Diablo cojo

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMO


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de ser diablo pobre y no ángel rico. Diablo de pies a cabeza. No un diablo cualquiera. Diablo único. De pie izquierdo torcido y pierna derecha en arco. Diablo gambado. Diablo de herrería forjado a golpes de martillo y yunque. Diablo ígneo de fragua y chispas. Diablo de cañón y metralla. Diablo de vapores de infierno. Diablo de utilería de cartón y papelería. Diablo de oscuridades y resplandor de fogones. Diablo de alcantarillas y aguas albañales. Diablo de cloacas y mojones celestiales. Diablo de diques y alambiques. Diablo de edictos y pergaminos. Diablo de erudición y grimorios. Diablo de incunables y anales. Diablo de pesebre de Belén y pastores. Diablo de Alejandría y magos del Oriente. Diablo de granero y pacas de heno. Diablo de establo y boñigas de vacunos. Diablo de alquimia con redomas y retortas. Diablo de botica con frascos y ungüentos. Diablo Cojuelo nació el día en el que José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, bautizó con mi nombre Diablo Cojuelo las cuatro páginas un diario clandestino. Diablo latino: “Parturient montes diávolo, nascetur ridiculus mus”. Diablo que por mal arte resbaló entre las manos de la comadrona en el parto. Diablo singular fue a dar al suelo envuelto en el agua seminal de la placenta materna. Diablo sumergido en líquido espeso como orine de gato. Diablo fetal sin padre ni madre conocidos. Diablo anónimo en casa prestada. Diablo inquilino de Casa Cuna. Diablo pío en vetusto convento del Paseo del Prado. Diablo vástago de mujer de parto de cara al mar. Diablo anónimo de referente natal una nota en el pañal:

“Nacido 7 de julio 1853. San Fermín. Sin bautizar”.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Hubo en el cielo sin autorización de San Pedro un concilio secreto de ángeles. Una reunión clandestina que se aprovechó de un día gris y tormentoso en el que las nubes cubren el cielo para realizar la convocatoria. No a trompetazos de heraldos negros como era usual en los llamados dominicales al Juicio Final si no con silbatos de policía que controlaban la velocidad de vuelo de los ángeles entre las nubes de las autopistas del cielo. Los pitazos remedaban susurros y cánticos de aves en el bosque. Al primer llamado de alerta acudieron en oleadas las diferentes legiones de ángeles. En orden jerárquico estuvieron presentes serafines, querubines y arcángeles. En primera línea los serafines, de tres pares de alas rosadas, al frente de la comitiva celestial, murmuraban todo el tiempo. Con el primer par de alas desplegadas en abanico, todo rubor, se cubrían el rostro; con el segundo par, como si fuera velo de vestal púdica, el cuerpo mientras que el tercer par, en lugar de colgar a ambos lados del tronco, les brotaba de las axilas que batían el aire sin cesar y los mantenían flotando como ingrávidas libélulas. Votaron contra mi presencia en el coro celestial. Había dejado de ser: ¿serafín?, ¿querubín?, ¿arcángel? ¡Que se jais! No era un ángel. Era un puti. Figlio de putana. Un pobre diablillo al que nunca le crecieron las alas y de recuerdo le quedaron un par de muñones con plumas. Estuvieron de acuerdo en apartarme tras pronunciarse el coro de serafines, puestos de pie en la primera línea celestial. En segunda línea, apoyaron el voto los querubines –a cuyo linaje pertenecí–, los únicos de aspecto humano dentro del coro celestial: cuatro caras y cuatro alas cuya misión era guardar la entrada del Paraíso. Asomados entre las nubes, al verme derribado en tierra, mis antiguos camaradas me gritaban hijo de puti, apestas a azufre y no eres ángel sino diablo infiltrado. En tercera línea, los arcángeles –ruedas aladas del carro de Dios que se desplaza sobre ejes sembrados de ojos que vigilan al universo al andar por el cielo–, no me creían hijo de Satanás que quedó huérfano al arrojarse mi padre al abismo y cometer suicidio al fallar en el homicidio en grado de deicidio de destronar a Dios, sino que mis alas quedaron rotas al caer sobre la tierra y ya no era ángel sino puti, un ángel fementido ¡Val a farta dar nel culo! Del cuello, me dejaron colgado un letrero que advertía quién era en el pasado y quién sería en el eterno presente.

“Estabas en el Edén, el jardín de Dios; toda piedra preciosa te adornaba: rubí, topacio, esmeralda, crisólito, ónice, jaspe, zafiro, turquesa y berilo. En ti había orfebrería de panderos y de flautas. En el día en que fuiste creado fueron preparados. Tú eras el querubín ungido que cubre: y yo te puse, para que estuvieras en el monte de Dios; has andado arriba y abajo en medio de las piedras de fuego. Fuiste perfecto desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad y fuiste desterrado…”


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de bastardo. Diablo expósito: el clérigo de guardia tiraba del badajo de la campana y recogía el fardo anónimo. Diablo en depósito: en el costado derecho si era niño y del lado izquierdo si era niña. Diablo preceptor: pellizcaba la oreja si no sabía la lección. Diablesa preceptora: jalaba el pito y brotaba como amapola la cabeza pelona del glande. Diablo prepucio: en ceremonia laico–religiosa recibía el apellido Valdés como gratuidad cristiana de parte de fray Gerónimo Valdés, rector de la Casa Cuna. Diablo anónimo: a cambio del apellido Valdés, ayudaba a los monjes a limpiar excusados y las niñas Valdés a las monjas a planchar uniformes. Diablo auditivo: oía los gritos que salían de la vecina Plaza de Toros. Diablo ambulante: iba al Palacio de los Capitanes Generales a dar vuelta de organillero al bombo del sorteo de la Lotería. Un diablillo de nombre Eusebio Valdés, seis años mayor que yo, con venda en los ojos que lo hacía parecer ciego, extraía la bola ganadora y se la pasaba al diablillo vidente, Fermín Valdés –ese era yo–, su hermano postizo que voceaba ¡66 mil pesos! Eusebio y Fermín, el par de diablillos expósitos –a propósito–, voceaban como diabólicos hermanos: ¡se invita al público a comprobar la bola! Diablo de la suerte: espulgaba en la lista de diablos del Índex del infierno un nombre. Diablo confundido: ante legiones de diablos de pie. Diablo diabólico: los iba nombrando. Abadón, Amón y Alcocer, diablos egipcios. Diablo diabólico: los iba descartando. Baal y Balan, diablos babilonios. Belcebú sonaba bien, pero era harto diabólico. Foros y Vual, diablos hebreos. Diablo fantasma: sin tótem animal ni vínculo con un clan diabólico. Carnero. Cerdo. Cuervo. Sapo. Lobo. Rata. Diablo sin efigie.  Araña. Serpiente. Gato. Lagarto. Mono. ¿Qué tal Belisario? Diablo bestiario: bestia y saurio. Belisario en primavera: camisa de pechera. Belisario en invierno: abrigo tierno. Belisario en otoño: rabo y moño. Belisario en verano: abanico de guano. 


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Fue durante un vuelo nocturno de entrenamiento en el que probábamos las nuevas alas recibidas de manos de San Francisco –santo protector de Objetos Volantes y Aves Desconocidos (OVAD)– en la ceremonia de graduación del primer pelotón de pilotos angelicales de altura. Iba de guía. Por error que da horror, al atravesar una gorda nube oscura, quedé a la zaga del resto de los ángeles que junto a mi volaban en delta. Caí al suelo y sobre mí los ángeles desorientados y atropellados me dejaron abandonado, mal herido y confundido. Señalado por la mano de Dios como infiel. De ahí me vino el apodo de Cojuelo, no por cojo menos ágil y envidiado por el resto de los ángeles, quienes al ver que no podía remontar el vuelo por tener las alas quebradas (diablo cojuelo sin consuelo), siguieron volando en bandada. Melquisedec al atardecer desde la boca de la cueva, observaba el oscurecimiento del planeta Venus en el cielo. Me vio derribado en el suelo, roto y desvencijado y se apiadó de mí siempre que le sirviera de lazarillo a un viejo ciego por legañas y encorvado por arte de mala maña que me explotó sin piedad. La cueva en la que habitaba fue mi nueva morada. Al cruzar el umbral de piedra, dejé de ser el ángel que volaba libre en el cielo y pasé a ser un esclavo de la catacumba. Un reo del subterráneo. Condenado por la eternidad a vivir bajo tierra por decreto de un tribunal desconocido. Sin posibilidad de defensa de los cargos ni de apelación de la sentencia. La cueva era un espacio desconocido en el que por años como un niño anduve ciego y a gatas mientras que para Melquisedec –que en la realidad era cegato– era un reino en el cual se sentía monarca, el espacio sagrado en el cual podía entregarse libremente como vidente a la meditación y a la ensoñación. La cueva de Melquisedec no era una cueva cualquiera, la única con lugar fijo en el espacio, no en el tiempo. Una cueva en la que al entrar perdías la memoria del tiempo vivido afuera. Una cueva sin almanaques ni relojes de arena. Una cueva en la que se derretía a fuego lento la memoria. Una cueva en la que el tiempo goteaba de estalactitas y estalagmitas como arena fina del desierto. Una cueva en la que se diluía el tiempo. La cueva de Melquisedec, al que en siglos nunca vi salir de ella y vivía fascinado con el recuerdo de las pequeñas cosas que conoció en el exterior reflejadas como gigantescas sombras en la pared del fondo. Una cueva que se le antojaba el único refugio posible contra el caos del tiempo que asolaba afuera. Una cueva que para él era una caja de resonancia de muchas cosas: ser, conciencia, infinito, creatividad, imaginación, poesía, memoria y experiencia Una cueva puro espacio: si echabas a andar hacia atrás por una interminable y oscura galería llegabas a Jerusalén el día de la crucifixión. Una cueva puro tiempo: si echabas a correr hacia delante en busca del pórtico rocalloso de la entrada de la caverna entrabas en Roma por la Via Appia a la cola del Papamóvil. Una cueva a la que seguía otra cueva, y otra, y otra más hasta el infinito de las cuevas, en cuyos recovecos, en lugar de murciélagos, reinaba un raro animal, mitad ave y mitad lagarto: Somnus yacía aletargado, con las alas plegadas y el sueño protegido por un quinteto de raros especímenes, igual de híbridos, aburridos y perezosos. La cueva era su hogar, no la cambiaría por todo el oro del mundo. Dentro de la cueva tenía lugar la transmutación de su alma, algo que tardé siglos en comprender. Encerrado entre cuatro paredes, se relamía de gusto en la exhibición para goce propio de su alma atormentada que reencarnaba en la de un hereje proscrito al margen de la ley eclesiástica. Al ver la falta de orientación que padecía por el encierro subterráneo de siglos al que me había sometido contra mi voluntad, trató de explicármelo lo mejor que pudo. No sé si le entendí bien o traduje mal, y al final no sabría decir si la fábula era de él o mía. La cueva de Melquisedec, o tal vez mía, no era tal. Además de recinto espiritual, tenía un origen material. Era un gusano de la Edad de Piedra de dimensiones colosales que trataba de escapar a las heladas de la última glaciación del pleistoceno, se arrastraba por el piso de la caverna y quedó comprimido entre las rocas. Al morir de asfixia, los miles de anillos membranosos de que constaba el centrípeto, se petrificaron y dieron lugar a un espacio subterráneo inagotable que se expandía en el tiempo en múltiples direcciones, en una de las cuales habitábamos. En realidad, aunque Melquisedec lo negara, no vivíamos en una caverna de la Edad de Piedra sino en una cápsula de tiempo de paredes rocosas que eran las antiguas fibras y nervios de un gigantesco gusano fosilizado. Una cueva sometida por siglos a erosiones que debilitaron gradualmente al gusano que en ella habitaba, se fue consumiendo entre las rocas y expiró comprimido entre ambas fuerzas, una de color negro que empujaba desde atrás, y la otra de color blanco que se proyectaba hacia delante a partir de la pared del fondo en la que se reflejaban las sombras chinescas a las que Melquisedec miraba con devoción, en cuclillas y con el fuego a sus espaldas. Créanlo o no, eso era todo. Melquisedec me empleaba de mensajero en los momentos en los cuales creía necesario establecer contactos con “el mundo de afuera”. Un mundo exterior de sol y luces al cual había renunciado voluntariamente para vivir dentro de la cueva en un universo de sombras que extrañamente reverenciaba. Del mundo exterior solo le interesaban las cosas que los humanos estimaban inútiles por no reportar ganancias su existencia, como los nidos de cuervos y las conchas marinas conocidos los primeros por la perfección de la construcción de su hábitat y las segundas por las emociones estéticas que despertaban en los observadores sus cubiertas de nácar, incluyendo sentimientos de protección, seguridad, soledad e infinito. A solas en la cueva, Melquisedec rendía culto no a un dios en particular sino a elementos naturales conocidos. Al despuntar el alba, tras asegurarse de que no podría escapar, encadenado como estaba de cuello y piernas a la punta de una estalactita, corría a ubicarse en el centro de la cueva, se arrodillaba detrás de un fuego que ardía en medio de un círculo de piedras y pasaba el día, ora leyendo un manuscrito encuadernado en piel de oveja, ora mirando al fondo oscuro de la cueva como un telón tras el cual vivía somnoliento Somnus, su carcelero de la catacumba, igual que él era para mí el alguacil de la caverna. Al final de la tarde, al terminar de leer, rendía culto a otro elemento natural de su preferencia. Se levantaba del suelo rocoso y se colocaba estratégicamente debajo de una de las estalagmitas de afiladas puntas que colgaban del techo de la cueva y esperaba paciente a que se descolgaran las gotas de agua para atraparlas al vuelo con la punta de su lengua rasposa. Mi relación con Melquisedec no era la de padre e hijo pródigo sino la de amo y criado. Él era el hombre libre que había adoptado a la cueva como lugar de residencia eterna, yo era el siervo que contra su voluntad se veía forzado a vivir prisionero en una cárcel de rocas. Dialéctica de los tiempos medievales: Melquisedec dentro de la cueva se sentía rey, yo dentro de la gruta era esclavo. Dialéctica de los tiempos medievales: Melquisedec creía firmemente que una cueva en invierno se volvía más acogedora por la presencia del frío que venía del exterior, mientras que el exterior se volvía más salvaje y feroz por la presencia del fuego que provenía del interior de la caverna. Las dualidades y contradicciones en el diseño de la vida en el exterior y en el interior eran necesarias, incentivaban la imaginación y refinaban las experiencias. Para reforzar la servidumbre humana en la que vivía sin consentimiento, hizo que le jurara fidelidad eterna. Selló el pacto al pasar alrededor del cuello una cadena cuyo extremo colgante me mantenía sujeto por las piernas todo el tiempo. Bastaba que tirara de la punta para que me tuviera a su merced, e hiciera lo que pidiera, desde guisar chorizos a limpiarle el culo con una esponja adosada a la punta de una estaca. Con prohibición expresa de que no se la encajara en el culo –solo frotar el vértice oscuro de las nalgas– y de que nunca saliera de la cueva a menos que lo ordenara. Todo eso a cambio de tener seguro, como el santo Marcelino, pan y vino.


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de conspirar contra España. Con mi amigo del alma, José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, fundé un periódico de un solo número de existencia: Diablo Cojuelo. Un diario que tomó su nombre a préstamo de otro igual, una novela escrita en 1641 en España, en tiempos de Felipe IV, el Rey Planeta, por el escritor Luis Vélez de Guevara. A Vélez lo tomamos de veleta, de guía espiritual al saber que escondía en su pasado orígenes de judío converso y ocultaba la existencia de un tío quemado en la hoguera de la Inquisición para no manchar la gloria ecuestre de otro tío capitán de la armada de 300 caballeros que rescataron al rey Alfonso X el Sabio en el sitio de Ávila. En su nueva vida de converso, Vélez, pícaro, estimó que era conveniente olvidarse del apellido original Santander –carente de hidalguía– por él tomado a préstamo de Vélez de Guevara, sin dudas de mayor linaje y medrar en la corte con facilidad. Alentados por la conversión religiosa de Vélez dos siglos antes, intentamos nuestra conversión política de hijos de españoles en Cuba a criollos nacidos en la isla y fundamos un periódico que las autoridades coloniales tildaban de libelo, periodiquito o periodicucho. Diablo Cojuelo, el diario cubano vio la luz en 1869, durante el gobierno provisional del general Serrano, tras el derrocamiento por la “Revolución Gloriosa” de Isabel II, la reina Castiza. Un periódico de un solo número de existencia. Un hijo bastardo de la prensa colonial en Cuba de cuatro páginas de extensión que los censores se encargaron de secuestrar y el Cuerpo de Voluntarios de incinerar. A medianoche, de clandestino en la imprenta, entre cenizas, pude sacar el editorial que redactamos José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto y yo, un Valdés cualquiera. Un diario que costeé con el dinero que legó en herencia Don Mariano Domínguez, mi padrastro, capellán militar del ejército español en Cuba, guatemalteco de origen y vecino de La Habana y del que fuimos únicos y universales herederos del remate de sus bienes, derechos y acciones que le correspondieron por mitad a Eusebio Hipólito María Valdés Domínguez, expósito de la Real Casa de Maternidad de La Habana (…) que como a mí, Fermín Valdés Domínguez; Don Mariano recogió en su casa a propósito a dos expósitos de la Real Casa de Maternidad y puso en ellos el afecto que en sus propios hijos hubiese puesto y cuidó de ellos como ellos de su vejez y (…) así complace a sus afectos y goza acabando el bien que comenzó a hacer el testador. (…)” Un diario de un día de vida que en el juicio de las autoridades españolas se adjudicó como único autor José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto:

“Nunca supe lo que era público, ni lo que era escribir para él, más a fe de diablo honrado, aseguro que ahora como antes, nunca tuve miedo de hacerlo. Poco me importa que un tonto murmure, que un necio zahiera, que un estúpido me idolatre y un sensato me deteste. Figúrese usted, público amigo, que nadie sabe quién soy: ¿qué me puede importar que digan o que no digan? Dirán que en nada me ajusto a la costumbre de campear por mis respetos, —que nada más significa esta comezón de publicar hojas anónimas con redactores conocidos, — dirán que soy un mal caballero; amenazarme con romperme los brazos, ya que no tengo piernas, mas, a fe de osado y mordaz escribidor, prometo que a su tiempo se verá que este Diablo, no es un diablo, y que este Cojo no es cojo”.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Melquisedec era considerado por la Iglesia de Roma un hereje tras declararse fan de los cátaros. Un sujeto dominado por las pasiones que anidaban en el bajo vientre, las de la gula y la lujuria. En sus desvaríos heréticos, aseguraba ser a la vez dios y sacerdote de un nuevo credo. En la realidad, era un auriga del tiempo de los césares incapaz de dominar al par de caballos –uno blanco y el otro negro–, que tiraban del carromato de fuego que recorría el circulo de muerte del foso del Coliseo romano. Melquisedec padecía de frecuentes accesos de ira y por momentos de arrebatos de cólera que lo hacían blasfemar y dudar de que el mundo fuera realmente una creación de Dios, si no un simple desplazamiento de estrellas fugaces en el cielo. En los días en los cuales el caballo negro de los malos pensamientos se desbocaba, el trote veloz dejaba a la zaga al corcel blanco de la cordura que corría distante detrás de él. Melquisedec soberbio aseguraba que provenía de un linaje divino carente de genealogía, sin padre ni madre materiales. No se creía obligado a rendir culto a ningún dios sino a él mismo: el verdadero dios. La cueva era la gran caja de resonancia para sus ideas, el lugar apropiado para ensoñarse: soñar despierto. De no existir las paredes rugosas de la caverna que las amplificaban, sus palabras, en interminable soliloquio de loco solitario, se hubieran perdido para siempre como la arena que impulsa el viento en el desierto. El desenfreno y la falta de control de sus palabras hicieron que la Curia Vaticana al saber de sus desafueros de alquimista encerrado en una distante cueva, lo ubicaran como un ente peligroso y susceptible de ser sometido a proceso inquisitorial como presunto hereje que había abrazado la idolatría cátara. Además, dijeron que era orate al decir que con el advenimiento de los cátaros en Europa no eran necesarias más disputas teológicas. Se acabaron las herejías, la Curia Vaticana podía otorgar licencia a los gestores del Santo Oficio. La herejía cátara era el non plus ultra del universo heresiarca. Melquisedec aplaudía y reverenciaba a los cátaros. Los cátaros eran partidarios de una ecuación inflexible que desafiaba los límites de la geometría. Dios es el Diablo. El Diablo es Dios. Uno es el Otro y el Otro es Uno. Fundamentaba su herejía en una argumentación nominalista de equívocos gramaticales. Premisa I: Dios es Sustantivo. Premisa II: El Diablo es Adjetivo. Premisa III: El sustantivo precede al adjetivo. Premisa IV: Los adjetivos expresan cualidades distintas y opuestas a la vez. Corolario I: Dios es bueno. Corolario II: El Diablo es malo. Axioma I: Dios Sustantivo es Dios. Axioma II: Diablo Adjetivo es Diablo. Hipótesis: ¿Dios es Diablo a la vez?  El Papa al saber de la herejía palabrera de Melquisedec, histérico, apostólico y romano, lo desterró. Melquisedec debía huir de los mastines de la Inquisición y de la guardia suiza vaticana cambiando de aspecto y nombre. Los lunes era Ireneo de Lyon, hablaba en provenzal y vestía túnica púrpura de cardenal. Los martes era Hipólito de Verona, hablaba como lombardo y se hacía acompañar de pájaros en jaulas que piaban para que no lo creyeran impío sino pío devoto de Asís. Los miércoles se convertía en Cesáreo de Arán y predicaba en catalán por los montes Pirineos. Los jueves era Ludovico de Sajonia, vestía de húsar y hablaba en lengua eslava. Los viernes se transmutaba en Vladimiro de Novosibirsk y oficiaba misa en arameo. Vagaba de un lado a otro huyendo de la persecución papal y por azar encontró una cueva en la cima de una montaña. Desde allí, como Moisés, hizo formal renuncia del mundo. Se hizo vidente estando casi ciego por una telaraña de legañas que le nublaba la visión y comenzó a predicar un culto sedicioso basado en apócrifos bíblicos escritos en lengua árabe entre cuatro paredes oscuras. Fui testigo del entrenamiento al que se sometía para perfeccionar su condición de vidente. Para Melquisedec existía una clara división entre el mundo de afuera y el de adentro. El interior de la cueva –aunque a oscuras– era luminoso como el de una casa mientras que el mundo exterior –aunque claro– era como la selva oscura de Dante. Ambos aportaban valor agregado al otro. El mundo exterior hacía que la casa se sintiera más íntima y protegida. El mundo interior añadía salvajismo y ferocidad al exterior. Mirando hacia el fondo de la cueva, vio brotar de detrás de él a la distancia una sombra corpulenta de aspecto desconocido y pavoroso. Como era cegato y no distinguía qué tipo de animal era, intentó reconocerla al tacto. Su mano se posó sobre una forma larga, sinuosa y rugosa que creyó era una serpiente mientras que yo, en silencio, sonreí al ver que era una trompa. Palpó otra zona desplegada entre sus dedos como un abanico, y de nuevo sonreí: era una oreja. Le tocó el turno a una pierna que al tacto le pareció un tocón de árbol derribado. Siguió en orden la panza, tan dura y voluminosa como el muro de un castillo roquero de piedra. Al deslizar la mano sobre la cola nudosa, pensó equivocadamente que era una soga. Tras finalizar la inspección a ciegas del bicho raro que tenía frente a él, meditó un instante antes de exclamar alborozado ¡Un elefante! Quedó agotado tras la práctica de vidente a ciegas, y pasó el fin de semana ocupado en descifrar papiros en lengua egipcia y a su alrededor aleteaban los murciélagos. Fue en uno de esos descansos dominicales que descubrí cuál era el voluminoso pergamino que leía en cuclillas con la hoguera detrás calentándole el culo y delante como una pantalla oscura el fondo de la cueva. La República Volumen VII con una hoja de trébol de marcador encajada entre las páginas del Diálogo de Crátilo que ofrece a los lectores como novedad una vida similar a la que durante siglos ha llevado Melquisedec, atorado entre las paredes rocosas de una cueva que busca una salida y cree ver al fondo un idílico paisaje de árboles y fuentes y se trata de monjes penitentes que trasiegan baldes de agua para el saneamiento de establos atestados de boñigas. Melquisedec hizo de mí una pitonisa en sus conjuros maléficos y un adivino en las consultas espirituales a domicilio. Me llevaba de casa en casa con los ojos vendados y la cadena alrededor del cuello como mico de feria, no me soltaba para que no escapara en raudo vuelo a ciegas. De regreso a la cueva, pese a tener las alas quebradas, me encerraba en un recipiente de cristal de embocadura en punta llena de aceite. En un descuido, al derramar una gota sobre el vientre de una dama de la corte a cuya alcoba había acudido a curarla de empacho de gases por severa ingestión de col, escapé a los montes, rehuyendo las ciudades entre cuyas murallas como las de Toledo hubiera sido presa fácil de los vecinos. Desde entonces, El Diablo Cojuelo es un personaje legendario, preferido de escritores malditos como el tal Vélez de Guevara, de estudiantes libertarios como Cleofás Zambullo, de aprendices de matasanos como Fermín Valdés y de poetas noctámbulos como José Martí. Recién llegados el par de cubanos a Madrid, tras ser condenados al destierro en un juicio político con sentencia dictada de antemano, en ceremonia secreta, uno de ellos que conocía el conjuro diabólico –el tal Fermín–, pidió que apareciera a medianoche al derramar un par de gotas de tintillo. Por mandato de la eternidad, al derramar alcohol en mi nombre, se me liberaba de las tinieblas y se me permitía regresar a la tierra con una condición: el Diablo Cojuelo debía pagar la deuda de libertad con sumisión. Temporalmente, tendría un nuevo amo, no el Melquisedec de los siglos medievales. Ese nuevo amo, por el solo hecho de invocar mi nombre, quedaría sujeto a mi arbitrio por la eternidad. Ya se sabe: no hay Dios que libre a un humano de un pacto con el Diablo; solo un milagro, al final del tiempo eterno, podría dejarlo libre de un pacto de cuya extensión temporal era yo el único fiador. Así de onerosos eran los tratos con el Diablo: una apuesta de todo o nada. Pese a todo, en lugar de ser una forma maligna, al Diablo Cojuelo se le quería y representaba en dibujos como el espíritu más travieso del infierno. Un diablo pillo que traía de cabeza a sus congéneres con músicas y bailes, y no me canso de decir a quién me quiera oír:

“Diablo bien vestido, por ángel es tenido y así, tras vestimentas de lujo, escondo mi fea y aberrante condición de diablillo que solo yo, de noche ante el espejo, reconozco como tal : un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos —que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías—, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Irania, los pelos de su nacimiento ralos, unos aquí y otros allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que si no es para venderlos en manojos no se junta”


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de prevaricación y evito mencionar a José Julián, el Martí (r) apóstol de adulto. En verdad debía decir José Julián Martí y Pérez, pero ese fue el iniciador de la independencia de adulto, no el amigo de la niñez. Ambos, teníamos muchas cosas en común. Éramos hijos de funcionarios españoles en Cuba, el mío Mariano, capellán militar, se hizo rico en la compraventa de bienes raíces en la tierra cubana, el suyo Mariano, un valenciano que maldecía la mala suerte que no le permitió ser rico y conformarse con ser guardián nocturno de palacios de Capitanes Generales hispanos y celador diurno de mansiones de negreros hispanófilos. Mariano Martí era conocido en La Habana no por su figura sino por su voz pregonera, el encargado de vocear a medianoche ¡las doce y sereno!  Su hijo José Julián, el Martí (r) Apóstol de adulto, un chico listo, triste y pobre que desesperaba porque sus padres lo habían educado en el amor a España, la Madre Patria cuya presencia colonial en Cuba aborrecía. Su padre Mariano quería que siguiera sus pasos y fuera celador diurno y guardián nocturno, es decir, representante de la Ley al servicio de la Corona de España: huele–bragas de gordas hispanas, lame–culo de gallegos cagones y cuida–braguetas de negreros hispanófilos. José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, un muchacho listo, triste y pobre al que mi padre educó y con él compartía meriendas escolares de barritas de coco con cubierta de derretido de caramelo y cucuruchos de maní tostado. Iba a cumplir dieciséis años. Por sus venas circulaba como un torrente el clamor de independencia. Era el nueve de enero de 1869, el Capitán General de la Siempre Fiel Isla de Cuba, Domingo Dulce, mediante decreto, puso en vigor en la isla a la tan clamada libertad de imprenta y el joven José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto al que ya se le advertían en las palabras ademanes de independencia política, tomó en serio la honestidad del Capitán General y pensó en la Cuba del presente como Vélez de Guevara en la España del pasado –poeta de la corte madrileña con admiradores y sin enemigos–, las autoridades coloniales en Cuba no se enojarían si ponía en solfa las libertades concedidas. Dijo en el editorial de El Diablo Cojuelo:

“Esta dichosa libertad de prensa, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir. Y a Dios gracias, que en estos tiempos dulces hay distancia y no poca de su casa al Morro”. 

