bajas pasiones o las deudas de juego.
La raíz de las novelas de Ibáñez no salen de una visión idealista del mundo, su realidad y la que refleja en las novelas proviene de lo más acerado del entorno que a todos nos rodea, del vecino que se acoda junto a nosotros en el bar de la esquina de casa o del que encontramos en la calle. Es ficción que introduce sus raíces en el ser humano más cercano y por lo tanto la dosis de realidad o irrealidad es elevada. Todo es posible en el mundo literario de Ibáñez aunque, claro está, se acerca mucho al lado más oscuro del ser humano.
El autor no sólo ha ambientado sus obras en La Mancha sino que algunas de ellas han tirado hacia el norte, pasando por Madrid o también incluso en alguna serie de novelas de carácter juvenil, lo que demuestra la magnitud de su universo literario.
Pero lo que prevalece en el escritor es esa pulsión terriblemente humana de la que es un maestro al retratarla. Ibáñez siempre busca lo inhabitual, lo arriscado, la pulsión que ofrecen las cuestiones incomprensibles o las pasiones más desatadas. Cabe destacar algunos de sus personajes secundarios de muy compleja calificación, con pasado abrupto tanto como una cuenta inflada en un bar de carretera o una cita con una mujer de la vida. La pulsión del riesgo es vívida en la obra del escritor, tanto que los personajes se mueven en un territorio ambiguo y siniestro de los deseos no conseguidos y de los intereses más oscuros.
Leer a Ibáñez es arriesgado, mucho, recuerda otro mundo, otra literatura, donde se odiaba con fervor y se quería de verdad, donde vivir era un riesgo y leer también y existe el peligro de considerar la realidad literaria de otra manera. Al lado de este escritor lo que el panorama editorial nos ofrece es de complicada casación, es incomparable, es como mezclar un club de alterne de la nacional IV con una escuela privada de Suiza, eso sí de alto Standing.
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Carlos Ferrán, Crónicas Literarias Desde Nueva York.
Para los buenos aficionados a la novela negra, el tiempo se detiene cuando Julián Ibáñez saca nueva novela. Por eso, Todas las mujeres son peligrosas (Cuadernos del Laberinto, 2015) se hizo un hueco en mi mesita de noche según salió a la venta. Porque, como dice Carlos Zanón en la contraportada, Ibáñez es el mejor.
A sus 75 años sigue demostrando que está en plena forma y pocos escritores vivos le igualan. Además, vuelve con un personaje hipnótico, Bellón, quien ya nos deslumbró en El viejo muere, la niña vive (Cuadernos del Laberinto, 2014).
En esta ocasión, el buscavidas de Bellón trabaja de encargado de seguridad de un club de postín, “donde los jugadores piden cartas y empujan los billetes acariciando la cabeza de una chica debajo de la mesa”. El problema surge cuando agreden a una prostituta y Bellón pierde su puesto. A partir de ahí comenzará una búsqueda callejera por el extrarradio de un Madrid deprimido e inclemente. Al igual que en su anterior novela, acompañaremos a Bellón mientras intenta resolver el misterio, al mismo tiempo que trata de obtener un par de billetes con los que tomarse una cerveza en el Menta y Canela, su bar de siempre. Porque a Bellón lo han echado de casa y ahora duerme en un Renault prestado que algún día tendrá que devolver.
Así, lo veremos robar perros para entrenar a pitbulls en peleas clandestinas, o proporcionar protección a chaperos, o acompañar a putas borrachas a casa cuidando de que no le meen encima y, por supuesto, actuar de chivato para Azucena, la policía que se traga todas las mentiras que le suelta Bellón cuando no tiene nada que contarle. Sin embargo, quizá esta vez se haya topado con un problema que le viene grande ya que “la muerte sigue esperando que la saquen a bailar”.
La prosa de Ibáñez nos sumerge en la mente de Bellón, un tipo gris que se mimetiza con el asfalto, solo una cara más en la que nadie se fija y que solo quiere un par de billetes al día, solo eso, para poder seguir soñando con Saritos, la inalcanzable propietaria del burdel Queen´s.
“Era guapa. Solo guapa, no bella, de rasgos un poco duros sin maquillar, podía traducirse por entereza, por saber estar, una mujer de una pieza, con un carácter rocoso formando una gruesa capa debajo de la cual, sin ninguna razón, yo adivinaba ternura”.
Un autor imprescindible y un personaje inolvidable. No se puede pedir más a una novela. Una vez leída, solo nos queda esperar a que Ibáñez nos regale más historias de Bellón en su deambular sin rumbo por un mundo que poco le importa.
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Diego Ameixeiras
El cántabro Julián Ibáñez lleva ya unas cuantas décadas siendo uno de los grandes maestros de la novela negra española, quizá el que con mayor destreza se ha empleado en la vertiente más sórdida y oscura del género. La sequedad quirúrgica de su estilo es tan precisa que resulta difícil no caer rendido ante su autoridad a la hora de redondear acciones y personajes con una brillantez pasmosa. Difícil, no. Imposible. No ha vendido tantos libros como merecería ni ha tenido el mismo reconocimiento que otros compañeros de viaje porque no se ha movido del hard boiled hispano de whiskería mal iluminada y vasos de tubo, sin ahorrarse los policías corruptos y las putas ojerosas, pero en los últimos tiempos su figura se ha ido agrandando hasta convertirse en ese nombre imprescindible que siempre citan en las entrevistas los autores que han cogido el relevo de la generación que comenzó a publicar a finales de los 70. Este año se le hicieron honores en la Semana Negra de Gijón con un merecido premio Novelpol por toda su trayectoria. Además, Cuadernos del Laberinto se ha lanzado con muy buen tino con la serie Bellón y anuncia la reedición de las espléndidas Entre trago y trago y La miel y el cuchillo. Todo es de agradecer porque la novela negra española tiene una enorme deuda con este autor tan venerado como injustamente desconocido.
Última entrega del buscavidas Bellón, ese tipo duro acuciado por la falta de dinero y con ambas piernas fuera del Código Penal, Gatas salvajes es una nueva demostración de que el maestro sigue en una envidiable forma a sus setenta y cinco años. Gran noticia porque todo es tan real y físico en esta portentosa novela que solo queda aplaudir y preguntarse una vez más de dónde ha sacado Julián Ibáñez ese ojo prodigioso para fotografiar la marginalidad y el instinto de supervivencia, la miseria y el delito, el desamparo y la muerte. El punto de partida es un misterioso viaje en coche. Una joven prostituta rumana de dieciocho años, habitual de las aceras, contrata a Bellón para que la lleve a una localidad llamada Mataporquera, al norte de Madrid, sin explicarle los motivos. Y ocurre también que al pétreo Bellón le atrae la sonrisa de la chica porque dice que le calienta el cuerpo. Así que, cuando unos tipos la obligan a subirse a otro coche delante de sus narices y la rumana desaparece sin dejar rastro, nuestro hombre solitario emprende su búsqueda. Es igual de cierto que esta es una magnífica novela como que el corazón es un animal extraño.


