FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA
WALTER LINGÁN (Cajamarca, Perú, 1954) Desde su primera novela Por un puñadito de sal (1993), que ahora reeditamos, ha publicado una amplia obra narrativa que incluye Koko Shijam, El libro andante del Marañón (2014), Mis flores negras y otras indecencias (2022), Mi nombre es Paronacional (2024), Mamá Angélica (2024), El Titikaka en la mochila (2025) y la novela infantil Niña y Stupsi – El increíble viaje de dos cuyes a la luna (2025). Después de una larga estadía en Alemania, actualmente radica en Austria.
1.- Hecha polvo volaré entre los remolinos
No sé para qué ha de servir que cuente la historia de mi vida. Quisiera que lo recuerden bien clarito, yo no soy reina ni princesa, ni heroína ni nada por el estilo. ¿A quién pues, dígame, podrá interesarle las lunas y los soles que han alumbrado mi trajineo de los años que ya he vivido? ¿Qué le puedo enseñar a la genteque vive tan lejossi no conozco ni una letra? La pobreza me ha hecho crecer en las sombras de la ignorancia, envejeciéndome llena de oscuranas. Sin embargo, he parido un hijo, de quien usted afirma ser su amigo, que le ha encontrado gustito a las letras y dizque ha resultado poeta, o sea, es una de esas personas que escriben para darle a la vida otro color o arreglar los caminos del mundo con la luz que brotan de los versos y de los libros. A otro de mis hijos, llamado Rafael, se le dio por los números y pregona que los pobres a la izquierda valen más que el cero; y otro, sin ser brujo ni redentor, anda explicando, a quien quiera oírle, que es posible cambiar el destino de la gente pobre y que es bueno sembrar, aunque sea un poquito de esperanzas. Mis hijas aprendieron a leer lo necesario y con esa luz, de una u otra laya, alumbran el porvenir de sus hijos. Lo más valioso que tengo en la vida son mis hijos, mis nietos, mis biznietos y mis tataranietos. Además, tengo sueños, muchísimos sueños, que me hacen ser dueña de pequeñas y de grandes locuras. Sin todo esto, me pregunto muchas veces, ¿cómo podríamos vivir en este mundo tan degenerado? Quizás la locura es lo único cuerdo que hay en esta mi vida, es el puñadito de sal que nos llena de esperanzas, nos da y nos quita la razón de vivir.
La verdad, y eso se nota en los ojos de quienes me visitan, hay gente que piensa de que estoy muy vieja, de que tengo los días contados y no me queda mucho pan por rebanar en este valle de arena, de ríos casi secos, de caminos polvorientos, de gente que languidece en su pobreza y que resignada parece estar sentada esperando que les llegue la tramposa muerte. No lo puedo negar, la vejez se ha metido ya en todo mi cuerpo, sus achaques asoman para atacarme, sobretodo me golpean la barriga y mis músculos; se me hinchan los nudos de mis dedos, se inflaman mis rodillas y mis tobillos; pero la cabeza, eso es lo más importante, así me ha dicho mi hijo Melacio, el poeta, se mantiene viva, fresca, y pienso, pienso en la vida, en este nuestro pobre país, en los destinos del mundo perdido en la miseria, y pienso también en Alemania porque allá está él, mi Mela, con su esposa Annette y mis dos nietos: Simon Amaru y Johanna. Ellos, que nos visitan de tiempo en tiempo, seguramente conversarán en las noches, antes de dormirse.
—Mamá Juana creo…
—Sí… ¿Qué crees?
—¿No crees tú también?
—¿Qué?
—No sé cómo decírtelo… A lo mejor la próxima vez que viajemos al Perú ya no la encontramos revoloteando bajo el verdor de los algarrobales o entre los arenales incendiados por ese sol del demonio.
Quién sabe pues, quizás ya no me hallarán; no verán más a estos mis andariegos pies que no se gastan del mismo modo como se gastan los zapatos, ni se agotan de caminar por estos montonales de tierras, familia de los desiertos clamando por agua, por vida nueva. A lo mejor llegan un día y ya no encontrarán mis manos atizando el fogón o tirando puñaditos de maíz a las gallinas. Sus ojos no podrán ver más las alegrías ni las tristezas de estos mis ojos que los gusanos han de comer. Aparecerán a la puerta de mi choza y no encontrarán mi boca dándoles los buenos días ni el buen llegar, cuando la luz del día se apague ya no podré despedirlos con un buenas noches y lindos sueños. Y es que los muertos no hablan, simplemente se quedan en silencio y abandonados en los cementerios. Aunque a mí me queda la esperanza que mi cuerpo hecho tierra, polvo de los caminos, estará volando en medio de los remolinos.
