Categoría: Unos escriben

Portadas de varios de sus libros

En exclusiva para este dossier

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Claudio Cerdán

Julián Ibáñez es un auténtico fuera de de serie. Cumplidos los setenta escribe novelas llenas de rabia y fuerza que desbordan talento. Pero sobre todo es un escritor auténtico, fiel a sus principios, a su forma de narrar, a sus personajes y a sus ambientes. Cada una de sus novelas es de lectura obligatoria y un motivo de celebración, además de un soplo de aire fresco a lo que se viene publicando. Sin duda, mi escritor preferido.

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Paco Gómez Escribano

Hay escritores obsesivamente metódicos a la hora de componer una obra. Trabajan los personajes, trabajan las tramas y aspectos inimaginables para el profano. Otros, sin embargo, caminan hacia un final que se imaginan de antemano, lo que ayuda a ir creando la historia. Y luego está Julián Ibáñez, un escritor de paisajes, generalmente sórdidos, de personajes oscuros, de garitos con putas y maleantes. Sus novelas no tienen tramas sofisticadas, pero su estilo es inconfundible y adictivo.

Julián pertenece a esa generación de escritores que alcanzaron su madurez en la Transición caminando por la dictadura franquista. De los que siguieron escribiendo, porque otros desgraciadamente y por distintos motivos lo dejaron, fue quizás junto a Carlos Pérez Merinero el escritor más denostado y olvidado. Y no porque no tuviera calidad, para mí junto a Merinero quizás sea el mejor, sino porque sus novelas estaban destinadas a ser leídas por un público más especializado que pudiera digerir la crítica social encerrada en su prosa, esa carga de cinismo o la violencia empleada por algunos de sus personajes, bien para conseguir unos objetivos, o bien para defenderse de situaciones no exentas de peligro.

Sus protagonistas viajan a través de esos parajes manchegos o aquellas ciudades portuarias tan fascinantes que son partes esenciales de cada historia. Y si bien hay una variedad de personajes a lo largo de toda su literatura (Ramón Ferreol, Barquín, Novoa o el policía Cobos) todos llevan ya el germen de Bellón, que es la última creación del maestro. Bellón es un buscavidas que lo mismo trabaja de escolta para un tipo de una timba ilegal que de portero en un puticlub.

Julián Ibáñez, ahora a través de los ojos de Bellón, quizás su personaje definitivo, nos habla de gente que bordea el lumpen. Él y sus compañeros de generación, pero sobre todo él, nos habla de la gente de la calle, de personas que viven en los márgenes de la sociedad. Él y sus compañeros de generación, pero sobre todo él, deberían tener la importancia de otros escritores pertenecientes ya a generaciones míticas como la de 98 o la del 27. Cierto es que no nos hablan de batallas perdidas o de efemérides históricas. Pero nos hablan, a través del género negro (género sublime, nunca menor), de estratos de la sociedad que también existen y que de otra forma estarían muertos literariamente hablando.

«El viejo muere, la niña vive» (2014), «Todas las mujeres son peligrosas» (2015) «Gatas salvajes» (2015) o «Canino» (2016) son las novelas protagonizadas por Bellón, la síntesis de todos sus personajes. Ibáñez ha ganado premios, nunca suficientemente publicitados o divulgados, el último el Premio Pata Negra otorgado por la Universidad de Salamanca por «Gatas salvajes», novela que es también candidata al Hammett de la Semana Negra de Gijón. No será el último, porque Julián tiene ganas de seguir escribiendo, a pesar de su dilatada trayectoria. Sus novelas quedarán ahí, para las presentes y las futuras generaciones, a pesar de que las ventas y los titulares se los lleven otros, no en base a la calidad de sus novelas, sino a otros intereses oscuros que existen dentro de la Literatura.

Quien tenga ojos que lea. Pero que lea al maestro Ibáñez.

 

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Ricardo Bosque

Cuando el común de los aficionados al género echa la vista atrás, a esos fundacionales años ochenta en los que un pequeño grupo de escritores sentaron las bases de la novela negra en España -la auténtica novela negra, la que más bebía de los clásicos-, es fácil que recuerde los nombres de los Andreu Martín, Juan Madrid, Manuel Vázquez Montalbán o Francisco González Ledesma. Igual e injustamente, es fácil que olvide al quinto as de ese repóker ganador, el santanderino Julián Ibáñez.

