Por un puñadito de sal

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA

WALTER LINGÁN (Cajamarca, Perú, 1954) Desde su primera novela Por un puñadito de sal (1993), que ahora reeditamos, ha publicado una amplia obra narrativa que incluye Koko Shijam, El libro andante del Marañón (2014), Mis flores negras y otras indecencias (2022), Mi nombre es Paronacional (2024), Mamá Angélica (2024), El Titikaka en la mochila (2025) y la novela infantil Niña y Stupsi – El increíble viaje de dos cuyes a la luna (2025). Después de una larga estadía en Alemania, actualmente radica en Austria.


1.- Hecha polvo volaré entre los remolinos

No sé para qué ha de servir que cuente la historia de mi vida. Quisiera que lo recuerden bien clarito, yo no soy reina ni princesa, ni heroína ni nada por el estilo. ¿A quién pues, dígame, podrá interesarle las lunas y los soles que han alumbrado mi trajineo de los años que ya he vivido? ¿Qué le puedo enseñar a la genteque vive tan lejossi no conozco ni una letra? La pobreza me ha hecho crecer en las sombras de la ignorancia, envejeciéndome llena de oscuranas. Sin embargo, he parido un hijo, de quien usted afirma ser su amigo, que le ha encontrado gustito a las letras y dizque ha resultado poeta, o sea, es una de esas personas que escriben para darle a la vida otro color o arreglar los caminos del mundo con la luz que brotan de los versos y de los libros. A otro de mis hijos, llamado Rafael, se le dio por los números y pregona que los pobres a la izquierda valen más que el cero; y otro, sin ser brujo ni redentor, anda explicando, a quien quiera oírle, que es posible cambiar el destino de la gente pobre y que es bueno sembrar, aunque sea un poquito de esperanzas. Mis hijas aprendieron a leer lo necesario y con esa luz, de una u otra laya, alumbran el porvenir de sus hijos. Lo más valioso que tengo en la vida son mis hijos, mis nietos, mis biznietos y mis tataranietos. Además, tengo sueños, muchísimos sueños, que me hacen ser dueña de pequeñas y de grandes locuras. Sin todo esto, me pregunto muchas veces, ¿cómo podríamos vivir en este mundo tan degenerado? Quizás la locura es lo único cuerdo que hay en esta mi vida, es el puñadito de sal que nos llena de esperanzas, nos da y nos quita la razón de vivir.

La verdad, y eso se nota en los ojos de quienes me visitan, hay gente que piensa de que estoy muy vieja, de que tengo los días contados y no me queda mucho pan por rebanar en este valle de arena, de ríos casi secos, de caminos polvorientos, de gente que languidece en su pobreza y que resignada parece estar sentada esperando que les llegue la tramposa muerte. No lo puedo negar, la vejez se ha metido ya en todo mi cuerpo, sus achaques asoman para atacarme, sobretodo me golpean la barriga y mis músculos; se me hinchan los nudos de mis dedos, se inflaman mis rodillas y mis tobillos; pero la cabeza, eso es lo más importante, así me ha dicho mi hijo Melacio, el poeta, se mantiene viva, fresca, y pienso, pienso en la vida, en este nuestro pobre país, en los destinos del mundo perdido en la miseria, y pienso también en Alemania porque allá está él, mi Mela, con su esposa Annette y mis dos nietos: Simon Amaru y Johanna. Ellos, que nos visitan de tiempo en tiempo, seguramente conversarán en las noches, antes de dormirse.

—Mamá Juana creo…

—Sí… ¿Qué crees?

—¿No crees tú también?

—¿Qué?

—No sé cómo decírtelo… A lo mejor la próxima vez que viajemos al Perú ya no la encontramos revoloteando bajo el verdor de los algarrobales o entre los arenales incendiados por ese sol del demonio.

Quién sabe pues, quizás ya no me hallarán; no verán más a estos mis andariegos pies que no se gastan del mismo modo como se gastan los zapatos, ni se agotan de caminar por estos montonales de tierras, familia de los desiertos clamando por agua, por vida nueva. A lo mejor llegan un día y ya no encontrarán mis manos atizando el fogón o tirando puñaditos de maíz a las gallinas. Sus ojos no podrán ver más las alegrías ni las tristezas de estos mis ojos que los gusanos han de comer. Aparecerán a la puerta de mi choza y no encontrarán mi boca dándoles los buenos días ni el buen llegar, cuando la luz del día se apague ya no podré despedirlos con un buenas noches y lindos sueños. Y es que los muertos no hablan, simplemente se quedan en silencio y abandonados en los cementerios. Aunque a mí me queda la esperanza que mi cuerpo hecho tierra, polvo de los caminos, estará volando en medio de los remolinos.

Entonces, lo único que les quedará de mí, como consuelo, será mi voz encerrada en esas cajitas, colocándolo en el radiocasetero podrán escucharlo hasta el cansancio, pero yo ya no estaré, ni rastro habrá de mí en este mundo. Llegará un día que cuando alguien pregunte por mí, por doña Juana Mendoza, la mamá del poeta Melacio, de los Castro, ya no habrá nadie que le pueda decir quien fui, no habrá ni un alma que se acuerde de mí, ni siquiera de mi nombre. Los nuevos vecinos al escuchar mi nombre, alzando los hombros o negando con la cabeza, dirán que nunca lo han escuchado. ¿Juana Mendoza? No, esa señora no vive por acá, dirán y seguirán caminando o laborando sin mayores preocupaciones que intentar comer el pan con el sudor de su frente.

Nací en el campo, cerca de un sitio llamado Pueblo Nuevo, en una chocita de las serranías de San Gregorio, provincia de San Miguel, en el departamento de Cajamarca, y por eso los costeños me dicen con desprecio: «Serrana come papa con gusano» o «chola piojosa». El día que,asustada, abrímis ojos a la vida, en Pueblo Nuevo todo andaba revuelto y es que celebraban la fiesta de San Juan. Dizque no había nada en paz ni en silencio. En vez de eso, alboroto y griterío. Música, baile y aguardiente, o sea, borrachera, gente borracha, bailando y cantando, jaraneando de lo lindo. El viento flotaba sobre las pajas; fuiiii, fuiiii, fuiiii, silbaba y envolvía los montes. La luna, que no había dormido toda la noche, agarraba a las nubes de pañuelo y bailaba en una esquina del cielo. «Vengan todos a la fiesta / vengan todos a bailar…» cantaba la gente. El agua del río: ploc, ploc, ploc, tumba que tumba, como borracho, se reventaba entre las piedras, por entre las cañadas. Hasta los cerros, azuleando en las alturas, «te-pongo, te-pongo, te-pongo», repetían la voz de las cajas y la metálica risa de los rondines salpicaba en la verdosa larguedad de los valles, en las anochecidas hondonadas, en las enconadas laderas.

«¡Qué buena está la fiesta / la fiesta de san Juan!…» cantaba incansable la gente. Entre tanto alborotapueblos, la maldad, gritando ¡guija! ¡guija!, se arrumaba a cualquier sombra que encontraba en las quebradas oscuras. Hombres y mujeres, estrenando ponchos, chales y sombreros, zapa-teaban huaynos y copa-copa apuraban la candela del aguardiente. Las flautas preguntaban: «¿Qué-comeremos-mañana?, ¿qué-comeremos-mañana?», y las cajas respondían: «¡Mondongo-mondongo-mondongo!» Un loquerío de voces cantando: «Vengan todos a la fiesta de San Juan / vengan todos a bailar / ¡qué buena está la fiesta / la fiesta de San Juan». El bombo y el redoblante estaban conversa y conversa, ni un minuto acallaban su vocerío. Uno decía: «de-bajada, de-bajada, de-bajada», y el otro repetía: «te-pongo, te-pongo, te-pongo». El pueblo estaba de fiesta, era fiesta pues, la fiesta de San Juan.

Mi mamá, quejándose por los dolores que le anunciaban el arribo de una nueva criatura, abandonó el baile y se metió rapidito por la chacra rumbo a su choza, a parir en un rincón de la cocina. Aunque, a decir verdad, no recuerdo el día ni la hora en que vi al sol alumbrando a la tierra, ahuyentando a los malos espíritus, pues se nace con ojos que no saben lo que ven, nacemos sin pensamiento, sin conciencia. Desnuda, con el cuerpecito pegajoso, acurrucándome en el seno de mamá, lloraba presintiendo la fealdad de las sombras. Ahí fue que ella acercando su boca a mi oído, me dijo: «Si recién llegas a estas tierras y lloras con tanta ternura, te da tanta pena, ¿cómo será tu vida? ¿Un montón de desgracias? ¿Puro sufrimiento?» Así habló mi mamá. Quizás ella, que parió tantos hijos, sabía leer en nuestro llanto, el destino, la vida que nos estaba entregando.

Mi tayta, rascándole lo poquito de malo que tenía, fue un hombre bueno y se llamó Hipólito Mendoza Hernández. Conoció a mamá, doña Rosa Novoa Mondragón, y en menos de lo que canta un gallo, se antojaron y entre antojo y antojo trajeron siete hijos a este mundo. Nosotros hemos sido —como decía mi mamá— sus siete penas y sus siete alegrías. Pero quién sabe ¿cuántos dolores y malagradecimientos le habremos dado? El único hermano varón que tuve se llamaba Artemio. Mis cinco hermanas fueron: Rosaura, Rogelia, Fidencia, Isaura, y la menor de todas, mi Julia. A mi hermana Julia dizque la esperaban para el mes de julio, pero en señal de capricho, ella se tardó un poco y nació en agosto. «De raza le viene el capricho», decía mi mamá. Mi tayta, que también tenía su geniecito, salió también con su gusto al no llamarla Agusta o Agustina. Había dicho: «Nazca o no en julio, se llamará Julio o Julia».

Recuerdo que en Pueblo Nuevo, en los campos cercanos, y en los otros caseríos, la gente vivía muy mal, mucho peor que en Caín. ¡Uy!, la miseria en que vivía era como para llorar. Claro, en ese tiempo era chica y no sabía reconocer las cosas y tampoco tenía tiempo para llorar por la miseria de otros. Pero conforme fui creciendo, me di cuenta de que no todos somos iguales. Unos no tienen ni donde caerse muertos, mientras otros, los menos, hasta les sobra la riqueza como para intentar comprar a la muerte. Ahora, con toda la vejez y la experiencia, las palabras no me alcanzan para contarles todos los sufrimientos de la gente que vivía en aquel tiempo, allá en el caserío donde nací. No sé si basta con decirles que la gente era muy pobre, tan pobre como esa gente que anda limosneando por el mercado de Chepén, por las calles de Chiclayo o de Lima. Por suerte ellos encontraban un sitio donde laborar, aunque tenían que pasarse trabajando todito el santo día. No sé…

A veces me da por creer que cuando se nace pobre ni el trabajo de sol a sol, ni el rezo nos salva de esta maldición. Dicen que el trabajo es una bendición; en cambio ¿qué es la pobreza?, segurito que es la maldición que propagan los que no saben trabajar. Eso es y así lo digo siempre: la pobreza es una maldición sin remedio. De nada nos sirve trabajar como bestias de carga, ni levantar los ojos al cielo nos ayuda para ahuyentar las maldiciones de la necesidad. Les digo con plena seguridad de que la pobreza es obra de quienes viven bien, de quienes con su dinero manejan el andar del mundo; porque Dios, o quién diablos sea el creador, por más mala sangre que tenga, no haría sufrir tanto a sus criaturas.

Allá en Pueblo Nuevo la gente trabajaba sin importarle nada, si soleaba o si llovía; agachaditos, soplando la lluvia para que se vaya pronto, laborabanel campo sin descanso. Porque así también decían los viejos: «Para que la lluvia se vaya, hay que soplarla». Para los pobres solo hay dos caminos: morirse de hambre o morir pensando que mañana, para sus hijos, todo será mejor. Cuando un pobre no trabaja ¿de dónde saca pues para comer, aunque sea por última vez? Hay gente que pierde toda esperanza, y con razón, entonces ya no hay ninguna razón que la detenga. Eso lo estamos viendo, la guerra que estamos sufriendo no es castigo divino, como muchos quieren decir, no es ninguna maldición que de pronto ha caído del cielo, es producto de la pobreza que el cuerpo ya no aguanta, es la forma de responder a tanta locura, a tanta injusticia o a esa justicia de los que todo tienen y no les falta nada.

Mis taytas eran dueños de una regular extensión de terrenos, tierras que producían buenas y abundantes cosechas. Lindo espigaban el trigo y la cebada. Rubio-rubio florecían las mazorcas de maíz. Hermosas y grandes papas ojonas. Las tierras. ¡Qué tierras! ¡Uf!, mis pies llegaban cansados hasta la última punta de las propiedades que tenían mis taytas. ¿Cuánta tierra pues habrán tenido? ¡Pucha!, bueno, harto, hartote, suficiente como para poder vivir, digamos, bien, holgados, aunque sin lujos. De todo eso ¿qué nos queda ahora? Nada o casi nada. ¿Y a mí qué me queda de toda esa riqueza? Una pizca de tierra bajo las uñas, nada más, también recuerdos como sueños, recuerdos que para mis nietos y biznietos serán simples historias, historias que no encontrarán en ningún libro.

El ganado que dejaron mis taytas, lo mismo que los terrenos, desaparecieron con el tiempo, con la noche, de pronto amaneció y ya no teníamos nada. Quiero decirles que en aquel tiempo era pequeña, de ahí que no podría decir cuan extensas eran las propiedades de mis taytas. Después, más tarde, me porté como una muchacha sonsa que no supo o no pudo defender la herencia que, con su muerte, nos dejaron. Unos cuantos vivos, por uno u otro motivo, fueron recortando, esquilmando, el mundo que con tanto esfuerzo habían construido los pobres viejitos. Los terrenos, que en aquel tiempo tuvimos, eran tan extensos como las propiedades que tiene el señor Barboza, y él no es pues un hacendado, pero tiene suficiente como para vivir cómodamente. Cuando mi tayta se unió a mi mamá dizque ya tenía unas cuantas cabezas de ganado y un buen pedazo de tierra, aunque más grande que El Palto, ese terreno que tenemos aquí en Caín y dizque mide más o menos seis hectáreas.

En esos tiempos las tierras no se medían por hectáreas ni por metros cuadrados, sino por fanegadas. Los metros cuadrados y las hectáreas, como ahora dicen, no se conocían en aquella época. Ahora escucho hablar de metros cuadrados y de hectáreas a los muchachos que vienen de la escuela, como si hablaran de trompos y rayuelas. Nosotros, que no fuimos a la escuela, no, no hemos conocido eso. En cambio, mi Melacio, mi hijo el poeta Mela, que ahora vive en Alemania, decía: «Mamá, mira bien, los hacendados han ocupado todas las tierras que en otros tiempos pertenecieron a nuestros mayores. ¿Acaso ellos compraron los terrenos? No, mamá, no. Ellos vinieron y diciendo: ‘esto me pertenece’, pusieron cerco aquí, más acá y más allá. A los hombres que reclamaban los llamaban indios brutos y haraganes, los amontonaban en las cárceles o les metían un par de balazos. Y ahí quedaba, que vida ni vida, que cristiano ni ocho cuartos. ¿Cómo vamos a morir si no existimos? ‘Los indios no tienen valor’, así dicen, es triste ¿no?, pero así nos tratan. Dizque no tenemos alma y por eso vivimos como animalitos, criando piojos en la cabeza.

¿De justicia? Para qué hablar de justicia, si lo que llaman justicia se banquetea en la mesa de los ricos, de los poderosos, de los que se hacen elegir de alcaldes, diputados o presidentes. Sus haciendas, mamá, por donde las miremos, vienen a toparse con las hilachas de nuestra pobreza.» Yo, con mis torpes conocimientos, le decía: «Estudia hijito, estudia y trabaja. Solo hazme ese favor. Trabaja y estudia para que los límites de las haciendas cambien y a las hilachas las lleve el viento o el demonio. Estudia y trabaja hijo, para que el Perú sea otra cosa». Pero resulta también que al que estudia y voltea sus ojos al pobrerío, no lo dejan en paz, lo persiguen sin descanso y no paran hasta matarlo, matar a su propia sombra, a su saber.

A mi Melacio, el poeta, porque hablaba con la gente sobre la injusticia de las leyes, sobre los abusos de los hacendados y de los capataces, empezaron a fastidiarlo, no lo dejaban en paz, policía aquí, policía allá. Después lo persiguieron, las veces que lograron prenderlo, lo metieron a la cárcel. Al final, no lo mataron, suerte ha tenido este mi muchacho, pero consiguieron ausentarlo, se tuvo que ir de mi lado, y al final, del Perú. Y es que el saber, como en la frente del Carbunclo, ese animal fantasma, es la luz que alumbra y agita la conciencia, despierta la memoria, sacude el polvo de la oscurana y abre las puertas del nuevo día, de un amanecer que, aunque lejano, llegará, llegará. Nadie podrá evitarlo por más que patalee o le dé el patatús. Y es que la historia no se acaba, no tiene fin, solo da vueltas y vueltas…

Se cuenta que el Carbunclo es una aparición, como un duende, más veloz que el viento. Los que lo han visto refieren que es un animal fantasma con el pelaje espeso, negro-negro como un choloque, y suavita, muy suavecita. Dizque su cola se parece a la cola del zorro: así coposa, coposita, como una mota de algodón; sus garras son filudas como las de un gato y tiene la cabeza de cabrito con un enorme diamante prendido en medio de la frente, brillando como una estrella. El fulgor azulado que irradia el diamante alumbra su camino en las noches. Y, lo más interesante, dizque da fortuna al que logra cazarlo, cosa muy difícil, muy muy difícil, porque es más rápido que un cerrar y abrir de ojos, mucho más rápido que el propio pensamiento.