– ¿Qué nombre tendrá la política de Dulce?

–Dulcifica Dora.

– ¿Dulcificará?

– ¿Qué es menester para que la isla de Cuba sea menos amarga?

–Que esté Dulce.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Melquisedec temeroso tras leer una nota al pie de página de un papiro con escritura bustrofedon: “el Anticristo nacerá en 1403”. Si el Anticristo ya está aquí, el fin del mundo anda cerca. Se apresuró a asomarse a la entrada de la cueva y ser testigo del desplome del universo que se le antojaba sería como un mar de fuego de olas impetuosas que a su paso arrasaría bosques y montañas, o un viento de furia milenaria que arrancaría de cuajo torres y almenas de fortificaciones medievales. La existencia de días tormentosos como el que era testigo asomado a la boca de la cueva reafirmaba en él la duda de que ese mundo de caos y sombras, hecho de sonido y furia fuera en realidad la obra perfecta de Dios. Más que de Dios, el mundo era obra de un hábil artesano como los que dirigían los gremios medievales y ejecutaban generación tras generación por un siglo o más la edificación de las catedrales góticas. Un Dios supremo e impaciente como el de los cristianos: ¡izas! con un golpe de varita mágica hubiera creado el mundo de una sola vez. Pero no ocurriría igual con un dios con membresía en uno de los gremios de artesanos medievales que se deleitaban en dar forma a la materia lentamente. Un artesano para él que nada existía antes, todo siempre estuvo presente. No había nada que crear en el universo solo dar forma a la arcilla que ya existía apilada en el mundo. Melquisedec me arrastró con él fuera de la cueva para que ambos fuéramos testigos del Apocalipsis, tirando de la cadena. Afuera, el fin del mundo se vaticinaba oscuro y lúgubre, precedido por una tempestad de rayos y truenos en medio de la cual haría su entrada apocalíptica El Anticristo. Melquisedec no quería ser sorprendido dentro de la cueva. Aunque ermitaño, en lo más íntimo de su alma, deseaba morir de cara al sol. Era lunes. Vestiría la púrpura cardenalicia. Sería Ireneo de Lyon, a la búsqueda del Anticristo, el doble de Satanás, Lucifer, Belcebú, Luzbel, Mefistófeles, o Samael. Tendría forma de serpiente, dragón, dios negro, padre de la mentira y como bestia llevaría por encima piel y cuernos de cabra, orejas y nariz de cerdo y por debajo patas y pezuñas de chivo. Por mucho disfraz que se echara encima, el Anticristo seguiría siendo el mismo diablo que, apóstata y ladrón, sería adorado como Dios y se proclamaría rey, siendo un siervo. Tras recibir el poder del diablo, vendría no como rey justo o legítimo sujeto a Dios, sino como impío, injusto y sin ley. Como apóstata, inicuo y homicida y sería un ladrón que recapitularía en sí la apostasía del diablo. Derribaría a los ídolos para persuadirnos que era el verdadero Dios, poniéndose a sí mismo como el único ídolo que resumiría en sí a los distintos ídolos, a fin de que, aquellos que adoran al diablo, mediante muchas maldades, lo sirvieran a él como único ídolo. Esto es lo que el Anticristo haría cuando reinara: trasladaría su reino a Jerusalén y se asentaría en el templo de Dios, seduciendo a aquellos que lo adoran como a Cristo. Atormentado con las metamorfosis que asumiría Cristo y duplicará El Anticristo, Melquisedec en sueños, comenzó a tener visiones de su llegada al mundo. Si Cristo ruge como león, el Anticristo tendrá melena. Si Cristo es rey, el Anticristo llevará corona. Si Cristo bala como cordero, el Anticristo mugirá de becerro. Si Cristo vino al mundo circunciso, el Anticristo tendrá el pene liso. Si Cristo envió apóstoles a las ciudades, el Anticristo enviaría profetas a las naciones. Si Cristo reunió a las ovejas en corral, el Anticristo encerró al pueblo en un morral. Si Cristo grabó un pez en la frente a los creyentes, él Anticristo grabará una cruz en el culo a los disidentes. Si Cristo predicó como hombre, el Anticristo se proclamará zombi. Si Cristo se levantó del polvo y edificó un templo, el Anticristo se erguirá del fango y levantará el Cabaré Fandango. Su mansión oficial, en Jerusalén, en lo alto del monte de Sion, la residencia de mayor prestigio y la otra, como una casa de campo, para solazar su corazón, estaría en Nicópolis. Pobre Melquisedec, daba pena verlo. Vivía en un mundo de miedos y profecías, a cuál más terrible. De día andaba con disfraz, de noche en oscuras cuevas componía cábalas que serían descifradas por sus seguidores como presagios milenaristas del fin del mundo. Según un texto herético de San Jerónimo de Rueda que ocultaba de la vista de otros astrólogos, cuando el Imperio Romano sea destruido, habría diez reyes que se dividirían el territorio. Surgiría un undécimo rey que prevalecería sobre tres de los diez. Este rey recibiría la sumisión de otros siete y resonarían las trompetas del Juicio Final, en lugar de la Aurora vendría el Anticristo, a lomos de una mula por las lomas de Belén. Por ser desconocido, asumiría diversas formas y pasaría inadvertido hasta el día en que, sintiéndose seguro, revelaría su identidad que era la imagen que mostraba un grabado del texto herético de San Jerónimo de Rueda: un monstruo horrible de siete cabezas, diez cuernos (y por cada cuerno, diez diademas), con cuerpo de leopardo, patas de oso y fauces de león.


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Retorno a casa

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


La llovizna parecía más abundante en los conos de luz de las viejas lámparas del alumbrado público. Era otra noche fría y lluviosa en Montehondo. La madre abrió la puerta de calle y vio la expresión aterida de Joaquín emparamado.

–Pase, hijo, pase –dijo, casi con premura.

Joaquín entró y la gélida intemperie desapareció en un abrazo. Afuera, la insolidaria Montehondo acogía en las sombras que se apiñaban en sus calles y recovecos las huestes de bergantes, proxenetas, hipócritas, marfuces y malandrines que la poblaban cada noche.

–Serán solamente unos días, mamá –se disculpó Joaquín, a manera de saludo, sacándose la húmeda chaqueta.

Las mejillas arrugadas de su madre eran sedosas, y su cuello fláccido. Tenía la mirada llorosa. A Joaquín también se le aguaron los ojos, como si la ausencia hubiera sido una forma de traición.

–Ya sabe, hijo, que esta es su casa –dijo ella, sin jamás tutearlo.

La había telefoneado para pedirle asilo, y ahora entre sus brazos, como un pájaro atónito, le susurró “mamá” en el vano de la puerta.

Reconoció los objetos presentes: el espejo redondo con marco de yeso labrado, el reloj de madera que daba con exactitud atómica la hora, con sus manecillas girando de derecha a izquierda, como si el tiempo fluyera hacia atrás –una curiosidad que Tateo, su padre, le compró al suizo Hedinger, un inmigrante que había recalado en el centro de Montehondo, donde instaló un restaurante diminuto de tres mesas en las que servía Hafenchabis casero y vendía sus relojes en reversa, con uno en la pared del fondo que se promocionaba solo–, la mesa Isamo Noguchi que le encantaba, traída un día de octubre por Guadalupe, y el alto tallo del florero de cristal celeste coronado con un solo girasol.

–Pasa el tiempo –dijo ella.

–Pasa –asumió Joaquín, pareciéndole una buena expresión para admitir la ingratitud de algunos hijos, sin importar los pretextos.

–Sí –confirmó ella.

Joaquín sintió devoción en aquel apartamento conocido y buscó con la mirada la misma silla del comedor que ocupó desde la adolescencia para sentarse ahí un momento. Los domingos, la familia se juntaba en esa habitación para saciarse con las delicias que preparaba Sara, y después hacían siesta o veían televisión. En aquella silla había estado muchas veces a solas con Sara, escuchándole historias remotas de cuando era joven y todavía no había llegado a vivir en Montehondo, de percances con algunas de sus clientas, de noticias que oía en la radio o de las infidelidades de Tadeo que Joaquín nunca percibió, a pesar de las cuales vivieron juntos hasta la muerte de él. Otras veces, se sentaban en silencio, comían y miraban el barrio por el ventanal.

–¿Un cafecito? –ofreció Sara.

–Sí, mamá, gracias.

Sentado en la misma silla le había dicho que amaba a una joven llamada Matilda, y unas semanas después le había anunciado ahí mismo su intención de casarse con ella. Joaquín fue incapaz de leer un leve gesto en la cara de su madre en aquella ocasión, una seña de inconformidad o eso le pareció, que no acompañó de palabras porque Sara no era dada a confrontar a nadie. Era más bien una manera de expresar con su silencio compasión por los demás. Pero una vez le dijo:

–Los actos de la gente emanan de una zona de sus personas que ignoramos –y con ello indicaba que nadie tenía derecho de anticipar un juicio sobre los demás. Y no lo haría sobre Matilda ahora.

Pero cuando Joaquín compartió el anuncio con su padre, este replicó:

–¿Estás seguro?

Y Joaquín se sintió inseguro. Sin embargo, dijo:

–Sí, señor.

–¿Entonces lo has decidido?

Aunque avivaba su duda, no había otra intención en Tadeo que advertirle sobre las contrariedades que habría de encontrar en el camino y debía seguir adelante. Joaquín afirmó con la cabeza, echándole así candado a un designio que seguía sin demasiadas elaboraciones. Y con el mismo arrojo hizo el anuncio a sus suegros, algo ruborizado, amasándose las manos transpiradas.

Les dijo que habían decidido casarse, y lo dijo con tal convicción que hubiera resultado mal vista una desaprobación. Antes de que los padres de Matilda pudieran replicar, añadió intrépido:

–Prometo cuidarla el resto de la vida.

Los padres de Matilda sonrieron, y Joaquín tomó esa sonrisa como de aprobación. El suegro le sirvió una copa de brandy, que era lo único que él bebía, y esa fue su manera de aceptar la responsabilidad que tendrían los jóvenes enamorados. Estuvieron así un rato, en silencio, suegro y yerno, calentando las copas entre sus palmas. Al rato se miraron, las levantaron y bebieron. El suegro le preguntó si sabía las dos clases de matrimonios que había. Joaquín se intrigó.

–No, señor.

–Los matrimonios que sobreviven y los que fracasan –dijo el suegro riéndose. Joaquín encontró gracioso el dogma, y el suegro añadió:

–Y los que sobreviven, lo hacen el tiempo justo antes de fracasar.

Joaquín pensó en que siempre mediará una última esperanza de que las cosas puedan mejorar. Con esta convicción llegaba al apartamento de su madre, aunque su cara y su cuerpo no lo dijeran. Intentó la conciliación y el perdón con Matilda, sin éxito. Ahora, derrotado, llegaba lamiéndose las escoceduras dispuesto a cerrar este ciclo. La lluvia había arreciado y tamborileaba en el ventanal.

–Quizás no fui generoso con mi futuro –dijo Joaquín.

Sara trajo café y galletas.

–¿A qué se refiere, mijo?

–A que uno se queja cuando las cosas salen mal, pero no siempre está lo suficientemente atento antes de que eso ocurra. Si uno lo estuviera tal vez pudiera evitarse tanto divorcio y separación. Es como si confiáramos en que, si algo sale mal, después lo vamos a arreglar, y eso llega a ocurrir.

–Hum.

–Siempre es tarde.

–…

–No somos conscientes de las cosas que hacemos, la mayor parte de las veces. Creemos serlo, pero no es así. Por eso salen mal las cosas que salen mal, porque cuando lo notamos ya están fuera de nuestro alcance.

–Sí, hijo, a veces las cosas no funcionan.

–No funcionan.

–Pero uno no lo sabe, sino al final.

–Seguro.

Sara creía entender de qué le hablaba.

–Desearía no quedarme mucho tiempo, mamá –dijo después.

–Pero si acaba de llegar, ¿y ya está hablando de que se va?

–No quiero ser un estorbo, mamá.

Y en cuanto lo dijo, Joaquín sintió ganas de llorar.

–No diga eso, hijo. Usted nunca será un estorbo. Al contrario, soy feliz con su compañía.

Bebieron a sorbos en silencio, comieron los pretzeles.

Sara había estado refugiada en aquel apartamento desde el día en que Tadeo salió una mañana de noviembre para hacer un trámite en la Cámara de Comercio en el centro de Montehondo y no logró hacer pie en el siguiente escalón de entrada al edificio, se desplomó y rodó gradas abajo hasta el estrecho y sucio andén.

Ya estaba muerto cuando intentaron auxiliarlo los peatones.

El reporte de Medicina Legal, que acudió por tratarse de una muerte en un espacio público, reportó “infarto agudo de miocardio”. Joaquín vivía en ese momento en Ciudad de los Valles, con Matilda, casados el año anterior, y en cuanto se enteró quiso partir a Montehondo, atravesar esa misma noche en bus la sinuosa cordillera que los separaba, pero llegó tarde. El séquito fúnebre había salido una hora antes hacia el cementerio cuando él llegó a la ciudad, y no fue suficiente que tomara un taxi porque ya todo había ocurrido.

Puso un ramo de claveles que compró en las pérgolas de ingreso al cementerio en el sitio donde le indicaron que estaba recién hecho el entierro, todavía sin lápida, y eso fue todo. El episodio se sumó a algo más que incubaba de antes, y constituyó una sensación de culpa que lo acompañó mucho tiempo después. Hubiera querido, cuando menos, asomarse por la ventana del ataúd y decirle: “No tienes deudas conmigo, papá”.

Guadalupe fue la primera de la familia que lo vio muerto.

Contó que estaba bocarriba en un mesón de granito donde hacían las autopsias en Medicina Legal, desnudo como jamás imaginó que tendría que verlo, con una etiqueta de identificación atada al dedo gordo del pie. De esto hacía trece años.

Sara le mostró a Joaquín su cama y le deseó felices sueños. Joaquín durmió sin sobresaltos, como no ocurría en los últimos días cuando despertaba desorientado una o dos veces cada noche. Y en la mañana, antes de abrir los ojos, decidió que debía encarar los motivos que lo llevaron de vuelta donde su madre. No debía dar largas en confesarle que su matrimonio con Matilda había fracasado.

La palabra fracaso le resultaba humillante. La asociaba con ser incapaz, falto de personalidad o dejadez, cualidades que no creía que lo reflejaran, pero asumiría esa vergüenza delante de Sara quien, a pesar de sus callados reclamos por algún desliz de Tadeo, honró el matrimonio hasta el día en que este murió. Así eran esos tiempos, de modo que fueron pareja durante muchos años. ¿Cuántos?, ¿cuarenta o cincuenta años? En contraste, Joaquín Bermeo, a tirones, había sido incapaz de coronar dos lustros. Las pequeñas desavenencias con Matilda se fueron acumulando en un montón de reproches y gritos hasta un punto en que consideró mejor partir. Lo hizo no solo para ponerse a resguardo, sino evitarle a Ismaelito ver mayor degradación en la relación de sus padres. Se le partía el corazón ver al niño enroscarse como un gusano cuando ellos levantaban la voz en otra discusión inane.

Joaquín supo un día que era imposible restablecer su desgarrado matrimonio y consideró marcharse. Pensó que no era bueno seguir atrapados en hirientes recriminaciones. Y entonces todo terminó. Ahora sentía vergüenza confesárselo a su madre. Lo intimidaba, egoístamente, destruir la imagen que ella tenía de él, y decepcionarla. Porque en verdad no son las cosas propias las que más perturban a las personas, sino las opiniones que los demás tengan de ellas, en especial la madre.

Aún sin abrir los ojos oyó a Sara al otro lado de la puerta encender la radio en el cuarto de las costuras, lugar que ya no albergaba el bullicio de las clientas sino las baladas y boleros que flotaban en la soledad del apartamento. En los días de plena actividad el cuarto de las costuras recibía a las mujeres que llegaban de diferentes puntos de Montehondo y deseaban ponerse la ropa que veían en las revistas de modas, hecha a la medida. Sara tenía cerros de esas revistas y prácticamente la totalidad de las clientas llegaban tras la voz de que “Sara cosía preciosuras”, con el incentivo de hacerlo “a buen precio”.

Si alguna de ellas entraba cuando estaba al aire la radionovela del momento, les pedía silencio hasta terminar el capítulo, que duraba media hora. Después, procuraba amenizarles el rato con pasajes graciosos de su mocedad en Mostazal, donde nació, alternándolos con chistes subidos de tono del Diccionario de Escatología y Vulgaridades con que las clientas morían de la risa, mientras daban sorbos a las tazas de café que el joven Joaquín les servía, valiéndose de una charola. En el cuarto de las costuras Joaquín también reforzó sus primeras urgencias adolescentes: en más de una ocasión entró con los cafés en equilibrio y alguna clienta estaba justo en el momento en que se había despojado de sus prendas para probarse el vestido pespuntado por su madre, y la veía desnuda en ropa interior. El hecho de ruborizarse por invadir sin proponérselo la intimidad de esa mujer no anulaba un principio de erección refleja. Le temblaban las manos en la confusión de sus sensaciones, tintineaban las cucharillas contra la loza y la mujer sonreía benignamente, casi invitándolo a disfrutar a centímetros de sus ojos la dimensión de sus senos atrapados en las copas de raso del brasier, mientras le ponía azúcar. Joaquín procuraba, en un relámpago de disimulo, ver también su prominencia púbica y luego terminaba encerrado en el cuarto de baño sobándose el pene tieso, ayudado con el recuerdo de las imágenes recientes. Primero respondía “de nada” a los agradecimientos de la mujer, y salía fingiendo indiferencia para terminar teniendo sexo idiota con su mano derecha.

Joaquín se sentó en el borde de la cama y aspiró profundamente como si estuviera en la campiña. Lo primero que pensó fue en enfrentar a Sara con su desagradable primicia. Lo irritaba tener que referirse a Matilda, decir su nombre siquiera, y además admitir que había sido atolondrada su decisión de casarse con ella. O eso creía entonces. Lo hizo embebido de sexo, como lo leyó después en Cervantes: “el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, llegando a alcanzarlo se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía amor”. Ambos actuaron como jóvenes enamorados: despreocupados por el mañana, o sin importarles mucho; construyendo sobre arena. Ya estaba visto que había sido ilusa esa pretensión sublime, porque la cotidianidad los erosionó día con día y llevó de la mano al fracaso en pocos años.

Cuando sobrevino la hecatombe, Joaquín se deprimió a tal punto en que la vida real lo asustaba, también lo irritaba y además le inspiraba angustia.

Una envolvente ansiedad se apoderó de su ser, y un temor por la vida y las personas. No podía concentrarse en nada: sus pensamientos eran constantemente interceptados por imágenes de Matilda besándose con otro hombre, y ella recibiéndolo entre sus piernas. Eso erosionaba su altivez varonil, y al mismo tiempo lo llenaba de rabia.

La existencia para Joaquín perdía sentido. Necesitaba huir, llegar a un sitio seguro donde refugiarse y no había otro mejor que donde su madre. Sin embargo, lo mortificaba el hecho de que no llegaba como alguien que caminara hacia el éxito, como se esperaba de él en esa época, hacia donde presuntamente debía dirigirse, sino derrotado.

Era evidente que no había sido protegido contra el mal de ojo, pero también el hecho de que nada hacía presagiar, en la ceremonia en que el casamiento sería el primer eslabón de una sucesión de eventos tal vez felices, que habría de terminar en el fracaso.

Oyó que su madre se acercaba, y en un acto reflejo y abyecto se zambulló en las mantas, como cuando era niño y quería huir de los fantasmas. Sara entornó ligeramente la puerta para ver si había despertado y ofrecerle desayuno, pero él se quedó quieto, sin casi respirar. Sara ajustó la puerta y se alejó hacia la cocina. Joaquín oyó después que abría y cerraba la puerta de calle.

Sintió que fue pueril haber fingido que dormía; cobarde. Pero aprovechó que estaba solo en el apartamento para ir al baño. Entró y terminó de orinar con un breve trueno de sus nalgas, y luego abrió la ducha para bañarse con agua fría para despejarse y estar dispuesto para abordar a su madre cuando volviera.

Le diría:

–Madre, fracasé –lapidariamente.

Y con esas dos palabras resumiría los años precedentes. Sabía que antes que un reproche vería la sonrisa benigna de su madre, diciéndole que no se precipitara, que los problemas nunca faltan en los matrimonios, hijo. Joaquín sabía que eran expresiones socorridas, pero en los labios de Sara adquirían nueva dimensión y veracidad.

–No hay vuelta atrás, mamá –diría.

Y en cuanto lo dijera volvería el recuerdo desagradable de Matilda diciéndole estúpido, dándole la espalda, y gritándole:

–¡Ya no te amo!

Recuerda que cuando la escuchó quedó helado, con una sensación de mareo por lo súbito, y solo atinó a balbucear una sandez:

–¿Acaso hay otro?

Aunque fuera mentira, Matilda gritó iracunda:

–¡Sí, y qué!

Y Joaquín se vio añadiendo otra necedad:

–¿Hace cuánto?

No recuerda qué siguió a eso, porque la sangre lo aturdía, excepto que Ismaelito asomó con ojos hinchados, arrastrando su manta de apego por el marco de la puerta, lloriqueando.

–¿Ves lo que haces? –recriminó Matilda. Con destreza tomó al niño en sus brazos, que de inmediato enmudeció. Así empezó su ruina.


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A negativo

CUENTO DEL LIBRO LA VIGÍA


A todos los médicos cubanos, por su entrega a pesar de las circunstancias.

Entro en pánico cuando se enferma alguno de mis seres queridos. Y no es únicamente porque no soporto los hospitales por un montón de razones: siempre están sucios, muy sucios, los baños están tremendamente asquerosos, casi nunca hay agua y las camas y las paredes permeadas por una mugre de sangre, fluidos y polvo. Todo ello, me asquea hasta virarme el estómago al revés. Sin embargo, puedo soportarlo estoicamente tomando medidas de higienes imprescindibles para la ocasión.

Pero a lo que me refiero, es al estado de desesperación que se apodera de mí. De solo escuchar la noticia soy presa de un terror repentino que no me permite pensar en otra cosa que en ver restablecido al enfermo y para que sea más rápido, hago todo lo que el caso requiera: acompañarlo al hospital, comprar medicamentos, alimentos nutritivos, buscar en internet una cura alternativa o natural.

En fin, mi vida y mi cabeza se ponen patas arribas. Pero como soy muy reservada, nadie se entera de lo que está pasando por mi mente y creen que lo hago porque tengo tendencia a ayudar al prójimo.

Cada vez que alguien se enferma, es a mí a la primera persona que llaman. Incluso, algunos dicen: le dije a mi mamá, o mi esposa, o a mi hijo, que no se preocupara que hablé contigo para que me acompañaras al médico. Como si estuvieran dándome gusto y haciéndome un favor.

Cuando me enteré de que mi hermano estaba enfermo de la próstata, me aterré. Lo acompañé al médico, gestioné los medicamentos, fui a buscar las yerbas que recomiendan para estos casos, sequé semillas de calabazas y las tosté, según recomendaciones del propio médico. Mejoró bastante con el tratamiento, pero finalmente se determinó intervenir quirúrgicamente.

Preparé todo lo necesario para el ingreso: ventilador, cubo, jabón de baño, detergente y lejía para asear los baños y las paredes, papel sanitario, sábanas y almohadas, cubiertos, vaso, termo con agua hervida, y nos fuimos con todos los bultos a internarnos en el Hospital Emergencias. Por suerte, la muchacha de la administración fue amable y rápida y por lo que no tuvimos que esperar mucho para instalarnos en la sala indicada.

