Memoria de la bruma

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


CARLOS SÁNCHEZ PINTO (Salvadiós, Ávila, España) Poeta, narrador y ensayista. En 1976 obtuvo el Premio Primavera del Certamen Nacional de Poesía de Granada. En ese género ha publicado Poemas de ayer y de ahora mismo (2020) y Un tiempo color malva (2024), ambos por Caldeadrín Ediciones, España. También ha publicado el ensayo etnográfico Los jubilosos juegos jubilados (ADRIMO, España, 2006), el libro de relatos Estampas color sepia (Caldeadrín Ediciones, 2017) y las novelas Nonato, música de rabel (Edival Ediciones, Premio Ateneo Ciudad de Valladolid, 1978); Un sombrero lleno de sol (Editorial Hijos de F. Armengot, Premio Armengot, Castellón, 1981); Tiempo de ausencia (Editorial Prometeo, Premio Ateneo Marítimo de Valencia, 1981), El mundo por un agujero (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Salamanca, 1999) y Maderas de Oriente (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Badajoz, 2005). Por su reconocida trayectoria como cuentista, relatos suyos han sido incluidos en numerosas antologías del género. La Asociación Cultural de Novelistas otorgó el Premio La Sombra del ciprés 2018 al conjunto de su obra.


Donde se ve que el mundo es un pañuelo

Con frecuencia recuerdo vagamente el pueblo, la familia de Francisco. Como en sueños se me representa a veces la casa, que se alzaba en un ángulo del cruce de la carretera con el río, su estructura rectangular de adobe y erosionada tierra de tapial, el rostro de su padre; aquel hombre que casi siempre sonreía si no estaba bebido, su perfil de arcilla bajo la visera de charol. Ahora me doy cuenta de que el vino confería a su rostro un rictus de perplejidad animal, y en la mirada torva se vislumbraba entonces una recóndita, amedrentadora y oscura presencia de rencor concentrado en el iris, como si reprochase al mundo entero haber sido empujado una vez más a un estado que él mismo consideraba reprobable.

Muchas veces me vuelve ahora a la memoria la imagen de Francisco sentado frente a mí, al otro lado de la mesa, durante nuestra primera entrevista en el locutorio de la cárcel. Hay noches en que esa estampa preside mi tiempo de vigilia sin que pueda evitarlo. Y es una imagen en color, nítida sobre un fondo oscuro que es la nada; ingrávida; una calcomanía pegada al pensamiento. A veces es un seco salivazo sobre la memoria, sobre la estampa de aquel muchacho que recuerdo lanzando la peonza con inigualable maestría en las tardes de nuestra niñez; tardes de otoño y pan y queso a la salida de la escuela. Y me asalta una vez más el griterío de las chovas en torno al campanario, la luz de un sol convaleciente alimonando las casas y las cosas.

Ahora mismo me parece estarle viendo, apesadumbrado y tembloroso, desvalido frente a mí en la inhóspita desnudez de la estancia carcelaria; y como él permanecía con la cabeza humillada, yo podía contemplar la bóveda de su cráneo prematuramente calvo.

Hubo un momento en que yo mismo me sentí agobiado, incapaz de llevar adelante el trabajo que sin duda iba a suponerme la defensa de aquel hombre que tenía delante y del que en aquella primera entrevista lo desconocía todo. Y esa sensación, que tampoco fui capaz de controlar, se tradujo ineluctablemente en un sentimiento de lástima, al considerar que el hecho de que me hubiese sido encomendado a mí el caso era una cuestión de mala suerte para él, fuera cual fuese su grado de culpabilidad; de modo que durante buen rato únicamente pensaba yo en la forma de compensarle tan mala fortuna. No sé si fue eso lo que hizo que surgiera una corriente de afecto hacia mi cliente; o quizás el ánima guarda secretos que en un principio desconoce el propio corazón, pero el caso es que enseguida me puse a considerar la posibilidad de que fuera culpable de los cargos que se le imputaban, llegando pronto a la conclusión de que no, de que aquel hombre pusilánime, cuya actitud me recordaba la de un animalejo acorralado, era incapaz de hacer daño a nadie a sabiendas, conclusión que, por otra parte, me llevó al desagradable convencimiento de que era yo un abogado inexperto, absolutamente incapaz de ejercer con garantía una profesión para cuya práctica, me parecía, era importante cierta facilidad para conocer a las personas y calar en su entraña sin dejarse influir por las apariencias, al cual, desde luego, nadie contrataría por propia voluntad y por cuyos servicios ningún avisado pagaría un duro si podía evitarlo. Entonces me arrepentí de haberme metido en semejante berenjenal al colegiarme, asumiendo tan a la ligera una responsabilidad para la que ni mucho menos me sentía preparado. Por vez primera añoré la posibilidad, tan irreflexivamente desestimada en su momento, de vivir en el pueblo de mis padres, con todo el tiempo del mundo para disfrutar de la música y la lectura, para compartir tertulias y juegos, para viajar o salir de caza.

En el transcurso de aquella primera entrevista, la inusitada situación nos había sumido a ambos en un mutismo que se me iba haciendo insufrible y que consideré necesario superar cuanto antes. La postración de aquel hombre, verle allí con la cabeza inclinada en un signo de sumisa desesperanza, los antebrazos apoyados en las rodillas y los dedos nerviosamente entrelazados, hundido en quién sabe qué negros presentimientos, cazado como un animal de paso al que no estaba destinado el señuelo, pero que al final acepta sin resistencia la fatalidad de haber caído en la trampa, me animó a confortarle, a tratar de superar la situación, a esforzarme por infundirle confianza haciéndole ver que lo suyo no era el fin del mundo, a fingir que para mí su caso era un caso sin demasiada importancia y pronto estaría todo resuelto para bien.

―Háblame de ti ―le dije, más bien por decir algo―. Cuéntame cosas de tu vida.

Me di cuenta enseguida de que había dado a mis palabras un tono excesivamente festivo, como si le estuviese animando a contar algo divertido con el único fin de pasar un buen rato; como si, en lugar de estar en el locutorio de la cárcel, nos hubiéramos encontrado, después de mucho tiempo y casualmente, en la sala de espera de una estación y tuviéramos que matar el tiempo mientras llegaba el tren.

Él me miró con aire de sorpresa, desconfiando quizá de un letrado principiante que le hablaba en semejantes términos y con tono tan extemporáneo. Acto seguido percibí en su mirada una cierta sensación de superioridad, sin embargo, no exenta de lástima que llegó a intimidarme: algo que quizá suscita en un acusado el primerizo defensor de oficio; y seguramente en ese instante perdió toda esperanza en que yo fuera capaz de hacer nada por devolverle cuanto antes la libertad, que en aquellos momentos era sin duda lo que él más valoraba en la vida. Por un instante me sentí cohibido.

Después de morir mi padre, yo me había colegiado sin convicción alguna de que la de abogado fuera a ser para mí una profesión definitiva; seguramente con el único fin de aparentar que era capaz de subsistir al margen de una herencia que mis progenitores no solo nunca habían necesitado, sino que habían ido acrecentando durante su matrimonio con la compra de extensas tierras de labor linderas a las que ya poseían mis abuelos.

Mi padre se había doctorado en Deusto, y desde el principio había practicado la medicina rural por vocación inquebrantable, sin considerar jamás la posibilidad de ocio que le brindaban las propiedades heredadas, a las que se añadirían las no menos extensas de mi madre. Ejerció su profesión hasta la edad de jubilación con dedicación admirable.

Una vez licenciado yo y jubilado mi padre, sobre todo durante los últimos años, los dos fuimos conscientes de que era un tiempo que había que compartir estrechamente porque se nos estaba yendo entre las manos sin remedio; sensación que se acentuó cuando conocimos cuál era su enfermedad y el proceso irreversible que seguiría. Viajamos mientras a él le fue posible, y repartimos después el tiempo entre nuestra casona de Almazán, al abrigo de sierra Bermeja, y el piso de Bilbao; sobre todo cuando ya llegó a necesitar asistencia médica diaria; porque durante un tiempo se había sentido especialmente complacido con las soledades de nuestra casa en el pueblo, y en los inviernos gustaba de pasar los días sentado junto a la chimenea, contemplando el campo a través de los vidrios emplomados, cuya rusticidad deformaba un paisaje señoreado por el pico de San Cristóbal con su copete blanco. Después yo fui consciente de que algo tenía que hacer, además de cobrar las rentas y gastarme el dinero, si es que quería justificar de alguna forma mi existencia, cosa que por entonces me inquietaba; de modo que busqué el apoyo de un colaborador más enterado, abrí bufete y puse placa a la puerta.

Mercedes aceptó el contrato, convencida de que aquello no duraría mucho. Se había doctorado en derecho y, recién terminada la carrera, había trabajado ya en un despacho de abogados, de modo que conocía el oficio; por eso consideré que, de entre los candidatos que respondieron al anuncio, era sin duda la que podía aportar una experiencia con la que yo, desde luego, no contaba; de modo que no dudé en la elección.

Creo que desde el primer momento Mercedes fue consciente de mi bisoñez y de que lo que a ella correspondía era afrontar los asuntos del bufete como si fuera suyo propio y tratarme a mí como una madre. El error de su vida, me contó sin reservas, había sido creer que el amor es eterno cuando el matrimonio lo encapsula y lo protege de cualquier peligro de contaminación. Terminados sus estudios, aquel primer trabajo en el despacho de abogados dio a la mujer tranquilidad y perspectivas. Había cursado la carrera con cierto desahogo, y durante aquel tiempo tuvo tenacidad suficiente para doctorarse y acumular conocimientos. Pero un día se enamoró y lo dejó todo para dedicarse en alma y vida a su marido y a dos hijos que habían llegado demasiado pronto. No, nunca renegaría de aquel tiempo ni se arrepentiría de las decisiones que tomó pensando en ellos. “Pero todo se acaba, querido”, me decía en tono sosegado, y echaba la cabeza atrás para impulsar hacia el techo el humo azul de su cigarrillo, que nadie es perfecto y Mercedes fumaba, “de modo que un día llegamos a la conclusión de que ya habíamos hecho todo lo importante que juntos podíamos hacer en la vida. Nos dimos cuenta de que no nos complementábamos, no éramos imprescindibles para procurarnos el uno al otro la posibilidad de ser felices. Nos dio miedo de que nuestra convivencia fuera deteriorándose y, en evitación de males mayores, decidimos partir peras amistosamente y salir cada uno por su lado”. Me explicó sosegadamente que al principio se veían de vez en cuando, sobre todo si tenían algo que decidir sobre los hijos, pero poco a poco fueron amoldándose a la propia circunstancia; hasta que, con el tiempo, habían llegado a verse el uno al otro desde una perspectiva de aquiescencia donde no había lugar para el reproche. “Cómo es la vida”, se lamentaba, con una triste sonrisa de resignación. “Nunca hubiéramos pensado que llegaría ese momento; pero sí. Con los años, también los hijos eligen su propio destino, y de pronto un día te levantas y te ves sola en la casa y en la vida; y lo piensas mucho, das mil vueltas al asunto, lo consultas con las amigas y con la almohada y decides que aún puedes hacer algo de provecho, que no es bueno quedarse en casa esperando nada, creando adicciones estúpidas, sometida a la alienante pantalla de las aberraciones. Por eso contesté al anuncio. Espero ganarme el sueldo haciendo algo eficiente”, concluyó.

La verdad es que el caso de Francisco me interesó desde el principio más allá de lo estrictamente profesional; quizás porque, ya desde la primera entrevista, incluso antes de saber quién era realmente, detectaba en aquel recluso el pálpito que nos produce el reencuentro con personas o cosas conocidas. Él estaba implicado en un delito contra la salud pública, que es como en el lenguaje jurídico y policial se enmascara al caso de andar metido en asuntos de drogas, y parece que se esperaba que, más tarde o más temprano, fuera el hilo que llevase al ovillo. Pero la policía fue atando cabos y, después de algunos interrogatorios y varias pesquisas, se añadió a la primera acusación la de colaboración con banda armada, nada menos.

Yo le consideré un incauto desde el primer momento, un pobre ingenuo utilizado. Ahora sé que, aún antes de reconocerle, me recordaba a su padre, aunque no tanto por el rostro como por las manos, cuyos dedos largos y nudosos se ensanchaban en las puntas de uñas aplanadas y me hacían concebir la idea de una profesión artesanal en cuya práctica fueran principal elemento. Era a comienzos de abril, y una glauca luz, tamizada entre las hojas de las acacias, penetraba por el alto ventanal enrejado y se posaba silenciosa y viva sobre la superficie desnuda de la mesa, sobre el agrietado piso de cemento y sobre la espalda de aquel hombre para quien el aire de la calle constituía sin duda una tentación de fuga mientras, sentado en el borde de la silla, trataba probablemente de olvidar la realidad entreteniéndose en encarar las yemas de los dedos de ambas manos, presionando nervioso los pulpejos hasta que la sangre huía y blanqueaba el extremo de las uñas.

Tampoco él me reconoció. Entre otras razones porque, además del tiempo transcurrido, creo que en ningún momento me miró para ver algo en mí, sino más bien para que yo interpretase su mirada.

Fue a la vuelta de aquella primera entrevista cuando repasé más detenidamente los papeles. Me había servido un dedo de whisky, que luego me olvidé de beber ante la sorpresa de ver escrito en el informe policial el nombre de un pueblo que era el mío. Entonces hice memoria de aquel tiempo, porque calculé que la edad del encausado, algún año mayor que yo, le situaba entre mis compañeros de infancia. Pero sus apellidos no me decían nada, seguramente porque esa mínima diferencia de edad entre ambos nos había distanciado más en aquellos años infantiles. Sin embargo, eso fue definitivo para suscitar en mí un interés extraordinario por el caso.

Yo había salido del pueblo cuando apenas contaba ocho o nueve años, y entre las brumas de la memoria recordaba a veces situaciones y personas si disponía de claves apropiadas. A pesar de ello, ni un solo instante dudé de que era preferible no darme a conocer, pues manteniendo el anonimato confiaba en que con el tiempo conseguiría vencer aquella cerrazón inicial de Francisco y ganarme su confianza. Y es que enseguida fui consciente de que nada le amedrentaba más que la idea de que el asunto en que se veía metido llegase a saberse en el pueblo. Había alzado un muro entre todo cuanto se relacionase con el pasado y su circunstancia actual. Para él, el pueblo en que habían transcurrido su infancia y juventud se le antojaba en otro mundo; aquella había sido otra vida que en modo alguno quería mancillar con el presente. Él mismo, pude advertirlo, se consideraba una persona distinta según se situase en el pueblo o en Bilbao. “Esa es otra cuestión”, aseguraba. Y se le notaba incómodo, hostigado. “Aquello no tiene nada que ver con esto. Aquello dejémoslo estar. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa; no mezclemos. Deje, deje en paz el pueblo”.

―Háblame de ti ―le insistí de nuevo en la segunda entrevista―. Cuanto mejor te conozca, más fácil me resultará tu defensa.

Volvió a mirarme con la misma extrañeza del primer día.

―¿Y qué quiere que le diga de mí? ―me respondió en tono levemente agresivo, al tiempo que se encogía de hombros.

―Cualquier cosa ―repuse―, lo que tú quieras contarme; qué hacías en Cañiclosa cuando eras chico, cómo viniste a parar aquí; lo que se te ocurra. Tengo que sacar conclusiones en que apoyarme para tu defensa, conocer tu circunstancia, ya sabes; necesito argumentos.

Al oír el nombre del pueblo tuvo un sobresalto, como si el convencimiento de que yo lo conociera le dejase desnudo frente a mí, sin la posibilidad de una mentira, convencido de que, el solo hecho de que hubiera descubierto su origen, me revelara de golpe un pasado que deseaba ocultar a toda costa. Y entonces me di cuenta de la importancia que para él seguía teniendo todo lo relacionado con el entorno en que habían transcurrido sus primeros años, y descubrí el temor que le causaba enfrentar la circunstancia del presente a todo lo que había pretendido dejar definitivamente atrás.

―Prefiero que tú me lo cuentes bueno a bueno a tener que averiguarlo por medio de terceros. Si tú me pones al corriente, excuso pedir informes al ayuntamiento de Cañiclosa ―dije. Y me reproché a mí mismo atacarle por el flanco más débil, utilizar contra él el arma que sin duda más temía y que ingenuamente acababa de descubrirme. De modo que añadí―: No tengas ningún miedo, hombre. Me gustaría que fuéramos amigos. Es mejor para los dos, porque a mí me interesa sacar adelante este asunto tanto como a ti; puedes estar seguro.

Percibí su duda, pero no quise atosigarle. Y ni siquiera yo mismo estaba seguro de que mi táctica fuera la apropiada para el caso, dada mi inexperiencia. De una cosa sí fui consciente: él había descubierto que la distancia no iba a ser suficiente obstáculo para evitar que la noticia de su desgraciada peripecia llegase hasta el pueblo. Eso lo amedrentaba y le llenaba de congoja. Podía soportar cualquier humillación menos ser en Cañiclosa comentario de taberna y de solana. “Con una cosa así”, me confiaría después en cierta ocasión, “entierro yo a mi madre”. Y en el tono de su voz detecté la carga de súplica y de angustia que encerraba tal revelación.

―Yo necesito que se me vaya conociendo como abogado ―agregué, intentando ponerme a su altura―; pero es importante que tú me eches una mano.

―Lo he dicho ya mil veces ―habló, dando a sus palabras un tono mitad resignación mitad hastío―: yo no sabía lo que estaba llevando y trayendo. Ni me importaba. Entregaba el paquete y recogía el sobre. No sé nada más. A mí se me decía una hora y un sitio; yo lo aprendía de memoria, porque no se me dejaba escribirlo. Nunca se me dejó escribir nada: ni sitios, ni nombres, ni horas, ni nada. Iba allá, hacía el encargo y a casa; porque siempre se me dijo que no apareciera por allí hasta dos o tres días después; a veces más. En la mayoría de las ocasiones no cruzaba ni una palabra con quien acudía a recoger o entregar lo que fuera. ¿Qué tengo yo que ver?

―¿Quién te decía todas esas cosas? ―le corté.

―Eso no lo puedo decir ―respondió, bajando el tono de la voz y humillando la cabeza―. Di mi palabra.

―Y cuando estuviste yendo cada dos días al taller mecánico, ¿tampoco sabías lo que llevabas?

―¡Yo no iba a ningún taller! ―protestó en tono airado―. Yo me encontraba con el hombre cada vez en un sitio distinto. Ni siquiera hablábamos, ya digo. Yo le entregaba un paquete y él me daba otro. Lo único que puedo decir es que siempre pesaba más el que yo le daba que el que recogía.

―La policía sabe perfectamente lo que llevabas y traías ―le informé―. ¿Quién te daba el paquete?, ¿de dónde lo llevabas?

Negó con la cabeza, resuelto, empecinado en seguir ocultando a quien le había utilizado.

―Pues si la policía lo sabe ―objetó malhumorado―, ya sabe más que yo. La policía acabará por volverme tarumba, con tanto enredo. Ya lo sé, ya sé que dicen que distribuía droga. Hasta que colaboraba con la ETA llevando la comida para uno que tenían en un zulo de esos, han llegado a decirme. Me vuelven loco. No sé a santo de qué tantas preguntas. Otra cosa no puedo decir.

―¿Por qué? ―insistí― ¿De quién tienes miedo? ¿De qué?

―No es porque tenga miedo, que lo tengo ―admitió―, pero yo soy un hombre de palabra.

―Bueno ―acepté, intentando quitar importancia al asunto―. Ya habrá tiempo de hablar de eso. Lo que yo quiero ahora es que me cuentes cosas de antes, saber quién eres y cómo te enredaste en este lío. Si me hablas de ti yo iré sacando detalles para argumentar tu defensa ante el juez. Cuanto mejor te conozca más fácil me resultará sacarte de aquí.

Yo me daba cuenta de que, en mi fuero interno, la curiosidad se imponía al oficio; quería que me ayudase a disipar las brumas que celaban la memoria de aquel tiempo, que sus palabras sobre el pasado sirviesen de lazarillo a mi recuerdo desvaído; de manera que sentía un poco de vergüenza, y me prometí sacarle de aquel atolladero, aun a costa de recurrir a otro abogado más experto si llegara el caso.