Entonces, lo único que les quedará de mí, como consuelo, será mi voz encerrada en esas cajitas, colocándolo en el radiocasetero podrán escucharlo hasta el cansancio, pero yo ya no estaré, ni rastro habrá de mí en este mundo. Llegará un día que cuando alguien pregunte por mí, por doña Juana Mendoza, la mamá del poeta Melacio, de los Castro, ya no habrá nadie que le pueda decir quien fui, no habrá ni un alma que se acuerde de mí, ni siquiera de mi nombre. Los nuevos vecinos al escuchar mi nombre, alzando los hombros o negando con la cabeza, dirán que nunca lo han escuchado. ¿Juana Mendoza? No, esa señora no vive por acá, dirán y seguirán caminando o laborando sin mayores preocupaciones que intentar comer el pan con el sudor de su frente.
Nací en el campo, cerca de un sitio llamado Pueblo Nuevo, en una chocita de las serranías de San Gregorio, provincia de San Miguel, en el departamento de Cajamarca, y por eso los costeños me dicen con desprecio: «Serrana come papa con gusano» o «chola piojosa». El día que,asustada, abrímis ojos a la vida, en Pueblo Nuevo todo andaba revuelto y es que celebraban la fiesta de San Juan. Dizque no había nada en paz ni en silencio. En vez de eso, alboroto y griterío. Música, baile y aguardiente, o sea, borrachera, gente borracha, bailando y cantando, jaraneando de lo lindo. El viento flotaba sobre las pajas; fuiiii, fuiiii, fuiiii, silbaba y envolvía los montes. La luna, que no había dormido toda la noche, agarraba a las nubes de pañuelo y bailaba en una esquina del cielo. «Vengan todos a la fiesta / vengan todos a bailar…» cantaba la gente. El agua del río: ploc, ploc, ploc, tumba que tumba, como borracho, se reventaba entre las piedras, por entre las cañadas. Hasta los cerros, azuleando en las alturas, «te-pongo, te-pongo, te-pongo», repetían la voz de las cajas y la metálica risa de los rondines salpicaba en la verdosa larguedad de los valles, en las anochecidas hondonadas, en las enconadas laderas.
«¡Qué buena está la fiesta / la fiesta de san Juan!…» cantaba incansable la gente. Entre tanto alborotapueblos, la maldad, gritando ¡guija! ¡guija!, se arrumaba a cualquier sombra que encontraba en las quebradas oscuras. Hombres y mujeres, estrenando ponchos, chales y sombreros, zapa-teaban huaynos y copa-copa apuraban la candela del aguardiente. Las flautas preguntaban: «¿Qué-comeremos-mañana?, ¿qué-comeremos-mañana?», y las cajas respondían: «¡Mondongo-mondongo-mondongo!» Un loquerío de voces cantando: «Vengan todos a la fiesta de San Juan / vengan todos a bailar / ¡qué buena está la fiesta / la fiesta de San Juan». El bombo y el redoblante estaban conversa y conversa, ni un minuto acallaban su vocerío. Uno decía: «de-bajada, de-bajada, de-bajada», y el otro repetía: «te-pongo, te-pongo, te-pongo». El pueblo estaba de fiesta, era fiesta pues, la fiesta de San Juan.
Mi mamá, quejándose por los dolores que le anunciaban el arribo de una nueva criatura, abandonó el baile y se metió rapidito por la chacra rumbo a su choza, a parir en un rincón de la cocina. Aunque, a decir verdad, no recuerdo el día ni la hora en que vi al sol alumbrando a la tierra, ahuyentando a los malos espíritus, pues se nace con ojos que no saben lo que ven, nacemos sin pensamiento, sin conciencia. Desnuda, con el cuerpecito pegajoso, acurrucándome en el seno de mamá, lloraba presintiendo la fealdad de las sombras. Ahí fue que ella acercando su boca a mi oído, me dijo: «Si recién llegas a estas tierras y lloras con tanta ternura, te da tanta pena, ¿cómo será tu vida? ¿Un montón de desgracias? ¿Puro sufrimiento?» Así habló mi mamá. Quizás ella, que parió tantos hijos, sabía leer en nuestro llanto, el destino, la vida que nos estaba entregando.
Mi tayta, rascándole lo poquito de malo que tenía, fue un hombre bueno y se llamó Hipólito Mendoza Hernández. Conoció a mamá, doña Rosa Novoa Mondragón, y en menos de lo que canta un gallo, se antojaron y entre antojo y antojo trajeron siete hijos a este mundo. Nosotros hemos sido —como decía mi mamá— sus siete penas y sus siete alegrías. Pero quién sabe ¿cuántos dolores y malagradecimientos le habremos dado? El único hermano varón que tuve se llamaba Artemio. Mis cinco hermanas fueron: Rosaura, Rogelia, Fidencia, Isaura, y la menor de todas, mi Julia. A mi hermana Julia dizque la esperaban para el mes de julio, pero en señal de capricho, ella se tardó un poco y nació en agosto. «De raza le viene el capricho», decía mi mamá. Mi tayta, que también tenía su geniecito, salió también con su gusto al no llamarla Agusta o Agustina. Había dicho: «Nazca o no en julio, se llamará Julio o Julia».