Repartí café y merienda para las enfermeras que estaban hambrientas y agotadas. Le di el frasco de legía, detergente y un CUC a la persona de limpieza para que hiciera su trabajo con esmero. Al día siguiente sería la cirugía de próstata de mi hermano, y todo debía estar en orden para que él pudiera recuperarse pronto y mi mente consiguiera la paz.

Después que el empleado de limpieza terminó su labor, me dediqué a los detalles, pasé un paño con detergente y legía por las paredes, restregué con fuerza el colchón, las viejas manchas de sangre, aunque no salieron del todo, pero se pusieron más claras y eso me consoló, cuando conseguimos cierto grado de higiene, en los hospitales cubanos no se puede aspirar a más, puse las sábanas, acomodé todos los trastes y me senté frente a mi hermano a conversar. 

Llevábamos un rato de parloteo, yo le daba ánimos, que iba a salir bien, que al día siguiente ya sería hombre nuevo, él parecía estar bien, deseoso de operarse para poder viajar, su visa de cinco años USA, era su mayor motivación. En medio de la conversación apareció una mujer rubia y dirigiéndose a la cara de mi hermano, dijo:

—El paciente de la cama 17. —Mencionó su nombre y preguntó enérgicamente—. ¿Dónde está la sangre?

Mi hermano y yo nos miramos con cierta duda.

—¿La sangre?

Musitó mi hermano con cierto temor.

—Sí, la sangre.

Enfatizó la rubia.

Mi mente, que es capaz de imaginarse las cosas más raras, comenzó a ver personas haciendo cola en la panadería y en lugar del pan salían con un frasco de sangre. Los dependientes abrían una llave que estaba conectada a un tanque y ponían debajo el envase que le ofrecía el comprador.

Del otro lado había muchas personas en una larga fila para recibir el dinero y luego entregar su brazo a una mujer de largos colmillos que después de una mordida, enchufaba al donante al inmenso tanque de sangre. ¡Vampiros! Pensé y me sonreí.

Cuando salimos del desconcierto, mi hermano le preguntó a la rubia de qué sangre hablaba. Y ella dijo:

—La tuya. Eres A negativo y no puedes operarte si no tienes al menos tres bolsas de sangre. Esa sangre es muy difícil.

Acentuando mucho la última palabra.

—La sangre está aquí.

 Le dije con mucho cuidado. En los hospitales hay que ser muy cuidadoso para no molestar al personal que nos atiende porque en ello nos puede ir la vida.

—¡Aquí! —gritó la rubia.

—Sí, aquí.

Musité.

La rubia movió negativamente la cabeza con mucha fuerza. Levantó el dedo índice y con rítmicos movimientos circulares, y dijo:

—¡No! Yo soy la jefa del Banco de Sangre del hospital y vengo precisamente porque ahí no está la sangre. —Y repitió la palabra con mucho énfasis-: Sin sangre, no se puede operar. Si la sangre no está aquí se tiene que ir para su casa. La A negativo es muy complicada y nadie se va a arriesgar.

Miré a mi hermano, su expresión me dio pena e intercedí por él.

—Mire, por favor, déjeme explicarle —dije muy suavemente para que se volviera hacia mí porque ya la rubia estaba de espaldas en la puerta—. El Banco provincial, nos aseguró que tenían la sangre y que el hospital debía de ir a buscarla.

La rubia me miró enfurecida.

—No. Ellos tienen que traerla. No tengo transporte para ir a buscarla. Así que ahora mismo se le digo al médico para que le dé el alta.

Y dicho esto, salió con rapidez. Mi hermano me miró con disgusto y me dijo que le dolía la cabeza. Lo animé diciéndole que seguro el médico no iba a permitir que se fuera. Ya había programado su cirugía y no era lógico que la operación se cancelara. 

A la media hora llegó el médico y le explicó con mucha amabilidad, que no podía arriesgarse a operarlo teniendo el grupo sanguíneo A Negativo, porque si en medio de la operación se presentaba un imprevisto… Ese tipo de cirugías tiene el riesgo de sangrar, no tenían cómo evitar una complicación. Como profesional responsable no expondría la vida de un paciente.

—Sí, doctor. Eso lo sabemos y se lo agradecemos. Pero ya el Banco tiene la sangre.

Dijo mi hermano con la voz en un hilo.

El médico miró a su alrededor, le dio unas palmadas por el hombro y habló en tono de confidencia:

—Eso no lo puedo solucionar yo porque no está en mis manos. Te tengo que dar el alta. —Volvió a mirar para los lados y le dijo—. Resuelve tú la sangre y en cuanto la tengas aquí, programamos otra vez la operación sin problema ninguno.

Sin opción, comencé a recoger y nos fuimos callados de la más limpia de las habitaciones de la sala.

Desde que salimos del hospital mi mente daba vueltas una y otra vez en cómo resolver, la sangre. El médico había dicho resolver, y para nosotros significa conseguir algo fuera de las reglas, por la izquierda, dicen algunos. En fin, resolver, es resolver sea como sea. Y el pánico se apoderó de mí.

Después de una larga noche de insomnio, desperté dispuesta a resolver la sangre. Me dirigí al Banco de Sangre del hospital cercano a la casa. Allí conocía a mucha gente que veía a diario en el barrio.

Cuando llegué me di cuenta de que conocía a la muchacha del Banco, nos habíamos visto varias veces en la cola de la panadería y algunas veces en el mercado. Así que fue más fácil de lo esperado. La hice una seña para que saliera y le conté muy bajito la situación. Ella aseguró que era cierto, A negativo, es una sangre muy difícil de conseguir. Escasea mucho. Me dijo que estaba dispuesta a ayudarme pero que la vida estaba muy cara, que tenía una niña pequeña, y solo ganaba 300 pesos cubanos. Entendí el mensaje y le di la seguridad que, si ella me ayudaba, yo también. Y el acuerdo quedó tácitamente pactado. Salí a prisa con un papel donde estaban anotadas las indicaciones a seguir: llamar a Manuel a partir de las ocho de la noche de parte de Martica, hacer la mayor cantidad de hielo posible y tenerlo a mano.

En cuanto llegué a la casa comencé a preparar las cubetas de hielo y a la hora indicada llamé a Manuel.

—Es de parte de Martica.

—Sí, venga para acá ahora mismo. Y no se olvide de traer el hielo.

—¿Para dónde?

—Para el Banco de Sangre Provincial.

Cargué mi mochila con hielo y salí a prisa. Manuel me recibió con mucha amabilidad. Ya eran casi las 10 de la noche y estaba solo en el Banco porque tenía guardia. Me dijo que debía de esperar ya que la sangre A negativo es muy difícil de conseguir y tenía solo una bolsa y yo necesitaba tres. Él iba a localizarlas en otros bancos.

Ya pasaba la media noche y mi desesperación iba en aumento. Me levanté de mi asiento para decirle a Manuel que me iba y que trataría de conseguirla por otra vía, pero Manuel se acercaba con una sonrisa.

—Ya la conseguí.

Dijo alzando una de las bolsas como si fuera un trofeo. Me pidió que sacara el hielo. Extraje el paquete de mi mochila y vi que estaba empapada. Se había derretido una buena parte del hielo en la larga espera. Pero Manuel me animó diciendo que ese servía, que lo importante era que la sangre se mantuviera fría y que no se congelara. Le agradecí y se quedó mirándome en espera de algo. Comprendí de lo que se trataba y le dejé caer un billete de 10 CUC en el bolsillo. Martica me había advertido del riesgo que él corría por hacerme ese favor, dijo enfatizando la última palabra para que entendiera que había un precio.

Despejada y casi contenta salí del Banco de Sangre. La calle 23 estaba oscura y solitaria y de pronto me estremecí. A esa hora casi no pasaban carros y el transporte estatal es más demorado aún. Cuando llegué a la parada de la guagua no había nadie. Me quité la mochila de la espalda para que cogiera aire y se secara un poco la blusa. Estaba empapada. El agua corría por el canal que llega hasta el orificio trasero, dejándome una picosa incomodidad. Comencé a moverme y abrir un poco las piernas para que el líquido corriera fácil y se secara pronto. Di unos salticos con las piernas flexionadas mirando hacia abajo para ver el agua, cuando levanté la vista tenía un hombre frente a mí. Me sonrió con malicia. Enseguida me erguí y me puse muy seria. El hombre se paró muy pegado a mí y me dijo en susurro:

—Muévete otra vez, dale, mami, muévete.

Le dije que se apartara, que era una falta de respeto. Y en medio de los insultos que le propinaba me di cuenta que estaba sola en la madrugada con aquel hombre. Me paralicé, cogí la mochila y cuando iba a ponerla en la espalda él la haló, me dio una nalgada durísima y salió corriendo. Fui tras él, gritando a todo lo que daba mi garganta.

—¡!!Párate ahí, ladrón, ladrón!!!

Un carro patrullero que pasaba por la avenida muy despacio se detuvo ante mí y le expliqué atropelladamente que era un asaltante. Me abrió la puerta, indicándome que me sentara detrás y salió a tremenda velocidad tras el agresor. Por la avenida solitaria fue muy fácil toparse con el hombre. Lo distinguí en breve y respiré aliviada cuando vi que todavía tenía mi mochila en su mano.

Los policías actuaron con rapidez, detuvieron de inmediato el auto, que quedó ladeado entre la avenida y un matorral que colindaba del otro lado de la calle interrumpiéndole el paso al agresor. Y de pronto, con movimientos muy ágiles, esposaron al hombre sobre el capó del auto.  Cuando lo vi tan indefenso, salí inmediatamente a reclamar mi mochila.

—No, la tenemos como evidencia de un asalto. Tienes que acompañarnos a la estación de policía para que hagas la denuncia.

Dijo el policía, y la puso en el asiento trasero. Quedé inmóvil sin poder articular palabra, quise la que tierra se abriera y me tragara. ¿Qué iba a decirles cuando abrieran la mochila? ¿Que soy una vampira? ¿Qué podía contarles sin tener que comprometerme? Sin duda, estaba cometiendo un delito. Y el riesgo de cárcel me rondaba por la mente. Un sudor frío corrió por mi pecho.

No se me ocurría ningún argumento creíble. Estaba perdida, totalmente perdida y se me salieron las lágrimas.

Pero de pronto pensé que no podía llorar como una mujercita indefensa delante de mi agresor, tragué en seco y me dije: no, no le voy a dar el gusto de que me vea asustada ni llorosa, y ese pensamiento removió mi orgullo de mujer temeraria.

Me detuve ante la puerta del auto, mi vista quedó frente al matorral, pero bajé la cabeza para encontrarme con los ojos del policía y le pregunté como si la autoridad fuera yo:

—¿Tengo que ir allá atrás sentada junto a él?

El policía me miró con aprobación. Aprovechándome de su gesto de consentimiento, mostré con firmeza mi desacuerdo:

—No, no me voy a sentar a su lado. ¡Prefiero irme a pie!

Di la vuelta y me quedé mirando el tupido matorral.

El policía se acercó y me dijo amablemente que entendía que estuviera nerviosa, sabía el susto que había pasado, pero ellos no tenían otra opción, ese era el único transporte que estaba libre en la Estación. Lo escuché en silencio como una mujer obediente y orgullosa de serlo. Bajé la cabeza con un gesto de mansedumbre. La voz del policía sonó tierna:

—Vamos, que ya es muy tarde.

Continué en silencio, pero no me moví. Puso su mano en mi hombro y le agradecí con una palmadita sobre ella, miré de soslayo al agresor, y la mochila a su lado me tentó.  El hombre miraba hacia adelante con cara de pocos amigos. El policía me condujo hacia el auto y me dejé llevar suavemente. Se sentó al timón, y su acompañante se acomodó.

Me incliné en la puerta trasera como si fuera a abrirla, halé la mochila y con ella apretada contra mi pecho, salí corriendo por el matorral a todo lo que daban mis pies. La voz del policía: Alto, deténgase, me insufló más velocidad. Cuando se apagó de mis oídos, me detuve, respiré profundamente y sentí que estaba empapada, sin duda no quedaba ni un trozo de hielo, el agua rodaba por mis senos hasta los muslos, los pies estaban pegajosos y mojados.

No sé cómo llegué ante la puerta que toqué insistentemente.

—¿Estás herida? ¿Qué te pasó? ¡Vamos para el médico ahora mismo!

Dijo asustado mi hermano cuando abrió la puerta:

Hablaba atropellando las palabras y mirando con angustia mi talante. En la luz de la sala vi que no era agua sino sangre, las bolsas de A negativo se habían reventado. Le entregué la mochila. Sus preguntas no tuvieron respuesta. No podía hablar, había algo dentro de mí que me paralizaba, no sé si era dolor, decepción, miedo, cansancio, o todo a la misma vez.

A la mañana siguiente, fui la primera en la fila del Banco de Sangre. Le entregué mi brazo a la enfermera, cuando la muchacha introdujo la aguja en mi vena, miré para el otro lado, me impresiona ver sangre. No me importa si es A negativo o positivo, sería raro que se pudiera adivinar a simple vista, cuando veo A negativo me desmayo, sin embargo, el O positivo me da ánimos. Pensé, y me reí de mis ocurrencias, no estaba tan triste, al menos una de las bolsas de A negativo, quedó intacta.


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El molino de pimienta


FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

Es fines de marzo y el verano se obstina en quedarse. La luz de la mañana es dorada, parece hecha de partículas de miel. El calor aprieta con la incomodidad de una bufanda. Cuando Ana sale a la calle con una jarra de limonada, los pintores interrumpen al unísono sus tareas y, se acercan, con disimulada impaciencia. Son tres estudiantes de Bellas Artes –dos hombres y una mujer– que no sobrepasan los veinte años. Están pintando un mural: una cafetería con libros, una tarima con un piano, una guitarra acostada en un estuche abierto y, en una mesa, un anciano de barba caudalosa hablando a los parroquianos. Luego de tomar casi de un trago el primer vaso, uno de los pintores pregunta a Ana por el nombre del café. Ella contesta que la historia es muy larga: «Para una novela».

Osvaldo, un amigo del barrio, «un libertario, pero de verdad»–cree registrar un leve sobresalto en uno de los jóvenes–, la convenció de abrir un lugar donde se sienta que la cultura es algo vivo y se defiendan las palabras para que no pierdan definitivamente su sentido. El muchacho que hizo la pregunta asiente, no del todo seguro de haber entendido, y se sirve un segundo vaso de limonada.

¿Y qué esperás para abrir el café? —le preguntó aquella vez Osvaldo, cuando le devolvió a Ana un enorme fajo de hojas atado por una cinta roja. Era un manuscrito que Ana había heredado y en el que se contaba la historia de dos familias alemanas, los Pringsheim y los Mann.

—Hasta tenés el nombre.

—¿Cuál?  —preguntó Ana.

—Lo vas a descubrir sola.

Desde hacía mucho, Ana quería abrir un café en el local que había comprado con el dinero que le deparó la venta de su casa. Las recurrentes crisis del país le hicieron posponer la decisión. «Mejor esperar a que escampe un poco», se aconsejaba a sí misma, cada vez que la asaltaba la tentación de poner manos a la obra. Pero no sólo no escampaba nunca, sino que los nubarrones se iban volviendo cada vez más espesos. Eso, sumado a la falta de descendencia –y de pareja estable–, y su condición de reciente jubilada, la empujaron, finalmente, a esta aventura. Sabía que no sería fácil, pero tenía un corazón paciente y confiaba que el sueño daría silenciosamente sus frutos. La lectura de aquel manuscrito la terminó de decidir, como si en su cerebro encajaran repentinamente todas las piezas de un rompecabezas. Fue un empujón irresistible, una bofetada que le abrió definitivamente los ojos.

—Me gustaría construir un espacio donde nos sintiéramos menos solos, donde podamos encender un fueguito para pasar este invierno que posiblemente dure varios años —le dijo Ana a Osvaldo aquella tarde.

 Al otro día, ya había llamado a un maestro mayor de obras para empezar con los trabajos. Y a los pocos días una cuadrilla empezó a remodelar esa casa derruida que compró con tantas dudas –y deudas–, porque si bien siempre tuvo el sueño de abrir un café, nunca había tenido un negocio, y con más de sesenta años iba a tener que familiarizarse con los secretos manejos de un comercio, los resortes íntimos de una actividad que debía aprender como un idioma abstruso cuyas reglas estaba demasiado percudida para asimilar con rapidez. Quería reducir las complicaciones al mínimo. Por lo pronto, ella y Esteban –un sobrino que la ayudaría en la cocina– serían todo el personal hasta que el negocio creciera.

El manuscrito había llegado a manos de Ana porque había pertenecido al abuelo Helmut, quien lo había guardado en una valija que pasó, primero a manos de sus padres, luego, a las de ella, sin que nadie se hiciera demasiadas preguntas acerca de su contenido. Solo sabía que estaba escrito en alemán y que contaba la historia familiar del gran amigo del abuelo, Erik Pringsheim –con quien había quemado las naves en Alemania para radicarse en Argentina–, y la historia de la familia a la que se había unido la hermana de Erik, casándose con una de las grandes celebridades de las letras del siglo veinte.

El abuelo hablaba poco de esa historia, pero la escribió minuciosamente, investigando los detalles, carteándose con los protagonistas, reconstruyendo laboriosamente todo lo contado en las interminables noches heladas de la Patagonia, con la concentración de un poseído, y sin otra compañía que una vela que lloraba sobre un platito sus lágrimas calientes. A veces, una hogaza de pan y un mate cocido eran su único alimento.  Otras, ni eso.

Ana apenas si sabía que Erik había sido cuñado de Thomas Mann, un escritor al que admiraba profundamente. Muchos años después, cuando pudo descifrar esos escritos –gracias a la traducción de Osvaldo–, descubrió que la persona que más le interesaba de esa saga familiar, no era aquel escritor consagrado, sino una mujer, sepultada bajo la pesada sombra del Premio Nobel, inmovilizada en su condición de hija, y que Ana descubrió –desde un primer momento–, iba a tener una importancia fundamental en su propia vida: Erika Mann.

Durante años, ese mamotreto, fue acumulando polvo, ácaros, hongos, y marchitándose con el lento avance de la humedad. Hasta que un día, Ana decidió resucitar ese legado, único vínculo que la unía al viejo anarquista que se marchó de Alemania para recalar en la Patagonia, donde se salvó milagrosamente de los fusilamientos de 1921.

Recordaba vagamente al abuelo. Un rostro curtido con facciones que parecían esculpidas a cuchillo; una mirada rasgada y azul clavada a algo que sospechaba perdido para siempre, hasta que un mate interrumpía la meditación y lo volvía de este lado, para aportar apenas monosílabos, palabras confusas, o frases enteras en un alemán en el que se había vuelto a encerrar de viejo y que pronunciaba con voz de fantasma acatarrado. Siempre iba de visita por poco tiempo a la casa familiar, como para dar una prueba de vida. Detrás de sus maneras hurañas de hombre acostumbrado a la soledad, había cierta ternura recóndita que le alumbraba los ojos desde muy adentro. Pasados los ochenta años, seguía ejerciendo el oficio de zapatero remendón, en un cuartucho abierto al frente de su casa, inundado de olor a cola y cuero, con la boca llena de clavos, el martillo empuñado con fuerza, y una habilidad con las manos que parecía no perder nunca. 

Un día Helmut apareció en la casa familiar, y pareció que en esa semana transcurrida desde la última vez que lo vieron, le había caído bruscamente encima un baldazo de años, se percibía un temblor en la voz que antes no le conocían, una imprecisión en los movimientos y una preocupante vacilación en las piernas. Los padres de Ana intentaron convencerlo de que se quedara definitivamente con ellos, pero solo lograron enojarlo y hacerlo proferir la amenaza de no regresar más. Se resignaron a entender que ese hombre necesitaba estar a solas consigo mismo para saldar misteriosas cuentas pendientes.

Helmut se había dejado arrastrar a la Patagonia por su amigo, Erik Pringsheim, con vagos argumentos y promesas: aire virgen, sangre nueva, emociones y descubrimientos que cambiarían para siempre sus días. En definitiva, una vida para inventar con las propias manos cada mañana. Los dos habían soñado con ser escritores y se mintieron que, del otro lado del océano, los estaban esperando las historias que los harían famosos.

Erik, hastiado de una vida que apestaba a previsibilidad, decidió cortar de un tajo las amarras. No le costó convencer a su amigo, quien también quería huir de ese destino que parecía tener prefijado en Múnich. Una vez llegados a Buenos Aires, alguien les habló de la inmensidad desierta de la Patagonia, un lugar en el que todo estaba por hacerse y en el que se podía conseguir trabajo fácil en las estancias. Así, de pueblo en pueblo, fueron llegando a Santa Cruz y se radicaron en un rancho con paredes mordidas por la humedad que apenas si podían protegerlos del viento. Allí sus caminos se bifurcaron. Una noche, después de mirar largamente el rojo furioso cubriéndose lentamente de cenizas en el brasero de lata, Erik le comunicó su decisión: a la mañana siguiente se iría más al sur. No dio cuenta de los motivos. No hizo falta. Los dos sabían que padecía de una pulsión aventurera que no le permitía estarse quieto en un lugar por mucho tiempo, y ahora lo llevaba vaya a saber dónde, lo más probable, conchabarse como peón en una estancia, y después volver a perderse en una lejanía de la que nunca regresaría.

Erik se marchó con un bolso pequeño, en el que guardó unas ropas y algunos recuerdos muy queridos.  La valija se la dejó a Helmut. Estaba llena de cuadernos de todos los tamaños escritos hasta la última hoja, multitud de papeles atados con un cordel, anotaciones dispersas, muchas cartas de distintos remitentes. «Me voy a mi futuro, te dejo mi pasado», le dijo señalando con la cabeza la valija. No agregó nada, no hacía falta. Como si hubiera mediado un pacto anterior a las palabras, un mandato que Helmut comenzó a cumplir a los pocos días de irse Erik.

Helmut tardó un tiempo en darse cuenta que toda esa catarata de hojas escritas que quedaron encerradas en una valija, era la materia prima que su amigo le había legado para que saciara, por fin, las hambrientas ganas de escribir una historia que había traído de Alemania. Eso le quedó de Erik, y una foto de los dos, en Múnich, tomada cuando eran adolescentes y que Helmut pegó con una chinche en la pared sucia de la habitación.

Se quedó envuelto en su indómito aislamiento y retomó el oficio que había visto ejercer a su abuelo: zapatero. Sus ojos agrandados de niño habían sabido de los martillazos diestros sobre la suela, la sabia insistencia de la lezna, el lugar exacto de los clavos y el golpe preciso. «Algún día seré zapatero», dijo, ante la mirada burlona del abuelo que detuvo por un momento su tarea. Lo que no sabía aquel lejano día, es que estaba diciendo la verdad. No era una ocurrencia de niño sino una profecía.

Pero paralelamente a su oficio de zapatero, Helmut se dedicó a levantar un edificio desde la primera piedra: escribir la historia familiar de los Pringsheim y los Mann. Era consciente que habría muchos pormenores seguramente irrecuperables, pero los largos relatos de su amigo, la valija llena de información, y lo que pudiera seguir averiguando, bastarían para reconstruir esa historia familiar cuyo sentido último se le escapaba, pero que necesitaba contar como una necesidad íntima e inexcusable. Era como construir una casa de recuerdos que su amigo pudiera habitar para siempre. Un santuario donde reanudar la íntima conversación estimulada durante horas por la verde paz burbujeante de esa infusión que desconocían en Alemania pero que en Argentina hicieron prontamente suya. Una manera de seguir estando con Erik, sentir su voz hipnótica desplegándose como una manta abrigándolo en la espera vacía de un desierto interminable.

Un día, Helmut fue a hacer una compra al almacén del pueblo y conoció a una mujer, Nora, cuyos ojos tenían una delicadeza acuática. Le gustó la manera en que ella le sostuvo la mirada mientras guardaba la mercadería en una bolsa, pero la despedida no pasó de un ceremonioso estrechar de manos. La segunda vez, se rieron con algunas bromas que él hizo. Ella no solo le sostuvo la mirada, sino que se dejó acariciar al descuido la mano mientras guardaban las cosas. A la tercera vez, él le propuso vivir juntos en su rancho. Al rato, ella ya estaba arreglando la casa como si hubiera suya desde siempre.

Nora, le encendió a Helmut el deseo, le hizo sentir que había un camino muy largo para andar, y lo convenció que el hijo que estaban esperando merecía mucho más que esa soledad donde el viento es un aullido interminable en los inviernos y un mar seco calcinado por el verano, donde todas las presencias humanas se disuelven en la distancia como humo y las pelusas errantes de los cardos enseñan a irse.  La enfermedad de ella fue más excusa que motivo.

Cuando el médico les dijo que la enfermedad era seria y que Buenos Aires era el mejor lugar para tratarla, no dudaron, y al otro día ya estaban haciendo las valijas. Alquilaron un departamento barato en Constitución.  Las cosas se sucedieron vertiginosamente, el cuadro se complicó mucho más rápido de lo previsto. Todo ocurrió en pocos meses: el nacimiento del hijo y la muerte de Nora.

Cuando Helmut enviudó, se mudó a La Plata, porque había quedado prendado de esa ciudad con idiosincrasia de pueblo, en donde terminó asentándose, abriendo una zapatería y criando como pudo a su hijo, al que llamaron Erik.  A partir de la muerte de Nora los ojos de Helmut se llenaron de sombras y una fatigada tristeza lo acompañó desde entonces.  Ya no volvería a ser el mismo, sólo sobrevivió de él una voluntad titánica de seguir escribiendo que, vista desde afuera, parecía una condena.

Con los años, y gracias a que Erik le había hablado de ella en algunas cartas, Helmut logró mantener una correspondencia regular con Erika Mann, quien fue llenándole los huecos, aportándole mucha información, y manteniéndolo al tanto de cómo había proseguido la historia familiar desde la partida de Erik.  Por su parte, Erika no había podido conocer personalmente a su tío y quería saber todo sobre él, resolver el enigma de ese hombre que en lugar de prosperar en el papel de abogado brillante para el que parecía predestinado, había decidió irse lo más lejos posible de aquel orden asfixiante, para ya no volver a Alemania –porque estaba demasiado lejos y ya era demasiado tarde–, y quedarse a vivir –y seguramente morir– en un desierto en el que se perdería como un ahogado en el mar.