Estuvo asintiendo repetidamente con la cabeza, y en aquel momento me parecía vencido por una insoslayable pesadumbre. Sin duda estaba comparando aquella situación con lo que hubiera sido su vida en Cañiclosa, considerando la desgracia a que le había llevado su mala cabeza, aquella desgracia fácilmente evitable. “Estas cosas me pasan a mí por mi mala cabeza”, se repetía una y otra vez, como si estuviera convencido de que solo su cabeza era culpable y el resto del cuerpo fuera del todo ajeno y se hubiera visto forzosamente involucrado en el asunto. Quién le mandaría a él meterse en camisa de once varas, pensaría quizás; a qué santo tuvo que marcharse y dejar el pueblo, siendo que allí era todo más fácil.

Me despedí con una palmada en el hombro.

―Tranquilo, Francisco ―traté de infundirle ánimo―, ya iremos cambiando impresiones; pero no olvides que yo estoy aquí para ayudarte. Mañana volveré.

Sin embargo, al día siguiente había recuperado el aire desconfiado y escéptico de la anterior entrevista. Mantenía ante mis preguntas un silencio desesperante, tan solo alterado con chasquidos de la lengua y violentos ademanes que denotaban su disgusto; por eso no tuve más remedio que ponerle de nuevo entre la espada y la pared.

―Bien ―le hablé con pretendida resignación―, si no me das otra salida tendré que pedir antecedentes a tu pueblo.

Entonces claudicó. Se removió incómodo en la silla sin encontrar postura, liberó con un gemido la angustia acumulada y con la cabeza hundida entre los hombros me mostró las palmas de las manos en un gesto de plena disposición.

―Pregunte lo que quiera ―dijo resuelto.

―No se trata de preguntar nada, Paco ―me sorprendí enseguida de haber utilizado el nombre familiar con que le distinguía en otros tiempos―. No es cuestión de rellenar ningún formulario, sino de establecer una cierta relación entre tú y yo; algo que me permita conocerte mejor.

Mientras le daba un respiro volví a contemplar aquellas manos de anchas uñas, cuya blancura destacaba sobre el tono avellanado de la piel, tal que si la sangre hubiera huido de ellas como cuando hacemos presión sobre las yemas de los dedos.

Fue él quien interrumpió el silencio.

―Entonces ―dijo con marcado escepticismo―, cree usted que si le cuento mi vida podrá sacarme de aquí.


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Viaje de invierno con mariposas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, Cuba, 1958) Poeta, ensayista y novelista. Doctor en Ciencias sobre Arte del Instituto Superior de Arte de La Habana. Ha recibido, entre otros reconocimientos el Premio de Poesía “Nicolás Guillén”, en 2001 y 2024; los Premios de Ensayo “Alejo Carpentier”, en 2007 y 2017; el Premio de Novela “Alejo Carpentier”, 2011 y Premio de Novela “Italo Calvino”, 2014. También los Premios Internacionales de Ensayo: José María Heredia (México, 2004), Mariano Picón Salas (Venezuela, 2011) y el de Ensayo Cervantino (México, 2014). Tiene publicado medio centenar de volúmenes, entre ellos sus novelas: Variaciones de Jeremías Sullivan (Letras Cubanas, 1999), Callejón del infierno (Letras Cubanas, 2010), Ritual del necio (Premio Alejo Carpentier 2011, Letras Cubanas, 2011), Música nocturna para un hereje (Premio Ítalo Calvino 2014, Ediciones Unión, 2015), El fuego de Ruán llueve sobre La Habana (Editorial Letras Cubanas, 2016), Y después de este destierro (Ediciones Universal, 2023) y Martina querida (Ediciones Sequoia, 2025). Actualmente reside en Extremadura, España.


1

Vinieron a detenerme esta mañana. Dos hombres entraron en el recibidor y otro permaneció afuera ante el timón del carro. Tenían un aire gris. Apestaban a sudor y a inquietud. Tropezaron con la primera vitrina de mariposas, entonces descubrí que se sentían fuera de lugar. Uno se disculpó con una frase ininteligible. Los invité a sentarse mientras me preparaba para partir, pero no quisieron. Nada terrible había en esa irrupción. La esperaba.

No crean que imito a Kafka. Es un escritor que respeto, pero no me resulta cercano.

Lo que no podré perdonarles es que me interrumpieran mientras escuchaba, por enésima vez, el Viaje de invierno de Schubert, específicamente “El tilo”. Quizá estaba a punto de descubrir el secreto de ese lied, si es que hay alguno en él. El viejo disco giraba y el día era nublado y fresco. Antes había disfrutado mi café en paz. Sabía que un día ellos vendrían por mí a esta casa. Alguien como yo, que rara vez se deja ver en sitios públicos, tiene una enorme colección de mariposas y se complace en escuchar discos cuyos intérpretes desaparecieron hace más de treinta años, se supone que es muy peligroso. En especial porque una persona así encerrada seguro que está escribiendo algún texto provocador.

No hubo violencia alguna. Los enviados sencillamente me dijeron que debía acompañarlos y aguardaron después a que estuviera listo para conducirme hacia aquel vehículo color verde deslucido que tenía aspecto de ambulancia de la Guerra Europea. Ni ataduras, ni empellones. Sencillamente abrieron la puerta trasera y hasta me indicaron el pequeño escalón para que pudiera subir y acomodarme en el banco. No todos los días se detiene a un hombre silencioso, de edad indefinida, que vive en una de esas casas siempre cerradas que desde el mínimo jardín delantero, el portal y hasta el patio del fondo conservan el aroma del antiguo régimen.

Monna apareció en la sala a punto de irme. Se secaba una y otra vez las manos en el delantal. Ese que tiene impresa la imagen de Betty Boop con gorro de chef, rodeada por una orla de encaje sintético. Nada dijo, solo abría mucho los ojos con una expresión semejante al susto o a la tristeza. Antes de descender el par de escalones de la entrada los enviados se detuvieron. Pensaron que nos abrazaríamos. Seguro han visto muchas películas o quizá presencian escenas más o menos conmovedoras cuando visitan otras casas. Ella y yo apenas nos contemplamos un momento. A lo mejor pensó en darme un beso, pero solo me acarició las mejillas. Fui yo el que retuvo su mano y la besé. Todo es hasta un día. Las cosas más hermosas, aun las discretas y pacíficas, esas que se hacen cotidianas y creemos que no podremos vivir sin ellas, se acaban. Pero no me gustan las escenas dramáticas, siempre hay que estar dos pasos más allá de la tragedia. En este país todo se convierte en un escándalo y no hay que dar el gusto a los mirones.

Resulta extraño ir sentado en la parte trasera de un coche de policía y contemplar a través del cristal trasero, grueso y embarrado, cómo se aleja la casa donde te refugiabas; el barrio que ya era familiar para ti y hasta divisar gente conocida con la que te topabas en la calle y a la que alguna vez saludaste, aunque fuera por distracción. Es como si vivieras dos tiempos diferentes: afuera, la desaparición de un pasado inmediato, dentro, un tiempo detenido, una especie de puente ríspido que te conduce a algo potencial, enigmático, aun si alguna vez pensaste que todo esto podría ocurrir. Te están quitando algo que tenías, una especie de juguete del que te cuesta separarte y te preparan para otra edad, otra estación.

Es tu propio viaje de invierno, cruzas un bosque tan helado como el que imaginaba Schubert a través de los lentes gruesos que procuraban aliviar su miopía. Te acompañan, quieras o no, las angustias que resultan al final cada vez más insistentes e infranqueables, como un paisaje con lobos.

Después de seguir varias avenidas y torcer por calles indiferentes entraron en una especie de callejón cuyo horizonte venía a cerrarse con lo que quizá fuera antes la portada de una vieja quinta. El custodio, semioculto en una caseta a un lado del arco principal, alzó la barrera de franjas rojas y blancas y abrió la verja sin sonido alguno. Ni contraseñas, ni saludos. Era la rutina perfecta.

El vehículo siguió una avenida escoltada por palmas hasta que se detuvo ante otra construcción que no lograba precisar. Por el ruido de las portezuelas delanteras al abrirse y cerrarse supe que el conductor y los agentes habían salido del carro, pero no escuché voces, tal vez entraran en el edificio para reportar su llegada. Permanecí unos minutos en mi puesto. Los suficientes para ver cómo una enorme mariposa nocturna golpeaba desde afuera en el cristal trasero. Quizá el viento la aturdía y la hacía chocar una y otra vez con la superficie turbia. Tal vez era sencillamente ciega a la luz del día o estaba a punto de morir y le daba lo mismo estrellarse contra lo primero que encontrara en su camino. Insistió seis o siete veces en tropezar con aquella superficie, como si pudiera lograr el milagro de atravesarla y por fin cayó. Cuando me hicieron descender pude ver su cuerpo medio deshecho en el suelo.


2

El oficial de la carpeta sostenía con dos dedos la cadena de mi reloj de bolsillo. Lo dejaba balancearse como un péndulo. Yo, de pie frente a él, veía por un instante las manecillas presas tras el cristal y luego el reverso esmaltado que reproducía la escena final de La Traviata.

—¿Quién tiene en estos días un reloj así?

No respondí. Entonces lo dejó caer casi con asco sobre el mostrador y levantó el encendedor de plata.

—¿Fuma?

—No. Es para incendiar los recuerdos.

El cuarto de interrogatorios era exactamente como lo imaginaba: caluroso y lleno de esa mugre que se acumula en los sitios donde la gente suda porque siente ira o miedo.

—¿Por qué no sale jamás de su casa?

—No es cierto. Cada tarde voy al parque de la esquina y doy cuatro vueltas en torno a la fuente. Trato de descifrar un poco más de la inscripción del monumento que está casi borrada. Evito a los patinadores y regreso a casa. Son exactamente veinte minutos.

—¿Y no habla con los vecinos?

—Casi todos los vecinos del barrio se han marchado. Antes hablaba con un judío relojero que era lector de Hofmannsthal y con la viuda de un periodista que asistió a una cena en 1917 con la divina Anna Pavlova. Pero ya no están. No conozco a los vecinos nuevos. Parece que tienen otras aficiones.

—¿Y a qué se dedica realmente usted?

—En los días impares pongo en limpio mis memorias, mejor dicho, separo lo que creo recordar de lo que imagino. Desecho lo primero y pongo en el papel lo segundo, que es lo único que vale la pena.

—¿Y en los pares?

—Doy cuerda al reloj; escucho el ciclo Viaje de invierno en una grabación de Peter Anders. Es un disco muy viejo. A veces su voz naufraga en una tempestad de crujidos, como si los huesos del pobre Schubert, mordidos por la sífilis, estallaran sin remedio.

—¿Solo eso?

—Una vez al mes saco la colección de cucharillas de las vitrinas y las pulo a conciencia. Después le hago el amor a Monna Vanna y preparo café, si tengo…Alguien me ha recomendado que adopte un perro, pero creo que ambos, frente a frente, nos moriríamos de tedio.

Sobre la mesa había una grabadora con sus carretes de cinta. Al parecer no funcionaba porque los dos interrogadores, el flaco del ceño fruncido y el enano que parecía un grumete escribían afanosamente en blocs de páginas amarillas. El primero formulaba las preguntas, el segundo, además de tomar notas bostezaba, se secaba el sudor con un pañuelo verde y hacía gestos afirmativos que tal vez eran auténticas negaciones.

—Son demasiadas irregularidades.

—Yo diría que llevo una vida muy regular.

Para dejar claro que le molestaba mi réplica el flaco dio un manotazo en la mesa y además de levantar polvo logró que los carretes del magnetófono echaran a andar, al menos por cinco segundos.

—Ya veremos qué se hace con usted.

—¿De qué me acusan?

—No hay acusación todavía. Investigamos…

—¿Cómo si fuera una mariposa bajo una lupa?

—Hasta ahora ninguno de sus actos es totalmente ilegal. Pero la suma de ellos lo vuelven sospechoso. Usted se ha situado en una especie de frontera. Está más cerca del pasado que del día de hoy. Y eso es muy peligroso, si no ahora, en un probable futuro.

—Por favor, devuélvanme el reloj…

—A su debido tiempo. Lo estamos analizando. Al parecer ha sido manipulado para que no marque la hora verdadera.


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Historia de dos vizcachas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ALEJANDRO MARIQUE. Es escritor, sociólogo y diplomático. Actualmente trabaja en la Embajada del Perú en Alemania. Ha publicado las novelas La nieve roja de Moscú, El laberinto del Zar, Una cabaña frente al Kremlin, Un asesino emocional y Prometeo Ruso. Algunos de sus relatos han sido incluidos en las revistas literarias La Rompedora y Fábula (España) y Temporales (Estados Unidos). Cuenta con una maestría en narrativa y escritura creativa de la Escuela de Escritores de Madrid.


Capítulo I

Se vio a sí mismo de pie en medio de la sala, abstraído. Las paredes pintadas de blanco ostra no le decían nada. Dio un paso, casi sin notarlo, y se tropezó con una silla antigua de caoba tapizada con terciopelo azul. Un adorno curioso, aunque poco funcional, que había venido con el departamento amoblado. El zumbido de una mosca le hizo girar la cabeza hacia la derecha. Vio la mesa del comedor, que utilizaba como escritorio, y se acercó. Tomó asiento y miró por la ventana. No sabía por dónde empezar la novela que tenía en mente. Necesitaba un estímulo, una idea, algo concreto que lo atornillara al asiento hasta que las palabras obtuviesen forma y sentido. Tan sólo deseaba eso: una chispa que lo encendiera todo.

La lluvia lo adormecía durante ese domingo; aunque los sonidos de repiqueteo contra los tejados, el asfalto y las ventanas provocaban una sensación agradable. Pensó en aquella chica de ojos verdes con la que se había cruzado en varias oportunidades, en las últimas semanas, desde que se mudó a Londres. Ella misma era como una señal que le daba la bienvenida a la capital británica. Guapa, sí, dependiendo de los gustos, pero había algo más que eso: una apabullante energía que dejaba una estela sobre las veredas, un rastro que lo envolvía en un íntimo deseo de escuchar su voz y tocarla.

Harrods, King´s Road, la salida del metro de Knightsbridge, la calle en su sentido amplio, el café de una esquina. Se la había cruzado por todas partes. Incluso en la embajada. La vio salir mientras él se acercaba y no le dio tiempo de improvisar, saludarla, ¿seguirla y decirle alguna tontería?, «te vi salir, hola, yo trabajo aquí desde hace un mes, me llamo Javier. ¿Te puedo ayudar en algo?», ¡una sandez! Además, no importaba porque simplemente se había quedado sin reacción. Dentro preguntó, con disimulo, quién era esa chica que había salido. No hubo mayor respuesta: ni siquiera había dicho su nombre, tan sólo había preguntado, de manera rápida, si había algún evento cultural próximo que organizara la embajada.

Javier no había indagado más, para no llamar la atención, sobre todo porque era un hombre casado y su esposa e hijo, allá en Lima, se mudarían a Londres en los próximos meses. Aun así, como encargado del área cultural, se animó a decir: «Si regresa pídanle sus datos, así la ponemos en nuestra base de contactos para invitarla cuando haya alguna actividad».

¿Podría escribir sobre esa chica sin conocerla?, ¿algún microrrelato o cuento?, ¿un personaje de novela? No, la imaginación no le daba para tanto. Todo lo contrario: quería conocerla en la realidad, no en la ficción, por lo que se decidió a hablarle la próxima vez que se la cruzara. Animado por esa determinación, volvió a mirar por la ventana: la lluvia arreciaba. Sus pensamientos retornaron a la historia que quería empezar a escribir.

Tolstói. El escritor ruso vino a su mente junto con uno de sus libros favoritos: la saga autobiográfica originalmente compuesta por tres novelas, pero reagrupada bajo un solo título: Infancia, Adolescencia y Juventud. Poco explorado por la academia, quizá Tolstói habría sido el primero en escribir autoficción; lo cual, para Javier, acrecentaba su aura de escritor genial. No eran «memorias» como creían algunos, sino la vida de Tolstói como él mismo la vio y la quiso ver a través de la ficción. ¿Para qué cambiar los nombres de los personajes si no? Una frase de la saga volvía a la mente de Javier: “Había cumplido la mejor y más noble finalidad de esta vida: morir sin lamentarlo y sin miedo”.

Qué frase tan potente, pensó Javier mientras la lluvia caía con más fuerza y él continuaba adormeciéndose sentado frente a la ventana. Una frase dura del siglo XIX, en términos morales y religiosos que él no compartía, pero que igual lo hacía reflexionar: ¿quién podía vivir y morir sin arrepentimientos? Todo lo contrario, estaba convencido de que el ser humano era un amasijo de contradicciones; un ser débil y adolorido que batallaba a diario para sufrir menos. Los conceptos del «bien» y del «mal» no tenían mayor cabida para él en un mundo donde la escala de grises era la regla general por excelencia. Arbitrario y relativo, sí, pero más real que los latidos mediocres de un corazón sin sueños.

Y exactamente aquello era lo que buscaba plasmar en la novela que quería escribir. Un personaje histórico que muy bien podría haberse visto como un paradigma de virtud y grandeza; pero que, en realidad, habría vivido lleno de remordimientos por cada uno de los errores cometidos. Al mundo se venía a errar y a intentar, al menos intentar, construir a partir de los errores: desde una silla rústica donde sentarse, a un fusil, un trasatlántico o la idea de una nación. O construir algo tan sublime e ilusorio como la llamada «libertad».

La lluvia cayó con más fuerza y Javier, decidido, saliendo de su letargo, se paró de un brinco. Había algo que debía hacer para sacudirse de esa modorra que enturbiaba su mente: ir al bar de la esquina (seguramente desierto), beberse un trago de cerveza o sidra y leer un buen libro. Tan sólo una decisión simple, y que la vida hiciera el resto.

*

Aquel domingo en la tarde no había nadie dentro del pub. La lluvia torrencial había espantado a todas las almas londinenses, al menos las que solían moverse en el corazón de Chelsea. En la esquina de King´s Road y Radnor Walk se encontraba uno de los locales favoritos de Javier. No sólo la cercanía a su departamento, sino ese placentero ambiente cultural británico de ocio y sidra de bayas silvestres. Apenas se mojó la punta de las zapatillas Converse bajo su paraguas y tras los tres minutos que le tomó llegar. Al lado de un vaso con abundante hielo, del que bebía pequeños sorbos pausados, sentado en la mesa esquinada de siempre, disfrutó de una grata soledad mientras leía las primeras páginas de una nueva novela.

Ella entró. Ni tan alta de estatura, sin muchos kilos de más, no demasiado guapa; aunque con cejas bien negras y abundantes, naturalmente delineadas, que imprimían un sello de elegancia y finura. Una chica normal que sobresalía. Se sacó la casaca turquesa y la colgó en el perchero junto con una bufanda de motivos tribales de distintas tonalidades naranja y marrón. El paraguas, en el estante de metal debajo. Tras aproximarse a la barra echó un rápido vistazo, inmutable, a Javier. Se desplazaba con aplomo y su piel dorada, como la de un camote recién salido del horno, resplandecía en el ambiente opaco del pub. A pesar de la distancia, Javier también pudo notar el brillo de sus ojos verdes. Faros, en medio de una noche de viento intenso y mar violento, que alumbraron la sidra frente a ella. Al vaciar su botella en un vaso con poco hielo, giró y ambos cruzaron miradas.

Con esa leve sonrisa desde la barra, apenas perceptible, pero viva y penetrante, Javier creyó que ya estaba enamorado al sesenta por ciento. Al setenta cuando, al pasar al lado de su mesa y frente a él, notó que el color de sus ojos era verde helecho. Y pensó que si formaba un rectángulo con los dedos índice y pulgar de ambas manos y lo colocaba en dirección al rostro de ella, haciendo un tipo de plano de cámara donde sólo aparecieran las cejas y los ojos, el resultado sería abrumador: esa chica, a pesar de su rostro ordinario, era hermosa. Un helecho trigueño de tallos gruesos y delineados. Enamorado al ochenta por ciento. El veinte restante, lo sabía, lo conseguirían las palabras.

Por fin la volvía a ver. Por fin, a solas. Le hablaría como se lo había prometido; quería pararse y dirigirse a ella, pero algo lo inmovilizó. «¿Qué me ocurre? No puedo dejarla ir de nuevo», pensó Javier. Como si sus palabras resonaran en medio del bar grisáceo y como si ella las entendiera y acudiera a un llamado, se acercó hacia él.

—¿Será la cuarta o quinta vez que nos cruzamos? —preguntó ella, parada al lado de la mesa, mostrando una sonrisa imperceptible para el mundo, aunque dirigida a Javier.

