Anunciación (y otros poemas)

DEL POEMARIO ABUNDANTIA CORDIS


MANUEL NETO DOS SANTOS (Alcantarilha, Silves-Algarve, Portugal, 1959). Poeta, actor, declamador, traductor. Es una figura ineludible en la poesía portuguesa moderna. Autor de una importante y polifacética obra poética integrada por treinta y seis libros, es también colaborador habitual de importantes revistas de poesía, tanto en Portugal como en España. En reconocimiento a su vasta actividad literaria, tanto en lo que se refiere a su obra como a la difusión de poetas portugueses y españoles, Arandis Editora le honra con la creación del Premio Literario de Poesía “Manuel Neto Dos Santos”, que se encuentra en su cuarta edición anual. Está traducido al español, francés, inglés, árabe y rumano. Ilíada Ediciones ha publicado sus poemarios Abundantia Cordis (2022) y Piedra de Canto / Pedra de Canto (edición bilingüe español/portugués, 2024).



Anunciación

El lugar de la Madre está siempre en el trono del alma y de la memoria. Aun cuando el cuerpo se ausenta de nosotros, el azul verdoso de sus ojos rumorea en el lago más plácido que podamos imaginar.

El lugar de la Madre está siempre en la muralla centenaria que nos vislumbra el futuro, en la alfombra de los valles y de las laderas hasta donde se diluyen en la placidez de la acuarela de un cielo, en el letárgico momento del adormecimiento de la tarde.

El lugar de la Madre … Está, siempre, en mis versos, en la esperanza –quién sabe– de un día poder con ella, del trono de la muralla, la eternidad contemplar.

Y si viviéramos sin alma ni palabras. En el corazón del sonido, la sangre que lo serpentea y la melodía del golpe de la lluvia sobre los tejados, y la ventanilla se une a ellos, a la melodía, y al silencio; y despierta el poema, de un sueño letárgico y suspendido, y la memoria de ti me dice, vacilante; estamos cansados.


A pesar de eso

Escudriño el antiquísimo misterio del origen y del sentido de la vida y de la muerte, para encontrar el don visionario y subversivo, tal como hablo del tiempo que me ofrece la conciencia de la frágil mortalidad. Busco el antiquísimo misterio, pues todo lo que hay de inferior, en nosotros, regresa para que se revele en el impulso, que me lanza hacia lo alto, porque la ironía fingida de amargura habla por etéreos poemas, como fugaces son los sueños a pesar del día de la hora y de los minutos en que se revelaron sobre la hoja. Escudriño, entre los cardos y los espárragos, entre la hoja mugrienta de un país aturdido de hipocresía, el antiquísimo misterio del origen y descubro el silencio como ojos llanos de paisajes, y un anhelo de escribir irrumpe, al sonido de mis pasos, recordando el silencio, en su más fecunda melodía.


Por saber que

El interior de la existencia de un hombre es el planeta más desconocido que podamos imaginar, un poder tan firme y silencioso, como si los pensamientos se hermanaran con las piedras y las piedras, a su vez, fuesen el diálogo más puro entre el cielo y la tierra.

El interior de la existencia de un hombre es el océano más profundo que podamos navegar; por dentro de un constante rumor bajo la maestría de la luna para que la melancolía nos llegue como quien vive a través de los libros, por los poemas, por las profesías que lee….

Todo de tal modo, desconocido, que sólo un instante en cada primavera florece sin que nadie se de cuenta de ello… Y una secreta eternidad arde, despacio, como arden los reflejos del sol sobre el erizo de las mieses.

El interior de la existencia de un hombre sugiere ventanas por abrir, para que los paisajes habiten los ojos, por entero, como si una voz buscando refugio y el alma se delinease a sí misma con la forma de una copa de piedra, para servir la esencia rubia; como son rubros la sangre y el vino.

El interior de la existencia de un hombre es una semilla inventada, de que germina el peso íntimo de la alegría y una historia infinita, para la convulsión del deseo …

Y todo de tal modo sabido por la esencia … Que los ritmos, sobresaltados y antiguos, se adormecen en el vagido inicial del poema, para que las arpas de sombra se punteen en mis ojos.


Para pediros prestado

Dejadme regresar a la fuente de la frase, de donde el sentido desemboca hacia el mundo. Sobre nuestras almas, una tiniebla celeste se pega al letárgico torpor de la monotonía y un manantial mientras nada pasa por aquí. Y leo. Leo poetas “endiosados” por la verborrea compulsiva e inconexa, como rostros de niños lanzando las manos a las tintas y lamiéndose de incoherencia de colores.

No me decores, que yo no soy más que esterilidad fosilizada en la desesperación del poeta “enjaulado”.

Mi alma tiene el camino como una vereda ritualmente recorrida;

Vereda de pasos repetidos por el mapa único y discontinuo de la desesperación …

Dejadme regresar al nacimiento salvaje que despierta, dentro de los ojos, la forma abarrotada de seguir las huellas de la visión ante las flores llameantes de las laderas, y la noche se desbordará en la claridad de las estrellas para que los únicos poetas celebrados sean los candelabros de esperanza … Alumbrados en los sentidos.


Reconocidamente, os agradezco

Vengo a devolver la corona de agonía con que la mezquindad y la envidia de las amigas, que no lo eran, me pusieron sobre la frente.

Atesto el repudio de vuestros aullidos de hienas mortíferas, por la calada de vuestro silencio sobre mí. Vengo a devolver la corona de agonía, a vosotras, unas escasas tres, que me desconocéis … Que vuestra putrefacción de alma os harte y empuje a la esencia de cloaca máxima, de la que vuestras vidas son eructos

Quién diría…


PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Abundantia Cordis – Poemario – Manuel Neto Dos Santos

Como si fuese un verso náufrago

DEL POEMARIO CEREZAS EN EL CIELO


MANUEL GONZÁLEZ BUSTO (Sancti Spíritus, Cuba, 1957). Poeta y crítico. Ha publicado los libros Caramba, Manuel (1994), Testamento del loco (1998), Adán, evidencia de los límites (2007) y El reino de los dilemas (2013), todos por Letras Cubanas. En Ediciones Luminaria, de su provincia natal, han visto la luz Magio, la rotura de mis flautas (1991), Confesiones de un loco descreído (1993), Ebriedad de los credos (2005), Delirios del aprendiz que quiso ser rey (2006), Nueces para una añoranza (2008), Cartas a Giselle (2010), Mítico segundo (2012) y El invierno de la novia (2015, publicada también en España por Ediciones Samarcanda, en 2016). En otros sellos editoriales cubanos han aparecido Último incendio en la memoria (Casa Editora Abril, 1993), La noche del visionario (Editorial Capiro, 2002), Poemas de cuando el hombre pudo razonar (Editorial Oriente, 2005) y Parábola del triste (Ediciones Unión, 2007). Su poesía y su obra crítica ha sido incluida en numerosas publicaciones y antologías cubanas y extranjeras.



La lejanía, Inocencio, es un barco que parte, un sábado apenas, una página en el desasosiego de una ciudad ensortijada y melancólica. La lejanía solo se tiene a sí misma: cifrada va en un mar de páginas que aún esperan por Virgilio. La lejanía degusta el amor como si fuese un verso náufrago, una epístola cómplice, un rumor añejado. ¿Serán sus destellos los monarcas del sol? ¿Serán sus predicciones una isla —dígase: el boleto que todos añoramos?  ¿Será el tranvía que aguarda en cada esquina? Ideas no esperan. Ideas insisten: imposible la postergación. Entonces, escribes. De un modo tristemente absurdo, pero escribes:

Es como si hubiesen quitado un país y puesto otro. Ni deseos de salir te dan:  gente, mucha gente, y colas, infinitas colas cuyo nacimiento ya no encuentras. ¿A qué se juega? ¿A qué se está jugando? Por favor, con un país no se juega. Con la esquizofrenia de los olvidados tampoco. Es como si los reinos del país ya no tuviesen nombre: esa estatua irreverente. Es como si la docilidad tuviese iris: miradas que rasgan y profundizan. El país tiene almendras que no aceptan la postergación. El país tiene labios donde la noche ancla su redondez extasiada y fugitiva. Amemos la noche, amémosla: tiene lunas que reescriben la cadencia de los relojes y el tibio recinto de la espera.  Un país necesita la febrilidad del ritmo, su prontitud en los acordes. Al país, como al amor, le urge un nuevo nacimiento: los sueños siguen despeñándose como copla enamorada: ola transgresora. Hay reclamos, silbatos en el óleo de la tarde. Oh, Dios, ya la nulidez tiene nombre: comensales que buscan y no encuentran, actores que transgreden. ¿Tendrán trono, los ordenamientos? ¿Reinará, airoso, El Pequeño Príncipe? Sabedlo de una vez: hay rituales como estrellas: rituales martes, rituales números: directivos rituales y una hoguera en el mismísimo centro del cónclave donde el inquisidor se sienta y ordena… Ah, no esperes nunca de la realidad lo que la realidad nunca podrá darte: certezas que se fugan: las tardes son iguales salvo el modo en que las miras. Con las voces del país sucede igual: siempre reclaman: el dólar es una góndola huidiza y trasnochada. Lejanísima. Es cierto: Es como si hubiesen quitado un país y puesto otro. Ni deseos de salir te dan…


Te sientes ahora más calmado: nada hay como escribir. Es una magia que no logras detallar y nunca cesa. Es como un sortilegio de nieve que echas a rodar y se despeña en infinitas aguas que son como cristales de una febrilidad taciturna y recurrente. Es como si escribieras nuevas historias hasta conformar una historia real y convincente. Ah, Inocencio, la vida es el pliego que todos escribimos antes de partir y nunca estamos conformes. Te sientes como el payaso que no puede. Entonces, y solo entonces, estacionas tus inviernos en el iris de la emperatriz como si fuese la más divina reencarnación. Y huyes de las despedidas. Y te deslizas por la nieve como en una secuencia fílmica donde sigue nevando a pesar de las voces y los reclamos del país. ¿Será madre, la balada suprema? ¿Dónde está el país? ¿Dónde la ciudad? ¿Dónde el ademán imantado, el iris cómplice, la voz de madre como un concierto en las noches invernales? Antes la ciudad te esperaba en cada esquina, en cada rostro, en cada casa que ofrecíase como un happybirthday y en cada pulsación que aún nombran los misterios de una isla bendecida. ¿Dónde está mi ciudad?, repites, y nadie responde. Tal vez debiste preguntar: ¿dónde está mi país?, ¿dónde las promesas y los sueños y las esperanzas y los acuerdos y los por cuanto y las utopías que aún siguen derramándose mar adentro, isla afuera, hasta ser un concierto en las noches invernales? Dónde, dónde, dónde…


El farolero, el único farolero lúcido del reino, quebró con su voz la cuerda más doliente:

Yo tenía un país pero un cóndor pasó demasiado cerca y del país aún ruedan lágrimas que nombran los mares más lejanos. Yo necesito creer en mi país. Por favor, dejadme creer en mi país…

Los moradores, asombrados de tanta geometría, así preguntaron:

¿Por qué miente el fabulador? ¿Por qué vientre en popa el orador si un país no lo hacen los historiadores ni las ciudades ni los oradores ni las casualidades ni las puras verdades ni la suerte ni la geografía ni los rezos carnales, ay, ni las urgibles necesidades?… ¿Por qué?

Sabrá Dios, Inocencio, quiénes hacen un país. ¿Se habrá fugado? ¿Acaso airoso el que no encuentras en las colas que de tan largas no logras precisar?  ¿Será el país esa aparición que se derrama en los caminos y en los tronos y en las aldabas y en las almas que desempolvan la desmemoria? ¿Qué melancolía habrá cenado su quietud de ciervo triste? Hoy lo sabes: hay que evadir la densidad para comprender las esencias.  Evadir la densidad es el secreto. Onírico vas hacia una originalidad que cuestiona y propicia el equilibrio: escribir es la gravedad, fuerza que nos salva de toda densidad. Hoy lo sabes: la vida es una sucesión de sonidos, imágenes y gestualidades. La vida es sonreír, sonreír siempre.  Ya lo dijo el polvo cansado de ser el huésped eterno:

Fácil olvida la historia lo que descifra el misterio. Fácil borda la palabra cuando sin ventura nace. Fácil, muy fácil, derrama el corazón sus miserias: rumores que sobrevuelan la inquietante quietud: luna en los temblores fugitivos de la alcoba: sueños de siempre…


Procurando sigues, Inocencio, un vaso de agua desvergonzado y mínimo como si El reino del agua fuese tangible y promisorio. ¿Será el fin? ¿Será el agua la procesión definitoria? ¿Habrá olvidado Dios su isla país que es como decir su casa himno, su vaso de agua desvergonzado y mínimo?   Ah, si el dolor pudiera cortarse, dárselo de comer a las palomas. Pero nadie merece este dolor que de tan vasto se ha vuelto universal. Ah, si pudiésemos enrejarlo.  Si pudiésemos…

No lo piensas más y escribes:

Yo quiero una patria. Yo siempre quise una patria, una esperanza, un beso cósmico, un cuerpo mar. Hay una tristeza múltiple, un corazón sepultado. Hay también unos caballos que quieren decir,  irse de caballos a pastar las delicias vedadas de la patria pero hay quienes dan órdenes como si fuesen soldados prestos al disparo, al galope ensordecedor, a la sangre fluidora de los que hunden bayonetas y se van.  El que va delante  increpa a los caballos:No miren, no giren, no respiren, simplemente corran y cáiganse y vuélvanse a caer y pórtense como caballos, simplemente caballos que deleitan…

¿Habrá olvidado Dios su isla país que es como decir su casa himno, su vaso de agua desvergonzado y mínimo para un éxtasis crepuscular?

Es cierto, Inocencio, la lejanía es un barco que parte, un sábado apenas, una página en el desasosiego de una ciudad ensortijada y melancólica. La lejanía solo se tiene a sí misma: cifrada va en un mar de páginas que aún esperan por nosotros.


PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Cerezas en el cielo – Poemario – Manuel González Busto

El grito del perro y otros poemas sueltos


NÉSTOR PONCE (La Plata, Argentina, 1955). Aunque ya en 1975 obtuvo premio en su país con la novela La impostura, su producción literaria es la de un escritor exiliado, que tuvo que huir de la dictadura militar. Radicado en Francia desde 1979, ha publicado, entre otros títulos, las novelas El intérprete (1998), La bestia de las diagonales (1999), Hijos nuestros y Perdidos por ahí (2001), Una vaca ya pronto serás (2005), y Toda la ceguera del mundo (2013), con una segunda parte (que se puede leer de manera independiente) publicada en 2016 y titulada El lado bestia de la vida (El asesinato de Néstor K.). Gran parte de su obra ha sido traducida al francés y a otros idiomas, galardonada por varios premios, y objeto de interés de la crítica.



Soy un perro abandonado
un pobre dogo perdido
de blanca piel
manchada de tránsito
sucia y deletérea
muerto de hambre
lengua colgante
en el tráfico de la urbe

Un dogo argentino
siempre muy hambriento
de patas torcidas
olfato oblicuo
y ojos sin destino

Nadie me quiere
raras son las caricias
o las frases cariñosas
soy un perro solitario
un bicho maloliente
ave callejera
nadie me ve no existo
atravieso plazas y calles
invisible y transparente
un hielo cristalino
en la tormenta

No soy nadie
no soy ninguno
soy nunca y jamás
quizás tal vez
nada más
que un pobrecito
perro de juguete
un peluche
made in taiwan
Un dogo de fauces babeantes
que erra por las calles
solito
gambeteando desprecios
un miserable perro de la calle

sin domicilio fijo
uno más
uno de tantos
ausente en la penumbra
prisionero de la lumbre
sujeto de la calle
Solo solito
hasta que llegaste vos
piojoso mendigo
perrito lindo
murmuraste
animal abandonado
tirado como yo
Y la caricia fue cierta
una espuma en el túnel
un fulgor en el hueco

Me hiciste amor perro
un dogo acompañado
nunca más me sentí solo
nunca más olvidado
en la fábrica
de tus sueños tránsfugas
en el tránsito
de tus noches con arrugas
Fui tu guardián
tu respiración del alba
un caimán
errando en el Amazonas
barrilete en el cielo
escarcha del amanecer
un yeti
perdido en la nieve
un bagre
naufragando
en el barro leve
del río amarillo

Nací
para ser tu dogo
tu perro amigo
dejé la ingratitud
(qué voy a hacer
me habían hecho así
así me habían armado
mi modo de ser)

Me construyeron
entre pedradas y escupidas
siempre me esperaban a la salida
con los colmillos más largos
que los míos
y carajo
me pegaban abajo

Órbitas del desamparo
Cénit del rechazo
Gloria del fracaso
Intermitencia del faro
Palidez del sol avaro

Pero crecí / luché / entendí

Y ahora
Soy que lo soy
Soy lo que fui
Soy lo puedo ser
Soy lo que seré

A tu lado linyera
conocí la sed
compartir la humedad de la noche
beber las estrellas
cantarle a la luna
bailar descalzos en el asfalto
A tu lado jefe linyera
conocí el hambre
como nunca
escarbando el estómago
la dura pelambre que rasca
la noche del dolor

Compartir los cantos de las aves
oler el humo ajeno
el trino oblicuo de los teros
reír a carcajadas
Somos un coro
un foro
de condenados de la tierra
bajo nuestros pescuezos
vibra la tierra civilizada
la motosierra
de los de traje y antifaz

Compartimos la comida
tus caricias en mi hocico
mis gruñidos amistosos
tu risa desdentada
mis colmillos largos
Soy tu dentadura
soy tu defensa
en el abismo del mundo
mis dientes son la miel
protectora
que cobija tu sueño
Siempre alerta
en la intemperie vacía
aguzando las orejas
husmeando el horizonte
de las sospechas nocturnas

Gruño en sueños
sueño gruñidos

La calle está dura
me decías con tu voz ronca
acariciándome el lomo
perseguimos sombras
sonidos desvelados
Yo apoyaba mi cabeza
en tus rodillas
a tu lado
siempre alerta
los ataques podían venir
-como las balas perdidas-de cualquier parte

Aquí no hay fronteras
no existen límites
es un vasto desierto ciego
que bulle en el perfume
turbio de la madrugada
en los púlpitos
de las financieras
en las burlas
de los que esperan

Una noche
de maullidos y ladridos
desesperados y perdidos
siempre al acecho
dogo contrahecho
pasos en la noche
sigilos de ataque
dientes afilados

Yo dormía
plácidamente
oído alerta
hocico atento
colmillos contentos
y los olí sentí viví
un ojo cerrado
el otro despierto

La pandilla de muchachos
se acercaba cautamente
los dejé venir
se acercaban
jadeantes
botín iluso
botín grandioso

En mi piel en la bolsa
las uñas sucias
angurrientas
aliento satisfecho

Los dejé venir

Estaban en pleno regocijo
babeantes y sedientos
susurros de pasos
y me erguí triunfal
colmillos al viento
aullido de dogo bestial
ladrido crujiente
que sopla las vertientes

Corrieron corrieron corrieron
Huyeron huyeron huyeron
Se despertó mi linyera
“Los oí también
los oí como vos
perrito bueno
esqueleto de la bruma”

Y tu risa desdentada
fue una avalancha
de buenas noticias
una catarata
llena de lunas llenas

Cómo te reías
cómo
contagiabas perros
bestias nocturnas
gatos ciegos

Éramos tan buenos


PUEDE ADQUIRIR ESTE LIBRO EN ESTE LINK: El grito del perro y otros poemas sueltos – Poemario – Néstor Ponce

CONFESIONES RUTINARIAS Y OTROS POEMAS


ISMAEL SAMBRA (autor cubano-canadiense, 1947). DESNUDOS es su quinto libro de poemas. Entre estos cinco libros hay dos premiados uno en un concurso internacional y otro nacional, además de una trilogía poética Los ángulos del silencio (Editorial Verbum, 2001, con tres libros reeditados posteriormente en ediciones bilingües por Edizioni Il Foglio, Italia, y por la Editorial Primigenios, Miami): Orgía del miedo (2021, italiano-español, y español-inglés, para celebrar el 20 aniversario de la primera publicación), Señales de la espiral (2023, inglés-español) y A través de las rejas (2024, español-inglés). Una trilogía que refleja tres momentos históricos en la vida del autor y su adverso medio. Es decir, que Desnudos es una obra creada en la madurez del poeta. Tiene publicado además dos libros con poemas seleccionados: Para no ser leído en recital, Editorial Oriente, 1991, y Seis poemas desesperados y uno de esperanza, (Edición trilingüe-español, inglés, francés), Ilíada ediciones, 2022.