Recuerdo que en Pueblo Nuevo, en los campos cercanos, y en los otros caseríos, la gente vivía muy mal, mucho peor que en Caín. ¡Uy!, la miseria en que vivía era como para llorar. Claro, en ese tiempo era chica y no sabía reconocer las cosas y tampoco tenía tiempo para llorar por la miseria de otros. Pero conforme fui creciendo, me di cuenta de que no todos somos iguales. Unos no tienen ni donde caerse muertos, mientras otros, los menos, hasta les sobra la riqueza como para intentar comprar a la muerte. Ahora, con toda la vejez y la experiencia, las palabras no me alcanzan para contarles todos los sufrimientos de la gente que vivía en aquel tiempo, allá en el caserío donde nací. No sé si basta con decirles que la gente era muy pobre, tan pobre como esa gente que anda limosneando por el mercado de Chepén, por las calles de Chiclayo o de Lima. Por suerte ellos encontraban un sitio donde laborar, aunque tenían que pasarse trabajando todito el santo día. No sé…
A veces me da por creer que cuando se nace pobre ni el trabajo de sol a sol, ni el rezo nos salva de esta maldición. Dicen que el trabajo es una bendición; en cambio ¿qué es la pobreza?, segurito que es la maldición que propagan los que no saben trabajar. Eso es y así lo digo siempre: la pobreza es una maldición sin remedio. De nada nos sirve trabajar como bestias de carga, ni levantar los ojos al cielo nos ayuda para ahuyentar las maldiciones de la necesidad. Les digo con plena seguridad de que la pobreza es obra de quienes viven bien, de quienes con su dinero manejan el andar del mundo; porque Dios, o quién diablos sea el creador, por más mala sangre que tenga, no haría sufrir tanto a sus criaturas.
Allá en Pueblo Nuevo la gente trabajaba sin importarle nada, si soleaba o si llovía; agachaditos, soplando la lluvia para que se vaya pronto, laborabanel campo sin descanso. Porque así también decían los viejos: «Para que la lluvia se vaya, hay que soplarla». Para los pobres solo hay dos caminos: morirse de hambre o morir pensando que mañana, para sus hijos, todo será mejor. Cuando un pobre no trabaja ¿de dónde saca pues para comer, aunque sea por última vez? Hay gente que pierde toda esperanza, y con razón, entonces ya no hay ninguna razón que la detenga. Eso lo estamos viendo, la guerra que estamos sufriendo no es castigo divino, como muchos quieren decir, no es ninguna maldición que de pronto ha caído del cielo, es producto de la pobreza que el cuerpo ya no aguanta, es la forma de responder a tanta locura, a tanta injusticia o a esa justicia de los que todo tienen y no les falta nada.
Mis taytas eran dueños de una regular extensión de terrenos, tierras que producían buenas y abundantes cosechas. Lindo espigaban el trigo y la cebada. Rubio-rubio florecían las mazorcas de maíz. Hermosas y grandes papas ojonas. Las tierras. ¡Qué tierras! ¡Uf!, mis pies llegaban cansados hasta la última punta de las propiedades que tenían mis taytas. ¿Cuánta tierra pues habrán tenido? ¡Pucha!, bueno, harto, hartote, suficiente como para poder vivir, digamos, bien, holgados, aunque sin lujos. De todo eso ¿qué nos queda ahora? Nada o casi nada. ¿Y a mí qué me queda de toda esa riqueza? Una pizca de tierra bajo las uñas, nada más, también recuerdos como sueños, recuerdos que para mis nietos y biznietos serán simples historias, historias que no encontrarán en ningún libro.
El ganado que dejaron mis taytas, lo mismo que los terrenos, desaparecieron con el tiempo, con la noche, de pronto amaneció y ya no teníamos nada. Quiero decirles que en aquel tiempo era pequeña, de ahí que no podría decir cuan extensas eran las propiedades de mis taytas. Después, más tarde, me porté como una muchacha sonsa que no supo o no pudo defender la herencia que, con su muerte, nos dejaron. Unos cuantos vivos, por uno u otro motivo, fueron recortando, esquilmando, el mundo que con tanto esfuerzo habían construido los pobres viejitos. Los terrenos, que en aquel tiempo tuvimos, eran tan extensos como las propiedades que tiene el señor Barboza, y él no es pues un hacendado, pero tiene suficiente como para vivir cómodamente. Cuando mi tayta se unió a mi mamá dizque ya tenía unas cuantas cabezas de ganado y un buen pedazo de tierra, aunque más grande que El Palto, ese terreno que tenemos aquí en Caín y dizque mide más o menos seis hectáreas.