—La sexta, en realidad —dijo él. Tragó saliva y carraspeó para aclarar la garganta—. Las cuatro primeras veces intercambiamos miradas. La quinta vez compraste una ensalada, para llevar, en la zona de comida de Harrods y te fuiste. Fue el lunes pasado. Y la sexta, este viernes. Te vi salir de la embajada del Perú. En esas dos ocasiones no me viste.

—Y resulta que también bebemos lo mismo. Vi tu botella desde la barra. ¿Algo más en común además de encontrarnos en la calle durante las últimas semanas, beber la misma marca de sidra y toparnos aquí con esta lluvia que espanta hasta a las hormigas? —Esta vez hubo un gesto de coquetería. Sin preguntar, con esa elegancia que emanaba con naturalidad, movió una de las sillas y se sentó junto a Javier. Éste, evidenciando primero sorpresa y luego un gesto como «perdona que no te haya invitado a sentarte», pasó a una sonrisa cómplice.

—¿Qué me dices de la literatura?, ¿te gusta leer novelas? —preguntó él sin saber si ese tema resultaría táctico para iniciar la conversación.

—Me encanta, sí. Desde la barra noté también que leías; pero antes de decir que es un tema en común, me gustaría saber qué lees ahora —respondió y dio un trago a su sidra.

Javier, que había cerrado el libro desde que ella se aproximó a él, como un acto reflejo, se percató que ocultaba la portada con sus brazos apoyados sobre la mesa. Lo alzó y mostró. «Pues esto. ¿Qué me dices?, ¿te suena a algo?». Ella agrandó sus ojos y soltó una inesperada carcajada, y negó con la cabeza como si algún tipo de coincidencia acabase de ocurrir. Javier, observándola, sintió que aquellos gestos lo apaciguaban como si lo mecieran en su silla. Se hizo con la imagen de que la conocía de años.

—Así es que Aves sin nido de Clorinda Matto. Vaya sorpresa —dijo ella.

—¿Conoces el libro?, ¿lo has leído? Perdona, no quiero sonar brusco. Me sorprende que sepas de él cuando sucede lo opuesto con la gente de mi país, a pesar de que compartimos con Matto la misma patria.

—Sí lo he leído. Conozco muy bien el libro. Tu país también. Mira tú, ya se nos abrieron varios temas de conversación. Iremos poco a poco, pero primero déjame preguntarte por qué lees exactamente ese libro. ¿Sabes que Clorinda Matto fue la primera indigenista y una de las primeras voces feministas de Sudamérica? —preguntó ella mientras daba un nuevo sorbo a su sidra y mantenía una sonrisa que, esta vez, entremezclaba la curiosidad y la sorpresa. Sus ojos brillaron con un tono verde lima.

—No lo sabía. Me enteré cuando, no hace mucho, investigué algo de ella en internet. Recuerdo haber escuchado sobre la novela en el colegio, pero se me pasó la vida y recién he podido adquirir una copia. Irónico, hablo mal de mis compatriotas por desconocerla y yo recién la estoy leyendo.

—Ya veo. Sin embargo, aún no me has respondido. ¿Por qué la lees? Y, ya de paso, ¿te está gustando?

Javier miró alrededor. Nadie. El lugar era exclusivamente para ellos dos. Y esa chica sentada frente a él no solo había captado su interés con dos o tres frases, sino que también había demostrado ser muy inteligente. Una situación que lo hipnotizaba y que no dejaría escapar.

—Recién había empezado con las primeras páginas cuando entraste al pub. Verte por séptima vez me distrajo —soltó una risa; pero ella, inalterable, seguía atenta a sus palabras—. Compré el libro porque quería leer novelas peruanas escritas en el siglo XIX. Me fascina ese siglo.

—¿Por qué te fascina? —replicó sin alterar gesto alguno.

—Por… —dijo él y se rascó la cabeza—. Me interesa el proceso de independencia de los países americanos, así como la aparición de los distintos problemas de las nuevas repúblicas. Y saber ahora que Clorinda fue la primera indigenista y feminista es un valor agregado que enriquecerá mi perspectiva.  Además, me lo recomendó un amigo porque…

«¿Habré hablado de más?», pensó Javier con preocupación. ¿La asustaría con su rollo medio académico? No quería sonar como alguien soberbio.

—Vamos, termina —le pidió ella cuando él dudó y desvió la mirada—, no te cortes ahora después de ese discurso.

—Deseo incursionar en la creación literaria y quiero escribir una novela sobre un personaje histórico. Mi amigo me dijo que leyendo a Clorinda podría ambientarme en la época y el contexto social —respondió sintiendo que empezaba a traspirar.

—Ya veo, ¿y quién es el personaje histórico? —dijo ella con un nuevo brillo en los ojos que hizo cambiar la tonalidad de verde. ¿Sería posible?

—Andrés Avelino Cáceres Dorregaray —sentenció Javier con una sonrisa orgullosa.

—Vaya, me sigues sorprendiendo. Y perdona que te haga tantas preguntas, pero como habrás notado has captado mi interés.

—Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

—Te lo diré, pero primero dime tú el tuyo —dijo ella. Torció los labios y levantó las cejas—. Yo me acerqué a tu mesa y te hablé primero, así es que compláceme con ese pequeño detalle —agregó con una sonrisa—. Y luego, me comentas por qué elegiste a Cáceres.

—Mira tú, venimos conversando desde hace rato y no sabemos nuestros nombres. Curioso, ¿no crees? Y no me sorprende lo más mínimo. Como si…

—Como si no importara, cierto. Eso significaba que lo estamos pasando bien —dijo y guiñó un ojo. Verde por todas partes, iluminando el bar, los vasos de sidra, la lluvia allá en la calle.

—Javier Perea. Ya entendiste que soy peruano, ¿cierto? Trabajo en la embajada. Por eso te vi el viernes. Quise acercarme a saludarte, pero me ganó la duda.

—Todo sucede por algo —dijo ella y se llevó la sidra a los labios. Dio un trago, hizo una pausa y agregó—: Es más divertido habernos encontrado aquí, conocernos hoy. ¿Qué más sobre ti?

—Siempre he querido escribir —dijo complacido—, y sin embargo se me pasó la vida con los estudios y después trabajando. En la oficina, aquí cerca en Sloane Street, coincidí un par de semanas con un colega, Arturo Cáceres, antes de que volviera al Perú. Desarrollamos rápida empatía porque él también estaba interesado en la literatura y ya había empezado a escribir su primera novela: un tema que ocurrió en Moscú, donde trabajó antes de venir a Londres. Un amigo suyo murió de una manera extraña. Te puedo contar esa historia otro día, si gustas.

—Tal vez. Sigue, que te escucho. —Javier notó que ella había tratado de poner paños fríos a ese desvío deliberado que buscaba ver su reacción sobre otro posible encuentro. Un tanteo como decían los peruanos. A esas alturas, pensó él, ambos ya se habían dado cuenta de que se gustaban.

—Arturo me dijo que, se supone, por lo que le contaron a él, es pariente directo de Andrés Cáceres y tenía deseos de escribir una novela relacionada con él. Como se empezó a ocupar en su novela moscovita y yo le caí bien, me cedió el tema, por decirlo así, ya que yo también tenía interés.

Elevó el vaso, simulando un brindis y bebió un trago sin esperar que ella chocara el suyo. Continuó:

—Y es lo que quiero hacer. Me llama la atención el rol militar y político de Cáceres. Fue héroe de guerra y presidente del país. Debe ser uno de los personajes más importantes en la historia del Perú. Aves sin nido, como te comentaba, me ayudará a comprender algunas cosas desde el punto de vista histórico y literario. Además, la  autora fue cacerista e incluso expulsada del país por sus preferencias políticas.

—Conozco la historia de Clorinda Matto —dijo ella. Esos ojos ¿esmeralda, olivo? tan brillantes embobaban a Javier—. Migró a Argentina y fundó la revista femenina Búcaro Americano, y desde el periodismo procuró luchar en favor de la emancipación e igualdad de la mujer. Todo un suceso, ¿no crees?

Ambos sonrieron con un gesto cómplice. Javier levantó su vaso de sidra una vez más, dijo salud, lo chocó contra el de ella, sin esperar que lo terminase de levantar, y le dijo: «¿Me contarás algo sobre ti? Mira que ya me generaste intriga desde que conoces todas estas cosas. Vamos, es tu turno». Ella se puso de pie, apuró lo que quedaba en su vaso y le dijo sin darle mayor importancia: «Será otro día». Ante la mirada sorprendida y ruborizada de Javier, agregó sin reprimir una risa: «Mentira. Voy al baño. Piensa en qué me vas a preguntar y, mientras tanto, pídeme otra sidra. La misma marca».

Pasada la sorpresa, Javier terminó su sidra, fue a la barra por dos más y, al regresar, trató de asimilar de manera rápida lo que venía ocurriendo. ¿Destino o casualidad? La chica que había robado su mirada y curiosidad, desde que se mudó a Londres pocas semanas atrás, se había convertido ya en una referencia entrañable de la ciudad. No tan guapa, pero hermosa; y más aún cuando la oía expresarse con tanta naturalidad, interrogar con sensualidad, mirar con aplomo. Se rio: era un encuentro histórico fuera de registro, una magia del tiempo. Mutuo interés literario, académico y parecía que hasta erótico; ¿se podía pedir más?

Su pensamiento se desvió. Miró alrededor de nuevo: el bar vacío, la bartender ensimismada, el ambiente grisáceo, la lluvia que no cesaba y su corazón latiendo. Por ella y por el Perú. Había sido sincero: tenía gran interés por el siglo XIX. Una pasión, acaso una obsesión, por un país al igual que por una chica de ojos verdes que uno ve seis veces en la calle.

Agachó la mirada y se concentró en el suelo: sólo entendiendo cómo había empezado todo, uno podría tratar de comprender a un Perú actual aún dolido y que arrastraba los traumas de sus procesos históricos. Un país que intentaba encontrar un camino que, a puertas del bicentenario de la independencia, pudiera consolidar una idea en común, un imaginario colectivo y orgulloso que permitiera enfrentar el futuro con un mayor sentido de identidad. Algo le decía que aprendería mucho más con ella a su lado.

Un ligero y cariñoso golpe en la cabeza lo sacó de su trance. Una mirada íntima y risueña lo devolvió a esa realidad tan inusual. «¿Tan concentrado estabas en las preguntas que me vas a hacer? Vaya que te lo tomaste en serio. ¡A ver, suéltalas!». El tono ¿helecho? de sus ojos brilló. Por un momento, Javier pensó que el color trasmutaba a uno lima. ¿Sería el reflejo de un estado emocional? Se la veía expectante debajo de esas cejas tan cautivadoras y el brillo dorado de sus brazos, su cuello, su rostro.

—¿Cómo te llamas?

—¡Tanto misterio para eso! —soltó una carcajada mientras sus dedos coquetos jugaban con su cabello. Tomó asiento.

—En serio. Es lo primero que quisiera saber de ti. Luego, abrazaré todo.

—Qué lindo. —Esta vez fue ella quien se ruborizó—. ¿Quieres adivinarlo? Mi nombre es igual al de otra mujer que, de una u otra forma, está aquí.

De manera automática, Javier miró alrededor. Nadie excepto por la chica de la barra. Aburrida, miraba su teléfono y se llevaba a la boca algunos frutos secos de un pequeño recipiente. Negó con la cabeza y luego, con incredulidad, como diciendo «de quién diablos estás hablando», miró a su acompañante. Ella, moviendo la nariz y sonriendo con picardía, señaló el libro en medio de ambos.

—¿Me estás tomando el pelo?, ¿en serio me vas a decir que te llamas como la escritora?

Clorinda abrió las manos y las elevó como diciendo así es la vida, no es mi culpa, qué sorpresa, ¿cierto?

—Creo en el destino, Javier. Que la vida es circular. Que todo está dicho y hecho, como en la literatura y la filosofía, como en la historia de la humanidad, y que el resto son ecos repetitivos en diferentes magnitudes y composiciones. Incluso para algo tan insignificante como los nombres.

—¿Y ahora me vas a decir que eres filósofa? No me sorprendería.

—No, soy historiadora —dijo ella, acomodándose sobre la silla y enderezando la espalda—. Trabajo en la Biblioteca Británica; pero bueno, por lo visto ambos somos capaces de mantener una conversación interesante y no creo que mi discurso te sorprenda mucho, ¿a que no? Los rollos académicos que me has soltado son para espantar a cualquiera, pero a mí me han encantado.

—Tal cual. Sólo te diré que me parece extraño que una británica se llame «Clorinda». Porque eres británica, ¿cierto? Y ahora que lo pienso, en realidad eres la primera mujer que conozco, en mi vida, con ese nombre.

—Británica, sí. Mi padre me llamó así. Él es un viejo admirador de Clorinda Matto. Me puso el nombre por ella. Estoy segura de que esta vez no me crees.

—Si me dices que es verdad te creeré, pero es cierto que esto me parece muy extraño. Demasiada coincidencia.

—¿O destino? —Clorinda guiñó un ojo.

—No sé qué decirte. Soy un poco más descreído y cínico en la vida —dijo Javier.

—Pues es verdad lo de mi nombre. Es más, ¿te digo otra cosa para que te rías de esta situación?

—Ya estamos aquí y sospecho que no será la última vez que te vea. Así es que, sí, cuéntamelo todo —dijo con entusiasmo.

—También voy a empezar a escribir mi primera novela. Y al igual que en tu caso, es sobre un personaje histórico, aunque británico. ¿Qué me dices de eso?

Javier arqueó una ceja, la miró con sorpresa y exhaló con un soplido. Se rascó la cabeza y carraspeó un par de veces.

—Siento que la lluvia torrencial de allá afuera fue el inicio del fin del mundo —dijo él—. Que ya estamos muertos; y esto que está sucediendo, aquí entre ambos, es una especie de limbo existencial o el sueño de una tercera persona. De esas cosas raras que seguro te gustan.

Clorinda cogió Aves sin nido con la mano derecha, miró la portada, se la enseñó a Javier y le preguntó: «En serio, ¿qué piensas de todo esto?».

—Te creo. Es tu nombre y ambos hemos coincidido en un momento curioso en el que queremos escribir ficción sobre personajes históricos de nuestros países. Sí, tal vez me vas a hacer creer en el destino. ¿Sobre quién quieres escribir?

—Ahora sí, te prometo, te vas a caer de espaldas. —No cabía más sonrisa cómplice y coqueta en el rostro de Clorinda. Se le veía animada. Todo ella era un sol esmeralda, oliva, lima, en un universo paralelo.

—Ya nada me sorprende. Aunque algo me hace creer que me caeré de la silla. —Javier le guiñó el ojo.

—¿Te suena el nombre Lord Thomas Cochrane?

—¿Estás hablando en serio?, pero ¿qué diablos está sucediendo hoy? Seguro la lluvia es ácida, ha matado a todos y esto se ha convertido en una distopía entre dos tipos raros y una bartender aburrida —respondió con más asombro.

—Es muy en serio. Mira, tú aquí, un peruano interesado en el siglo XIX, conversando conmigo y yo que quiero escribir sobre un oficial naval que contribuyó con la independencia sudamericana.

—¿Te gustan los mismos temas del siglo XIX que a mí? —preguntó Javier entrecerrando los ojos.

—Pues sí. El nacimiento de nuevos estados, la lucha por consolidar proyectos en medio de diferentes problemas sociales, culturales, económicos. Todo eso que dijiste. Y me atraen también, igual que a mi padre, el indigenismo y el feminismo. Créeme, por ese motivo llevo con orgullo mi nombre. ¡Hasta algunas veces me siento más peruana que británica! Y cuando sucede busco por todo Londres un buen ceviche, un jugoso lomo saltado, una causa de cangrejo, un arroz chaufa, ¡hasta un helado de lúcuma! Te parecerá una locura, pero incluso me pongo a escuchar a Daniel F y a Leusemia. Adoro sus canciones.

Clorinda dio un nuevo trago de su cidra. No podía dejar de sonreír y Javier vio, con placidez, que la bebida se le escapaba por la comisura, humedeciendo ese bello rostro al que ya quería acariciar.

—Estoy gratamente sorprendido. Tenemos muchas cosas que conversar. Tantos temas en común. Pero, déjame preguntarte, yo te respondí el motivo por el que escogí a Cáceres, ¿tú por qué a Cochrane? Podría equivocarme, pero no creo que haya sido una figura tan gravitacional en tu país. Sé que como oficial de la Marina Británica hizo grandes cosas, aunque tampoco fue un Nelson contra Napoleón ni mucho menos vital y decisivo como Cáceres para el Perú.

—La respuesta es más simple —dijo Clorinda con elegancia y seguridad—. Es mi ancestro. Mi interés es el siguiente, escúchame: toda persona es complicada y contradictoria, no entraré a distinciones moralistas sobre el bien y el mal, ni en cuestionamientos atemporales, pero lo cierto es que fue un hombre bien intencionado. Sus acciones contribuyeron, de todas maneras, a una causa noble en Sudamérica; y cuenta la leyenda que una niña llamada Clorinda Matto lo conoció en Londres, pocos años antes de morir, en un viaje del que no quedó registro histórico. —Terminó hablando rápido y esbozó una sonrisa tan grande que se le cerraron los párpados. Unos sutiles hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Al abrirlos, Javier detectó un tono de verde esmeralda, como si fuese el color del orgullo.

—Mira, Clorinda; si no me caigo del asiento como temías antes, es porque quiero evitar pasar vergüenza contigo. Dicho eso, estoy impactado, impresionado. Es un domingo de locos.

—¿Quieres escuchar más?

—Dios mío, ya no sé en qué parte de mi cabeza podría entrar tanta información. ¿Hay más? El mundo debe haber acabado hoy, como creí, y estamos viviendo un sueño distópico.

—Qué imaginación tienes, Javier —dijo ella, complacida—. La realidad, como se sabe, siempre la supera. Cochrane tuvo un hijo bastardo. Desconocido e ignorado por la historia. Alfred. Yo soy su descendencia. Vivió en el Perú y fue amigo de Clorinda. Parece, incluso, que tuvieron un romance.

—¡Será posible!, ¿me dirás que también eres descendencia de Clorinda Matto?

—Ahora estás siendo irreal y exagerado, Javier. ¿Cómo se te ocurre? Eso sí sería de locos.

Ambos rieron. Le dijo a Clorinda que iba al baño, que por favor no se fuera y que le siguiera contado más historias alucinantes a su retorno. Ella, cerca de terminar de beber la sidra de su vaso, le pidió que, a su retorno, fuese tan amable de traerle un vaso con agua de la barra.

Hizo todo en cinco segundos. Al regresar con sendos vasos, Clorinda bebió un trago con esa desenvoltura que seguía intacta y que, ahora, con mayor fuerza, acrecentaba su belleza. A Javier le pareció notar que sus ojos, esta vez, tenían un brillo de color oliva, dando la apariencia de que ella gozaba de cierta calma placentera. Una locura que el color de sus ojos cambiara de tonalidad según el estado de humor o emocional. Un atractivo mayúsculo que terminó enamorándolo más a pesar de que ya había llegado al cien por ciento.

—¿Entonces quieres escuchar algo más, Javier?

—Siempre. Sólo dices cosas que me interesan. Tal vez no exista un mañana y será mejor si hoy se me revelan los misterios del universo. Parece que tú los conoces.

—Has regresado más gracioso del baño. ¿Sabes quién fue admiradora de Clorinda, amiga de ella y futura escritora?

Javier se recostó sobre su asiento y desvió la mirada por un instante, a pesar de que no quería dejar de mirar a Clorinda ni un segundo. La lluvia allá afuera arremetía. El bar seguía vacío y la chica de la barra había desaparecido también. La opacidad del ambiente se mantenía, pero Clorinda… ¿sus ojos podían brillar aún más?

—¿Quién? No tengo ni idea.

—La hija de tu Andrés Cáceres. Zoila Aurora Cáceres Moreno. Se presentaba como Aurora, o con su seudónimo Evangelina, y fue una de las primeras mujeres escritoras modernistas y feministas del siglo XX. Estoy segura de que eso no lo sabías, ¿cierto? En realidad, se dice que con ella empezó el feminismo en el Perú.

—¡Impresionante! —dijo Javier a punto de beber del vaso con agua, pero lo dejó a medio subir, suspendiendo el brazo en el aire—. No tenía ni idea… Ahora ya estoy al nivel de mis compatriotas a quienes criticaba por no conocer Aves sin nido. En el fondo, veo que conozco pocas cosas. Qué privilegio ser tú y tener acceso a toda esta información por el lado de tu familia y, supongo, gracias a la Biblioteca Británica.