CONFESIONES RUTINARIAS

“Ya su sexo había probado el rocío.
Tú supiste que sus nalgas habían sido tocadas por Cristo
y por eso jamás morirían”.
Félix Luis Viera

Es un pecado estar contigo
y no amarte.
Perdido en la maraña de la entrepierna
se me hace imposible ignorar tu apremio
por llegar primero al orgasmo: Me tomo el tiempo:
Y te dejo cabalgar al infinito.
Te dejo plena en los instintos: Por mis instintos:
Pájaro hambriento
plácidamente hambriento de tus semillas
para que no emigre en invierno
y retorne con su canto al comedero: Cada mañana.
Es un pecado también
los diseños que grabo al chupar
las termas suplicantes de tus senos
que me ponen tierno por arriba y duro por abajo: Así lo acepto.
Hacerme esclavo de tus olores
y sabores: Besos per-versos:
Son sin duda
estos que me incitan al vital poema: Tema que quema.
Es un pecado y no me niego
a ser condenado al fuego eterno
aunque esto fuera únicamente mi único pecado.


IMPRONTA DEL EBRIO O DEL LOCO

Así va todo:
¿Guerra perenne entre el bien y el mal?
¿Entre los indiferentes y los comprometidos?
¿Entre el sexo y la apatía sexual?
Esta es la pregunta: Este el dilema.
¿Todo fuera de control?
¿Para qué tanto control?
No más:
¿Hay algo más?
Saturado de la otra poesía
me levanté y tuve que continuar:
Los versos agresivos no me dejan dormir…


VARIANTES DEL SILENCIO INAGOTABLE

“…Para el amigo sincero
que me da su mano franca.”
José Martí.

A mis amigos Manuel Gayol y Félix Luis Viera.
A mi editor y amigo Amir Valle, siempre optimista.

Todavía hacemos del sexo-carnal el centro de la vida
aunque “nos lleve de la bondad al crimen”:
Trofeo que merecemos para que sea interminable cada
contrato en los circuitos amatorios.

Todavía nos alienamos en la droga ilícita o en la lícita
en las laceraciones amigas o la traición
en los cultivos del rencor o en la venganza
en la brasa del fogón o de la cama
en el tráfico de mujeres o de menores
en las violaciones sexuales o de derechos
en el robo de los bancos solitarios.
(Me refiero a los parques).
O en el robo de los bancos que guardan el dinero.
Estos son los verdaderos delincuentes.
(Me refiero a los banqueros).

Todavía se adopta el «silencio competitivo»: ¡Super carajo!
Para no reconocer el valor de los demás
para no hablar de las virtudes
del colega o del amigo: ¡Casos flagrantes!
Nos enfrascamos en competencias ilusas-ilusorias
que podrían argumentar la ignorancia de los ignorantes
cuando se olvida que “honrar honra”
cuando tratan-hacen difícil lo que aparenta ser complicado
estridente lo que es evidente
veracidad lo que es vaguedad.

Todavía elegimos candidatos que a los ricos vuelven pobres
y a los pobres miserables
a pesar de sus campañas populistas que prometen
lo contrario: ¡Casos infames!
Autócratas que se auto-llaman demócratas: Nacionalistas:
Que invaden pueblos: Que colonizan:
Basura bio-degradable con energías antiguas
no renovables: El oro negro.
¿Por qué someternos a los «desgobiernos»
para no decir claramente «dictaduras» y que
me acusen de extremista escudados tras el cliché de:
«yo-no-me-meto-en-política»
cuando todo se envuelve con papel-política?
(Me refiero a los cobardes que justifican así su cobardía).

Todavía esos pendejos celebran aniversarios
del discurso represivo
“Palabras a los intelectuales” con pistola comandante
sobre una mesa de libros en la biblioteca nacional:
Un homenaje a la censura: A la ignominia:
Esos seudo intelectos predilectos de poca monta:
¡Caso de ultraje!

¿Por qué rendirnos a dictadores
a los dictámenes de esos que
se creen sabios empoderados o esos que
quieren globalizarnos para explotarnos como un globo?
Mezclando izquierda con derecha capitalismo con comunismo
en el llamado Nuevo Orden Mundial: Meta-histerismo.
Feliz-ticistas: El reseteo: Tota-litario: Los globalistas.
«No tendrás nada y serás feliz»: Puro chantaje:
Puro ataque atómico-nuclear a la naturaleza humana:
Compuesta-descompuesta-repuesta: La meta-física:
Tecnología: Post-realidad:
Unión de la realdad física con la virtual-digital: El meta-verso:
Criptomoneda: Mono-Clonar:
Inteligencia Artificial
que pinta, que escribe, que compone o descompone
que hace poemas cuasi poesía
 aunque sin alma sin espíritu sin poeta sin músico de orquesta.
¿Habrá arte o superficie en lo artificial-superficial?
(Me preocupa la pérdida de la inteligencia natural)
¿Habrá empleos suficientes para evitar la rebelión?
¿Habrá márgenes para parar la guerra?: ¿La disuasión?
¿Para qué camuflarnos la cara como soldados guerreros
bajo un misil supersónico-nuclear?:
¿Será para que la muerte nos ignore
o para alejarnos de una muerte pálida sin nada de color?
¿O para disfrazarse de muerte antes de la muerte?
Nos hacen polvo: Nos hacen mierda: La meta-mierda.
¿Qué número ocupará el humano en la contienda futurista?

Todavía visitamos los pozos virulentos sin pareja adecuada
cuando apenas tenemos buen elemento orgánico
para el pugilato y el culto a la erección
como para imponer récord en horas-placer no solo
en calidad y/o raras posiciones: ¡Detonaciones!
Qué nadie diga si va a decir «pornografía»
en lugar de «errotismo» articulado: Comunicante.
Mezclar lo erótico con el entorno
para que pasen mejor los espinosos asuntos
de plano en lo per-verso
al ritmo del penta-verso: En-la-ca-den-cia:
Del pentasílabo:
Del pensamiento: Del verso errótico:
Del multiverso.
Para que quepa ancha: Ca-si-com-ple-ta:
Para que el gancho entronque bien con o sin vaselina:
Porque hay quien la tiene muy pequeña
y otros que la tienen demasiado grande y sufren más.
(Me refiero a la imaginación).
Más que infinito el multi-verso: Te excita inmerso:
Lo natural de la conquista espacial: Más que expedito:
Se vuelve rito: ¡Buen apetito!

Humanamente vencidos a corto o a largo plazo
esos que lanzaron falacias para la integral asfixia
(Me refiero a las prisiones de la mente y de la lengua)
tendrán bumerán en la pocilga de sus rejas…
Garfio pirata: ¡Al abordaje!:
Potro al potrero: Potro salvaje: Potro cerrero: Caballo fiero…


PUEDE ADQUIRIR ESTE LIBRO EN ESTE LINK: Desnudos – Poemas erróticos – Poemario -Ismael Sambra

Diablo cojo

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMO


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de ser diablo pobre y no ángel rico. Diablo de pies a cabeza. No un diablo cualquiera. Diablo único. De pie izquierdo torcido y pierna derecha en arco. Diablo gambado. Diablo de herrería forjado a golpes de martillo y yunque. Diablo ígneo de fragua y chispas. Diablo de cañón y metralla. Diablo de vapores de infierno. Diablo de utilería de cartón y papelería. Diablo de oscuridades y resplandor de fogones. Diablo de alcantarillas y aguas albañales. Diablo de cloacas y mojones celestiales. Diablo de diques y alambiques. Diablo de edictos y pergaminos. Diablo de erudición y grimorios. Diablo de incunables y anales. Diablo de pesebre de Belén y pastores. Diablo de Alejandría y magos del Oriente. Diablo de granero y pacas de heno. Diablo de establo y boñigas de vacunos. Diablo de alquimia con redomas y retortas. Diablo de botica con frascos y ungüentos. Diablo Cojuelo nació el día en el que José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, bautizó con mi nombre Diablo Cojuelo las cuatro páginas un diario clandestino. Diablo latino: “Parturient montes diávolo, nascetur ridiculus mus”. Diablo que por mal arte resbaló entre las manos de la comadrona en el parto. Diablo singular fue a dar al suelo envuelto en el agua seminal de la placenta materna. Diablo sumergido en líquido espeso como orine de gato. Diablo fetal sin padre ni madre conocidos. Diablo anónimo en casa prestada. Diablo inquilino de Casa Cuna. Diablo pío en vetusto convento del Paseo del Prado. Diablo vástago de mujer de parto de cara al mar. Diablo anónimo de referente natal una nota en el pañal:

“Nacido 7 de julio 1853. San Fermín. Sin bautizar”.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Hubo en el cielo sin autorización de San Pedro un concilio secreto de ángeles. Una reunión clandestina que se aprovechó de un día gris y tormentoso en el que las nubes cubren el cielo para realizar la convocatoria. No a trompetazos de heraldos negros como era usual en los llamados dominicales al Juicio Final si no con silbatos de policía que controlaban la velocidad de vuelo de los ángeles entre las nubes de las autopistas del cielo. Los pitazos remedaban susurros y cánticos de aves en el bosque. Al primer llamado de alerta acudieron en oleadas las diferentes legiones de ángeles. En orden jerárquico estuvieron presentes serafines, querubines y arcángeles. En primera línea los serafines, de tres pares de alas rosadas, al frente de la comitiva celestial, murmuraban todo el tiempo. Con el primer par de alas desplegadas en abanico, todo rubor, se cubrían el rostro; con el segundo par, como si fuera velo de vestal púdica, el cuerpo mientras que el tercer par, en lugar de colgar a ambos lados del tronco, les brotaba de las axilas que batían el aire sin cesar y los mantenían flotando como ingrávidas libélulas. Votaron contra mi presencia en el coro celestial. Había dejado de ser: ¿serafín?, ¿querubín?, ¿arcángel? ¡Que se jais! No era un ángel. Era un puti. Figlio de putana. Un pobre diablillo al que nunca le crecieron las alas y de recuerdo le quedaron un par de muñones con plumas. Estuvieron de acuerdo en apartarme tras pronunciarse el coro de serafines, puestos de pie en la primera línea celestial. En segunda línea, apoyaron el voto los querubines –a cuyo linaje pertenecí–, los únicos de aspecto humano dentro del coro celestial: cuatro caras y cuatro alas cuya misión era guardar la entrada del Paraíso. Asomados entre las nubes, al verme derribado en tierra, mis antiguos camaradas me gritaban hijo de puti, apestas a azufre y no eres ángel sino diablo infiltrado. En tercera línea, los arcángeles –ruedas aladas del carro de Dios que se desplaza sobre ejes sembrados de ojos que vigilan al universo al andar por el cielo–, no me creían hijo de Satanás que quedó huérfano al arrojarse mi padre al abismo y cometer suicidio al fallar en el homicidio en grado de deicidio de destronar a Dios, sino que mis alas quedaron rotas al caer sobre la tierra y ya no era ángel sino puti, un ángel fementido ¡Val a farta dar nel culo! Del cuello, me dejaron colgado un letrero que advertía quién era en el pasado y quién sería en el eterno presente.

“Estabas en el Edén, el jardín de Dios; toda piedra preciosa te adornaba: rubí, topacio, esmeralda, crisólito, ónice, jaspe, zafiro, turquesa y berilo. En ti había orfebrería de panderos y de flautas. En el día en que fuiste creado fueron preparados. Tú eras el querubín ungido que cubre: y yo te puse, para que estuvieras en el monte de Dios; has andado arriba y abajo en medio de las piedras de fuego. Fuiste perfecto desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad y fuiste desterrado…”


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de bastardo. Diablo expósito: el clérigo de guardia tiraba del badajo de la campana y recogía el fardo anónimo. Diablo en depósito: en el costado derecho si era niño y del lado izquierdo si era niña. Diablo preceptor: pellizcaba la oreja si no sabía la lección. Diablesa preceptora: jalaba el pito y brotaba como amapola la cabeza pelona del glande. Diablo prepucio: en ceremonia laico–religiosa recibía el apellido Valdés como gratuidad cristiana de parte de fray Gerónimo Valdés, rector de la Casa Cuna. Diablo anónimo: a cambio del apellido Valdés, ayudaba a los monjes a limpiar excusados y las niñas Valdés a las monjas a planchar uniformes. Diablo auditivo: oía los gritos que salían de la vecina Plaza de Toros. Diablo ambulante: iba al Palacio de los Capitanes Generales a dar vuelta de organillero al bombo del sorteo de la Lotería. Un diablillo de nombre Eusebio Valdés, seis años mayor que yo, con venda en los ojos que lo hacía parecer ciego, extraía la bola ganadora y se la pasaba al diablillo vidente, Fermín Valdés –ese era yo–, su hermano postizo que voceaba ¡66 mil pesos! Eusebio y Fermín, el par de diablillos expósitos –a propósito–, voceaban como diabólicos hermanos: ¡se invita al público a comprobar la bola! Diablo de la suerte: espulgaba en la lista de diablos del Índex del infierno un nombre. Diablo confundido: ante legiones de diablos de pie. Diablo diabólico: los iba nombrando. Abadón, Amón y Alcocer, diablos egipcios. Diablo diabólico: los iba descartando. Baal y Balan, diablos babilonios. Belcebú sonaba bien, pero era harto diabólico. Foros y Vual, diablos hebreos. Diablo fantasma: sin tótem animal ni vínculo con un clan diabólico. Carnero. Cerdo. Cuervo. Sapo. Lobo. Rata. Diablo sin efigie.  Araña. Serpiente. Gato. Lagarto. Mono. ¿Qué tal Belisario? Diablo bestiario: bestia y saurio. Belisario en primavera: camisa de pechera. Belisario en invierno: abrigo tierno. Belisario en otoño: rabo y moño. Belisario en verano: abanico de guano. 


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Fue durante un vuelo nocturno de entrenamiento en el que probábamos las nuevas alas recibidas de manos de San Francisco –santo protector de Objetos Volantes y Aves Desconocidos (OVAD)– en la ceremonia de graduación del primer pelotón de pilotos angelicales de altura. Iba de guía. Por error que da horror, al atravesar una gorda nube oscura, quedé a la zaga del resto de los ángeles que junto a mi volaban en delta. Caí al suelo y sobre mí los ángeles desorientados y atropellados me dejaron abandonado, mal herido y confundido. Señalado por la mano de Dios como infiel. De ahí me vino el apodo de Cojuelo, no por cojo menos ágil y envidiado por el resto de los ángeles, quienes al ver que no podía remontar el vuelo por tener las alas quebradas (diablo cojuelo sin consuelo), siguieron volando en bandada. Melquisedec al atardecer desde la boca de la cueva, observaba el oscurecimiento del planeta Venus en el cielo. Me vio derribado en el suelo, roto y desvencijado y se apiadó de mí siempre que le sirviera de lazarillo a un viejo ciego por legañas y encorvado por arte de mala maña que me explotó sin piedad. La cueva en la que habitaba fue mi nueva morada. Al cruzar el umbral de piedra, dejé de ser el ángel que volaba libre en el cielo y pasé a ser un esclavo de la catacumba. Un reo del subterráneo. Condenado por la eternidad a vivir bajo tierra por decreto de un tribunal desconocido. Sin posibilidad de defensa de los cargos ni de apelación de la sentencia. La cueva era un espacio desconocido en el que por años como un niño anduve ciego y a gatas mientras que para Melquisedec –que en la realidad era cegato– era un reino en el cual se sentía monarca, el espacio sagrado en el cual podía entregarse libremente como vidente a la meditación y a la ensoñación. La cueva de Melquisedec no era una cueva cualquiera, la única con lugar fijo en el espacio, no en el tiempo. Una cueva en la que al entrar perdías la memoria del tiempo vivido afuera. Una cueva sin almanaques ni relojes de arena. Una cueva en la que se derretía a fuego lento la memoria. Una cueva en la que el tiempo goteaba de estalactitas y estalagmitas como arena fina del desierto. Una cueva en la que se diluía el tiempo. La cueva de Melquisedec, al que en siglos nunca vi salir de ella y vivía fascinado con el recuerdo de las pequeñas cosas que conoció en el exterior reflejadas como gigantescas sombras en la pared del fondo. Una cueva que se le antojaba el único refugio posible contra el caos del tiempo que asolaba afuera. Una cueva que para él era una caja de resonancia de muchas cosas: ser, conciencia, infinito, creatividad, imaginación, poesía, memoria y experiencia Una cueva puro espacio: si echabas a andar hacia atrás por una interminable y oscura galería llegabas a Jerusalén el día de la crucifixión. Una cueva puro tiempo: si echabas a correr hacia delante en busca del pórtico rocalloso de la entrada de la caverna entrabas en Roma por la Via Appia a la cola del Papamóvil. Una cueva a la que seguía otra cueva, y otra, y otra más hasta el infinito de las cuevas, en cuyos recovecos, en lugar de murciélagos, reinaba un raro animal, mitad ave y mitad lagarto: Somnus yacía aletargado, con las alas plegadas y el sueño protegido por un quinteto de raros especímenes, igual de híbridos, aburridos y perezosos. La cueva era su hogar, no la cambiaría por todo el oro del mundo. Dentro de la cueva tenía lugar la transmutación de su alma, algo que tardé siglos en comprender. Encerrado entre cuatro paredes, se relamía de gusto en la exhibición para goce propio de su alma atormentada que reencarnaba en la de un hereje proscrito al margen de la ley eclesiástica. Al ver la falta de orientación que padecía por el encierro subterráneo de siglos al que me había sometido contra mi voluntad, trató de explicármelo lo mejor que pudo. No sé si le entendí bien o traduje mal, y al final no sabría decir si la fábula era de él o mía. La cueva de Melquisedec, o tal vez mía, no era tal. Además de recinto espiritual, tenía un origen material. Era un gusano de la Edad de Piedra de dimensiones colosales que trataba de escapar a las heladas de la última glaciación del pleistoceno, se arrastraba por el piso de la caverna y quedó comprimido entre las rocas. Al morir de asfixia, los miles de anillos membranosos de que constaba el centrípeto, se petrificaron y dieron lugar a un espacio subterráneo inagotable que se expandía en el tiempo en múltiples direcciones, en una de las cuales habitábamos. En realidad, aunque Melquisedec lo negara, no vivíamos en una caverna de la Edad de Piedra sino en una cápsula de tiempo de paredes rocosas que eran las antiguas fibras y nervios de un gigantesco gusano fosilizado. Una cueva sometida por siglos a erosiones que debilitaron gradualmente al gusano que en ella habitaba, se fue consumiendo entre las rocas y expiró comprimido entre ambas fuerzas, una de color negro que empujaba desde atrás, y la otra de color blanco que se proyectaba hacia delante a partir de la pared del fondo en la que se reflejaban las sombras chinescas a las que Melquisedec miraba con devoción, en cuclillas y con el fuego a sus espaldas. Créanlo o no, eso era todo. Melquisedec me empleaba de mensajero en los momentos en los cuales creía necesario establecer contactos con “el mundo de afuera”. Un mundo exterior de sol y luces al cual había renunciado voluntariamente para vivir dentro de la cueva en un universo de sombras que extrañamente reverenciaba. Del mundo exterior solo le interesaban las cosas que los humanos estimaban inútiles por no reportar ganancias su existencia, como los nidos de cuervos y las conchas marinas conocidos los primeros por la perfección de la construcción de su hábitat y las segundas por las emociones estéticas que despertaban en los observadores sus cubiertas de nácar, incluyendo sentimientos de protección, seguridad, soledad e infinito. A solas en la cueva, Melquisedec rendía culto no a un dios en particular sino a elementos naturales conocidos. Al despuntar el alba, tras asegurarse de que no podría escapar, encadenado como estaba de cuello y piernas a la punta de una estalactita, corría a ubicarse en el centro de la cueva, se arrodillaba detrás de un fuego que ardía en medio de un círculo de piedras y pasaba el día, ora leyendo un manuscrito encuadernado en piel de oveja, ora mirando al fondo oscuro de la cueva como un telón tras el cual vivía somnoliento Somnus, su carcelero de la catacumba, igual que él era para mí el alguacil de la caverna. Al final de la tarde, al terminar de leer, rendía culto a otro elemento natural de su preferencia. Se levantaba del suelo rocoso y se colocaba estratégicamente debajo de una de las estalagmitas de afiladas puntas que colgaban del techo de la cueva y esperaba paciente a que se descolgaran las gotas de agua para atraparlas al vuelo con la punta de su lengua rasposa. Mi relación con Melquisedec no era la de padre e hijo pródigo sino la de amo y criado. Él era el hombre libre que había adoptado a la cueva como lugar de residencia eterna, yo era el siervo que contra su voluntad se veía forzado a vivir prisionero en una cárcel de rocas. Dialéctica de los tiempos medievales: Melquisedec dentro de la cueva se sentía rey, yo dentro de la gruta era esclavo. Dialéctica de los tiempos medievales: Melquisedec creía firmemente que una cueva en invierno se volvía más acogedora por la presencia del frío que venía del exterior, mientras que el exterior se volvía más salvaje y feroz por la presencia del fuego que provenía del interior de la caverna. Las dualidades y contradicciones en el diseño de la vida en el exterior y en el interior eran necesarias, incentivaban la imaginación y refinaban las experiencias. Para reforzar la servidumbre humana en la que vivía sin consentimiento, hizo que le jurara fidelidad eterna. Selló el pacto al pasar alrededor del cuello una cadena cuyo extremo colgante me mantenía sujeto por las piernas todo el tiempo. Bastaba que tirara de la punta para que me tuviera a su merced, e hiciera lo que pidiera, desde guisar chorizos a limpiarle el culo con una esponja adosada a la punta de una estaca. Con prohibición expresa de que no se la encajara en el culo –solo frotar el vértice oscuro de las nalgas– y de que nunca saliera de la cueva a menos que lo ordenara. Todo eso a cambio de tener seguro, como el santo Marcelino, pan y vino.