Maestro de las crook story, admirador del Parker de Westlake y -lo dice él mismo, que no yo- “imitador” tres millones y pico de Chandler, Ibáñez lleva más de tres décadas al pie del cañón, deleitando al respetable con la cara más sucia, más sórdida de una sociedad que retrata en cada uno de sus trabajos, desde los protagonizados por el cántabro Novoa a los más recientes en los que el manchego Bellón toma el relevo para mostrar una España que bien podría salir en la Guía Michelin de los puticlubs.

Poligonero, suburbial, contundente siempre y poético -a su manera- cuando toca, urbano cuando quiere y rural cuando le da la gana, habituado a sacar petróleo de un hecho en apariencia insignificante, constructor de tramas que parecen desarrollarse por sí solas… Siempre, siempre, uno de los autores que más riesgos han asumido a la hora de idear sus historias y, sobre todo, de contarlas, con un estilo tan peculiar, tan cercano a los clásicos y tan alejado de la ortodoxia actual que tal vez le haya convertido en uno de esos escritores malditos -a su pesar- de los que todo el mundo habla pero pocos se han permitido el placer de leer.

Afortunadamente, el tiempo suele terminar poniendo a cada uno en su lugar e Ibáñez, en el momento de escribir estas líneas, acaba de recibir el premio Pata Negra otorgado por el festival Salamanca Negra por su novela “Gatas salvajes”, la última de su extensa producción y una de las mejores de su larga carrera.

Tal vez se trate de una segunda o eterna juventud; lo que es seguro es que no será el útlimo de los merecidos reconocimientos que recibe un autor no tan leído como merece.

 

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Joaquín García Garijo

Mi primer contacto con Julián Ibáñez data de los ochenta del siglo pasado.  Una librera amiga, y muy aficionada a la novela negra, me recomendó una título de ambiente turbio, portuario, muy a la americana, Mi nombre es Novoa. La novela no me defraudo, cumplía las expectativas, tipos duros, baretos en los muelles… Pasaron casi veinte años cuando me reencontré con él en una sesión de nuestro club de lectura; en esa ocasión otro librero amigo nos propuso un libro de un autor poco difundido y casi vecino de Toledo, La  miel y el cuchillo; le invitamos a  que nos visitara en nuestro club y aceptó gustoso. La prosa de Julián había envejecido como los buenos vinos, se había convertido en un gran reserva. Me gustó mucho más que su primera historia, la sentí próxima, diálogos ingeniosos, destilando ironía y un protagonista que se salía del canon del género: un buscavidas detrás de un billete, pequeño, de la mañana a la noche. Florín, que así se llama,  será el mejor representante en España del mejor Hard Boiled; pues este es el género que Julián práctica. En los encuentros que luego se sucederían en nuestro club con Giley, El viejo muere, la niña vive, Gatas salvajes, siempre distinguía entre los autores de novela enigma y los de Hard Boiled, de los que español hay muy pocos. Bellón, el sucesor de Florín, protagoniza las últimas novelas con un poso de humanidad que trasciende al ambiente de lumpen. Su huida en Gatas salvajes, casi como si fuera un pistolero que galopa hacia la puesta del sol, presagiaba una nueva peripecia, que espero, y todos los amigos de nuestro club, tener pronto en mis manos.

 

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Juan Ramón Biedma

Camino de Madrid, el AVE -o sea, la realidad oficial, que no tiene nada que ver con la otra, la auténtica- para en Puertollano alrededor de 20 segundos, nada, la mirada fugaz y amnésica que dedicamos al universo que ha elegido Julián Ibáñez, el tiempo de percibir la rancia halitosis que desprenden sus personajes, de retroceder un paso ante el peligro imprevisible que adivinamos en sus tarados terminales, de recordar la excitación que experimentábamos con las mujeres más sucias de la partida, de cerrar de nuevo las páginas de la novela antes de infectarnos definitivamente de rencor y de pueblo.

Abro la wikipedia y descubro asombrado que Julián ha llegado hasta allí en una reseña insuficiente que recuerda como uno de sus logros que en el 2010 fue jurado del premio Hammett. Yo también estaba en ese jurado, allí lo conocí. Llegó como se fue, con la cabeza en otro sitio, supongo que en sus historias de garito y carretera, dejándonos a los demás -así lo ha hecho siempre, así le va-, la mirada aséptica, superficial y falsa desde la ventana sellada del ferrocarril.