—Sí y no. Existió mucha información sobre Aurora debido a su activismo político y, además, porque escribió muchos libros; pero todo esto fue olvidándose poco a poco. Increíble, ¿no crees?, que la hija del histórico machote militar, tan importante o incluso más que su padre, haya sido olvidada porque, en simple, no fue un hombre que participó en la guerra, se convirtió en héroe y llegó a presidente. ¿No te parece injusto? Felizmente hay intentos por retomar su figura. Estamos en el 2014 y una novela suya, La rosa muerta, cumple un siglo desde su primera publicación. Y fue reeditada hace poco para evitar que desapareciera del todo.

De pronto, la lluvia se detuvo y la chica de la barra, como reavivada, volvió a aparecer. Levantó la voz y preguntó si querían beber algo más. Ante el silencio dudoso de Javier, Clorinda respondió que no, gracias, que ya se iba. Javier lamentó oírla porque ese extraño y mágico momento llegaba a su fin. Aun así, trató de mantener el ánimo.

—Tienes razón en todo. Da para pensar muchísimo. Me impresionas, Clorinda. Estoy contento de que, por fin, nos hayamos sentado a conversar. Cuéntame un poco más antes de que te vayas, ¿sí? No creo que Aurora haya tenido también un romance con Alfred Cochrane, ¿verdad? ¿O que tú misma, entonces, seas descendiente de Cáceres?

—Veo que tienes una gran imaginación, Javier, aunque nada de eso —respondió con una renovada sonrisa—. Me gustaría contarte más cosas, desde luego, pero tengo que partir. He quedado con una amiga por aquí cerca y ya se me hizo tarde. Te dejo para que sigas con Aves sin nido. Al menos hemos conversado bastante y te he deslumbrado con todas estas coincidencias y conexiones, ¡a que sí!

—¡Espera! Una idea excéntrica —dijo él de manera apurada—: ¿Y si inventamos un romance ficcional entre Alfred y Aurora y lo incorporamos a nuestros libros sobre Cáceres y Cochrane? Podríamos unir las historias de esos dos grandes personajes, así sea sólo en la ficción. Nuestros libros quedarían también enlazados. ¿Qué piensas?

—Que desde que entré al pub y te vi, tras haber cruzado miradas contigo en la calle tres, cinco, diez veces, ya perdí la cuenta, supe que terminaríamos construyendo algo juntos. Conversaremos sobre tu idea en nuestra segunda cita. ¿De acuerdo?

—¿Entonces esta fue una primera cita? —preguntó Javier con todo el entusiasmo y astucia que había guardado para un momento final como ese—. Si me dices que sí, entonces ya sabes cómo terminará este encuentro. No te podrás ir sin darme un beso. Bueno, tampoco me mires así, porque por lo menos me darás un abrazo, ¿cierto?

Ambos se miraron con intensidad y se rozaron, con timidez, una mano sobre la mesa. Sus emociones coincidían: nada como la primera vez en que dos personas, que intuyen que estarán juntas, se conocen, conversan, se interesan el uno por el otro, se escuchan con pasión e imaginan acariciándose no sólo la piel sino también las palabras y hasta los pensamientos. Javier miró sus ojos con intensidad y notó el brillo de un nuevo tono de verde: uno trébol que lo invitó a ponerse de pie, acercarse y abrazarla.


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FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) Profesor, escritor, traductor y editor. Ha publicado una veintena de libros entre ensayo, poesía, cuento y novela, entre los que destacan Meditación de Odiseo a su regreso (poesía, 2001), Hombre de la honda y de la piedra (poesía, 2007); El día de La Cruz (novela, 2007); Antífona de las islas (poesía, 2014); Del tránsito de las almas (poesía, 2018); Ramas de álamo y otros poemas (poesía, 2022) y A veces suceden cosas (cuentos, 2023). Ha obtenido el Premio Nacional José Soler Puig 2007, en novela, y el Premio Adelaida del Mármol 2001; Julián del Casal de la UNEAC 2007 y La Gaceta de Cuba 2018, en poesía. Además cuenta con más de veinte libros traducidos, lo que le valiera el Premio Nacional de Traducción José Rodríguez Feo en 2012.


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Este es el día, piensan milagrosamente a la misma hora doce de las cuatrocientas mil cabezas que cada día rompían sueño y ansia contra los arrecifes del destino en La Cruz. Son las ocho de la mañana. La ciudad se despereza desde su lecho a los pies de unos cerros calvos, entre dos riachuelos fatigados. Semeja el absorto esqueleto de un descomunal cetáceo que, inexplicablemente, hubiera decidido suicidarse lejos de su hábitat de gélidas honduras, en este llano arenoso entre palmas, ceibas y yagrumas. Estas, en su abundancia de volubles penachos que muestran al aire ora el verde profundo de su faz, ora su plateado envés, daban nombre al país. El sol de Isla Yagruma blanquea y pulveriza la osamenta del leviatán con la eficacia de un boticario que prepara sus ungüentos en el mortero. Las barriadas se estiran hacia los cuatro vientos, vértebras que se desprendieron del espinazo fósil. Los muros, los tejados, el asfalto, los laureles, almendros, álamos, palmas, mangos y ficus comienzan a cederle al sol el húmedo aliento de la noche. La Costurera Alemana, como todas las mañanas de Dios y de los hombres, abre los postigos del cuarto de costura, pero en su pecho revolotea un ave rara. Cree que hoy conseguirá su mejor confección y espía su sueño. La Lavandera Jamaiquina se apresura con la demolición de la pirámide de ropa que sus puños deben adecentar. Tendrá visita temprana y deberá atenderla pronto para luego descifrar su ansia, así que canta. El Negro Estibador ya puja y suda a raudales acarreando sacas de azúcar. Pero su mente está en otro escenario glorioso, así que se afana en revisar punto por punto la decisiva acción que liderará. La que llaman la Triple Ve busca la oportunidad para escapar un momento al trajín de la tienda y verse con Eulalio el Espiritista, que le ayude con sus dudas, pero este a esa misma hora piensa que precisamente hoy, por ser el día que es, no atenderá a nadie. La Mocita Gallega se despabila por el escándalo de la luz y los ruidos del ir-y-venir público y pide su desayuno. Siente que es un día como para dar gusto al cuerpo. El Muchacho de la Zarzuela está nerviosísimo con lo del estreno de esta noche. Se mira al espejo sin dejar de hacer gárgaras. El Vicario, tras la sesión coral con que se ha loado al Creador, se encamina, el estómago en brazas por la falta de alimento y por el empeño que lo desgasta, a anular el ayuno. El Agente Secreto, tras haberse aseado concienzudamente y desayunado, llega a su despacho con una carpeta de informes bajo el brazo, aséptico como las gasas de un cirujano, eufórico por el buen augurio de sus planes. El Morito Poeta entra a la tienda, da un beso a cada una de las Muchachitas, las dos mujeres que trabajaban con él. Celebra la flor que trae la Mantis, les pregunta si hay alguna novedad e inmediatamente alista su buró para trabajar un rato en la oda que quería terminar hoy. La Mantis, Victoria en el asiento civil, había salido de la casa cantando su bolero preferido, Dos gardenias. Sentía unos deseos inmensos de hacer algo que no sabía qué era, así que al pasar por el primer jardín que halló cortó unas mariposas, se las puso en el pelo y, en vez de tomar la guagua, decidió irse a pie hasta la tienda, a ver si por el camino adivinaba qué quería hacer. El Chinito Verdulero, una vez que ha descendido de su diaria migración por el sutil sendero del Tao, arregla verduras y frutas en tentación visual y abre su venduta al jolgorio de la Plaza. Todo y todos se disponen a cumplir su día, una jornada donde las dos cuchillas del reloj entablaban un duelo entre la realidad y el deseo. Por el azar que huracanado sopla sobre las voluntades, cada cual ha decidido que este será un día definitivo, su día


2

La luz irrumpe en la habitación que sirve de atelier a la Costurera. Al centro duerme dócil la vieja Singer con la que cada día deja constancia de sus afanes a su paso por este mundo. En la esquina sureste hay un gavetero que guarda botones, broches, zípers, cintas, ligas. Por el piso, cestos diversos, dejados en un descuido ordenado, que ornamentan la pieza y almacenan hilos, dedales, agujas, alfileres, tijeras, cintas de medir, lápices de marcar. En la esquina noroeste un gran armario de puertas con lunas que iluminan los cuerpos que viste la Alemana. Allí esperan, fantasmas que duplican a sus dueñas, blusas, vestidos, refajos, engañadoras –piezas que llevan las mujeres bajo el vestido para “engañar” con la exuberancia que gusta en el trópico–, batas, pantalones, shorts. En un estante, en el ángulo suroeste, abundan perchas y patrones, los moldes de cartón para diversas prendas. Rodeando la máquina, esos bustos de un escultor expresionista, los maniquíes, cuerpos mutilados de cabezas y extremidades, para que nos fijemos en la estructura no en los detalles, sobre los que se van armando las piezas, hasta adquirir la forma de los cuerpos que vendrán. En una esquina, ancla un alto aparador, un galeón cargado de linos y organdíes, satenes y driles, percales y sedas, mezclillas y gabardinas, popelines –poplín al decir criollo– y piqués, terciopelos y rasos, hasta el cansancio barroco. En esas telas, entre estos objetos e instrumentos, vuelca la Alemana su vehemencia por ejercer la ternura y la fantasía que, en otras formas, se le niegan. Aquí se olvida del mundo, se siente crecida y fuerte. A veces sonríe. Otras, suelta la aguja o el pedal y se queda como flotando en una órbita de ensueño. En aquella estancia próxima a la calle llena de ruidos, figuras y movimiento, pertrechada de sus herramientas y sus indefectibles bifocales que le permiten la alternancia del aquí de las puntadas con el allá del grasiento trajinar de los estibadores en el almacén enfrente, compone su universo, mientras cose un día con el otro. Una vez abiertos los postigos, respira hondo la brisa que se apresura adentro, con olores de azúcar, músculos resudados, bostas aún calientes y el amargo resabio de un viejo cedro que sombrea la esquina. Otea su horizonte, con persistente y repetido detenimiento, hacia donde los fornidos hombres descargan un camión. Saluda, Buenos días, con una sonrisa que inaugura continentes. Negrro, cuando tenga tiempo necesito de usted un favorr, con su arrastre de pétreas erres solicita a un negrazo de esos que parecen el genio de la lámpara, a la vez que se acomoda los cabellos. Ya en sus cuarenta, preserva su figura. Ha conocido la preñez solo una vez y liquidó sus rezagos con una dieta austera, reforzada por sus constantes estreñimientos, lo que añadido a su indetenible abejeo en el hogar mantiene sus carnes ceñidas. Aún suscita callados elogios: el estómago liso, el pelo pajizo que esconde bien las primeras canas. Un rostro de nariz recta, labios delgados, ojos azules y límpidos, índices de una sensualidad agazapada. Únicamente la proximidad de un close-up dejaría ver las primeras grietas del paso de las estaciones, acentuadas por ciertos gestos para evadir el sol o para concentrarse en su labor. Tras la fatiga diaria de decirse y contradecirse en sus antojos, hoy había decidido que No espero más. Este no sería un día como los otros sino el día, su día. Miles de puntadas habría dado mientras observaba aquel cuerpo de dura ácana, brillando al sol con matices violáceos, sudoroso, en vigorosos movimientos, como una maquinaria perfectamente lubricada. Con cada puntada fijaba un ardor que la dominaba en su intimidad.

Aquel no era el cuerpo que día a día pasaba a su lado, como un amanecer neblinoso, fofo, que poco a poco se distanciaba más, a pesar de los mismos escasos pasos que separaban a un cuarto del otro. El señor de ese cuerpo había decidido, cuando les nació el hijo, cederle su espacio cerca de ella. Luego, cuando el pequeño ya pudo estar en su propia habitación, razonó que él tenía un horario indefinido y para no causar molestias era mejor así. En aquella soledad acompañada la Costurera vio el tiempo escurrirse como la lluvia por las hojas del añoso almendro del patio. La desidia había cavado un espacio a la duda, la duda lo había ampliado a la curiosidad, la curiosidad lo cedió al ansia y el ansia lo acomodó para el deseo. Este crecía en sus adentros, como otro cuerpo que necesitaba hacer estallar aquel que lo contenía y refrenaba, para poder realizarse. Recurrentemente, tras haber visto un insidioso filme donde Lawrence Fishburne inflamaba la pantalla con su libido agresiva, se soñaba Desdémona asediada por un Otello que no le daba tregua, corriendo tras ella con su oscuro cuerno de rinoceronte. La perseguía sin dejarla respirar, hasta que, ya sin resuello, caía frente al cuerno nervudo, aterrorizada, y él la encentraba con saña, absorta, la perforaba, gozosa, la izaba como una bandera de victoria en su asta, satisfecha. La representación grotowskiana pero no grotesca se enseñoreaba en su cuerpo y lo hacía arder como una bengala. Aquella violencia, al parecer dolorosa, producía un estado de encandilamiento en su ser que la empujaba a solicitar un encore, y otro y otro, ¡Bravo! Que la aplaudiera el público a ella corita, una moderna Isadora, fogosa y temeraria, realizando su vocación artístico-erótica sublimada. Lo angustioso es que ciertas noches ansiaba la reiteración de aquel sueño, la posesión violenta, e intentaba convocarlo visualizándolo, pero su imaginación insuficiente de experiencias nunca se aproximaba a las poderosas visiones del inconsciente. Cuando estas se desataban, era como si todo el calor del mundo se adueñara de su cuarto, de las sábanas, de su piel. Un fogaje abrasivo la poseía desde dentro, le despertaba un odio cruel por cuanto la rodeaba, corría en cueros a ducharse y rezar y rezar, para alejar al demonio que venía a cocinarla en las pailas de la lujuria. Tras la convulsa experiencia la sacudía la luz del día cerca de un Yago blando y abúlico que, por educación, de vez en vez, como una peregrinación, venía hasta su cama a vaciar sus fluidos en ella, hendida como un surco árido.

En la ecuanimidad de su recogimiento espiritual, leyendo los Evangelios, se asombraba de que su mente, luterana y abstracta, musical y filosófica, se hubiera iniciado en aquella creciente lubricidad. Esto la angustiaba, Perdóname Señor, y la abochornaba ante esa otra que sabía de lo razonable y lo moral. Sin embargo lo que la mente expurgaba, el cuerpo lo solicitaba. En los momentos de recogimiento, la mente gobernaba y a empujones de vergüenza echaba los sentimientos morbosos, pero la carne tenía sus potencias. De modo que los sueños la sorprendían y Otello la acometía, corría tras ella, un campeón de torneo, su hombría desenvainada, ella con las piernas en V, Churchill que saluda la victoria inminente, sin poderse mover y como buscando el brutal topetazo. De día solía visitarla el deseo con visiones engañosas. Al recorrer la casa se sentía Grethel perdida en un bosque de penes, violáceos troncos de venas inflamadas que anunciaban un vigor irreductible. Una invasión córnea de su espacio venía desde la tentación a apoderarse de su lucidez y ecuanimidad. Íncubos se agazapaban en las cosas que la rodeaban: la negra piedra de río para machacar carnes, los plátanos erectos en el viandero, el suave e hinchado tubo de dentífrico, las chorreantes velas en los candelabros. Los palpaba para verificar su ensueño y solo lograba una desfalleciente lubricidad, ya no podía dejar de acariciarlos largamente, hasta que un sofoco, una creciente palpitación, una dilatación de su pozo, la obligaban a correr de aquella belicosa penetración en sus dominios. Escapaba al baño y se ocultaba bajo la ducha, adelantando la pelvis para que el frescor sosegante cayera allí, directamente en el centro de su agonía. Permanecía largo rato bajo la fina llovizna hasta que su mente ganaba claridad y el dentífrico era un dentífrico, la vela, una vela y ella una mujer que cosía y aguardaba su momento, a la luz de un postigo abierto al sueño.


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La hija del tiranosaurio

CUENTO DE LA ANTOLOGÍA LATINOAMÉRICA EN PIEL DE MUJER


Milia Gayoso Manzur (Villa Hayes, Paraguay, 1952) Periodista y escritora. Realizó estudios de Periodismo en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción. Trabajó como periodista en los diarios Hoy, El Día y La Nación. Autora de una vasta obra, entre las que se cuentan En el parque de Gaudí (novela), Martín de los mangos y otros cuentos (infantil), La vecindad de los abrazos (novela juvenil) y Cruzaré el mar para encontrarte. Con Ilíada Ediciones ha publicado Gorriones bajo la lluvia, Todos somos libros. Antología de cuentos paraguayo (compiladora) y Lágrimas negras.


La hija del Tiranosaurio

Lo único que quería era llegar a casa. Me ardían el estómago y la cara. Siempre me ocurre cuando me pongo nerviosa, y esta vez tenía sobrados motivos para sentir que todo se derrumbaba sobre mi cabeza.

Salí corriendo de la reunión. Como cada mes, celebramos los cumpleaños en casa de una de las chicas, y en este octubre, tocó hacerlo en la residencia de Tuita Ferro Morales, cuñada de una de las homenajeadas.

Todo estaba perfecto: la decoración con hortensias naturales, los bocaditos comprados de Casa Fisher, la selección de jugos naturales, helados artesanales y tortas de varios gustos. La música era lo único que desentonaba: demasiado fuerte y chabacana.

No sé a quién se le ocurrió contratar a ese DJ que ponía temas horrendos.

Cuando estaba disfrutando de mi jugo de frutillas, Mela Bosio se acercó de manera sigilosa y con un pedazo de milanesita aún a medio masticar, me dijo que quería hablarme de algo importante.

Por favor, no quiero chismes de Hugo, le dije suplicante. La herida de la separación aún estaba al rojo vivo y me sentía harta de escuchar todo tipo de preguntas y consejos, o lo que es peor, chismes de con quién lo vieron una de estas noches en la chopería del puerto de Asunción.

No es de Hugo, sino de tu papá, dijo, tragando la milanesa y empujándola con un trago de gaseosa. ¿Qué le pasa a mi papá?, pregunté angustiada. Mi papá, el Coronel Eduardo Luis Mendieta, es uno de los seres que más amo en esta tierra, y vivo pendiente de su salud y bienestar.

Él no es tu papá, soltó Mela sin ningún preámbulo.

Claro que sí, le dije. No vas a venir a decirme quienes son mis padres…

Doña Cecilia es tu madre, pero el coronel no es tu papá, Dolores.

Repasé mentalmente mi nombre, Dolores Anahí Mendieta Zarratea, Dolores Mendieta Zarratea, Doli Mendieta…, la hija del Coronel Mendieta, la nieta del Coronel Mendieta Safuán, la hija de Cecilia Zarratea Pino…

Tenés que escucharme, Doli, conozco a una de tus hermanas de padre y ella quiere hablar contigo.

Soy la ex esposa de Fermín Alarcón Sauá, mamá de Rocío y Julián, mejor amiga de Rosita Valladares que hoy celebra su cumpleaños, soy la hija del Coronel Mendieta…

No te entiendo, Mela, qué es lo que tenés en la cabeza. ¿Cómo es eso de que mi papá no es mi papá? ¿Quién, según vos, es mi padre?

Mirate al espejo, me dijo. Mirate al espejo y vas a notar que tenés sus mismos labios y la forma de su cara. ¿Y tu pelo rubio? ¡Es igualito al de él!

Pero cuando veas a tu hermana, vas a notar que son como dos gotas de agua. Solo que ella tiene los cabellos más castaños, pero es idéntica a vos, hasta en la forma de caminar. Querrás saber cómo la conocí. Ella me buscó. En realidad, buscaba acercarse a vos a través de cualquiera de tus amigas, y me ubicó primero a mí.

Las dos son hijas de Alfredo Stroessner. Desgració a tu madre y a la de ella, las embarazó y como hizo con varias jóvenes, las casó con militares solteros de su confianza, para que fueran criadas en una familia. ¿Por qué pensás que nunca pasaste penurias económicas? Porque el viejo siempre se encargó de enviarles una muy buena cantidad de dinero, primero para callar a tu madre y al esposo, y luego para que no te falte nada. Dicen que a pesar de las barbaridades que hizo, quería mucho a sus hijos y no desamparó económicamente a ninguno.

Y mirá que son varios, che.

No quería seguir escuchándola, pero me retuvo del brazo. Si no me creés, tratá de hablar con tu madre y ella te va a contar que el tirano fue quien le entregó su certificado de la secundaria, y allí en pleno acto, ya le echó el ojo y dos días después la hizo buscar en un auto negro, para que se la llevaran a su guarida. Tu abuela no pudo oponer resistencia para que no se llevaran a su hija. Era frágil y humilde, ¿cómo enfrentar al dictador?