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de conspirar contra España. Con mi amigo del alma, José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, fundé un periódico de un solo número de existencia: Diablo Cojuelo. Un diario que tomó su nombre a préstamo de otro igual, una novela escrita en 1641 en España, en tiempos de Felipe IV, el Rey Planeta, por el escritor Luis Vélez de Guevara. A Vélez lo tomamos de veleta, de guía espiritual al saber que escondía en su pasado orígenes de judío converso y ocultaba la existencia de un tío quemado en la hoguera de la Inquisición para no manchar la gloria ecuestre de otro tío capitán de la armada de 300 caballeros que rescataron al rey Alfonso X el Sabio en el sitio de Ávila. En su nueva vida de converso, Vélez, pícaro, estimó que era conveniente olvidarse del apellido original Santander –carente de hidalguía– por él tomado a préstamo de Vélez de Guevara, sin dudas de mayor linaje y medrar en la corte con facilidad. Alentados por la conversión religiosa de Vélez dos siglos antes, intentamos nuestra conversión política de hijos de españoles en Cuba a criollos nacidos en la isla y fundamos un periódico que las autoridades coloniales tildaban de libelo, periodiquito o periodicucho. Diablo Cojuelo, el diario cubano vio la luz en 1869, durante el gobierno provisional del general Serrano, tras el derrocamiento por la “Revolución Gloriosa” de Isabel II, la reina Castiza. Un periódico de un solo número de existencia. Un hijo bastardo de la prensa colonial en Cuba de cuatro páginas de extensión que los censores se encargaron de secuestrar y el Cuerpo de Voluntarios de incinerar. A medianoche, de clandestino en la imprenta, entre cenizas, pude sacar el editorial que redactamos José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto y yo, un Valdés cualquiera. Un diario que costeé con el dinero que legó en herencia Don Mariano Domínguez, mi padrastro, capellán militar del ejército español en Cuba, guatemalteco de origen y vecino de La Habana y del que fuimos únicos y universales herederos del remate de sus bienes, derechos y acciones que le correspondieron por mitad a Eusebio Hipólito María Valdés Domínguez, expósito de la Real Casa de Maternidad de La Habana (…) que como a mí, Fermín Valdés Domínguez; Don Mariano recogió en su casa a propósito a dos expósitos de la Real Casa de Maternidad y puso en ellos el afecto que en sus propios hijos hubiese puesto y cuidó de ellos como ellos de su vejez y (…) así complace a sus afectos y goza acabando el bien que comenzó a hacer el testador. (…)” Un diario de un día de vida que en el juicio de las autoridades españolas se adjudicó como único autor José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto:

“Nunca supe lo que era público, ni lo que era escribir para él, más a fe de diablo honrado, aseguro que ahora como antes, nunca tuve miedo de hacerlo. Poco me importa que un tonto murmure, que un necio zahiera, que un estúpido me idolatre y un sensato me deteste. Figúrese usted, público amigo, que nadie sabe quién soy: ¿qué me puede importar que digan o que no digan? Dirán que en nada me ajusto a la costumbre de campear por mis respetos, —que nada más significa esta comezón de publicar hojas anónimas con redactores conocidos, — dirán que soy un mal caballero; amenazarme con romperme los brazos, ya que no tengo piernas, mas, a fe de osado y mordaz escribidor, prometo que a su tiempo se verá que este Diablo, no es un diablo, y que este Cojo no es cojo”.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Melquisedec era considerado por la Iglesia de Roma un hereje tras declararse fan de los cátaros. Un sujeto dominado por las pasiones que anidaban en el bajo vientre, las de la gula y la lujuria. En sus desvaríos heréticos, aseguraba ser a la vez dios y sacerdote de un nuevo credo. En la realidad, era un auriga del tiempo de los césares incapaz de dominar al par de caballos –uno blanco y el otro negro–, que tiraban del carromato de fuego que recorría el circulo de muerte del foso del Coliseo romano. Melquisedec padecía de frecuentes accesos de ira y por momentos de arrebatos de cólera que lo hacían blasfemar y dudar de que el mundo fuera realmente una creación de Dios, si no un simple desplazamiento de estrellas fugaces en el cielo. En los días en los cuales el caballo negro de los malos pensamientos se desbocaba, el trote veloz dejaba a la zaga al corcel blanco de la cordura que corría distante detrás de él. Melquisedec soberbio aseguraba que provenía de un linaje divino carente de genealogía, sin padre ni madre materiales. No se creía obligado a rendir culto a ningún dios sino a él mismo: el verdadero dios. La cueva era la gran caja de resonancia para sus ideas, el lugar apropiado para ensoñarse: soñar despierto. De no existir las paredes rugosas de la caverna que las amplificaban, sus palabras, en interminable soliloquio de loco solitario, se hubieran perdido para siempre como la arena que impulsa el viento en el desierto. El desenfreno y la falta de control de sus palabras hicieron que la Curia Vaticana al saber de sus desafueros de alquimista encerrado en una distante cueva, lo ubicaran como un ente peligroso y susceptible de ser sometido a proceso inquisitorial como presunto hereje que había abrazado la idolatría cátara. Además, dijeron que era orate al decir que con el advenimiento de los cátaros en Europa no eran necesarias más disputas teológicas. Se acabaron las herejías, la Curia Vaticana podía otorgar licencia a los gestores del Santo Oficio. La herejía cátara era el non plus ultra del universo heresiarca. Melquisedec aplaudía y reverenciaba a los cátaros. Los cátaros eran partidarios de una ecuación inflexible que desafiaba los límites de la geometría. Dios es el Diablo. El Diablo es Dios. Uno es el Otro y el Otro es Uno. Fundamentaba su herejía en una argumentación nominalista de equívocos gramaticales. Premisa I: Dios es Sustantivo. Premisa II: El Diablo es Adjetivo. Premisa III: El sustantivo precede al adjetivo. Premisa IV: Los adjetivos expresan cualidades distintas y opuestas a la vez. Corolario I: Dios es bueno. Corolario II: El Diablo es malo. Axioma I: Dios Sustantivo es Dios. Axioma II: Diablo Adjetivo es Diablo. Hipótesis: ¿Dios es Diablo a la vez?  El Papa al saber de la herejía palabrera de Melquisedec, histérico, apostólico y romano, lo desterró. Melquisedec debía huir de los mastines de la Inquisición y de la guardia suiza vaticana cambiando de aspecto y nombre. Los lunes era Ireneo de Lyon, hablaba en provenzal y vestía túnica púrpura de cardenal. Los martes era Hipólito de Verona, hablaba como lombardo y se hacía acompañar de pájaros en jaulas que piaban para que no lo creyeran impío sino pío devoto de Asís. Los miércoles se convertía en Cesáreo de Arán y predicaba en catalán por los montes Pirineos. Los jueves era Ludovico de Sajonia, vestía de húsar y hablaba en lengua eslava. Los viernes se transmutaba en Vladimiro de Novosibirsk y oficiaba misa en arameo. Vagaba de un lado a otro huyendo de la persecución papal y por azar encontró una cueva en la cima de una montaña. Desde allí, como Moisés, hizo formal renuncia del mundo. Se hizo vidente estando casi ciego por una telaraña de legañas que le nublaba la visión y comenzó a predicar un culto sedicioso basado en apócrifos bíblicos escritos en lengua árabe entre cuatro paredes oscuras. Fui testigo del entrenamiento al que se sometía para perfeccionar su condición de vidente. Para Melquisedec existía una clara división entre el mundo de afuera y el de adentro. El interior de la cueva –aunque a oscuras– era luminoso como el de una casa mientras que el mundo exterior –aunque claro– era como la selva oscura de Dante. Ambos aportaban valor agregado al otro. El mundo exterior hacía que la casa se sintiera más íntima y protegida. El mundo interior añadía salvajismo y ferocidad al exterior. Mirando hacia el fondo de la cueva, vio brotar de detrás de él a la distancia una sombra corpulenta de aspecto desconocido y pavoroso. Como era cegato y no distinguía qué tipo de animal era, intentó reconocerla al tacto. Su mano se posó sobre una forma larga, sinuosa y rugosa que creyó era una serpiente mientras que yo, en silencio, sonreí al ver que era una trompa. Palpó otra zona desplegada entre sus dedos como un abanico, y de nuevo sonreí: era una oreja. Le tocó el turno a una pierna que al tacto le pareció un tocón de árbol derribado. Siguió en orden la panza, tan dura y voluminosa como el muro de un castillo roquero de piedra. Al deslizar la mano sobre la cola nudosa, pensó equivocadamente que era una soga. Tras finalizar la inspección a ciegas del bicho raro que tenía frente a él, meditó un instante antes de exclamar alborozado ¡Un elefante! Quedó agotado tras la práctica de vidente a ciegas, y pasó el fin de semana ocupado en descifrar papiros en lengua egipcia y a su alrededor aleteaban los murciélagos. Fue en uno de esos descansos dominicales que descubrí cuál era el voluminoso pergamino que leía en cuclillas con la hoguera detrás calentándole el culo y delante como una pantalla oscura el fondo de la cueva. La República Volumen VII con una hoja de trébol de marcador encajada entre las páginas del Diálogo de Crátilo que ofrece a los lectores como novedad una vida similar a la que durante siglos ha llevado Melquisedec, atorado entre las paredes rocosas de una cueva que busca una salida y cree ver al fondo un idílico paisaje de árboles y fuentes y se trata de monjes penitentes que trasiegan baldes de agua para el saneamiento de establos atestados de boñigas. Melquisedec hizo de mí una pitonisa en sus conjuros maléficos y un adivino en las consultas espirituales a domicilio. Me llevaba de casa en casa con los ojos vendados y la cadena alrededor del cuello como mico de feria, no me soltaba para que no escapara en raudo vuelo a ciegas. De regreso a la cueva, pese a tener las alas quebradas, me encerraba en un recipiente de cristal de embocadura en punta llena de aceite. En un descuido, al derramar una gota sobre el vientre de una dama de la corte a cuya alcoba había acudido a curarla de empacho de gases por severa ingestión de col, escapé a los montes, rehuyendo las ciudades entre cuyas murallas como las de Toledo hubiera sido presa fácil de los vecinos. Desde entonces, El Diablo Cojuelo es un personaje legendario, preferido de escritores malditos como el tal Vélez de Guevara, de estudiantes libertarios como Cleofás Zambullo, de aprendices de matasanos como Fermín Valdés y de poetas noctámbulos como José Martí. Recién llegados el par de cubanos a Madrid, tras ser condenados al destierro en un juicio político con sentencia dictada de antemano, en ceremonia secreta, uno de ellos que conocía el conjuro diabólico –el tal Fermín–, pidió que apareciera a medianoche al derramar un par de gotas de tintillo. Por mandato de la eternidad, al derramar alcohol en mi nombre, se me liberaba de las tinieblas y se me permitía regresar a la tierra con una condición: el Diablo Cojuelo debía pagar la deuda de libertad con sumisión. Temporalmente, tendría un nuevo amo, no el Melquisedec de los siglos medievales. Ese nuevo amo, por el solo hecho de invocar mi nombre, quedaría sujeto a mi arbitrio por la eternidad. Ya se sabe: no hay Dios que libre a un humano de un pacto con el Diablo; solo un milagro, al final del tiempo eterno, podría dejarlo libre de un pacto de cuya extensión temporal era yo el único fiador. Así de onerosos eran los tratos con el Diablo: una apuesta de todo o nada. Pese a todo, en lugar de ser una forma maligna, al Diablo Cojuelo se le quería y representaba en dibujos como el espíritu más travieso del infierno. Un diablo pillo que traía de cabeza a sus congéneres con músicas y bailes, y no me canso de decir a quién me quiera oír:

“Diablo bien vestido, por ángel es tenido y así, tras vestimentas de lujo, escondo mi fea y aberrante condición de diablillo que solo yo, de noche ante el espejo, reconozco como tal : un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos —que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías—, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Irania, los pelos de su nacimiento ralos, unos aquí y otros allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que si no es para venderlos en manojos no se junta”


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de prevaricación y evito mencionar a José Julián, el Martí (r) apóstol de adulto. En verdad debía decir José Julián Martí y Pérez, pero ese fue el iniciador de la independencia de adulto, no el amigo de la niñez. Ambos, teníamos muchas cosas en común. Éramos hijos de funcionarios españoles en Cuba, el mío Mariano, capellán militar, se hizo rico en la compraventa de bienes raíces en la tierra cubana, el suyo Mariano, un valenciano que maldecía la mala suerte que no le permitió ser rico y conformarse con ser guardián nocturno de palacios de Capitanes Generales hispanos y celador diurno de mansiones de negreros hispanófilos. Mariano Martí era conocido en La Habana no por su figura sino por su voz pregonera, el encargado de vocear a medianoche ¡las doce y sereno!  Su hijo José Julián, el Martí (r) Apóstol de adulto, un chico listo, triste y pobre que desesperaba porque sus padres lo habían educado en el amor a España, la Madre Patria cuya presencia colonial en Cuba aborrecía. Su padre Mariano quería que siguiera sus pasos y fuera celador diurno y guardián nocturno, es decir, representante de la Ley al servicio de la Corona de España: huele–bragas de gordas hispanas, lame–culo de gallegos cagones y cuida–braguetas de negreros hispanófilos. José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, un muchacho listo, triste y pobre al que mi padre educó y con él compartía meriendas escolares de barritas de coco con cubierta de derretido de caramelo y cucuruchos de maní tostado. Iba a cumplir dieciséis años. Por sus venas circulaba como un torrente el clamor de independencia. Era el nueve de enero de 1869, el Capitán General de la Siempre Fiel Isla de Cuba, Domingo Dulce, mediante decreto, puso en vigor en la isla a la tan clamada libertad de imprenta y el joven José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto al que ya se le advertían en las palabras ademanes de independencia política, tomó en serio la honestidad del Capitán General y pensó en la Cuba del presente como Vélez de Guevara en la España del pasado –poeta de la corte madrileña con admiradores y sin enemigos–, las autoridades coloniales en Cuba no se enojarían si ponía en solfa las libertades concedidas. Dijo en el editorial de El Diablo Cojuelo:

“Esta dichosa libertad de prensa, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir. Y a Dios gracias, que en estos tiempos dulces hay distancia y no poca de su casa al Morro”. 

– ¿Qué nombre tendrá la política de Dulce?

–Dulcifica Dora.

– ¿Dulcificará?

– ¿Qué es menester para que la isla de Cuba sea menos amarga?

–Que esté Dulce.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Melquisedec temeroso tras leer una nota al pie de página de un papiro con escritura bustrofedon: “el Anticristo nacerá en 1403”. Si el Anticristo ya está aquí, el fin del mundo anda cerca. Se apresuró a asomarse a la entrada de la cueva y ser testigo del desplome del universo que se le antojaba sería como un mar de fuego de olas impetuosas que a su paso arrasaría bosques y montañas, o un viento de furia milenaria que arrancaría de cuajo torres y almenas de fortificaciones medievales. La existencia de días tormentosos como el que era testigo asomado a la boca de la cueva reafirmaba en él la duda de que ese mundo de caos y sombras, hecho de sonido y furia fuera en realidad la obra perfecta de Dios. Más que de Dios, el mundo era obra de un hábil artesano como los que dirigían los gremios medievales y ejecutaban generación tras generación por un siglo o más la edificación de las catedrales góticas. Un Dios supremo e impaciente como el de los cristianos: ¡izas! con un golpe de varita mágica hubiera creado el mundo de una sola vez. Pero no ocurriría igual con un dios con membresía en uno de los gremios de artesanos medievales que se deleitaban en dar forma a la materia lentamente. Un artesano para él que nada existía antes, todo siempre estuvo presente. No había nada que crear en el universo solo dar forma a la arcilla que ya existía apilada en el mundo. Melquisedec me arrastró con él fuera de la cueva para que ambos fuéramos testigos del Apocalipsis, tirando de la cadena. Afuera, el fin del mundo se vaticinaba oscuro y lúgubre, precedido por una tempestad de rayos y truenos en medio de la cual haría su entrada apocalíptica El Anticristo. Melquisedec no quería ser sorprendido dentro de la cueva. Aunque ermitaño, en lo más íntimo de su alma, deseaba morir de cara al sol. Era lunes. Vestiría la púrpura cardenalicia. Sería Ireneo de Lyon, a la búsqueda del Anticristo, el doble de Satanás, Lucifer, Belcebú, Luzbel, Mefistófeles, o Samael. Tendría forma de serpiente, dragón, dios negro, padre de la mentira y como bestia llevaría por encima piel y cuernos de cabra, orejas y nariz de cerdo y por debajo patas y pezuñas de chivo. Por mucho disfraz que se echara encima, el Anticristo seguiría siendo el mismo diablo que, apóstata y ladrón, sería adorado como Dios y se proclamaría rey, siendo un siervo. Tras recibir el poder del diablo, vendría no como rey justo o legítimo sujeto a Dios, sino como impío, injusto y sin ley. Como apóstata, inicuo y homicida y sería un ladrón que recapitularía en sí la apostasía del diablo. Derribaría a los ídolos para persuadirnos que era el verdadero Dios, poniéndose a sí mismo como el único ídolo que resumiría en sí a los distintos ídolos, a fin de que, aquellos que adoran al diablo, mediante muchas maldades, lo sirvieran a él como único ídolo. Esto es lo que el Anticristo haría cuando reinara: trasladaría su reino a Jerusalén y se asentaría en el templo de Dios, seduciendo a aquellos que lo adoran como a Cristo. Atormentado con las metamorfosis que asumiría Cristo y duplicará El Anticristo, Melquisedec en sueños, comenzó a tener visiones de su llegada al mundo. Si Cristo ruge como león, el Anticristo tendrá melena. Si Cristo es rey, el Anticristo llevará corona. Si Cristo bala como cordero, el Anticristo mugirá de becerro. Si Cristo vino al mundo circunciso, el Anticristo tendrá el pene liso. Si Cristo envió apóstoles a las ciudades, el Anticristo enviaría profetas a las naciones. Si Cristo reunió a las ovejas en corral, el Anticristo encerró al pueblo en un morral. Si Cristo grabó un pez en la frente a los creyentes, él Anticristo grabará una cruz en el culo a los disidentes. Si Cristo predicó como hombre, el Anticristo se proclamará zombi. Si Cristo se levantó del polvo y edificó un templo, el Anticristo se erguirá del fango y levantará el Cabaré Fandango. Su mansión oficial, en Jerusalén, en lo alto del monte de Sion, la residencia de mayor prestigio y la otra, como una casa de campo, para solazar su corazón, estaría en Nicópolis. Pobre Melquisedec, daba pena verlo. Vivía en un mundo de miedos y profecías, a cuál más terrible. De día andaba con disfraz, de noche en oscuras cuevas componía cábalas que serían descifradas por sus seguidores como presagios milenaristas del fin del mundo. Según un texto herético de San Jerónimo de Rueda que ocultaba de la vista de otros astrólogos, cuando el Imperio Romano sea destruido, habría diez reyes que se dividirían el territorio. Surgiría un undécimo rey que prevalecería sobre tres de los diez. Este rey recibiría la sumisión de otros siete y resonarían las trompetas del Juicio Final, en lugar de la Aurora vendría el Anticristo, a lomos de una mula por las lomas de Belén. Por ser desconocido, asumiría diversas formas y pasaría inadvertido hasta el día en que, sintiéndose seguro, revelaría su identidad que era la imagen que mostraba un grabado del texto herético de San Jerónimo de Rueda: un monstruo horrible de siete cabezas, diez cuernos (y por cada cuerno, diez diademas), con cuerpo de leopardo, patas de oso y fauces de león.