Mi tayta contaba que una vez unos viejos cazadores, una de esas noches en el bosque, lograron coger un Carbunclo. Emocionados, pensando en la fortuna que se les presentó, lo metieron en un saco y no pegaron ni un ojo haciendo guardia al tesoro. Al día siguiente, con la luz del día, se dieron con la sorpresa de que el cuerpo del animal se había convertido en el esqueleto de un zorro y el diamante que estaba pegado en su frente era una simple piedrecita. Y así pues, la conciencia, cuando se enciende en el alma de la gente, es como la luz que despide el diamante prendido en la frente del Carbunclo, no se la puede encarcelar ni matar con todas las balas del mundo…

Urakán

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


RAÚL MOARQUECH FERRERA-BALANQUET (Cuba, 1958) Miembro de la Generación Mariel y del Centro Yucateco de Escritores A.C. (CYEAC) desde 1993. Autor de los libros Aestesis Decolonial Transmoderna Latinx_MX (2019); Imaginarios Creativos y Soberanía Erótica Decolonial (2018) y editor de la antología Andar Erótico Decolonial (2015, Ediciones del Signo, Buenos Aires, Argentina). Entre sus premios destacan: Fulbright Scholar, MacDowell Fellowship, CLACSO/Ibercultura, FONCA, Foundation of Contemporary Arts, Fundación Prince Claus, Contacto Cultural (Rockefeller/FONCA), ANAT Australia, y la Fundación de Video Lyn Blumenthal. Vive y trabaja en Washington DC, Estados Unidos y Mérida, Yucatán, México.


I

Abro la doble puerta de cristal de la estación de trenes de Houston ubicada en la avenida Washington; la sostengo con la mano izquierda indicando a Xux Éek’ que avance y, tras ella, me dirijo a la sala de espera. El recio aroma de cedro que emana de los bancos disponibles para los pasajeros me transporta al sur de la ciénaga donde los frondosos pinos y almendros resguardaban las casas de madera… el Fuereño los mandó a talar y luego los vendió. La madera era un buen negocio… entonces, iniciaron la construcción del terraplén y el suelo del pantano comenzó a secarse… dejaron de venir los flamencos… Desde aquella noche cuando me forzaron a abandonar la isla, siento la lejanía y el tiempo transcurrir velozmente. Me oprime el pecho…  me dificulta respirar.

Una pausada voz femenina se escucha en las bocinas colocadas cerca del techo en las esquinas de la sala de espera. Anuncia el abordaje. Le indico a Xux Éek’ dirigirnos a los andenes. Me detengo frente a la espléndida locomotora pintada de azul brilloso que nos transportaría a la frontera. Alargo la mirada por la hilera de vagones que, en perspectiva cónica, converge en la línea de ferrocarril para luego confundirse con el horizonte. Evoco los rieles extendiéndose desde el puerto de Gueykabon hasta la mina… De vuelta a la locomotora, distingo las letras de metal incrustadas a un costado con el nombre de la compañía: Union Pacific Rail Road.

Alejándose de la estación, el roce de las ruedas sobre los rieles provoca un chirrido metálico. La presión en el pecho aumenta la ansiedad por recuperar el aliento. Suelto un leve aullido. Los pasajeros acomodados en asientos reclinables forrados de microfibra azul extendidos a cada lado del pasillo interior del vagón, al escucharme, notan mi desasosiego. Evito la mirada, volteo hacia la parte delantera divisando cinco ventanas anchas de cristal grueso a cada lado y los estantes de aluminio en la parte superior, en los cuales se colocan el equipaje de mano. Observo el contraste entre los cuatro tonos de azul marino pintados sobre las paredes interiores del Brownie y continuo una detallada inspección de los diseños funcionales de la década de los cincuentas. Con cierta suspicacia, imagino la posibilidad de cómo el níquel descubierto en Gueykabon, el pueblo costero donde nací, pudiera formar parte de las piezas de acero inoxidable incrustadas en las paredes.

Xux Éek’, sin dar importancia a mis acciones y con la cara apoyada en la ventana de cristal, mira en la distancia, parece no escuchar. Examino su delgada figura, su pelo color miel, sus grandes ojos azabache, sus delicadas manos. Ya no emana olor a azucena de su piel cobriza y extraño el aroma que la envolvía la noche cuando nos conocimos en La Perla Tapatía, el cabaret de Isla del Carmen donde yo trabajaba mezclando música mientras las teiboleras amenizaban el ambiente.

La potente máquina diésel arrastra los seis vagones traseros deslizándose por una curva inclinada hacia el sur. Por la ventana, diviso el ancho mar abrir sus dominios hacia el horizonte. Ubico al fondo, un par de pequeños cuartos destinados al equipaje pesado y luego, a cada lado del pasillo, otras tres ventanas, los baños y al final, la puerta corrediza contigua al acople de articulación con el otro vagón, destinado para subir y descender del tren. Atraído por la brisa marina que entra por la puerta, recorro el pasillo central hacia el fondo.

Parado sobre el puente entre los coches, volteo a la derecha y me encuentro de cara al Golfo—. “La inmensa llanura azul” —pronuncié en voz baja al recordar cómo mi padre Yayael siempre nombraba a la mar. Comienzo a inhalar profundamente como cuando era un adolescente y buscaba calmar las secuelas de la violencia familiar en Punta de Martillo.


Escena 3A. Exterior. Punta Martillo, Gueykabon, Guacanayabo. Día.

Extraño demasiado, a mamá esquivando los golpes de mi padre; a Tomás mientras señalaba hacia el padre Baltasar, parado en la puerta de la iglesia aquella tarde… cuando Massiel y los otros travestis del pueblo decidieron marchar frente al Ayuntamiento… pero la imagen más recurrente es la oscuridad de la mar en medio de la noche mientras el buque navegaba lejos de la costa y, en el horizonte, las luces del puerto se escondían poco a poco detrás del litoral… Doce… trece años sin ver a mi familia, la Isla… cómo si una neblina delgada cubriera el pasado… Abuelo Ixbalanqué me explicó en repetidas ocasiones cómo mi nacimiento tuvo lugar instigado por la furia de Jurakán, el supremo vórtice, corazón y centro del cielo porque esa noche un ciclón llamado Flora cruzó sobre la isla de Guacanayabo. Por eso me nombraron Arimao Urakán. Recuerdo la cadencia de la voz del anciano mientras leía el libro hecho con corteza de coco guardado celosamente en la cueva que conducía a los campos de amaranto…

Una tarde, durante la siesta, en las bocinas de la publicidad rodante se escuchó la voz del alcalde invitando a una asamblea frente al Ayuntamiento. Habían descubierto minas de níquel y cobalto cerca de la desembocadura del río Moa. Fuereño había llegado dos semanas atrás y ofrecía trabajo a todos los hombres. Después de comenzar la extracción, la brisa del mar se mezcló con el polvo rojo proveniente de las excavaciones; se metía en los poros, en la ropa, en la cama… algunos enfermaron. Aparecieron ampollas moradas en la piel de los mineros. Sólo un cocimiento de hojas de cedro, ácana y jagüey preparado por las abuelas curaba las llagas. Murieron muchos peces y otros emigraron al interior del río, donde las aguas estaban más limpias.

D’Óleo, el trovador del pueblo y cantante de la orquesta dirigida por mi padre, nos advirtió del polvo rojo. Según él, era el embrujo de la historia. El tío Janiguanó quedó atrapado en la mina de níquel y murió al instante. Su viuda, la tía Onane, y mamá lavaron su cuerpo varias veces, pero la delgada capa rojiza se mantuvo pegada a su piel. Me atreví a mirar su cuerpo inmóvil en el ataúd y recordé las momias de Nohcacab por su color cobrizo y el tufo agrio. Las minas quedaron paralizadas. El velorio duró tres días y durante el entierro, cuando la procesión tomó rumbo al cementerio, divisé a Fuereño salir de Gueykabon en un camión con dos uniformados. Seis horas más tarde regresó con la parte trasera del vehículo repleta de gente de otro pueblo. No pudieron llegar a la mina. Escuché disparos. Frente a mí, el cuerpo de Ignacio Ramírez cayó de espaldas y observé como José Juan rodaba por el asfalto… el hedor de la mezcla de la pólvora con la carne quemada llegó hasta mi nariz…

—¡Huye, hijo…! —mi madre, Yara Yaloldé, gritaba desde el jardín. Salté la cerca de madera colindante con la calle san Vicenta… resucito la persecución de aquella tarde por los senderos del traspatio—.  Allí me detuvo una patrulla y, a empujones, me subieron en la parte trasera… desabrocharon mi camisa y la usaron para cubrir mi cara… las voces de los policías retumban en mis oídos. Me patearon en el estómago… todo estaba oscuro… luego escuché a mi hermano Habaguanex retar a los otros guardias.

Rumbo al muelle, al mismo tiempo que conducía la patrulla, mi hermano me explicó cómo debía esconderme en un buque contenedor. Una hora después de haber zarpado, El Capitán apareció en la bodega donde me habían ocultado. Dejamos atrás el olor a pescado congelado. Lo seguí hasta la cubierta y logré respirar el salitre de alta mar. Calmó mi ansiedad. Junto a la torre del puesto de mando me ofreció un emparedado de bacalao. Estaba fuera de peligro y del acoso de la policía… el barco rompía olas mientras las luces de Gueykabon disminuían en el horizonte. Desde entonces no he podido ver a mi familia… papá murió hace nueve años…

Al desembarcar en Isla del Carmen, El Capitán me llevó directo al patio trasero de la estación de trenes, hasta los vagones abandonados donde el tufo podrido de las frutas y las mercancías desechadas cubría el ambiente. Allí conocí a Jarocho, al Güero y a Sargento. El Capitán me aconsejó no volver a Gueykabon y, antes de marcharse, me obsequió cincuenta pesos. Agradecí su ayuda y quedé a merced de esa pandilla de maleantes quienes se convirtieron en mis camaradas… En las noches nos resguardábamos en los vagones…  Fueron los primeros instantes en el exilio.

En el Golfo, con el cuerpo calado por la pestilencia del petróleo crudo y la gasolina refinada, navegué junto a nuevos amigos. Cometí fechorías en cada puerto; trafiqué ron, tabacos cubanos e indocumentados chinos; desembarqué en Tampico en busca de otras encrucijadas y, sobre trenes de carga, atravesé el desierto rumbo a Tijuana. Allí conocí a Edgardo, quien me ayudó a cruzar hacia el otro lado de la barrera de hierro… Hasta logré un título universitario hace seis años y llegaré a viejo pagando los intereses del préstamo bancario utilizado para costear la licenciatura en la escuela de Comunicaciones.

Algunos dirían: —cumplió el sueño americano. Ahora me invade el temor de ser acusado de malversar la beca del NEA gracias a un senador republicano llamado Jesse Helms a quien se le ocurrió decir que las artistas mujeres y lesbianas, junto a creadores latinos, afroamericanos y gais desfalcamos los fondos de las becas financieras del Consejo de las Artes. Según él, al realizar proyectos en contra de las buenas costumbres de la sociedad norteamericana. El senador Helms ha propuesto congelar los pagos.

No sé si podré terminar el filme autobiográfico en el cual quiero plasmar mi experiencia como inmigrante indocumentado al llegar a Los Ángeles y luego, cómo, adolescente callejero que sobrevivió en las calles de Nueva York. Freí hamburguesa en un Carl’s Jr.; fregué baños y limpié pisos en un hospital; lavé platos y cazuelas cuando era estudiante en la Universidad de Iowa… inesperadamente tropecé con el pasado en una calle de Nueva York…

El condotiero, la domadora y el escritor

Tomado de la novela homónima
El condotiero, la domadora y el escritor, Ilíada Ediciones, 2023

Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Sus libros más recientes son la novela Aló, marciano y el libro de ensayos Buñuel In memoriam (ambos por la Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). La editorial Iliada Ediciones acaba de publicar su novela El condotiero, la domadora y el escritor, tercera y última parte de la serie que incluye a Dominó de dictadores y Citizen Kane se fue a la guerra (novela que resultó 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia», 2020).


CHE X CHE
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 1951

Y…

me atreví a proponerle matrimonio a Chichina Ferreyra.

-Acompáñame amor, de peregrino y aventurero por la América del Sur.

En la carta que me envío desde el balneario de Miramar, amor aquí estoy, en el litoral atlántico argentino y reiteraba te quiero amor, pero no dejaba duda sobre la ruptura.

No, amor. No, no.

Y al terminar, citaba una línea de mi primera declaración de amor: ¿crees que una mujer se puede sentir segura al lado de un hombre que afirma sé que soy lo más importante que hay en el mundo?

Dos veces amor, reiteré mi propuesta de matrimonio y dos veces amor, se negó a que nos echáramos por los caminos de Sur América por los que la llevaría de la mano de Córdoba a Santiago del Estero y a Tucumán.

No, amor. No, no.

La llevaría a andar en tren por Santa Fe, a rodar en bus por Mendoza. A dar vueltas en camión por La Rioja, a dar brincos en moto por La Pampa. A pedalear en bici por Antofagasta, a morirnos de cansancio de tanto caminar a pie por Los Andes.

No, amor. No, no.

Y a medida que solitario me alejaba por páramos y montañas y cargaba sobre mi espalda su amor como una abultada mochila, su figura se desvanecía y se hacía humo en el aire y solo quedaban flotando sus palabras.

No, amor. No, no.

Pero no renunciaba a su amor. Insistía: Tú eres mi amor, tú. Y cargaba sobre la espalda el recuerdo de su amor y me repetía todo el día y a toda hora y en todo lugar: amaré a Chichina hasta en la Cochinchina.

No, amor, No, no.

El amor de Chichina era miel que se derramaba gota a gota. Miel con el sabor amargo de la despedida.

No, amor. No, no.

El amor de Chichina era amor de veras imposible y me dolía la falta de su amor como piedra en el zapato. Me dolía como a César Vallejo, amor. Me dolía porque hay golpes en la vida tan fuertes. Me dolía como a Pablo Neruda, amor. Me dolía repetir es tan largo el olvido y tan corto el amor. Saber que no estaría más contigo, amor. Nunca más, amor.

No, amor. No, no.

Y a solas me confesaba con Quevedo, el mío era amor constante más allá de la muerte. Más allá del olvido. Más allá del horizonte. Más allá del mar. Más allá de la tierra. Más allá de cualquier límite. Más allá de todo. Más allá estás tú, amor. Yo en el más acá y tú en el más allá, amor. Yo siempre en el camino y tú siempre en la eternidad, amor.

No, amor. No, no.

Que te quiero amor, le decía en cartas y te quiero, repetía en telegramas. Que no me olvido de ti, amor y aunque tú no me quieras, yo a ti te quiero, amor.

No, amor. No, no.

Y volvía a sorber en el recuerdo la miel agridulce de los días pasados en el balneario de Miramar. Amor cerca del mar, de lo ideal, del infinito. Amor siempre Amor.

No, amor. No, no. 

Fue una mañana gris de octubre, había ido a Córdoba de vacaciones y de paso a ver a Chichina, aunque fuera de lejos. Bajo la parra de la casa de mi amigo Alberto Granado tomábamos mate y comentábamos las incidencias de la perra vida, incluido el desamor entre Chichina y yo.

No, amor. No, no.

Alberto se lamentaba de perder el puesto en el leprosorio de San Francisco de Chañar y el trabajo mal remunerado del Hospital Español y yo de haber abandonado a la Marina mercante argentina.

No, amor. No, no.

Por los caminos paralelos del ensueño, viajamos a remotos países tibetanos, trepamos al Monte Everest con la guía espiritual del Dalai Lama y chupachupa de yerba mate y nuestras almas levitaron en el espacio sideral.

No, amor. No, no.

De regreso del viaje astral nos hicimos a la mar. Con Magallanes navegamos por mares tropicales y con Marco Polo visitamos toda el Asia. Y de pronto, deslizada al pasar, como parte de nuestros sueños, surgió la pregunta:

– ¿Y qué tal si nos vamos a Norteamérica?

– ¿A Norteamérica?

– ¿Cómo?

-Con la Poderosa, hombre…

No, amor. No, no.

La Poderosa era una moto Norton de 500 c/c propiedad de mi amigo Alberto Granado muy superior a mi bicicleta a la que había adaptado un motor italiano Cucciolo para que trepara montañas y recorriera llanos; pero, viajar desde la Argentina hasta los Estados Unidos era una tarea imposible para mi bicimoto.

No, amor. No, no.

Sin pensarlo, trepé a la moto. Di vuelta a la manija. El ronroneo de la moto era el que correspondía a una aceleración brusca. Le pegué un taconazo con la bota al pedal de arranque de la Poderosa II y partí a la conquista de América. Pero antes, en un último acto de amor sin palabras, dejé al cuidado de Chichina un cachorro de perro policía que apodé Come back con un guiño cómplice: yo también volvería.

No, amor. No, no.

En los próximos meses sólo vería el polvo del camino y a mi amigo Alberto y yo devorando kilómetros con la Poderosa en fuga hacia el Norte y lo que sigue no va a ser un relato de hazañas ni un cuento meramente cínico, será el relato personal de un hombre en los próximos nueve meses de su vida con historias que van de la más alta especulación filosófica al más bajo anhelo de un plato de sopa.

No, amor. No, no.

Mi boca narrará lo que mis ojos le contaron. No habrá sujeto sobre quién ejercer el peso de la ley. Será un viaje de ida y vuelta: la vuelta en redondo y el personaje que escribirá las notas morirá al pisar de nuevo la tierra argentina y dará paso a otro que será el que ordenará y pulirá los escritos.

No, amor. No, no.

Yo habré dejado de ser quién era y no seré más Yo. Y más de facto que de jure dejaré a los lectores con otro Yo. El Yo que fui Yo. Un Yo frente al espejo de otro Yo. ¿Otro Yo? 

No, amor. No, no.

Un Yo personal y único que aprendió de otro Yo a amar a Yo. Yo diez veces Yo. Yo multiplicado por Yo. Yo a lo Yo de Max Stirner en El único y su propiedad. Yo kierkegaardiano. Yo nietzscheano. Yo de Borges y yo.

No, amor. No, no.