A cambio de toda la información que Helmut le fue suministrando, Erika le contaba las andanzas de la familia Mann, que para Helmut terminaron convirtiéndose en una obsesión que lo seguiría como una sombra mucho más grande que su propio cuerpo, intentando descifrar aquellas vidas como si fueran parte de su propia vida.

Revolvía en su memoria, investigaba todo lo que podía, trataba de poner más luz a lo que recordaba. Gracias a Erika pudo llegar a otros integrantes de la familia Mann –sobre todo Katia, hermana de Erik, quien oscuramente se sentía responsable de la ida de su hermano hacia una tierra apenas sospechada que solo podía ser habitadas por el olvido. Quizás fuera la culpa o la curiosidad la que mantuvo del otro lado del océano ese puente tendido por el que llegaba la información familiar que mantenía a Helmut actualizado.

Helmut se sentía un forastero en La Plata, nunca pudo adaptarse. Pero ya no tenía fuerzas para una nueva mudanza. Mantenía abierta la zapatería apenas un par de horas diarias, el resto del tiempo, se encerraba a escribir algo que parecía no estar destinado a nadie y que difícilmente pudiera interesar a alguien.

Había visto en la Patagonia cosas que le despellejaron el alma y de las que hablaba poco. Ana recordó escucharlo contar la historia de los fusilamientos de 1921. En esa oportunidad, se esforzó en hablar con claridad, masticando cada palabra con rencor, un odio frío y meticuloso que los años no lograron aplacar. Un odio que iba dirigido a otros, pero, también, a sí mismo. La sospecha de que Erik había sido uno de los fusilados, y la culpa de no haberlo convencido de quedarse con él. No tenía una sola información al respecto, solo conjeturas. Pero la larga ausencia y la inexplicable falta de noticias, las interpretaba como la confirmación categórica de sus más lúgubres sospechas. Tenía la recurrente pesadilla de estar allí, al lado de Erik, a punto de ser fusilados, pero Helmut conseguía escapar de esa manera misteriosa que sólo es posible en los sueños. Huía sin dar vuelta la cabeza luego de escuchar las detonaciones, y despertaba agitado por la carrera. Desde que la culpa comenzó a aparecerse en sueños, Helmut no hizo otra cosa que huir. Siguió huyendo durante toda su vida: del sonido de los disparos de los fusiles, de las imaginadas caras de las víctimas que caían con su mueca final, de sí mismo dispuesto a enjuiciarse y condenarse. Y siguió huyendo cuando se casó con Nora y enviudó temprano y se hizo zapatero como si fuera un destino traído de Alemania y siguió huyendo cuando crio solo a un hijo que lo terminaría llenando de nietos y huyó más lejos aun cuando se recluyó en su habitación donde se dedicó a hacer lo único que parecía dar sentido a lo que le quedaba de vida: continuar lo que había iniciado su amigo. Seguir escribiendo, interminablemente, esas páginas sobre cuyo contenido nadie podía enterarse, porque él contestaba solo con un fastidiado balbuceo o un gruñido, cuando alguien le preguntaba. Manuscrito que fue volviéndose voluminoso y que guardaba en la misma valija raída con la que su amigo había llegado a Argentina –y con la que, de alguna manera, él lo hacía regresar a su tierra de origen.

Un verano, Ana decidió abrir la valija, tomar esa fiebre de papeles desesperados de humedad y desparramarlos en el piso, conservando el orden de las páginas que tenían el color del tiempo, crocantes de antigüedad, que cubrieron enteramente el piso del departamento –con apenas un estrecho caminito que le permitía continuar, aunque muy acotadamente, su vida cotidiana–, hasta que el sol que entraba a oleadas por las ventanas y el delicado plumereo con un pincel, dejaron a ese Everest de papel en condiciones de ser leído sin peligro de alergia y picazones. Faltaba lo principal: escalarlo.

Estaba escrito en alemán. Idioma del que Ana no tenía la menor sospecha, ni voluntad de aprenderlo. Llegó a creer que enterarse de lo que allí se contaba era una posibilidad abolida para siempre, hasta que descubrió que nadie hace tan bien las cosas como el azar. De alguna manera, al adecentarlo, ese papelerío había dejado de ser algo polvoriento, remoto y ajeno, y se volvió, de manera misteriosa, una historia que le incumbía.

Alguien le comentó que, a pocas cuadras de su casa, vivía desde hacía mucho, un profesor de alemán, Osvaldo, un viejito con el que a veces coincidía en la verdulería y que tenía ojos de refinada maldad con ráfagas de ternura, capaz de leer con fluidez en alemán –porque había sido su lengua materna–, y que se ganaba la vida como traductor y profesor de literatura germánica en la Facultad de Filosofía y Letras.

 En 1958, Osvaldo se radicó en Esquel, donde fundó un periódico autodenominado el «primer periódico independiente de la Patagonia», que llevaba como subtítulo: «Contra el latifundio. Contra el hambre. Contra la injusticia». La publicación solo duró ocho números. Su defensa exacerbada de los derechos de los mapuches le valieron las iras de los latifundistas de la zona, quienes lo expulsaron de la provincia a punta de pistola. Se dedicó a investigar –y dar a conocer, en su cátedra de Historia– la vida de Severino Di Giovanni, Simón Radowitzky, Kurt Wilckens y tantos otros anarquistas que, sin sus pesquisas, hubieran sido sólo nombres en el museo de cera de la truculencia o muertos anónimos que –como él decía– habrían sido arrojados a la fosa común de la historia donde van los pequeños ladrones, los muertos en eterna borrachera, las putas envejecidas en la pobreza, los piojosos encontrados en los basurales, las sirvientitas muertas en abortos ilegales.

Cuando Ana le entregó a Osvaldo el manuscrito para su traducción, estuvo un par de meses sin verlo.  Pensó que había enfermado. Llegó a preocuparse: no contestaba el teléfono ni atendía el timbre de la casa. Al tiempo, apareció como si nada, y le extendió el manuscrito atado con una cinta roja, dentro de un inmenso sobre de papel madera. Sacó de su morral otro paquete: la traducción. Luego de un silencio teatral, dijo:

—Es un tesoro.

La sonrisa de Ana irradiaba orgullo.

—Me llevó tiempo traducirlo. El tiempo que puede llevar a una hormiga darle de comer a un elefante.

Le extendió los paquetes.

—Evidentemente, por la diferencia en la caligrafía, está escrito por dos personas distintas, pero siempre con una escritura muy cuidada, aunque llena de corchetes y asteriscos con aclaraciones.

Con la euforia de quien ha descubierto un yacimiento oculto, agregó:

—Impresiona conocer las intimidades de una de las mayores catedrales de la lengua alemana. Asomarse a lo que ningún biógrafo pudo. Pero lo más sorprendente es que el protagonista principal no es él, sino su hija, Erika.

No bien se quedó sola, Ana empezó a leer la traducción –hecha con una caligrafía tan esmerada como la del original–, que le abrió un mundo a cuyos personajes llegaba siguiendo el hilo sinuoso del tiempo y que, a partir de esa tarde, poblarían su imaginación, como los últimos sobrevivientes de una isla que solo se puede mantener a flote en la memoria.

Tenía razón Osvaldo, una figura se fue recortando con una nitidez enceguecedora, una mujer cuyo retrato fue a buscar inmediatamente a internet, y a quien le pareció reconocer como a una vieja conocida, un familiar que se hubiera extraviado hacia atrás en el tiempo: Erika Mann.

Erika era una de las hijas de Thomas Mann y Katia Pringsheim –hermana de Erik–, quien en 1933, ante el avance irrefrenable del nazismo, abrió en Múnich un café cultural que funcionó como espacio de resistencia cultural, al que llamó El Molino de Pimienta.

Desde que Osvaldo le dio el material habían pasado varios meses.

Cuando aquella mañana Ana volvió a salir a la vereda, los estudiantes de Bellas Artes estaban pintando las últimas letras del nombre del Café. Uno de los muchachos la miraba con el pincel goteando sobre el tarro de pintura que sostenía con la otra mano. Con la mirada le pidió el veredicto. Ella, callada, tomó distancia, para mirar la obra en perspectiva. Parada casi sobre el cordón de la vereda miró el mural. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato apretando los labios. El muchacho estuvo por hacer una pregunta que calló, cuando vio que por la cara de Ana las lágrimas abrían dos tajos cayendo sobre una sonrisa de tristísima felicidad. Osvaldo le pasó una mano por la espalda deletreando triunfalmente: El Molino de Pimienta. Ana sonrió. El sol jugaba en el brillo de esa sonrisa.

Ana entrevió con sus ojos nublados unos dedos largos –que le parecieron de mujer– apoyados suavemente sobre su hombro, confortándola.

—Llegó el momento de llamar las cosas por su nombre. Encender la mecha que incendie esta farsa.

Dijo Osvaldo retirando la mano del hombre de Ana, y bajando el tono de su exaltación –sabía que a ella no le gustaban las pontificaciones–, siguió hablando:

— Seguramente lo que podamos hacer será poco. Pero hacerlo ya será mucho.

Osvaldo ya no podía detenerse, era mucha la bronca acumulada, la necesidad de no arriar ninguna bandera:

—No podemos permitir que se llamen a sí mismos libertarios los que no vacilarían en apalear y encarcelar a los libertarios de verdad.

—Libertad —dijo Osvaldo luego de una pausa, y la palabra sonó como traspasada por un rayo de luz—. No tenemos que dejar que la palabra «libertad» quede deshonrada para siempre.  Se están vaciando de sentido las palabras fundamentales, volviéndolas ruidos inofensivos.

—Empezando por la palabra democracia —aportó Ana.

—¿Qué es hoy la democracia? Un mecanismo viciado, donde gobierne quien gobierne siempre mandan los mismos. Una palabra cansada, hueca, pura resignación.

—Nunca resignados. Nunca dejarnos convencer que nos han vencido —dijo Ana en un susurro que era también un juramento.

—Si no, nos terminaremos convirtiendo en el Comala de Rulfo, un pueblo muerto, solo poblado de voces gastadas, ecos, murmullos, fantasmas y sombras.

—Por eso, hay que seguir con nuestros asaltos furtivos, robando esperanza de donde podamos —dijo Ana con esa sonrisa desafiante que Osvaldo conocía muy bien.

—Porque los que tienen razón están equivocados.

Ana se frota las manos para darse calor.

—Hay que hacer un fueguito alrededor del cual podamos juntarnos.

—Como nuestros antepasados que alrededor del fuego inventaron un lenguaje para entenderse —asintió Osvaldo.

—Tenemos la obligación de que las palabras que dan sentido a nuestra vida no se cubran de barro y vergüenza —urgió Ana.

—Si no, nos quedaremos sin palabras cuando más las necesitemos.

—Estos tipos están pisoteando el lenguaje y dejándole la huella de su deformidad.

Osvaldo volvió a mirar el cartel del negocio que desde el día siguiente abriría sus puertas. Respiró profundamente. Era el primer aliento de una nueva vida. Las cejas se le contrajeron torvamente, le temblaba la voz:

—Erika estaría feliz.

Posiblemente fuera así. Lo cierto es que Ana sí estaba feliz, después de mucho tiempo.      

Cuando Ana leyó el manuscrito –en el largo desvelo de interminables noches–, decidió a un tiempo tres cosas: abrir el café, llamarlo El Molino de Pimienta, y empezar a acumular fuerzas para hacer lo que nunca creía que sería capaz: escribir. Esa historia no sólo merecía, sino que debía ser contada. Ella continuaría lo que Erik había iniciado y Helmut no había podido completar. Si bien había perdido mucha fuerza en el camino y, tenía el aliento muy debilitado para iniciar una travesía larga, iba a dedicar sus energías a contar lo que no merecía quedar inconcluso, terminar de dar forma esa materia prima que el azar había dejado en sus manos como una dádiva y que hablaba de ella misma más de lo que cualquiera podía suponer. A la mañana siguiente, ya había comprado un par de cuadernos grandes para ir anotando todo aquello que, con una fuerza que ya no podía controlar, pugnaba por volverse palabras.

Ana era una lectora omnívora que no podía respirar si no tenía un libro a mano. Había escrito algunos cuentos y poemas, pero sin ínfulas de formar parte del círculo de plumíferos. Estaba convencida que la literatura sería siempre lo que escribieran los otros. Pero esta historia que había caído en sus manos, parecía haberle llegado en una valija remitida por el destino. Si la palabra no le produjera alergia, podía decir que se le había asignado una misión a la que no podía rehuir. «A los 65 años, viruela», se repetía, casi con coquetería.

Pero no se trataba solo de escribir. Abrir un café que se llamara El Molino de Pimienta, con el mismo sentido con que originariamente había sido creado hace casi un siglo, era plantar un desafío en tiempos de derrota. Una manera de dar cobijo a los que se atrevieran a decirle «no» a la barbarie, los que sintieran que la desgracia ajena les incumbe como un latigazo en su propia espalda. Un viento secreto la agitaba. Hacía mucho que no se atrevía a una audacia como ésta, se sentía una nadadora arrastrada por corrientes desconocidas, desandando el río del tiempo hacia una juventud que misteriosamente volvía a empujarle en la sangre. En los pliegues ocultos del pasado había muchas claves que permitirían comprender el presente.  Era como si soldando aquel tiempo con este, confirmara que más allá de las diferencias hay una misma batalla que librar por la dignidad y los sueños, desde la certeza de que solo tiene las manos limpias el que no se lava las manos.

—Hoy es el comienzo de algo que nos dará sentido —dijo Osvaldo, mirando el cartel, con el convencimiento de quien hace los aprestos para iniciar una aventura esperada durante toda una vida. Hasta hace poco, creía que los días se le habían puesto definitivamente viejos, ahora tenía ímpetus de veinteañero.

Los tres pintores, Osvaldo y Ana, se quedaron viendo el frente del Café, compartiendo un silencio que poderosamente hablaba por ellos.

Brindemos —dijo Ana trayendo una botella de vino en una bandeja con cinco vasos.

—Por los sueños que nos mantienen vivos —dijo Osvaldo alzando su copa—. Que no dejaremos que se pierdan entre las cosas perdidas.

—Por todos los que vendrán —dijo Ana, mirando a los tres jóvenes pintores y dejando, luego, que su mirada se perdiera en la lejanía. Y agregó:

—Por los que volverán…

Bebieron. Y luego del primer trago, Osvaldo continuó con la copa alzada:

—Por todos los que supieron que sin justicia no habrá tierra donde sembrar futuro.  Por los auténticos libertarios, los que no permitirían que se prostituyera el sentido de la palabra libertad, y le devolverían su auténtico sentido. Contaremos sus historias, para que ellos, uno por uno, regresen, con nuevas caras, nuevos brazos, nuevas voces. Porque el olvido se lleva solo aquello que dejamos ir.

—¡Salud! —dijo una voz de mujer.

—¡Salud! —dijeron todos en dirección a Ana. Pero Ana se sobresaltó porque no era ella la que había hablado.

La voz –indudablemente de mujer– había sonado con un acento extraño, de erres arrastradas como piedras por la corriente de un arroyo. Ana recordó esos finos dedos de mujer que hacía unos instantes había sentido sobre su hombro, y alzó la copa.

—¡Salud! —dijo Ana, horas después, alzando una copa, en su cama, con el manuscrito en su regazo, dispuesta a leer una vez más esa historia que el abuelo Helmut, sin sospecharlo, le legó como una memoria que era, al mismo tiempo, un futuro. Una historia que ella ayudaría a poner de pie sobre la tierra, reconstruyéndola según la lenta albañilería de la imaginación. Hacer que la memoria arda como una llamarada, quemando fechas, nombres, lugares, episodios, datos, señales, y al retirarse, en lugar de cenizas, deje una casa de fuego en la que ya no pueda entrar el olvido. Una casa que llevará por siempre el nombre de Erika Mann y su Molino de Pimienta. Pero para entenderlo debía empezar una vez más por el principio, remontar el hilo que el abuelo Helmut desenrolló en el laberinto del tiempo, hasta llegar a su amigo, Erik Pringsheim, con quien se fue de Alemania para entregarse a la incertidumbre de estas tierras. Ana se caló los anteojos y comenzó a leer.


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El otro lado del río

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


Antes de la tormenta

Algo malo sucedería. No bastaban todos los avatares que habían tenido en contra para concretar ese viaje ni el riesgo de adentrarse en el Atlántico con semejantes tormentas casi hasta cruzar el Mar de los Sargazos, como para ponerse a pensar en catástrofes peores. El barco se estremecía con tanta furia, como si estuvieran adentrándose en las peligrosas aguas del fin del mundo. Hacia allá iban, bromeaban cada cierto tiempo, hacia el fin del mundo. Apostárselo todo en ese viaje al trópico −hasta la vida−, como si fuese una partida de dados contra Dios, era lo único que tenía claro el joven Johannes Christoph. Por saciar su necesidad de conocerlo todo, estaba dispuesto a entregar lo más valioso que poseía: su vida. Era lo único por lo que se hallaba en el camarote de ese bergantín que había salido de Hamburgo hacía pocos meses, con una duda en la cabeza: ¿podría un simple mortal desentrañar las bondades de la naturaleza que Dios había creado y jactarse de ellas, como mismo lo habría hecho Él?

Mientras miraba a un punto impreciso del camarote y oía el rumor del agua, decidió poner fin a la monotonía y a expensas de las lluvias y de que obviamente no podría subir a cubierta, se dispuso a ir al encuentro de sus colegas, los otros que habían partido junto a él aquella fría mañana desde el puerto germano. Se vistió tal como exigía el respeto y al salir al pasillo, la casualidad quiso que se topara con el primero de sus colegas, Eduard Otto, quien estaba al frente de esa comitiva que viajaba a las Américas y a quien no solo lo precedía su apellido por ser el hijo de un inspector del Jardín Botánico de Berlín, sino también su sentido del compromiso y ese espíritu de líder que lo hacía mantener la mesura mientras el otro, Louis Pfeiffer, y él, el enjuto Johannes Christoph, en las no pocas ocasiones que la travesía les había permitido, se abocaban a recoger las algas atrapadas en las redes del bergantín, con la avidez de unos niños que buscaban el origen de las cosas, con el propósito −no tan distante de ese afán infantil− de recolectar las especies marinas que podían encontrarse enredadas entre los sargazos. 

El amigo Otto le hizo saber que, si bien estaban cerca de hacer escala en la isla de Cuba, el clima no les permitiría hacerlo en el puerto de Santiago de Cuba y por ello el capitán había decidido bordear la costa meridional para llegar a La Habana, si nada conspiraba, a principios de año.

—¿Quiere decir usted que despediremos el año en alta mar? —preguntó el joven Johannes Christoph, en su natal alemán.

—Correcto.

—Bueno, mejor —continuó y se ajustó la levita—. Así estamos más cerca del amigo Carlos Booth. Pfeiffer estará encantado cuando se lo digamos.

—Pero eso lo alejaría a usted de Surinam y de su colega Julius Hille.

—Pudiera ser…

Quizá eso era lo malo que sucedería, pensó luego, antes de dormirse. Ese cambio de rumbo a último momento que lo haría pasar unos cuantos días más a bordo de ese bergantín August et Julius.

Desde un par de días antes, ya había escuchado pasar pájaros, sinónimo de la cercanía a tierra y eso fue lo que le despertó las ganas de alejarse, de una vez y por todas, de los casi sesenta días a bordo de esa monotonía flotante que no paraba de recibir los bandazos de las olas.

La cena de fin de año coincidió con un debate entre el amigo Pfeiffer y él sobre el avistamiento de las bandadas de aves que, al acercarse al Cabo de San Antonio, habían empezado a proliferar alrededor del barco, pero no fue hasta pasadas unas setenta y dos horas que divisaron la silueta de una ciudad capaz de recibirlos con la misma gracia con que mezclaba −y lo haría por los siglos de los siglos− la vida de sus habitantes con los azares del mar. Decidieron descansar a bordo ese viernes y al día siguiente, sábado, dejaron el August et Julius y después de varios meses, pisaban tierra firme los pies del joven Johannes Christoph, cuya mirada no solo había quedado marcada por la temprana pérdida del padre sino también por una incurable melancolía que envolvía todo su ser.

Lo primero que le llamó la atención fue el bullicio. Parecía, daba la impresión, de que estaban preparados para recibirlos. Muchos negros disfrazados, que hacían ruidos con sus palos y percutían sobre unos tambores como si no conocieran el cansancio, reían y disfrutaban, al parecer, del momento. No era un festín reducido solo del puerto, pudo verlo después en lo que iban por el Paseo de Tacón rumbo al Castillo del Príncipe, sino que se expandía por varios puntos de la ciudad: los esclavos, con sus sonidos, haciendo de La Habana una fiesta. No faltó la persona que, en un tono entre risueño y patético, al recibirlos y conducirlos por el Paseo de Tacón, les explicara a los germanos que no debían preocuparse pues la algarabía era a causa de las fiestas del Día de Reyes, donde los amos les permitían a sus esclavos celebrar a sus dioses. Solo era un día, luego la ciudad volvía a ser la misma. Y los negros también, recalcó.

Habían llegado en una fecha −lo supieron unas horas después gracias a la misma persona que les facilitó el dato de los esclavos y sus festividades− en que los ricos habaneros, la gente pudiente, se marchaba al campo para alejarse del agobio de la ciudad, del aire pútrido del puerto y empaparse de las noblezas de la naturaleza, del aire puro, del sol, y no regresaban hasta pasado el Día de Reyes.

A sus veintiocho años, el deseo de conocer un poco más de la ciudad que lo recibía, lo llevó a dormir solo unas horas y bien temprano, antes de que sus colegas despertaran para visitar juntos el Jardín Botánico mencionado la noche anterior, acompañado por la misma persona de papada burocrática y cara de saberle los trapos sucios hasta al mismísimo Capitán General, el joven Johannes Christoph decidió ver con la melancolía propia de sus ojos la vida diaria de una ciudad que se le antojó antigua. Sobre su cabeza no solo traía su chistera de piel de castor comprada exclusivamente para ese viaje −y que en aprecio por el recorrido terminó regalándole al guía−, sino también los miles de proyectos e ilusiones que lo habían llevado a abordar el August et Julius con la misma decisión y el mismo espíritu que, unos pocos años antes, lo había hecho el admirado Alexander von Humboldt de quien, para más, el amigo Otto llevaba una carta de recomendación que avalaba no solo la intención de su viaje, sino también su labor científica en las Américas, su interés por la naturaleza y su dedicación a desentrañar el conocimiento del mundo.

Poco a poco, mientras lo miraba todo y su vista se enlodaba con el actuar de los pobladores, sus expectativas en relación con la ciudad fueron apagándose. Si bien había algo que hermanaba a las ciudades de su memoria con La Habana y era el ruido de los caballos y las ruedas de los coches, el bullicio de las gentes era algo con lo que no contaba. A los caballos y a los quitrines y a las calesas podía acostumbrarse, pero ¿debía hacerlo también a las personas con sus malos hábitos? Todo, lo corroboró, se desenvolvía entre gritos e imposiciones. Daba la impresión de que no podían comunicarse de manera civilizada, sino que debía ser con un galillo, un gruñido o un estrépito que retumbara en los oídos del prójimo, entre caleseros y transeúntes casi atropellados por los caballos, entre carreteros y cualquier otro que obstruyese la vía.

Lo que le dejó una peor impresión fue la desesperada pulsión comercial. En una mezcla entre impaciencias y vicisitudes, se buscaba vender hasta el alma al diablo si se aparecía de repente. Todo lo visto en esa mañana, parecía regirse por las necesidades del negocio. Solo faltaba que se le lanzaran delante ofreciéndole los más disímiles utensilios, un par de navajas de primera, un cortaplumas vizcaíno, unos tirantes elásticos. «¿Qué busca, señor, ropas, zapatos, navajas, sombreros, colonias?» Le pareció una pesadilla. Había llegado a una ciudad hostil, atrasada, en plena expansión, y lo que más caló en los ojos del joven Johannes Christoph: con un caos sin remedio.

Pasadas las siete de la mañana, los vendedores españoles en mangas de camisa se paseaban de un lado a otro por delante de sus vidrieras con el afán de que les compraran sus baratijas. Según le comentaron al joven Johannes Christoph, eran vendedores de fruslerías, quincalleros, como también se les llamaba, que pagaban el alquiler de esos espacios poco ventilados y algo oscuros a familias pudientes que habitaban los altos.

A la altura de la calle Mercaderes, se percató de una retahíla de niños que, compuesta en su mayoría por negros y mestizos, se veían sucios, harapientos y algunos hasta descalzos. Vio además un grupo de soldados uniformados, carabinas al hombro. Logró dar unos pocos pasos para evadirlos a todos y salir vivo de los roces y las invitaciones, casi obligadas, a comprar cosas que no quería ni mucho menos necesitaba.  

—Vaya recibimiento —le diría a su amigo Pfeiffer al almorzar.

Durante ese almuerzo, prodigado no solo con las delicias del trópico en cuestión de jugos y tajadas de cualquier cantidad de frutas sino también con la abundancia de unas viandas cosechadas a las afueras de La Habana, una carne de puerco exquisita y unos vinos traídos de España, en lo que la cortesía de unos al tragar y la frugalidad al servirse del joven Johannes llamaban la atención de los demás, los otros hablaban del viaje y de lo que esperaban encontrar.

—Iremos al Jardín Botánico primero, luego les enseñaremos nuestro Paseo del Prado, y luego, claro está, cenaremos —dijo el hombre de la papada burocrática, en un alemán tamizado por la zeta de su español.

—Necesitamos avisar a un amigo que nos espera —dijo Johannes Christoph en alemán, y el amigo Pfeiffer lo secundó—. Amigo queridísimo y, de hecho, por su invitación es que estamos acá.

—Enseguida nos pondremos a ello —convino el hombre—. Tengan el placer de no escatimar con la comida. No me carezcan. Usted no es de comer mucho, ¿verdad?  —le preguntó a Johannes Christoph y una mueca diáfana a modo de sonrisa sirvió para calzar la respuesta:

—Solo lo justo. Más bien poco.