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Retorno a casa

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


La llovizna parecía más abundante en los conos de luz de las viejas lámparas del alumbrado público. Era otra noche fría y lluviosa en Montehondo. La madre abrió la puerta de calle y vio la expresión aterida de Joaquín emparamado.

–Pase, hijo, pase –dijo, casi con premura.

Joaquín entró y la gélida intemperie desapareció en un abrazo. Afuera, la insolidaria Montehondo acogía en las sombras que se apiñaban en sus calles y recovecos las huestes de bergantes, proxenetas, hipócritas, marfuces y malandrines que la poblaban cada noche.

–Serán solamente unos días, mamá –se disculpó Joaquín, a manera de saludo, sacándose la húmeda chaqueta.

Las mejillas arrugadas de su madre eran sedosas, y su cuello fláccido. Tenía la mirada llorosa. A Joaquín también se le aguaron los ojos, como si la ausencia hubiera sido una forma de traición.

–Ya sabe, hijo, que esta es su casa –dijo ella, sin jamás tutearlo.

La había telefoneado para pedirle asilo, y ahora entre sus brazos, como un pájaro atónito, le susurró “mamá” en el vano de la puerta.

Reconoció los objetos presentes: el espejo redondo con marco de yeso labrado, el reloj de madera que daba con exactitud atómica la hora, con sus manecillas girando de derecha a izquierda, como si el tiempo fluyera hacia atrás –una curiosidad que Tateo, su padre, le compró al suizo Hedinger, un inmigrante que había recalado en el centro de Montehondo, donde instaló un restaurante diminuto de tres mesas en las que servía Hafenchabis casero y vendía sus relojes en reversa, con uno en la pared del fondo que se promocionaba solo–, la mesa Isamo Noguchi que le encantaba, traída un día de octubre por Guadalupe, y el alto tallo del florero de cristal celeste coronado con un solo girasol.

–Pasa el tiempo –dijo ella.

–Pasa –asumió Joaquín, pareciéndole una buena expresión para admitir la ingratitud de algunos hijos, sin importar los pretextos.

–Sí –confirmó ella.

Joaquín sintió devoción en aquel apartamento conocido y buscó con la mirada la misma silla del comedor que ocupó desde la adolescencia para sentarse ahí un momento. Los domingos, la familia se juntaba en esa habitación para saciarse con las delicias que preparaba Sara, y después hacían siesta o veían televisión. En aquella silla había estado muchas veces a solas con Sara, escuchándole historias remotas de cuando era joven y todavía no había llegado a vivir en Montehondo, de percances con algunas de sus clientas, de noticias que oía en la radio o de las infidelidades de Tadeo que Joaquín nunca percibió, a pesar de las cuales vivieron juntos hasta la muerte de él. Otras veces, se sentaban en silencio, comían y miraban el barrio por el ventanal.

–¿Un cafecito? –ofreció Sara.

–Sí, mamá, gracias.

Sentado en la misma silla le había dicho que amaba a una joven llamada Matilda, y unas semanas después le había anunciado ahí mismo su intención de casarse con ella. Joaquín fue incapaz de leer un leve gesto en la cara de su madre en aquella ocasión, una seña de inconformidad o eso le pareció, que no acompañó de palabras porque Sara no era dada a confrontar a nadie. Era más bien una manera de expresar con su silencio compasión por los demás. Pero una vez le dijo:

–Los actos de la gente emanan de una zona de sus personas que ignoramos –y con ello indicaba que nadie tenía derecho de anticipar un juicio sobre los demás. Y no lo haría sobre Matilda ahora.

Pero cuando Joaquín compartió el anuncio con su padre, este replicó:

–¿Estás seguro?

Y Joaquín se sintió inseguro. Sin embargo, dijo:

–Sí, señor.

–¿Entonces lo has decidido?

Aunque avivaba su duda, no había otra intención en Tadeo que advertirle sobre las contrariedades que habría de encontrar en el camino y debía seguir adelante. Joaquín afirmó con la cabeza, echándole así candado a un designio que seguía sin demasiadas elaboraciones. Y con el mismo arrojo hizo el anuncio a sus suegros, algo ruborizado, amasándose las manos transpiradas.

Les dijo que habían decidido casarse, y lo dijo con tal convicción que hubiera resultado mal vista una desaprobación. Antes de que los padres de Matilda pudieran replicar, añadió intrépido:

–Prometo cuidarla el resto de la vida.

Los padres de Matilda sonrieron, y Joaquín tomó esa sonrisa como de aprobación. El suegro le sirvió una copa de brandy, que era lo único que él bebía, y esa fue su manera de aceptar la responsabilidad que tendrían los jóvenes enamorados. Estuvieron así un rato, en silencio, suegro y yerno, calentando las copas entre sus palmas. Al rato se miraron, las levantaron y bebieron. El suegro le preguntó si sabía las dos clases de matrimonios que había. Joaquín se intrigó.

–No, señor.

–Los matrimonios que sobreviven y los que fracasan –dijo el suegro riéndose. Joaquín encontró gracioso el dogma, y el suegro añadió:

–Y los que sobreviven, lo hacen el tiempo justo antes de fracasar.

Joaquín pensó en que siempre mediará una última esperanza de que las cosas puedan mejorar. Con esta convicción llegaba al apartamento de su madre, aunque su cara y su cuerpo no lo dijeran. Intentó la conciliación y el perdón con Matilda, sin éxito. Ahora, derrotado, llegaba lamiéndose las escoceduras dispuesto a cerrar este ciclo. La lluvia había arreciado y tamborileaba en el ventanal.

–Quizás no fui generoso con mi futuro –dijo Joaquín.

Sara trajo café y galletas.

–¿A qué se refiere, mijo?

–A que uno se queja cuando las cosas salen mal, pero no siempre está lo suficientemente atento antes de que eso ocurra. Si uno lo estuviera tal vez pudiera evitarse tanto divorcio y separación. Es como si confiáramos en que, si algo sale mal, después lo vamos a arreglar, y eso llega a ocurrir.

–Hum.

–Siempre es tarde.

–…

–No somos conscientes de las cosas que hacemos, la mayor parte de las veces. Creemos serlo, pero no es así. Por eso salen mal las cosas que salen mal, porque cuando lo notamos ya están fuera de nuestro alcance.

–Sí, hijo, a veces las cosas no funcionan.

–No funcionan.

–Pero uno no lo sabe, sino al final.

–Seguro.

Sara creía entender de qué le hablaba.

–Desearía no quedarme mucho tiempo, mamá –dijo después.

–Pero si acaba de llegar, ¿y ya está hablando de que se va?

–No quiero ser un estorbo, mamá.

Y en cuanto lo dijo, Joaquín sintió ganas de llorar.

–No diga eso, hijo. Usted nunca será un estorbo. Al contrario, soy feliz con su compañía.

Bebieron a sorbos en silencio, comieron los pretzeles.

Sara había estado refugiada en aquel apartamento desde el día en que Tadeo salió una mañana de noviembre para hacer un trámite en la Cámara de Comercio en el centro de Montehondo y no logró hacer pie en el siguiente escalón de entrada al edificio, se desplomó y rodó gradas abajo hasta el estrecho y sucio andén.

Ya estaba muerto cuando intentaron auxiliarlo los peatones.

El reporte de Medicina Legal, que acudió por tratarse de una muerte en un espacio público, reportó “infarto agudo de miocardio”. Joaquín vivía en ese momento en Ciudad de los Valles, con Matilda, casados el año anterior, y en cuanto se enteró quiso partir a Montehondo, atravesar esa misma noche en bus la sinuosa cordillera que los separaba, pero llegó tarde. El séquito fúnebre había salido una hora antes hacia el cementerio cuando él llegó a la ciudad, y no fue suficiente que tomara un taxi porque ya todo había ocurrido.

Puso un ramo de claveles que compró en las pérgolas de ingreso al cementerio en el sitio donde le indicaron que estaba recién hecho el entierro, todavía sin lápida, y eso fue todo. El episodio se sumó a algo más que incubaba de antes, y constituyó una sensación de culpa que lo acompañó mucho tiempo después. Hubiera querido, cuando menos, asomarse por la ventana del ataúd y decirle: “No tienes deudas conmigo, papá”.

Guadalupe fue la primera de la familia que lo vio muerto.

Contó que estaba bocarriba en un mesón de granito donde hacían las autopsias en Medicina Legal, desnudo como jamás imaginó que tendría que verlo, con una etiqueta de identificación atada al dedo gordo del pie. De esto hacía trece años.

Sara le mostró a Joaquín su cama y le deseó felices sueños. Joaquín durmió sin sobresaltos, como no ocurría en los últimos días cuando despertaba desorientado una o dos veces cada noche. Y en la mañana, antes de abrir los ojos, decidió que debía encarar los motivos que lo llevaron de vuelta donde su madre. No debía dar largas en confesarle que su matrimonio con Matilda había fracasado.

La palabra fracaso le resultaba humillante. La asociaba con ser incapaz, falto de personalidad o dejadez, cualidades que no creía que lo reflejaran, pero asumiría esa vergüenza delante de Sara quien, a pesar de sus callados reclamos por algún desliz de Tadeo, honró el matrimonio hasta el día en que este murió. Así eran esos tiempos, de modo que fueron pareja durante muchos años. ¿Cuántos?, ¿cuarenta o cincuenta años? En contraste, Joaquín Bermeo, a tirones, había sido incapaz de coronar dos lustros. Las pequeñas desavenencias con Matilda se fueron acumulando en un montón de reproches y gritos hasta un punto en que consideró mejor partir. Lo hizo no solo para ponerse a resguardo, sino evitarle a Ismaelito ver mayor degradación en la relación de sus padres. Se le partía el corazón ver al niño enroscarse como un gusano cuando ellos levantaban la voz en otra discusión inane.

Joaquín supo un día que era imposible restablecer su desgarrado matrimonio y consideró marcharse. Pensó que no era bueno seguir atrapados en hirientes recriminaciones. Y entonces todo terminó. Ahora sentía vergüenza confesárselo a su madre. Lo intimidaba, egoístamente, destruir la imagen que ella tenía de él, y decepcionarla. Porque en verdad no son las cosas propias las que más perturban a las personas, sino las opiniones que los demás tengan de ellas, en especial la madre.

Aún sin abrir los ojos oyó a Sara al otro lado de la puerta encender la radio en el cuarto de las costuras, lugar que ya no albergaba el bullicio de las clientas sino las baladas y boleros que flotaban en la soledad del apartamento. En los días de plena actividad el cuarto de las costuras recibía a las mujeres que llegaban de diferentes puntos de Montehondo y deseaban ponerse la ropa que veían en las revistas de modas, hecha a la medida. Sara tenía cerros de esas revistas y prácticamente la totalidad de las clientas llegaban tras la voz de que “Sara cosía preciosuras”, con el incentivo de hacerlo “a buen precio”.

Si alguna de ellas entraba cuando estaba al aire la radionovela del momento, les pedía silencio hasta terminar el capítulo, que duraba media hora. Después, procuraba amenizarles el rato con pasajes graciosos de su mocedad en Mostazal, donde nació, alternándolos con chistes subidos de tono del Diccionario de Escatología y Vulgaridades con que las clientas morían de la risa, mientras daban sorbos a las tazas de café que el joven Joaquín les servía, valiéndose de una charola. En el cuarto de las costuras Joaquín también reforzó sus primeras urgencias adolescentes: en más de una ocasión entró con los cafés en equilibrio y alguna clienta estaba justo en el momento en que se había despojado de sus prendas para probarse el vestido pespuntado por su madre, y la veía desnuda en ropa interior. El hecho de ruborizarse por invadir sin proponérselo la intimidad de esa mujer no anulaba un principio de erección refleja. Le temblaban las manos en la confusión de sus sensaciones, tintineaban las cucharillas contra la loza y la mujer sonreía benignamente, casi invitándolo a disfrutar a centímetros de sus ojos la dimensión de sus senos atrapados en las copas de raso del brasier, mientras le ponía azúcar. Joaquín procuraba, en un relámpago de disimulo, ver también su prominencia púbica y luego terminaba encerrado en el cuarto de baño sobándose el pene tieso, ayudado con el recuerdo de las imágenes recientes. Primero respondía “de nada” a los agradecimientos de la mujer, y salía fingiendo indiferencia para terminar teniendo sexo idiota con su mano derecha.

Joaquín se sentó en el borde de la cama y aspiró profundamente como si estuviera en la campiña. Lo primero que pensó fue en enfrentar a Sara con su desagradable primicia. Lo irritaba tener que referirse a Matilda, decir su nombre siquiera, y además admitir que había sido atolondrada su decisión de casarse con ella. O eso creía entonces. Lo hizo embebido de sexo, como lo leyó después en Cervantes: “el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, llegando a alcanzarlo se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía amor”. Ambos actuaron como jóvenes enamorados: despreocupados por el mañana, o sin importarles mucho; construyendo sobre arena. Ya estaba visto que había sido ilusa esa pretensión sublime, porque la cotidianidad los erosionó día con día y llevó de la mano al fracaso en pocos años.

Cuando sobrevino la hecatombe, Joaquín se deprimió a tal punto en que la vida real lo asustaba, también lo irritaba y además le inspiraba angustia.

Una envolvente ansiedad se apoderó de su ser, y un temor por la vida y las personas. No podía concentrarse en nada: sus pensamientos eran constantemente interceptados por imágenes de Matilda besándose con otro hombre, y ella recibiéndolo entre sus piernas. Eso erosionaba su altivez varonil, y al mismo tiempo lo llenaba de rabia.

La existencia para Joaquín perdía sentido. Necesitaba huir, llegar a un sitio seguro donde refugiarse y no había otro mejor que donde su madre. Sin embargo, lo mortificaba el hecho de que no llegaba como alguien que caminara hacia el éxito, como se esperaba de él en esa época, hacia donde presuntamente debía dirigirse, sino derrotado.

Era evidente que no había sido protegido contra el mal de ojo, pero también el hecho de que nada hacía presagiar, en la ceremonia en que el casamiento sería el primer eslabón de una sucesión de eventos tal vez felices, que habría de terminar en el fracaso.

Oyó que su madre se acercaba, y en un acto reflejo y abyecto se zambulló en las mantas, como cuando era niño y quería huir de los fantasmas. Sara entornó ligeramente la puerta para ver si había despertado y ofrecerle desayuno, pero él se quedó quieto, sin casi respirar. Sara ajustó la puerta y se alejó hacia la cocina. Joaquín oyó después que abría y cerraba la puerta de calle.

Sintió que fue pueril haber fingido que dormía; cobarde. Pero aprovechó que estaba solo en el apartamento para ir al baño. Entró y terminó de orinar con un breve trueno de sus nalgas, y luego abrió la ducha para bañarse con agua fría para despejarse y estar dispuesto para abordar a su madre cuando volviera.

Le diría:

–Madre, fracasé –lapidariamente.

Y con esas dos palabras resumiría los años precedentes. Sabía que antes que un reproche vería la sonrisa benigna de su madre, diciéndole que no se precipitara, que los problemas nunca faltan en los matrimonios, hijo. Joaquín sabía que eran expresiones socorridas, pero en los labios de Sara adquirían nueva dimensión y veracidad.

–No hay vuelta atrás, mamá –diría.

Y en cuanto lo dijera volvería el recuerdo desagradable de Matilda diciéndole estúpido, dándole la espalda, y gritándole:

–¡Ya no te amo!

Recuerda que cuando la escuchó quedó helado, con una sensación de mareo por lo súbito, y solo atinó a balbucear una sandez:

–¿Acaso hay otro?

Aunque fuera mentira, Matilda gritó iracunda:

–¡Sí, y qué!

Y Joaquín se vio añadiendo otra necedad:

–¿Hace cuánto?

No recuerda qué siguió a eso, porque la sangre lo aturdía, excepto que Ismaelito asomó con ojos hinchados, arrastrando su manta de apego por el marco de la puerta, lloriqueando.

–¿Ves lo que haces? –recriminó Matilda. Con destreza tomó al niño en sus brazos, que de inmediato enmudeció. Así empezó su ruina.


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A negativo

CUENTO DEL LIBRO LA VIGÍA


A todos los médicos cubanos, por su entrega a pesar de las circunstancias.

Entro en pánico cuando se enferma alguno de mis seres queridos. Y no es únicamente porque no soporto los hospitales por un montón de razones: siempre están sucios, muy sucios, los baños están tremendamente asquerosos, casi nunca hay agua y las camas y las paredes permeadas por una mugre de sangre, fluidos y polvo. Todo ello, me asquea hasta virarme el estómago al revés. Sin embargo, puedo soportarlo estoicamente tomando medidas de higienes imprescindibles para la ocasión.

Pero a lo que me refiero, es al estado de desesperación que se apodera de mí. De solo escuchar la noticia soy presa de un terror repentino que no me permite pensar en otra cosa que en ver restablecido al enfermo y para que sea más rápido, hago todo lo que el caso requiera: acompañarlo al hospital, comprar medicamentos, alimentos nutritivos, buscar en internet una cura alternativa o natural.

En fin, mi vida y mi cabeza se ponen patas arribas. Pero como soy muy reservada, nadie se entera de lo que está pasando por mi mente y creen que lo hago porque tengo tendencia a ayudar al prójimo.

Cada vez que alguien se enferma, es a mí a la primera persona que llaman. Incluso, algunos dicen: le dije a mi mamá, o mi esposa, o a mi hijo, que no se preocupara que hablé contigo para que me acompañaras al médico. Como si estuvieran dándome gusto y haciéndome un favor.

Cuando me enteré de que mi hermano estaba enfermo de la próstata, me aterré. Lo acompañé al médico, gestioné los medicamentos, fui a buscar las yerbas que recomiendan para estos casos, sequé semillas de calabazas y las tosté, según recomendaciones del propio médico. Mejoró bastante con el tratamiento, pero finalmente se determinó intervenir quirúrgicamente.

Preparé todo lo necesario para el ingreso: ventilador, cubo, jabón de baño, detergente y lejía para asear los baños y las paredes, papel sanitario, sábanas y almohadas, cubiertos, vaso, termo con agua hervida, y nos fuimos con todos los bultos a internarnos en el Hospital Emergencias. Por suerte, la muchacha de la administración fue amable y rápida y por lo que no tuvimos que esperar mucho para instalarnos en la sala indicada.

Repartí café y merienda para las enfermeras que estaban hambrientas y agotadas. Le di el frasco de legía, detergente y un CUC a la persona de limpieza para que hiciera su trabajo con esmero. Al día siguiente sería la cirugía de próstata de mi hermano, y todo debía estar en orden para que él pudiera recuperarse pronto y mi mente consiguiera la paz.