Tu madre fue una de las tantas jovencitas ultrajadas que quedaron embarazadas, y luego obligadas a casarse con alguien elegido por él. Ella tuvo suerte porque tu papá adoptivo es una buena persona, pero no todas tuvieron esa dicha, algunas cayeron en manos de depravados.

Mela, quiero irme a casa, hablamos otro día. Acá está su número, Dolores, se llama Eugenia Von Tropper. Hace días que espera tu llamado.

No la escuché, salí sin despedirme de nadie, y sentí que se me había corrido el rímel por toda la cara. Manejé a cien por hora, me comí los semáforos rojos y no podía ver a causa de las lágrimas.

Cuando llegué a casa, no hice ruido para que Rocío no me viera en ese estado. Subí a mi habitación y me dirigí al baño. Aún con los ojos empañados de máscara de pestañas y lágrimas, me miré los labios carnosos, exageradamente gruesos, parecidas a la del dictador.

Me lavé la cara y tomé, con agua de la canilla, uno de mis tranquilizantes. Me eché a la cama con los zapatos puestos y debí dormir varias horas.

A la mañana siguiente, mi hija me contó que me quitó las sandalias y me tapó, pensando que llegué cansada de la reunión de cumpleaños. Me di una ducha y desayuné para despabilarme. Busqué el número de celular anotado en un trozo de papel.

En vez del tradicional sonido se escuchó una canción brasileña y al otro lado una voz muy parecida a la mía. ¡Hola!, holaaa… tardé en responderle porque tenía una catarata de saliva en la garganta. Hola, soy Dolores. Me dijeron que querías hablarme.

Nos citamos para las cinco de la tarde en el bar del Club Centenario. No almorcé de los nervios y estuve a punto de faltar a la cita. Sin embargo, fui, para llegar primera y verla atravesar el salón.

A las cuatro y media ya estaba instalada en la mesa más escondida del bar, semitapada por el centro de mesa y la botella de agua tónica. Hice como que leía, pero en realidad ni siquiera sabía qué libro agarré del estante, cuando salí de casa.

Ya había tomado dos botellas de tónica, cuando la vi llegar. Era yo con el pelo castaño, y orillando los sesenta años, con un conjunto de pantalón blanco y blusa verde manzana, con la misma cantidad de pulseras en el brazo derecho, con los mismos labios gruesos que los hombres encuentran sensuales, pero que para mí se estaba convirtiendo en una seña particular de desgracia. Sí, soy la hija del tiranosaurio.


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El único hijo del taxista

CUENTO DEL LIBRO LOS COFRADES DE COLUMBIA STREET


Foto: Lars_Sahl

LUIS MARCELINO GÓMEZ (Ciudad de Holguín, 1950) Cubano-estadounidense. Escritor, psiquiatra y doctor en letras hispanas. En 1985 se le confirió el Premio Nacional de Cuento en Cuba. En 2007 fue Finalista del Premio de Cuento Juan Rulfo en París, Francia. A mediados de los años 80, en viaje hacia el Sahara enviado por el régimen de La Habana, se asiló en Madrid. Luego de concluir su doctorado en la Universidad Internacional de Florida se desempeñó como profesor de literaturas hispánicas, lengua portuguesa y talleres de Escritura Creativa en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Ha publicado varios poemarios, tres colecciones de relatos: Donde el sol es más rojo (1994), Oneiros (2002), Cuando llegaron los helechos (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Venezuela, 2009) y una novela, Solo con el fuego (Editorial Betania, España, 2024). Fue uno de los narradores escogidos por Letras Cubanas para la antología Isla tan dulce y otras historias. Cuentos cubanos de la diáspora (La Habana, 2002). Los cofrades de Columbia Street constituye su cuarta colección de relatos.


Cuando quedó huérfano, se mudó a un pueblo pequeño junto a su padre. Tenía, a la sazón, siete años.

Provenía de una familia reducida, tanto materna como paterna, que residía lejos de ellos en otra parte del país. La dulzura de la madre había llenado el hogar, el jardín, las horas muertas, los almuerzos, las cenas. El trabajo del viejo, conductor de su propio auto, les permitió vivir sin necesidades. Además, ella era costurera y lo mismo cosía un vestido que una bata de cumpleaños para una niña o hacía los bajos a un pantalón de hombre. Pero cuando se quedaron solos, el padre le explicó que aquella casa estaba llena de recuerdos y que era demasiado grande para ellos.

En el nuevo pueblo, el padre adquirió un revolver que siempre llevaba consigo en la guantera del taxi. Porque nunca se sabe, le decía. Y uno tiene que estar preparado. Un arma que nunca usó aquel hombre bondadoso, que no se enojaba con él, del cual no tenía recuerdo ingrato. En el barrio, donde fueron a vivir, se hizo querer también. Era servicial. Y no hubo nadie que, si lo necesitaba y llamaba a su puerta, no lo llevara a donde precisara, aunque no tuviera con qué pagarle, o lo hiciera después.

 El hombre no volvió a casarse. Se dedicó a cuidarlo, a alimentarlo, a enseñarle los buenos modales, a defenderse, a llevarlo a la escuela, al terreno de pelota, a comprarle los guantes, los soldaditos, los carritos de plástico, los bloques de lego, blancos y rojos, con los que construía edificios y puentes; los videojuegos. Los libros para que estudiara. Y para que leyera: el Robinson Crusoe, Las aventuras de Tom Sawyer, Corazón, Harry Potter. Y los teléfonos móviles, para que pudieran comunicarse. Siempre mantuvo las habitaciones ordenadas, limpias, hasta que él creció y compartió las tareas del hogar.

Cuando alcanzó la adolescencia, pensó que su padre lo quería con lástima y que no se había juntado con mujer alguna para no darle una madrastra. Para no borrar el recuerdo de aquel ángel que había sido su madre. El viejo era un tesoro. Hablaba con orgullo de él a sus amigos. Y lo mismo hizo cuando se enamoró de Laura, una compañera de preuniversitario, a la que demoró en llevar a casa hasta asegurarse de que estaba preparada para que formara parte de la familia. 

Aunque nunca hablara del tema, hubo épocas en las que deseó que el padre se casara, que le diera una madre, aunque no fuera como la que lo había traído al mundo. Con el sueño le venían hermanos, varones y hembras, a los que querer y con quienes jugar. Como aquel sueño no se había hecho realidad, volcó su anhelo en formar una familia propia, siempre al lado del viejo, al que no abandonaría, se había prometido. Y quien lo amara, tendría que adaptarse a los dos. ¿Cómo dejarlo solo? ¿Cómo vivir sin él que tanto le había dado, quien tanto se había sacrificado por su felicidad? Laura lo entendió y ambos comenzaron a trabajar en el mismo mercado del barrio. Tan cercano a la casa, que podían ir andando. Ella de cajera, él de ayudante del administrador. Les iba bien. Y pronto se casaron en una discreta boda a la que asistieron sus excompañeros de colegio y algunos colegas de labor. Y Laura se habituó al suegro que con tanta distinción la trataba, que seguía conduciendo su antiguo taxi para ayudarlos, quien les hizo el primer regalo de la canastilla para el varón, según le había dicho el obstetra, que en breve llenaría las habitaciones con sus gorjeos.

*******

En la televisión, alarmados, vieron la noticia. Era un virus que había surgido en el encuentro del río Han con el Yangtsé y que pronto se convirtió en pandemia con un avance indetenible. Las estaciones radiales, televisivas y los diarios, hablaban sobre la enfermedad. Y se aterraron como cada habitante del planeta.

Por su estado de gestación, él determinó que Laura no volviera al mercado. Y que su padre, de setenta años, no saldría de la casa. Podría, con su puesto de subadministrador, suplir las necesidades familiares hasta que el mal cediera. Dormirían en cuartos separados. Comerían en sus habitaciones. Abrirían las ventanas para que circulara el aire. Y usaron máscaras aun en la intimidad del hogar. Mantuvieron la distancia requerida. Y cuando él regresaba, entraba por la puerta trasera, dejaba los zapatos fuera y se dirigía al baño, donde se enjabonaba de pies a cabaza y así permanecía por más tiempo de lo estipulado hasta enjuagarse el cuerpo. Y las ropas, directas a la lavadora, con mucho detergente. Fueron rigurosos hasta el extremo, a conciencia de que todo cuidado era poco.

Tenemos que hacerlo, por ahora ―decía temeroso, precavido―. Un día esta pandemia pasará como la de gripe de 1918. Pero en aquellos tiempos no había vacunas. Ahora tenemos esa esperanza.

Diez días después, Laura le dijo que había pasado la noche con fiebre, que tenía tos y estaba muy cansada, que había perdido el olfato. Se asustaron, pero decidieron no decirle nada al padre. En el viejo taxi, ella atrás, con máscaras ambos, se fueron al hospital que encontraron abarrotado. Luego de unas horas le hicieron la prueba para determinar si tenía el virus. Debía regresar a la casa y esperar por el resultado, porque, por fortuna, su estado no era serio. El feto estaba bien.

―Solo dejamos ingresados a los más graves y con complicaciones ―les explicó un médico de bata arrugada y ojos cansados, a través de una máscara―. No se preocupen. Se los digo por experiencia. No quieran ver las salas. Están repletas.

Tres días después, cuando regresó del mercado, Laura no respondió su llamado. Pensó que dormía. Y la dejó descansar. Una hora después volvió a llamarla. Tocó en la puerta. Y ante la ausencia de respuesta entró en la habitación. Laura yacía en el suelo, hecha un ovillo abrazaba su vientre. Los ojos abiertos. La mirada perdida. Perplejo, como un autómata se lo comunicó al padre, prohibiéndole que saliera de su habitación.

Sintió los sollozos del viejo.

―Hijo, déjame estar contigo. Te juro que usaré máscara.

Te necesito vivo, papá. Ya no hay nada que hacer. Estamos solos de nuevo. Por amor de Dios, no salgas de tu cuarto.

Con dificultad, sabiendo que no volvería a abrazarla ni que tampoco vendría el hijo, tan esperado, conversó con ellos mientras envolvía a Laura en una sábana. Así la llevó hasta el hospital. En la morgue no cabían los cuerpos. Con prontitud le extendieron un certificado y con él se vio en el crematorio. Lo mejor era incinerarlos, pensó, porque las funerarias estaban atestadas y ni ataúdes había.

Regresó al mercado, porque creyó que lo mejor era estar ocupado. El jefe lo comprendía, pero desde la distancia le rogó que permaneciera en cuarentena.

*******

No se acordaba del recorrido hasta el hogar. Solo de estar frente al cuarto del padre pidiéndole, por enésima vez, que no saliera, que no había necesidad, que le llevaría la comida y que no abriera hasta que supiera que él estaba lejos.

Abúlico, deprimido, se sentó en la puerta trasera. Desconsolado, comenzó a llorar, sin poder contenerse, buscando un culpable del asolamiento que se cernía sobre la humanidad. Reflexionó acerca de aquel mal que le había privado del amor de su vida, del crío que esperaba, de formar la familia con la que tanto había soñado. Ronco, por primera vez gritó obscenidades en voz alta. Maldijo.

Hijo ―sintió la voz del padre detrás de él. Y aterrado, sin voltearse a verlo, se alejó.

―Papá, por favor, regresa a tu cuarto. Ya no hay remedio. Tenemos que ser fuertes. Más fuertes que nunca. Es el único modo de salvarnos.

Mudo, desconcertado, queriendo abrazar al hijo, a sabiendas de que no podía hacerlo, lloroso también, el viejo volvió a su habitación.

*******

No dormía por las noches. Cocinaba. Iba, siempre con máscara, hasta la puerta de la habitación del viejo a colocarle su desayuno, su almuerzo, su comida. A llevarle café, agua, postres. A recoger su ropa para lavarla. A pedirle una vez más que no saliera del cuarto hasta que supieran que no había peligro. A darle, y darse, aliento al decirle que las vacunas avanzaban, que pronto estarían disponibles. Que el mundo sería otro. Que volvería a ser como antes.

Concluido el confinamiento, regresó al mercado. Debía habituarse. Y la resignación comenzó a invadirle el cuerpo. Pero no lograba conciliar el sueño. Los compañeros se preocupaban de su mirada vaga, aunque nada le decían, evitando caer en una conversación que imaginaban demasiado dolorosa. Él, ahora, se concentraba más que nunca en sus tareas. Y extremó los cuidados. Se había obsesionado con la limpieza de la casa: paños con alcohol, toallitas de cloro. El rostro cubierto. Las ventanas siempre abiertas. El padre le daba esperanza. Aún estaba joven. Podría rehacer su vida.

Una tarde, al llegar a la casa, se percató de que el taxi no estaba en el garaje ni el padre en su cuarto. Unos minutos después lo vio llegar, deshacerse de sus ropas, ir hacia la lavadora. Entrar en el baño. Ante sus preguntas le contó que Frank, el vecino que vivía con su abuelo, lo había venido a buscar por haberlo encontrado febril. Que llevó al anciano al hospital, pero que, al no ingresarlo, le indicaron al nieto que lo observara, que solo regresaran si empeoraba. Amedrentado, le repitió como tantas veces en los últimos meses que se fuera a su habitación y que, por favor, no volviera a atender la puerta, tocara quien tocara. Sin embargo, temía que en su ausencia lo hiciera, que su bondad no se intimidara ante la posibilidad del contagio. Porque su padre seguía siendo el hombre servicial de su infancia, de su adultez. ¿Cómo hacerle entender que corrían otros tiempos, que por el momento debía olvidar su amabilidad habitual?

Cinco días después, al regreso de la jornada laboral, encontró que el viejo tiritaba, estaba confuso, se quejaba de dolor de cabeza y del pecho y de una severa falta de aire. De inmediato, en pánico, lo llevó al Cuerpo de Guardia. Por fortuna, se había desocupado una cama en la Unidad de Cuidados Intensivos, donde no pudo verlo más. Todos los días lo intentó. Pero siempre obtuvo la misma respuesta. Estaba con ventilación mecánica, hacían lo posible porque se recuperara. Había que ser optimistas, le aconsejaba la enfermera detrás de la máscara y que mejor los llamara, que era muy peligroso que fuera a preguntar por él. Lo comprendía, mas no podía aceptar quedarse en casa. Además, estaba seguro de que si el contagiado fuera él, el padre no dejaría de visitarlo, al menos hubiera permanecido lo más cercano posible del hospital. Aun así, ni con todas las atenciones, le explicó el médico por teléfono, logró sobrevivir. Cayó en shock por los procesos sépticos del virus. Y no pudieron salvarlo. Se lo comunicaron en el momento que acomodaba unas cajas en el mercado.

No lloró. Lo asumió como si le hubiera ocurrido a otro. Y ese otro dejó el mercado atrás. Erró por las calles con un pensamiento fijo. Por último, se dirigió a la casa. En cuanto entró, fue hasta la guantera del taxi. Tomó el revolver. Decidido, recorrió los escasos pasos que lo separaban de la vivienda de Frank.


PUEDE ADQUIRIR EL LIBRO EN ESTE LINK: Los cofrades de Columbia Street, de Luis Marcelino Gómez

Por un puñadito de sal

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

WALTER LINGÁN (Cajamarca, Perú, 1954) Desde su primera novela Por un puñadito de sal (1993), que ahora reeditamos, ha publicado una amplia obra narrativa que incluye Koko Shijam, El libro andante del Marañón (2014), Mis flores negras y otras indecencias (2022), Mi nombre es Paronacional (2024), Mamá Angélica (2024), El Titikaka en la mochila (2025) y la novela infantil Niña y Stupsi – El increíble viaje de dos cuyes a la luna (2025). Después de una larga estadía en Alemania, actualmente radica en Austria.


1.- Hecha polvo volaré entre los remolinos

No sé para qué ha de servir que cuente la historia de mi vida. Quisiera que lo recuerden bien clarito, yo no soy reina ni princesa, ni heroína ni nada por el estilo. ¿A quién pues, dígame, podrá interesarle las lunas y los soles que han alumbrado mi trajineo de los años que ya he vivido? ¿Qué le puedo enseñar a la genteque vive tan lejossi no conozco ni una letra? La pobreza me ha hecho crecer en las sombras de la ignorancia, envejeciéndome llena de oscuranas. Sin embargo, he parido un hijo, de quien usted afirma ser su amigo, que le ha encontrado gustito a las letras y dizque ha resultado poeta, o sea, es una de esas personas que escriben para darle a la vida otro color o arreglar los caminos del mundo con la luz que brotan de los versos y de los libros. A otro de mis hijos, llamado Rafael, se le dio por los números y pregona que los pobres a la izquierda valen más que el cero; y otro, sin ser brujo ni redentor, anda explicando, a quien quiera oírle, que es posible cambiar el destino de la gente pobre y que es bueno sembrar, aunque sea un poquito de esperanzas. Mis hijas aprendieron a leer lo necesario y con esa luz, de una u otra laya, alumbran el porvenir de sus hijos. Lo más valioso que tengo en la vida son mis hijos, mis nietos, mis biznietos y mis tataranietos. Además, tengo sueños, muchísimos sueños, que me hacen ser dueña de pequeñas y de grandes locuras. Sin todo esto, me pregunto muchas veces, ¿cómo podríamos vivir en este mundo tan degenerado? Quizás la locura es lo único cuerdo que hay en esta mi vida, es el puñadito de sal que nos llena de esperanzas, nos da y nos quita la razón de vivir.

La verdad, y eso se nota en los ojos de quienes me visitan, hay gente que piensa de que estoy muy vieja, de que tengo los días contados y no me queda mucho pan por rebanar en este valle de arena, de ríos casi secos, de caminos polvorientos, de gente que languidece en su pobreza y que resignada parece estar sentada esperando que les llegue la tramposa muerte. No lo puedo negar, la vejez se ha metido ya en todo mi cuerpo, sus achaques asoman para atacarme, sobretodo me golpean la barriga y mis músculos; se me hinchan los nudos de mis dedos, se inflaman mis rodillas y mis tobillos; pero la cabeza, eso es lo más importante, así me ha dicho mi hijo Melacio, el poeta, se mantiene viva, fresca, y pienso, pienso en la vida, en este nuestro pobre país, en los destinos del mundo perdido en la miseria, y pienso también en Alemania porque allá está él, mi Mela, con su esposa Annette y mis dos nietos: Simon Amaru y Johanna. Ellos, que nos visitan de tiempo en tiempo, seguramente conversarán en las noches, antes de dormirse.

—Mamá Juana creo…

—Sí… ¿Qué crees?

—¿No crees tú también?

—¿Qué?

—No sé cómo decírtelo… A lo mejor la próxima vez que viajemos al Perú ya no la encontramos revoloteando bajo el verdor de los algarrobales o entre los arenales incendiados por ese sol del demonio.

Quién sabe pues, quizás ya no me hallarán; no verán más a estos mis andariegos pies que no se gastan del mismo modo como se gastan los zapatos, ni se agotan de caminar por estos montonales de tierras, familia de los desiertos clamando por agua, por vida nueva. A lo mejor llegan un día y ya no encontrarán mis manos atizando el fogón o tirando puñaditos de maíz a las gallinas. Sus ojos no podrán ver más las alegrías ni las tristezas de estos mis ojos que los gusanos han de comer. Aparecerán a la puerta de mi choza y no encontrarán mi boca dándoles los buenos días ni el buen llegar, cuando la luz del día se apague ya no podré despedirlos con un buenas noches y lindos sueños. Y es que los muertos no hablan, simplemente se quedan en silencio y abandonados en los cementerios. Aunque a mí me queda la esperanza que mi cuerpo hecho tierra, polvo de los caminos, estará volando en medio de los remolinos.

Entonces, lo único que les quedará de mí, como consuelo, será mi voz encerrada en esas cajitas, colocándolo en el radiocasetero podrán escucharlo hasta el cansancio, pero yo ya no estaré, ni rastro habrá de mí en este mundo. Llegará un día que cuando alguien pregunte por mí, por doña Juana Mendoza, la mamá del poeta Melacio, de los Castro, ya no habrá nadie que le pueda decir quien fui, no habrá ni un alma que se acuerde de mí, ni siquiera de mi nombre. Los nuevos vecinos al escuchar mi nombre, alzando los hombros o negando con la cabeza, dirán que nunca lo han escuchado. ¿Juana Mendoza? No, esa señora no vive por acá, dirán y seguirán caminando o laborando sin mayores preocupaciones que intentar comer el pan con el sudor de su frente.