Yo de Borges que afirma: Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el otro Borges trame su literatura. Yo le enmendé la plana al Yo de Borges. Yo (re) escribí el párrafo a la manera de… Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el Yo del Che trame su revolución.    

No, amor. No, no.


LA DOMADORA
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 8, 2007-OCTUBRE 8, 1947

Es una oportunidad entre mil la que se nos presenta a mi amiga Celia y a mí. Una oportunidad manufacturada por la casualidad y no por el raciocinio. Es, sobra decirlo, una oportunidad única. La oportunidad de mirarnos a los ojos, vernos de veras y no de leer a la distancia sobre nuestras respectivas actividades clandestinas: Milonga en el laberinto del Minotauro de Creta y Crimilda en el vientre de la ballena Moby Dick.

La oportunidad de decirnos las cosas directamente, no a través de intermediarios. La oportunidad de estrechar manos y abrazarnos. La oportunidad de que nuestras lágrimas rueden libremente mientras nos miramos. La oportunidad de sentirnos útiles a la causa que hemos elegido y a la cual servimos a mil millas una de otra.

-Hay mucho qué hablar, Crimilda…–me dice en clave.

– ¿Noticias del Edén, Milonga? –le respondo sin salirme del cifrado secreto convenido-. ¿Confirmaste lo de Helvecia?

Para Celia el encuentro representa la oportunidad de verme fuera de las acrobacias circenses y mi rol de domadora. Para mí es la oportunidad de bajar de los caballos y salirme de la pista. Para ambas es la oportunidad de vernos, admirarnos y abrazarnos. 

-Sí –me dice Milonga-. El hotel es ahora un centro de repatriación de gente sospechosa de pasado nazi. Hay alemanes, serbios, italianos, japoneses, croatas. Todos fachos.

– ¿Quién a cargo? -pregunto-. ¿Lo menos un ministro?

-Freude, Juancito y Contal –dice-. Toda gente de primera línea de Perón…

-Ponlo por escrito –le dije-. Helvecia debe saber…

– ¿La clave de siempre? –preguntó.

-Sí –respondí-, el mismo buzón.

Se hacía tarde, nos despedimos…

-Chau, Crimilda –me dice.

-Adiós, Milonga – le digo.

Y cada una subió por una escalera diferente para ir al salón-comedor…

Al igual que medio siglo antes admiro las lámparas de cristal que cuelgan del techo y las ventanas de tules descorridos que dan a la terraza que mira al jardín de amapolas.

Don Horacio Ferreyra ha dispuesto que la invitada de honor, Frau Clara Settembrini, antes domadora de caballos de un circo alemán de paso por Buenos Aires y ahora directora del Circo Nacional Argentino, se siente al lado de mi amiga doña Celia de la Serna que simula apenas conocerme y yo a ella un poco.

Don Horacio y su esposa se reparten por ambas cabeceras: Chichina y su joven pretendiente, Ernestito, el hijo de Celia, se ubican en el costado izquierdo. No los veo, pero tienen las manos juntas debajo de la mesa y sus rostros rojos como brasas al fuego.

Los criados van de la cocina al comedor; en preciso orden, nos sirven un consomé de codorniz, un bife con patatas asadas, espárragos a la crema, un bizcocho de chocolate y al final Don Horacio nos pregunta si queremos té o café.

Ernestito, que no ha parado de discurrir sobre lo humano y lo divino, se apresura a preguntar:

-Y, ¿por qué no cebamos un mate?

-Mate para criados –altanero Don Horacio-. La gente de bien bebe oporto.

Ernestito viste con desaliño, camisa de nilón medio sucia, pantalones negros sin planchar, un par de zapatos de cuero viejos y sin calcetines.

-A bientot –riposta-. Brindemos por los oporto-nistas, la gente de bien.

Celia me pega con el codo en el brazo y se sonroja cada vez que Ernestito interrumpe a Don Horacio.

-Este niño… -me dice-, no tiene pelos en la lengua ni lleva calzoncillos largos.

Le sonrío ahora que lo veo en el recuerdo con ojos de centenaria, ahora que visto tan desaliñada como Ernestito aquella noche: suéter de Ives Lacoste, jeans Wrangler y tenis Adidas. Me olvido de la mirada de ayer y con la mirada de hoy recorro la muestra de jarrones de porcelana de Sevres en el piso alto del Museo Superior de Bellas Artes Evita Perón, antiguo palacio Ferreyra, en la ciudad de Córdoba.

-Este niño… -me sopla Celia al oído-, no se calla ni ante el Papa.

Solo en un punto coincidieron Don Horacio y el joven Ernestito durante la cena: en el rechazo a Perón. Don Horacio, buen burgués gentilhombre, tomaba distancia ante el auge de los sindicatos peronistas. Los “cabecitas negras” decía, eran izquierdistas y socializantes. Ernestito, puro Avant Garde, atacaba a Perón por demagogo, populista y falso profeta de las masas. En los demás puntos ni una vez estuvieron de acuerdo. No se pusieron de acuerdo sobre la socialización de la medicina: Ernestito la defendía y Don Horacio la estimaba cosa de médicos graduados con malas notas. Discreparon sobre las elecciones en Inglaterra: Don Horacio defendía a la realeza por encima del sistema bicameral parlamentario y Ernestito se sentía diputado del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes. Discreparon sobre el primer ministro inglés: Ernestito quería a un militante del Labor Party de filiación comunista y Don Horacio a un estadista como Churchill.

-Y que la Pampa sea como las Malvinas protectorado del Almirantazgo inglés –se burló Ernestito.

Le vuelvo a sonreír ahora que lo veo en la foto que empezó a circular por el mundo, hoy, ocho de octubre, hace exactamente cuarenta años. Lo veo sin camisa, los ojos abiertos, tendido boca arriba sobre la rústica mesa de una escuelita rural en Valle Grande, Bolivia. Muerto a tiros, de guerrillero como quería; de condotiero, como siempre quiso. Muerto a tiros por querer ayudar a los pobres.

-Vos mocoso, ¿me acusas de colonialista y anglófilo? – estalló Don Horacio y abandonó el comedor.     

En el recuerdo le volví a sonreír a ese que conocí de Ernestito, el hijo de mi amiga Celia de la Serna que al graduarse en Buenos Aires fue el doctor Ernesto Guevara de la Serna, andando el tiempo el comandante guerrillero Ernesto Che Guevara en Cuba, apodado por la tropa Fernando Sacamuelas en la Sierra Maestra, Che en La Habana y Tatú en la guerrilla congolesa.

En una segunda resurrección el comerciante de maderas Raúl Vázquez Rojas en Praga; en una tercera vuelta a la vida el técnico de la FAO Adolfo Mena en Viena; en un cuarto renacimiento Ramón en la guerrilla boliviana y en una quinta, última y fugaz reencarnación: Che al morir.

Y al que muchos tras medio siglo lo llaman por su nombre de pila bautismal, San Ernesto de La Higuera y por su nombre de guerra en clave de redención cristiana, San Ramón de Valle Grande: santo peregrino y milagrero, sin espacio en los altares, carente de aspergeos de incienso, pero que tiene bien ganado entre los pastores de la comarca de Valle Grande el don de protector de animales y se cuentan por legión los burros, chanchos, cabras y perros perdidos devueltos a sus dueños.

Ante tanta hazaña antes y después de muerto no pude menos que murmurar: Vos pibe, sos tremendo, te robaste la gloria del mundo y nos dejaste desnudos. Y desnudos seguimos en el laberinto hasta hoy a merced del siniestro Minotauro: mitad macho cabrío cretense depredador y mitad toro babilónico devorador de lengua de fuego.

Sin nadie al alcance de la mano que nos defienda del monstruo porque a Che Ernestito, el último que intentó hacerlo lo mataron cuando estaba indefenso. Y hasta hoy, 8 de octubre de 2007, aniversario cuarenta del asesinato del Che, sigo sin creer que sus últimas palabras fueron:

Soy Che Guevara, no disparen …

Sigo sin creer pese a que sus captores repitan que dijo: vivo valgo más que muerto …

No, Che nunca dijo eso ni pudo haber dicho algo parecido.

Che les dijo: soy Che Guevara, no tiemblen, apunten bien …

Lo que Ernestito les dijo fue: disparen, carajo, muerto valgo más que vivo.  


EL ESCRITOR
BOCA RATÓN, FLORIDA, 2007
LA HABANA, CUBA, 1958

Llamadme NO-Él …

Sí, esta es mi historia, la que tengo que contar y cuando empiece a descargar los recuerdos no me podré detener. En 1958, los fidelistas con bombas y disparos de ametralladoras asolaban a la ciudad. Patri y yo salíamos a bailar cada noche. Era nuestra forma individual de rebelarnos frente la rebeldía colectivista que los fidelistas nos querían imponer. Los fidelistas querían al pueblo de rodillas, rendidos a sus pies. Nosotros seguir de pie y dar la vuelta a la pista de baile. Participar de la farra de la vida. Bailar. La Habana entera bailaba. Mambo, qué rico mambo.

Mambo qué rico e, e, e. 

Para Hemingway y Gertrude Stein el Paris de 1920’s era una fiesta. Para Patri y para mí La Habana de 1950’s era una fiesta multiplicada por mil. La Habana se movía. La Habana era rumba. La Habana era son. La Habana era chachachá. Se bailaba en las esquinas, en los bares, en los cabarés y en los clubes. En todas partes se bailaba. La Habana entera bailaba.

A los fidelistas les jodía la fiesta. Los fidelistas no bailaban. La rumbantela les era ajena. Ellos eran patones y patanes. Ellos patrocinaban las bombas, los tiros y los apagones. Nosotros la noche. Nosotros la fiesta. Nosotros la rumba. Nosotros la risa. Nosotros el baile. Nosotros Cuba.

Mambo, qué rico e, e, e. 

Un capítulo de la novela que escribo como Colón sus memorias en la proa de la Santa María sin editor ni tierra a la vista empezaría el treinta y uno de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho. A la medianoche. La víspera del apagón histórico de Cuba. La última noche de Cuba Libre.

Las luces del salón de bailes del Club Casino Deportivo se apagaron de repente. Todos pensamos, ahora explota la bomba fidelista. Teníamos derecho a pensarlo. Habíamos sufrido en carne propia el terrorismo. En el Cabaré Tropicana, en el Salón Bajo las Estrellas, la noche final de 1957. Bailábamos entre el primer show y el de medianoche. El coro de mulatas de fuego de Doménico Neira descendía por la pasarela en bikinis y largas batas rojas. La orquesta de Armando Romeu descargaba una fanfarria musical que iba de Moon light Serenade a Copacabana. En el jardín se acumulaban las jaulas con palomas que serían echadas al vuelo a la medianoche. Los camareros entre las mesas repartían botellas de champán y fuentes con uvas. Todo el mundo de pie, alrededor de las mesas, mirando los relojes. Uno, dos, tres, contando los minutos que faltaban para decir adiós al año viejo y cantar el himno nacional de Cuba.

¡Bang!

 Otro

¡Bang!

Correcorre

¡Bomba!

Gritería

¡Bomba!

Empujones van.

¡Bang!

Empujones vienen

¡Bomba!

Apagón

¡Bang!

Cortocircuito.

¡Bomba!

Las bandejas sobre el piso de losetas tornasoladas ¡Cataplún! La gente por el piso. ¡Esscrahssss! Las fuentes, las copas, los vasos, las botellas. ¡Crac Crac Crac! Todo al piso, sin luz. La gente encorvada, de rodillas, a oscuras, gateando debajo de las mesas. Sin saber que había ocurrido hasta que vimos brotar una columnita de humo y al mirar vimos el cuerpo de una corista envuelta en lentejuelas de colores cercenado en dos como un bistec sobre la tarima de madera y metal de la pista.

Ulular de las sirenas de los bomberos ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los policías hasta un cuerpo inerte de mujer en exhibición ¡Por aquí! Los camareros enfocaron las luces de manos de las linternas sobre el cuerpo semi desnudo de una mujer desplomada en cruz sobre un par de banquetas del bar ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los rescatistas de la Cruz Roja en la oscuridad hasta un cuerpo del que pendía desarticulado un brazo y un garabato de pierna con los huesos y la piel desgarrados por la metralla. ¡Por aquí!

Pasaron varios segundos en silencio y la voz del locutor por los altoparlantes rebotó contra las paredes del salón. ¡Beso, Beso, Beso! Las parejas comenzaron a besarse a medianoche. Los labios de Patri se aplastaron sobre los míos. Al combate, corred, bayameses… Cambio de melodía, no más besos. Entonamos la primera estrofa del himno nacional de Cuba amplificada por los altoparlantes que colgaban del salón. Que la Patria os contempla orgullosa

– ¡Ay, Noel! –Patri triste-. Último año, mi León…

Las luces del salón se prendieron y la orquesta Casino de la Playa cambió el ritmo y vacilón, tremendo vacilón, qué rico chachachá y le pregunté a Patri por qué había dicho eso.

-Mi padre pide silencio –hizo una pausa-. Batista se va…        

– ¿De veras se va?  ¿Adónde va? –dije.

-Pal’ carajo –repitió Patri-. Pal’ carajo.

Quedé sin aliento y no supe qué decir…

A la medianoche, La Orquesta Casino de la Playa se retiró a descansar. La voz en vivo del cantante y los sonidos de los instrumentos fueron reemplazados por música grabada a través de altoparlantes. Un primer acorde. Supe quién era. Abracé a Patri fuerte que no se escapara ella ni la melodía y comenzar el año bailando el bolero que nos derretía como mantequilla por dentro y nos partía en dos el corazón.

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte que pasó,

Pero de ti me enamoré

Era Benny Moré. El Benny. Benny Moré qué bueno baila usted. El Bárbaro del Ritmo. Benny Moré. El príncipe de la melodía. Y aquí usted me ve. Nuestro tema musical, la canción que nos hacía melcocha el alma. Nuestro himno de guerra, la música que hacía que nos juntáramos y nos miráramos como tórtolos mientras en vivo o en disco el Bárbaro repetía …

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte qué pasó,

Pero de ti me enamoré

Patri (o) tra tuvo la feliz idea de esperar el primero de enero del nuevo año 1959 bailando en el Club Casino Deportivo. Pagamos cincuenta pesos por pareja con derecho a mesa y botella de ron. La orquesta que iba a amenizar los bailables no era una orquesta cualquiera. No, era La Banda Gigante. El cantante que nos iba a arrullar a medianoche con las luces apagadas no era un cantante cualquiera. No, era Benny Moré.

El Club Casino Deportivo se atrevía al poner en circulación al Benny y a su Banda Gigante para los asociados. Se le iba por delante al Vedado Tenis Club, al Miramar Yatch Club, al Biltmore Club y a todos los clubes aristocráticos habaneros que por años le habían cerrado las puertas al Bárbaro del Ritmo. No lo querían. Había sido pobre, ahora era rico y famoso. No lo querían. Ellos eran blancos y ricos de cuna, el Benny era negro y pobre de cama. Definitivamente, no lo querían. Benny siempre había sido alborotoso, borracho, mujeriego y pendenciero. Ellos también eran alborotosos, borrachos, mujeriegos y pendencieros, pero blancos y ricos de cuna. El Benny no, Benny no era de ellos. 

El treintaiuno de diciembre, el gerente del Club Casino Deportivo nos llamó de urgencia, se cancelaba el concierto, ofreció disculpas y nos devolvió cincuenta pesos. No de Nones. No, Benny Moré y su Banda Gigante a última hora cancelaron el contrato. No, Benny Moré no estaría en el Club Casino Deportivo. No, Benny Moré no estaría en La Habana. No, Benny Moré tras regresar de una gira por la provincia de Las Villas no estaría en Cuba. No de Nones. Benny Moré se iba a los Estados Unidos, a Miami, con un contrato para tocar y cantar en el Hotel Lido el último día de 1958. No que no. 

Ah, qué pena, lloramos. Y todavía con la esperanza de que ocurriera un milagro, que el Benny y su Banda Gigante entraran de sorpresa por la amplia puerta del Club Casino Deportivo, repetíamos mientras esperábamos la rima de una de sus canciones.

Decían que Benny no venía,

Y aquí Usted me ve,

Benny Moré,

Qué bueno baila uste…

Llevábamos años bailando con la Banda Gigante de Benny Moré. Una banda que hacía honor a su nombre. Cuarenta músicos desplegados y acoplados y sincronizados y homogeneizados a las órdenes de Benny Moré. Una banda que superaba a la big-band de Xavier Cugat que se tenía por la mayor banda de música del mundo.

Al oír al Benny cantar con la Banda Gigante Maracaibo oriental se le alborotaba a uno la sangre.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo pa’ que tú lo baile!

Se le alborotaba a uno el negro que todos los cubanos llevamos dormido dentro.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo pa’ que tú lo goce!

Trombones, saxofones, cornetas, pianos, contrabajos, baterías, flautas, tambores, tumbadoras.

Todo al mismo tiempo.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo!

Ah, qué lástima, ya estábamos apegados a su música. Y si por casualidad nos enterábamos de que el Bárbaro cantaba en Alí Bar o en Tropicana o en el Sans Souci o en el Montmartre o en el Sierra o en el Palermo, allá nos íbamos de la mano la Patr (i) otra y yo.

Íbamos a verlo…

Ir a ver al Benny era asistir a un doble espectáculo, el de la música de la Banda Gigante y el de la actuación del Benny. Sí, Benny Moré con su voz de barítono era en sí mismo lo mejor del espectáculo. Con un gesto de la mano o del bastón los cuarenta músicos disminuían la intensidad de la música y una avioneta Piper Comanche musical planeaba bajito sobre nuestras cabezas.

Zimzum zumbido de motor.

El Benny se apoderaba del centro de la pista.

Tun-Tun de los tambores.

El Benny se empezaba a mover.

Ta-Ta de trompetas.

Y las luces se prendían y era todo a la vez.

Zimzum.

Tun-tun.

Ta-ta. 

El foco de luz giraba en torno al Benny.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas. 