Después que el empleado de limpieza terminó su labor, me dediqué a los detalles, pasé un paño con detergente y legía por las paredes, restregué con fuerza el colchón, las viejas manchas de sangre, aunque no salieron del todo, pero se pusieron más claras y eso me consoló, cuando conseguimos cierto grado de higiene, en los hospitales cubanos no se puede aspirar a más, puse las sábanas, acomodé todos los trastes y me senté frente a mi hermano a conversar. 

Llevábamos un rato de parloteo, yo le daba ánimos, que iba a salir bien, que al día siguiente ya sería hombre nuevo, él parecía estar bien, deseoso de operarse para poder viajar, su visa de cinco años USA, era su mayor motivación. En medio de la conversación apareció una mujer rubia y dirigiéndose a la cara de mi hermano, dijo:

—El paciente de la cama 17. —Mencionó su nombre y preguntó enérgicamente—. ¿Dónde está la sangre?

Mi hermano y yo nos miramos con cierta duda.

—¿La sangre?

Musitó mi hermano con cierto temor.

—Sí, la sangre.

Enfatizó la rubia.

Mi mente, que es capaz de imaginarse las cosas más raras, comenzó a ver personas haciendo cola en la panadería y en lugar del pan salían con un frasco de sangre. Los dependientes abrían una llave que estaba conectada a un tanque y ponían debajo el envase que le ofrecía el comprador.

Del otro lado había muchas personas en una larga fila para recibir el dinero y luego entregar su brazo a una mujer de largos colmillos que después de una mordida, enchufaba al donante al inmenso tanque de sangre. ¡Vampiros! Pensé y me sonreí.

Cuando salimos del desconcierto, mi hermano le preguntó a la rubia de qué sangre hablaba. Y ella dijo:

—La tuya. Eres A negativo y no puedes operarte si no tienes al menos tres bolsas de sangre. Esa sangre es muy difícil.

Acentuando mucho la última palabra.

—La sangre está aquí.

 Le dije con mucho cuidado. En los hospitales hay que ser muy cuidadoso para no molestar al personal que nos atiende porque en ello nos puede ir la vida.

—¡Aquí! —gritó la rubia.

—Sí, aquí.

Musité.

La rubia movió negativamente la cabeza con mucha fuerza. Levantó el dedo índice y con rítmicos movimientos circulares, y dijo:

—¡No! Yo soy la jefa del Banco de Sangre del hospital y vengo precisamente porque ahí no está la sangre. —Y repitió la palabra con mucho énfasis-: Sin sangre, no se puede operar. Si la sangre no está aquí se tiene que ir para su casa. La A negativo es muy complicada y nadie se va a arriesgar.

Miré a mi hermano, su expresión me dio pena e intercedí por él.

—Mire, por favor, déjeme explicarle —dije muy suavemente para que se volviera hacia mí porque ya la rubia estaba de espaldas en la puerta—. El Banco provincial, nos aseguró que tenían la sangre y que el hospital debía de ir a buscarla.

La rubia me miró enfurecida.

—No. Ellos tienen que traerla. No tengo transporte para ir a buscarla. Así que ahora mismo se le digo al médico para que le dé el alta.

Y dicho esto, salió con rapidez. Mi hermano me miró con disgusto y me dijo que le dolía la cabeza. Lo animé diciéndole que seguro el médico no iba a permitir que se fuera. Ya había programado su cirugía y no era lógico que la operación se cancelara. 

A la media hora llegó el médico y le explicó con mucha amabilidad, que no podía arriesgarse a operarlo teniendo el grupo sanguíneo A Negativo, porque si en medio de la operación se presentaba un imprevisto… Ese tipo de cirugías tiene el riesgo de sangrar, no tenían cómo evitar una complicación. Como profesional responsable no expondría la vida de un paciente.

—Sí, doctor. Eso lo sabemos y se lo agradecemos. Pero ya el Banco tiene la sangre.

Dijo mi hermano con la voz en un hilo.

El médico miró a su alrededor, le dio unas palmadas por el hombro y habló en tono de confidencia:

—Eso no lo puedo solucionar yo porque no está en mis manos. Te tengo que dar el alta. —Volvió a mirar para los lados y le dijo—. Resuelve tú la sangre y en cuanto la tengas aquí, programamos otra vez la operación sin problema ninguno.

Sin opción, comencé a recoger y nos fuimos callados de la más limpia de las habitaciones de la sala.

Desde que salimos del hospital mi mente daba vueltas una y otra vez en cómo resolver, la sangre. El médico había dicho resolver, y para nosotros significa conseguir algo fuera de las reglas, por la izquierda, dicen algunos. En fin, resolver, es resolver sea como sea. Y el pánico se apoderó de mí.

Después de una larga noche de insomnio, desperté dispuesta a resolver la sangre. Me dirigí al Banco de Sangre del hospital cercano a la casa. Allí conocía a mucha gente que veía a diario en el barrio.

Cuando llegué me di cuenta de que conocía a la muchacha del Banco, nos habíamos visto varias veces en la cola de la panadería y algunas veces en el mercado. Así que fue más fácil de lo esperado. La hice una seña para que saliera y le conté muy bajito la situación. Ella aseguró que era cierto, A negativo, es una sangre muy difícil de conseguir. Escasea mucho. Me dijo que estaba dispuesta a ayudarme pero que la vida estaba muy cara, que tenía una niña pequeña, y solo ganaba 300 pesos cubanos. Entendí el mensaje y le di la seguridad que, si ella me ayudaba, yo también. Y el acuerdo quedó tácitamente pactado. Salí a prisa con un papel donde estaban anotadas las indicaciones a seguir: llamar a Manuel a partir de las ocho de la noche de parte de Martica, hacer la mayor cantidad de hielo posible y tenerlo a mano.

En cuanto llegué a la casa comencé a preparar las cubetas de hielo y a la hora indicada llamé a Manuel.

—Es de parte de Martica.

—Sí, venga para acá ahora mismo. Y no se olvide de traer el hielo.

—¿Para dónde?

—Para el Banco de Sangre Provincial.

Cargué mi mochila con hielo y salí a prisa. Manuel me recibió con mucha amabilidad. Ya eran casi las 10 de la noche y estaba solo en el Banco porque tenía guardia. Me dijo que debía de esperar ya que la sangre A negativo es muy difícil de conseguir y tenía solo una bolsa y yo necesitaba tres. Él iba a localizarlas en otros bancos.

Ya pasaba la media noche y mi desesperación iba en aumento. Me levanté de mi asiento para decirle a Manuel que me iba y que trataría de conseguirla por otra vía, pero Manuel se acercaba con una sonrisa.

—Ya la conseguí.

Dijo alzando una de las bolsas como si fuera un trofeo. Me pidió que sacara el hielo. Extraje el paquete de mi mochila y vi que estaba empapada. Se había derretido una buena parte del hielo en la larga espera. Pero Manuel me animó diciendo que ese servía, que lo importante era que la sangre se mantuviera fría y que no se congelara. Le agradecí y se quedó mirándome en espera de algo. Comprendí de lo que se trataba y le dejé caer un billete de 10 CUC en el bolsillo. Martica me había advertido del riesgo que él corría por hacerme ese favor, dijo enfatizando la última palabra para que entendiera que había un precio.

Despejada y casi contenta salí del Banco de Sangre. La calle 23 estaba oscura y solitaria y de pronto me estremecí. A esa hora casi no pasaban carros y el transporte estatal es más demorado aún. Cuando llegué a la parada de la guagua no había nadie. Me quité la mochila de la espalda para que cogiera aire y se secara un poco la blusa. Estaba empapada. El agua corría por el canal que llega hasta el orificio trasero, dejándome una picosa incomodidad. Comencé a moverme y abrir un poco las piernas para que el líquido corriera fácil y se secara pronto. Di unos salticos con las piernas flexionadas mirando hacia abajo para ver el agua, cuando levanté la vista tenía un hombre frente a mí. Me sonrió con malicia. Enseguida me erguí y me puse muy seria. El hombre se paró muy pegado a mí y me dijo en susurro:

—Muévete otra vez, dale, mami, muévete.

Le dije que se apartara, que era una falta de respeto. Y en medio de los insultos que le propinaba me di cuenta que estaba sola en la madrugada con aquel hombre. Me paralicé, cogí la mochila y cuando iba a ponerla en la espalda él la haló, me dio una nalgada durísima y salió corriendo. Fui tras él, gritando a todo lo que daba mi garganta.

—¡!!Párate ahí, ladrón, ladrón!!!

Un carro patrullero que pasaba por la avenida muy despacio se detuvo ante mí y le expliqué atropelladamente que era un asaltante. Me abrió la puerta, indicándome que me sentara detrás y salió a tremenda velocidad tras el agresor. Por la avenida solitaria fue muy fácil toparse con el hombre. Lo distinguí en breve y respiré aliviada cuando vi que todavía tenía mi mochila en su mano.

Los policías actuaron con rapidez, detuvieron de inmediato el auto, que quedó ladeado entre la avenida y un matorral que colindaba del otro lado de la calle interrumpiéndole el paso al agresor. Y de pronto, con movimientos muy ágiles, esposaron al hombre sobre el capó del auto.  Cuando lo vi tan indefenso, salí inmediatamente a reclamar mi mochila.

—No, la tenemos como evidencia de un asalto. Tienes que acompañarnos a la estación de policía para que hagas la denuncia.

Dijo el policía, y la puso en el asiento trasero. Quedé inmóvil sin poder articular palabra, quise la que tierra se abriera y me tragara. ¿Qué iba a decirles cuando abrieran la mochila? ¿Que soy una vampira? ¿Qué podía contarles sin tener que comprometerme? Sin duda, estaba cometiendo un delito. Y el riesgo de cárcel me rondaba por la mente. Un sudor frío corrió por mi pecho.

No se me ocurría ningún argumento creíble. Estaba perdida, totalmente perdida y se me salieron las lágrimas.

Pero de pronto pensé que no podía llorar como una mujercita indefensa delante de mi agresor, tragué en seco y me dije: no, no le voy a dar el gusto de que me vea asustada ni llorosa, y ese pensamiento removió mi orgullo de mujer temeraria.

Me detuve ante la puerta del auto, mi vista quedó frente al matorral, pero bajé la cabeza para encontrarme con los ojos del policía y le pregunté como si la autoridad fuera yo:

—¿Tengo que ir allá atrás sentada junto a él?

El policía me miró con aprobación. Aprovechándome de su gesto de consentimiento, mostré con firmeza mi desacuerdo:

—No, no me voy a sentar a su lado. ¡Prefiero irme a pie!

Di la vuelta y me quedé mirando el tupido matorral.

El policía se acercó y me dijo amablemente que entendía que estuviera nerviosa, sabía el susto que había pasado, pero ellos no tenían otra opción, ese era el único transporte que estaba libre en la Estación. Lo escuché en silencio como una mujer obediente y orgullosa de serlo. Bajé la cabeza con un gesto de mansedumbre. La voz del policía sonó tierna:

—Vamos, que ya es muy tarde.

Continué en silencio, pero no me moví. Puso su mano en mi hombro y le agradecí con una palmadita sobre ella, miré de soslayo al agresor, y la mochila a su lado me tentó.  El hombre miraba hacia adelante con cara de pocos amigos. El policía me condujo hacia el auto y me dejé llevar suavemente. Se sentó al timón, y su acompañante se acomodó.

Me incliné en la puerta trasera como si fuera a abrirla, halé la mochila y con ella apretada contra mi pecho, salí corriendo por el matorral a todo lo que daban mis pies. La voz del policía: Alto, deténgase, me insufló más velocidad. Cuando se apagó de mis oídos, me detuve, respiré profundamente y sentí que estaba empapada, sin duda no quedaba ni un trozo de hielo, el agua rodaba por mis senos hasta los muslos, los pies estaban pegajosos y mojados.

No sé cómo llegué ante la puerta que toqué insistentemente.

—¿Estás herida? ¿Qué te pasó? ¡Vamos para el médico ahora mismo!

Dijo asustado mi hermano cuando abrió la puerta:

Hablaba atropellando las palabras y mirando con angustia mi talante. En la luz de la sala vi que no era agua sino sangre, las bolsas de A negativo se habían reventado. Le entregué la mochila. Sus preguntas no tuvieron respuesta. No podía hablar, había algo dentro de mí que me paralizaba, no sé si era dolor, decepción, miedo, cansancio, o todo a la misma vez.

A la mañana siguiente, fui la primera en la fila del Banco de Sangre. Le entregué mi brazo a la enfermera, cuando la muchacha introdujo la aguja en mi vena, miré para el otro lado, me impresiona ver sangre. No me importa si es A negativo o positivo, sería raro que se pudiera adivinar a simple vista, cuando veo A negativo me desmayo, sin embargo, el O positivo me da ánimos. Pensé, y me reí de mis ocurrencias, no estaba tan triste, al menos una de las bolsas de A negativo, quedó intacta.


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El molino de pimienta


FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

Es fines de marzo y el verano se obstina en quedarse. La luz de la mañana es dorada, parece hecha de partículas de miel. El calor aprieta con la incomodidad de una bufanda. Cuando Ana sale a la calle con una jarra de limonada, los pintores interrumpen al unísono sus tareas y, se acercan, con disimulada impaciencia. Son tres estudiantes de Bellas Artes –dos hombres y una mujer– que no sobrepasan los veinte años. Están pintando un mural: una cafetería con libros, una tarima con un piano, una guitarra acostada en un estuche abierto y, en una mesa, un anciano de barba caudalosa hablando a los parroquianos. Luego de tomar casi de un trago el primer vaso, uno de los pintores pregunta a Ana por el nombre del café. Ella contesta que la historia es muy larga: «Para una novela».

Osvaldo, un amigo del barrio, «un libertario, pero de verdad»–cree registrar un leve sobresalto en uno de los jóvenes–, la convenció de abrir un lugar donde se sienta que la cultura es algo vivo y se defiendan las palabras para que no pierdan definitivamente su sentido. El muchacho que hizo la pregunta asiente, no del todo seguro de haber entendido, y se sirve un segundo vaso de limonada.

¿Y qué esperás para abrir el café? —le preguntó aquella vez Osvaldo, cuando le devolvió a Ana un enorme fajo de hojas atado por una cinta roja. Era un manuscrito que Ana había heredado y en el que se contaba la historia de dos familias alemanas, los Pringsheim y los Mann.

—Hasta tenés el nombre.

—¿Cuál?  —preguntó Ana.

—Lo vas a descubrir sola.

Desde hacía mucho, Ana quería abrir un café en el local que había comprado con el dinero que le deparó la venta de su casa. Las recurrentes crisis del país le hicieron posponer la decisión. «Mejor esperar a que escampe un poco», se aconsejaba a sí misma, cada vez que la asaltaba la tentación de poner manos a la obra. Pero no sólo no escampaba nunca, sino que los nubarrones se iban volviendo cada vez más espesos. Eso, sumado a la falta de descendencia –y de pareja estable–, y su condición de reciente jubilada, la empujaron, finalmente, a esta aventura. Sabía que no sería fácil, pero tenía un corazón paciente y confiaba que el sueño daría silenciosamente sus frutos. La lectura de aquel manuscrito la terminó de decidir, como si en su cerebro encajaran repentinamente todas las piezas de un rompecabezas. Fue un empujón irresistible, una bofetada que le abrió definitivamente los ojos.

—Me gustaría construir un espacio donde nos sintiéramos menos solos, donde podamos encender un fueguito para pasar este invierno que posiblemente dure varios años —le dijo Ana a Osvaldo aquella tarde.

 Al otro día, ya había llamado a un maestro mayor de obras para empezar con los trabajos. Y a los pocos días una cuadrilla empezó a remodelar esa casa derruida que compró con tantas dudas –y deudas–, porque si bien siempre tuvo el sueño de abrir un café, nunca había tenido un negocio, y con más de sesenta años iba a tener que familiarizarse con los secretos manejos de un comercio, los resortes íntimos de una actividad que debía aprender como un idioma abstruso cuyas reglas estaba demasiado percudida para asimilar con rapidez. Quería reducir las complicaciones al mínimo. Por lo pronto, ella y Esteban –un sobrino que la ayudaría en la cocina– serían todo el personal hasta que el negocio creciera.

El manuscrito había llegado a manos de Ana porque había pertenecido al abuelo Helmut, quien lo había guardado en una valija que pasó, primero a manos de sus padres, luego, a las de ella, sin que nadie se hiciera demasiadas preguntas acerca de su contenido. Solo sabía que estaba escrito en alemán y que contaba la historia familiar del gran amigo del abuelo, Erik Pringsheim –con quien había quemado las naves en Alemania para radicarse en Argentina–, y la historia de la familia a la que se había unido la hermana de Erik, casándose con una de las grandes celebridades de las letras del siglo veinte.

El abuelo hablaba poco de esa historia, pero la escribió minuciosamente, investigando los detalles, carteándose con los protagonistas, reconstruyendo laboriosamente todo lo contado en las interminables noches heladas de la Patagonia, con la concentración de un poseído, y sin otra compañía que una vela que lloraba sobre un platito sus lágrimas calientes. A veces, una hogaza de pan y un mate cocido eran su único alimento.  Otras, ni eso.

Ana apenas si sabía que Erik había sido cuñado de Thomas Mann, un escritor al que admiraba profundamente. Muchos años después, cuando pudo descifrar esos escritos –gracias a la traducción de Osvaldo–, descubrió que la persona que más le interesaba de esa saga familiar, no era aquel escritor consagrado, sino una mujer, sepultada bajo la pesada sombra del Premio Nobel, inmovilizada en su condición de hija, y que Ana descubrió –desde un primer momento–, iba a tener una importancia fundamental en su propia vida: Erika Mann.

Durante años, ese mamotreto, fue acumulando polvo, ácaros, hongos, y marchitándose con el lento avance de la humedad. Hasta que un día, Ana decidió resucitar ese legado, único vínculo que la unía al viejo anarquista que se marchó de Alemania para recalar en la Patagonia, donde se salvó milagrosamente de los fusilamientos de 1921.

Recordaba vagamente al abuelo. Un rostro curtido con facciones que parecían esculpidas a cuchillo; una mirada rasgada y azul clavada a algo que sospechaba perdido para siempre, hasta que un mate interrumpía la meditación y lo volvía de este lado, para aportar apenas monosílabos, palabras confusas, o frases enteras en un alemán en el que se había vuelto a encerrar de viejo y que pronunciaba con voz de fantasma acatarrado. Siempre iba de visita por poco tiempo a la casa familiar, como para dar una prueba de vida. Detrás de sus maneras hurañas de hombre acostumbrado a la soledad, había cierta ternura recóndita que le alumbraba los ojos desde muy adentro. Pasados los ochenta años, seguía ejerciendo el oficio de zapatero remendón, en un cuartucho abierto al frente de su casa, inundado de olor a cola y cuero, con la boca llena de clavos, el martillo empuñado con fuerza, y una habilidad con las manos que parecía no perder nunca. 

Un día Helmut apareció en la casa familiar, y pareció que en esa semana transcurrida desde la última vez que lo vieron, le había caído bruscamente encima un baldazo de años, se percibía un temblor en la voz que antes no le conocían, una imprecisión en los movimientos y una preocupante vacilación en las piernas. Los padres de Ana intentaron convencerlo de que se quedara definitivamente con ellos, pero solo lograron enojarlo y hacerlo proferir la amenaza de no regresar más. Se resignaron a entender que ese hombre necesitaba estar a solas consigo mismo para saldar misteriosas cuentas pendientes.

Helmut se había dejado arrastrar a la Patagonia por su amigo, Erik Pringsheim, con vagos argumentos y promesas: aire virgen, sangre nueva, emociones y descubrimientos que cambiarían para siempre sus días. En definitiva, una vida para inventar con las propias manos cada mañana. Los dos habían soñado con ser escritores y se mintieron que, del otro lado del océano, los estaban esperando las historias que los harían famosos.