En el viaje al Jardín Botánico, Johannes Christoph se dedicó a observar las pocas aves que se atrevían a volarles cerca. Le pareció, lo convino después con Louis Pfeiffer, que habría sido bueno también remitir algunas de esas aves a la Junta de Cassel −aquella sociedad científica que se había dispuesto a asumir el costo del viaje de los tres científicos a cambio de especímenes disecados de la fauna tropical, reacia en un principio, pero decidida después tras la intromisión en el asunto de Alexander von Humboldt. Pero no habían ido preparados, la visita al Jardín Botánico solo había sido una especie de introducción. Una vaga y sencilla presentación de lo que se podían topar más allá de esa ciudad y debido a la ausencia del director Ramón de la Sagra, fueron recibidos por un francés que, hasta en su mirada, se notaba el declive fulminante de semejante Jardín. Las palabras y promesas de restauración a su nivel anterior no demoraron en llenarle la boca al señor Auber, pero de promesas no se podía apuntalar la vida, pensó. De Jardín Botánico no tenía nada, más bien parecía un vivero, un lodazal con unos pocos árboles alrededor.

Fue ahí donde el joven Johannes notó el desconocimiento abismal que tenían en la isla en lo referido a su fauna, a su naturaleza. No solo era el atraso en la ciudad, convendría luego con el amigo Pfeiffer, sino también con los conocimientos sobre lo que los rodeaba. ¿Cómo se podía vivir en un mundo donde nadie tenía conocimiento alguno de lo que existía a su alrededor? O no: ¿cómo podía vivirse en un mundo donde nadie abogaba por la sabiduría, por descifrar la magnificencia de Dios?

El resto de la tarde se evaporó en una caminata de rigor al Paseo del Prado, de una milla de extensión, coronado al fondo con una fuente del dios Neptuno y flanqueado por cuatro hileras de árboles. Solo algunas damas se movían en sus respectivos quitrines alrededor del Paseo, otra cantidad de jóvenes lo hacía a pie para disfrutar de la caída de la tarde, para socializar siempre y cuando las calesas no lo impidieran.

La plática entre los germanos y los colegas nacionales que los guiaban giró sobre el interés europeo en las criaturas tropicales. Había poca documentación allá sobre la fauna a este lado del Atlántico, y eso era lo que los había hecho a ellos llegar a La Habana, para luego cada uno seguir su camino. El amigo Eduard Otto, el guía, botánico y malacólogo, tenía pensado continuar hacia los Estados Unidos de Norteamérica, luego hacia América del Sur; Louis Pfeiffer, eminente médico, botánico y malacólogo, se encargaría de los moluscos del trópico, después de verse con el amigo Carlos Booth; mientras que el joven Johannes Christoph tenía en mente continuar a Surinam, donde su queridísimo compañero Julius Hille, quien había sido el primero en sembrarle la idea de semejante travesía, lo esperaba. Desde allá, desde Surinam, pensaba Johannes Christoph, comenzaría a enviarles las especies colectadas a la Junta de Cassel en pago por los gastos de su viaje.

La cena no tuvo nada de especial. Fue una reiteración de los mismos temas y los mismos propósitos, en esa ocasión acompañados por unas considerables lonchas de jamón y unas excesivas copas de vino que Johannes Christoph ni se tomó el trabajo de probar. A la pregunta de qué les había parecido La Habana, el joven, callado, decidió evadirse con su mueca típica que evocaba una sonrisa: arquear los labios sin enseñar los dientes.

—Y eso que no han visto nada todavía —dijo uno y concluyó con una risa y un considerable trago de vino.

Como habían congeniado con anterioridad, Eduard Otto se quedaría unos días más en La Habana en pro de legalizar la documentación de la comitiva y para no perder tiempo, algo de lo que no iban sobrados para ese entonces, Johannes Christoph y Louis Pfeiffer enrumbarían hacia la ciudad de Matanzas, donde el amigo Carlos Booth, dueño de varios cafetales, los esperaba con los brazos abiertos para que conocieran, de verdad −don Carlos dixit−, las bellezas de la fauna matancera. Sin esperar más y dominados por el deseo de conocer lo nuevo, lo nunca antes visto por sus ojos, emprendieron el recorrido en el vapor General Tacón. Todavía, como un regalo solo para él, para el joven Johannes Christoph Gundlach, Dios tenía mucho que enseñarle.

¿Cómo no intentar salvarte del pozo de la melancolía, niño, si verte huérfano de padre a los ocho años te cambió la forma de ver la vida, de entender el mundo? No solo por la ausencia que vagamente, nunca en su totalidad, intentaste suplir con la figura de tu hermano mayor, para suerte tuya de que estaba ahí no solo para ti, sino también para mamá, la sufrida señora Redberg que tuvo que vérselas sola a cargo de cinco hijos y con dos pensiones insuficientes para alimentos y educación.

La muerte del profesor de Matemáticas y Física Johann Gundlach, conmovió no solo el ámbito familiar, sino también la Universidad de Marburgo se hizo eco de la pérdida. Un hombre estricto, serio, dedicado a la enseñanza y devoto del conocimiento. Todavía hoy no sabes si fue la tristeza lo que hernió tu rostro, o fue la disposición de afrontar la vida solo, por ti mismo, lo que lo hizo. Tal vez, niño, fue a partir de ahí cuando tu pensamiento se volvió lo que ha sido hasta ahora. Pregúntate siempre, ¿qué habrías sido de no haber sido lo que has sido hasta el día de hoy? Parece una incoherencia, un galimatías, ¿verdad? Pero mírate al espejo, reconoce tu mirada melancólica, tus labios parcos, como acostumbrados a no soltar muchas palabras, solo las justas, tus pómulos pronunciados y la marca de aquel accidente con el arma de fuego que provocó la tristeza en mamá y varios días sin dormir también pensando en ti, en tu recuperación; analízate a conciencia y asume que la vida nos ha moldeado lo mejor que ha podido. Uno no siempre escoge lo que desea ser, sino lo que la vida nos ofrece ser.

No en balde, tu nombre papá lo escogió a la perfección. Johannes: la bondad de Dios en tu nombre. No podía haber otro significado para el de una persona que, en su esencia, solo albergara eso: bondad. Como también lo aprendiste de tu hermano, niño. La bondad y la virtud en la dedicación al prójimo, porque si algo te habían enseñado en el seno de ese hogar, era la devoción a la caridad, a la bondad hacia los demás, a la ayuda al otro. Si algo habías aprendido bien era que la caridad no consistía en aquello que todos creían, no. La caridad no era depositar unas monedas a la entrada de la iglesia como si con ellas se exorcizaran los pecados o lanzarle otras pocas a algún necesitado en la calle, no. No era cuestión de entregar lo material, sino entregarse uno mismo a la asistencia al necesitado. Entregarse era el símbolo máximo de la bondad.

Tantas veces repetías eso mientras te mirabas en el espejo de tu hermano, y de mayor, a falta de un padre, querías ser como él, que siempre mantenía viva la estela de papá. Vivía para perpetuar su memoria. Lo imitabas en todo, en sus actos, en sus palabras, en sus intereses. Tu hermano, que acababa de regresar de Cassel donde había aprendido el oficio de la taxidermia, fue el primero en enseñarte la ciencia detrás de cada proceso para disecar especies. Nos debemos a la naturaleza, niño, nos debemos a ella, porque en un futuro, cuando no estemos en este mundo, ella nos sobrevivirá y será lo único bello de lo que podremos habernos enorgullecido en el más allá. Lo único por lo que la vida merece la pena, sin ella no somos nada.

Para ese entonces, con tu hermano dándote las lecciones necesarias sobre la taxidermia, ya tu interés por la vida natural te sobrepasaba. Salías, a veces escapado de la férula de mamá y de los demás, con el propósito de cazar pájaros pequeños, insectos, animales y así practicar y perfeccionar en las noches las enseñanzas de tu hermano, mientras todos dormían y te delataba esa luz encendida en el medio de la penumbra. Te convertiste en un niño ágil, nada torpe −contrario a lo que podían creer los otros en el colegio. Solías ser arriesgado, saltabas y trepabas en los árboles que, para muchos, podían resultar peligroso, pero la curiosidad te tiraba más. Buscabas ver un nido de cerca, unos huevos, un agujero en un árbol que podía servir de hogar para aves. Todo merecía atención. Lo principal de la experiencia, era pulir el don de la observación. Mirarlo todo a tu alrededor, como lo hacías: las estrías de los árboles, las alas del insecto, las patas y el pico del ave, la suavidad de las plumas de la torcaza. Para mala fortuna tuya, aquella vez en que un guardia te vio con el arma y quisiste esconderla rápido, la mala manipulación hizo que tu dedo fuese a dar al gatillo y la bala te provocara lesiones, dolores y preocupaciones en el rostro. Fueron unos días angustiosos en los que ni la señora Redberg ni tus hermanos pudieron vivir en paz. Más desgracias en casa de quien no iba sobrado de gracias.

Lo único que recordabas de aquello, era que antes de la tormenta provocada por aquel disparo, habías visto al mejor y más hermoso de los pájaros con los que te habías topado hasta ese momento. No pudiste identificarlo a primera vista y por eso, te decidiste a cazarlo para disecarlo luego. De hecho, te había extrañado verlo ahí, te dio la impresión de que parecía un pájaro perdido. Lo habías perseguido, cauteloso, con el arma preparada, pero el grito de alerta del guardia que te vio te sacó de concentración. La culpa inoculada te traicionó y a consecuencia de ello, la desgracia no solo se manifestó en la pérdida del olfato, sino también del paladar. Un disparo accidental que te arrancaba el olfato y el gusto para siempre. No podías oler nada. No sentías el sabor de nada. Mejor así, te dijo tu hermano con el tiempo. Así podrías dedicarte a la taxidermia y no te verías expuesto a las fetideces propias de ese oficio.

Ese mismo ímpetu en seguir los pasos de tu hermano, no solo te llevó a sufrir semejantes golpes, sino que, antes de la tormenta, él mismo vio la dedicación y el empeño que le ponías a la disección de especímenes. Lo hacías con una precisión que a veces hasta él envidiaba en silencio. Lo sabías. A tal extremo llegó a destacar tu incipiente talento, que una tarde al verte cazando aves, un capitán de barco, cerca del puerto de Marburgo se interesó en ti y tras unas horas de pláticas, había estado dispuesto a que le trabajaras su colección de pieles de aves exóticas; que se la prepararas. Fue ese tu primer encargo frente a la vida, tu primera prueba de fuego, y tal fue el resultado que no solo el capitán quedó a gusto, sino también tu hermano te felicitó y te auguró un buen futuro.

La señora Redberg, mamá, aún no se recuperaba de la nefasta experiencia con el arma de fuego y por eso, a cada rato, se te sentaba al lado, como buscando con su cobijo alejar las alas negras de la tormenta. Cuídate de ti mismo, hijo, que Dios te cuidará del resto, fueron las palabras de ella al abrazarte tras sobrevivir a aquel terrible disparo. Ella, quien no hacía otra cosa que dedicarse a sus hijos, a veces no era correspondida por la suerte. Una mujer que, pudiendo haberse dedicado a rearmar su vida después de enviudar, de dedicarse a otros placeres, se entregó por entero a su prole, a enseñarles la bondad y a recordarles siempre la dimensión humana de un mundo que cada vez lo era menos. Todas las noches rezaba por sus hijos, le pedía a Dios por su bienestar, por su protección, no quería otra cosa en el mundo que eso: el buen camino de su descendencia.

Por ello, decidió llevarte por la senda de Dios. Decidió consagrarte a la iglesia, y empezaste a estudiar las leyes de Dios y las enseñanzas de Él solo para darte cuenta de que no podías dejarte llevar por algo etéreo. La fe era muy importante, era necesaria, pero tú necesitabas creer en algo más práctico, en algo más duradero. La fe en Dios acababa en el mismo momento en que acababa la vida. Sin embargo, la magnificencia de su obra, no. La obra de Dios perduraba después de la muerte y estaría ahí por los siglos de los siglos. Cuando decidiste comunicárselo a tu madre, niño, palideció. Cuando le dijiste que no querías dedicarte a la iglesia, que preferías el camino de las Ciencias, mamá supo que una influencia externa había apoyado tu decisión. Fue ahí cuando le contaste que no, que ya tu decisión estaba tomada, pero las palabras del profesor Herold, zoólogo de la Universidad de Marburgo, te habían servido de mucho. ¿Qué sería del mundo y de las nobles almas dedicadas a trascender si no hubiese de por medio la intervención precisa de un profesor?, pensaste después, con los años. ¿Cuántos otros maestros, noble profesión de la vida, no habrían intercedido en la trascendencia de las almas destinadas a ello?

Mamá lo asumió, porque no tenía alternativas, y antes de darte la bendición con un beso en la frente y un abrazo, la pregunta que te hizo afianzó aún más los lazos entre ustedes. ¿Cómo puede un hombre tan bueno vivir sin Dios? Te tomaste largo rato en explicarle que Él estaba, que vivía en sus creaciones, en la vida misma, pero que ese camino no era transitable para ti.

Fue a partir de ahí donde tu vida se sintió más enrumbada. Estabas en algo que habías visto de siempre, que conocías gracias a tu hermano, nada te era ajeno. Empezabas a estudiar Zoología en la Universidad de Marburgo, donde, además, por haber sido hijo del recordado profesor Gundlach, la matrícula había sido libre de costo. Estabas destinado y obligado a destacar, a brillar. Tenías no solo sobre tu espalda el rigor de la responsabilidad personal, sino también la estela de tu hermano y la memoria de un padre al que no podías defraudar.

Conjuntamente, la tutela del profesor Herold te vino como anillo al dedo. No solo por las pláticas y las recomendaciones científicas que incrementaban tu acervo, niño, sino por la dedicación que el maestro vio en ti al punto de recomendarte para el puesto de Conservador del Museo, oportunidad que no dejaste escapar pues te permitía poner en práctica lo aprendido con tu hermano: conservar y disecar especies. El estudio de notables figuras de las ciencias y sus aportes, así como también el estudio de la Filosofía, donde los debates con el profesor Herold se hacían interminables, extensos, y lo escuchabas con ese tono didáctico, de quien estaba acostumbrado con el tiempo a ser escuchado, porque como mantendrías en tu memoria a lo largo de los años, el doctor Maurice Herold, aquel profesor querido, pertenecía a esa selecta clase de personas que siempre tenían la razón. A esa estirpe de hombres de convicciones profundas, conocimientos infinitos e intereses trascendentales.

Luego, también, en casa, los debates se hacían extensos, donde mamá te escuchaba hablar y la emoción de ver a un joven de bien, con la bondad aun anidando en su pecho, la mantenían en silencio, con las palabras y la emoción atoradas en la garganta.

El trabajo en ese Museo −que no era un trabajo como tal cuando la devoción y el gozo también fluían− no solo te dotó de grandes conocimientos, niño. Sino también de grandes amistades, como la del doctor Julius Hille. Para después de haber pasado el riguroso examen oral y haberte graduado con los honores máximos de la Universidad como Doctor en Filosofía, con la orgullosa firma de los eminentes profesores Bunger, Wenderoth, Hessel y el noble Herold en tu certificación y la publicación de tu tesis De pennis (sobre las plumas de las aves), ese espíritu aventurero que habías mantenido anidado en tu corazón decidió brotar. Necesitabas poner en práctica lo aprendido en los libros, lo aprendido por las vivencias de otros científicos, de otras personas que, al igual que tú, se habían interesado en buscarle un por qué a lo que nos rodeaba. ¿Cómo es posible que tantas personas no recalen en el vuelo de un ave, o en la majestuosidad de un árbol, o la belleza de una hoja? ¿No son capaces de pensar por un minuto en la belleza implícita en ello, en una flor, sus colores, en un ave y sus plumajes? Era eso lo que le decías al doctor Hille en vuestras charlas. Ha habido tanto mundo, tanta belleza, y ha pasado desapercibida ante nuestros ojos, que, de solo pensar en semejante ingratitud con la naturaleza, con la obra de Dios, te daba pavor.

Fue Julius Hille el primero en hablarte del Caribe, de la fauna caribeña, de lo poco estudiada que estaba, y te remitió a un par de trabajos de Humboldt. Fue a partir de entonces donde Hille te ofreció alojamiento, comida y espacio para trabajar en un viaje a Surinam, a donde viajaría pronto y estaría gustoso de recibirte allá, para juntos vivir la experiencia de conocer especies exóticas, mundos nuevos. Pronto, te abocaste a la tarea de reunir el dinero necesario para sufragar los costes de viaje, ayudado por el doctor Bunsen, presidente de la Sociedad de Historia Natural de Cassel, de la cual te habías hecho miembro unos años antes. A un precio de seis táleros cada acción, se costearía el viaje y después de una larga espera que se perpetuó durante varios meses, a fines de noviembre de 1837, la cantidad de acciones vendidas era de doscientas tres.

De boca en boca, la idea fue tomando auge hasta que llegó a la mismísima Berlín. No solo eso, hasta el mismísimo Jardín Botánico de Berlín, e incluso a los oídos y los intereses de Alexander von Humboldt, quien intercedió junto al ministro de Altemburgo para que el gobierno pagara también los gastos de viaje de Eduard Otto, hijo del inspector del Jardín Botánico de Berlín. Todo cobraba nuevos bríos. Había personas de renombre vinculadas ya a la idea, la veían con buenos ojos y, sobre todo, lo más importante, necesaria para el progreso científico.

Nada podría salirte mal, si estabas predestinado a ello.

La visita del cubano Carlos Booth y Tinto, que había culminado sus estudios y regresaba a su tierra de origen, presupuestó también tu interés en conocer la isla. Booth, amigo también de Louis Pfeiffer, estaría encantado de recibirlos en su hacienda y mostrarles su trabajo allá. No hizo falta sopesar la invitación, porque a la primera se la aceptaron. Una escala en la isla mayor del Caribe no influiría para nada en tus planes posteriores de continuar a Surinam, de continuar a encontrarte con tu amigo Hille. Mientras más conocieras del Caribe, más especímenes podrías colectar y así cumplir con las obligaciones de la Sociedad de Historia Natural de Cassel.

¿Qué podría pasarte en Cuba, niño?

¿Qué podrías ver allí que te cambiara la vida?


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Los fantasmas de Otto Müller

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

La muerte de Otto Müller

El teléfono sonó ya entrada la tarde; la taza de té estaba humeando frente a mí. Era mi madre.

—Tu abuelo ha muerto —dijo como quien apura un trago.

El celular se hizo pesado mientras yo trataba de sostenerla desde los 6.500 kilómetros que nos separaban. Habían pasado varios años desde la última vez que estuve en casa; el recuerdo de su abrazo se había hecho tenue como piel envejecida. Durante una eternidad nos acompañamos en un pacto de silencio que ninguno se atrevía a romper.  Sostuve el teléfono con fuerza inconsciente hasta que mi mano empezó a agarrotarse.

—Que descanse en paz —dije con una voz que no me pertenecía, intentando que aquellas palabras no me desbordaran.

—Amén —respondió mamá con un hilo de voz que antecedió un nuevo silencio.

Me sostuve de la mesa para contener el vértigo que me causó la noticia. Pensar en el abuelo me ayudó a mantener la conciencia. Me lo imaginé en la biblioteca con sus pantuflas elegantes y aquella bata de paño inglés que solía usar en casa y que siempre me resultó excesiva para el trópico.

—Cuéntame cómo pasó —dije quedo.

Mi madre contuvo los sollozos y me dio los detalles. Habían pasado apenas unas pocas horas. El abuelo simplemente se derrumbó, vencido por la enfermedad. Con esfuerzo ahogué el lamento que intentaba escaparse por mi garganta; no me atreví a llorar.  Tomé un sorbo de té; el líquido tenía una aridez densa que me dificultó tragarlo.

 Cuando mi padre nos abandonó, el viejo se puso al frente. Terminó criándome junto a mi madre y se convirtió en la figura masculina más importante de mi historia. Cerré los ojos y traté de ubicar los rasgos de su rostro. Era inútil, en medio de la conmoción su cara se había liquidificado, como si fuera una mancha de pintura corriéndose sobre un lienzo. El lienzo era yo. 

Usé una servilleta que tenía a la mano para secarme un par de lágrimas que cayeron sin previo aviso por mis mejillas. Sin saber por qué, reparé en aquel trozo de papel rugoso. Era amarilla, parecida a las de las fiestas infantiles; tenía restos de la torta de chocolate que comía antes de la llamada y que ahora había adquirido un color marrón sucio parecido al de la mierda.

Alguien abrió la puerta del local, dejando entrar una ráfaga de aire frío que hirió mi rostro y me sacó de mis cavilaciones. Levanté la vista temiendo que los que me rodeaban hubieran percibido mi pequeño drama personal; me alivió ver que todos se ocupaban de sus propios asuntos. Siempre fue fácil pasar desapercibido en esta ciudad. Afuera rugía un viento gélido que, por alguna razón, me resultó entonces más perceptible. Mamá me hablaba de manera cariñosa, aferrándose a mí a través de las palabras. Su voz cálida era lo único que me reconfortaba.

—Papá se fue y siento que me han cortado un brazo —me dijo en medio de su angustia.

—No hay más remedio que ser fuertes. Usa los míos si te hacen falta. —Eran palabras vacías, pero fue lo único que se me ocurrió decir para consolarla.

—Ojalá estuvieras aquí.

—¿Qué te puedo decir? Si pudiera tomaría un avión ahora mismo.  

—Lo sé, no te preocupes, es lo que pasa cuando los hijos crecen. Una siente que los pierde un poco.

—Mamá, no me has perdido; adelantaré mis vacaciones o pediré un permiso. Iré pronto, te lo prometo.

—Te comprendo. No es un reclamo, es solo un desahogo. Tú eres el único hombre que me queda —dijo compungida.

 —¿Crees que deba llamar a mis tías y darles el pésame? —le pregunté, evitando que ella se derrumbara arrastrándome consigo. 

—No. No creo que haga falta; te llamaré durante el velorio y así aprovechas y hablas con ellas. Entre la familia no se dan pésames, uno solo se acompaña —me aleccionó.

—Me alegra que estés acompañada.

—Sí, pero sabes que entre mujeres siempre es todo más emocional. A veces mis hermanas me aturden. Hablar contigo me hace bien. Todo esto ha sido muy doloroso y ninguna sabe muy bien cómo continuar. 

El abuelo y yo habíamos vivido rodeados de mujeres. Él tuvo tres hijas y mis tías solo tuvieron hembras. Yo soy el único varón. Nuestra relación fue rugosa y cercana. De alguna manera nos refugiábamos el uno en el otro, construyendo un bastión en contra de la fuerza avasallante de lo femenino. Mi madre y mis tías aceptaban esa camaradería con resignación y mis primas con cierto malestar culposo que les costaba ocultar. Yo incluía aquellas asperezas entre las pérdidas que empezaba a contabilizar. 

—Nunca hemos hablado de la enfermedad del abuelo —le solté a mi madre como si ella tuviera la culpa de aquella circunstancia—. Sabía que no estaba bien, pero su muerte me parece repentina.

—Tú nunca preguntaste y yo no quise preocuparte —acotó.

—Has debido decirme —dije con severidad.

—Traté de protegerte.

No soy un niño —respondí resentido.

—Lo sé, pero yo soy tu madre y es mi trabajo. Además, tú estás demasiado lejos y no había nada que pudieras hacer.

—Si me lo hubieras advertido, hubiera podido despedirme.

—Javier, hijo, la muerte nunca puede advertirse, solo sucede —señaló.

Luego me comentó de lo mucho que tenían por delante: cosas que recoger, papeles que revisar, documentos patrimoniales, entre miles de otros asuntos.

—Tu abuelo era muy quisquilloso; hay un montón de cosas que solo él conocía y nos ha tocado reconstruir todo como si fuera un rompecabezas.

En efecto, la vida del abuelo estaba cargada de piezas en ausencia de figuras de referencia. De su vida en Europa solo sabíamos lo que nos había contado, que era poco. Había sido partisano. Luchó contra los nazis y mató a alguno. No le gustaba hablar de ello, decía que eso pertenecía al pasado y que él había dejado Europa para vivir el presente. Jamás regresó a Austria y, en cuanto tuvo la oportunidad, adquirió la nacionalidad venezolana. Nunca indagué lo que había detrás de aquella negativa a contar su historia; supuse que no quería lidiar con lo que había dejado atrás. Jamás me imaginé la existencia de un secreto tan determinante como el que con el tiempo llegaría a descubrir.

El abuelo era un tipo singular. Era alto y elegante, tenía la voz ronca y profunda de quien estaba acostumbrado a dar órdenes. Hablaba con un acento germánico que nunca lo abandonó. Era cariñoso pero tosco; solo se dulcificaba con las damas, a quienes trataba con delicadeza domesticada.

Aprovecha el día —me dijo cuando puso en mis manos un ejemplar de la vida breve de Séneca, que aún me acompaña—. Nunca dejes que entre el pensar y el hacer te salgan canas.

Fue mi primera lección de estoicismo. El abuelo no creía en las disertaciones largas, sino en la voluntad que se mantiene en pie hasta el desplome. Mostraba, no dictaba cátedra.

Por alguna razón, la muerte suele venir acompañada de memorias que no hacen más que profundizar las ausencias. Reflexioné mientras las imágenes se agolpaban en mi cabeza. Me lo imaginaba luchando por mantenerse en pie.

Yo buscaba palabras para mantener viva aquella conversación en la que mi madre parecía desvanecerse. En el fondo de una rocola antigua sonaba la voz de Norah Jones; interpretaba la conocida «Don’t Know Why» y yo decidí que se trataba de un homenaje al abuelo. Respiré antes de continuar.

—Duele que se haya ido —dije finalmente.

—Sí, siempre es doloroso que se vayan los nuestros.

—Ahora toca aceptarlo y tratar de continuar —apunté tratando de simular que todo estaba bien. La verdad es que tenía un miedo extraño que poco a poco se fue convirtiendo en desolación.

—Te quiero. Dios te bendiga. Hablemos más tarde —dijo mi madre con la voz quebrada antes de cortar la llamada. Yo me quedé estático en la silla en medio de un tiempo que se había detenido. El té estaba frío y ahora me parecía insuficiente. Pedí un whisky seco que me bebí de un trago a la salud del fallecido; sin dudas, aquel era un mal momento para estar lejos.

Me pasó como a muchos, vine a Canadá a estudiar y terminé quedándome. Fue algo que simplemente sucedió. Supongo que pertenezco a la primera oleada de una diáspora que al final terminó inundando al mundo. Han pasado cinco años y todavía no me acostumbro al invierno y a las particularidades de la convivencia, a ciertas sutilezas de la cultura. Migrar siempre nos coloca frente a otra dimensión de lo humano.