En esos tiempos las tierras no se medían por hectáreas ni por metros cuadrados, sino por fanegadas. Los metros cuadrados y las hectáreas, como ahora dicen, no se conocían en aquella época. Ahora escucho hablar de metros cuadrados y de hectáreas a los muchachos que vienen de la escuela, como si hablaran de trompos y rayuelas. Nosotros, que no fuimos a la escuela, no, no hemos conocido eso. En cambio, mi Melacio, mi hijo el poeta Mela, que ahora vive en Alemania, decía: «Mamá, mira bien, los hacendados han ocupado todas las tierras que en otros tiempos pertenecieron a nuestros mayores. ¿Acaso ellos compraron los terrenos? No, mamá, no. Ellos vinieron y diciendo: ‘esto me pertenece’, pusieron cerco aquí, más acá y más allá. A los hombres que reclamaban los llamaban indios brutos y haraganes, los amontonaban en las cárceles o les metían un par de balazos. Y ahí quedaba, que vida ni vida, que cristiano ni ocho cuartos. ¿Cómo vamos a morir si no existimos? ‘Los indios no tienen valor’, así dicen, es triste ¿no?, pero así nos tratan. Dizque no tenemos alma y por eso vivimos como animalitos, criando piojos en la cabeza.
¿De justicia? Para qué hablar de justicia, si lo que llaman justicia se banquetea en la mesa de los ricos, de los poderosos, de los que se hacen elegir de alcaldes, diputados o presidentes. Sus haciendas, mamá, por donde las miremos, vienen a toparse con las hilachas de nuestra pobreza.» Yo, con mis torpes conocimientos, le decía: «Estudia hijito, estudia y trabaja. Solo hazme ese favor. Trabaja y estudia para que los límites de las haciendas cambien y a las hilachas las lleve el viento o el demonio. Estudia y trabaja hijo, para que el Perú sea otra cosa». Pero resulta también que al que estudia y voltea sus ojos al pobrerío, no lo dejan en paz, lo persiguen sin descanso y no paran hasta matarlo, matar a su propia sombra, a su saber.
A mi Melacio, el poeta, porque hablaba con la gente sobre la injusticia de las leyes, sobre los abusos de los hacendados y de los capataces, empezaron a fastidiarlo, no lo dejaban en paz, policía aquí, policía allá. Después lo persiguieron, las veces que lograron prenderlo, lo metieron a la cárcel. Al final, no lo mataron, suerte ha tenido este mi muchacho, pero consiguieron ausentarlo, se tuvo que ir de mi lado, y al final, del Perú. Y es que el saber, como en la frente del Carbunclo, ese animal fantasma, es la luz que alumbra y agita la conciencia, despierta la memoria, sacude el polvo de la oscurana y abre las puertas del nuevo día, de un amanecer que, aunque lejano, llegará, llegará. Nadie podrá evitarlo por más que patalee o le dé el patatús. Y es que la historia no se acaba, no tiene fin, solo da vueltas y vueltas…
Se cuenta que el Carbunclo es una aparición, como un duende, más veloz que el viento. Los que lo han visto refieren que es un animal fantasma con el pelaje espeso, negro-negro como un choloque, y suavita, muy suavecita. Dizque su cola se parece a la cola del zorro: así coposa, coposita, como una mota de algodón; sus garras son filudas como las de un gato y tiene la cabeza de cabrito con un enorme diamante prendido en medio de la frente, brillando como una estrella. El fulgor azulado que irradia el diamante alumbra su camino en las noches. Y, lo más interesante, dizque da fortuna al que logra cazarlo, cosa muy difícil, muy muy difícil, porque es más rápido que un cerrar y abrir de ojos, mucho más rápido que el propio pensamiento.
Mi tayta contaba que una vez unos viejos cazadores, una de esas noches en el bosque, lograron coger un Carbunclo. Emocionados, pensando en la fortuna que se les presentó, lo metieron en un saco y no pegaron ni un ojo haciendo guardia al tesoro. Al día siguiente, con la luz del día, se dieron con la sorpresa de que el cuerpo del animal se había convertido en el esqueleto de un zorro y el diamante que estaba pegado en su frente era una simple piedrecita. Y así pues, la conciencia, cuando se enciende en el alma de la gente, es como la luz que despide el diamante prendido en la frente del Carbunclo, no se la puede encarcelar ni matar con todas las balas del mundo…