Erik, hastiado de una vida que apestaba a previsibilidad, decidió cortar de un tajo las amarras. No le costó convencer a su amigo, quien también quería huir de ese destino que parecía tener prefijado en Múnich. Una vez llegados a Buenos Aires, alguien les habló de la inmensidad desierta de la Patagonia, un lugar en el que todo estaba por hacerse y en el que se podía conseguir trabajo fácil en las estancias. Así, de pueblo en pueblo, fueron llegando a Santa Cruz y se radicaron en un rancho con paredes mordidas por la humedad que apenas si podían protegerlos del viento. Allí sus caminos se bifurcaron. Una noche, después de mirar largamente el rojo furioso cubriéndose lentamente de cenizas en el brasero de lata, Erik le comunicó su decisión: a la mañana siguiente se iría más al sur. No dio cuenta de los motivos. No hizo falta. Los dos sabían que padecía de una pulsión aventurera que no le permitía estarse quieto en un lugar por mucho tiempo, y ahora lo llevaba vaya a saber dónde, lo más probable, conchabarse como peón en una estancia, y después volver a perderse en una lejanía de la que nunca regresaría.

Erik se marchó con un bolso pequeño, en el que guardó unas ropas y algunos recuerdos muy queridos.  La valija se la dejó a Helmut. Estaba llena de cuadernos de todos los tamaños escritos hasta la última hoja, multitud de papeles atados con un cordel, anotaciones dispersas, muchas cartas de distintos remitentes. «Me voy a mi futuro, te dejo mi pasado», le dijo señalando con la cabeza la valija. No agregó nada, no hacía falta. Como si hubiera mediado un pacto anterior a las palabras, un mandato que Helmut comenzó a cumplir a los pocos días de irse Erik.

Helmut tardó un tiempo en darse cuenta que toda esa catarata de hojas escritas que quedaron encerradas en una valija, era la materia prima que su amigo le había legado para que saciara, por fin, las hambrientas ganas de escribir una historia que había traído de Alemania. Eso le quedó de Erik, y una foto de los dos, en Múnich, tomada cuando eran adolescentes y que Helmut pegó con una chinche en la pared sucia de la habitación.

Se quedó envuelto en su indómito aislamiento y retomó el oficio que había visto ejercer a su abuelo: zapatero. Sus ojos agrandados de niño habían sabido de los martillazos diestros sobre la suela, la sabia insistencia de la lezna, el lugar exacto de los clavos y el golpe preciso. «Algún día seré zapatero», dijo, ante la mirada burlona del abuelo que detuvo por un momento su tarea. Lo que no sabía aquel lejano día, es que estaba diciendo la verdad. No era una ocurrencia de niño sino una profecía.

Pero paralelamente a su oficio de zapatero, Helmut se dedicó a levantar un edificio desde la primera piedra: escribir la historia familiar de los Pringsheim y los Mann. Era consciente que habría muchos pormenores seguramente irrecuperables, pero los largos relatos de su amigo, la valija llena de información, y lo que pudiera seguir averiguando, bastarían para reconstruir esa historia familiar cuyo sentido último se le escapaba, pero que necesitaba contar como una necesidad íntima e inexcusable. Era como construir una casa de recuerdos que su amigo pudiera habitar para siempre. Un santuario donde reanudar la íntima conversación estimulada durante horas por la verde paz burbujeante de esa infusión que desconocían en Alemania pero que en Argentina hicieron prontamente suya. Una manera de seguir estando con Erik, sentir su voz hipnótica desplegándose como una manta abrigándolo en la espera vacía de un desierto interminable.

Un día, Helmut fue a hacer una compra al almacén del pueblo y conoció a una mujer, Nora, cuyos ojos tenían una delicadeza acuática. Le gustó la manera en que ella le sostuvo la mirada mientras guardaba la mercadería en una bolsa, pero la despedida no pasó de un ceremonioso estrechar de manos. La segunda vez, se rieron con algunas bromas que él hizo. Ella no solo le sostuvo la mirada, sino que se dejó acariciar al descuido la mano mientras guardaban las cosas. A la tercera vez, él le propuso vivir juntos en su rancho. Al rato, ella ya estaba arreglando la casa como si hubiera suya desde siempre.

Nora, le encendió a Helmut el deseo, le hizo sentir que había un camino muy largo para andar, y lo convenció que el hijo que estaban esperando merecía mucho más que esa soledad donde el viento es un aullido interminable en los inviernos y un mar seco calcinado por el verano, donde todas las presencias humanas se disuelven en la distancia como humo y las pelusas errantes de los cardos enseñan a irse.  La enfermedad de ella fue más excusa que motivo.

Cuando el médico les dijo que la enfermedad era seria y que Buenos Aires era el mejor lugar para tratarla, no dudaron, y al otro día ya estaban haciendo las valijas. Alquilaron un departamento barato en Constitución.  Las cosas se sucedieron vertiginosamente, el cuadro se complicó mucho más rápido de lo previsto. Todo ocurrió en pocos meses: el nacimiento del hijo y la muerte de Nora.

Cuando Helmut enviudó, se mudó a La Plata, porque había quedado prendado de esa ciudad con idiosincrasia de pueblo, en donde terminó asentándose, abriendo una zapatería y criando como pudo a su hijo, al que llamaron Erik.  A partir de la muerte de Nora los ojos de Helmut se llenaron de sombras y una fatigada tristeza lo acompañó desde entonces.  Ya no volvería a ser el mismo, sólo sobrevivió de él una voluntad titánica de seguir escribiendo que, vista desde afuera, parecía una condena.

Con los años, y gracias a que Erik le había hablado de ella en algunas cartas, Helmut logró mantener una correspondencia regular con Erika Mann, quien fue llenándole los huecos, aportándole mucha información, y manteniéndolo al tanto de cómo había proseguido la historia familiar desde la partida de Erik.  Por su parte, Erika no había podido conocer personalmente a su tío y quería saber todo sobre él, resolver el enigma de ese hombre que en lugar de prosperar en el papel de abogado brillante para el que parecía predestinado, había decidió irse lo más lejos posible de aquel orden asfixiante, para ya no volver a Alemania –porque estaba demasiado lejos y ya era demasiado tarde–, y quedarse a vivir –y seguramente morir– en un desierto en el que se perdería como un ahogado en el mar.

A cambio de toda la información que Helmut le fue suministrando, Erika le contaba las andanzas de la familia Mann, que para Helmut terminaron convirtiéndose en una obsesión que lo seguiría como una sombra mucho más grande que su propio cuerpo, intentando descifrar aquellas vidas como si fueran parte de su propia vida.

Revolvía en su memoria, investigaba todo lo que podía, trataba de poner más luz a lo que recordaba. Gracias a Erika pudo llegar a otros integrantes de la familia Mann –sobre todo Katia, hermana de Erik, quien oscuramente se sentía responsable de la ida de su hermano hacia una tierra apenas sospechada que solo podía ser habitadas por el olvido. Quizás fuera la culpa o la curiosidad la que mantuvo del otro lado del océano ese puente tendido por el que llegaba la información familiar que mantenía a Helmut actualizado.

Helmut se sentía un forastero en La Plata, nunca pudo adaptarse. Pero ya no tenía fuerzas para una nueva mudanza. Mantenía abierta la zapatería apenas un par de horas diarias, el resto del tiempo, se encerraba a escribir algo que parecía no estar destinado a nadie y que difícilmente pudiera interesar a alguien.

Había visto en la Patagonia cosas que le despellejaron el alma y de las que hablaba poco. Ana recordó escucharlo contar la historia de los fusilamientos de 1921. En esa oportunidad, se esforzó en hablar con claridad, masticando cada palabra con rencor, un odio frío y meticuloso que los años no lograron aplacar. Un odio que iba dirigido a otros, pero, también, a sí mismo. La sospecha de que Erik había sido uno de los fusilados, y la culpa de no haberlo convencido de quedarse con él. No tenía una sola información al respecto, solo conjeturas. Pero la larga ausencia y la inexplicable falta de noticias, las interpretaba como la confirmación categórica de sus más lúgubres sospechas. Tenía la recurrente pesadilla de estar allí, al lado de Erik, a punto de ser fusilados, pero Helmut conseguía escapar de esa manera misteriosa que sólo es posible en los sueños. Huía sin dar vuelta la cabeza luego de escuchar las detonaciones, y despertaba agitado por la carrera. Desde que la culpa comenzó a aparecerse en sueños, Helmut no hizo otra cosa que huir. Siguió huyendo durante toda su vida: del sonido de los disparos de los fusiles, de las imaginadas caras de las víctimas que caían con su mueca final, de sí mismo dispuesto a enjuiciarse y condenarse. Y siguió huyendo cuando se casó con Nora y enviudó temprano y se hizo zapatero como si fuera un destino traído de Alemania y siguió huyendo cuando crio solo a un hijo que lo terminaría llenando de nietos y huyó más lejos aun cuando se recluyó en su habitación donde se dedicó a hacer lo único que parecía dar sentido a lo que le quedaba de vida: continuar lo que había iniciado su amigo. Seguir escribiendo, interminablemente, esas páginas sobre cuyo contenido nadie podía enterarse, porque él contestaba solo con un fastidiado balbuceo o un gruñido, cuando alguien le preguntaba. Manuscrito que fue volviéndose voluminoso y que guardaba en la misma valija raída con la que su amigo había llegado a Argentina –y con la que, de alguna manera, él lo hacía regresar a su tierra de origen.

Un verano, Ana decidió abrir la valija, tomar esa fiebre de papeles desesperados de humedad y desparramarlos en el piso, conservando el orden de las páginas que tenían el color del tiempo, crocantes de antigüedad, que cubrieron enteramente el piso del departamento –con apenas un estrecho caminito que le permitía continuar, aunque muy acotadamente, su vida cotidiana–, hasta que el sol que entraba a oleadas por las ventanas y el delicado plumereo con un pincel, dejaron a ese Everest de papel en condiciones de ser leído sin peligro de alergia y picazones. Faltaba lo principal: escalarlo.

Estaba escrito en alemán. Idioma del que Ana no tenía la menor sospecha, ni voluntad de aprenderlo. Llegó a creer que enterarse de lo que allí se contaba era una posibilidad abolida para siempre, hasta que descubrió que nadie hace tan bien las cosas como el azar. De alguna manera, al adecentarlo, ese papelerío había dejado de ser algo polvoriento, remoto y ajeno, y se volvió, de manera misteriosa, una historia que le incumbía.

Alguien le comentó que, a pocas cuadras de su casa, vivía desde hacía mucho, un profesor de alemán, Osvaldo, un viejito con el que a veces coincidía en la verdulería y que tenía ojos de refinada maldad con ráfagas de ternura, capaz de leer con fluidez en alemán –porque había sido su lengua materna–, y que se ganaba la vida como traductor y profesor de literatura germánica en la Facultad de Filosofía y Letras.

 En 1958, Osvaldo se radicó en Esquel, donde fundó un periódico autodenominado el «primer periódico independiente de la Patagonia», que llevaba como subtítulo: «Contra el latifundio. Contra el hambre. Contra la injusticia». La publicación solo duró ocho números. Su defensa exacerbada de los derechos de los mapuches le valieron las iras de los latifundistas de la zona, quienes lo expulsaron de la provincia a punta de pistola. Se dedicó a investigar –y dar a conocer, en su cátedra de Historia– la vida de Severino Di Giovanni, Simón Radowitzky, Kurt Wilckens y tantos otros anarquistas que, sin sus pesquisas, hubieran sido sólo nombres en el museo de cera de la truculencia o muertos anónimos que –como él decía– habrían sido arrojados a la fosa común de la historia donde van los pequeños ladrones, los muertos en eterna borrachera, las putas envejecidas en la pobreza, los piojosos encontrados en los basurales, las sirvientitas muertas en abortos ilegales.

Cuando Ana le entregó a Osvaldo el manuscrito para su traducción, estuvo un par de meses sin verlo.  Pensó que había enfermado. Llegó a preocuparse: no contestaba el teléfono ni atendía el timbre de la casa. Al tiempo, apareció como si nada, y le extendió el manuscrito atado con una cinta roja, dentro de un inmenso sobre de papel madera. Sacó de su morral otro paquete: la traducción. Luego de un silencio teatral, dijo:

—Es un tesoro.

La sonrisa de Ana irradiaba orgullo.

—Me llevó tiempo traducirlo. El tiempo que puede llevar a una hormiga darle de comer a un elefante.

Le extendió los paquetes.

—Evidentemente, por la diferencia en la caligrafía, está escrito por dos personas distintas, pero siempre con una escritura muy cuidada, aunque llena de corchetes y asteriscos con aclaraciones.

Con la euforia de quien ha descubierto un yacimiento oculto, agregó:

—Impresiona conocer las intimidades de una de las mayores catedrales de la lengua alemana. Asomarse a lo que ningún biógrafo pudo. Pero lo más sorprendente es que el protagonista principal no es él, sino su hija, Erika.

No bien se quedó sola, Ana empezó a leer la traducción –hecha con una caligrafía tan esmerada como la del original–, que le abrió un mundo a cuyos personajes llegaba siguiendo el hilo sinuoso del tiempo y que, a partir de esa tarde, poblarían su imaginación, como los últimos sobrevivientes de una isla que solo se puede mantener a flote en la memoria.

Tenía razón Osvaldo, una figura se fue recortando con una nitidez enceguecedora, una mujer cuyo retrato fue a buscar inmediatamente a internet, y a quien le pareció reconocer como a una vieja conocida, un familiar que se hubiera extraviado hacia atrás en el tiempo: Erika Mann.

Erika era una de las hijas de Thomas Mann y Katia Pringsheim –hermana de Erik–, quien en 1933, ante el avance irrefrenable del nazismo, abrió en Múnich un café cultural que funcionó como espacio de resistencia cultural, al que llamó El Molino de Pimienta.

Desde que Osvaldo le dio el material habían pasado varios meses.

Cuando aquella mañana Ana volvió a salir a la vereda, los estudiantes de Bellas Artes estaban pintando las últimas letras del nombre del Café. Uno de los muchachos la miraba con el pincel goteando sobre el tarro de pintura que sostenía con la otra mano. Con la mirada le pidió el veredicto. Ella, callada, tomó distancia, para mirar la obra en perspectiva. Parada casi sobre el cordón de la vereda miró el mural. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato apretando los labios. El muchacho estuvo por hacer una pregunta que calló, cuando vio que por la cara de Ana las lágrimas abrían dos tajos cayendo sobre una sonrisa de tristísima felicidad. Osvaldo le pasó una mano por la espalda deletreando triunfalmente: El Molino de Pimienta. Ana sonrió. El sol jugaba en el brillo de esa sonrisa.

Ana entrevió con sus ojos nublados unos dedos largos –que le parecieron de mujer– apoyados suavemente sobre su hombro, confortándola.

—Llegó el momento de llamar las cosas por su nombre. Encender la mecha que incendie esta farsa.

Dijo Osvaldo retirando la mano del hombre de Ana, y bajando el tono de su exaltación –sabía que a ella no le gustaban las pontificaciones–, siguió hablando:

— Seguramente lo que podamos hacer será poco. Pero hacerlo ya será mucho.

Osvaldo ya no podía detenerse, era mucha la bronca acumulada, la necesidad de no arriar ninguna bandera:

—No podemos permitir que se llamen a sí mismos libertarios los que no vacilarían en apalear y encarcelar a los libertarios de verdad.

—Libertad —dijo Osvaldo luego de una pausa, y la palabra sonó como traspasada por un rayo de luz—. No tenemos que dejar que la palabra «libertad» quede deshonrada para siempre.  Se están vaciando de sentido las palabras fundamentales, volviéndolas ruidos inofensivos.

—Empezando por la palabra democracia —aportó Ana.

—¿Qué es hoy la democracia? Un mecanismo viciado, donde gobierne quien gobierne siempre mandan los mismos. Una palabra cansada, hueca, pura resignación.

—Nunca resignados. Nunca dejarnos convencer que nos han vencido —dijo Ana en un susurro que era también un juramento.

—Si no, nos terminaremos convirtiendo en el Comala de Rulfo, un pueblo muerto, solo poblado de voces gastadas, ecos, murmullos, fantasmas y sombras.

—Por eso, hay que seguir con nuestros asaltos furtivos, robando esperanza de donde podamos —dijo Ana con esa sonrisa desafiante que Osvaldo conocía muy bien.

—Porque los que tienen razón están equivocados.

Ana se frota las manos para darse calor.

—Hay que hacer un fueguito alrededor del cual podamos juntarnos.

—Como nuestros antepasados que alrededor del fuego inventaron un lenguaje para entenderse —asintió Osvaldo.

—Tenemos la obligación de que las palabras que dan sentido a nuestra vida no se cubran de barro y vergüenza —urgió Ana.

—Si no, nos quedaremos sin palabras cuando más las necesitemos.

—Estos tipos están pisoteando el lenguaje y dejándole la huella de su deformidad.

Osvaldo volvió a mirar el cartel del negocio que desde el día siguiente abriría sus puertas. Respiró profundamente. Era el primer aliento de una nueva vida. Las cejas se le contrajeron torvamente, le temblaba la voz:

—Erika estaría feliz.

Posiblemente fuera así. Lo cierto es que Ana sí estaba feliz, después de mucho tiempo.      

Cuando Ana leyó el manuscrito –en el largo desvelo de interminables noches–, decidió a un tiempo tres cosas: abrir el café, llamarlo El Molino de Pimienta, y empezar a acumular fuerzas para hacer lo que nunca creía que sería capaz: escribir. Esa historia no sólo merecía, sino que debía ser contada. Ella continuaría lo que Erik había iniciado y Helmut no había podido completar. Si bien había perdido mucha fuerza en el camino y, tenía el aliento muy debilitado para iniciar una travesía larga, iba a dedicar sus energías a contar lo que no merecía quedar inconcluso, terminar de dar forma esa materia prima que el azar había dejado en sus manos como una dádiva y que hablaba de ella misma más de lo que cualquiera podía suponer. A la mañana siguiente, ya había comprado un par de cuadernos grandes para ir anotando todo aquello que, con una fuerza que ya no podía controlar, pugnaba por volverse palabras.

Ana era una lectora omnívora que no podía respirar si no tenía un libro a mano. Había escrito algunos cuentos y poemas, pero sin ínfulas de formar parte del círculo de plumíferos. Estaba convencida que la literatura sería siempre lo que escribieran los otros. Pero esta historia que había caído en sus manos, parecía haberle llegado en una valija remitida por el destino. Si la palabra no le produjera alergia, podía decir que se le había asignado una misión a la que no podía rehuir. «A los 65 años, viruela», se repetía, casi con coquetería.

Pero no se trataba solo de escribir. Abrir un café que se llamara El Molino de Pimienta, con el mismo sentido con que originariamente había sido creado hace casi un siglo, era plantar un desafío en tiempos de derrota. Una manera de dar cobijo a los que se atrevieran a decirle «no» a la barbarie, los que sintieran que la desgracia ajena les incumbe como un latigazo en su propia espalda. Un viento secreto la agitaba. Hacía mucho que no se atrevía a una audacia como ésta, se sentía una nadadora arrastrada por corrientes desconocidas, desandando el río del tiempo hacia una juventud que misteriosamente volvía a empujarle en la sangre. En los pliegues ocultos del pasado había muchas claves que permitirían comprender el presente.  Era como si soldando aquel tiempo con este, confirmara que más allá de las diferencias hay una misma batalla que librar por la dignidad y los sueños, desde la certeza de que solo tiene las manos limpias el que no se lava las manos.

—Hoy es el comienzo de algo que nos dará sentido —dijo Osvaldo, mirando el cartel, con el convencimiento de quien hace los aprestos para iniciar una aventura esperada durante toda una vida. Hasta hace poco, creía que los días se le habían puesto definitivamente viejos, ahora tenía ímpetus de veinteañero.

Los tres pintores, Osvaldo y Ana, se quedaron viendo el frente del Café, compartiendo un silencio que poderosamente hablaba por ellos.

Brindemos —dijo Ana trayendo una botella de vino en una bandeja con cinco vasos.

—Por los sueños que nos mantienen vivos —dijo Osvaldo alzando su copa—. Que no dejaremos que se pierdan entre las cosas perdidas.

—Por todos los que vendrán —dijo Ana, mirando a los tres jóvenes pintores y dejando, luego, que su mirada se perdiera en la lejanía. Y agregó:

—Por los que volverán…

Bebieron. Y luego del primer trago, Osvaldo continuó con la copa alzada:

—Por todos los que supieron que sin justicia no habrá tierra donde sembrar futuro.  Por los auténticos libertarios, los que no permitirían que se prostituyera el sentido de la palabra libertad, y le devolverían su auténtico sentido. Contaremos sus historias, para que ellos, uno por uno, regresen, con nuevas caras, nuevos brazos, nuevas voces. Porque el olvido se lleva solo aquello que dejamos ir.