¡Santa Isabel de las Lajas, querida!

¡Santa Isabel!

Benny en persona era un combo milagroso: mitad chuchero cubano y mitad pachuco mexicano.

Benny en la pista con sus pantalones de batahola, anchos hacia arriba y cerrados como tubos hacia abajo.

Benny con el saco larguísimo le rozaba las rodillas y los tirantes gruesos bien marcados sobre la camisa de pechera blanca y el lacito negro le cerraba el cuello y los zapatos de dos tonos blanco y negro y el sombrero tejano y sobre todo el bastón.

El bastón, escuchen bien, señores, el bastón del Benny.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas

¡Lajas mi rincón querido,

¡Tierra donde yo nací!

Ya no era solo la música.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas.

¡Lajas tengo para ti,

¡Desde mi cantar sentido!

Era el canto.

¡Lajas tus hijos son caballeros!

Era el gran espectáculo.

¡Lajas tus mujeres altivas!

Ver en vivo al Benny. 

¡Por eso grito que vivan!

Disfrutar del Bárbaro del Ritmo. 

¡Mil Lajas¡,

Con sus lajeros,

¡La-je-ros!

Gozar del Benny y todos a coro.

¡Santa Isabel de las Lajas!,

¡Que-ri-da!,

¡Santa Isabel!

Tan-tan-tarará …

El bramido de las trompetas y todos le hacían rueda.

¡Be-nny-Mo-ré!,

¡Qué bueno baila uste!

Y con nuestra canción favorita como himno de batalla, empezábamos el Año Nuevo 1959.

Sentí la respiración de Patri rebotar sobre el pecho y le oí decir en un suspiro:

-Qué sea lo que Dios quiera…

Sin hacer caso de malos presagios, repetí con el Benny en la victrola para que solo ella me escuchara.

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte qué pasó, Pero de ti me enamoré   

Arde aún sobre los años

Tomado de la novela Arde aún sobre los años, Ilíada Ediciones, 2023

Fernando López (Argentina, 1948) Escritor, columnista, abogado. Organiza el Encuentro Internacional de Literatura Negra y policial CÓRDOBA MATA (2014/22). Ha publicado 18 libros, entre otros, la saga de novelas Philip Lecoq, el detective de los pobres. Entre sus premios destacan el Latinoamericano de Narrativa Universidad de Colima, México, a la novela El mejor enemigo (1984); primer finalista premio Planeta Argentina con la novela Odisea del cangrejo (2005); y finalista en el concurso Novelas de Película del BAN! con la novela Un corazón en la planta del pie (2015). Arde aún sobre los años se alzó en 1985 con el prestigioso premio internacional Casa de las Américas, de Cuba.


III

Los hombres ponían buena voluntad pero el gesto de miedo les salía como una mueca grotesca, más cerca de la risa, que acaso les tentaba. El rollo se terminó cuando salían por segunda vez e intentaban mejorar la expresión de acuerdo con lo que el Moro les explicó, pacientemente, con el pucho en la boca. El Mensajero había arrojado la sal, ahora se iba a filmar sin sonido confiando que, a la señal convenida, volvieran la cabeza hacia nosotros.

—Yo golpeo las manos, ustedes piensan que son tiros y se asustan —dijo el Moro—. ¿Listos? ¡Acción!

Unos segundos después la cámara comenzó a silbar y se trabó.

—Paren, paren. Vuelvan adentro que hay que cambiar el rollo.

Era de imaginar que no iba a ser fácil lograr el realismo buscado. Tablita y yo insistimos, antes de comenzar a filmar, que había que ir a la Policía a pedir permiso para tirar unos tiros, pero el Moro y el resto del grupo se opusieron. No querían arriesgarse más, aunque la escena no fuera perfecta y seguir adelante con la película a pesar de los inconvenientes. Ya habían querido controlar el guión y les dijimos que no estaba escrito, la verdad, pero no nos creyeron, porque decían saber que una película no se puede improvisar. Vinieron a la filmación de las primeras escenas, se pudrieron de estar al pedo cuando ensayábamos o preparábamos las cosas. Dejaron de venir y se conformaron con la explicación del argumento. El Turco les pidió que nos dejaran tranquilos. Yo me hago responsable, dijo, después de escuchar el discurso del comisario advirtiendo que todo el país debía someterse a los controles de seguridad, incluyendo la Secretaría de Cultura. Al Turco le dijimos que si sabía el argumento de antemano no le iba a encontrar sabor, por falta de sorpresa y también quedó conforme. El Moro no habría consentido, ni nosotros tampoco, que nadie nos molestara insistiendo una vez más sobre los temas que podían o no podían filmarse, como si no lo supiéramos ya. El Moro sacó el rollo de la cámara, lo envolvió con papel de aluminio y lo guardó en la cajita.

—Enano, dame otro rollo —dijo.

Nadie se movió ni dijo nada.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está el enano?

Ya no estaba a nuestro lado. Desapareció sin abrir la boca, sin dejarnos saber por qué tanto misterio, pero al ver que el Moro se agarraba la cabeza y empezaba a putear se nos hizo evidente que había metido la pata.

—¡Lo voy a matar, hijo de puta! ¡Lo voy a enterrar de cabeza para que no haga más daño! ¡Hijo de puta!

Nada menos que al Moro se le ocurrió que Patita e’ropero fuera el productor. Se lo advertimos, pero dijo que lo iba a sacar bueno, así le costara la salud y todo el tiempo del mundo. Que se ocupara de proveer corriente a las lámparas, que iluminara la escena, que ubicara las pantallas de tela blanca, vaya y pase, no era cosa del otro mundo, pero darle además la producción nos había parecido una idea descabellada. ¡Al Patita e’ropero, el más distraído del grupo! La de las ramas verdes no fue la primera trastada que se mandó, como no sería la última olvidarse de traer otro rollo para filmar la salida de la fábrica. Eso de esconderse no era nuevo. Esperaba que nos relajáramos y cuando estábamos hablando de cualquier pavada se aparecía como si tal cosa. No soportaba que le dijéramos nada, una palabra de más era bastante para deprimirlo. Optábamos por menear la cabeza, más divertidos que coléricos, como que no importaba demasiado el tiempo que nos llevara filmar esa película.

—Bueno —le dijo el Moro—, espero que mañana no pase lo mismo.

Patita dijo que no con la cabeza.

—Vamos a llevar éste a revelar y de paso compramos cuatro o cinco. Los vas a tener siempre en un bolsillo, ¿estamos?

Dijo que sí.

La tarde estaba perdida. El Turco abría a las cuatro, no había forma de repetir porque los muchachos tenían hambre, los esperaban con comida caliente y vino fresco. Cuando vimos desaparecer las bicicletas en la ochava creo que todos sabíamos que esa escena no se volvería a filmar. Quedábamos a merced de la suerte, de que todo hubiera salido más o menos y el rollo no volviera con fallas en el color. En fin, de que no se perdiera en el trayecto a Buenos Aires como había pasado alguna vez. Guardamos todo y nos fuimos a echar a la sombra de los árboles, frente al laguito, a un costado de la escalinata que baja por el barranco hasta la orilla del agua. No queríamos ir a casa para no quedarnos dormidos. Allí, como otras tardes, nos íbamos a enterar de lo que el Moro tenía previsto para el día siguiente. Después de un rato se le soltaba la lengua y contaba sus proyectos, babeándose como si la película estuviera lista, como si ya la hubiéramos proyectado en el cine del gringo Magistrello o en el microcine del Centro Comercial.

—Yo quiero hacer películas de acción, con mucha acción, como es la vida —dijo una vez—. No la de este pueblo de mierda, la vida en serio. San Tito es como un estanque, como este lago artificial. ¿Y qué es un estanque? Agua podrida. No, la vida es como un río: pura turbulencia, movimiento puro. Yo lo sé porque estuve en otras partes. Ibáñez también sabe y dice lo mismo en un poema:

A veces me han negado tu destino de cordura
divina y suave y fresca a un tiempo
para bien o para mal de las fronteras.
Y yo te he defendido.
Mano susurrante
espejo de verdores y de espectros
—rubio negro o rojo según cuente la historia.
Talla de piedras madre verdadera
lavandera de progresos.
Súbita brújula que apunta eternidades
sé por seguirte armado con la muerte
que no te detienes camino de la vida.
Más que sal y amor y peces yo pidiera
no te dejes domar por las quietudes
no me pueda olvidar de tus excesos.

El Moro hablaba siempre con Ibáñez. En general, al grupo, nos daba poca bola, pero con él tenía buena relación. Desde que vino a vivir a San Tito creó la expectativa de que era un tipo diferente. Por la forma de vestir, de hablar, su barba, lo poco que sabíamos de él, como que a la cana no le gustaba su presencia en el pueblo, nos fascinaba, tanto como escuchar la lectura de algún poema suyo que nos llegaba por el Moro. No sabíamos si eran buenos o malos. Nos deleitaba saber que el forastero hermético era una persona sensible que en nada se parecía a un empleado de banco. Lo respetábamos, a pesar de que no había querido colaborar con nosotros.

—Traté de convencerlo —dijo el Moro—, pero no hay caso. Le dije: largá la lapicera, Ibáñez, agarrá la cámara. El cine es el arte del siglo veinte, entendelo. Vos te quedaste en el diecinueve. Después me da bronca porque se ríe, dice que tengo razón, pero se ríe. ¿Qué quieren que haga?

Cuando yo le decía de la importancia de hacer bien el guión me contestaba lo mismo, que yo seguía en el siglo diecinueve, me hablaba del lenguaje cinematográfico, del poder de la imagen, de todo lo que nace cuando el artista improvisa. Nunca nos pusimos de acuerdo y manteníamos un término medio de lo que cada uno aportaba. El Moro tenía una idea, la contaba al grupo y yo trataba de armarla, en algo parecido a un guión que nunca pasaba de ser un boceto. Después filmábamos, sin orden, cambiando el significado de la escena, de los personajes y casi siempre también de la película. Por eso nunca sabíamos lo que se iba a filmar al día siguiente.

—Mañana podemos hacer: o la escena de la violación o la escena de la meada poética. Hay que ver si el Fuin está disponible. Vos, Margarita, ¿cómo estás para dejarte violar?

—Y… bien.

—Tenés que ponerte un vestido blanco. Avisale a tu mamá que lo vas a ensuciar para que no se enoje.

—Tengo uno de jersey. ¿Sirve?

—Uno sensual tiene que ser.

—Tiene el escote hasta acá.

—Ese. Ponételo sin corpiño.

—Bueno.

Ella siempre estaba dispuesta. Dejó la secundaria porque la habían convencido de que no le daba la cabeza. Empezó a trabajar en el negocio del padre. Escuchaba los discos, grababa los temas que se adaptaban a tal o cual escena, nos traía cassettes cuando filmábamos sin sonido directo y a veces, cuando las ventas crecían, a principio de mes, aportaba dinero para pagarle los rollos al Turco. Era la estrella de todas las películas que habíamos comenzado. La flaca hizo de buena, de mala, de loca reventada y de virgen, según se le pintaran los labios y se insinuara o no la hermosa pechuga que le inflaba su musculosa. El mejor de sus trabajos fue el de virgen, cuando hicimos el corto en el aniversario de una capilla rural. Jesús y María devenían seres reales que abandonaban el templo junto a los hombres y mujeres del campo y los acompañaban a hacer sus tareas en la tierra, con el fondo musical del Aleluya de Giovanni Pergolesi. Era enorme la alegría de esa gente cuando se vio junto a Jesús y la virgen ordeñando las vacas, arrojando las semillas o alimentando a los puercos, después sentados a la mesa y al final, dormidos entre sábanas impecables, recibiendo la bendición. Cuando encendieron las luces del Centro Comercial un aplauso atronador saludó ese producto que nos presentaba en sociedad. Me quedé con ganas de capturar el rostro de los campesinos, en la oscuridad de la sala, esa maravilla de risas y ojitos brillantes que se grabó en las retinas de todos nosotros, un certificado de existencia que nos confirmó en el camino elegido. Esa fue la tercera película que empezamos y la única que vimos terminada. La primera, Historia de una prostituta, estaba inconclusa porque los rollos donde Patita e’ropero dejaba su virginidad, entre las piernas de Margarita, jamás volvieron de Buenos Aires. La segunda, Las malas vecinas, quedó en el carretel: en todas las secuencias aparecimos sin cabezas. Del Moro fue la idea de que Patita manejara la cámara y así nos fue, ni ganas quedaron de empezarla otra vez. La cuarta, sin título, donde Margarita hacía de buena y era la esposa de un metalúrgico —el Fuin—, quedó sin la escena del pan, donde el niño lloraba y los padres alegaban, alrededor de los platos vacíos, contra la mala suerte de tener un salario tan bajo. Esta vez el problema fue con el color: llegaron los rollos desteñidos, como quemados por un ácido que no era el adecuado para tratar la emulsión. Si aquella noche en el Centro Comercial no nos hubieran aplaudido a rabiar, el quinto, el policial, el primer largometraje encarado por el grupo habría terminado en las ruedas de una moto que el Moro pensaba pagar con la venta de la filmadora. Quién sabe, en una de esas, noche mediante, se habría mandado a mudar otra vez.

Mis flores negras y otras indecencias

Tomado del libro de cuentos
Mis flores negras y otras indecencias, Ilíada Ediciones, 2022

Walter Lingán. Nació en San Miguel de Pallaques (Cajamarca). Sus años de infancia transcurrieron en su tierra natal pero también en medio de la exuberante selva amazónica, a orillas del río Utcubamba compartiendo aventuras con la etnia Aguaruna. Antes de cumplir los 12 viajó a Lima, donde estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y participó en publicaciones periodísticas vecinales de los distritos limeños de Collique y Comas. Desde 1982, reside en Colonia (Alemania) donde estudió Medicina y trabaja en un hospital. Colabora con la revista alemana “ila” (Bonn). Así mismo integro el grupo ALA (Autores Latinoamericanos de Alemania). Ha publicado los libros A medianoche, en la eternidad, Mi corazón simplificado piensa en tu sexo, Un cuy entre alemanes, Koko Shijam, el libro andante del Marañón, La mansión del Shapi y otros cuentos, Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora / Ich höre unter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive, La danza de la viuda negra, Un pez en el ojo de la noche, Los tocadores de la pocaelipsis, El lado oscuro de Magdalena, Por un puñadito de sal, El espanto enmudeció los sueños y La ingeniosa muerte de Malena.


Mis flores negras

El otro primer amor fue su maestra de Castellano. Cursaba el segundo año de secundaria. Ella era un “terroncito de azúcar morena”; con el cabello corto que ni el viento se atrevía a despeinarla. Como todo muchacho mañosito se fijó en sus pechos y en sus piernas. Su culo redondo, paradito, le hacía perder la calma.

Hasta que llegó diciembre. Los alumnos del quinto año organizaron la fiesta de promoción en los salones de la municipalidad. Ellos confianzudos tuteaban a la maestra de sus amores. Eran altos, algunos fornidos y muy atrevidos. Ella pidió que pusieran en el tocadiscos Mis flores negras de Julio Jaramillo. Uno de los muchachos la sacó a bailar. Le puso la mano en la cadera, la pegaba a su cuerpo a los vaivenes del ritmo. El desasosiego de Fernando Pessoa empezó a ocupar su alma de adolescente enamorado. Los otros también bailaban con ella, y ella cada vez más coqueta, más liviana, más hermosa, y el muchacho hirviendo por la cólera.

En un arranque de celos se levantó, fue hasta la mesa y levantó la aguja del aparato que reproducía la música de un LP de 33 RPM. Salió corriendo del lugar. Llegó a casa carcomido por una pica maldita. Arrequinta de rabia cuando recuerda aquella fiesta de promoción en esa fluvial ciudad amazónica, pero ahora ya sabe que Fernando Pessoa es un escritor portugués.


Soledad

El primer día de clases, en la ruta hacia el colegio, Ricardo se encontró con Soledad. Entrecruzaron la primera mirada y, sin hablar, siguieron por un camino que pretendía ser una gran avenida. Ella era alta, delgada, hermosa, con el uniforme blanco-azul bien planchado, los zapatos negros espejeando.

Ricardo iba metido en sus pensamientos de serranito, recordando su aldeíta y sudando a chorros en medio de ese mar de montes y ríos cholazasos: el Utcubamba y el Marañón. El colegio tenía varias aulas repartidas en dos pabellones con techo de calamina y eternit. En la repartición del alumnado a Soledad y a Ricardo les tocó compartir el salón.

Ricardo se enamoró de Soledad cuando le ganó en la carrera de cien metros planos y en salto alto, desde ese día le hacía sus dibujos y le ayudaba en las tareas escolares. La madre de Soledad, al verlos ocupados en sus menesteres de colegiales, decía: “Qué lindos los novios”. El rostro de Ricardo se incendiaba, Soledad no decía nada, levemente sonreía. Ricardo creía que la madre de Soledad podía leer los pensamientos, entonces pensaba en los problemas de álgebra para simular la erección del cateto al cuadrado.

Cuando Ricardo viajó a Lima se despidió de Soledad y por primera vez mezclaron sus labios, sus lenguas, sus brazos; sus manos desesperadas se enredaron en sus muslos y caderas. La muchachita levantó su falda, abrió su blusa, se sentó en las piernas de Ricardo y colgó todas sus rosas en los labios del muchachito.

Estando en Lima Ricardo se enteró que Soledad se había enamorado de un joven pecoso y alto como ella. En esa ocasión Otelo asomó con su destructora desesperación, pero llegado el tiempo del reencuentro sus cuerpos desnudos contaron historias de amor y desamor en todas las poses del Kama Sutra.


Trágicos sucesos

Ulises salió con toda su gordura y avanzó desde la escalera con paso cansino, elegante, ronroneando rozó las sabrosas y tiernas piernas de su mujer que le pedía, exactamente en esos momentos, que la escuche. Nuestro amor se ha ido al carajo, le manifestó, se ha convertido en una ficción. Guillotinado por tremenda realidad, Mario cerró el libro de James Joyce cuando iba a empezar el tercer capítulo. Angelika abandonó el dulce hogar llevando una graciosa maletita bamboleando en su mano, y la cama, desde esa noche, sin metáforas, fue solo para Mario.