El camarero me trajo otro trago. Esta vez lo saboreé con lentitud, sintiendo sus matices. Me distraje detallando el lugar. Era un bar musical donde a veces daban conciertos. El estilo vintage y las fotografías icónicas parecían ahora detenidos en el tiempo. Me había sentado en una barra larga que se encontraba rodeada de pequeñas mesas de madera y teléfonos de baquelita. Todo allí me recordaba al abuelo.

Bebí un poco y le deseé buen viaje. Frente a mí había una fotografía de Carlos Gardel; iba de sombrero y llevaba una bandana al cuello. Me levanté por impulso y me aproximé a la rocola; precisaba un tango, busqué hasta que encontré el que necesitaba:  Adiós Nonino. 

Mientras Piazzolla dejaba correr la nostalgia en el bandoneón, recordé nuestras discusiones filosóficas; el viejo leía a Nietzsche, yo prefería a Foucault y a Habermas. Nos enfrascábamos hasta alcanzar los puntos de inflexión y solo nos deteníamos cuando todo estaba a punto de romperse. La verdad, siempre comprendimos la necesidad de hacernos concesiones.

Decidí abandonar el lugar cuando los recuerdos empezaron a pesar demasiado. Afuera me recibió la ventisca. Había nevado y las calles empezaban a cubrirse del velo invernal. Disfrutaba caminar sobre la nieve reciente; me gusta aplastarla y dejar mis huellas marcadas durante el instante efímero que les tomaba desaparecer, esta vez lo hacía cabizbajo. Subí el cierre de mi chaqueta y saqué los guantes del bolso justo cuando mis dedos empezaban a entumecerse. En medio de la helada pensé en el mar de Higuerote. Mis paseos con el abuelo adquirieron entonces una nueva dimensión.

Llegué a casa después de tomar el metro y comprar algunas cosas en el supermercado. Mientras me quitaba la ropa húmeda y entraba en calor, pensé que entre la vida y la muerte siempre quedan demasiadas cosas por decir. Me senté en un sillón y revisé algunas fotografías viejas. El abuelo terminó perdiendo la memoria y yo me aferraba a nuestras pequeñas historias como si me fuera la vida en ello.


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Memoria de la bruma

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


CARLOS SÁNCHEZ PINTO (Salvadiós, Ávila, España) Poeta, narrador y ensayista. En 1976 obtuvo el Premio Primavera del Certamen Nacional de Poesía de Granada. En ese género ha publicado Poemas de ayer y de ahora mismo (2020) y Un tiempo color malva (2024), ambos por Caldeadrín Ediciones, España. También ha publicado el ensayo etnográfico Los jubilosos juegos jubilados (ADRIMO, España, 2006), el libro de relatos Estampas color sepia (Caldeadrín Ediciones, 2017) y las novelas Nonato, música de rabel (Edival Ediciones, Premio Ateneo Ciudad de Valladolid, 1978); Un sombrero lleno de sol (Editorial Hijos de F. Armengot, Premio Armengot, Castellón, 1981); Tiempo de ausencia (Editorial Prometeo, Premio Ateneo Marítimo de Valencia, 1981), El mundo por un agujero (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Salamanca, 1999) y Maderas de Oriente (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Badajoz, 2005). Por su reconocida trayectoria como cuentista, relatos suyos han sido incluidos en numerosas antologías del género. La Asociación Cultural de Novelistas otorgó el Premio La Sombra del ciprés 2018 al conjunto de su obra.


Donde se ve que el mundo es un pañuelo

Con frecuencia recuerdo vagamente el pueblo, la familia de Francisco. Como en sueños se me representa a veces la casa, que se alzaba en un ángulo del cruce de la carretera con el río, su estructura rectangular de adobe y erosionada tierra de tapial, el rostro de su padre; aquel hombre que casi siempre sonreía si no estaba bebido, su perfil de arcilla bajo la visera de charol. Ahora me doy cuenta de que el vino confería a su rostro un rictus de perplejidad animal, y en la mirada torva se vislumbraba entonces una recóndita, amedrentadora y oscura presencia de rencor concentrado en el iris, como si reprochase al mundo entero haber sido empujado una vez más a un estado que él mismo consideraba reprobable.

Muchas veces me vuelve ahora a la memoria la imagen de Francisco sentado frente a mí, al otro lado de la mesa, durante nuestra primera entrevista en el locutorio de la cárcel. Hay noches en que esa estampa preside mi tiempo de vigilia sin que pueda evitarlo. Y es una imagen en color, nítida sobre un fondo oscuro que es la nada; ingrávida; una calcomanía pegada al pensamiento. A veces es un seco salivazo sobre la memoria, sobre la estampa de aquel muchacho que recuerdo lanzando la peonza con inigualable maestría en las tardes de nuestra niñez; tardes de otoño y pan y queso a la salida de la escuela. Y me asalta una vez más el griterío de las chovas en torno al campanario, la luz de un sol convaleciente alimonando las casas y las cosas.

Ahora mismo me parece estarle viendo, apesadumbrado y tembloroso, desvalido frente a mí en la inhóspita desnudez de la estancia carcelaria; y como él permanecía con la cabeza humillada, yo podía contemplar la bóveda de su cráneo prematuramente calvo.

Hubo un momento en que yo mismo me sentí agobiado, incapaz de llevar adelante el trabajo que sin duda iba a suponerme la defensa de aquel hombre que tenía delante y del que en aquella primera entrevista lo desconocía todo. Y esa sensación, que tampoco fui capaz de controlar, se tradujo ineluctablemente en un sentimiento de lástima, al considerar que el hecho de que me hubiese sido encomendado a mí el caso era una cuestión de mala suerte para él, fuera cual fuese su grado de culpabilidad; de modo que durante buen rato únicamente pensaba yo en la forma de compensarle tan mala fortuna. No sé si fue eso lo que hizo que surgiera una corriente de afecto hacia mi cliente; o quizás el ánima guarda secretos que en un principio desconoce el propio corazón, pero el caso es que enseguida me puse a considerar la posibilidad de que fuera culpable de los cargos que se le imputaban, llegando pronto a la conclusión de que no, de que aquel hombre pusilánime, cuya actitud me recordaba la de un animalejo acorralado, era incapaz de hacer daño a nadie a sabiendas, conclusión que, por otra parte, me llevó al desagradable convencimiento de que era yo un abogado inexperto, absolutamente incapaz de ejercer con garantía una profesión para cuya práctica, me parecía, era importante cierta facilidad para conocer a las personas y calar en su entraña sin dejarse influir por las apariencias, al cual, desde luego, nadie contrataría por propia voluntad y por cuyos servicios ningún avisado pagaría un duro si podía evitarlo. Entonces me arrepentí de haberme metido en semejante berenjenal al colegiarme, asumiendo tan a la ligera una responsabilidad para la que ni mucho menos me sentía preparado. Por vez primera añoré la posibilidad, tan irreflexivamente desestimada en su momento, de vivir en el pueblo de mis padres, con todo el tiempo del mundo para disfrutar de la música y la lectura, para compartir tertulias y juegos, para viajar o salir de caza.

En el transcurso de aquella primera entrevista, la inusitada situación nos había sumido a ambos en un mutismo que se me iba haciendo insufrible y que consideré necesario superar cuanto antes. La postración de aquel hombre, verle allí con la cabeza inclinada en un signo de sumisa desesperanza, los antebrazos apoyados en las rodillas y los dedos nerviosamente entrelazados, hundido en quién sabe qué negros presentimientos, cazado como un animal de paso al que no estaba destinado el señuelo, pero que al final acepta sin resistencia la fatalidad de haber caído en la trampa, me animó a confortarle, a tratar de superar la situación, a esforzarme por infundirle confianza haciéndole ver que lo suyo no era el fin del mundo, a fingir que para mí su caso era un caso sin demasiada importancia y pronto estaría todo resuelto para bien.

―Háblame de ti ―le dije, más bien por decir algo―. Cuéntame cosas de tu vida.

Me di cuenta enseguida de que había dado a mis palabras un tono excesivamente festivo, como si le estuviese animando a contar algo divertido con el único fin de pasar un buen rato; como si, en lugar de estar en el locutorio de la cárcel, nos hubiéramos encontrado, después de mucho tiempo y casualmente, en la sala de espera de una estación y tuviéramos que matar el tiempo mientras llegaba el tren.

Él me miró con aire de sorpresa, desconfiando quizá de un letrado principiante que le hablaba en semejantes términos y con tono tan extemporáneo. Acto seguido percibí en su mirada una cierta sensación de superioridad, sin embargo, no exenta de lástima que llegó a intimidarme: algo que quizá suscita en un acusado el primerizo defensor de oficio; y seguramente en ese instante perdió toda esperanza en que yo fuera capaz de hacer nada por devolverle cuanto antes la libertad, que en aquellos momentos era sin duda lo que él más valoraba en la vida. Por un instante me sentí cohibido.

Después de morir mi padre, yo me había colegiado sin convicción alguna de que la de abogado fuera a ser para mí una profesión definitiva; seguramente con el único fin de aparentar que era capaz de subsistir al margen de una herencia que mis progenitores no solo nunca habían necesitado, sino que habían ido acrecentando durante su matrimonio con la compra de extensas tierras de labor linderas a las que ya poseían mis abuelos.

Mi padre se había doctorado en Deusto, y desde el principio había practicado la medicina rural por vocación inquebrantable, sin considerar jamás la posibilidad de ocio que le brindaban las propiedades heredadas, a las que se añadirían las no menos extensas de mi madre. Ejerció su profesión hasta la edad de jubilación con dedicación admirable.

Una vez licenciado yo y jubilado mi padre, sobre todo durante los últimos años, los dos fuimos conscientes de que era un tiempo que había que compartir estrechamente porque se nos estaba yendo entre las manos sin remedio; sensación que se acentuó cuando conocimos cuál era su enfermedad y el proceso irreversible que seguiría. Viajamos mientras a él le fue posible, y repartimos después el tiempo entre nuestra casona de Almazán, al abrigo de sierra Bermeja, y el piso de Bilbao; sobre todo cuando ya llegó a necesitar asistencia médica diaria; porque durante un tiempo se había sentido especialmente complacido con las soledades de nuestra casa en el pueblo, y en los inviernos gustaba de pasar los días sentado junto a la chimenea, contemplando el campo a través de los vidrios emplomados, cuya rusticidad deformaba un paisaje señoreado por el pico de San Cristóbal con su copete blanco. Después yo fui consciente de que algo tenía que hacer, además de cobrar las rentas y gastarme el dinero, si es que quería justificar de alguna forma mi existencia, cosa que por entonces me inquietaba; de modo que busqué el apoyo de un colaborador más enterado, abrí bufete y puse placa a la puerta.

Mercedes aceptó el contrato, convencida de que aquello no duraría mucho. Se había doctorado en derecho y, recién terminada la carrera, había trabajado ya en un despacho de abogados, de modo que conocía el oficio; por eso consideré que, de entre los candidatos que respondieron al anuncio, era sin duda la que podía aportar una experiencia con la que yo, desde luego, no contaba; de modo que no dudé en la elección.

Creo que desde el primer momento Mercedes fue consciente de mi bisoñez y de que lo que a ella correspondía era afrontar los asuntos del bufete como si fuera suyo propio y tratarme a mí como una madre. El error de su vida, me contó sin reservas, había sido creer que el amor es eterno cuando el matrimonio lo encapsula y lo protege de cualquier peligro de contaminación. Terminados sus estudios, aquel primer trabajo en el despacho de abogados dio a la mujer tranquilidad y perspectivas. Había cursado la carrera con cierto desahogo, y durante aquel tiempo tuvo tenacidad suficiente para doctorarse y acumular conocimientos. Pero un día se enamoró y lo dejó todo para dedicarse en alma y vida a su marido y a dos hijos que habían llegado demasiado pronto. No, nunca renegaría de aquel tiempo ni se arrepentiría de las decisiones que tomó pensando en ellos. “Pero todo se acaba, querido”, me decía en tono sosegado, y echaba la cabeza atrás para impulsar hacia el techo el humo azul de su cigarrillo, que nadie es perfecto y Mercedes fumaba, “de modo que un día llegamos a la conclusión de que ya habíamos hecho todo lo importante que juntos podíamos hacer en la vida. Nos dimos cuenta de que no nos complementábamos, no éramos imprescindibles para procurarnos el uno al otro la posibilidad de ser felices. Nos dio miedo de que nuestra convivencia fuera deteriorándose y, en evitación de males mayores, decidimos partir peras amistosamente y salir cada uno por su lado”. Me explicó sosegadamente que al principio se veían de vez en cuando, sobre todo si tenían algo que decidir sobre los hijos, pero poco a poco fueron amoldándose a la propia circunstancia; hasta que, con el tiempo, habían llegado a verse el uno al otro desde una perspectiva de aquiescencia donde no había lugar para el reproche. “Cómo es la vida”, se lamentaba, con una triste sonrisa de resignación. “Nunca hubiéramos pensado que llegaría ese momento; pero sí. Con los años, también los hijos eligen su propio destino, y de pronto un día te levantas y te ves sola en la casa y en la vida; y lo piensas mucho, das mil vueltas al asunto, lo consultas con las amigas y con la almohada y decides que aún puedes hacer algo de provecho, que no es bueno quedarse en casa esperando nada, creando adicciones estúpidas, sometida a la alienante pantalla de las aberraciones. Por eso contesté al anuncio. Espero ganarme el sueldo haciendo algo eficiente”, concluyó.

La verdad es que el caso de Francisco me interesó desde el principio más allá de lo estrictamente profesional; quizás porque, ya desde la primera entrevista, incluso antes de saber quién era realmente, detectaba en aquel recluso el pálpito que nos produce el reencuentro con personas o cosas conocidas. Él estaba implicado en un delito contra la salud pública, que es como en el lenguaje jurídico y policial se enmascara al caso de andar metido en asuntos de drogas, y parece que se esperaba que, más tarde o más temprano, fuera el hilo que llevase al ovillo. Pero la policía fue atando cabos y, después de algunos interrogatorios y varias pesquisas, se añadió a la primera acusación la de colaboración con banda armada, nada menos.

Yo le consideré un incauto desde el primer momento, un pobre ingenuo utilizado. Ahora sé que, aún antes de reconocerle, me recordaba a su padre, aunque no tanto por el rostro como por las manos, cuyos dedos largos y nudosos se ensanchaban en las puntas de uñas aplanadas y me hacían concebir la idea de una profesión artesanal en cuya práctica fueran principal elemento. Era a comienzos de abril, y una glauca luz, tamizada entre las hojas de las acacias, penetraba por el alto ventanal enrejado y se posaba silenciosa y viva sobre la superficie desnuda de la mesa, sobre el agrietado piso de cemento y sobre la espalda de aquel hombre para quien el aire de la calle constituía sin duda una tentación de fuga mientras, sentado en el borde de la silla, trataba probablemente de olvidar la realidad entreteniéndose en encarar las yemas de los dedos de ambas manos, presionando nervioso los pulpejos hasta que la sangre huía y blanqueaba el extremo de las uñas.

Tampoco él me reconoció. Entre otras razones porque, además del tiempo transcurrido, creo que en ningún momento me miró para ver algo en mí, sino más bien para que yo interpretase su mirada.

Fue a la vuelta de aquella primera entrevista cuando repasé más detenidamente los papeles. Me había servido un dedo de whisky, que luego me olvidé de beber ante la sorpresa de ver escrito en el informe policial el nombre de un pueblo que era el mío. Entonces hice memoria de aquel tiempo, porque calculé que la edad del encausado, algún año mayor que yo, le situaba entre mis compañeros de infancia. Pero sus apellidos no me decían nada, seguramente porque esa mínima diferencia de edad entre ambos nos había distanciado más en aquellos años infantiles. Sin embargo, eso fue definitivo para suscitar en mí un interés extraordinario por el caso.

Yo había salido del pueblo cuando apenas contaba ocho o nueve años, y entre las brumas de la memoria recordaba a veces situaciones y personas si disponía de claves apropiadas. A pesar de ello, ni un solo instante dudé de que era preferible no darme a conocer, pues manteniendo el anonimato confiaba en que con el tiempo conseguiría vencer aquella cerrazón inicial de Francisco y ganarme su confianza. Y es que enseguida fui consciente de que nada le amedrentaba más que la idea de que el asunto en que se veía metido llegase a saberse en el pueblo. Había alzado un muro entre todo cuanto se relacionase con el pasado y su circunstancia actual. Para él, el pueblo en que habían transcurrido su infancia y juventud se le antojaba en otro mundo; aquella había sido otra vida que en modo alguno quería mancillar con el presente. Él mismo, pude advertirlo, se consideraba una persona distinta según se situase en el pueblo o en Bilbao. “Esa es otra cuestión”, aseguraba. Y se le notaba incómodo, hostigado. “Aquello no tiene nada que ver con esto. Aquello dejémoslo estar. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa; no mezclemos. Deje, deje en paz el pueblo”.

―Háblame de ti ―le insistí de nuevo en la segunda entrevista―. Cuanto mejor te conozca, más fácil me resultará tu defensa.

Volvió a mirarme con la misma extrañeza del primer día.

―¿Y qué quiere que le diga de mí? ―me respondió en tono levemente agresivo, al tiempo que se encogía de hombros.

―Cualquier cosa ―repuse―, lo que tú quieras contarme; qué hacías en Cañiclosa cuando eras chico, cómo viniste a parar aquí; lo que se te ocurra. Tengo que sacar conclusiones en que apoyarme para tu defensa, conocer tu circunstancia, ya sabes; necesito argumentos.

Al oír el nombre del pueblo tuvo un sobresalto, como si el convencimiento de que yo lo conociera le dejase desnudo frente a mí, sin la posibilidad de una mentira, convencido de que, el solo hecho de que hubiera descubierto su origen, me revelara de golpe un pasado que deseaba ocultar a toda costa. Y entonces me di cuenta de la importancia que para él seguía teniendo todo lo relacionado con el entorno en que habían transcurrido sus primeros años, y descubrí el temor que le causaba enfrentar la circunstancia del presente a todo lo que había pretendido dejar definitivamente atrás.

―Prefiero que tú me lo cuentes bueno a bueno a tener que averiguarlo por medio de terceros. Si tú me pones al corriente, excuso pedir informes al ayuntamiento de Cañiclosa ―dije. Y me reproché a mí mismo atacarle por el flanco más débil, utilizar contra él el arma que sin duda más temía y que ingenuamente acababa de descubrirme. De modo que añadí―: No tengas ningún miedo, hombre. Me gustaría que fuéramos amigos. Es mejor para los dos, porque a mí me interesa sacar adelante este asunto tanto como a ti; puedes estar seguro.

Percibí su duda, pero no quise atosigarle. Y ni siquiera yo mismo estaba seguro de que mi táctica fuera la apropiada para el caso, dada mi inexperiencia. De una cosa sí fui consciente: él había descubierto que la distancia no iba a ser suficiente obstáculo para evitar que la noticia de su desgraciada peripecia llegase hasta el pueblo. Eso lo amedrentaba y le llenaba de congoja. Podía soportar cualquier humillación menos ser en Cañiclosa comentario de taberna y de solana. “Con una cosa así”, me confiaría después en cierta ocasión, “entierro yo a mi madre”. Y en el tono de su voz detecté la carga de súplica y de angustia que encerraba tal revelación.

―Yo necesito que se me vaya conociendo como abogado ―agregué, intentando ponerme a su altura―; pero es importante que tú me eches una mano.

―Lo he dicho ya mil veces ―habló, dando a sus palabras un tono mitad resignación mitad hastío―: yo no sabía lo que estaba llevando y trayendo. Ni me importaba. Entregaba el paquete y recogía el sobre. No sé nada más. A mí se me decía una hora y un sitio; yo lo aprendía de memoria, porque no se me dejaba escribirlo. Nunca se me dejó escribir nada: ni sitios, ni nombres, ni horas, ni nada. Iba allá, hacía el encargo y a casa; porque siempre se me dijo que no apareciera por allí hasta dos o tres días después; a veces más. En la mayoría de las ocasiones no cruzaba ni una palabra con quien acudía a recoger o entregar lo que fuera. ¿Qué tengo yo que ver?

―¿Quién te decía todas esas cosas? ―le corté.

―Eso no lo puedo decir ―respondió, bajando el tono de la voz y humillando la cabeza―. Di mi palabra.

―Y cuando estuviste yendo cada dos días al taller mecánico, ¿tampoco sabías lo que llevabas?

―¡Yo no iba a ningún taller! ―protestó en tono airado―. Yo me encontraba con el hombre cada vez en un sitio distinto. Ni siquiera hablábamos, ya digo. Yo le entregaba un paquete y él me daba otro. Lo único que puedo decir es que siempre pesaba más el que yo le daba que el que recogía.

―La policía sabe perfectamente lo que llevabas y traías ―le informé―. ¿Quién te daba el paquete?, ¿de dónde lo llevabas?

Negó con la cabeza, resuelto, empecinado en seguir ocultando a quien le había utilizado.

―Pues si la policía lo sabe ―objetó malhumorado―, ya sabe más que yo. La policía acabará por volverme tarumba, con tanto enredo. Ya lo sé, ya sé que dicen que distribuía droga. Hasta que colaboraba con la ETA llevando la comida para uno que tenían en un zulo de esos, han llegado a decirme. Me vuelven loco. No sé a santo de qué tantas preguntas. Otra cosa no puedo decir.

―¿Por qué? ―insistí― ¿De quién tienes miedo? ¿De qué?

―No es porque tenga miedo, que lo tengo ―admitió―, pero yo soy un hombre de palabra.

―Bueno ―acepté, intentando quitar importancia al asunto―. Ya habrá tiempo de hablar de eso. Lo que yo quiero ahora es que me cuentes cosas de antes, saber quién eres y cómo te enredaste en este lío. Si me hablas de ti yo iré sacando detalles para argumentar tu defensa ante el juez. Cuanto mejor te conozca más fácil me resultará sacarte de aquí.

Yo me daba cuenta de que, en mi fuero interno, la curiosidad se imponía al oficio; quería que me ayudase a disipar las brumas que celaban la memoria de aquel tiempo, que sus palabras sobre el pasado sirviesen de lazarillo a mi recuerdo desvaído; de manera que sentía un poco de vergüenza, y me prometí sacarle de aquel atolladero, aun a costa de recurrir a otro abogado más experto si llegara el caso.

Estuvo asintiendo repetidamente con la cabeza, y en aquel momento me parecía vencido por una insoslayable pesadumbre. Sin duda estaba comparando aquella situación con lo que hubiera sido su vida en Cañiclosa, considerando la desgracia a que le había llevado su mala cabeza, aquella desgracia fácilmente evitable. “Estas cosas me pasan a mí por mi mala cabeza”, se repetía una y otra vez, como si estuviera convencido de que solo su cabeza era culpable y el resto del cuerpo fuera del todo ajeno y se hubiera visto forzosamente involucrado en el asunto. Quién le mandaría a él meterse en camisa de once varas, pensaría quizás; a qué santo tuvo que marcharse y dejar el pueblo, siendo que allí era todo más fácil.

Me despedí con una palmada en el hombro.

―Tranquilo, Francisco ―traté de infundirle ánimo―, ya iremos cambiando impresiones; pero no olvides que yo estoy aquí para ayudarte. Mañana volveré.

Sin embargo, al día siguiente había recuperado el aire desconfiado y escéptico de la anterior entrevista. Mantenía ante mis preguntas un silencio desesperante, tan solo alterado con chasquidos de la lengua y violentos ademanes que denotaban su disgusto; por eso no tuve más remedio que ponerle de nuevo entre la espada y la pared.

―Bien ―le hablé con pretendida resignación―, si no me das otra salida tendré que pedir antecedentes a tu pueblo.

Entonces claudicó. Se removió incómodo en la silla sin encontrar postura, liberó con un gemido la angustia acumulada y con la cabeza hundida entre los hombros me mostró las palmas de las manos en un gesto de plena disposición.

―Pregunte lo que quiera ―dijo resuelto.

―No se trata de preguntar nada, Paco ―me sorprendí enseguida de haber utilizado el nombre familiar con que le distinguía en otros tiempos―. No es cuestión de rellenar ningún formulario, sino de establecer una cierta relación entre tú y yo; algo que me permita conocerte mejor.

Mientras le daba un respiro volví a contemplar aquellas manos de anchas uñas, cuya blancura destacaba sobre el tono avellanado de la piel, tal que si la sangre hubiera huido de ellas como cuando hacemos presión sobre las yemas de los dedos.

Fue él quien interrumpió el silencio.

―Entonces ―dijo con marcado escepticismo―, cree usted que si le cuento mi vida podrá sacarme de aquí.


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Viaje de invierno con mariposas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, Cuba, 1958) Poeta, ensayista y novelista. Doctor en Ciencias sobre Arte del Instituto Superior de Arte de La Habana. Ha recibido, entre otros reconocimientos el Premio de Poesía “Nicolás Guillén”, en 2001 y 2024; los Premios de Ensayo “Alejo Carpentier”, en 2007 y 2017; el Premio de Novela “Alejo Carpentier”, 2011 y Premio de Novela “Italo Calvino”, 2014. También los Premios Internacionales de Ensayo: José María Heredia (México, 2004), Mariano Picón Salas (Venezuela, 2011) y el de Ensayo Cervantino (México, 2014). Tiene publicado medio centenar de volúmenes, entre ellos sus novelas: Variaciones de Jeremías Sullivan (Letras Cubanas, 1999), Callejón del infierno (Letras Cubanas, 2010), Ritual del necio (Premio Alejo Carpentier 2011, Letras Cubanas, 2011), Música nocturna para un hereje (Premio Ítalo Calvino 2014, Ediciones Unión, 2015), El fuego de Ruán llueve sobre La Habana (Editorial Letras Cubanas, 2016), Y después de este destierro (Ediciones Universal, 2023) y Martina querida (Ediciones Sequoia, 2025). Actualmente reside en Extremadura, España.


1

Vinieron a detenerme esta mañana. Dos hombres entraron en el recibidor y otro permaneció afuera ante el timón del carro. Tenían un aire gris. Apestaban a sudor y a inquietud. Tropezaron con la primera vitrina de mariposas, entonces descubrí que se sentían fuera de lugar. Uno se disculpó con una frase ininteligible. Los invité a sentarse mientras me preparaba para partir, pero no quisieron. Nada terrible había en esa irrupción. La esperaba.

No crean que imito a Kafka. Es un escritor que respeto, pero no me resulta cercano.