Nací en el campo, cerca de un sitio llamado Pueblo Nuevo, en una chocita de las serranías de San Gregorio, provincia de San Miguel, en el departamento de Cajamarca, y por eso los costeños me dicen con desprecio: «Serrana come papa con gusano» o «chola piojosa». El día que,asustada, abrímis ojos a la vida, en Pueblo Nuevo todo andaba revuelto y es que celebraban la fiesta de San Juan. Dizque no había nada en paz ni en silencio. En vez de eso, alboroto y griterío. Música, baile y aguardiente, o sea, borrachera, gente borracha, bailando y cantando, jaraneando de lo lindo. El viento flotaba sobre las pajas; fuiiii, fuiiii, fuiiii, silbaba y envolvía los montes. La luna, que no había dormido toda la noche, agarraba a las nubes de pañuelo y bailaba en una esquina del cielo. «Vengan todos a la fiesta / vengan todos a bailar…» cantaba la gente. El agua del río: ploc, ploc, ploc, tumba que tumba, como borracho, se reventaba entre las piedras, por entre las cañadas. Hasta los cerros, azuleando en las alturas, «te-pongo, te-pongo, te-pongo», repetían la voz de las cajas y la metálica risa de los rondines salpicaba en la verdosa larguedad de los valles, en las anochecidas hondonadas, en las enconadas laderas.

«¡Qué buena está la fiesta / la fiesta de san Juan!…» cantaba incansable la gente. Entre tanto alborotapueblos, la maldad, gritando ¡guija! ¡guija!, se arrumaba a cualquier sombra que encontraba en las quebradas oscuras. Hombres y mujeres, estrenando ponchos, chales y sombreros, zapa-teaban huaynos y copa-copa apuraban la candela del aguardiente. Las flautas preguntaban: «¿Qué-comeremos-mañana?, ¿qué-comeremos-mañana?», y las cajas respondían: «¡Mondongo-mondongo-mondongo!» Un loquerío de voces cantando: «Vengan todos a la fiesta de San Juan / vengan todos a bailar / ¡qué buena está la fiesta / la fiesta de San Juan». El bombo y el redoblante estaban conversa y conversa, ni un minuto acallaban su vocerío. Uno decía: «de-bajada, de-bajada, de-bajada», y el otro repetía: «te-pongo, te-pongo, te-pongo». El pueblo estaba de fiesta, era fiesta pues, la fiesta de San Juan.

Mi mamá, quejándose por los dolores que le anunciaban el arribo de una nueva criatura, abandonó el baile y se metió rapidito por la chacra rumbo a su choza, a parir en un rincón de la cocina. Aunque, a decir verdad, no recuerdo el día ni la hora en que vi al sol alumbrando a la tierra, ahuyentando a los malos espíritus, pues se nace con ojos que no saben lo que ven, nacemos sin pensamiento, sin conciencia. Desnuda, con el cuerpecito pegajoso, acurrucándome en el seno de mamá, lloraba presintiendo la fealdad de las sombras. Ahí fue que ella acercando su boca a mi oído, me dijo: «Si recién llegas a estas tierras y lloras con tanta ternura, te da tanta pena, ¿cómo será tu vida? ¿Un montón de desgracias? ¿Puro sufrimiento?» Así habló mi mamá. Quizás ella, que parió tantos hijos, sabía leer en nuestro llanto, el destino, la vida que nos estaba entregando.

Mi tayta, rascándole lo poquito de malo que tenía, fue un hombre bueno y se llamó Hipólito Mendoza Hernández. Conoció a mamá, doña Rosa Novoa Mondragón, y en menos de lo que canta un gallo, se antojaron y entre antojo y antojo trajeron siete hijos a este mundo. Nosotros hemos sido —como decía mi mamá— sus siete penas y sus siete alegrías. Pero quién sabe ¿cuántos dolores y malagradecimientos le habremos dado? El único hermano varón que tuve se llamaba Artemio. Mis cinco hermanas fueron: Rosaura, Rogelia, Fidencia, Isaura, y la menor de todas, mi Julia. A mi hermana Julia dizque la esperaban para el mes de julio, pero en señal de capricho, ella se tardó un poco y nació en agosto. «De raza le viene el capricho», decía mi mamá. Mi tayta, que también tenía su geniecito, salió también con su gusto al no llamarla Agusta o Agustina. Había dicho: «Nazca o no en julio, se llamará Julio o Julia».

Recuerdo que en Pueblo Nuevo, en los campos cercanos, y en los otros caseríos, la gente vivía muy mal, mucho peor que en Caín. ¡Uy!, la miseria en que vivía era como para llorar. Claro, en ese tiempo era chica y no sabía reconocer las cosas y tampoco tenía tiempo para llorar por la miseria de otros. Pero conforme fui creciendo, me di cuenta de que no todos somos iguales. Unos no tienen ni donde caerse muertos, mientras otros, los menos, hasta les sobra la riqueza como para intentar comprar a la muerte. Ahora, con toda la vejez y la experiencia, las palabras no me alcanzan para contarles todos los sufrimientos de la gente que vivía en aquel tiempo, allá en el caserío donde nací. No sé si basta con decirles que la gente era muy pobre, tan pobre como esa gente que anda limosneando por el mercado de Chepén, por las calles de Chiclayo o de Lima. Por suerte ellos encontraban un sitio donde laborar, aunque tenían que pasarse trabajando todito el santo día. No sé…

A veces me da por creer que cuando se nace pobre ni el trabajo de sol a sol, ni el rezo nos salva de esta maldición. Dicen que el trabajo es una bendición; en cambio ¿qué es la pobreza?, segurito que es la maldición que propagan los que no saben trabajar. Eso es y así lo digo siempre: la pobreza es una maldición sin remedio. De nada nos sirve trabajar como bestias de carga, ni levantar los ojos al cielo nos ayuda para ahuyentar las maldiciones de la necesidad. Les digo con plena seguridad de que la pobreza es obra de quienes viven bien, de quienes con su dinero manejan el andar del mundo; porque Dios, o quién diablos sea el creador, por más mala sangre que tenga, no haría sufrir tanto a sus criaturas.

Allá en Pueblo Nuevo la gente trabajaba sin importarle nada, si soleaba o si llovía; agachaditos, soplando la lluvia para que se vaya pronto, laborabanel campo sin descanso. Porque así también decían los viejos: «Para que la lluvia se vaya, hay que soplarla». Para los pobres solo hay dos caminos: morirse de hambre o morir pensando que mañana, para sus hijos, todo será mejor. Cuando un pobre no trabaja ¿de dónde saca pues para comer, aunque sea por última vez? Hay gente que pierde toda esperanza, y con razón, entonces ya no hay ninguna razón que la detenga. Eso lo estamos viendo, la guerra que estamos sufriendo no es castigo divino, como muchos quieren decir, no es ninguna maldición que de pronto ha caído del cielo, es producto de la pobreza que el cuerpo ya no aguanta, es la forma de responder a tanta locura, a tanta injusticia o a esa justicia de los que todo tienen y no les falta nada.

Mis taytas eran dueños de una regular extensión de terrenos, tierras que producían buenas y abundantes cosechas. Lindo espigaban el trigo y la cebada. Rubio-rubio florecían las mazorcas de maíz. Hermosas y grandes papas ojonas. Las tierras. ¡Qué tierras! ¡Uf!, mis pies llegaban cansados hasta la última punta de las propiedades que tenían mis taytas. ¿Cuánta tierra pues habrán tenido? ¡Pucha!, bueno, harto, hartote, suficiente como para poder vivir, digamos, bien, holgados, aunque sin lujos. De todo eso ¿qué nos queda ahora? Nada o casi nada. ¿Y a mí qué me queda de toda esa riqueza? Una pizca de tierra bajo las uñas, nada más, también recuerdos como sueños, recuerdos que para mis nietos y biznietos serán simples historias, historias que no encontrarán en ningún libro.

El ganado que dejaron mis taytas, lo mismo que los terrenos, desaparecieron con el tiempo, con la noche, de pronto amaneció y ya no teníamos nada. Quiero decirles que en aquel tiempo era pequeña, de ahí que no podría decir cuan extensas eran las propiedades de mis taytas. Después, más tarde, me porté como una muchacha sonsa que no supo o no pudo defender la herencia que, con su muerte, nos dejaron. Unos cuantos vivos, por uno u otro motivo, fueron recortando, esquilmando, el mundo que con tanto esfuerzo habían construido los pobres viejitos. Los terrenos, que en aquel tiempo tuvimos, eran tan extensos como las propiedades que tiene el señor Barboza, y él no es pues un hacendado, pero tiene suficiente como para vivir cómodamente. Cuando mi tayta se unió a mi mamá dizque ya tenía unas cuantas cabezas de ganado y un buen pedazo de tierra, aunque más grande que El Palto, ese terreno que tenemos aquí en Caín y dizque mide más o menos seis hectáreas.

En esos tiempos las tierras no se medían por hectáreas ni por metros cuadrados, sino por fanegadas. Los metros cuadrados y las hectáreas, como ahora dicen, no se conocían en aquella época. Ahora escucho hablar de metros cuadrados y de hectáreas a los muchachos que vienen de la escuela, como si hablaran de trompos y rayuelas. Nosotros, que no fuimos a la escuela, no, no hemos conocido eso. En cambio, mi Melacio, mi hijo el poeta Mela, que ahora vive en Alemania, decía: «Mamá, mira bien, los hacendados han ocupado todas las tierras que en otros tiempos pertenecieron a nuestros mayores. ¿Acaso ellos compraron los terrenos? No, mamá, no. Ellos vinieron y diciendo: ‘esto me pertenece’, pusieron cerco aquí, más acá y más allá. A los hombres que reclamaban los llamaban indios brutos y haraganes, los amontonaban en las cárceles o les metían un par de balazos. Y ahí quedaba, que vida ni vida, que cristiano ni ocho cuartos. ¿Cómo vamos a morir si no existimos? ‘Los indios no tienen valor’, así dicen, es triste ¿no?, pero así nos tratan. Dizque no tenemos alma y por eso vivimos como animalitos, criando piojos en la cabeza.

¿De justicia? Para qué hablar de justicia, si lo que llaman justicia se banquetea en la mesa de los ricos, de los poderosos, de los que se hacen elegir de alcaldes, diputados o presidentes. Sus haciendas, mamá, por donde las miremos, vienen a toparse con las hilachas de nuestra pobreza.» Yo, con mis torpes conocimientos, le decía: «Estudia hijito, estudia y trabaja. Solo hazme ese favor. Trabaja y estudia para que los límites de las haciendas cambien y a las hilachas las lleve el viento o el demonio. Estudia y trabaja hijo, para que el Perú sea otra cosa». Pero resulta también que al que estudia y voltea sus ojos al pobrerío, no lo dejan en paz, lo persiguen sin descanso y no paran hasta matarlo, matar a su propia sombra, a su saber.

A mi Melacio, el poeta, porque hablaba con la gente sobre la injusticia de las leyes, sobre los abusos de los hacendados y de los capataces, empezaron a fastidiarlo, no lo dejaban en paz, policía aquí, policía allá. Después lo persiguieron, las veces que lograron prenderlo, lo metieron a la cárcel. Al final, no lo mataron, suerte ha tenido este mi muchacho, pero consiguieron ausentarlo, se tuvo que ir de mi lado, y al final, del Perú. Y es que el saber, como en la frente del Carbunclo, ese animal fantasma, es la luz que alumbra y agita la conciencia, despierta la memoria, sacude el polvo de la oscurana y abre las puertas del nuevo día, de un amanecer que, aunque lejano, llegará, llegará. Nadie podrá evitarlo por más que patalee o le dé el patatús. Y es que la historia no se acaba, no tiene fin, solo da vueltas y vueltas…

Se cuenta que el Carbunclo es una aparición, como un duende, más veloz que el viento. Los que lo han visto refieren que es un animal fantasma con el pelaje espeso, negro-negro como un choloque, y suavita, muy suavecita. Dizque su cola se parece a la cola del zorro: así coposa, coposita, como una mota de algodón; sus garras son filudas como las de un gato y tiene la cabeza de cabrito con un enorme diamante prendido en medio de la frente, brillando como una estrella. El fulgor azulado que irradia el diamante alumbra su camino en las noches. Y, lo más interesante, dizque da fortuna al que logra cazarlo, cosa muy difícil, muy muy difícil, porque es más rápido que un cerrar y abrir de ojos, mucho más rápido que el propio pensamiento.

Mi tayta contaba que una vez unos viejos cazadores, una de esas noches en el bosque, lograron coger un Carbunclo. Emocionados, pensando en la fortuna que se les presentó, lo metieron en un saco y no pegaron ni un ojo haciendo guardia al tesoro. Al día siguiente, con la luz del día, se dieron con la sorpresa de que el cuerpo del animal se había convertido en el esqueleto de un zorro y el diamante que estaba pegado en su frente era una simple piedrecita. Y así pues, la conciencia, cuando se enciende en el alma de la gente, es como la luz que despide el diamante prendido en la frente del Carbunclo, no se la puede encarcelar ni matar con todas las balas del mundo…


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Urakán

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


RAÚL MOARQUECH FERRERA-BALANQUET (Cuba/Estados Unidos, 1958) Miembro de la Generación Mariel y del Centro Yucateco de Escritores A.C. (CYEAC) desde 1993. Autor de los libros Aestesis Decolonial Transmoderna Latinx_MX (2019); Imaginarios Creativos y Soberanía Erótica Decolonial (2018) y editor de la antología Andar Erótico Decolonial (2015, Ediciones del Signo, Buenos Aires, Argentina). Entre sus premios destacan: Fulbright Scholar, MacDowell Fellowship, CLACSO/Ibercultura, FONCA, Foundation of Contemporary Arts, Fundación Prince Claus, Contacto Cultural (Rockefeller/FONCA), ANAT Australia, y la Fundación de Video Lyn Blumenthal. Vive y trabaja en Washington DC, Estados Unidos y Mérida, Yucatán, México.


I

Abro la doble puerta de cristal de la estación de trenes de Houston ubicada en la avenida Washington; la sostengo con la mano izquierda indicando a Xux Éek’ que avance y, tras ella, me dirijo a la sala de espera. El recio aroma de cedro que emana de los bancos disponibles para los pasajeros me transporta al sur de la ciénaga donde los frondosos pinos y almendros resguardaban las casas de madera… el Fuereño los mandó a talar y luego los vendió. La madera era un buen negocio… entonces, iniciaron la construcción del terraplén y el suelo del pantano comenzó a secarse… dejaron de venir los flamencos… Desde aquella noche cuando me forzaron a abandonar la isla, siento la lejanía y el tiempo transcurrir velozmente. Me oprime el pecho…  me dificulta respirar.

Una pausada voz femenina se escucha en las bocinas colocadas cerca del techo en las esquinas de la sala de espera. Anuncia el abordaje. Le indico a Xux Éek’ dirigirnos a los andenes. Me detengo frente a la espléndida locomotora pintada de azul brilloso que nos transportaría a la frontera. Alargo la mirada por la hilera de vagones que, en perspectiva cónica, converge en la línea de ferrocarril para luego confundirse con el horizonte. Evoco los rieles extendiéndose desde el puerto de Gueykabon hasta la mina… De vuelta a la locomotora, distingo las letras de metal incrustadas a un costado con el nombre de la compañía: Union Pacific Rail Road.

Alejándose de la estación, el roce de las ruedas sobre los rieles provoca un chirrido metálico. La presión en el pecho aumenta la ansiedad por recuperar el aliento. Suelto un leve aullido. Los pasajeros acomodados en asientos reclinables forrados de microfibra azul extendidos a cada lado del pasillo interior del vagón, al escucharme, notan mi desasosiego. Evito la mirada, volteo hacia la parte delantera divisando cinco ventanas anchas de cristal grueso a cada lado y los estantes de aluminio en la parte superior, en los cuales se colocan el equipaje de mano. Observo el contraste entre los cuatro tonos de azul marino pintados sobre las paredes interiores del Brownie y continuo una detallada inspección de los diseños funcionales de la década de los cincuentas. Con cierta suspicacia, imagino la posibilidad de cómo el níquel descubierto en Gueykabon, el pueblo costero donde nací, pudiera formar parte de las piezas de acero inoxidable incrustadas en las paredes.

Xux Éek’, sin dar importancia a mis acciones y con la cara apoyada en la ventana de cristal, mira en la distancia, parece no escuchar. Examino su delgada figura, su pelo color miel, sus grandes ojos azabache, sus delicadas manos. Ya no emana olor a azucena de su piel cobriza y extraño el aroma que la envolvía la noche cuando nos conocimos en La Perla Tapatía, el cabaret de Isla del Carmen donde yo trabajaba mezclando música mientras las teiboleras amenizaban el ambiente.

La potente máquina diésel arrastra los seis vagones traseros deslizándose por una curva inclinada hacia el sur. Por la ventana, diviso el ancho mar abrir sus dominios hacia el horizonte. Ubico al fondo, un par de pequeños cuartos destinados al equipaje pesado y luego, a cada lado del pasillo, otras tres ventanas, los baños y al final, la puerta corrediza contigua al acople de articulación con el otro vagón, destinado para subir y descender del tren. Atraído por la brisa marina que entra por la puerta, recorro el pasillo central hacia el fondo.

Parado sobre el puente entre los coches, volteo a la derecha y me encuentro de cara al Golfo—. “La inmensa llanura azul” —pronuncié en voz baja al recordar cómo mi padre Yayael siempre nombraba a la mar. Comienzo a inhalar profundamente como cuando era un adolescente y buscaba calmar las secuelas de la violencia familiar en Punta de Martillo.


Escena 3A. Exterior. Punta Martillo, Gueykabon, Guacanayabo. Día.

Extraño demasiado, a mamá esquivando los golpes de mi padre; a Tomás mientras señalaba hacia el padre Baltasar, parado en la puerta de la iglesia aquella tarde… cuando Massiel y los otros travestis del pueblo decidieron marchar frente al Ayuntamiento… pero la imagen más recurrente es la oscuridad de la mar en medio de la noche mientras el buque navegaba lejos de la costa y, en el horizonte, las luces del puerto se escondían poco a poco detrás del litoral… Doce… trece años sin ver a mi familia, la Isla… cómo si una neblina delgada cubriera el pasado… Abuelo Ixbalanqué me explicó en repetidas ocasiones cómo mi nacimiento tuvo lugar instigado por la furia de Jurakán, el supremo vórtice, corazón y centro del cielo porque esa noche un ciclón llamado Flora cruzó sobre la isla de Guacanayabo. Por eso me nombraron Arimao Urakán. Recuerdo la cadencia de la voz del anciano mientras leía el libro hecho con corteza de coco guardado celosamente en la cueva que conducía a los campos de amaranto…

Una tarde, durante la siesta, en las bocinas de la publicidad rodante se escuchó la voz del alcalde invitando a una asamblea frente al Ayuntamiento. Habían descubierto minas de níquel y cobalto cerca de la desembocadura del río Moa. Fuereño había llegado dos semanas atrás y ofrecía trabajo a todos los hombres. Después de comenzar la extracción, la brisa del mar se mezcló con el polvo rojo proveniente de las excavaciones; se metía en los poros, en la ropa, en la cama… algunos enfermaron. Aparecieron ampollas moradas en la piel de los mineros. Sólo un cocimiento de hojas de cedro, ácana y jagüey preparado por las abuelas curaba las llagas. Murieron muchos peces y otros emigraron al interior del río, donde las aguas estaban más limpias.

D’Óleo, el trovador del pueblo y cantante de la orquesta dirigida por mi padre, nos advirtió del polvo rojo. Según él, era el embrujo de la historia. El tío Janiguanó quedó atrapado en la mina de níquel y murió al instante. Su viuda, la tía Onane, y mamá lavaron su cuerpo varias veces, pero la delgada capa rojiza se mantuvo pegada a su piel. Me atreví a mirar su cuerpo inmóvil en el ataúd y recordé las momias de Nohcacab por su color cobrizo y el tufo agrio. Las minas quedaron paralizadas. El velorio duró tres días y durante el entierro, cuando la procesión tomó rumbo al cementerio, divisé a Fuereño salir de Gueykabon en un camión con dos uniformados. Seis horas más tarde regresó con la parte trasera del vehículo repleta de gente de otro pueblo. No pudieron llegar a la mina. Escuché disparos. Frente a mí, el cuerpo de Ignacio Ramírez cayó de espaldas y observé como José Juan rodaba por el asfalto… el hedor de la mezcla de la pólvora con la carne quemada llegó hasta mi nariz…

—¡Huye, hijo…! —mi madre, Yara Yaloldé, gritaba desde el jardín. Salté la cerca de madera colindante con la calle san Vicenta… resucito la persecución de aquella tarde por los senderos del traspatio—.  Allí me detuvo una patrulla y, a empujones, me subieron en la parte trasera… desabrocharon mi camisa y la usaron para cubrir mi cara… las voces de los policías retumban en mis oídos. Me patearon en el estómago… todo estaba oscuro… luego escuché a mi hermano Habaguanex retar a los otros guardias.

