Sueño en la caverna:
Miguel de Cervantes y Saavedra (1616-2016)

Alejandro González Acosta
(UNAM)

De la serie "Sueños cervantinos" del pintor cubano Felipe Alarcón Echenique.

De la serie «Sueños cervantinos» del pintor cubano Felipe Alarcón Echenique.

 

Estamos hechos de la misma madera que nuestros sueños.
Shakespeare.

El alma, sin el cuerpo, juega.
Petronio.

 

Creían firmemente los antiguos que el sueño era el viaje de las almas fuera de su prisión corporal. Cuando el intrépido Don Quijote desciende a la cueva de Montesinos, no hace otra cosa que iniciar un viaje que se continuará en el sueño, su necesaria prolongación. ¿Dónde se encuentra la realidad y dónde la fantasía?

La capacidad de invención en el sueño ha sido notada por varios, Borges entre ellos: “En el sueño inventamos de un modo tan rápido que equivocamos nuestro pensamiento con lo que estamos inventando”1. Y no duda en afirmar que “los sueños son una obra estética, quizá la expresión estética más antigua”2. Así pues, la condición creativa de Don Quijote se refuerza al soñar en la maravillosa Cueva de Montesinos. Y en esto, Cervantes no es original: es acusada y reiterada la presencia del sueño como motivo literario en su época: Boscán (“Dulce soñar y dulce congojarme”), Gutierre de Cetina (“No queráis a mi mal más experiencia”), Juan Colona (“Caduco bien, oh sueño presuroso”), Pedro de Tablares (“Ay, dulce sueño y dulce sentimiento”), en las Flores de baria poesía (“Oh dulce sueño, más que yo esperaba”), Francisco de Aldana (“Galanio, tú sabrás que esotro día”), Jerónimo de Lomas Cantoral (“Estando en si era sueño o no, dudaba”), Luis Martín de la Plaza (“Durmiendo yo soñaba ¡ay gusto breve!”), Antonio Ortiz y Melgarejo (“Del sueño en las profundas fantasías”), Lupercio Leonardo de Argensola (“Imagen espantosa de la muerte”), Lope de Vega (“Blando sueño, amoroso, dulce sueño”), Francisco de Medrano (“No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa”), Juan de Tassis y Peralta (“¡Aguarda, sombra inquietadora, espera!”), Francisco de Quevedo (“¡Ay Floralba, soñé que te…¿dirélo?”), José Pérez de Montoro (“¿Por qué mentido el gusto se abalanza”); todos ellos fueron autores que tomaron el tema del sueño para animar algunas de sus obras. Y qué decir de Sor Juana Inés de la Cruz y su portentoso Primero sueño, “sin segundo”.

Alejandro-Gonzalez-Acosta1-Cervantes-2-OtroLunes-41El sueño de la razón engendra monstruos”, decía el alucinado pintor Goya, tan cervantino por muchas razones. Y es en verdad monstruosa la visión del Quijote en la Cueva de Montesinos. Sólo de pasada, muy hábilmente, nos dice el protagonista que en su descenso a la caverna “me salteó un sueño profundísimo”: la trampa está dispuesta para el lector y el hilo con la realidad “habitual” queda cortado. El sueño, en primera instancia, es un bandolero, inmaterial y fantasmagórico, que lleva el alma del aventurero a la región ignota. Toda la norma se trastorna desde ese momento, pues el espacio dejará de ser el real y el tiempo de adentro será muy diferente del que transcurre fuera. La diferencia está en la proporción: una hora= tres días. Cuando narra a su compañero el suceso, Don Quijote enmienda a Sancho la regla fundamental del juego: “No hay para qué comparar a nadie con nadie”, es decir, postula germinalmente una teoría de la relatividad cuatro siglos antes que el alemán Einstein. Si escabroso y arriscado es el terreno de la cueva, igual y aún peor es el de la trama: que por curiosa circunstancia “trama” y “trampa” sólo se diferencian por una letra. El Quijote postula la inmensurabilidad e intangibilidad de las fantasías, pues estas se aceptan o no. En este caso, el desorden proviene desde el principio mismo del episodio, donde el “narrado” hasta el momento -el caballero andante- se convierte en narrador, y esto supone toda una maquinaria de transmutaciones. Cuando describe con precisión la mano de Durandarte “peluda y nervosa”, y precisa que se descorazonó (literalmente) con puñal y no con daga, Don Quijote pone en juego lo que hoy es empleado por muchos comunicólogos al introducir un grano de verdad en la ficción para darle credibilidad a ésta, o lo que es igual en términos literarios, verosimilitud.

