Frank Correa (Guantánamo, Cuba, 1963). Escritor, poeta y periodista. Autor de las novelas Pagar para ver (Latin Heritage Foundation, Estados Unidos, 2011), Larga es la noche (República Checa, Premio Internacional Franz Kafka de novela, 2012) y Un rey sin corona (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2021). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y del Club de Escritores Independientes. Es reportero de la revista audiovisual independiente ADN Cuba. Actualmente reside en La Habana.
Puede adquirir el libro aquí: La leyenda del río – Ilíada Ediciones, 2022
UNO
Lo llamaban Rascacio y la insolvencia era su talón de Aquiles. Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro. Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas.
En medio de la dura crisis que azotaba a Cuba, muchos jaimanitenses como él sobrevivían además de la pesca y la venta de calandraca, de bucear en la arena del fondo tras las prendas de oro y plata y el dinero perdido.
Era un trabajo sumamente duro: Con careta y snorkel patalear duro para mantenerse sumergido por un buen tiempo y tener la fuerza suficiente para abanicar el fondo con un guante de madera en forma de pala, para subir lo sólido con la revoltura.
A veces Rascacio se iba con el grupo de buzos a las playas del este: Bacuranao, Jibacoa, Boca Ciega, Santa María del Mar y Guanabo, donde se podía encontrar mejores prendas, pero él prefería quedarse buceando en La conchita, la pequeña playa de Jaimanitas.
Desde niño Rascacio tenía un sueño recurrente: mientras buceaba, encuentra un cofre repleto de oro y se vuelve rico.
Para salvar su tesoro tiene que matar vampiros con balas de plata, fulminar fantasmas con exorcismos y por último y la peor parte: enfrentarse al pueblo que se muere de envidia.
Con el tiempo, a medida que Rascacio creció, su sueño se fue convirtiendo en pesadilla.
La cantidad de información que comenzó a emerger contra el buzo obligó a la Seguridad del Estado a montar un chequeo y organizar una pesquisa. Entonces tuvo que gastar parte de su oro para maniobrar y salvarse.
Es esa parte el sueño la que se convierte en tribulación y despertaba gritando en medio de la noche.
Lo que más le angustia del sueño es que sus amigos: Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui y Joaquinito, son enviados a su casa para arrancarle el secreto, utilizando la amistad de ardid.
Sin embargo, era solo un sueño: en la vida real Rascacio jamás se encontró una cadena, ni una medalla, ni siquiera una manilla. Acertaba monedas de un peso y veinticinco CUC, y una que otra prenda sencilla, que no valía mucho.
Una vez encontró una argolla de oro 14. Y en otra oportunidad una alianza de oro 10, que dio seis gramos en la pesa de Chiqui. Y piezas de oro golfi que vendía como oro 16 después de limpiar y pulir en la piedra de mota verde de Joaquinito, entonces corría a comprar carne de puerco para darles descanso al pescado y al pulpo.
La mayoría de las veces, los días de buceo eran días perdidos. Regresaba a su casa flagelado los huesos por la frialdad del agua y la piel arrugada por la sal, con el saco vacío.
Lo salvaba llevar siempre consigo su carrete de pescar, porque cuando renunciaba a seguir abanicando el fondo inútilmente, arrancaba de las rocas del fondo unos tubos de calandraca, los aplastaba de atrás hacia alante entre el índice y el pulgar obligando a lombriz salir y tragarse el anzuelo, enmascarándolo con su largo cuerpo anillado de color marrón fosforescente, una carnada segura para todo tipo de pez.
Cien días cumplió Rascacio en noviembre sin encontrar nada en el fondo del mar. Ni siquiera un peso macho. Y se vio forzado a desempeñar oficios furtivos para llevar comida a su familia.
Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, azuzado por el hambre de la familia y la vieja premonición de hallar algo que cambiara su destino.
Pero después de abanicar el fondo durante el día en vano y desfallecer, pescaba un par de mojarras, o una rabirrubia, y se las daba a su mujer para la comida, entonces se iba con su carricoche y el azadón a ver que trabajito caía: un patio que limpiar o botar basura, para buscar el dinero y pagar las facturas.
Fue durante un tiempo ayudante de Cachimba el soldador, que lo explotaba. Por veinte pesos al día, menos de un dólar, tenía que cargar la planta de soldar y subirla al riquimbili, cargar los materiales, lijar, soldar y pintar rejas durante ochos horas como si trabajara para el estado.
Renunció a Cachimba y se fue de ayudante con Pedro el albañil, que lo explotó aún más. También por veinte pesos debía cargar bloques, arena, piedra, batía mezcla y servía los cubos. Además, dar pico y pala en una fosa que no tenía fin.
Se disgustó con Pedro y se puso a vender confituras en la calle, con su amigo Miguelito melón. Iban de madrugada a comprar la confitura por detrás del telón a los trabajadores de la fábrica La Estrella, en el Cerro, para luego revenderla por la calle.
Rascacio vendía en Santa Fe, y Miguelito, en Jaimanitas.
Todo iba viento en popa, hasta que la policía los detuvo en la calle por venta ilícita y fueron a parar a la estación de policía. Les decomisaron las mochilas, la mercancía, le quitaron el dinero y además les impusieron multas.
Continuó buceando por la mañana y trabajando en lo que cayera por la tarde esos cien días.
Su esposa y la niña lo esperaban en casa con la misma alegría, llegara con algo en la mano o con el saco vacío.
El buzo andaba por Jaimanitas en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas.
Su casucha era lo más parecido a un bajareque que se pudiera encontrar en aquel pueblo de pescadores del noroeste de La Habana.
Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel El viejo y el mar de la Marina Hemingway, que se hallaba enclavado a doscientos metros en la otra orilla.
La casucha era de madera y techo de zinc, con una sola habitación que a la vez era cuarto, sala y cocina. En un rincón había una mesa y dos sillas. El baño era una taza empotrada sobre un montículo, protegida por una cortina.
Delante de la casa hay un terreno yermo que en la escritura de propiedad pertenece a Rascacio y va desde la cerca de la casa de Margot la espiritista hasta la casa del viejo Chiquitico.
Sobre la hierba de un viejo césped descansaba el carricoche, con el bote de corcho encima.
Al terreno yermo Rascacio le sacó dinero una vez, rentándolo para peleas de perros. Pero la policía se llevó preso a los dueños de los perros, a los perros y a los apostadores y a Rascacio le pusieron una multa.
También lo alquiló varias veces para que descargaran los camiones de arena y de piedra para las construcciones de casas vecinas, pero hacía rato nadie construía por allí y aquella tierra baldía se llenó de romerillo, hierba bruja, verdolaga y tilo. Solo quedaba el pedazo de césped en la puerta, donde descansaba el carricoche con el bote de corcho construido por él mismo, donde se sentaba por la mañana en la popa para mirar el mar, lo observaba con tanta obsesión que su mirada se sumergía y abanicaba mentalmente el fondo, hurgando en la revoltura el soñado destello amarillo del oro.
En diciembre entró un frente frío a La Habana, que trajo mucho oleaje y cuando pasó Rascacio volvió sobre La conchita de norte a sur y de este a oeste, porque los frentes fríos remueven el fondo como mil buzos juntos.
Muchas joyas han sido encontradas después de pasar un frente frío, incluso en zonas alejadas de las playas, indicación que la marejada mueve las prendas a largas distancias, como aquella manilla de cuarenta gramos de oro 18 que se encontró peste a perro, el menor de los nietos de Atila el mallorquín, entre Guanabo y Santa María del Mar, en una zona sumamente inhóspita donde era imposible imaginar que se pudiera encontrar una prenda allí.
O la famosa cadena de cien gramos con la medalla de la virgen de la Caridad del Cobre, de oro 16 quilates que se encontró Alfredo Bocañanga entre el Náutico y Jaimanitas, casi llegando a Guardafronteras.
La familia de buzos más famosa de Jaimanitas son Los Bocañanga, una de las familias fundadoras del pueblo, y a la vez la más numerosa. La componen 37 personas que viven en una casa que originalmente era de tres habitaciones, con una sala, la cocina y el patio.
Con los años la familia creció Bocañanga y se fue desmembrando en nuevas familias que han dividido la casa en cuartuchos separados por tabiques. Para comprar los alimentos de la libreta se desencadena una batalla campal, porque se hurtan entre ellos los jabones, el arroz, el aceite y el pan, y por las broncas continuas en la carnicería y en la bodega se dispuso que todos los Bocañanga sacaran la cuota junta y se las repartieran en su casa.
Por ser una familia tan nutrida, refleja toda la sociedad cubana. Están los abuelos paternos, los viejos Bocañanga, que iniciaron la procreación desmedida, el hacinamiento y el buceo. Luego vinieron los siete hijos, cuatro mujeres y tres varones, diecinueve nietos y seis bisnietos, todo un colorido de manifestaciones y razas.
En esa casa conviven pescadores, buzos, artistas, jineteras, dirigentes, un policía, borrachos, locos, delincuentes, militantes del partido, maestras, choferes de ómnibus, recogedores de basura, un gay, deportistas y vagos habituales. Hay pocos fogones en la casa y en el patio han dispuesto hornillas a base de piedras y pedazos de zinc, para cuando el hambre aprieta.
Existe un baño colectivo en el patio y hay muchas camas, de todo tipo, y muchos pasillos. De noche es un infierno dormir entre el llanto de los niños, los estertores del loco que no duerme nunca, los quejidos amorosos de las parejas, la cantaleta de los borrachos, o las broncas de los múltiples matrimonios, improvisados o de uniones indestructibles.
A pesar de la diversidad de caracteres y las responsabilidades intrínsecas de las subfamilias, los Bocañanga conviven en su hacinamiento.
En la casa entran muchos salarios, pero cuando un buzo acierta una prenda asume todo el peso del sustento colectivo. Nadie pone en duda que los Bocañanga son quienes más oro han sacado del fondo del mar en todo el litoral de La Habana.
La alegría de un buzo cuando encuentra una prenda es efímera, comparada con el tiempo que pasan en el mar sin hallar nada.
Algunos buzos también son corcheros, salen por la noche a pescar en sus botes de poliespuma y si tienen suerte de que el guardacostas no los intercepte y les confisque el bote, los avíos y les impongan multas tal vez enganchen un peto, un gallego, un coronado, o igual regresan a sus casas con las manos vacías.
Llegó diciembre y las fiestas navideñas en Jaimanitas fueron más apagadas que nunca.
La tradición de celebrar Noche Buena y Navidad casi estaba borrada del imaginario. Para Rascacio y su familia fue Noche Mala y Naviná, porque además de no tener nada que cenar, los acreedores se aparecieron en su casucha para cobrar los préstamos de dinero para a escuela de Zafiro.
El buzo les pedía un plazo más, con recargo, porque hacía cien días que no sacaba nada del agua.
Se hallaba en un callejón sin salida, con la familia muriéndose de hambre y, para colmo, su mujer embarazada otra vez.