Rumbo al muelle, al mismo tiempo que conducía la patrulla, mi hermano me explicó cómo debía esconderme en un buque contenedor. Una hora después de haber zarpado, El Capitán apareció en la bodega donde me habían ocultado. Dejamos atrás el olor a pescado congelado. Lo seguí hasta la cubierta y logré respirar el salitre de alta mar. Calmó mi ansiedad. Junto a la torre del puesto de mando me ofreció un emparedado de bacalao. Estaba fuera de peligro y del acoso de la policía… el barco rompía olas mientras las luces de Gueykabon disminuían en el horizonte. Desde entonces no he podido ver a mi familia… papá murió hace nueve años…

Al desembarcar en Isla del Carmen, El Capitán me llevó directo al patio trasero de la estación de trenes, hasta los vagones abandonados donde el tufo podrido de las frutas y las mercancías desechadas cubría el ambiente. Allí conocí a Jarocho, al Güero y a Sargento. El Capitán me aconsejó no volver a Gueykabon y, antes de marcharse, me obsequió cincuenta pesos. Agradecí su ayuda y quedé a merced de esa pandilla de maleantes quienes se convirtieron en mis camaradas… En las noches nos resguardábamos en los vagones…  Fueron los primeros instantes en el exilio.

En el Golfo, con el cuerpo calado por la pestilencia del petróleo crudo y la gasolina refinada, navegué junto a nuevos amigos. Cometí fechorías en cada puerto; trafiqué ron, tabacos cubanos e indocumentados chinos; desembarqué en Tampico en busca de otras encrucijadas y, sobre trenes de carga, atravesé el desierto rumbo a Tijuana. Allí conocí a Edgardo, quien me ayudó a cruzar hacia el otro lado de la barrera de hierro… Hasta logré un título universitario hace seis años y llegaré a viejo pagando los intereses del préstamo bancario utilizado para costear la licenciatura en la escuela de Comunicaciones.

Algunos dirían: —cumplió el sueño americano. Ahora me invade el temor de ser acusado de malversar la beca del NEA gracias a un senador republicano llamado Jesse Helms a quien se le ocurrió decir que las artistas mujeres y lesbianas, junto a creadores latinos, afroamericanos y gais desfalcamos los fondos de las becas financieras del Consejo de las Artes. Según él, al realizar proyectos en contra de las buenas costumbres de la sociedad norteamericana. El senador Helms ha propuesto congelar los pagos.

No sé si podré terminar el filme autobiográfico en el cual quiero plasmar mi experiencia como inmigrante indocumentado al llegar a Los Ángeles y luego, cómo, adolescente callejero que sobrevivió en las calles de Nueva York. Freí hamburguesa en un Carl’s Jr.; fregué baños y limpié pisos en un hospital; lavé platos y cazuelas cuando era estudiante en la Universidad de Iowa… inesperadamente tropecé con el pasado en una calle de Nueva York…


PUEDE ADQUIRIR ESTA NOVELA EN ESTE LINK: Urakán, novela, de Raúl Moarquech Ferrera-Balanquet

El condotiero, la domadora y el escritor

Tomado de la novela homónima
El condotiero, la domadora y el escritor, Ilíada Ediciones, 2023

Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Sus libros más recientes son la novela Aló, marciano y el libro de ensayos Buñuel In memoriam (ambos por la Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). La editorial Iliada Ediciones acaba de publicar su novela El condotiero, la domadora y el escritor, tercera y última parte de la serie que incluye a Dominó de dictadores y Citizen Kane se fue a la guerra (novela que resultó 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia», 2020).


CHE X CHE
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 1951

Y…

me atreví a proponerle matrimonio a Chichina Ferreyra.

-Acompáñame amor, de peregrino y aventurero por la América del Sur.

En la carta que me envío desde el balneario de Miramar, amor aquí estoy, en el litoral atlántico argentino y reiteraba te quiero amor, pero no dejaba duda sobre la ruptura.

No, amor. No, no.

Y al terminar, citaba una línea de mi primera declaración de amor: ¿crees que una mujer se puede sentir segura al lado de un hombre que afirma sé que soy lo más importante que hay en el mundo?

Dos veces amor, reiteré mi propuesta de matrimonio y dos veces amor, se negó a que nos echáramos por los caminos de Sur América por los que la llevaría de la mano de Córdoba a Santiago del Estero y a Tucumán.

No, amor. No, no.

La llevaría a andar en tren por Santa Fe, a rodar en bus por Mendoza. A dar vueltas en camión por La Rioja, a dar brincos en moto por La Pampa. A pedalear en bici por Antofagasta, a morirnos de cansancio de tanto caminar a pie por Los Andes.

No, amor. No, no.

Y a medida que solitario me alejaba por páramos y montañas y cargaba sobre mi espalda su amor como una abultada mochila, su figura se desvanecía y se hacía humo en el aire y solo quedaban flotando sus palabras.

No, amor. No, no.

Pero no renunciaba a su amor. Insistía: Tú eres mi amor, tú. Y cargaba sobre la espalda el recuerdo de su amor y me repetía todo el día y a toda hora y en todo lugar: amaré a Chichina hasta en la Cochinchina.

No, amor, No, no.

El amor de Chichina era miel que se derramaba gota a gota. Miel con el sabor amargo de la despedida.

No, amor. No, no.

El amor de Chichina era amor de veras imposible y me dolía la falta de su amor como piedra en el zapato. Me dolía como a César Vallejo, amor. Me dolía porque hay golpes en la vida tan fuertes. Me dolía como a Pablo Neruda, amor. Me dolía repetir es tan largo el olvido y tan corto el amor. Saber que no estaría más contigo, amor. Nunca más, amor.

No, amor. No, no.

Y a solas me confesaba con Quevedo, el mío era amor constante más allá de la muerte. Más allá del olvido. Más allá del horizonte. Más allá del mar. Más allá de la tierra. Más allá de cualquier límite. Más allá de todo. Más allá estás tú, amor. Yo en el más acá y tú en el más allá, amor. Yo siempre en el camino y tú siempre en la eternidad, amor.

No, amor. No, no.

Que te quiero amor, le decía en cartas y te quiero, repetía en telegramas. Que no me olvido de ti, amor y aunque tú no me quieras, yo a ti te quiero, amor.

No, amor. No, no.

Y volvía a sorber en el recuerdo la miel agridulce de los días pasados en el balneario de Miramar. Amor cerca del mar, de lo ideal, del infinito. Amor siempre Amor.

No, amor. No, no. 

Fue una mañana gris de octubre, había ido a Córdoba de vacaciones y de paso a ver a Chichina, aunque fuera de lejos. Bajo la parra de la casa de mi amigo Alberto Granado tomábamos mate y comentábamos las incidencias de la perra vida, incluido el desamor entre Chichina y yo.

No, amor. No, no.

Alberto se lamentaba de perder el puesto en el leprosorio de San Francisco de Chañar y el trabajo mal remunerado del Hospital Español y yo de haber abandonado a la Marina mercante argentina.

No, amor. No, no.

Por los caminos paralelos del ensueño, viajamos a remotos países tibetanos, trepamos al Monte Everest con la guía espiritual del Dalai Lama y chupachupa de yerba mate y nuestras almas levitaron en el espacio sideral.

No, amor. No, no.

De regreso del viaje astral nos hicimos a la mar. Con Magallanes navegamos por mares tropicales y con Marco Polo visitamos toda el Asia. Y de pronto, deslizada al pasar, como parte de nuestros sueños, surgió la pregunta:

– ¿Y qué tal si nos vamos a Norteamérica?

– ¿A Norteamérica?

– ¿Cómo?

-Con la Poderosa, hombre…

No, amor. No, no.

La Poderosa era una moto Norton de 500 c/c propiedad de mi amigo Alberto Granado muy superior a mi bicicleta a la que había adaptado un motor italiano Cucciolo para que trepara montañas y recorriera llanos; pero, viajar desde la Argentina hasta los Estados Unidos era una tarea imposible para mi bicimoto.

No, amor. No, no.

Sin pensarlo, trepé a la moto. Di vuelta a la manija. El ronroneo de la moto era el que correspondía a una aceleración brusca. Le pegué un taconazo con la bota al pedal de arranque de la Poderosa II y partí a la conquista de América. Pero antes, en un último acto de amor sin palabras, dejé al cuidado de Chichina un cachorro de perro policía que apodé Come back con un guiño cómplice: yo también volvería.

No, amor. No, no.

En los próximos meses sólo vería el polvo del camino y a mi amigo Alberto y yo devorando kilómetros con la Poderosa en fuga hacia el Norte y lo que sigue no va a ser un relato de hazañas ni un cuento meramente cínico, será el relato personal de un hombre en los próximos nueve meses de su vida con historias que van de la más alta especulación filosófica al más bajo anhelo de un plato de sopa.

No, amor. No, no.

Mi boca narrará lo que mis ojos le contaron. No habrá sujeto sobre quién ejercer el peso de la ley. Será un viaje de ida y vuelta: la vuelta en redondo y el personaje que escribirá las notas morirá al pisar de nuevo la tierra argentina y dará paso a otro que será el que ordenará y pulirá los escritos.

No, amor. No, no.

Yo habré dejado de ser quién era y no seré más Yo. Y más de facto que de jure dejaré a los lectores con otro Yo. El Yo que fui Yo. Un Yo frente al espejo de otro Yo. ¿Otro Yo? 

No, amor. No, no.

Un Yo personal y único que aprendió de otro Yo a amar a Yo. Yo diez veces Yo. Yo multiplicado por Yo. Yo a lo Yo de Max Stirner en El único y su propiedad. Yo kierkegaardiano. Yo nietzscheano. Yo de Borges y yo.

No, amor. No, no.

Yo de Borges que afirma: Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el otro Borges trame su literatura. Yo le enmendé la plana al Yo de Borges. Yo (re) escribí el párrafo a la manera de… Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el Yo del Che trame su revolución.    

No, amor. No, no.


LA DOMADORA
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 8, 2007-OCTUBRE 8, 1947

Es una oportunidad entre mil la que se nos presenta a mi amiga Celia y a mí. Una oportunidad manufacturada por la casualidad y no por el raciocinio. Es, sobra decirlo, una oportunidad única. La oportunidad de mirarnos a los ojos, vernos de veras y no de leer a la distancia sobre nuestras respectivas actividades clandestinas: Milonga en el laberinto del Minotauro de Creta y Crimilda en el vientre de la ballena Moby Dick.

La oportunidad de decirnos las cosas directamente, no a través de intermediarios. La oportunidad de estrechar manos y abrazarnos. La oportunidad de que nuestras lágrimas rueden libremente mientras nos miramos. La oportunidad de sentirnos útiles a la causa que hemos elegido y a la cual servimos a mil millas una de otra.

-Hay mucho qué hablar, Crimilda…–me dice en clave.

– ¿Noticias del Edén, Milonga? –le respondo sin salirme del cifrado secreto convenido-. ¿Confirmaste lo de Helvecia?

Para Celia el encuentro representa la oportunidad de verme fuera de las acrobacias circenses y mi rol de domadora. Para mí es la oportunidad de bajar de los caballos y salirme de la pista. Para ambas es la oportunidad de vernos, admirarnos y abrazarnos. 

-Sí –me dice Milonga-. El hotel es ahora un centro de repatriación de gente sospechosa de pasado nazi. Hay alemanes, serbios, italianos, japoneses, croatas. Todos fachos.

– ¿Quién a cargo? -pregunto-. ¿Lo menos un ministro?

-Freude, Juancito y Contal –dice-. Toda gente de primera línea de Perón…

-Ponlo por escrito –le dije-. Helvecia debe saber…

– ¿La clave de siempre? –preguntó.

-Sí –respondí-, el mismo buzón.

Se hacía tarde, nos despedimos…

-Chau, Crimilda –me dice.

-Adiós, Milonga – le digo.

Y cada una subió por una escalera diferente para ir al salón-comedor…

Al igual que medio siglo antes admiro las lámparas de cristal que cuelgan del techo y las ventanas de tules descorridos que dan a la terraza que mira al jardín de amapolas.

Don Horacio Ferreyra ha dispuesto que la invitada de honor, Frau Clara Settembrini, antes domadora de caballos de un circo alemán de paso por Buenos Aires y ahora directora del Circo Nacional Argentino, se siente al lado de mi amiga doña Celia de la Serna que simula apenas conocerme y yo a ella un poco.

Don Horacio y su esposa se reparten por ambas cabeceras: Chichina y su joven pretendiente, Ernestito, el hijo de Celia, se ubican en el costado izquierdo. No los veo, pero tienen las manos juntas debajo de la mesa y sus rostros rojos como brasas al fuego.

Los criados van de la cocina al comedor; en preciso orden, nos sirven un consomé de codorniz, un bife con patatas asadas, espárragos a la crema, un bizcocho de chocolate y al final Don Horacio nos pregunta si queremos té o café.

Ernestito, que no ha parado de discurrir sobre lo humano y lo divino, se apresura a preguntar:

-Y, ¿por qué no cebamos un mate?

-Mate para criados –altanero Don Horacio-. La gente de bien bebe oporto.

Ernestito viste con desaliño, camisa de nilón medio sucia, pantalones negros sin planchar, un par de zapatos de cuero viejos y sin calcetines.

-A bientot –riposta-. Brindemos por los oporto-nistas, la gente de bien.

Celia me pega con el codo en el brazo y se sonroja cada vez que Ernestito interrumpe a Don Horacio.

-Este niño… -me dice-, no tiene pelos en la lengua ni lleva calzoncillos largos.

Le sonrío ahora que lo veo en el recuerdo con ojos de centenaria, ahora que visto tan desaliñada como Ernestito aquella noche: suéter de Ives Lacoste, jeans Wrangler y tenis Adidas. Me olvido de la mirada de ayer y con la mirada de hoy recorro la muestra de jarrones de porcelana de Sevres en el piso alto del Museo Superior de Bellas Artes Evita Perón, antiguo palacio Ferreyra, en la ciudad de Córdoba.

-Este niño… -me sopla Celia al oído-, no se calla ni ante el Papa.

Solo en un punto coincidieron Don Horacio y el joven Ernestito durante la cena: en el rechazo a Perón. Don Horacio, buen burgués gentilhombre, tomaba distancia ante el auge de los sindicatos peronistas. Los “cabecitas negras” decía, eran izquierdistas y socializantes. Ernestito, puro Avant Garde, atacaba a Perón por demagogo, populista y falso profeta de las masas. En los demás puntos ni una vez estuvieron de acuerdo. No se pusieron de acuerdo sobre la socialización de la medicina: Ernestito la defendía y Don Horacio la estimaba cosa de médicos graduados con malas notas. Discreparon sobre las elecciones en Inglaterra: Don Horacio defendía a la realeza por encima del sistema bicameral parlamentario y Ernestito se sentía diputado del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes. Discreparon sobre el primer ministro inglés: Ernestito quería a un militante del Labor Party de filiación comunista y Don Horacio a un estadista como Churchill.

-Y que la Pampa sea como las Malvinas protectorado del Almirantazgo inglés –se burló Ernestito.

Le vuelvo a sonreír ahora que lo veo en la foto que empezó a circular por el mundo, hoy, ocho de octubre, hace exactamente cuarenta años. Lo veo sin camisa, los ojos abiertos, tendido boca arriba sobre la rústica mesa de una escuelita rural en Valle Grande, Bolivia. Muerto a tiros, de guerrillero como quería; de condotiero, como siempre quiso. Muerto a tiros por querer ayudar a los pobres.

-Vos mocoso, ¿me acusas de colonialista y anglófilo? – estalló Don Horacio y abandonó el comedor.     

En el recuerdo le volví a sonreír a ese que conocí de Ernestito, el hijo de mi amiga Celia de la Serna que al graduarse en Buenos Aires fue el doctor Ernesto Guevara de la Serna, andando el tiempo el comandante guerrillero Ernesto Che Guevara en Cuba, apodado por la tropa Fernando Sacamuelas en la Sierra Maestra, Che en La Habana y Tatú en la guerrilla congolesa.

En una segunda resurrección el comerciante de maderas Raúl Vázquez Rojas en Praga; en una tercera vuelta a la vida el técnico de la FAO Adolfo Mena en Viena; en un cuarto renacimiento Ramón en la guerrilla boliviana y en una quinta, última y fugaz reencarnación: Che al morir.

Y al que muchos tras medio siglo lo llaman por su nombre de pila bautismal, San Ernesto de La Higuera y por su nombre de guerra en clave de redención cristiana, San Ramón de Valle Grande: santo peregrino y milagrero, sin espacio en los altares, carente de aspergeos de incienso, pero que tiene bien ganado entre los pastores de la comarca de Valle Grande el don de protector de animales y se cuentan por legión los burros, chanchos, cabras y perros perdidos devueltos a sus dueños.

Ante tanta hazaña antes y después de muerto no pude menos que murmurar: Vos pibe, sos tremendo, te robaste la gloria del mundo y nos dejaste desnudos. Y desnudos seguimos en el laberinto hasta hoy a merced del siniestro Minotauro: mitad macho cabrío cretense depredador y mitad toro babilónico devorador de lengua de fuego.

Sin nadie al alcance de la mano que nos defienda del monstruo porque a Che Ernestito, el último que intentó hacerlo lo mataron cuando estaba indefenso. Y hasta hoy, 8 de octubre de 2007, aniversario cuarenta del asesinato del Che, sigo sin creer que sus últimas palabras fueron:

Soy Che Guevara, no disparen …

Sigo sin creer pese a que sus captores repitan que dijo: vivo valgo más que muerto …

No, Che nunca dijo eso ni pudo haber dicho algo parecido.

Che les dijo: soy Che Guevara, no tiemblen, apunten bien …

Lo que Ernestito les dijo fue: disparen, carajo, muerto valgo más que vivo.  


EL ESCRITOR
BOCA RATÓN, FLORIDA, 2007
LA HABANA, CUBA, 1958

Llamadme NO-Él …

Sí, esta es mi historia, la que tengo que contar y cuando empiece a descargar los recuerdos no me podré detener. En 1958, los fidelistas con bombas y disparos de ametralladoras asolaban a la ciudad. Patri y yo salíamos a bailar cada noche. Era nuestra forma individual de rebelarnos frente la rebeldía colectivista que los fidelistas nos querían imponer. Los fidelistas querían al pueblo de rodillas, rendidos a sus pies. Nosotros seguir de pie y dar la vuelta a la pista de baile. Participar de la farra de la vida. Bailar. La Habana entera bailaba. Mambo, qué rico mambo.

Mambo qué rico e, e, e. 

Para Hemingway y Gertrude Stein el Paris de 1920’s era una fiesta. Para Patri y para mí La Habana de 1950’s era una fiesta multiplicada por mil. La Habana se movía. La Habana era rumba. La Habana era son. La Habana era chachachá. Se bailaba en las esquinas, en los bares, en los cabarés y en los clubes. En todas partes se bailaba. La Habana entera bailaba.

A los fidelistas les jodía la fiesta. Los fidelistas no bailaban. La rumbantela les era ajena. Ellos eran patones y patanes. Ellos patrocinaban las bombas, los tiros y los apagones. Nosotros la noche. Nosotros la fiesta. Nosotros la rumba. Nosotros la risa. Nosotros el baile. Nosotros Cuba.

Mambo, qué rico e, e, e. 

Un capítulo de la novela que escribo como Colón sus memorias en la proa de la Santa María sin editor ni tierra a la vista empezaría el treinta y uno de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho. A la medianoche. La víspera del apagón histórico de Cuba. La última noche de Cuba Libre.

Las luces del salón de bailes del Club Casino Deportivo se apagaron de repente. Todos pensamos, ahora explota la bomba fidelista. Teníamos derecho a pensarlo. Habíamos sufrido en carne propia el terrorismo. En el Cabaré Tropicana, en el Salón Bajo las Estrellas, la noche final de 1957. Bailábamos entre el primer show y el de medianoche. El coro de mulatas de fuego de Doménico Neira descendía por la pasarela en bikinis y largas batas rojas. La orquesta de Armando Romeu descargaba una fanfarria musical que iba de Moon light Serenade a Copacabana. En el jardín se acumulaban las jaulas con palomas que serían echadas al vuelo a la medianoche. Los camareros entre las mesas repartían botellas de champán y fuentes con uvas. Todo el mundo de pie, alrededor de las mesas, mirando los relojes. Uno, dos, tres, contando los minutos que faltaban para decir adiós al año viejo y cantar el himno nacional de Cuba.