La persistencia es sencilla: escribir es una juerga

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A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Julián Ibáñez? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Julián Ibáñez, el ser humano y Julián Ibáñez, el escritor de novelas negras, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Quizás yo sea unproducto esquizofrénico de la postguerra. Mis padres eran maestros, perdedores de la guerra. Castellanos viejos, es decir, algo como calvinistas. Para comer se vieron obligados a abrir una academia en uno de los barrios bajos de Madrid. La calle era mi verdadero hogar…. Siempre he empatizado con este mundo de marginados, chonis y mendas en el filo de la navaja.

Esto se hace evidente en mis novelas: Los Buenos: la calle los Malos:el hogar. Desde siempre. Sin proponérmelo, dejándome llevar. Leer más…

Julián Ibáñez, a modo de biografía

Julian-Ibanez-Bio-Dossier-Literario-OtroLunes41(Santander, 1940) es un escritor de novela negra y juvenil, ganador entre otros premios del Moriarty (1983) y L’H Confidencial (2009).

Estudió ciencias en la Universidad de Valladolid y guion en la Escuela Oficial de Cine de Madrid. Durante diez años residió en diversos países y actualmente reside en el pueblo de Argés, Toledo, dedicado a la escritura y la pesca.

Es un autor de culto para los mejores aficionados a la novela negra, que admiran sus personajes tallados con cincel, versiones en ambientes sórdidos en cada novela del mismo tipo duro y patético que no se preocupa más que del presente, para cuyo retrato siguió el magisterio inicial del consejo de Chandler, “analiza e imita”. Ha ganado diversos galardones del género y últimamente ha sido miembro del jurado del Premio Hammett en la edición de 2010.

Entre sus obras del subgénero detectivesco juvenil, las más vendidas de su repertorio, destacan Me gusta ayudar a las pelirrojas (2001), Los gorilas no bromean con la corbata (2006) y Crimen supertranquilo (2007).

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Julián Ibáñez. Dossier

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Julián Ibáñez, como bien aseguran los conocedores de la novela negra, es una de las voces más originales del género en lengua española y, me atrevería a afirmar, el más «negro» de los autores europeos contemporáneos. Digo esto porque la calidad de su narrativa, la profundidad social de sus propuestas, sus miradas corrosivas sobre fenómenos sociales cada vez más extendidos, hacen palidecer las obras supuestamente trasgresoras y críticas de otros muchos autores que la publicidad editorial ha inflado, pese a que sus aportaciones al género se quedan en lo superficial y lo impactante de algunos temas de moda. Sin embargo, la «negritud» de Ibáñez viene del buceo que hace, novela tras novela, en mundos que permanecen bastante ajenos a los escenarios tradicionales de la novelística española y europea: esos mundos que muchos pretenden ignorar, esconder, o dulcificar tras etiquetas falsamente humanistas, precisamente porque muestran la cara más horrenda, sucia, podrida y deshumanizada de unas sociedades que el discurso políticamente correcto denomina » modernas y democráticas».

En el supuesto auge de la novela negra, que ha llenado los estantes de las librerias de poquísimos autores serios y cientos de diletantes oportunistas, cada libro de Julián Ibáñez resalta por la fuerza con la que rasca bajo la cobertura hermosa del mundo desarrollado, en busca de esa mugre que, como decía Hemingway, era el material perfecto en las manos de un escritor para convertirse en una obra de arte. Resalta también por la profundidad psicológica de sus personajes, por la amplísima animalia humana que muestra en cada trama novelada, como si pretendiera recordarnos que esos ámbitos son también parte de nuestra existencia y que somos tan culpables de que esa mugre exista, tanto como los delincuentes que se lucran de esos siniestros mundos.

Los estudios de la novela española (y nótese que no escribo solo «novela negra») deben hace mucho tiempo un espacio a la novelística de Julián Ibáñez. Sería un acto de justicia. Es triste ver cómo otros farsantes de la literatura son estudiados, promovidos, aupados por sus mediocres actos escriturales, cuando mucho existen, casi olvidados, otros autores más importantes para la literatura española y europea: Julián Ibáñez, es uno de esos imprescindibles. Es un honor, por eso, presentar a nuestros lectores este pequeño pero sentido Dossier, que ha sido coordinado desde España por el también escritor José Ramón Gómez Cabezas.

Amir Valle
Director General

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