Lo que no podré perdonarles es que me interrumpieran mientras escuchaba, por enésima vez, el Viaje de invierno de Schubert, específicamente “El tilo”. Quizá estaba a punto de descubrir el secreto de ese lied, si es que hay alguno en él. El viejo disco giraba y el día era nublado y fresco. Antes había disfrutado mi café en paz. Sabía que un día ellos vendrían por mí a esta casa. Alguien como yo, que rara vez se deja ver en sitios públicos, tiene una enorme colección de mariposas y se complace en escuchar discos cuyos intérpretes desaparecieron hace más de treinta años, se supone que es muy peligroso. En especial porque una persona así encerrada seguro que está escribiendo algún texto provocador.

No hubo violencia alguna. Los enviados sencillamente me dijeron que debía acompañarlos y aguardaron después a que estuviera listo para conducirme hacia aquel vehículo color verde deslucido que tenía aspecto de ambulancia de la Guerra Europea. Ni ataduras, ni empellones. Sencillamente abrieron la puerta trasera y hasta me indicaron el pequeño escalón para que pudiera subir y acomodarme en el banco. No todos los días se detiene a un hombre silencioso, de edad indefinida, que vive en una de esas casas siempre cerradas que desde el mínimo jardín delantero, el portal y hasta el patio del fondo conservan el aroma del antiguo régimen.

Monna apareció en la sala a punto de irme. Se secaba una y otra vez las manos en el delantal. Ese que tiene impresa la imagen de Betty Boop con gorro de chef, rodeada por una orla de encaje sintético. Nada dijo, solo abría mucho los ojos con una expresión semejante al susto o a la tristeza. Antes de descender el par de escalones de la entrada los enviados se detuvieron. Pensaron que nos abrazaríamos. Seguro han visto muchas películas o quizá presencian escenas más o menos conmovedoras cuando visitan otras casas. Ella y yo apenas nos contemplamos un momento. A lo mejor pensó en darme un beso, pero solo me acarició las mejillas. Fui yo el que retuvo su mano y la besé. Todo es hasta un día. Las cosas más hermosas, aun las discretas y pacíficas, esas que se hacen cotidianas y creemos que no podremos vivir sin ellas, se acaban. Pero no me gustan las escenas dramáticas, siempre hay que estar dos pasos más allá de la tragedia. En este país todo se convierte en un escándalo y no hay que dar el gusto a los mirones.

Resulta extraño ir sentado en la parte trasera de un coche de policía y contemplar a través del cristal trasero, grueso y embarrado, cómo se aleja la casa donde te refugiabas; el barrio que ya era familiar para ti y hasta divisar gente conocida con la que te topabas en la calle y a la que alguna vez saludaste, aunque fuera por distracción. Es como si vivieras dos tiempos diferentes: afuera, la desaparición de un pasado inmediato, dentro, un tiempo detenido, una especie de puente ríspido que te conduce a algo potencial, enigmático, aun si alguna vez pensaste que todo esto podría ocurrir. Te están quitando algo que tenías, una especie de juguete del que te cuesta separarte y te preparan para otra edad, otra estación.

Es tu propio viaje de invierno, cruzas un bosque tan helado como el que imaginaba Schubert a través de los lentes gruesos que procuraban aliviar su miopía. Te acompañan, quieras o no, las angustias que resultan al final cada vez más insistentes e infranqueables, como un paisaje con lobos.

Después de seguir varias avenidas y torcer por calles indiferentes entraron en una especie de callejón cuyo horizonte venía a cerrarse con lo que quizá fuera antes la portada de una vieja quinta. El custodio, semioculto en una caseta a un lado del arco principal, alzó la barrera de franjas rojas y blancas y abrió la verja sin sonido alguno. Ni contraseñas, ni saludos. Era la rutina perfecta.

El vehículo siguió una avenida escoltada por palmas hasta que se detuvo ante otra construcción que no lograba precisar. Por el ruido de las portezuelas delanteras al abrirse y cerrarse supe que el conductor y los agentes habían salido del carro, pero no escuché voces, tal vez entraran en el edificio para reportar su llegada. Permanecí unos minutos en mi puesto. Los suficientes para ver cómo una enorme mariposa nocturna golpeaba desde afuera en el cristal trasero. Quizá el viento la aturdía y la hacía chocar una y otra vez con la superficie turbia. Tal vez era sencillamente ciega a la luz del día o estaba a punto de morir y le daba lo mismo estrellarse contra lo primero que encontrara en su camino. Insistió seis o siete veces en tropezar con aquella superficie, como si pudiera lograr el milagro de atravesarla y por fin cayó. Cuando me hicieron descender pude ver su cuerpo medio deshecho en el suelo.


2

El oficial de la carpeta sostenía con dos dedos la cadena de mi reloj de bolsillo. Lo dejaba balancearse como un péndulo. Yo, de pie frente a él, veía por un instante las manecillas presas tras el cristal y luego el reverso esmaltado que reproducía la escena final de La Traviata.

—¿Quién tiene en estos días un reloj así?

No respondí. Entonces lo dejó caer casi con asco sobre el mostrador y levantó el encendedor de plata.

—¿Fuma?

—No. Es para incendiar los recuerdos.

El cuarto de interrogatorios era exactamente como lo imaginaba: caluroso y lleno de esa mugre que se acumula en los sitios donde la gente suda porque siente ira o miedo.

—¿Por qué no sale jamás de su casa?

—No es cierto. Cada tarde voy al parque de la esquina y doy cuatro vueltas en torno a la fuente. Trato de descifrar un poco más de la inscripción del monumento que está casi borrada. Evito a los patinadores y regreso a casa. Son exactamente veinte minutos.

—¿Y no habla con los vecinos?

—Casi todos los vecinos del barrio se han marchado. Antes hablaba con un judío relojero que era lector de Hofmannsthal y con la viuda de un periodista que asistió a una cena en 1917 con la divina Anna Pavlova. Pero ya no están. No conozco a los vecinos nuevos. Parece que tienen otras aficiones.

—¿Y a qué se dedica realmente usted?

—En los días impares pongo en limpio mis memorias, mejor dicho, separo lo que creo recordar de lo que imagino. Desecho lo primero y pongo en el papel lo segundo, que es lo único que vale la pena.

—¿Y en los pares?

—Doy cuerda al reloj; escucho el ciclo Viaje de invierno en una grabación de Peter Anders. Es un disco muy viejo. A veces su voz naufraga en una tempestad de crujidos, como si los huesos del pobre Schubert, mordidos por la sífilis, estallaran sin remedio.

—¿Solo eso?

—Una vez al mes saco la colección de cucharillas de las vitrinas y las pulo a conciencia. Después le hago el amor a Monna Vanna y preparo café, si tengo…Alguien me ha recomendado que adopte un perro, pero creo que ambos, frente a frente, nos moriríamos de tedio.

Sobre la mesa había una grabadora con sus carretes de cinta. Al parecer no funcionaba porque los dos interrogadores, el flaco del ceño fruncido y el enano que parecía un grumete escribían afanosamente en blocs de páginas amarillas. El primero formulaba las preguntas, el segundo, además de tomar notas bostezaba, se secaba el sudor con un pañuelo verde y hacía gestos afirmativos que tal vez eran auténticas negaciones.

—Son demasiadas irregularidades.

—Yo diría que llevo una vida muy regular.

Para dejar claro que le molestaba mi réplica el flaco dio un manotazo en la mesa y además de levantar polvo logró que los carretes del magnetófono echaran a andar, al menos por cinco segundos.

—Ya veremos qué se hace con usted.

—¿De qué me acusan?

—No hay acusación todavía. Investigamos…

—¿Cómo si fuera una mariposa bajo una lupa?

—Hasta ahora ninguno de sus actos es totalmente ilegal. Pero la suma de ellos lo vuelven sospechoso. Usted se ha situado en una especie de frontera. Está más cerca del pasado que del día de hoy. Y eso es muy peligroso, si no ahora, en un probable futuro.

—Por favor, devuélvanme el reloj…

—A su debido tiempo. Lo estamos analizando. Al parecer ha sido manipulado para que no marque la hora verdadera.


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Historia de dos vizcachas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ALEJANDRO MARIQUE. Es escritor, sociólogo y diplomático. Actualmente trabaja en la Embajada del Perú en Alemania. Ha publicado las novelas La nieve roja de Moscú, El laberinto del Zar, Una cabaña frente al Kremlin, Un asesino emocional y Prometeo Ruso. Algunos de sus relatos han sido incluidos en las revistas literarias La Rompedora y Fábula (España) y Temporales (Estados Unidos). Cuenta con una maestría en narrativa y escritura creativa de la Escuela de Escritores de Madrid.


Capítulo I

Se vio a sí mismo de pie en medio de la sala, abstraído. Las paredes pintadas de blanco ostra no le decían nada. Dio un paso, casi sin notarlo, y se tropezó con una silla antigua de caoba tapizada con terciopelo azul. Un adorno curioso, aunque poco funcional, que había venido con el departamento amoblado. El zumbido de una mosca le hizo girar la cabeza hacia la derecha. Vio la mesa del comedor, que utilizaba como escritorio, y se acercó. Tomó asiento y miró por la ventana. No sabía por dónde empezar la novela que tenía en mente. Necesitaba un estímulo, una idea, algo concreto que lo atornillara al asiento hasta que las palabras obtuviesen forma y sentido. Tan sólo deseaba eso: una chispa que lo encendiera todo.

La lluvia lo adormecía durante ese domingo; aunque los sonidos de repiqueteo contra los tejados, el asfalto y las ventanas provocaban una sensación agradable. Pensó en aquella chica de ojos verdes con la que se había cruzado en varias oportunidades, en las últimas semanas, desde que se mudó a Londres. Ella misma era como una señal que le daba la bienvenida a la capital británica. Guapa, sí, dependiendo de los gustos, pero había algo más que eso: una apabullante energía que dejaba una estela sobre las veredas, un rastro que lo envolvía en un íntimo deseo de escuchar su voz y tocarla.

Harrods, King´s Road, la salida del metro de Knightsbridge, la calle en su sentido amplio, el café de una esquina. Se la había cruzado por todas partes. Incluso en la embajada. La vio salir mientras él se acercaba y no le dio tiempo de improvisar, saludarla, ¿seguirla y decirle alguna tontería?, «te vi salir, hola, yo trabajo aquí desde hace un mes, me llamo Javier. ¿Te puedo ayudar en algo?», ¡una sandez! Además, no importaba porque simplemente se había quedado sin reacción. Dentro preguntó, con disimulo, quién era esa chica que había salido. No hubo mayor respuesta: ni siquiera había dicho su nombre, tan sólo había preguntado, de manera rápida, si había algún evento cultural próximo que organizara la embajada.

Javier no había indagado más, para no llamar la atención, sobre todo porque era un hombre casado y su esposa e hijo, allá en Lima, se mudarían a Londres en los próximos meses. Aun así, como encargado del área cultural, se animó a decir: «Si regresa pídanle sus datos, así la ponemos en nuestra base de contactos para invitarla cuando haya alguna actividad».

¿Podría escribir sobre esa chica sin conocerla?, ¿algún microrrelato o cuento?, ¿un personaje de novela? No, la imaginación no le daba para tanto. Todo lo contrario: quería conocerla en la realidad, no en la ficción, por lo que se decidió a hablarle la próxima vez que se la cruzara. Animado por esa determinación, volvió a mirar por la ventana: la lluvia arreciaba. Sus pensamientos retornaron a la historia que quería empezar a escribir.

Tolstói. El escritor ruso vino a su mente junto con uno de sus libros favoritos: la saga autobiográfica originalmente compuesta por tres novelas, pero reagrupada bajo un solo título: Infancia, Adolescencia y Juventud. Poco explorado por la academia, quizá Tolstói habría sido el primero en escribir autoficción; lo cual, para Javier, acrecentaba su aura de escritor genial. No eran «memorias» como creían algunos, sino la vida de Tolstói como él mismo la vio y la quiso ver a través de la ficción. ¿Para qué cambiar los nombres de los personajes si no? Una frase de la saga volvía a la mente de Javier: “Había cumplido la mejor y más noble finalidad de esta vida: morir sin lamentarlo y sin miedo”.

Qué frase tan potente, pensó Javier mientras la lluvia caía con más fuerza y él continuaba adormeciéndose sentado frente a la ventana. Una frase dura del siglo XIX, en términos morales y religiosos que él no compartía, pero que igual lo hacía reflexionar: ¿quién podía vivir y morir sin arrepentimientos? Todo lo contrario, estaba convencido de que el ser humano era un amasijo de contradicciones; un ser débil y adolorido que batallaba a diario para sufrir menos. Los conceptos del «bien» y del «mal» no tenían mayor cabida para él en un mundo donde la escala de grises era la regla general por excelencia. Arbitrario y relativo, sí, pero más real que los latidos mediocres de un corazón sin sueños.

Y exactamente aquello era lo que buscaba plasmar en la novela que quería escribir. Un personaje histórico que muy bien podría haberse visto como un paradigma de virtud y grandeza; pero que, en realidad, habría vivido lleno de remordimientos por cada uno de los errores cometidos. Al mundo se venía a errar y a intentar, al menos intentar, construir a partir de los errores: desde una silla rústica donde sentarse, a un fusil, un trasatlántico o la idea de una nación. O construir algo tan sublime e ilusorio como la llamada «libertad».

La lluvia cayó con más fuerza y Javier, decidido, saliendo de su letargo, se paró de un brinco. Había algo que debía hacer para sacudirse de esa modorra que enturbiaba su mente: ir al bar de la esquina (seguramente desierto), beberse un trago de cerveza o sidra y leer un buen libro. Tan sólo una decisión simple, y que la vida hiciera el resto.

*

Aquel domingo en la tarde no había nadie dentro del pub. La lluvia torrencial había espantado a todas las almas londinenses, al menos las que solían moverse en el corazón de Chelsea. En la esquina de King´s Road y Radnor Walk se encontraba uno de los locales favoritos de Javier. No sólo la cercanía a su departamento, sino ese placentero ambiente cultural británico de ocio y sidra de bayas silvestres. Apenas se mojó la punta de las zapatillas Converse bajo su paraguas y tras los tres minutos que le tomó llegar. Al lado de un vaso con abundante hielo, del que bebía pequeños sorbos pausados, sentado en la mesa esquinada de siempre, disfrutó de una grata soledad mientras leía las primeras páginas de una nueva novela.

Ella entró. Ni tan alta de estatura, sin muchos kilos de más, no demasiado guapa; aunque con cejas bien negras y abundantes, naturalmente delineadas, que imprimían un sello de elegancia y finura. Una chica normal que sobresalía. Se sacó la casaca turquesa y la colgó en el perchero junto con una bufanda de motivos tribales de distintas tonalidades naranja y marrón. El paraguas, en el estante de metal debajo. Tras aproximarse a la barra echó un rápido vistazo, inmutable, a Javier. Se desplazaba con aplomo y su piel dorada, como la de un camote recién salido del horno, resplandecía en el ambiente opaco del pub. A pesar de la distancia, Javier también pudo notar el brillo de sus ojos verdes. Faros, en medio de una noche de viento intenso y mar violento, que alumbraron la sidra frente a ella. Al vaciar su botella en un vaso con poco hielo, giró y ambos cruzaron miradas.

Con esa leve sonrisa desde la barra, apenas perceptible, pero viva y penetrante, Javier creyó que ya estaba enamorado al sesenta por ciento. Al setenta cuando, al pasar al lado de su mesa y frente a él, notó que el color de sus ojos era verde helecho. Y pensó que si formaba un rectángulo con los dedos índice y pulgar de ambas manos y lo colocaba en dirección al rostro de ella, haciendo un tipo de plano de cámara donde sólo aparecieran las cejas y los ojos, el resultado sería abrumador: esa chica, a pesar de su rostro ordinario, era hermosa. Un helecho trigueño de tallos gruesos y delineados. Enamorado al ochenta por ciento. El veinte restante, lo sabía, lo conseguirían las palabras.

Por fin la volvía a ver. Por fin, a solas. Le hablaría como se lo había prometido; quería pararse y dirigirse a ella, pero algo lo inmovilizó. «¿Qué me ocurre? No puedo dejarla ir de nuevo», pensó Javier. Como si sus palabras resonaran en medio del bar grisáceo y como si ella las entendiera y acudiera a un llamado, se acercó hacia él.

—¿Será la cuarta o quinta vez que nos cruzamos? —preguntó ella, parada al lado de la mesa, mostrando una sonrisa imperceptible para el mundo, aunque dirigida a Javier.

—La sexta, en realidad —dijo él. Tragó saliva y carraspeó para aclarar la garganta—. Las cuatro primeras veces intercambiamos miradas. La quinta vez compraste una ensalada, para llevar, en la zona de comida de Harrods y te fuiste. Fue el lunes pasado. Y la sexta, este viernes. Te vi salir de la embajada del Perú. En esas dos ocasiones no me viste.

—Y resulta que también bebemos lo mismo. Vi tu botella desde la barra. ¿Algo más en común además de encontrarnos en la calle durante las últimas semanas, beber la misma marca de sidra y toparnos aquí con esta lluvia que espanta hasta a las hormigas? —Esta vez hubo un gesto de coquetería. Sin preguntar, con esa elegancia que emanaba con naturalidad, movió una de las sillas y se sentó junto a Javier. Éste, evidenciando primero sorpresa y luego un gesto como «perdona que no te haya invitado a sentarte», pasó a una sonrisa cómplice.

—¿Qué me dices de la literatura?, ¿te gusta leer novelas? —preguntó él sin saber si ese tema resultaría táctico para iniciar la conversación.

—Me encanta, sí. Desde la barra noté también que leías; pero antes de decir que es un tema en común, me gustaría saber qué lees ahora —respondió y dio un trago a su sidra.

Javier, que había cerrado el libro desde que ella se aproximó a él, como un acto reflejo, se percató que ocultaba la portada con sus brazos apoyados sobre la mesa. Lo alzó y mostró. «Pues esto. ¿Qué me dices?, ¿te suena a algo?». Ella agrandó sus ojos y soltó una inesperada carcajada, y negó con la cabeza como si algún tipo de coincidencia acabase de ocurrir. Javier, observándola, sintió que aquellos gestos lo apaciguaban como si lo mecieran en su silla. Se hizo con la imagen de que la conocía de años.

—Así es que Aves sin nido de Clorinda Matto. Vaya sorpresa —dijo ella.

—¿Conoces el libro?, ¿lo has leído? Perdona, no quiero sonar brusco. Me sorprende que sepas de él cuando sucede lo opuesto con la gente de mi país, a pesar de que compartimos con Matto la misma patria.

—Sí lo he leído. Conozco muy bien el libro. Tu país también. Mira tú, ya se nos abrieron varios temas de conversación. Iremos poco a poco, pero primero déjame preguntarte por qué lees exactamente ese libro. ¿Sabes que Clorinda Matto fue la primera indigenista y una de las primeras voces feministas de Sudamérica? —preguntó ella mientras daba un nuevo sorbo a su sidra y mantenía una sonrisa que, esta vez, entremezclaba la curiosidad y la sorpresa. Sus ojos brillaron con un tono verde lima.

—No lo sabía. Me enteré cuando, no hace mucho, investigué algo de ella en internet. Recuerdo haber escuchado sobre la novela en el colegio, pero se me pasó la vida y recién he podido adquirir una copia. Irónico, hablo mal de mis compatriotas por desconocerla y yo recién la estoy leyendo.

—Ya veo. Sin embargo, aún no me has respondido. ¿Por qué la lees? Y, ya de paso, ¿te está gustando?

Javier miró alrededor. Nadie. El lugar era exclusivamente para ellos dos. Y esa chica sentada frente a él no solo había captado su interés con dos o tres frases, sino que también había demostrado ser muy inteligente. Una situación que lo hipnotizaba y que no dejaría escapar.

—Recién había empezado con las primeras páginas cuando entraste al pub. Verte por séptima vez me distrajo —soltó una risa; pero ella, inalterable, seguía atenta a sus palabras—. Compré el libro porque quería leer novelas peruanas escritas en el siglo XIX. Me fascina ese siglo.

—¿Por qué te fascina? —replicó sin alterar gesto alguno.

—Por… —dijo él y se rascó la cabeza—. Me interesa el proceso de independencia de los países americanos, así como la aparición de los distintos problemas de las nuevas repúblicas. Y saber ahora que Clorinda fue la primera indigenista y feminista es un valor agregado que enriquecerá mi perspectiva.  Además, me lo recomendó un amigo porque…

«¿Habré hablado de más?», pensó Javier con preocupación. ¿La asustaría con su rollo medio académico? No quería sonar como alguien soberbio.

—Vamos, termina —le pidió ella cuando él dudó y desvió la mirada—, no te cortes ahora después de ese discurso.

—Deseo incursionar en la creación literaria y quiero escribir una novela sobre un personaje histórico. Mi amigo me dijo que leyendo a Clorinda podría ambientarme en la época y el contexto social —respondió sintiendo que empezaba a traspirar.

—Ya veo, ¿y quién es el personaje histórico? —dijo ella con un nuevo brillo en los ojos que hizo cambiar la tonalidad de verde. ¿Sería posible?

—Andrés Avelino Cáceres Dorregaray —sentenció Javier con una sonrisa orgullosa.

—Vaya, me sigues sorprendiendo. Y perdona que te haga tantas preguntas, pero como habrás notado has captado mi interés.

—Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

—Te lo diré, pero primero dime tú el tuyo —dijo ella. Torció los labios y levantó las cejas—. Yo me acerqué a tu mesa y te hablé primero, así es que compláceme con ese pequeño detalle —agregó con una sonrisa—. Y luego, me comentas por qué elegiste a Cáceres.

—Mira tú, venimos conversando desde hace rato y no sabemos nuestros nombres. Curioso, ¿no crees? Y no me sorprende lo más mínimo. Como si…

—Como si no importara, cierto. Eso significaba que lo estamos pasando bien —dijo y guiñó un ojo. Verde por todas partes, iluminando el bar, los vasos de sidra, la lluvia allá en la calle.

—Javier Perea. Ya entendiste que soy peruano, ¿cierto? Trabajo en la embajada. Por eso te vi el viernes. Quise acercarme a saludarte, pero me ganó la duda.

—Todo sucede por algo —dijo ella y se llevó la sidra a los labios. Dio un trago, hizo una pausa y agregó—: Es más divertido habernos encontrado aquí, conocernos hoy. ¿Qué más sobre ti?

—Siempre he querido escribir —dijo complacido—, y sin embargo se me pasó la vida con los estudios y después trabajando. En la oficina, aquí cerca en Sloane Street, coincidí un par de semanas con un colega, Arturo Cáceres, antes de que volviera al Perú. Desarrollamos rápida empatía porque él también estaba interesado en la literatura y ya había empezado a escribir su primera novela: un tema que ocurrió en Moscú, donde trabajó antes de venir a Londres. Un amigo suyo murió de una manera extraña. Te puedo contar esa historia otro día, si gustas.

—Tal vez. Sigue, que te escucho. —Javier notó que ella había tratado de poner paños fríos a ese desvío deliberado que buscaba ver su reacción sobre otro posible encuentro. Un tanteo como decían los peruanos. A esas alturas, pensó él, ambos ya se habían dado cuenta de que se gustaban.

—Arturo me dijo que, se supone, por lo que le contaron a él, es pariente directo de Andrés Cáceres y tenía deseos de escribir una novela relacionada con él. Como se empezó a ocupar en su novela moscovita y yo le caí bien, me cedió el tema, por decirlo así, ya que yo también tenía interés.

Elevó el vaso, simulando un brindis y bebió un trago sin esperar que ella chocara el suyo. Continuó:

—Y es lo que quiero hacer. Me llama la atención el rol militar y político de Cáceres. Fue héroe de guerra y presidente del país. Debe ser uno de los personajes más importantes en la historia del Perú. Aves sin nido, como te comentaba, me ayudará a comprender algunas cosas desde el punto de vista histórico y literario. Además, la  autora fue cacerista e incluso expulsada del país por sus preferencias políticas.

—Conozco la historia de Clorinda Matto —dijo ella. Esos ojos ¿esmeralda, olivo? tan brillantes embobaban a Javier—. Migró a Argentina y fundó la revista femenina Búcaro Americano, y desde el periodismo procuró luchar en favor de la emancipación e igualdad de la mujer. Todo un suceso, ¿no crees?

Ambos sonrieron con un gesto cómplice. Javier levantó su vaso de sidra una vez más, dijo salud, lo chocó contra el de ella, sin esperar que lo terminase de levantar, y le dijo: «¿Me contarás algo sobre ti? Mira que ya me generaste intriga desde que conoces todas estas cosas. Vamos, es tu turno». Ella se puso de pie, apuró lo que quedaba en su vaso y le dijo sin darle mayor importancia: «Será otro día». Ante la mirada sorprendida y ruborizada de Javier, agregó sin reprimir una risa: «Mentira. Voy al baño. Piensa en qué me vas a preguntar y, mientras tanto, pídeme otra sidra. La misma marca».

Pasada la sorpresa, Javier terminó su sidra, fue a la barra por dos más y, al regresar, trató de asimilar de manera rápida lo que venía ocurriendo. ¿Destino o casualidad? La chica que había robado su mirada y curiosidad, desde que se mudó a Londres pocas semanas atrás, se había convertido ya en una referencia entrañable de la ciudad. No tan guapa, pero hermosa; y más aún cuando la oía expresarse con tanta naturalidad, interrogar con sensualidad, mirar con aplomo. Se rio: era un encuentro histórico fuera de registro, una magia del tiempo. Mutuo interés literario, académico y parecía que hasta erótico; ¿se podía pedir más?

Su pensamiento se desvió. Miró alrededor de nuevo: el bar vacío, la bartender ensimismada, el ambiente grisáceo, la lluvia que no cesaba y su corazón latiendo. Por ella y por el Perú. Había sido sincero: tenía gran interés por el siglo XIX. Una pasión, acaso una obsesión, por un país al igual que por una chica de ojos verdes que uno ve seis veces en la calle.

Agachó la mirada y se concentró en el suelo: sólo entendiendo cómo había empezado todo, uno podría tratar de comprender a un Perú actual aún dolido y que arrastraba los traumas de sus procesos históricos. Un país que intentaba encontrar un camino que, a puertas del bicentenario de la independencia, pudiera consolidar una idea en común, un imaginario colectivo y orgulloso que permitiera enfrentar el futuro con un mayor sentido de identidad. Algo le decía que aprendería mucho más con ella a su lado.