En otra oportunidad Mario abrió el libro del dublinés, pero una llamada de la clínica le puso al tanto del aparatoso accidente automovilístico que había sufrido su hijo. Por suerte solo se había fracturado una clavícula y algunos rasguños en el resto del torso y el rostro. Mientras tanto ya había escuchado decir a mucha gente, incluidos muchos escritores, que Ulises es un libro de difícil lectura. Un tiempo después, Mario sacó el susodicho librito del estante, se sentó en su sillón Voltaire, en ese instante su compañera de turno le avisó que su perro acababa de expirar. Monika se pasó toda la tarde llorando y Mario bebiéndole sus lágrimas, baboseando su lindo rostro como perrito callejero.

Hace unos días, una de sus colegas e hipotética novia le dijo vehemente, Tienes que leer Ulises, estoy segura de que te va a fascinar. Y desplegando todas sus artes femeninas de lectora experimentada sus carnosos labios sentenciaron, Mientras avanzas y devoras sus páginas vas a descubrir sus propósitos y propuestas literarias. No me atrevo, contestó, y la besó “ipso pucho” a pesar de estar rodeados de amigos y desconocidos, abrazados por el estridente ruido de las calles de Viena. Esa noche, en casa, de nuevo intentó leer la famosa novela, en eso sonó el timbre y era su vecina, una joven eslovaca muy hermosa, solicitando ayuda porque su madre había perdido el conocimiento. Un síncope había puesto a la anciana al borde de un eminente colapso. Abrazado a la ternura de su vecina amaneció cantando, así de perro es el amor. De esta manera, de tragedia en tragedia, va postergando la lectura de Ulises y aunque digan que no leerlo es perder el corazón, Mario no se arrepiente.


Sed nocturna

Así fue que empezaron papá y mamá / y ya somos catorce y esperan más / tirándose piedritas en la quebrá / así se enamoraron papá y mamá… Escuché esta canción y recordé a mis padres. Mamá fue entregada a papá como quien se entrega un mueble para la casa. Supongo que mamá nunca estuvo enamorada de papá sin embargo cumplió con el rito de concederle catorce hijos a un ritmo casi bianual. Papá no era malo, en todo caso, era bien parecido, alcalde de la ciudad y tenía una profesión que despertaba la admiración de la gente del pueblo donde vivía. Sabía contar historias con humor, sarcasmo y también con mucho realismo feroz. Una noche contó que el abuelo, en las alturas de San Miguel de Pallaques, tuvo sed, pero, como estaba dormido, no pudo levantarse en busca de agua. Entonces su cabeza se desprendió y se fue a beber agua a un pozo muy cerca de la casa. Al regresar no pudo pegarse de nuevo al cuello del abuelo, porque la abuela curiosa ante los estruendosos ronquidos del viejo encendió la vela y vio el cuello tronchado de su marido. La viejita se desmayó por la impresión, pero la cabeza, asustada, salió disparada, no se fijó bien en el camino y se quedó enredada en unas zarzamoras. Un vecino noctámbulo al descubrir la cabeza marcó la frente con una cruz usando barro del camino. Al día siguiente, como de costumbre, el abuelo, que en la madrugada había recuperado su cabeza, se levantó a desayunar quejándose de extraño dolorcillo en el cuello y la abuela se percató del símbolo pintado en la frente. Desde ese momento supo que a su marido sólo le quedaba un año de vida. Y así fue.

Anoche en mis sueños tuve mucha sed y desperté con un terrible dolor en el cuello. Así fue que empezaron papá y mamá / y ya somos catorce y esperan más / tirándose piedritas en la quebrá / así se enamoraron papá y mamá…

Las vaquitas son ajenas

Tomado de la novela homónima
Las vaquitas son ajenas, Ilíada Ediciones, 2023

Jorge Guasp. Nació en Buenos Aires. Es Técnico Forestal (Argentina) y Máster en Gestión Ambiental (España), y ha trabajado en gestión de bosques y conservación de la naturaleza. Realizó cursos sobre escritura creativa, y ha editado en España los libros ¿Dónde está mi Felicidad? (2012), El Huemul (2015), Sabiduría Natural (2016), y Ni Blanco, ni Negro (2021), en los que aborda aspectos sociales bajo la perspectiva de la relación del hombre con la naturaleza.


Capítulo 1

Ley Nº 21.499
(Argentina, 1977)
Régimen de Expropiaciones

ARTICULO 1º.- La utilidad pública que debe servir de fundamento legal a la expropiación, comprende todos los casos en que se procure la satisfacción del bien común, sea éste de naturaleza material o espiritual.

ARTICULO 4º.- Pueden ser objeto de expropiación todos los bienes convenientes o necesarios para la satisfacción de la «utilidad pública», cualquiera sea su naturaleza jurídica, pertenezcan al dominio público o al dominio privado, sean cosas o no.


Capítulo 2

EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA EN ACUERDO GENERAL DE MINISTROS DECRETA:

ARTÍCULO 1º.- Dispónese la intervención transitoria de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. por un plazo de SESENTA (60) días, con el fin de asegurar la continuidad de las actividades de la empresa, la conservación de los puestos de trabajo y la preservación de sus activos y su patrimonio.

ARTÍCULO 2º.- Desígnase en el cargo de Interventor de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. al señor Darío González, y en el cargo de Subinterventor al señor Luciano Gómez.

ARTÍCULO 3º.- El Interventor tendrá las facultades que el Estatuto de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. le confiere al Directorio y al Presidente de la empresa, y en caso de ausencia del Interventor, dichas facultades serán ejercidas de pleno derecho por el Subinterventor.

ARTÍCULO 4º.- Dispónese la ocupación temporánea anormal de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. en los términos de los artículos 5759 y 60 de la Ley N° 21.499 por el plazo previsto en el artículo 1°.


Capítulo 3

—Buen día. Busco al señor Elpidio Peredo.

—Sí, soy yo.

—Mucho gusto. Mi nombre es Darío González. Vengo a hacerme cargo.

El hombre le tendió la mano. Elpidio atinó a estrecharla, pero luego se arrepintió.

—¿A hacerse cargo de qué?

—De la empresa. Soy el Interventor.

—A cargo de la empresa estoy yo, hace más de veinticinco años. Y antes estuvo a cargo mi padre, y mi abuelo, que la fundó. 

—Entiendo. Pero ahora a la empresa la va a manejar el Estado. Está intervenida a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia del Presidente…

—Lo sé —se apresuró a decir Peredo, interrumpiéndolo. 

—En estos días entrará en el Congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y esperamos que se apruebe muy pronto. Después de la aprobación, la empresa ya no será suya.

Elpidio experimentó un vahído, y sus brazos se aflojaron de improviso. Retrocedió hasta que sus manos encontraron los apoyabrazos de un sillón, sobre el cual se dejó caer. El rostro del anciano se volvió lívido.

—Permiso —dijo González, antes de entrar, cerrar la puerta y sentarse en un sillón individual.

La oficina tenía un amplio ventanal con vistas a gran parte de la ciudad. El escritorio del Presidente era de madera maciza, sobrio y bien conservado. Un cuadro abstracto ocupaba parte de la pared del fondo, mientras que la opuesta a la ventana estaba cubierta por estantes sin puertas, que contenían libros y esculturas pequeñas.

—Señor González —dijo Elpidio, sin mirar al Interventor y luego de pasarse una mano por el rostro—. No tengo inconveniente en compartir con ustedes los balances, los inventarios, los informes veterinarios sobre el ganado, los planos de las instalaciones, los informes de catastro de los campos, los estados de cuenta… Pero esta oficina es mía, y le pido por favor que me deje trabajar en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el hombre elevó la mirada y contempló a González con una mezcla de disgusto y cansancio.

—Le agradezco su buena predisposición, señor Peredo. Nosotros hemos hecho todo lo posible desde el Estado para que la empresa cumpla con sus acreedores, y rinda cuenta del destino de los créditos que le ha brindado el Banco Nacional. Pero los plazos se agotaron. El gobierno decidió intervenir la empresa y enviar al congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y nos vemos en la obligación de hacernos cargo de la corporación, para salvaguardar los intereses del pueblo.

—¿Los intereses del pueblo? La nuestra es una empresa privada, que salvaguarda sus propios intereses. No estamos al servicio del pueblo sino de nuestros trabajadores, socios y clientes. Y en todo caso, servimos al pueblo a través de nuestros impuestos, que pagamos religiosamente, y también de la carne que producimos.

—Lo sé, señor Peredo —dijo González, mientras asentía con la cabeza—. El problema es que… les deben dinero a varias cooperativas agrícolas, a los trabajadores y a algunos proveedores de maquinaria; y también al banco, por cierto.

—No lo niego. Usted comprenderá que, en este país, la carga de impuestos es cada vez más alta; y nosotros dependemos del mercado. Cuando se cierra la exportación y no podemos vender carne, afrontar nuestros compromisos no nos resulta fácil. Sin embargo, estamos en una convocatoria de acreedores, y honraremos nuestras deudas en cuanto podamos.

—Me temo que ya es tarde, señor Peredo. Se han cumplido todos los pasos y plazos legales. Y estamos a punto de declarar de utilidad pública a la empresa…

—¿De utilidad pública? —lo interrumpió irritado Peredo, al tiempo que se ponía de pie—. ¡De utilidad pública es un terreno por el que pasa una autopista, a través de la cual puede circular todo el mundo! —Peredo blandía su mano derecha, con su dedo índice extendido de modo admonitorio—. ¡Utilidad pública significa bien común!

Elpidio se desplazó de un lado a otro de la oficina, visiblemente nervioso, y evitó la mirada de su interlocutor. González también se puso de pie, y aseguró:

—Exactamente, señor Peredo. Utilidad pública y bien común son sinónimos. Nosotros venimos a revertir lo que cantaba el gran Atahualpa Yupanqui, en “El Arriero”: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». En un país donde el asado es un símbolo, vamos a trabajar para que todos y todas tengan acceso a un trozo de carne a precio razonable. Las vacas son, para este gobierno, de utilidad pública.

—Pero… ¡los campos donde se crían las vacas son míos! ¡Las pasturas las sembré yo! Yo les pago a los veterinarios que mantienen la sanidad de los animales. Yo pago las vacunas y remedios, los fertilizantes para el suelo, las semillas, los productos fitosanitarios, los sistemas de riego…

El rostro rubicundo de Peredo sudaba con intensidad. Sus manos se agitaban en el aire, revelando un esfuerzo por manejar sus emociones. Sus pasos eran cortos y nerviosos, como si quisiera escapar del lugar, pero no supiera hacia dónde dirigirse.

—El suelo donde crecen las pasturas, señor Peredo, y sobre el cual pastan sus vacas, es argentino. El agua subterránea es de todos y todas. Y, dicho sea de paso, sus campos son un latifundio. ¿Le parece justo que usted tenga miles y miles de hectáreas, mientras otros viven en un departamento y no tienen ni siquiera un balcón donde poner una maceta con una planta?

—¿Y es justo que ustedes se queden con una empresa que fundó mi abuelo, y que se mantiene gracias al trabajo de decenas de personas? ¡Lo que tenemos lo hicimos trabajando! ¡Creamos puestos de trabajo, compramos maquinaria nacional, exportamos y traemos dólares! Bueno, lo hacíamos hasta que llegaron ustedes, y prohibieron las exportaciones —Peredo se detuvo frente a su escritorio, contra el cual descargó un golpe con la palma de su mano—. ¡Ustedes se enriquecen a costa del trabajo de los demás, y usan nuestro dinero para hacer política! ¡Malditos!

Peredo llevó de improviso sus manos al pecho, y cayó sobre el escritorio. González atinó a ayudarlo, pero desistió de inmediato; abrió la puerta, salió al hall y exclamó:

—¡Necesito ayuda, por favor! ¡El señor Peredo se desmayó!

«¿Qué pasó?», preguntó una mujer que limpiaba el piso del hall central, y antes de obtener respuesta, corrió a llamar a la puerta de una oficina ubicada al final de uno de los pasillos. González regresó al recinto en que se hallaba Peredo, y lo encontró apoyado de costado sobre el escritorio, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Abandonó de nuevo el lugar y se topó con una mujer rubia, que acababa de salir de su oficina con una carpeta bajo el brazo.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted?

—Se cayó el señor Peredo. Creo que se desmayó.

La mujer lo miró de soslayo, y caminó tan rápido como sus zapatos de taco alto se lo permitieron. González la siguió. Entraron en la oficina. La mujer se acercó a Peredo, le colocó una mano en el pecho y luego en la garganta, y a continuación se volvió a mirar a González.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Antes de que González respondiera, la mujer extrajo un celular y marcó un número.

—Hola, ¿Lucre? Soy Magdalena. Lucre… ¡Elpidio se desmayó! Tengo miedo de que sea un infarto; él ya tuvo un par de operaciones del corazón. Por favor, mándame urgente la ambulancia. Lo más rápido posible; si fue un infarto, el tiempo es clave. Gracias.

La mujer se acercó una vez más al cuerpo de Peredo. Quiso moverlo, pero no pudo. González le ofreció ayuda; ella la rechazó con la mano, en un gesto desdeñoso.

—¡Elpidio! —exclamó la mujer, mientras le asestaba golpecitos con las palmas de las manos en el pecho—. Ay, si al menos supiera hacer reanimación. ¿Por qué no habré hecho ese maldito curso?

Mientras intentaba reanimarlo, la rubia se volvió a mirar a González una vez más, por encima del hombro, y dijo:

—Aún no me explicó qué pasó, y qué hace usted aquí.

—Soy… el interventor. Mi nombre es Darío González.

—¿Interventor de qué?

—El Interventor de la Corporación Ganadera.

La rubia comprendió que sus rudimentarias maniobras de reanimación eran estériles, y se alejó de Elpidio, que seguía inmóvil. Se cruzó de brazos frente a González, y le dirigió una mirada desafiante.

—No sabía que se hubiera vendido la empresa; nadie me dijo nada.

—No se vendió; está intervenida, y se va a expropiar a través de una declaración de utilidad pública.

—Ah, ahora entiendo —dijo la mujer, mientras se sentaba en una silla—. A usted lo puso el gobierno, ¿no? Los demás trabajan y se esfuerzan para crear y sostener empresas, y ustedes se quedan con ellas.

—No creo que hayan trabajado mucho —comentó González, mientras caminaba por la oficina con sus manos en los bolsillos—. Si fuera así, no tendrían deudas con empleados y proveedores.

—¡Qué fácil es juzgar los negocios desde el Estado! Usted no tiene idea de lo difícil que es sostener una empresa ganadera, más aún con un gobierno como este, que estigmatiza al campo, lo persigue, le impide exportar y lo ahoga con impuestos. Me pregunto cuánto perdería esta empresa si la administrara el Estado; aunque espero que eso no suceda nunca.

—Ya sucedió, y por eso estoy aquí.

—Acaba de llegar, y ya provocó un infarto. ¿Se imagina lo dañino que puede ser usted en un par de meses?

—Dañinos son ustedes, que tienen miles de hectáreas y sin embargo no le pagan a nadie. Y si este viejo tuvo un infarto por discutir conmigo, eso prueba que ya no está en condiciones de dirigir la empresa. Aquí se necesita gente joven, con empuje —replicó González, antes de hacer una pausa, y agregar—: ¿me traerías un café, por favor? No alcancé a desayunar.

—No soy tu empleada, peroncho.

Sonó el teléfono; la mujer atendió de inmediato.

—Hola. Ah, buenísimo. Que suban, por favor. Elpidio no reacciona.

—No te preocupes —observó González—. El café puedo prepararlo yo mismo. ¿Hay alguna cafetera aquí?

Magdalena no respondió. Llamaron a la puerta; ella se apresuró a abrirla. Un médico saludó, y entró seguido de dos personas que llevaban una camilla; auscultó con rapidez a Elpidio, y de inmediato les pidió ayuda a los camilleros.

—Bajémoslo con cuidado al piso.

Depositaron el cuerpo sobre una alfombra. El médico se arrodilló, y le practicó reanimación cardiopulmonar. Tras una serie de maniobras, Elpidio volvió en sí.

—Cárguenlo en la camilla —ordenó el médico; luego se volvió a mirar a Magdalena, y agregó—: lo voy a internar para control. Hizo un paro. ¿Tuvo algún problema o discusión con vos?

—Conmigo no. Con este hombre —dijo ella, señalando a González con la mirada—. El gobierno quiere quedarse con la empresa, y lo mandó a él.

González no dijo nada. El médico lo escrutó, y dijo con voz pausada y calma:

—Estas cosas son delicadas, amigo. El gobierno no tiene por qué meterse con las empresas. En el medio hay personas, que llevan generaciones luchando para conseguir lo que tienen. Hay que ser más cuidadoso.

Los camilleros se llevaron a Elpidio.  El médico dio un par de pasos en dirección a la puerta, y después se detuvo:

—Te mantendré informada, Magdalena —aseguró, mientras le palmeaba un hombro.

—Gracias, doc. Voy a llamar al hijo de Elpidio para avisarle. No quería preocuparlo, pero creo que es mejor ponerlo sobre aviso. ¿Lo internarán en su clínica?

—Sí. Por ahora prefiero que no lo vea nadie, hasta que le hagamos los estudios y sepamos la gravedad del caso.

—Entiendo. No se preocupe. Gracias por venir enseguida.

El médico sonrió fugazmente, y se retiró detrás de los camilleros. Magdalena marcó un número en el celular.

—Hola, ¿Fausto? Soy Magda. Tuvimos un problemita con tu papá. Está bien. Ya lo reanimaron y acaba de llevárselo el doctor Albarracín. Lo van a internar en su clínica. Tuvo un infarto.