—¡Salud! —dijo una voz de mujer.

—¡Salud! —dijeron todos en dirección a Ana. Pero Ana se sobresaltó porque no era ella la que había hablado.

La voz –indudablemente de mujer– había sonado con un acento extraño, de erres arrastradas como piedras por la corriente de un arroyo. Ana recordó esos finos dedos de mujer que hacía unos instantes había sentido sobre su hombro, y alzó la copa.

—¡Salud! —dijo Ana, horas después, alzando una copa, en su cama, con el manuscrito en su regazo, dispuesta a leer una vez más esa historia que el abuelo Helmut, sin sospecharlo, le legó como una memoria que era, al mismo tiempo, un futuro. Una historia que ella ayudaría a poner de pie sobre la tierra, reconstruyéndola según la lenta albañilería de la imaginación. Hacer que la memoria arda como una llamarada, quemando fechas, nombres, lugares, episodios, datos, señales, y al retirarse, en lugar de cenizas, deje una casa de fuego en la que ya no pueda entrar el olvido. Una casa que llevará por siempre el nombre de Erika Mann y su Molino de Pimienta. Pero para entenderlo debía empezar una vez más por el principio, remontar el hilo que el abuelo Helmut desenrolló en el laberinto del tiempo, hasta llegar a su amigo, Erik Pringsheim, con quien se fue de Alemania para entregarse a la incertidumbre de estas tierras. Ana se caló los anteojos y comenzó a leer.


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El otro lado del río

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


Antes de la tormenta

Algo malo sucedería. No bastaban todos los avatares que habían tenido en contra para concretar ese viaje ni el riesgo de adentrarse en el Atlántico con semejantes tormentas casi hasta cruzar el Mar de los Sargazos, como para ponerse a pensar en catástrofes peores. El barco se estremecía con tanta furia, como si estuvieran adentrándose en las peligrosas aguas del fin del mundo. Hacia allá iban, bromeaban cada cierto tiempo, hacia el fin del mundo. Apostárselo todo en ese viaje al trópico −hasta la vida−, como si fuese una partida de dados contra Dios, era lo único que tenía claro el joven Johannes Christoph. Por saciar su necesidad de conocerlo todo, estaba dispuesto a entregar lo más valioso que poseía: su vida. Era lo único por lo que se hallaba en el camarote de ese bergantín que había salido de Hamburgo hacía pocos meses, con una duda en la cabeza: ¿podría un simple mortal desentrañar las bondades de la naturaleza que Dios había creado y jactarse de ellas, como mismo lo habría hecho Él?

Mientras miraba a un punto impreciso del camarote y oía el rumor del agua, decidió poner fin a la monotonía y a expensas de las lluvias y de que obviamente no podría subir a cubierta, se dispuso a ir al encuentro de sus colegas, los otros que habían partido junto a él aquella fría mañana desde el puerto germano. Se vistió tal como exigía el respeto y al salir al pasillo, la casualidad quiso que se topara con el primero de sus colegas, Eduard Otto, quien estaba al frente de esa comitiva que viajaba a las Américas y a quien no solo lo precedía su apellido por ser el hijo de un inspector del Jardín Botánico de Berlín, sino también su sentido del compromiso y ese espíritu de líder que lo hacía mantener la mesura mientras el otro, Louis Pfeiffer, y él, el enjuto Johannes Christoph, en las no pocas ocasiones que la travesía les había permitido, se abocaban a recoger las algas atrapadas en las redes del bergantín, con la avidez de unos niños que buscaban el origen de las cosas, con el propósito −no tan distante de ese afán infantil− de recolectar las especies marinas que podían encontrarse enredadas entre los sargazos. 

El amigo Otto le hizo saber que, si bien estaban cerca de hacer escala en la isla de Cuba, el clima no les permitiría hacerlo en el puerto de Santiago de Cuba y por ello el capitán había decidido bordear la costa meridional para llegar a La Habana, si nada conspiraba, a principios de año.

—¿Quiere decir usted que despediremos el año en alta mar? —preguntó el joven Johannes Christoph, en su natal alemán.

—Correcto.

—Bueno, mejor —continuó y se ajustó la levita—. Así estamos más cerca del amigo Carlos Booth. Pfeiffer estará encantado cuando se lo digamos.

—Pero eso lo alejaría a usted de Surinam y de su colega Julius Hille.

—Pudiera ser…

Quizá eso era lo malo que sucedería, pensó luego, antes de dormirse. Ese cambio de rumbo a último momento que lo haría pasar unos cuantos días más a bordo de ese bergantín August et Julius.

Desde un par de días antes, ya había escuchado pasar pájaros, sinónimo de la cercanía a tierra y eso fue lo que le despertó las ganas de alejarse, de una vez y por todas, de los casi sesenta días a bordo de esa monotonía flotante que no paraba de recibir los bandazos de las olas.

La cena de fin de año coincidió con un debate entre el amigo Pfeiffer y él sobre el avistamiento de las bandadas de aves que, al acercarse al Cabo de San Antonio, habían empezado a proliferar alrededor del barco, pero no fue hasta pasadas unas setenta y dos horas que divisaron la silueta de una ciudad capaz de recibirlos con la misma gracia con que mezclaba −y lo haría por los siglos de los siglos− la vida de sus habitantes con los azares del mar. Decidieron descansar a bordo ese viernes y al día siguiente, sábado, dejaron el August et Julius y después de varios meses, pisaban tierra firme los pies del joven Johannes Christoph, cuya mirada no solo había quedado marcada por la temprana pérdida del padre sino también por una incurable melancolía que envolvía todo su ser.

Lo primero que le llamó la atención fue el bullicio. Parecía, daba la impresión, de que estaban preparados para recibirlos. Muchos negros disfrazados, que hacían ruidos con sus palos y percutían sobre unos tambores como si no conocieran el cansancio, reían y disfrutaban, al parecer, del momento. No era un festín reducido solo del puerto, pudo verlo después en lo que iban por el Paseo de Tacón rumbo al Castillo del Príncipe, sino que se expandía por varios puntos de la ciudad: los esclavos, con sus sonidos, haciendo de La Habana una fiesta. No faltó la persona que, en un tono entre risueño y patético, al recibirlos y conducirlos por el Paseo de Tacón, les explicara a los germanos que no debían preocuparse pues la algarabía era a causa de las fiestas del Día de Reyes, donde los amos les permitían a sus esclavos celebrar a sus dioses. Solo era un día, luego la ciudad volvía a ser la misma. Y los negros también, recalcó.

Habían llegado en una fecha −lo supieron unas horas después gracias a la misma persona que les facilitó el dato de los esclavos y sus festividades− en que los ricos habaneros, la gente pudiente, se marchaba al campo para alejarse del agobio de la ciudad, del aire pútrido del puerto y empaparse de las noblezas de la naturaleza, del aire puro, del sol, y no regresaban hasta pasado el Día de Reyes.

A sus veintiocho años, el deseo de conocer un poco más de la ciudad que lo recibía, lo llevó a dormir solo unas horas y bien temprano, antes de que sus colegas despertaran para visitar juntos el Jardín Botánico mencionado la noche anterior, acompañado por la misma persona de papada burocrática y cara de saberle los trapos sucios hasta al mismísimo Capitán General, el joven Johannes Christoph decidió ver con la melancolía propia de sus ojos la vida diaria de una ciudad que se le antojó antigua. Sobre su cabeza no solo traía su chistera de piel de castor comprada exclusivamente para ese viaje −y que en aprecio por el recorrido terminó regalándole al guía−, sino también los miles de proyectos e ilusiones que lo habían llevado a abordar el August et Julius con la misma decisión y el mismo espíritu que, unos pocos años antes, lo había hecho el admirado Alexander von Humboldt de quien, para más, el amigo Otto llevaba una carta de recomendación que avalaba no solo la intención de su viaje, sino también su labor científica en las Américas, su interés por la naturaleza y su dedicación a desentrañar el conocimiento del mundo.

Poco a poco, mientras lo miraba todo y su vista se enlodaba con el actuar de los pobladores, sus expectativas en relación con la ciudad fueron apagándose. Si bien había algo que hermanaba a las ciudades de su memoria con La Habana y era el ruido de los caballos y las ruedas de los coches, el bullicio de las gentes era algo con lo que no contaba. A los caballos y a los quitrines y a las calesas podía acostumbrarse, pero ¿debía hacerlo también a las personas con sus malos hábitos? Todo, lo corroboró, se desenvolvía entre gritos e imposiciones. Daba la impresión de que no podían comunicarse de manera civilizada, sino que debía ser con un galillo, un gruñido o un estrépito que retumbara en los oídos del prójimo, entre caleseros y transeúntes casi atropellados por los caballos, entre carreteros y cualquier otro que obstruyese la vía.

Lo que le dejó una peor impresión fue la desesperada pulsión comercial. En una mezcla entre impaciencias y vicisitudes, se buscaba vender hasta el alma al diablo si se aparecía de repente. Todo lo visto en esa mañana, parecía regirse por las necesidades del negocio. Solo faltaba que se le lanzaran delante ofreciéndole los más disímiles utensilios, un par de navajas de primera, un cortaplumas vizcaíno, unos tirantes elásticos. «¿Qué busca, señor, ropas, zapatos, navajas, sombreros, colonias?» Le pareció una pesadilla. Había llegado a una ciudad hostil, atrasada, en plena expansión, y lo que más caló en los ojos del joven Johannes Christoph: con un caos sin remedio.

Pasadas las siete de la mañana, los vendedores españoles en mangas de camisa se paseaban de un lado a otro por delante de sus vidrieras con el afán de que les compraran sus baratijas. Según le comentaron al joven Johannes Christoph, eran vendedores de fruslerías, quincalleros, como también se les llamaba, que pagaban el alquiler de esos espacios poco ventilados y algo oscuros a familias pudientes que habitaban los altos.

A la altura de la calle Mercaderes, se percató de una retahíla de niños que, compuesta en su mayoría por negros y mestizos, se veían sucios, harapientos y algunos hasta descalzos. Vio además un grupo de soldados uniformados, carabinas al hombro. Logró dar unos pocos pasos para evadirlos a todos y salir vivo de los roces y las invitaciones, casi obligadas, a comprar cosas que no quería ni mucho menos necesitaba.  

—Vaya recibimiento —le diría a su amigo Pfeiffer al almorzar.

Durante ese almuerzo, prodigado no solo con las delicias del trópico en cuestión de jugos y tajadas de cualquier cantidad de frutas sino también con la abundancia de unas viandas cosechadas a las afueras de La Habana, una carne de puerco exquisita y unos vinos traídos de España, en lo que la cortesía de unos al tragar y la frugalidad al servirse del joven Johannes llamaban la atención de los demás, los otros hablaban del viaje y de lo que esperaban encontrar.

—Iremos al Jardín Botánico primero, luego les enseñaremos nuestro Paseo del Prado, y luego, claro está, cenaremos —dijo el hombre de la papada burocrática, en un alemán tamizado por la zeta de su español.

—Necesitamos avisar a un amigo que nos espera —dijo Johannes Christoph en alemán, y el amigo Pfeiffer lo secundó—. Amigo queridísimo y, de hecho, por su invitación es que estamos acá.

—Enseguida nos pondremos a ello —convino el hombre—. Tengan el placer de no escatimar con la comida. No me carezcan. Usted no es de comer mucho, ¿verdad?  —le preguntó a Johannes Christoph y una mueca diáfana a modo de sonrisa sirvió para calzar la respuesta:

—Solo lo justo. Más bien poco.

En el viaje al Jardín Botánico, Johannes Christoph se dedicó a observar las pocas aves que se atrevían a volarles cerca. Le pareció, lo convino después con Louis Pfeiffer, que habría sido bueno también remitir algunas de esas aves a la Junta de Cassel −aquella sociedad científica que se había dispuesto a asumir el costo del viaje de los tres científicos a cambio de especímenes disecados de la fauna tropical, reacia en un principio, pero decidida después tras la intromisión en el asunto de Alexander von Humboldt. Pero no habían ido preparados, la visita al Jardín Botánico solo había sido una especie de introducción. Una vaga y sencilla presentación de lo que se podían topar más allá de esa ciudad y debido a la ausencia del director Ramón de la Sagra, fueron recibidos por un francés que, hasta en su mirada, se notaba el declive fulminante de semejante Jardín. Las palabras y promesas de restauración a su nivel anterior no demoraron en llenarle la boca al señor Auber, pero de promesas no se podía apuntalar la vida, pensó. De Jardín Botánico no tenía nada, más bien parecía un vivero, un lodazal con unos pocos árboles alrededor.

Fue ahí donde el joven Johannes notó el desconocimiento abismal que tenían en la isla en lo referido a su fauna, a su naturaleza. No solo era el atraso en la ciudad, convendría luego con el amigo Pfeiffer, sino también con los conocimientos sobre lo que los rodeaba. ¿Cómo se podía vivir en un mundo donde nadie tenía conocimiento alguno de lo que existía a su alrededor? O no: ¿cómo podía vivirse en un mundo donde nadie abogaba por la sabiduría, por descifrar la magnificencia de Dios?

El resto de la tarde se evaporó en una caminata de rigor al Paseo del Prado, de una milla de extensión, coronado al fondo con una fuente del dios Neptuno y flanqueado por cuatro hileras de árboles. Solo algunas damas se movían en sus respectivos quitrines alrededor del Paseo, otra cantidad de jóvenes lo hacía a pie para disfrutar de la caída de la tarde, para socializar siempre y cuando las calesas no lo impidieran.

La plática entre los germanos y los colegas nacionales que los guiaban giró sobre el interés europeo en las criaturas tropicales. Había poca documentación allá sobre la fauna a este lado del Atlántico, y eso era lo que los había hecho a ellos llegar a La Habana, para luego cada uno seguir su camino. El amigo Eduard Otto, el guía, botánico y malacólogo, tenía pensado continuar hacia los Estados Unidos de Norteamérica, luego hacia América del Sur; Louis Pfeiffer, eminente médico, botánico y malacólogo, se encargaría de los moluscos del trópico, después de verse con el amigo Carlos Booth; mientras que el joven Johannes Christoph tenía en mente continuar a Surinam, donde su queridísimo compañero Julius Hille, quien había sido el primero en sembrarle la idea de semejante travesía, lo esperaba. Desde allá, desde Surinam, pensaba Johannes Christoph, comenzaría a enviarles las especies colectadas a la Junta de Cassel en pago por los gastos de su viaje.

La cena no tuvo nada de especial. Fue una reiteración de los mismos temas y los mismos propósitos, en esa ocasión acompañados por unas considerables lonchas de jamón y unas excesivas copas de vino que Johannes Christoph ni se tomó el trabajo de probar. A la pregunta de qué les había parecido La Habana, el joven, callado, decidió evadirse con su mueca típica que evocaba una sonrisa: arquear los labios sin enseñar los dientes.

—Y eso que no han visto nada todavía —dijo uno y concluyó con una risa y un considerable trago de vino.

Como habían congeniado con anterioridad, Eduard Otto se quedaría unos días más en La Habana en pro de legalizar la documentación de la comitiva y para no perder tiempo, algo de lo que no iban sobrados para ese entonces, Johannes Christoph y Louis Pfeiffer enrumbarían hacia la ciudad de Matanzas, donde el amigo Carlos Booth, dueño de varios cafetales, los esperaba con los brazos abiertos para que conocieran, de verdad −don Carlos dixit−, las bellezas de la fauna matancera. Sin esperar más y dominados por el deseo de conocer lo nuevo, lo nunca antes visto por sus ojos, emprendieron el recorrido en el vapor General Tacón. Todavía, como un regalo solo para él, para el joven Johannes Christoph Gundlach, Dios tenía mucho que enseñarle.

¿Cómo no intentar salvarte del pozo de la melancolía, niño, si verte huérfano de padre a los ocho años te cambió la forma de ver la vida, de entender el mundo? No solo por la ausencia que vagamente, nunca en su totalidad, intentaste suplir con la figura de tu hermano mayor, para suerte tuya de que estaba ahí no solo para ti, sino también para mamá, la sufrida señora Redberg que tuvo que vérselas sola a cargo de cinco hijos y con dos pensiones insuficientes para alimentos y educación.

La muerte del profesor de Matemáticas y Física Johann Gundlach, conmovió no solo el ámbito familiar, sino también la Universidad de Marburgo se hizo eco de la pérdida. Un hombre estricto, serio, dedicado a la enseñanza y devoto del conocimiento. Todavía hoy no sabes si fue la tristeza lo que hernió tu rostro, o fue la disposición de afrontar la vida solo, por ti mismo, lo que lo hizo. Tal vez, niño, fue a partir de ahí cuando tu pensamiento se volvió lo que ha sido hasta ahora. Pregúntate siempre, ¿qué habrías sido de no haber sido lo que has sido hasta el día de hoy? Parece una incoherencia, un galimatías, ¿verdad? Pero mírate al espejo, reconoce tu mirada melancólica, tus labios parcos, como acostumbrados a no soltar muchas palabras, solo las justas, tus pómulos pronunciados y la marca de aquel accidente con el arma de fuego que provocó la tristeza en mamá y varios días sin dormir también pensando en ti, en tu recuperación; analízate a conciencia y asume que la vida nos ha moldeado lo mejor que ha podido. Uno no siempre escoge lo que desea ser, sino lo que la vida nos ofrece ser.

No en balde, tu nombre papá lo escogió a la perfección. Johannes: la bondad de Dios en tu nombre. No podía haber otro significado para el de una persona que, en su esencia, solo albergara eso: bondad. Como también lo aprendiste de tu hermano, niño. La bondad y la virtud en la dedicación al prójimo, porque si algo te habían enseñado en el seno de ese hogar, era la devoción a la caridad, a la bondad hacia los demás, a la ayuda al otro. Si algo habías aprendido bien era que la caridad no consistía en aquello que todos creían, no. La caridad no era depositar unas monedas a la entrada de la iglesia como si con ellas se exorcizaran los pecados o lanzarle otras pocas a algún necesitado en la calle, no. No era cuestión de entregar lo material, sino entregarse uno mismo a la asistencia al necesitado. Entregarse era el símbolo máximo de la bondad.

Tantas veces repetías eso mientras te mirabas en el espejo de tu hermano, y de mayor, a falta de un padre, querías ser como él, que siempre mantenía viva la estela de papá. Vivía para perpetuar su memoria. Lo imitabas en todo, en sus actos, en sus palabras, en sus intereses. Tu hermano, que acababa de regresar de Cassel donde había aprendido el oficio de la taxidermia, fue el primero en enseñarte la ciencia detrás de cada proceso para disecar especies. Nos debemos a la naturaleza, niño, nos debemos a ella, porque en un futuro, cuando no estemos en este mundo, ella nos sobrevivirá y será lo único bello de lo que podremos habernos enorgullecido en el más allá. Lo único por lo que la vida merece la pena, sin ella no somos nada.

Para ese entonces, con tu hermano dándote las lecciones necesarias sobre la taxidermia, ya tu interés por la vida natural te sobrepasaba. Salías, a veces escapado de la férula de mamá y de los demás, con el propósito de cazar pájaros pequeños, insectos, animales y así practicar y perfeccionar en las noches las enseñanzas de tu hermano, mientras todos dormían y te delataba esa luz encendida en el medio de la penumbra. Te convertiste en un niño ágil, nada torpe −contrario a lo que podían creer los otros en el colegio. Solías ser arriesgado, saltabas y trepabas en los árboles que, para muchos, podían resultar peligroso, pero la curiosidad te tiraba más. Buscabas ver un nido de cerca, unos huevos, un agujero en un árbol que podía servir de hogar para aves. Todo merecía atención. Lo principal de la experiencia, era pulir el don de la observación. Mirarlo todo a tu alrededor, como lo hacías: las estrías de los árboles, las alas del insecto, las patas y el pico del ave, la suavidad de las plumas de la torcaza. Para mala fortuna tuya, aquella vez en que un guardia te vio con el arma y quisiste esconderla rápido, la mala manipulación hizo que tu dedo fuese a dar al gatillo y la bala te provocara lesiones, dolores y preocupaciones en el rostro. Fueron unos días angustiosos en los que ni la señora Redberg ni tus hermanos pudieron vivir en paz. Más desgracias en casa de quien no iba sobrado de gracias.