Un ligero y cariñoso golpe en la cabeza lo sacó de su trance. Una mirada íntima y risueña lo devolvió a esa realidad tan inusual. «¿Tan concentrado estabas en las preguntas que me vas a hacer? Vaya que te lo tomaste en serio. ¡A ver, suéltalas!». El tono ¿helecho? de sus ojos brilló. Por un momento, Javier pensó que el color trasmutaba a uno lima. ¿Sería el reflejo de un estado emocional? Se la veía expectante debajo de esas cejas tan cautivadoras y el brillo dorado de sus brazos, su cuello, su rostro.

—¿Cómo te llamas?

—¡Tanto misterio para eso! —soltó una carcajada mientras sus dedos coquetos jugaban con su cabello. Tomó asiento.

—En serio. Es lo primero que quisiera saber de ti. Luego, abrazaré todo.

—Qué lindo. —Esta vez fue ella quien se ruborizó—. ¿Quieres adivinarlo? Mi nombre es igual al de otra mujer que, de una u otra forma, está aquí.

De manera automática, Javier miró alrededor. Nadie excepto por la chica de la barra. Aburrida, miraba su teléfono y se llevaba a la boca algunos frutos secos de un pequeño recipiente. Negó con la cabeza y luego, con incredulidad, como diciendo «de quién diablos estás hablando», miró a su acompañante. Ella, moviendo la nariz y sonriendo con picardía, señaló el libro en medio de ambos.

—¿Me estás tomando el pelo?, ¿en serio me vas a decir que te llamas como la escritora?

Clorinda abrió las manos y las elevó como diciendo así es la vida, no es mi culpa, qué sorpresa, ¿cierto?

—Creo en el destino, Javier. Que la vida es circular. Que todo está dicho y hecho, como en la literatura y la filosofía, como en la historia de la humanidad, y que el resto son ecos repetitivos en diferentes magnitudes y composiciones. Incluso para algo tan insignificante como los nombres.

—¿Y ahora me vas a decir que eres filósofa? No me sorprendería.

—No, soy historiadora —dijo ella, acomodándose sobre la silla y enderezando la espalda—. Trabajo en la Biblioteca Británica; pero bueno, por lo visto ambos somos capaces de mantener una conversación interesante y no creo que mi discurso te sorprenda mucho, ¿a que no? Los rollos académicos que me has soltado son para espantar a cualquiera, pero a mí me han encantado.

—Tal cual. Sólo te diré que me parece extraño que una británica se llame «Clorinda». Porque eres británica, ¿cierto? Y ahora que lo pienso, en realidad eres la primera mujer que conozco, en mi vida, con ese nombre.

—Británica, sí. Mi padre me llamó así. Él es un viejo admirador de Clorinda Matto. Me puso el nombre por ella. Estoy segura de que esta vez no me crees.

—Si me dices que es verdad te creeré, pero es cierto que esto me parece muy extraño. Demasiada coincidencia.

—¿O destino? —Clorinda guiñó un ojo.

—No sé qué decirte. Soy un poco más descreído y cínico en la vida —dijo Javier.

—Pues es verdad lo de mi nombre. Es más, ¿te digo otra cosa para que te rías de esta situación?

—Ya estamos aquí y sospecho que no será la última vez que te vea. Así es que, sí, cuéntamelo todo —dijo con entusiasmo.

—También voy a empezar a escribir mi primera novela. Y al igual que en tu caso, es sobre un personaje histórico, aunque británico. ¿Qué me dices de eso?

Javier arqueó una ceja, la miró con sorpresa y exhaló con un soplido. Se rascó la cabeza y carraspeó un par de veces.

—Siento que la lluvia torrencial de allá afuera fue el inicio del fin del mundo —dijo él—. Que ya estamos muertos; y esto que está sucediendo, aquí entre ambos, es una especie de limbo existencial o el sueño de una tercera persona. De esas cosas raras que seguro te gustan.

Clorinda cogió Aves sin nido con la mano derecha, miró la portada, se la enseñó a Javier y le preguntó: «En serio, ¿qué piensas de todo esto?».

—Te creo. Es tu nombre y ambos hemos coincidido en un momento curioso en el que queremos escribir ficción sobre personajes históricos de nuestros países. Sí, tal vez me vas a hacer creer en el destino. ¿Sobre quién quieres escribir?

—Ahora sí, te prometo, te vas a caer de espaldas. —No cabía más sonrisa cómplice y coqueta en el rostro de Clorinda. Se le veía animada. Todo ella era un sol esmeralda, oliva, lima, en un universo paralelo.

—Ya nada me sorprende. Aunque algo me hace creer que me caeré de la silla. —Javier le guiñó el ojo.

—¿Te suena el nombre Lord Thomas Cochrane?

—¿Estás hablando en serio?, pero ¿qué diablos está sucediendo hoy? Seguro la lluvia es ácida, ha matado a todos y esto se ha convertido en una distopía entre dos tipos raros y una bartender aburrida —respondió con más asombro.

—Es muy en serio. Mira, tú aquí, un peruano interesado en el siglo XIX, conversando conmigo y yo que quiero escribir sobre un oficial naval que contribuyó con la independencia sudamericana.

—¿Te gustan los mismos temas del siglo XIX que a mí? —preguntó Javier entrecerrando los ojos.

—Pues sí. El nacimiento de nuevos estados, la lucha por consolidar proyectos en medio de diferentes problemas sociales, culturales, económicos. Todo eso que dijiste. Y me atraen también, igual que a mi padre, el indigenismo y el feminismo. Créeme, por ese motivo llevo con orgullo mi nombre. ¡Hasta algunas veces me siento más peruana que británica! Y cuando sucede busco por todo Londres un buen ceviche, un jugoso lomo saltado, una causa de cangrejo, un arroz chaufa, ¡hasta un helado de lúcuma! Te parecerá una locura, pero incluso me pongo a escuchar a Daniel F y a Leusemia. Adoro sus canciones.

Clorinda dio un nuevo trago de su cidra. No podía dejar de sonreír y Javier vio, con placidez, que la bebida se le escapaba por la comisura, humedeciendo ese bello rostro al que ya quería acariciar.

—Estoy gratamente sorprendido. Tenemos muchas cosas que conversar. Tantos temas en común. Pero, déjame preguntarte, yo te respondí el motivo por el que escogí a Cáceres, ¿tú por qué a Cochrane? Podría equivocarme, pero no creo que haya sido una figura tan gravitacional en tu país. Sé que como oficial de la Marina Británica hizo grandes cosas, aunque tampoco fue un Nelson contra Napoleón ni mucho menos vital y decisivo como Cáceres para el Perú.

—La respuesta es más simple —dijo Clorinda con elegancia y seguridad—. Es mi ancestro. Mi interés es el siguiente, escúchame: toda persona es complicada y contradictoria, no entraré a distinciones moralistas sobre el bien y el mal, ni en cuestionamientos atemporales, pero lo cierto es que fue un hombre bien intencionado. Sus acciones contribuyeron, de todas maneras, a una causa noble en Sudamérica; y cuenta la leyenda que una niña llamada Clorinda Matto lo conoció en Londres, pocos años antes de morir, en un viaje del que no quedó registro histórico. —Terminó hablando rápido y esbozó una sonrisa tan grande que se le cerraron los párpados. Unos sutiles hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Al abrirlos, Javier detectó un tono de verde esmeralda, como si fuese el color del orgullo.

—Mira, Clorinda; si no me caigo del asiento como temías antes, es porque quiero evitar pasar vergüenza contigo. Dicho eso, estoy impactado, impresionado. Es un domingo de locos.

—¿Quieres escuchar más?

—Dios mío, ya no sé en qué parte de mi cabeza podría entrar tanta información. ¿Hay más? El mundo debe haber acabado hoy, como creí, y estamos viviendo un sueño distópico.

—Qué imaginación tienes, Javier —dijo ella, complacida—. La realidad, como se sabe, siempre la supera. Cochrane tuvo un hijo bastardo. Desconocido e ignorado por la historia. Alfred. Yo soy su descendencia. Vivió en el Perú y fue amigo de Clorinda. Parece, incluso, que tuvieron un romance.

—¡Será posible!, ¿me dirás que también eres descendencia de Clorinda Matto?

—Ahora estás siendo irreal y exagerado, Javier. ¿Cómo se te ocurre? Eso sí sería de locos.

Ambos rieron. Le dijo a Clorinda que iba al baño, que por favor no se fuera y que le siguiera contado más historias alucinantes a su retorno. Ella, cerca de terminar de beber la sidra de su vaso, le pidió que, a su retorno, fuese tan amable de traerle un vaso con agua de la barra.

Hizo todo en cinco segundos. Al regresar con sendos vasos, Clorinda bebió un trago con esa desenvoltura que seguía intacta y que, ahora, con mayor fuerza, acrecentaba su belleza. A Javier le pareció notar que sus ojos, esta vez, tenían un brillo de color oliva, dando la apariencia de que ella gozaba de cierta calma placentera. Una locura que el color de sus ojos cambiara de tonalidad según el estado de humor o emocional. Un atractivo mayúsculo que terminó enamorándolo más a pesar de que ya había llegado al cien por ciento.

—¿Entonces quieres escuchar algo más, Javier?

—Siempre. Sólo dices cosas que me interesan. Tal vez no exista un mañana y será mejor si hoy se me revelan los misterios del universo. Parece que tú los conoces.

—Has regresado más gracioso del baño. ¿Sabes quién fue admiradora de Clorinda, amiga de ella y futura escritora?

Javier se recostó sobre su asiento y desvió la mirada por un instante, a pesar de que no quería dejar de mirar a Clorinda ni un segundo. La lluvia allá afuera arremetía. El bar seguía vacío y la chica de la barra había desaparecido también. La opacidad del ambiente se mantenía, pero Clorinda… ¿sus ojos podían brillar aún más?

—¿Quién? No tengo ni idea.

—La hija de tu Andrés Cáceres. Zoila Aurora Cáceres Moreno. Se presentaba como Aurora, o con su seudónimo Evangelina, y fue una de las primeras mujeres escritoras modernistas y feministas del siglo XX. Estoy segura de que eso no lo sabías, ¿cierto? En realidad, se dice que con ella empezó el feminismo en el Perú.

—¡Impresionante! —dijo Javier a punto de beber del vaso con agua, pero lo dejó a medio subir, suspendiendo el brazo en el aire—. No tenía ni idea… Ahora ya estoy al nivel de mis compatriotas a quienes criticaba por no conocer Aves sin nido. En el fondo, veo que conozco pocas cosas. Qué privilegio ser tú y tener acceso a toda esta información por el lado de tu familia y, supongo, gracias a la Biblioteca Británica.

—Sí y no. Existió mucha información sobre Aurora debido a su activismo político y, además, porque escribió muchos libros; pero todo esto fue olvidándose poco a poco. Increíble, ¿no crees?, que la hija del histórico machote militar, tan importante o incluso más que su padre, haya sido olvidada porque, en simple, no fue un hombre que participó en la guerra, se convirtió en héroe y llegó a presidente. ¿No te parece injusto? Felizmente hay intentos por retomar su figura. Estamos en el 2014 y una novela suya, La rosa muerta, cumple un siglo desde su primera publicación. Y fue reeditada hace poco para evitar que desapareciera del todo.

De pronto, la lluvia se detuvo y la chica de la barra, como reavivada, volvió a aparecer. Levantó la voz y preguntó si querían beber algo más. Ante el silencio dudoso de Javier, Clorinda respondió que no, gracias, que ya se iba. Javier lamentó oírla porque ese extraño y mágico momento llegaba a su fin. Aun así, trató de mantener el ánimo.

—Tienes razón en todo. Da para pensar muchísimo. Me impresionas, Clorinda. Estoy contento de que, por fin, nos hayamos sentado a conversar. Cuéntame un poco más antes de que te vayas, ¿sí? No creo que Aurora haya tenido también un romance con Alfred Cochrane, ¿verdad? ¿O que tú misma, entonces, seas descendiente de Cáceres?

—Veo que tienes una gran imaginación, Javier, aunque nada de eso —respondió con una renovada sonrisa—. Me gustaría contarte más cosas, desde luego, pero tengo que partir. He quedado con una amiga por aquí cerca y ya se me hizo tarde. Te dejo para que sigas con Aves sin nido. Al menos hemos conversado bastante y te he deslumbrado con todas estas coincidencias y conexiones, ¡a que sí!

—¡Espera! Una idea excéntrica —dijo él de manera apurada—: ¿Y si inventamos un romance ficcional entre Alfred y Aurora y lo incorporamos a nuestros libros sobre Cáceres y Cochrane? Podríamos unir las historias de esos dos grandes personajes, así sea sólo en la ficción. Nuestros libros quedarían también enlazados. ¿Qué piensas?

—Que desde que entré al pub y te vi, tras haber cruzado miradas contigo en la calle tres, cinco, diez veces, ya perdí la cuenta, supe que terminaríamos construyendo algo juntos. Conversaremos sobre tu idea en nuestra segunda cita. ¿De acuerdo?

—¿Entonces esta fue una primera cita? —preguntó Javier con todo el entusiasmo y astucia que había guardado para un momento final como ese—. Si me dices que sí, entonces ya sabes cómo terminará este encuentro. No te podrás ir sin darme un beso. Bueno, tampoco me mires así, porque por lo menos me darás un abrazo, ¿cierto?

Ambos se miraron con intensidad y se rozaron, con timidez, una mano sobre la mesa. Sus emociones coincidían: nada como la primera vez en que dos personas, que intuyen que estarán juntas, se conocen, conversan, se interesan el uno por el otro, se escuchan con pasión e imaginan acariciándose no sólo la piel sino también las palabras y hasta los pensamientos. Javier miró sus ojos con intensidad y notó el brillo de un nuevo tono de verde: uno trébol que lo invitó a ponerse de pie, acercarse y abrazarla.


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Todos los días un día

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) Profesor, escritor, traductor y editor. Ha publicado una veintena de libros entre ensayo, poesía, cuento y novela, entre los que destacan Meditación de Odiseo a su regreso (poesía, 2001), Hombre de la honda y de la piedra (poesía, 2007); El día de La Cruz (novela, 2007); Antífona de las islas (poesía, 2014); Del tránsito de las almas (poesía, 2018); Ramas de álamo y otros poemas (poesía, 2022) y A veces suceden cosas (cuentos, 2023). Ha obtenido el Premio Nacional José Soler Puig 2007, en novela, y el Premio Adelaida del Mármol 2001; Julián del Casal de la UNEAC 2007 y La Gaceta de Cuba 2018, en poesía. Además cuenta con más de veinte libros traducidos, lo que le valiera el Premio Nacional de Traducción José Rodríguez Feo en 2012.


1

Este es el día, piensan milagrosamente a la misma hora doce de las cuatrocientas mil cabezas que cada día rompían sueño y ansia contra los arrecifes del destino en La Cruz. Son las ocho de la mañana. La ciudad se despereza desde su lecho a los pies de unos cerros calvos, entre dos riachuelos fatigados. Semeja el absorto esqueleto de un descomunal cetáceo que, inexplicablemente, hubiera decidido suicidarse lejos de su hábitat de gélidas honduras, en este llano arenoso entre palmas, ceibas y yagrumas. Estas, en su abundancia de volubles penachos que muestran al aire ora el verde profundo de su faz, ora su plateado envés, daban nombre al país. El sol de Isla Yagruma blanquea y pulveriza la osamenta del leviatán con la eficacia de un boticario que prepara sus ungüentos en el mortero. Las barriadas se estiran hacia los cuatro vientos, vértebras que se desprendieron del espinazo fósil. Los muros, los tejados, el asfalto, los laureles, almendros, álamos, palmas, mangos y ficus comienzan a cederle al sol el húmedo aliento de la noche. La Costurera Alemana, como todas las mañanas de Dios y de los hombres, abre los postigos del cuarto de costura, pero en su pecho revolotea un ave rara. Cree que hoy conseguirá su mejor confección y espía su sueño. La Lavandera Jamaiquina se apresura con la demolición de la pirámide de ropa que sus puños deben adecentar. Tendrá visita temprana y deberá atenderla pronto para luego descifrar su ansia, así que canta. El Negro Estibador ya puja y suda a raudales acarreando sacas de azúcar. Pero su mente está en otro escenario glorioso, así que se afana en revisar punto por punto la decisiva acción que liderará. La que llaman la Triple Ve busca la oportunidad para escapar un momento al trajín de la tienda y verse con Eulalio el Espiritista, que le ayude con sus dudas, pero este a esa misma hora piensa que precisamente hoy, por ser el día que es, no atenderá a nadie. La Mocita Gallega se despabila por el escándalo de la luz y los ruidos del ir-y-venir público y pide su desayuno. Siente que es un día como para dar gusto al cuerpo. El Muchacho de la Zarzuela está nerviosísimo con lo del estreno de esta noche. Se mira al espejo sin dejar de hacer gárgaras. El Vicario, tras la sesión coral con que se ha loado al Creador, se encamina, el estómago en brazas por la falta de alimento y por el empeño que lo desgasta, a anular el ayuno. El Agente Secreto, tras haberse aseado concienzudamente y desayunado, llega a su despacho con una carpeta de informes bajo el brazo, aséptico como las gasas de un cirujano, eufórico por el buen augurio de sus planes. El Morito Poeta entra a la tienda, da un beso a cada una de las Muchachitas, las dos mujeres que trabajaban con él. Celebra la flor que trae la Mantis, les pregunta si hay alguna novedad e inmediatamente alista su buró para trabajar un rato en la oda que quería terminar hoy. La Mantis, Victoria en el asiento civil, había salido de la casa cantando su bolero preferido, Dos gardenias. Sentía unos deseos inmensos de hacer algo que no sabía qué era, así que al pasar por el primer jardín que halló cortó unas mariposas, se las puso en el pelo y, en vez de tomar la guagua, decidió irse a pie hasta la tienda, a ver si por el camino adivinaba qué quería hacer. El Chinito Verdulero, una vez que ha descendido de su diaria migración por el sutil sendero del Tao, arregla verduras y frutas en tentación visual y abre su venduta al jolgorio de la Plaza. Todo y todos se disponen a cumplir su día, una jornada donde las dos cuchillas del reloj entablaban un duelo entre la realidad y el deseo. Por el azar que huracanado sopla sobre las voluntades, cada cual ha decidido que este será un día definitivo, su día


2

La luz irrumpe en la habitación que sirve de atelier a la Costurera. Al centro duerme dócil la vieja Singer con la que cada día deja constancia de sus afanes a su paso por este mundo. En la esquina sureste hay un gavetero que guarda botones, broches, zípers, cintas, ligas. Por el piso, cestos diversos, dejados en un descuido ordenado, que ornamentan la pieza y almacenan hilos, dedales, agujas, alfileres, tijeras, cintas de medir, lápices de marcar. En la esquina noroeste un gran armario de puertas con lunas que iluminan los cuerpos que viste la Alemana. Allí esperan, fantasmas que duplican a sus dueñas, blusas, vestidos, refajos, engañadoras –piezas que llevan las mujeres bajo el vestido para “engañar” con la exuberancia que gusta en el trópico–, batas, pantalones, shorts. En un estante, en el ángulo suroeste, abundan perchas y patrones, los moldes de cartón para diversas prendas. Rodeando la máquina, esos bustos de un escultor expresionista, los maniquíes, cuerpos mutilados de cabezas y extremidades, para que nos fijemos en la estructura no en los detalles, sobre los que se van armando las piezas, hasta adquirir la forma de los cuerpos que vendrán. En una esquina, ancla un alto aparador, un galeón cargado de linos y organdíes, satenes y driles, percales y sedas, mezclillas y gabardinas, popelines –poplín al decir criollo– y piqués, terciopelos y rasos, hasta el cansancio barroco. En esas telas, entre estos objetos e instrumentos, vuelca la Alemana su vehemencia por ejercer la ternura y la fantasía que, en otras formas, se le niegan. Aquí se olvida del mundo, se siente crecida y fuerte. A veces sonríe. Otras, suelta la aguja o el pedal y se queda como flotando en una órbita de ensueño. En aquella estancia próxima a la calle llena de ruidos, figuras y movimiento, pertrechada de sus herramientas y sus indefectibles bifocales que le permiten la alternancia del aquí de las puntadas con el allá del grasiento trajinar de los estibadores en el almacén enfrente, compone su universo, mientras cose un día con el otro. Una vez abiertos los postigos, respira hondo la brisa que se apresura adentro, con olores de azúcar, músculos resudados, bostas aún calientes y el amargo resabio de un viejo cedro que sombrea la esquina. Otea su horizonte, con persistente y repetido detenimiento, hacia donde los fornidos hombres descargan un camión. Saluda, Buenos días, con una sonrisa que inaugura continentes. Negrro, cuando tenga tiempo necesito de usted un favorr, con su arrastre de pétreas erres solicita a un negrazo de esos que parecen el genio de la lámpara, a la vez que se acomoda los cabellos. Ya en sus cuarenta, preserva su figura. Ha conocido la preñez solo una vez y liquidó sus rezagos con una dieta austera, reforzada por sus constantes estreñimientos, lo que añadido a su indetenible abejeo en el hogar mantiene sus carnes ceñidas. Aún suscita callados elogios: el estómago liso, el pelo pajizo que esconde bien las primeras canas. Un rostro de nariz recta, labios delgados, ojos azules y límpidos, índices de una sensualidad agazapada. Únicamente la proximidad de un close-up dejaría ver las primeras grietas del paso de las estaciones, acentuadas por ciertos gestos para evadir el sol o para concentrarse en su labor. Tras la fatiga diaria de decirse y contradecirse en sus antojos, hoy había decidido que No espero más. Este no sería un día como los otros sino el día, su día. Miles de puntadas habría dado mientras observaba aquel cuerpo de dura ácana, brillando al sol con matices violáceos, sudoroso, en vigorosos movimientos, como una maquinaria perfectamente lubricada. Con cada puntada fijaba un ardor que la dominaba en su intimidad.

Aquel no era el cuerpo que día a día pasaba a su lado, como un amanecer neblinoso, fofo, que poco a poco se distanciaba más, a pesar de los mismos escasos pasos que separaban a un cuarto del otro. El señor de ese cuerpo había decidido, cuando les nació el hijo, cederle su espacio cerca de ella. Luego, cuando el pequeño ya pudo estar en su propia habitación, razonó que él tenía un horario indefinido y para no causar molestias era mejor así. En aquella soledad acompañada la Costurera vio el tiempo escurrirse como la lluvia por las hojas del añoso almendro del patio. La desidia había cavado un espacio a la duda, la duda lo había ampliado a la curiosidad, la curiosidad lo cedió al ansia y el ansia lo acomodó para el deseo. Este crecía en sus adentros, como otro cuerpo que necesitaba hacer estallar aquel que lo contenía y refrenaba, para poder realizarse. Recurrentemente, tras haber visto un insidioso filme donde Lawrence Fishburne inflamaba la pantalla con su libido agresiva, se soñaba Desdémona asediada por un Otello que no le daba tregua, corriendo tras ella con su oscuro cuerno de rinoceronte. La perseguía sin dejarla respirar, hasta que, ya sin resuello, caía frente al cuerno nervudo, aterrorizada, y él la encentraba con saña, absorta, la perforaba, gozosa, la izaba como una bandera de victoria en su asta, satisfecha. La representación grotowskiana pero no grotesca se enseñoreaba en su cuerpo y lo hacía arder como una bengala. Aquella violencia, al parecer dolorosa, producía un estado de encandilamiento en su ser que la empujaba a solicitar un encore, y otro y otro, ¡Bravo! Que la aplaudiera el público a ella corita, una moderna Isadora, fogosa y temeraria, realizando su vocación artístico-erótica sublimada. Lo angustioso es que ciertas noches ansiaba la reiteración de aquel sueño, la posesión violenta, e intentaba convocarlo visualizándolo, pero su imaginación insuficiente de experiencias nunca se aproximaba a las poderosas visiones del inconsciente. Cuando estas se desataban, era como si todo el calor del mundo se adueñara de su cuarto, de las sábanas, de su piel. Un fogaje abrasivo la poseía desde dentro, le despertaba un odio cruel por cuanto la rodeaba, corría en cueros a ducharse y rezar y rezar, para alejar al demonio que venía a cocinarla en las pailas de la lujuria. Tras la convulsa experiencia la sacudía la luz del día cerca de un Yago blando y abúlico que, por educación, de vez en vez, como una peregrinación, venía hasta su cama a vaciar sus fluidos en ella, hendida como un surco árido.

En la ecuanimidad de su recogimiento espiritual, leyendo los Evangelios, se asombraba de que su mente, luterana y abstracta, musical y filosófica, se hubiera iniciado en aquella creciente lubricidad. Esto la angustiaba, Perdóname Señor, y la abochornaba ante esa otra que sabía de lo razonable y lo moral. Sin embargo lo que la mente expurgaba, el cuerpo lo solicitaba. En los momentos de recogimiento, la mente gobernaba y a empujones de vergüenza echaba los sentimientos morbosos, pero la carne tenía sus potencias. De modo que los sueños la sorprendían y Otello la acometía, corría tras ella, un campeón de torneo, su hombría desenvainada, ella con las piernas en V, Churchill que saluda la victoria inminente, sin poderse mover y como buscando el brutal topetazo. De día solía visitarla el deseo con visiones engañosas. Al recorrer la casa se sentía Grethel perdida en un bosque de penes, violáceos troncos de venas inflamadas que anunciaban un vigor irreductible. Una invasión córnea de su espacio venía desde la tentación a apoderarse de su lucidez y ecuanimidad. Íncubos se agazapaban en las cosas que la rodeaban: la negra piedra de río para machacar carnes, los plátanos erectos en el viandero, el suave e hinchado tubo de dentífrico, las chorreantes velas en los candelabros. Los palpaba para verificar su ensueño y solo lograba una desfalleciente lubricidad, ya no podía dejar de acariciarlos largamente, hasta que un sofoco, una creciente palpitación, una dilatación de su pozo, la obligaban a correr de aquella belicosa penetración en sus dominios. Escapaba al baño y se ocultaba bajo la ducha, adelantando la pelvis para que el frescor sosegante cayera allí, directamente en el centro de su agonía. Permanecía largo rato bajo la fina llovizna hasta que su mente ganaba claridad y el dentífrico era un dentífrico, la vela, una vela y ella una mujer que cosía y aguardaba su momento, a la luz de un postigo abierto al sueño.


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