¡Bang!

 Otro

¡Bang!

Correcorre

¡Bomba!

Gritería

¡Bomba!

Empujones van.

¡Bang!

Empujones vienen

¡Bomba!

Apagón

¡Bang!

Cortocircuito.

¡Bomba!

Las bandejas sobre el piso de losetas tornasoladas ¡Cataplún! La gente por el piso. ¡Esscrahssss! Las fuentes, las copas, los vasos, las botellas. ¡Crac Crac Crac! Todo al piso, sin luz. La gente encorvada, de rodillas, a oscuras, gateando debajo de las mesas. Sin saber que había ocurrido hasta que vimos brotar una columnita de humo y al mirar vimos el cuerpo de una corista envuelta en lentejuelas de colores cercenado en dos como un bistec sobre la tarima de madera y metal de la pista.

Ulular de las sirenas de los bomberos ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los policías hasta un cuerpo inerte de mujer en exhibición ¡Por aquí! Los camareros enfocaron las luces de manos de las linternas sobre el cuerpo semi desnudo de una mujer desplomada en cruz sobre un par de banquetas del bar ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los rescatistas de la Cruz Roja en la oscuridad hasta un cuerpo del que pendía desarticulado un brazo y un garabato de pierna con los huesos y la piel desgarrados por la metralla. ¡Por aquí!

Pasaron varios segundos en silencio y la voz del locutor por los altoparlantes rebotó contra las paredes del salón. ¡Beso, Beso, Beso! Las parejas comenzaron a besarse a medianoche. Los labios de Patri se aplastaron sobre los míos. Al combate, corred, bayameses… Cambio de melodía, no más besos. Entonamos la primera estrofa del himno nacional de Cuba amplificada por los altoparlantes que colgaban del salón. Que la Patria os contempla orgullosa

– ¡Ay, Noel! –Patri triste-. Último año, mi León…

Las luces del salón se prendieron y la orquesta Casino de la Playa cambió el ritmo y vacilón, tremendo vacilón, qué rico chachachá y le pregunté a Patri por qué había dicho eso.

-Mi padre pide silencio –hizo una pausa-. Batista se va…        

– ¿De veras se va?  ¿Adónde va? –dije.

-Pal’ carajo –repitió Patri-. Pal’ carajo.

Quedé sin aliento y no supe qué decir…

A la medianoche, La Orquesta Casino de la Playa se retiró a descansar. La voz en vivo del cantante y los sonidos de los instrumentos fueron reemplazados por música grabada a través de altoparlantes. Un primer acorde. Supe quién era. Abracé a Patri fuerte que no se escapara ella ni la melodía y comenzar el año bailando el bolero que nos derretía como mantequilla por dentro y nos partía en dos el corazón.

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte que pasó,

Pero de ti me enamoré

Era Benny Moré. El Benny. Benny Moré qué bueno baila usted. El Bárbaro del Ritmo. Benny Moré. El príncipe de la melodía. Y aquí usted me ve. Nuestro tema musical, la canción que nos hacía melcocha el alma. Nuestro himno de guerra, la música que hacía que nos juntáramos y nos miráramos como tórtolos mientras en vivo o en disco el Bárbaro repetía …

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte qué pasó,

Pero de ti me enamoré

Patri (o) tra tuvo la feliz idea de esperar el primero de enero del nuevo año 1959 bailando en el Club Casino Deportivo. Pagamos cincuenta pesos por pareja con derecho a mesa y botella de ron. La orquesta que iba a amenizar los bailables no era una orquesta cualquiera. No, era La Banda Gigante. El cantante que nos iba a arrullar a medianoche con las luces apagadas no era un cantante cualquiera. No, era Benny Moré.

El Club Casino Deportivo se atrevía al poner en circulación al Benny y a su Banda Gigante para los asociados. Se le iba por delante al Vedado Tenis Club, al Miramar Yatch Club, al Biltmore Club y a todos los clubes aristocráticos habaneros que por años le habían cerrado las puertas al Bárbaro del Ritmo. No lo querían. Había sido pobre, ahora era rico y famoso. No lo querían. Ellos eran blancos y ricos de cuna, el Benny era negro y pobre de cama. Definitivamente, no lo querían. Benny siempre había sido alborotoso, borracho, mujeriego y pendenciero. Ellos también eran alborotosos, borrachos, mujeriegos y pendencieros, pero blancos y ricos de cuna. El Benny no, Benny no era de ellos. 

El treintaiuno de diciembre, el gerente del Club Casino Deportivo nos llamó de urgencia, se cancelaba el concierto, ofreció disculpas y nos devolvió cincuenta pesos. No de Nones. No, Benny Moré y su Banda Gigante a última hora cancelaron el contrato. No, Benny Moré no estaría en el Club Casino Deportivo. No, Benny Moré no estaría en La Habana. No, Benny Moré tras regresar de una gira por la provincia de Las Villas no estaría en Cuba. No de Nones. Benny Moré se iba a los Estados Unidos, a Miami, con un contrato para tocar y cantar en el Hotel Lido el último día de 1958. No que no. 

Ah, qué pena, lloramos. Y todavía con la esperanza de que ocurriera un milagro, que el Benny y su Banda Gigante entraran de sorpresa por la amplia puerta del Club Casino Deportivo, repetíamos mientras esperábamos la rima de una de sus canciones.

Decían que Benny no venía,

Y aquí Usted me ve,

Benny Moré,

Qué bueno baila uste…

Llevábamos años bailando con la Banda Gigante de Benny Moré. Una banda que hacía honor a su nombre. Cuarenta músicos desplegados y acoplados y sincronizados y homogeneizados a las órdenes de Benny Moré. Una banda que superaba a la big-band de Xavier Cugat que se tenía por la mayor banda de música del mundo.

Al oír al Benny cantar con la Banda Gigante Maracaibo oriental se le alborotaba a uno la sangre.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo pa’ que tú lo baile!

Se le alborotaba a uno el negro que todos los cubanos llevamos dormido dentro.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo pa’ que tú lo goce!

Trombones, saxofones, cornetas, pianos, contrabajos, baterías, flautas, tambores, tumbadoras.

Todo al mismo tiempo.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo!

Ah, qué lástima, ya estábamos apegados a su música. Y si por casualidad nos enterábamos de que el Bárbaro cantaba en Alí Bar o en Tropicana o en el Sans Souci o en el Montmartre o en el Sierra o en el Palermo, allá nos íbamos de la mano la Patr (i) otra y yo.

Íbamos a verlo…

Ir a ver al Benny era asistir a un doble espectáculo, el de la música de la Banda Gigante y el de la actuación del Benny. Sí, Benny Moré con su voz de barítono era en sí mismo lo mejor del espectáculo. Con un gesto de la mano o del bastón los cuarenta músicos disminuían la intensidad de la música y una avioneta Piper Comanche musical planeaba bajito sobre nuestras cabezas.

Zimzum zumbido de motor.

El Benny se apoderaba del centro de la pista.

Tun-Tun de los tambores.

El Benny se empezaba a mover.

Ta-Ta de trompetas.

Y las luces se prendían y era todo a la vez.

Zimzum.

Tun-tun.

Ta-ta. 

El foco de luz giraba en torno al Benny.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas. 

¡Santa Isabel de las Lajas, querida!

¡Santa Isabel!

Benny en persona era un combo milagroso: mitad chuchero cubano y mitad pachuco mexicano.

Benny en la pista con sus pantalones de batahola, anchos hacia arriba y cerrados como tubos hacia abajo.

Benny con el saco larguísimo le rozaba las rodillas y los tirantes gruesos bien marcados sobre la camisa de pechera blanca y el lacito negro le cerraba el cuello y los zapatos de dos tonos blanco y negro y el sombrero tejano y sobre todo el bastón.

El bastón, escuchen bien, señores, el bastón del Benny.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas

¡Lajas mi rincón querido,

¡Tierra donde yo nací!

Ya no era solo la música.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas.

¡Lajas tengo para ti,

¡Desde mi cantar sentido!

Era el canto.

¡Lajas tus hijos son caballeros!

Era el gran espectáculo.

¡Lajas tus mujeres altivas!

Ver en vivo al Benny. 

¡Por eso grito que vivan!

Disfrutar del Bárbaro del Ritmo. 

¡Mil Lajas¡,

Con sus lajeros,

¡La-je-ros!

Gozar del Benny y todos a coro.

¡Santa Isabel de las Lajas!,

¡Que-ri-da!,

¡Santa Isabel!

Tan-tan-tarará …

El bramido de las trompetas y todos le hacían rueda.

¡Be-nny-Mo-ré!,

¡Qué bueno baila uste!

Y con nuestra canción favorita como himno de batalla, empezábamos el Año Nuevo 1959.

Sentí la respiración de Patri rebotar sobre el pecho y le oí decir en un suspiro:

-Qué sea lo que Dios quiera…

Sin hacer caso de malos presagios, repetí con el Benny en la victrola para que solo ella me escuchara.

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte qué pasó, Pero de ti me enamoré   

Arde aún sobre los años

Tomado de la novela Arde aún sobre los años, Ilíada Ediciones, 2023

Fernando López (Argentina, 1948) Escritor, columnista, abogado. Organiza el Encuentro Internacional de Literatura Negra y policial CÓRDOBA MATA (2014/22). Ha publicado 18 libros, entre otros, la saga de novelas Philip Lecoq, el detective de los pobres. Entre sus premios destacan el Latinoamericano de Narrativa Universidad de Colima, México, a la novela El mejor enemigo (1984); primer finalista premio Planeta Argentina con la novela Odisea del cangrejo (2005); y finalista en el concurso Novelas de Película del BAN! con la novela Un corazón en la planta del pie (2015). Arde aún sobre los años se alzó en 1985 con el prestigioso premio internacional Casa de las Américas, de Cuba.


III

Los hombres ponían buena voluntad pero el gesto de miedo les salía como una mueca grotesca, más cerca de la risa, que acaso les tentaba. El rollo se terminó cuando salían por segunda vez e intentaban mejorar la expresión de acuerdo con lo que el Moro les explicó, pacientemente, con el pucho en la boca. El Mensajero había arrojado la sal, ahora se iba a filmar sin sonido confiando que, a la señal convenida, volvieran la cabeza hacia nosotros.

—Yo golpeo las manos, ustedes piensan que son tiros y se asustan —dijo el Moro—. ¿Listos? ¡Acción!

Unos segundos después la cámara comenzó a silbar y se trabó.

—Paren, paren. Vuelvan adentro que hay que cambiar el rollo.

Era de imaginar que no iba a ser fácil lograr el realismo buscado. Tablita y yo insistimos, antes de comenzar a filmar, que había que ir a la Policía a pedir permiso para tirar unos tiros, pero el Moro y el resto del grupo se opusieron. No querían arriesgarse más, aunque la escena no fuera perfecta y seguir adelante con la película a pesar de los inconvenientes. Ya habían querido controlar el guión y les dijimos que no estaba escrito, la verdad, pero no nos creyeron, porque decían saber que una película no se puede improvisar. Vinieron a la filmación de las primeras escenas, se pudrieron de estar al pedo cuando ensayábamos o preparábamos las cosas. Dejaron de venir y se conformaron con la explicación del argumento. El Turco les pidió que nos dejaran tranquilos. Yo me hago responsable, dijo, después de escuchar el discurso del comisario advirtiendo que todo el país debía someterse a los controles de seguridad, incluyendo la Secretaría de Cultura. Al Turco le dijimos que si sabía el argumento de antemano no le iba a encontrar sabor, por falta de sorpresa y también quedó conforme. El Moro no habría consentido, ni nosotros tampoco, que nadie nos molestara insistiendo una vez más sobre los temas que podían o no podían filmarse, como si no lo supiéramos ya. El Moro sacó el rollo de la cámara, lo envolvió con papel de aluminio y lo guardó en la cajita.

—Enano, dame otro rollo —dijo.

Nadie se movió ni dijo nada.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está el enano?

Ya no estaba a nuestro lado. Desapareció sin abrir la boca, sin dejarnos saber por qué tanto misterio, pero al ver que el Moro se agarraba la cabeza y empezaba a putear se nos hizo evidente que había metido la pata.

—¡Lo voy a matar, hijo de puta! ¡Lo voy a enterrar de cabeza para que no haga más daño! ¡Hijo de puta!

Nada menos que al Moro se le ocurrió que Patita e’ropero fuera el productor. Se lo advertimos, pero dijo que lo iba a sacar bueno, así le costara la salud y todo el tiempo del mundo. Que se ocupara de proveer corriente a las lámparas, que iluminara la escena, que ubicara las pantallas de tela blanca, vaya y pase, no era cosa del otro mundo, pero darle además la producción nos había parecido una idea descabellada. ¡Al Patita e’ropero, el más distraído del grupo! La de las ramas verdes no fue la primera trastada que se mandó, como no sería la última olvidarse de traer otro rollo para filmar la salida de la fábrica. Eso de esconderse no era nuevo. Esperaba que nos relajáramos y cuando estábamos hablando de cualquier pavada se aparecía como si tal cosa. No soportaba que le dijéramos nada, una palabra de más era bastante para deprimirlo. Optábamos por menear la cabeza, más divertidos que coléricos, como que no importaba demasiado el tiempo que nos llevara filmar esa película.

—Bueno —le dijo el Moro—, espero que mañana no pase lo mismo.

Patita dijo que no con la cabeza.

—Vamos a llevar éste a revelar y de paso compramos cuatro o cinco. Los vas a tener siempre en un bolsillo, ¿estamos?

Dijo que sí.

La tarde estaba perdida. El Turco abría a las cuatro, no había forma de repetir porque los muchachos tenían hambre, los esperaban con comida caliente y vino fresco. Cuando vimos desaparecer las bicicletas en la ochava creo que todos sabíamos que esa escena no se volvería a filmar. Quedábamos a merced de la suerte, de que todo hubiera salido más o menos y el rollo no volviera con fallas en el color. En fin, de que no se perdiera en el trayecto a Buenos Aires como había pasado alguna vez. Guardamos todo y nos fuimos a echar a la sombra de los árboles, frente al laguito, a un costado de la escalinata que baja por el barranco hasta la orilla del agua. No queríamos ir a casa para no quedarnos dormidos. Allí, como otras tardes, nos íbamos a enterar de lo que el Moro tenía previsto para el día siguiente. Después de un rato se le soltaba la lengua y contaba sus proyectos, babeándose como si la película estuviera lista, como si ya la hubiéramos proyectado en el cine del gringo Magistrello o en el microcine del Centro Comercial.

—Yo quiero hacer películas de acción, con mucha acción, como es la vida —dijo una vez—. No la de este pueblo de mierda, la vida en serio. San Tito es como un estanque, como este lago artificial. ¿Y qué es un estanque? Agua podrida. No, la vida es como un río: pura turbulencia, movimiento puro. Yo lo sé porque estuve en otras partes. Ibáñez también sabe y dice lo mismo en un poema:

A veces me han negado tu destino de cordura
divina y suave y fresca a un tiempo
para bien o para mal de las fronteras.
Y yo te he defendido.
Mano susurrante
espejo de verdores y de espectros
—rubio negro o rojo según cuente la historia.
Talla de piedras madre verdadera
lavandera de progresos.
Súbita brújula que apunta eternidades
sé por seguirte armado con la muerte
que no te detienes camino de la vida.
Más que sal y amor y peces yo pidiera
no te dejes domar por las quietudes
no me pueda olvidar de tus excesos.

El Moro hablaba siempre con Ibáñez. En general, al grupo, nos daba poca bola, pero con él tenía buena relación. Desde que vino a vivir a San Tito creó la expectativa de que era un tipo diferente. Por la forma de vestir, de hablar, su barba, lo poco que sabíamos de él, como que a la cana no le gustaba su presencia en el pueblo, nos fascinaba, tanto como escuchar la lectura de algún poema suyo que nos llegaba por el Moro. No sabíamos si eran buenos o malos. Nos deleitaba saber que el forastero hermético era una persona sensible que en nada se parecía a un empleado de banco. Lo respetábamos, a pesar de que no había querido colaborar con nosotros.

—Traté de convencerlo —dijo el Moro—, pero no hay caso. Le dije: largá la lapicera, Ibáñez, agarrá la cámara. El cine es el arte del siglo veinte, entendelo. Vos te quedaste en el diecinueve. Después me da bronca porque se ríe, dice que tengo razón, pero se ríe. ¿Qué quieren que haga?

Cuando yo le decía de la importancia de hacer bien el guión me contestaba lo mismo, que yo seguía en el siglo diecinueve, me hablaba del lenguaje cinematográfico, del poder de la imagen, de todo lo que nace cuando el artista improvisa. Nunca nos pusimos de acuerdo y manteníamos un término medio de lo que cada uno aportaba. El Moro tenía una idea, la contaba al grupo y yo trataba de armarla, en algo parecido a un guión que nunca pasaba de ser un boceto. Después filmábamos, sin orden, cambiando el significado de la escena, de los personajes y casi siempre también de la película. Por eso nunca sabíamos lo que se iba a filmar al día siguiente.

—Mañana podemos hacer: o la escena de la violación o la escena de la meada poética. Hay que ver si el Fuin está disponible. Vos, Margarita, ¿cómo estás para dejarte violar?

—Y… bien.

—Tenés que ponerte un vestido blanco. Avisale a tu mamá que lo vas a ensuciar para que no se enoje.

—Tengo uno de jersey. ¿Sirve?

—Uno sensual tiene que ser.

—Tiene el escote hasta acá.

—Ese. Ponételo sin corpiño.

—Bueno.

Ella siempre estaba dispuesta. Dejó la secundaria porque la habían convencido de que no le daba la cabeza. Empezó a trabajar en el negocio del padre. Escuchaba los discos, grababa los temas que se adaptaban a tal o cual escena, nos traía cassettes cuando filmábamos sin sonido directo y a veces, cuando las ventas crecían, a principio de mes, aportaba dinero para pagarle los rollos al Turco. Era la estrella de todas las películas que habíamos comenzado. La flaca hizo de buena, de mala, de loca reventada y de virgen, según se le pintaran los labios y se insinuara o no la hermosa pechuga que le inflaba su musculosa. El mejor de sus trabajos fue el de virgen, cuando hicimos el corto en el aniversario de una capilla rural. Jesús y María devenían seres reales que abandonaban el templo junto a los hombres y mujeres del campo y los acompañaban a hacer sus tareas en la tierra, con el fondo musical del Aleluya de Giovanni Pergolesi. Era enorme la alegría de esa gente cuando se vio junto a Jesús y la virgen ordeñando las vacas, arrojando las semillas o alimentando a los puercos, después sentados a la mesa y al final, dormidos entre sábanas impecables, recibiendo la bendición. Cuando encendieron las luces del Centro Comercial un aplauso atronador saludó ese producto que nos presentaba en sociedad. Me quedé con ganas de capturar el rostro de los campesinos, en la oscuridad de la sala, esa maravilla de risas y ojitos brillantes que se grabó en las retinas de todos nosotros, un certificado de existencia que nos confirmó en el camino elegido. Esa fue la tercera película que empezamos y la única que vimos terminada. La primera, Historia de una prostituta, estaba inconclusa porque los rollos donde Patita e’ropero dejaba su virginidad, entre las piernas de Margarita, jamás volvieron de Buenos Aires. La segunda, Las malas vecinas, quedó en el carretel: en todas las secuencias aparecimos sin cabezas. Del Moro fue la idea de que Patita manejara la cámara y así nos fue, ni ganas quedaron de empezarla otra vez. La cuarta, sin título, donde Margarita hacía de buena y era la esposa de un metalúrgico —el Fuin—, quedó sin la escena del pan, donde el niño lloraba y los padres alegaban, alrededor de los platos vacíos, contra la mala suerte de tener un salario tan bajo. Esta vez el problema fue con el color: llegaron los rollos desteñidos, como quemados por un ácido que no era el adecuado para tratar la emulsión. Si aquella noche en el Centro Comercial no nos hubieran aplaudido a rabiar, el quinto, el policial, el primer largometraje encarado por el grupo habría terminado en las ruedas de una moto que el Moro pensaba pagar con la venta de la filmadora. Quién sabe, en una de esas, noche mediante, se habría mandado a mudar otra vez.