Magdalena escuchó la respuesta de Fausto, mientras miraba a González de manera aviesa.

—Mandaron a un interventor del gobierno a hacerse cargo de la empresa. Discutió con tu papá por ese tema. Imaginate que a mí me pidió un café; como si fuera mi jefe —Magdalena hizo una pausa para escuchar, y después dijo—: No, no vale la pena que vengas. Ya tenemos bastante con tu papá. Yo me encargo, gordo. En serio, no te preocupes. Ocupate ahora de Elpidio. Te aviso cuando tenga novedades. Un abrazo.

Magdalena cortó la comunicación, guardó su teléfono, y contempló a González, que continuaba paseándose de un lado a otro de la oficina, y se detenía ocasionalmente para escrutar los lomos de las carpetas y libros que colmaban la biblioteca.

—¿Usted tiene alguna orden para irrumpir así en la empresa?

—Por supuesto. Soy el interventor designado por el gobierno, y estamos enviando al Congreso el proyecto de Ley de Declaración de Utilidad Pública de la empresa. Cuando se apruebe y salga la sentencia judicial que fije la indemnización, pagaremos lo que corresponda y expropiaremos la empresa.

Pagaremos. Tiene razón. Esto le saldrá muy caro al pueblo argentino, y lo pagaremos entre todos.

—Escuché que te llamás como mi madre: Magdalena —comentó Darío, sonriendo—. Y veo que tenés carácter, como ella. Solo te pido que colabores. Nuestro proyecto está destinado al bien común. Estamos reemplazando el lucro de una corporación por beneficios para todos y todas. Se trata de una causa noble y justa, a la que vale la pena sumarse.

—Para mí, una causa justa es que le permitan a la empresa dirimir sus asuntos legales y económicos por sí misma, sin inmiscuirse en ellos. Soy secretaria ejecutiva de esta empresa hace diecisiete años. Hemos pasado por etapas buenas y malas. Pero siempre luchamos juntos para salir adelante.

—Exacto, esa es la idea: que luchemos todos juntos, pero no para el capital sino para el pueblo. Vamos a necesitar de tu experiencia, así que esperamos contar con vos.

—¿Cuál es su nombre?

—González. Darío González.

—Señor González… Esta charla es estéril. Le pido por favor que se retire, y me deje trabajar en paz. Tengo muchos asuntos pendientes: acreedores, redes de distribución de carne, trabajadores, impuestos, y mucho más.

—Yo me voy a quedar aquí, Magdalena. Este es ahora mi lugar de trabajo. En un rato llegarán más compañeros, y haremos un acto inaugural.

—Entonces tendré que llamar a la policía.

Tres en una taza

Tomado de la novela homónima
Tres en una taza, Ilíada Ediciones, 2023

Froilán Escobar (San Antonio de los Baños, Cuba, 1944) Escritor, periodista, investigador. Licenciado en Periodismo y Máster en Comunicación Política. Multipremiado autor de periodismo, crónicas, ensayos y literatura, entre sus obras publicadas destacan: La vieja que vuela (Cuba, 1993; Argentina, 1997), El año que estuvimos en ninguna parte (1994, con ediciones en México, Francia, España, Argentina, Italia, Portugal, Brasil, Alemania, Japón y Turquía); Martí a flor de labios (Cuba, 199; Costa Rica, 2008), El patio donde quedaba el Mundo (Colombia, 1997), Largo viaje de ceniza (España, 2001; México, 2007); Ella estaba donde no se sabía (Costa Rica, 2006), La última adivinanza del mundo (Costa Rica, 2009), Tres en una taza (Costa Rica, 2016, novela finalista del premio Herralde) y Borges, el hombre que no sabe morir (Argentina, 2021).


Ocurre.

Ahora.

La ciudad se me va. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar para cerciorarme de lo que está ocurriendo. Los abro para perseguir el angustiado aleteo de un ave migratoria a la que se le está acabando el cielo, porque también el cielo se cae a pedazos en este inesperado crepúsculo. Y los cierro para que en su escape continúe vuelo dentro de mi cabeza. Hubiera querido, como Tu Fu con el río Wu-sung, recortar con un par de afiladas tijeras un pedazo de la ciudad para llevármela conmigo. Pero a pesar de lo inaudito del contacto, no logro impedir que las cosas se me vayan. El ave migratoria se me va, los pasos que doy, las caricias, las casas, las calles, los amigos, los parques con sus árboles redondos, las palabras, incluso, con las cuales comparto esta precaria existencia, se marchan de mí sin que pueda detenerlas.

—Coño, esto se está quedando vacío, grito en voz baja, para que no me oigan.

Era solo el comienzo. Solo el comienzo. Aún faltaba mucho para que llegara el mañana prometido, el futuro que se presuponía, pero ya la gente estaba yéndose. A diario. En avalancha. ¿Tú también te vas?, me preguntó visiblemente angustiado un amigo con el que me encontré cuando atravesaba el Parque Central. No, ¿y tú? Era la pregunta obligada. Porque, poco a poco, todos se iban. Abandonaban la ciudad. Se valían de cualquier medio de transporte. Una lancha, una balsa, un salto de garrocha, un ataúd incluso. Tenía la sensación de que la gente y los edificios que uno todavía podía ver o que me pasaban por el lado, no eran más que las últimas representaciones configuradas por las propias palabras de los que se despedían. Me estaba quedando solo en La Habana. 

Sentí desesperación. Desasosiego. Sentí que mis pies también querían zarpar de mis zapatos. Y, en medio del tropel, sentí la ambulancia que ya había salido a buscar a Lezama, allá en la calle Trocadero 162, donde él, sentado en su sillón, alargaba el rostro como si pronunciara una conclusión final: Ya estamos en el orden de la revelación. El mandato que se oye es de marcharse o de quedarse solo. Sus palabras gongoriaban, sonaban con sonoras soledades. La realidad en que estábamos se estaba yendo a pedacitos. Pero me negaba a aceptar que se fuera. Me dolía. No quería. Era, tengo que decirlo, un poderoso resplandor. Antes de que llegara este tiempo, yo solo había podido soñar con ser mensajero de botica. Un sueño, para un hijo de carpintero, constituía un trámite imposible. Pero no había otra salida entonces. Inventarse esas clarividencias era la única posibilidad. Mi padre también lo había hecho así desde su infancia. La vida estaba en otra parte. Lejos, supongo. Teníamos los pies puestos sobre una neblina. El sueño era la dimensión esencial de los que estábamos obligados a estar fuera del mundo.  Detrás de ese querer no había nada. Y sin ese querer yo no era nada. Solo un niño que pretendía llegar a ser mensajero de botica o, de lo contrario, seguir siendo un rumiador de lo que no teníamos, porque ya no teníamos de donde agarrarnos, cuando la realidad llegó grande a manifestarse. Fue una experiencia anonadante que nos dejó balbuciendo claridades. Por primera vez éramos propietarios de lo que estaba delante de la mirada de los ojos. A golpes de alegría fabricábamos hechos y significaciones. El alibi no era otro lugar, como se suponía, sino este lugar, el mejor lugar. Nos sirvieron la vida en plato grande y con muchas cucharas para todos. Tenía sabor a sueños de manjares. Oía el tintinear dulce de las palabras como ilusionaba que debió oírlas Cervantes cuando escribía el Quijote. Por eso ahora corría de un lado para otro tratando de aguantar lo que se iba. No, no puede ser, me decía. No puede acabarse. El viento no puede llevárselo todo. Antes no había mundo para mí. No tenía pie puesto siquiera sobre uno de sus pretiles. Ahora que he visto el mundo, no sé cómo decirles a mis ojos que busquen otra manera de mirar, me decía. Pero ya los peros se juntaron con los sin embargos. Aquí llegamos, aquí no veníamos. Se va y se va, y no vuelve más, cantaba un alguien, una mujer, creo, poeta, polaca, creo, allá a lo lejos. Uh.

Así empezaba aquel aciclonado alejarse de todo. Poco a poco lo cercano se me iba. Lo mismo que le ocurría a Lezama, en su breve recorrido entre la sala y el cuarto, para escapar a la aplastante fuerza gravitatoria de la soledad, que lo mantenía adherido al sillón, me ocurría a mí: entré en una especie de extraño naufragio. A Lezama lo ayudaban a levantarse. Le ponían, según él, el piso de la sala bajo los pies para que, bamboleándose, caminara hasta el cuarto donde, al parecer, podía situarse fuera del tiempo o donde, según él, darse sillón era la manera perfecta de la espera, porque solo así podía alcanzar su Paradiso. Pero en mi caso, nada. Ni un tin ni un birilín. Ni un ni siquiera. Me estaba quedando huérfano de todo totalmente. Me ocurría lo que al hombre, que lo creían loco porque, parado en la punta de los pies, bajaba las manos y se las llevaba a la cabeza repetidamente, como si con la extraña pantomima intentara agarrarse de la nada. Pero en verdad era para que el viento desaforado de la calle no le arrebatara lo único que era de él: el sombrero.

Ese era mi caso. Un viento inaudito se estaba llevando la ciudad. Y me estaba arrebatando lo único que entonces me quedaba: aquel desmedido afán de aferrarme a la ilusión, de aferrarme al creer que la vida seguía con saltante júbilo. Pero de nada valía esa ilusión, ese creer. El sueño que nos había despertado a todos se desbarataba. Podía palparlo. En mi diario y desconcertante viaje hasta la terminal de ómnibus de La Habana, un pedazo de mi alrededor desaparecía. Donde antes estaba un edificio, ahora había un hueco, un basurero, una ruina. Donde antes tenía un amigo, ahora, al tocar a la puerta, nadie respondía o, sencillamente, ya se lo estaba llevando la balsa, el avión, la ambulancia o el carro fúnebre.  O peor aún: donde antes había estado B, ahora…

Ahora sentía el absurdo terror de quedarme ciego. No porque mis ojos no vieran, sino porque no hubiese ya nada que pudieran ver, nada que pudiera tenerse en la mirada. La ciudad entera se iba. O tal vez mi desasosiego de náufrago la hacía desaparecer. Sentía que la ponían de revés como un bolsillo y la vaciaban poco a poco. Sentía ese vértigo de cuando la realidad, todavía sueño, se confunde de dirección al cruzar sus múltiples fronteras y, sin que nos demos cuenta, en vez de llevarnos para el existir que nos toca, empezara a salirse de su territorio, porque de pronto advertimos que algo que estaba donde siempre había estado, se ha movido de lugar: que las calles, los edificios, la gente que caminaba, ya no estaban: habían sido sacados, sustituidos, como si en ese momento acabara de llegar el futuro y borrara todo lo de atrás. O como si en ese irse estuviera el virus, la evidencia irrefutable de que estábamos contaminados de irrealidad.

La soledad, al tomar la guagua en la parada de Reina y Belascoaín, me arañó la frente. O fui yo con las uñas, en aquel desesperado afán de subir y bajar las manos para sujetar lo poco que me quedaba. Paranoico ya con la idea de quedarme sin nada, me dispuse a escapar bajando por la puerta trasera del ómnibus, pero Elegguá, con un gesto, con el mismo que sacó a Orula de al pie de la ceiba donde permanecía enterrado, me enamoró del camino y, con otro… Te avisó a ti, Yo, que te­nías que regresar enseguida… Alguien, desde el otro extremo del viaje, te llamaba. Alguien, B, supongo, que, como estaba tan impaciente y angustiada por el inaudito trasiego del viento, produjo ese sorprendente giro.

El universo contrajo su luz, dicen los cabalistas. El mar hizo sacrificio y volvió a su hueco, dicen los viejos yorubas. ¿O era el tiempo que también saltaba el muro del Malecón y se iba, porque no soportaba más el marasmo de su transcurrir? ¿El Wu-sung, que no quería seguir siendo el mismo río en el verso de Tu Fu?  Algo. Alguien. Un huracán que arrasaba. Un adiós que, en el momento de soltarse de las manos, se resistía a ser arrastrado por el viento y se negaba a despedirse. Si tan solo pudiera dejar de preguntarme: ¿Es a la realidad o a las palabras a lo que me aferro? Me sacan de lo que creía, me vuelven un excedente de la vida y sigo aferrándome con más fuerza a ese creer. Estoy parado, tiritando de desazón y, a la vez, camino en un ir alegre con mis pies. No puedo entender cómo aún el viento huracanado, que se lo lleva todo, no me lleva a mí. ¿Es porque me aferro al deseo de quedarme? ¿Es por salvar este pasado que elegí? ¿Es porque sigo pensando que hay que ver las cosas bonitas para que se pongan bonitas? ¿Es porque no quiero que este montón de escombros me separe de B? Por más que: Dije. Dije. Dije. Dije. Dije… No sé cuántas cosas dije para que se detuviera aquel implacable remolino, para que asomara una respuesta y ningún pedacito de la realidad se me fuera…

Qué jodienda, coño. Un enredo. Parecía un enredo cósmico creado por Stephen Hawking. Era este Tú el que estaba viviendo en verdad la fuga de lo cotidiano, pero como era Yo el que escribía la novela, me lo cambiaba. Se ponía él en el presente para que pareciera que era él quien me había elegido a mí como su pasado. Es decir, este Tú no existía. Nos parecíamos en muchas cosas: por el mismo desmesurado sentir por una mujer, por la manera de peinarnos el pelo para atrás y hasta en que los dos, incluso, intentábamos leer Finnegans wake. Pero él, Yo, era real, y este Tú no era más que una invención. El verdadero era él. A este Tú solo le dejaba el papel de narrador de la novela como historia alternativa para que me creyera que la vivía, pero lo cierto es que este Tú era el narrador porque Yo no aguantaba más ser Yo. Aunque se empeñaba en seguir en el simulacro, no quería que supieran que la historia que escribía, aunque verdadera, como la realidad se estaba escapando, no le quedaba otra que inventarla. La escribía a través de mí. Él, Yo, era el autor, la persona física, según decía y por tanto, el acto, según su decir; este Tú era solo un gesto, una impostura barata. Es decir, quería condenarme a ser únicamente una representación, un alguien hecho de palabras, de sonidos fervorosos, para que me creyera un alguien resucitado en la escritura, no un personaje de carne y hueso como él, que escribía la novela. Qué clase de cabrón eres, Yo.  Qué jugada tan sucia la tuya. Aunque en el fondo, había otra verdad oculta: él quería aparentar que todo estaba en orden: que permanecía en su sitio, sin problemas. Que el mundo seguía seguro para los historiadores. El suyo era un acto doloroso porque, aunque ya no tenía la ilusión, se empeñaba en representar que la tenía. Se replegaba sobre sí mismo. Así se escabullía discretamente de la locura en la que estábamos inmersos. Sin embargo, ninguno de los dos podía, por más arrebato que pusiéramos en el impulso, hacer que el lenguaje nos sobrepasara y alcanzara en sus inauguraciones a reformar la realidad, porque quedaba encerrado en la novela. Y la novela no era más que una pobre alucinación, un desesperado intento de conciencia en el que no sabía si, ciertamente, el mundo se manifestaba. Un intento con el que Yo jugaba a sus representaciones, cuando a este Tú lo estrujaban las circunstancias. Porque era a este Tú al que excluían, el que estaba cubierto por la duda y la desazón. Pero tú, Yo, como solo la escribías, te quitabas tales inconvenientes de encima con la misma facilidad con que se le quita la cáscara a un plátano maduro. Y para ocultar semejante duplicidad, me cuchicheabas socarronamente: Todo queda entre Tú y Yo, no tienes que molestarte por eso. Ja, como si entre vivir y contar la historia no mediara el dolor. Pero te equivocas si crees que, que vas a quitarme a B creando tal confusión. Ella para ti es una imagen, una idealización,una mujer construida, según tu creer, de “irresistibles lujurias”… verbales, por supuesto.  Para este Tú es la existencia misma, ¿entiendes? Por mucho que quieras atribuírtela, de un lado o del otro, no vas a conseguir nada. Para mí es la vida; para ti, un delirio, un ícono, una abstracción sin identidad real. No te sigas torturando. No te empecines más en inventarla, en sacarla de contexto para tenerla sola solo para ti. Mi locura ocurre porque abrazo su cuerpo; la tuya ocurre porque crees que abrazas su cuerpo, sin percatarte de que estás abrazando un espejismo. No te desgarres más. No insistas más en decir que es tuya. En creer que somos tres en una taza.  Solo palabras tienes. Solo palabras que la nombran. Pero que no logran significarla, que no saben llenar el vacío, por tu pésima manera de relacionarte con la realidad. No sigas creyendo que ella viene en ese descarrilado olor que a veces te llega para traerte lo que la vida tiene de distante. No sigas creyendo, por tus lecturas locas de Joyce, que ella es el telépata emisor de tu novela. Cállate ya, Tú. Aquí yo soy el sujeto. Tú no eres más que una percepción.

¿Una percepción? ¿El mundo que se iba, la gente que se iba y que todavía podías ver por la ventanilla de la guagua, eran la representación de un gesto o de un acto? ¿Eso es lo que tú aportas: percepciones de una realidad trivial, sin historia, subyacente, cuyo único relieve es el absurdo? El aire soplaba con más fuerza y el hombre en medio de la calle seguía erguido en la punta de los pies, alargando sus enormes manos desesperadamente para agarrarse de aquello que era de él. Lo miraste con desgano. Como si también fuese un simulacro. Como si ya no te importara su feroz batalla. Entonces el aire aciclonado arreció. Arremetió con tal fuerza que el hombre perdió el equilibrio, trastabilló y pareció, por un momento, que iba a perder su sombrero. Saltaste con la intención de decirle: ¡Agárrelo! ¡No lo suelte! Pero el aire te decapitó el grito y se lo llevó lejos de tu boca.