Lo único que recordabas de aquello, era que antes de la tormenta provocada por aquel disparo, habías visto al mejor y más hermoso de los pájaros con los que te habías topado hasta ese momento. No pudiste identificarlo a primera vista y por eso, te decidiste a cazarlo para disecarlo luego. De hecho, te había extrañado verlo ahí, te dio la impresión de que parecía un pájaro perdido. Lo habías perseguido, cauteloso, con el arma preparada, pero el grito de alerta del guardia que te vio te sacó de concentración. La culpa inoculada te traicionó y a consecuencia de ello, la desgracia no solo se manifestó en la pérdida del olfato, sino también del paladar. Un disparo accidental que te arrancaba el olfato y el gusto para siempre. No podías oler nada. No sentías el sabor de nada. Mejor así, te dijo tu hermano con el tiempo. Así podrías dedicarte a la taxidermia y no te verías expuesto a las fetideces propias de ese oficio.

Ese mismo ímpetu en seguir los pasos de tu hermano, no solo te llevó a sufrir semejantes golpes, sino que, antes de la tormenta, él mismo vio la dedicación y el empeño que le ponías a la disección de especímenes. Lo hacías con una precisión que a veces hasta él envidiaba en silencio. Lo sabías. A tal extremo llegó a destacar tu incipiente talento, que una tarde al verte cazando aves, un capitán de barco, cerca del puerto de Marburgo se interesó en ti y tras unas horas de pláticas, había estado dispuesto a que le trabajaras su colección de pieles de aves exóticas; que se la prepararas. Fue ese tu primer encargo frente a la vida, tu primera prueba de fuego, y tal fue el resultado que no solo el capitán quedó a gusto, sino también tu hermano te felicitó y te auguró un buen futuro.

La señora Redberg, mamá, aún no se recuperaba de la nefasta experiencia con el arma de fuego y por eso, a cada rato, se te sentaba al lado, como buscando con su cobijo alejar las alas negras de la tormenta. Cuídate de ti mismo, hijo, que Dios te cuidará del resto, fueron las palabras de ella al abrazarte tras sobrevivir a aquel terrible disparo. Ella, quien no hacía otra cosa que dedicarse a sus hijos, a veces no era correspondida por la suerte. Una mujer que, pudiendo haberse dedicado a rearmar su vida después de enviudar, de dedicarse a otros placeres, se entregó por entero a su prole, a enseñarles la bondad y a recordarles siempre la dimensión humana de un mundo que cada vez lo era menos. Todas las noches rezaba por sus hijos, le pedía a Dios por su bienestar, por su protección, no quería otra cosa en el mundo que eso: el buen camino de su descendencia.

Por ello, decidió llevarte por la senda de Dios. Decidió consagrarte a la iglesia, y empezaste a estudiar las leyes de Dios y las enseñanzas de Él solo para darte cuenta de que no podías dejarte llevar por algo etéreo. La fe era muy importante, era necesaria, pero tú necesitabas creer en algo más práctico, en algo más duradero. La fe en Dios acababa en el mismo momento en que acababa la vida. Sin embargo, la magnificencia de su obra, no. La obra de Dios perduraba después de la muerte y estaría ahí por los siglos de los siglos. Cuando decidiste comunicárselo a tu madre, niño, palideció. Cuando le dijiste que no querías dedicarte a la iglesia, que preferías el camino de las Ciencias, mamá supo que una influencia externa había apoyado tu decisión. Fue ahí cuando le contaste que no, que ya tu decisión estaba tomada, pero las palabras del profesor Herold, zoólogo de la Universidad de Marburgo, te habían servido de mucho. ¿Qué sería del mundo y de las nobles almas dedicadas a trascender si no hubiese de por medio la intervención precisa de un profesor?, pensaste después, con los años. ¿Cuántos otros maestros, noble profesión de la vida, no habrían intercedido en la trascendencia de las almas destinadas a ello?

Mamá lo asumió, porque no tenía alternativas, y antes de darte la bendición con un beso en la frente y un abrazo, la pregunta que te hizo afianzó aún más los lazos entre ustedes. ¿Cómo puede un hombre tan bueno vivir sin Dios? Te tomaste largo rato en explicarle que Él estaba, que vivía en sus creaciones, en la vida misma, pero que ese camino no era transitable para ti.

Fue a partir de ahí donde tu vida se sintió más enrumbada. Estabas en algo que habías visto de siempre, que conocías gracias a tu hermano, nada te era ajeno. Empezabas a estudiar Zoología en la Universidad de Marburgo, donde, además, por haber sido hijo del recordado profesor Gundlach, la matrícula había sido libre de costo. Estabas destinado y obligado a destacar, a brillar. Tenías no solo sobre tu espalda el rigor de la responsabilidad personal, sino también la estela de tu hermano y la memoria de un padre al que no podías defraudar.

Conjuntamente, la tutela del profesor Herold te vino como anillo al dedo. No solo por las pláticas y las recomendaciones científicas que incrementaban tu acervo, niño, sino por la dedicación que el maestro vio en ti al punto de recomendarte para el puesto de Conservador del Museo, oportunidad que no dejaste escapar pues te permitía poner en práctica lo aprendido con tu hermano: conservar y disecar especies. El estudio de notables figuras de las ciencias y sus aportes, así como también el estudio de la Filosofía, donde los debates con el profesor Herold se hacían interminables, extensos, y lo escuchabas con ese tono didáctico, de quien estaba acostumbrado con el tiempo a ser escuchado, porque como mantendrías en tu memoria a lo largo de los años, el doctor Maurice Herold, aquel profesor querido, pertenecía a esa selecta clase de personas que siempre tenían la razón. A esa estirpe de hombres de convicciones profundas, conocimientos infinitos e intereses trascendentales.

Luego, también, en casa, los debates se hacían extensos, donde mamá te escuchaba hablar y la emoción de ver a un joven de bien, con la bondad aun anidando en su pecho, la mantenían en silencio, con las palabras y la emoción atoradas en la garganta.

El trabajo en ese Museo −que no era un trabajo como tal cuando la devoción y el gozo también fluían− no solo te dotó de grandes conocimientos, niño. Sino también de grandes amistades, como la del doctor Julius Hille. Para después de haber pasado el riguroso examen oral y haberte graduado con los honores máximos de la Universidad como Doctor en Filosofía, con la orgullosa firma de los eminentes profesores Bunger, Wenderoth, Hessel y el noble Herold en tu certificación y la publicación de tu tesis De pennis (sobre las plumas de las aves), ese espíritu aventurero que habías mantenido anidado en tu corazón decidió brotar. Necesitabas poner en práctica lo aprendido en los libros, lo aprendido por las vivencias de otros científicos, de otras personas que, al igual que tú, se habían interesado en buscarle un por qué a lo que nos rodeaba. ¿Cómo es posible que tantas personas no recalen en el vuelo de un ave, o en la majestuosidad de un árbol, o la belleza de una hoja? ¿No son capaces de pensar por un minuto en la belleza implícita en ello, en una flor, sus colores, en un ave y sus plumajes? Era eso lo que le decías al doctor Hille en vuestras charlas. Ha habido tanto mundo, tanta belleza, y ha pasado desapercibida ante nuestros ojos, que, de solo pensar en semejante ingratitud con la naturaleza, con la obra de Dios, te daba pavor.

Fue Julius Hille el primero en hablarte del Caribe, de la fauna caribeña, de lo poco estudiada que estaba, y te remitió a un par de trabajos de Humboldt. Fue a partir de entonces donde Hille te ofreció alojamiento, comida y espacio para trabajar en un viaje a Surinam, a donde viajaría pronto y estaría gustoso de recibirte allá, para juntos vivir la experiencia de conocer especies exóticas, mundos nuevos. Pronto, te abocaste a la tarea de reunir el dinero necesario para sufragar los costes de viaje, ayudado por el doctor Bunsen, presidente de la Sociedad de Historia Natural de Cassel, de la cual te habías hecho miembro unos años antes. A un precio de seis táleros cada acción, se costearía el viaje y después de una larga espera que se perpetuó durante varios meses, a fines de noviembre de 1837, la cantidad de acciones vendidas era de doscientas tres.

De boca en boca, la idea fue tomando auge hasta que llegó a la mismísima Berlín. No solo eso, hasta el mismísimo Jardín Botánico de Berlín, e incluso a los oídos y los intereses de Alexander von Humboldt, quien intercedió junto al ministro de Altemburgo para que el gobierno pagara también los gastos de viaje de Eduard Otto, hijo del inspector del Jardín Botánico de Berlín. Todo cobraba nuevos bríos. Había personas de renombre vinculadas ya a la idea, la veían con buenos ojos y, sobre todo, lo más importante, necesaria para el progreso científico.

Nada podría salirte mal, si estabas predestinado a ello.

La visita del cubano Carlos Booth y Tinto, que había culminado sus estudios y regresaba a su tierra de origen, presupuestó también tu interés en conocer la isla. Booth, amigo también de Louis Pfeiffer, estaría encantado de recibirlos en su hacienda y mostrarles su trabajo allá. No hizo falta sopesar la invitación, porque a la primera se la aceptaron. Una escala en la isla mayor del Caribe no influiría para nada en tus planes posteriores de continuar a Surinam, de continuar a encontrarte con tu amigo Hille. Mientras más conocieras del Caribe, más especímenes podrías colectar y así cumplir con las obligaciones de la Sociedad de Historia Natural de Cassel.

¿Qué podría pasarte en Cuba, niño?

¿Qué podrías ver allí que te cambiara la vida?


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Los fantasmas de Otto Müller

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

La muerte de Otto Müller

El teléfono sonó ya entrada la tarde; la taza de té estaba humeando frente a mí. Era mi madre.

—Tu abuelo ha muerto —dijo como quien apura un trago.

El celular se hizo pesado mientras yo trataba de sostenerla desde los 6.500 kilómetros que nos separaban. Habían pasado varios años desde la última vez que estuve en casa; el recuerdo de su abrazo se había hecho tenue como piel envejecida. Durante una eternidad nos acompañamos en un pacto de silencio que ninguno se atrevía a romper.  Sostuve el teléfono con fuerza inconsciente hasta que mi mano empezó a agarrotarse.

—Que descanse en paz —dije con una voz que no me pertenecía, intentando que aquellas palabras no me desbordaran.

—Amén —respondió mamá con un hilo de voz que antecedió un nuevo silencio.

Me sostuve de la mesa para contener el vértigo que me causó la noticia. Pensar en el abuelo me ayudó a mantener la conciencia. Me lo imaginé en la biblioteca con sus pantuflas elegantes y aquella bata de paño inglés que solía usar en casa y que siempre me resultó excesiva para el trópico.

—Cuéntame cómo pasó —dije quedo.

Mi madre contuvo los sollozos y me dio los detalles. Habían pasado apenas unas pocas horas. El abuelo simplemente se derrumbó, vencido por la enfermedad. Con esfuerzo ahogué el lamento que intentaba escaparse por mi garganta; no me atreví a llorar.  Tomé un sorbo de té; el líquido tenía una aridez densa que me dificultó tragarlo.

 Cuando mi padre nos abandonó, el viejo se puso al frente. Terminó criándome junto a mi madre y se convirtió en la figura masculina más importante de mi historia. Cerré los ojos y traté de ubicar los rasgos de su rostro. Era inútil, en medio de la conmoción su cara se había liquidificado, como si fuera una mancha de pintura corriéndose sobre un lienzo. El lienzo era yo. 

Usé una servilleta que tenía a la mano para secarme un par de lágrimas que cayeron sin previo aviso por mis mejillas. Sin saber por qué, reparé en aquel trozo de papel rugoso. Era amarilla, parecida a las de las fiestas infantiles; tenía restos de la torta de chocolate que comía antes de la llamada y que ahora había adquirido un color marrón sucio parecido al de la mierda.

Alguien abrió la puerta del local, dejando entrar una ráfaga de aire frío que hirió mi rostro y me sacó de mis cavilaciones. Levanté la vista temiendo que los que me rodeaban hubieran percibido mi pequeño drama personal; me alivió ver que todos se ocupaban de sus propios asuntos. Siempre fue fácil pasar desapercibido en esta ciudad. Afuera rugía un viento gélido que, por alguna razón, me resultó entonces más perceptible. Mamá me hablaba de manera cariñosa, aferrándose a mí a través de las palabras. Su voz cálida era lo único que me reconfortaba.

—Papá se fue y siento que me han cortado un brazo —me dijo en medio de su angustia.

—No hay más remedio que ser fuertes. Usa los míos si te hacen falta. —Eran palabras vacías, pero fue lo único que se me ocurrió decir para consolarla.

—Ojalá estuvieras aquí.

—¿Qué te puedo decir? Si pudiera tomaría un avión ahora mismo.  

—Lo sé, no te preocupes, es lo que pasa cuando los hijos crecen. Una siente que los pierde un poco.

—Mamá, no me has perdido; adelantaré mis vacaciones o pediré un permiso. Iré pronto, te lo prometo.

—Te comprendo. No es un reclamo, es solo un desahogo. Tú eres el único hombre que me queda —dijo compungida.

 —¿Crees que deba llamar a mis tías y darles el pésame? —le pregunté, evitando que ella se derrumbara arrastrándome consigo. 

—No. No creo que haga falta; te llamaré durante el velorio y así aprovechas y hablas con ellas. Entre la familia no se dan pésames, uno solo se acompaña —me aleccionó.

—Me alegra que estés acompañada.

—Sí, pero sabes que entre mujeres siempre es todo más emocional. A veces mis hermanas me aturden. Hablar contigo me hace bien. Todo esto ha sido muy doloroso y ninguna sabe muy bien cómo continuar. 

El abuelo y yo habíamos vivido rodeados de mujeres. Él tuvo tres hijas y mis tías solo tuvieron hembras. Yo soy el único varón. Nuestra relación fue rugosa y cercana. De alguna manera nos refugiábamos el uno en el otro, construyendo un bastión en contra de la fuerza avasallante de lo femenino. Mi madre y mis tías aceptaban esa camaradería con resignación y mis primas con cierto malestar culposo que les costaba ocultar. Yo incluía aquellas asperezas entre las pérdidas que empezaba a contabilizar. 

—Nunca hemos hablado de la enfermedad del abuelo —le solté a mi madre como si ella tuviera la culpa de aquella circunstancia—. Sabía que no estaba bien, pero su muerte me parece repentina.

—Tú nunca preguntaste y yo no quise preocuparte —acotó.

—Has debido decirme —dije con severidad.

—Traté de protegerte.

No soy un niño —respondí resentido.

—Lo sé, pero yo soy tu madre y es mi trabajo. Además, tú estás demasiado lejos y no había nada que pudieras hacer.

—Si me lo hubieras advertido, hubiera podido despedirme.

—Javier, hijo, la muerte nunca puede advertirse, solo sucede —señaló.

Luego me comentó de lo mucho que tenían por delante: cosas que recoger, papeles que revisar, documentos patrimoniales, entre miles de otros asuntos.

—Tu abuelo era muy quisquilloso; hay un montón de cosas que solo él conocía y nos ha tocado reconstruir todo como si fuera un rompecabezas.

En efecto, la vida del abuelo estaba cargada de piezas en ausencia de figuras de referencia. De su vida en Europa solo sabíamos lo que nos había contado, que era poco. Había sido partisano. Luchó contra los nazis y mató a alguno. No le gustaba hablar de ello, decía que eso pertenecía al pasado y que él había dejado Europa para vivir el presente. Jamás regresó a Austria y, en cuanto tuvo la oportunidad, adquirió la nacionalidad venezolana. Nunca indagué lo que había detrás de aquella negativa a contar su historia; supuse que no quería lidiar con lo que había dejado atrás. Jamás me imaginé la existencia de un secreto tan determinante como el que con el tiempo llegaría a descubrir.

El abuelo era un tipo singular. Era alto y elegante, tenía la voz ronca y profunda de quien estaba acostumbrado a dar órdenes. Hablaba con un acento germánico que nunca lo abandonó. Era cariñoso pero tosco; solo se dulcificaba con las damas, a quienes trataba con delicadeza domesticada.

Aprovecha el día —me dijo cuando puso en mis manos un ejemplar de la vida breve de Séneca, que aún me acompaña—. Nunca dejes que entre el pensar y el hacer te salgan canas.

Fue mi primera lección de estoicismo. El abuelo no creía en las disertaciones largas, sino en la voluntad que se mantiene en pie hasta el desplome. Mostraba, no dictaba cátedra.

Por alguna razón, la muerte suele venir acompañada de memorias que no hacen más que profundizar las ausencias. Reflexioné mientras las imágenes se agolpaban en mi cabeza. Me lo imaginaba luchando por mantenerse en pie.

Yo buscaba palabras para mantener viva aquella conversación en la que mi madre parecía desvanecerse. En el fondo de una rocola antigua sonaba la voz de Norah Jones; interpretaba la conocida «Don’t Know Why» y yo decidí que se trataba de un homenaje al abuelo. Respiré antes de continuar.

—Duele que se haya ido —dije finalmente.

—Sí, siempre es doloroso que se vayan los nuestros.

—Ahora toca aceptarlo y tratar de continuar —apunté tratando de simular que todo estaba bien. La verdad es que tenía un miedo extraño que poco a poco se fue convirtiendo en desolación.

—Te quiero. Dios te bendiga. Hablemos más tarde —dijo mi madre con la voz quebrada antes de cortar la llamada. Yo me quedé estático en la silla en medio de un tiempo que se había detenido. El té estaba frío y ahora me parecía insuficiente. Pedí un whisky seco que me bebí de un trago a la salud del fallecido; sin dudas, aquel era un mal momento para estar lejos.

Me pasó como a muchos, vine a Canadá a estudiar y terminé quedándome. Fue algo que simplemente sucedió. Supongo que pertenezco a la primera oleada de una diáspora que al final terminó inundando al mundo. Han pasado cinco años y todavía no me acostumbro al invierno y a las particularidades de la convivencia, a ciertas sutilezas de la cultura. Migrar siempre nos coloca frente a otra dimensión de lo humano.

El camarero me trajo otro trago. Esta vez lo saboreé con lentitud, sintiendo sus matices. Me distraje detallando el lugar. Era un bar musical donde a veces daban conciertos. El estilo vintage y las fotografías icónicas parecían ahora detenidos en el tiempo. Me había sentado en una barra larga que se encontraba rodeada de pequeñas mesas de madera y teléfonos de baquelita. Todo allí me recordaba al abuelo.

Bebí un poco y le deseé buen viaje. Frente a mí había una fotografía de Carlos Gardel; iba de sombrero y llevaba una bandana al cuello. Me levanté por impulso y me aproximé a la rocola; precisaba un tango, busqué hasta que encontré el que necesitaba:  Adiós Nonino. 

Mientras Piazzolla dejaba correr la nostalgia en el bandoneón, recordé nuestras discusiones filosóficas; el viejo leía a Nietzsche, yo prefería a Foucault y a Habermas. Nos enfrascábamos hasta alcanzar los puntos de inflexión y solo nos deteníamos cuando todo estaba a punto de romperse. La verdad, siempre comprendimos la necesidad de hacernos concesiones.

Decidí abandonar el lugar cuando los recuerdos empezaron a pesar demasiado. Afuera me recibió la ventisca. Había nevado y las calles empezaban a cubrirse del velo invernal. Disfrutaba caminar sobre la nieve reciente; me gusta aplastarla y dejar mis huellas marcadas durante el instante efímero que les tomaba desaparecer, esta vez lo hacía cabizbajo. Subí el cierre de mi chaqueta y saqué los guantes del bolso justo cuando mis dedos empezaban a entumecerse. En medio de la helada pensé en el mar de Higuerote. Mis paseos con el abuelo adquirieron entonces una nueva dimensión.

Llegué a casa después de tomar el metro y comprar algunas cosas en el supermercado. Mientras me quitaba la ropa húmeda y entraba en calor, pensé que entre la vida y la muerte siempre quedan demasiadas cosas por decir. Me senté en un sillón y revisé algunas fotografías viejas. El abuelo terminó perdiendo la memoria y yo me aferraba a nuestras pequeñas historias como si me fuera la vida en ello.


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