Y es que la cueva participa de una condición mágica: es, al mismo tiempo, laberinto e infierno. “El otro mundo”, le llama Sancho, con razón. No es una cueva horizontal, sino rectamente vertical y en su descenso Quijote reedita, a sabiendas o no, el viaje infernal de Ishtar, Gilgamesh, Eneas y Dante. Y abajo encuentra cosas que le recuerdan la vida de la superficie, como una curiosa supervivencia y atadura de lo material, pues no se trata de espíritus engañosos sino de “encantados reales” que ni aún en tal condición dejan de tener necesidades. Allí se le revela, como en Cumas o Delfos, el oráculo divino. Lo cual significa que él, Don Quijote, es un elegido de los dioses, y recordamos que “los amados de los dioses mueren jóvenes” según Píndaro. Nuestro héroe debe cumplir pues un destino que lo lleva de la locura a la razón, es decir, de la vida a la muerte.

La visión desorbitada y al mismo tiempo cohesionada de Don Quijote tiene también otra explicación no literaria, sino rigurosamente espeleológica: en una cueva con las condiciones morfológicas de la de Montesinos, los detritos vegetales y animales que en ella están acumulados se descomponen y almacenan, creando así una atmósfera viciada por el anhídrido carbónico que al ser inhalado produce una especie de envenenamiento cuyo primer efecto letal es el del sueño y el desorden de las imágenes mentales, parecido a un caso de endrogamiento y que en un momento más avanzado determina movimientos convulsivos que pueden fácilmente confundirse con el tirar de una cuerda. De principio a fin, la aventura del Quijote recuerda esta sensación que experimentan los exploradores de una caverna y que en la antigüedad fuera utilizada como “signo divino” por las sibilas. Los vapores carbónicos quizá han acabado de soltar las últimas ataduras racionales del manchego andariego. Pero prefiero creer que no hay ciencia tan exacta como la poesía, y asumo que en el viaje por su Gulag particular, Quijote vio a Montesinos y al mismísimo Durandarte.

Si acaso Cervantes nunca visitó la cueva de Montesinos, sí creo muy probable que conociera otras muy famosas cerca de Argel cuando su cautiverio, y que se caracterizan por el efecto embriagador. Al escribir el episodio quizá recrea una vivencia personal y habla con conocimiento de causa, pues en su momento, él también vio sus visiones.

Don Quijote tiene todas las condiciones para ser un vidente: exaltado, impresionable e hipersensible es, además, la más perfecta personificación del fenotipo del esquizoide que nos describe Kritchmer, con una figura que tiende pronunciadamente hacia lo vertical. ¿Locura momentánea dentro de un estado de locura permanente? ¿Necesitaba Cervantes hacer dormir a Don Quijote para que viera materializadas sus ilusiones cuando antes, en plena vigilia, identificó los molinos de viento con portentosos gigantes? To sleep, to die, dirá casi en la misma época el dubitativo héroe shakesperiano y así, si identificamos el dormir con el morir, Don Quijote ha experimentado una muerte pasajera (muy del gusto y dentro del sentido de la época, como en los sonetos que cité antes) y por tanto, le es válido tratarse y entenderse con los seres del otro mundo que en ese momento son sus pariguales. Ha existido un caso de metempsicosis con todas las de la ley. Y que el Quijote podía ser un héroe espírita y vidente lo adivinó hasta el torpe autor dela segunda parte apócrifa, quien lo hace asistir a una sesión de ocultismo. Con una corteza cerebral mejor dispuesta que el resto, Don Quijote es capaz de vaticinar, y aquí, de loco, se convierte en profeta. ¿Locura en la locura? En buena lógica dos negaciones constituyen una afirmación: así pues, en el sentido más estricto, nunca es más cuerdo Don Quijote que en la cueva de Montesinos. No es el delirio de un explorador poco avisado lo que experimenta el héroe, sino la manifestación de su poder para el que ha sido designado. Es capaz pues de entrar al mundo de los muertos (“el reino de los muchos” para los antiguos) y salir de él. Es el paladín que cumple su ciclo fatídicamente y al que nada arredra ni sobre la tierra ni bajo ella. La potencia mental quijotesca, lejos de desvariar, ha generado una nueva realidad. Ha creado su propio mundo.

Notas del artículo

  1. Jorge Luis Borges, “La pesadilla”. Siete noches, México, Fondo de Cultura Económica, 1981. Colección Tierra Firme. p. 45.
  2. Ibíd., p. 53.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.