Ahí fue cuando entraste de cabeza en la alucinación. Era la primera vez que te faltaba la realidad. Ahí fue cuando el chofer, en vez de detenerse en la parada donde siempre te bajabas, con brusca maniobra del timón hizo que la guagua empezara a dar un giro a toda velocidad, pero no frente a la terminal —como solía ocurrir tiempo atrás, cuando este Tú transitaba lo real—, sino ¡por dentro del salón!, ¡por el interior del edificio abarrotado de gente! Entonces te diste cuenta. El día en ese momento marchaba apurado por la calle Belascoaín, en dirección al Centro Masónico; la noche, unas diez cuadras más allá, venía por el Malecón, sin llegar todavía a Infanta. Alzando los ojos pudiste ver el cielo constreñido en la distancia, al final de la doble hilera de edificios. Cada persona cargaba con su esquizofrenia; cada calle cargaba con su crepúsculo. La interferencia de estos dos movimientos opuestos te hizo comprender enseguida que estabas entre dos tensas lejanías. Entre dos existencias, presentes y ausentes a la vez, pero que en ninguna de las dos existías suficientemente.

Por suerte, B se alargó frente a mí. Y tú, Yo, la percibiste desde lejos. ¿Quieres ver a un hombre en cueros?, le dije. Ella enarcó los labios para dejarlos sonreír y empezó a quitarse la blusa y los ajustadores. Asomaron, tímidas, unas teticas de perra. No tengo casi, pronunció ella, y volvió a sonreír. Entonces empezó el entonces: como una crisálida en su metamorfosis, se desabrochó la saya y se quitó de un tirón el blúmer, que rodó rodillas abajo. Temblé: una mariposa negra emergió entre sus largas piernas. Ahí, abriéndose, subió ella. Quiero decir, subió sobre mi cuerpo. Se salió del sueño para extenderse de cuerpo entero sobre mí. Miró largamente como si hubiera estado mucho tiempo fuera del mundo. Como si necesitara saciarse. Jadeó, ah, abriéndose más. Sus labios se movieron, despacio, siguiendo aquella suerte de transcurso hermoso de su sonrisa. Era un gesto tibio que se continuaba en sus ojos.

Ahí me di cuenta: de los dos, aunque Yo era el real, el de carne y hueso, este Tú era el único que podía morir, porque era el único que existía realmente al lado de ella. Tú, Yo, en cambio, ni siquiera suspiraste, apenas sentiste un devaneo pasajero. Ahí fue cuando B, siguiendo el curso hermoso de su sonrisa, se fue alejando de ti. En un último intento por acariciar su cuerpo, tus enormes manos se alargaron desesperadamente, pero no lograste alcanzarla. Por más que extendieras un abrazo, el abrazo se desmoronaba sin tocarla, porque tus enormes manos se alargaban hacia ella en el presente, y B solo existía en el pasado. Un abismo de tiempo te separaba de ella. B no era para ti más que un fulgor verbal en un tiempo que parecía distante, borrado.

Pero qué bonito y sabroso

De la novela inédita Pero qué bonito y sabroso.


Félix Luis Viera – Foto: Ulises Regueiro

Ciudadano mexicano por naturalización, pero residente en Miami desde 2015, al narrador y poeta Félix Luis Viera en 2019 se le concedió el Premio Nacional de Literatura Independiente «Gastón Baquero» por el conjunto de su obra, un premio merecido que se contrapone al silenciamiento que los comisarios culturales de La Habana han lanzado contra sus indudables aportes a la literatura cubana. Pésele a quien le pese, Félix Luis Viera, que sigue creando con excelencia sus singulares mundos poéticos y narrativos, es un referente para las letras cubanas y uno de los nombres imprescindibles en la historia de la Cultura Cubana.


Me fui a ver a la doctora. Ella vivía a unas tres cuadras de mi casa —casa es un decir— de Rosa de Oro.

Yo me enamoré de la doctora porque antes me había enamorado de su casa. Su casita más bien. Pequeña la casa (y ella también, aunque no tanto como Inés; tres centímetros a su favor acaso). Todo pequeño. Aparte de la estructura en sí, el balcón, el zaguán, el cuarto (un solo cuarto tenía) la cocina, el baño, la sala de estar.

No es nada raro que un hombre se enamore de una mujer sin conocerla, solo por algo que deba pertenecerle, una pelota, una falda abandonada, un arete hallados al azar; que la imagine gracias a un claxonazo, un recuerdo de lo que nunca se ha vivido, una luz que pasa, una gota de agua en una ventana.

Es decir, si la doctora no habitase esa casita, no se habría dado la conexión, no me hubiera enamorado de ella.  

La casita es verde de tres tonos. No se puede comparar con un palomar porque no se parece a un palomar; tiene forma distinta de todos los palomares que he visto en persona y en libros, postales, películas, etcétera. Pero sobre todo porque en un palomar viven muchas palomas y palomos y en la casa de la doctora solamente somos dos. Eso de comparar una casa chiquita, sobre todo si está en lo alto, con un palomar, es otra de las estupideces tan tristes de esta vida y que suelen cometer demasiadas personas.

Ese día me dolió una muela y decidí verme con la doctora. La viviendita está en la planta alta; el consultorito abajo.

Estuve visitándola siete días casi consecutivamente. Me trabajaba hoy la muela —dijo “amalgama”, “resinas”, aclaró la diferencia entre ambas (yo no entendí nada)—, me preparaba para la próxima tanda, y así. Ella me había dicho que con anestesia no me dolería la maquinita, pero tendría que cobrarme más. Está bien, le dije.  

Ella parecía sollozar cuando hablaba. Es decir, su voz parecía estar tomada por sollozos, dulces, suaves.     

Ella no había tenido suerte: varios novios pero ninguno así como para casarse. No le pregunté quiénes no habían tirado para casarse, si ella o ellos.

Le pagué todo el trabajo y me quedé sin un peso.

Ese día del pago final y la terminación de su quehacer conmigo, me invitó al teatro para esa misma noche. Un teatro de pequeño formato. Le dije que debería esperar mi cobro en el periódico, no faltaba mucho para el cierre de quincena, y me replicó “si es que yo te invito dije”.

Resultó una obra para mi gusto bastante aburrida. Se trataba de la vida doméstica de una esposa y sus tres hijas; el marido estaba en la guerra. De ahí no salía la acción, del día a día dentro de la casa —aparte de algunas referencias a la labor escolar de las hijas, algunas alusiones a la escuela, referencias, alusiones digo, no representaciones—. Solo los cuatro personajes, las tres hijas —que por momentos parecían la misma— y la esposa, aparte de una voz en off que debía ser la del guerrero, que relataba, ya ven, lo que estaba viviendo en campaña. De lo peor me resultó que los diálogos estaban repletos de mexicanismos, de los más fuertes, y por ello dejé de entender mucho;  por momentos como si estuvieran hablando en ruso.

Cuando regresábamos del teatro, en taxi, se sentía mucho frío. Un frío triste, como todo frío que debe sentir un exiliado llegado de zonas cálidas. No es lo mismo el frío para un vacacionista, un visitante de paso llegado de tierras calientes, que para un exiliado, un desterrado venido de sitio semejante —este es otro frío.

La doctora anunció que pensaba comprar un coche —un automóvil— tal vez de segunda mano y el taxista le recomendó a alguien de mucho talento y decencia para el caso y le extendió una tarjeta con los datos de ese alguien. No porque fuera su hijo lo recomendaba —dijo—, sino porque él lo había criado como un hombre de bien, y los estaba ofreciendo mediante precios “increíblemente económicos”. Eso fue ante un semáforo con la luz roja. El taxista se volvió a medias para entregarle la tarjeta. Ella iba junto a la puerta trasera derecha, yo a su lado.

En Cuba tuve una novia alemana, diplomática, Barbara Schmidt (“herrero”) —(Barbara está bien así, sin tilde en la primera a porque está en alemán—. Vivía en Erfurt. Me convidó a irme con ella, cuando terminara su misión en Cuba. Irme para siempre, me aclaró. ¿Y no podré yo venir a Cuba de visita,  Barbara? Me contestó que sí, claro, pero ella no vendría nunca más. Esto de nunca más me lo había dicho varias veces, pero no quise saber por qué; si le preguntaba y me contaba, sería otro punto más de intimidad, y ese no era mi propósito. Se trataba de la República Democrática Alemana (se sabe que los países socialistas tenían en sus nombres “democrática” o “popular” por chorros —porque no eran ni una cosa ni la otra) y siempre colegí que a Barbara no le gustaba el comunismo de Cuba ni el de Alemania ni ninguno. Entre otras bondades de su país, de su ciudad, me narraba con énfasis sobre la cantidad de chocolates, en caramelos, pastillas, helados, galletas, etcétera, de diversos tonos y tipos que me encontraría allí, por la libre, sin libreta de racionamiento. Esto fue como un último recurso después de relatarme las tantas ventajas del nivel de vida en general que yo podría gozar allá. (Desde entonces yo sabía que la buena vida material ayuda mucho al espíritu, en ocasiones lo define). Uno de mis argumentos fundamentales para declinar su ofrecimiento fue que se me hacía muy difícil el aprendizaje de idiomas extranjeros, había fracasado con el inglés y el francés. Así que cómo me iría con el alemán… Ella persistió con que vivían varios buenos maestros de alemán en su ciudad. En realidad, lo que más me frenaba para irme con ella, era el frío. Uno de mis más cruentos enemigos de siempre; aun el frío tropical de Cuba. No era necesario ir a Erfurt para estar seguro de su intenso frío y por rachas largas; y si no bastaba con la lógica, ahí estaban las fotos de Bárbara y su familia, allá, tan lejos. Abrigados con fuerza suprema desde la cabeza hasta los pies, todo el cuerpo, todo; como esas momias egipcias. Los ojos de Barbara eran grandes y de un azul muy intenso que no había visto en Cuba ni luego en ninguna parte.

Esa noche, de regreso del teatro bajo el intenso y seco frío de montaña, me arrepentí de nuevo, tal vez más que en las ocasiones anteriores, de no haberme ido con Barbara Schmidt. Allá, ya me hubiera acostumbrado al frío, a abrigarme de manera férrea y, a otro algo que igual me aterraba, la calefacción, como al despropósito de permanecer tantas noches en encierro. Pero ya era demasiado tarde, como suele ocurrirme en la vida. Quién sabe cómo le iría ahora a Barbara Schmidt (si continuaba en Erfurt, ¿qué estaría haciendo en este amanecer que es esta noche aquí?), cuánta prole seguramente rubia mimaba… En fin, me había equivocado de nuevo, había dejado pasar el tren, había despreciado la canoa del salvamento. Estos tantos yerros casi en retahíla me sacan las lágrimas en no pocas noches… Uno debe llorar solo. Cuando es de nostalgia. Sea hombre o mujer o niño. El llanto de nostalgia es algo muy privado.

O sea, yo no seré quien más se equivoca en esta vida; pero si participara en una olimpiada de equivocados, falladores, alcanzaría una posición envidiable.   

Si esto fuera una novela yo podría embellecer la acción,  para darle más realce a la historia, y así expresar que el abdomen de la doctora no es levemente flácido. Pero esto no es una novela, es la vida real, como una fotografía por dentro y por fuera quiero decir —Como he apuntado antes, ese riesgo que se corre cuando uno cuenta la realidad: que nadie te crea. Porque al común de las personas les gusta la ficción, el invento, lo falseado; es de humanos.

Como una hora después yacíamos yo con media cobija y ella con la otra mitad —la cobija también es pequeña—. Bocarriba. Nos habíamos contado un buen tramo de nuestras vidas. La mayor parte de mi tramo era mentira.

Me incorporé, me senté en el borde de la cama tratando de retener mi parte de la cobija —como estaba desnudo, el frío me atenazaba con saña—, pero no fue posible. Ella había jalado para sí. Finalmente, se sentó junto a mí —ella llevaba piyama— y nos tapó a ambos como con capucha. Me besó repetidamente en la mejilla. Puso su mejilla contra la mía y la suya estaba caliente (¿lo estaría también la mía?). Se puso en pie y buena noticia gracias a Dios sus senos —densos— se enseñaban alzados. Le dije que ya me iba. En el consultorio yo había presenciado que la doctora escuchaba música sin parar llegada desde una grabadora y en ocasiones desde un miniradio y hasta desde su teléfono celular. A partir de ahora comprobaría que se sabía de memoria infinidad de letras. Pegó su cara en la medianía de mi brazo, me tomo las manos. Y me dijo par de líneas de una canción del maestro Roberto Cantoral: “No quiero que te vayas / la noche está muy fría”.  

Y la rumba me llamó

Manuel Rodríguez Ramos (Jatibonico, Cuba, 1953) Licenciado en Lengua Española y Literatura General por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona” de la Universidad de La Habana. Graduado del Master of Arts en New Mexico State University de Las Cruces. Ph. D. en University of Arizona, Tucson. Fue profesor titular de Literatura Hispanoamericana en el Instituto Pedagógico “José Martí” de Camagüey, y guionista y realizador de documentales en Cinematografía Educativa (CINED). En 1989 escribió y llevó a escena en la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, la obra teatral El Rey de las Aves. También en los años 80 tradujo para el Instituto Cubano del Libro una muestra emblemática de literatura brasileña. De 1999 a 2013 se desempeñó en Madrid como guionista, director y productor de documentales. Su filmografía la componen más de treinta títulos, entre los que destacan Lezama, inalcanzable vuelve (1989)Retrato de Gastón Baquero (2013) y Las vivencias poéticas de Francisco Brines (2016). Ha desarrollado también una sostenida labor docente en torno a la dirección, la escritura de guiones y la teoría y la práctica del documental en varias instituciones académicas.


Todo aquel que piense que está solo y que está mal
tiene que saber que no es así,
que en la vida no hay nadie solo…

Corría la primera semana del mes de septiembre de 1999, mi primera temporada de exilio en Pozuelo de Alarcón, Madrid. Sufría la incertidumbre del recién llegado, con mi esposa todavía en Cuba, a riesgo de ser retenida en la isla. Eran días de tristeza, cierta depresión y algo de angustia, pensando que estaba solo y mal. Afortunadamente comenzaban por esos días las Fiestas Patronales con una deslumbrante explosión de fuegos artificiales, encierros taurinos, y jubilosas orquestas amenizando los bailes populares en las plazas. Joviales actividades que hacían prevalecer un ambiente de diversión y buena acogida en la pequeña ciudad.

Una de aquellas noches alguien tocó a mi puerta, era Alfonso, un esmerado floristero, un buen amigo español, para invitarme a uno de los conciertos que tendría lugar en esos días festivos, cuya programación yo desconocía.

–¿De quién se trata? –le pregunté.

Entonces me mostró el programa, y un maravilloso afiche, y unos discos de Celia Cruz, una de sus cantantes preferidas.

Programa del Ayuntamiento.

–¿Sabes quién es? –me preguntó, sonriente.

–¡¡¡Azúcar!!! –grité entusiasmado. Y el sábado partimos a disfrutar de aquella función de gala, con profunda emoción.

El lugar del concierto, Auditorio El Torreón, es un hermoso coliseo en cuyo graderío se puede beber alcohol mientras se disfruta del espectáculo. Y allí, en cuanto estuvimos sentados, Alfonso extrajo de su mochila una botella de ron Habana Club, dos vasos, un poco de hielo, unas ramitas de albahaca (pa’ la gente flaca, dijo), y de tapas unos granitos de maní picao, cao, cao. Y así, con la vida convertida en un carnaval, disfrutábamos mucho mejor del mítico concierto; que se tornó más interesante cuando Alfonso se percató de que yo miraba con especial curiosidad al pianista de la orquesta.

–¿Lo conoces? ¿Sabes quién es? –me preguntó entre Quimbara y Burundanga.

–Creo que sí. Su cara me parece conocida –le comenté, mirando hacia el músico que veíamos desde lejos.

Cuando el concierto terminó, con profunda nostalgia habanera, después de cantar, bailar, aplaudir, vitorear, Alfonso sugirió que nos acercáramos a los camerinos; un área muy restringida, pero cuidada por un guardia al que conocía desde su infancia.

–Hola, macho –lo saludó con afectuosidad–. ¿Podemos hablar un momento?

–Sí. Dime.

–Necesito que me hagas un gran favor. Este amigo es un cubano recién llegado, un tremendo fan de Celia Cruz. ¿Pudieras dejarnos entrar para quedarnos en el pasillo y verla pasar de cerca? Sería estupendo. Tremendo regalo le harías a este tío.

–Está  bien –dijo el guardia, esbozando una sonrisa–. Pueden quedarse junto a la escalera que conduce a los camerinos, para que la vean bajar, pero, sin molestarla. La queja por asedio de una estrella como esa me dejaría sin empleo. 

Escaleras por donde bajó Celia.

–Tranquilo, hombre. Allí estaremos de pie, como dos fantasmas –aseguró Alfonso, y abrazó a su amigo cuando abrió la puerta para dejarnos pasar.

Entonces, ocurrió el milagro. Ya en el interior del edificio, ubicados al pie la escalera, vimos de pronto bajar al pianista de la orquesta, y entonces, emocionado, supe que se trataba de Wicho, uno de mis vecinos en La Habana, un buen amigo, un músico excelente.

–¡¡¡Manolón!!! ¿Qué haces aquí? –gritó, preguntó Wicho, y nos dimos un fuerte abrazo.

Con brevedad nos informamos sobre nuestras aventuras de exilio, y después hice que se conocieran ambos amigos, y Alfonso enseguida le pidió a Wicho un favor a partir de cierta desmesura.

–Una de las cosas que Manolo más ansía en su vida es conocer a Celia Cruz. Desde que se enteró de este concierto lleva días comentándome sobre eso. Por ello es que estamos aquí –le comentó Alfonso, exagerando, y después le pidió un favor–. ¿Pudieras presentársela cuando pase frente a nosotros?

–Claro que sí. Ella no está en ná. Te la presentaré –me aseguró Wicho, dándome una palmada en el hombro.

–Celebremos entonces esta maravilla –dijo Alfonso, y sacó de su mochila el ron que le quedaba, los vasos, y nos hizo brindar.

Después salieron los otros músicos, se acercaron a nosotros y bebieron directamente de la botella mientras conversaban en alta voz. Fue el momento en el que entró el guardia, alarmado por el escándalo. Y Alfonso se le acercó sonriente.

–No te asustes. No habrá problema. Son los músicos de la orquesta los del escándalo.

–Bueno. Pues que siga la fiesta entonces –dijo el policía, más relajado; pero enseguida, algo nervioso, subió la mirada por la escalera de los camerinos–. ¡Por ahí viene Celia!

Entonces me acerqué a Wicho y le pedí que se la presentara primero a Alfonso, que me había invitado al concierto y había hecho posible que estuviéramos allí junto a ellos.

–Celia, te presento a este amigo español.

–Encantada –dijo ella, y sonrió.

–¿Pudiera, por favor, firmarme estas joyitas? –pidió Alfonso y le mostró varios discos, un par de afiches, y algunas fotos; y a todo fue añadiéndole Celia su nombre. Después, el agradecido español abrió su mochila y extrajo un hermoso ramo de flores–. Aquí tiene, para la diosa de la noche.

–Gardenias para mí. Muchas gracias, joven.

Sillas utilizadas para sentarse durante la conversación.

Después Wicho hizo mi presentación, informándole que yo era un cubano recién exiliado. Y entonces Celia le preguntó al asombrado guardián amigo de Alfonso si había un lugar donde pudiéramos sentarnos a conversar; y él, muy diligente, buscó dos sillas de terraza, las acomodó   en un rincón, y hacía allí nos fuimos.

Comenzaron entonces las preguntas: ¿Cómo saliste de Cuba? ¿Cuándo llegaste? ¿Por qué te veo un poco triste?

–Llevo dos meses fuera de Cuba, y todavía mi esposa está allá, bloqueada, y eso me crea mucha incertidumbre –le comenté luego de responderle en detalle las preguntas anteriores.

Entonces se acercó a nosotros Pedro Knight, y luego de un saludo afectuoso, le recordó a Celia que en el Ayuntamiento los estaban esperando para una cena de homenaje.

–Ya lo sé. Está bien. Que esperen –fue su rítmica respuesta, seguida de otra pregunta–. ¿De qué parte de Cuba eres?

–De Jatibonico –le respondí, teniendo en cuenta mi lugar de nacimiento, y sobre todo la canción de su “ahijado” Willy Chirino.

–Por favor te lo suplico; háblame, háblame, háblame de Jatibonico –dijo con ritmo cercano a la canción, y nos reímos mucho, y me sentí más relajado–. Qué bien. Te veo mejor. Es que eres muy fuerte, muchacho. De Jatibonico a Pozuelo, tremendo cambio.

Fue el momento en el que se acercó a nosotros uno de los músicos de su orquesta para recordarle la honorífica cena, y Celia le pidió que esperaran un poco, que ya estábamos terminando.

–Bueno, ¿y qué haces? ¿En qué trabajas? –siguió preguntando.

–Soy director de documentales. Trabajo en una productora pequeña, que durará poco. Pero donde se trabaja bien.

–¿Y por qué no hacemos juntos un documental?

–Me encantaría. Sería lo mejor que me podría pasar –le dije, muy animado.

–Cuando viaje otra vez a España nos veremos y hablaremos de eso. Tenemos que ir pensando cómo lo vamos a titular –dijo, sonriente.

En aquel momento se acercó nuevamente Pedro Knight, y Celia condescendió a la partida.

–Está bien, vamos, que el muchacho ya está mejor –aseguró, y se despidió con un beso, abandonó el teatro, y salió con su esposo hacia la calle.  

Alfonso y yo seguimos a la pareja hasta la limusina parqueada frente a El Torreón, donde esperaban los músicos. Entonces, junto a la puerta abierta, antes de subir al automóvil de lujo,  se volvió hacia mí y tuvo un comentario final: “al documental lo llamaremos Kikiribú Mandinga, como a la negra Tomasa”. Y después, sonriente, hizo un hermoso gesto de despedida, ocupó su asiento, cerró la puerta, y la limusina partió dejándonos cargado de emoción.  

–¡Cómo sois los cubanos! –dijo Alfonso, expresando su admiración en cuanto quedamos solos–. Es increíble que una súper estrella como esta te haya dedicado más de media hora de conversación. No se despidió de ti hasta que te vio animado, aun sabiendo que en el Ayuntamiento la esperaban para cenar y homenajearla.

–Así es amigo mío. Gracias a ti he tenido una de las mejores experiencias de mi vida.

–Vayamos para un bar. Se trata de un gesto de humanismo que hay que celebrar.

–¡Qué viva la Reina de la Salsa! –la glorificamos luego, haciendo entrechocar las copas de vino.

Fata Morgana

(Fragmento de novela homónima)

Oliet Rodríguez Moreno (La Habana, Cuba, 1971) Ingeniero Mecánico de formación, salió de Cuba a inicios del 2001 para radicarse en Alemania. Durante una estancia de 3 años en México, cursó un diplomado en escritura literaria en el Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado sus relatos en la página Zoepost.com, de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés. Su cuento “La rata “ se publicó en la revista de literatura Mexicana Anestesia. Su cuento “Mujer de humo” es parte de la antología Cuentan que un perro, cuentan que un gato (editorial Ego de Kaska, 2021”. También escribe regularmente en su blog personal www.orod-oficial.com.

Puede adquirir el libro aquí: Fata Morgana – Ilíada Ediciones, 2022

I.- Beso de Amor
No me podrás evitar y elegirás lo que quiero
como una rosa en la nieve, o como un perro sin dueño.
Soplaré bajo tus alas,
haré playas de desiertos,
descubrirás que, sin sueños todos estaremos muertos.
Seré el aire que respiras,
el perfume de tu cuello,
Cerraré miles de bocas de niños sin caramelos,
Alargaré tu camino,
confiarás sin fundamento.
Observarás sin juzgar a la maldición del tiempo,
Marcaré todos tus naipes,
me quedaré con tu aliento. 
Te privaré de esperar como llegan tus deseos.
Mentiré puras verdades,
lloraré paz y lamentos,
Renaceré en armonía bien adentro de tu cuerpo
como ilusiones que guían veleros a todo viento.
No me sabes,
voy por ti,
tú me buscas,
yo te encuentro.

Mi mente es un ente complejo, extravagante y malicioso que juega conmigo todo el tiempo. Creo lo que veo y recuerdo lo que he vivido, pero también lo que he soñado. En la distancia mi olvido se mezcla caprichoso con la nostalgia, las verdades amargas se difuminan y las mentiras al colorearse ya no lo parecen tanto. El resultado es simple: la locura, o la cordura, ¿acaso no son lo mismo? Mi mundo irreal se filtra a través de los sentidos y mi recuerdo modifica el pasado. La clave es sentir, aunque no sea cierto. ¿Habrán ocurrido todos los sucesos del pasado grabados en mi memoria? La respuesta no es importante, aunque me gustaría conocerla.

Una vez al año alquilo un velero para navegar en el lago Ontario. El más simple de todos y el menos difícil de dominar. Una de mis tantas cobardías porque navegar de verdad incluye el riesgo del mar abierto, la incertidumbre de un viento desconocido o una corriente de mar incontrolable. En un lago todo se encuentra bajo control, aunque en el horizonte veas solo agua, sabes que un poco más lejos hay tierra firme.

Invité a una amiga que conocí en el gimnasio. Los pilates la dejaban sin aliento y la sonrisa sudada mejoraba su cuerpo bien formado. Atardece y el mojito en la proa del barco activa su deseo de conversación. Hace tres horas que no deja de hablar. Ya no la escucho. ¿Por qué la trajiste? Me sorprende tu presencia a mi lado.

Ya es de noche y miro al cielo. Se alumbran todas las estrellas. Te escucho entonces tararear una melodía. Parece un vals y con él aparece una estela verdosa en el horizonte. El verde brilloso no para de crecer. Ya domina todo el cielo y justo encima de mi cabeza su sombra se convierte en matices morados. Los colores se toman de la mano y bailan, bailan, bailan. ¿Por qué esa mujer no para de hablar? Tiene el mismo tono de la voz de Carlos, pero en su variante femenina. ¿Por qué no mira al cielo? ¿Tendrán esas luces algo que ver con el sol? Mi paciencia se acaba. Le pido a mi amiga de malas maneras que me deje solo ante el paisaje, y ella, molesta, salta hacia un témpano de hielo que flota junto al barco. Se aleja con sus maldiciones dentro de la niebla.

¿De dónde sale el olor a yerbabuena si el mojito que tengo en la mano es apenas con ron y limón? Ya estamos solos, ven vamos a bailar, no pares de tararear tu música. Sigue hasta que la aurora boreal baje y nos envuelva. La fragancia de tu beso me hipnotiza y corto el aire con mis manos mientras te despojo con calma de las ropas en la cubierta del velero. El asombro y la euforia se difuminan uno dentro del otro. ¿Será la maravilla de tu cuerpo desnudo solo para mí? Tu relieve a contraluz estremece. Luces, colores, sombras, cielo, noche, mujer. Las dos visiones paralelas fantaseadas por la luz del sol se vuelven lo mismo.

Amanece y estoy solo en el barco. No recuerdo la última vez que reí de verdad. Los fantasmas que me persiguen robaron mi alegría. Extraño la carcajada que sale del pecho, la que si se trata de reprimir, se vuelve contra ti y crece hasta que te domina. ¿Es eso la felicidad? Quizás se parezca bastante. Me he cansado de acumular artilugios tecnológicos con fecha de caducidad y no he logrado la plenitud, ni me he acercado apenas.

Tu presencia, después de tanto tiempo cobra sentido. El camino de mi fortuna pasa por encontrarte otra vez, pero antes de buscarte debo aceptarme.

Una fina llovizna con olor a musgo tierno comienza a caer por todas partes y regreso a la costa. Amarro el velero al muelle y sonríes. Apoyas un dedo mudo en mi pecho, en el lugar del corazón. La marca que dejas en mi piel crece dentro de mí impulsada por tus huellas dactilares y al llegar a mis cavidades ocultas se reencuentra contigo. ¿Tendré la fuerza de enfrentarme? No se puede huir toda la vida de uno mismo.

Todo sucede por un motivo y tu regreso a mi pensamiento consciente es una señal, ¿de cambio? Todos los días cambiamos, envejecemos sin desearlo. ¿Será posible recuperarte después de tanto tiempo? Son tantos los años que ya no estoy seguro de que hayas existido o que seas un invento. Tu olor a yerbabuena te acompaña a todas partes. Por él te puedo identificar dentro de una multitud. Ese aroma y mi intuición son mis únicas armas para encontrarte.

La lluvia sigue en el aire dos semanas después, sin llegar a caer nunca al suelo. Llego a la oficina del jefe, renuncia en mano. Carajo, ahora recuerdo que dejé a mi amiga flotando en un témpano de hielo. ¿Habrá llegado a la costa? Como lo haya logrado mi vida corre peligro. El hombre firma el papel sin chistar. ¿Tendrá miedo a la locura dibujada en mis ojos? El musgo invisible lo hace estornudar, no sabe de dónde viene el olor ni encuentra cómo reaccionar. Es un jefe sensato y entiende que nada cambiará mi parecer. Devuelve la hoja.

—Le deseo la mayor de las suertes, Antonio, pero ¿está usted seguro de lo que hace? —balbucea con la frente poblada de arrugas y los brazos encima de la mesa.

No lo escucho, traspaso el umbral de la puerta y me alejo. Nunca he hecho una estupidez tan grande con la certeza de haber tomado la decisión correcta. Estoy loco, lo reconozco, la intuición, sin embargo, me empuja y como siempre, la sigo. He trabajado en esa compañía desde que llegué de Cuba y tras 20 años de pequeños éxitos, he acumulado algo de capital y algunas posesiones. ¿Cómo he podido resistir tanto en el mismo lugar?, Eso vuelve loco a cualquiera. Miedo quizás. La necesidad del cambio vive en mí, no la aplaqué, ya sea con pequeñas acciones y acumulada en el tiempo explota en mi cara.

La soledad hastiada de mí ha decidido abandonarme. Nadie como ella sabe manipularme. Me voy a tomar un trago. ¿Tendré yerbabuena para el mojito? Te encuentro en la superficie de mis recuerdos. ¿No habías desaparecido para siempre? Cuéntame qué ha sido de tu vida, ¿Dónde estás? ¿Estoy preparado para oír la verdad? Mejor habla de temas insignificantes, me gusta escucharte mientras duermo. Si te cansas, no te vayas. Ven, acuéstate a mi lado, déjame protegerte entre mis brazos. Por la mañana voy a despertar primero a extasiarme con tu desnudez hasta adivinar el instante mágico en que regresa tu alma al cuerpo. Por favor, dile a Carlos que se vaya, él no tiene nada que ver contigo. Quiero ver cómo la energía activa tu aura y se hace la luz.

Lo vendo todo. Me importa poco deshacerme del carro, siempre lo he visto como un bloque de hielo caro que se derrite, en seis o siete años no valdrá nada. Con la casa es distinto. Hace una década la elegí al sentir algo de mí en ella, o tal vez fue la casa misma quien me eligió. Con el cheque de su venta en la mano descubro el motivo que me decidió a comprarla en el pasado: está construida a la salida del pueblo, al borde mismo de un camino. Una casa construida al borde del camino no es para vivirla siempre porque tiene la profecía del abandono escrita en sus genes. Hoy regreso al camino y me alegro de recuperar la incertidumbre.

Compro un boleto de avión a La Habana. No poseer nada material libera, debí hacerlo antes. El viaje se antoja sin retorno otra vez. Es idéntico al de hace dos décadas, pero en sentido contrario. Vaya locura, me gustaría encontrar a alguien que me convenza de mi proceder ilógico. ¿Qué sentido tiene enfrentarme al pasado en una búsqueda inútil? Invoco a los ángeles salvadores y no aparece ninguno porque el destino, que acecha detrás de cualquier esquina, disfruta cambiarme las cartas. ¿Cambiar las cartas?, lo que ha hecho es cambiar las reglas del juego en medio de la partida y eso es injusto. No tengo, sin embargo, ni voz ni voto y aunque descubro la trampa en sus manos ágiles, le sigo el juego por malicia, por diversión macabra o por la curiosidad de conocer mi final inevitable. ¿Por qué demonios decido las cosas sin pensar?

Desde el día en que salí hace 20 años, no he vuelto a Cuba y me gustaría decir que no hace falta porque no se me ha ido nunca de adentro, pero ya estoy viejo para mentiras piadosas. Quisiera volver como cualquier inmigrante que regresa a su origen. La lluvia flota todavía y mi piel se impregna de un color gris húmedo con olor a musgo tierno que me da ganas de vomitar. Todo lo que poseo se esconde en una simple maleta, que no me importaría perder. Mi tesoro va bien guardado a partes iguales entre mi mente y mi corazón, ¿trabajarán juntos esta vez? Si lograra la fórmula para que lo hicieran siempre así, no hubiera manera de fallar. Los problemas de la vida suceden si el cerebro y el corazón piensan diferente y no decidimos por quién apostar. Una lástima que no se pongan de acuerdo a menudo, ¿quién puede poner de acuerdo a un caballo desbocado con su jinete? Cuando mi bestia se desboca, el pobre jinete pasa de dominador a dominado.

Dejo al taxista con sus quejidos acerca del clima y entro al aeropuerto. En el audio escucho las advertencias de rutina, recuerdan a los pasajeros no dejar las cosas de valor descuidadas. Te abrazo como si al hacerlo evitara que te alejes otra vez. Me acaricias el hombro después de chequear el equipaje.

—Estás loco, Antonio, no sabes ni por dónde vas a empezar a buscarme —dices con cara de preocupación y olor a menta.

Es verdad, ¿no enviarás una pista de cómo encontrarte? No dejo de mirarte a los ojos. ¿Es una pregunta o una afirmación? No, no parece una pregunta. Te puedes ir Carlos, por favor, no jodas más. El olor a yerbabuena inunda toda la sala de espera.

—Siempre hallaste la forma. —Sonríes—. No me decepciones. No olvides que contigo lo imposible siempre termina por suceder.

Claro que me acuerdo. ¿Habré perdido ese don? Nada es para siempre. Desprendes una alegría tan contagiosa que no comprendo cómo te fijaste en alguien tan simple como yo. Apenas tengo 18 años y acabo de terminar el preuniversitario. Tú, cinco años mayor, estudias el último año de Cibernética Matemática en la Universidad de La Habana.

Nos presentan en la casa de Carlos, otra vez Carlos, me cago en su madre. Vivía en un apartamento de arquitectura socialista situado en las calles Tercera y G, frente a la estatua ecuestre de Máximo Gómez. Ese día el muy cabrón me emborrachó a propósito. Sus plantas de yerbabuena crecen en todas sus ventanas. Eres de Gibara en la provincia de Holguín. Te han criado tus tíos, pues tus padres habían muerto en un accidente cuando eras una niña y no piensas regresar nunca a tu pueblo junto al mar.

Acabamos de salir de la fiesta en aquel edificio de aspecto tétrico. No me explico cómo logro acompañarte de regreso a la residencia estudiantil de las calles 12 y Tercera, en el Vedado. Caminamos sin hablar, con el muro del Malecón a la derecha. El salitre se mete en mis poros, las olas saltan varios metros por encima de mi cabeza convertidas en minúsculas partículas de agua que me espabilan. Tu lengua recoge la sal de tus labios carnosos. El mar no deja de susurrarme que intente arrancarte el beso y lo ignoro, pero él, molesto, insiste y choca violento contra la roca para mojarme de valor. La brisa me despeina y al girar el rostro, el mar aprovecha mi descuido para gritarme al oído.

—Ahora, cobarde, ¿qué esperas? —rugen las olas.

Indeciso, te agarro con mano temblorosa.

—¿Te pasa algo? —preguntas.

Sonríes porque conoces la respuesta. Estoy loco por ti, eres lo más bello que he visto en mi vida. ¿Habré dicho esas palabras? ¿Habrás entendido su significado a pesar de que salieron en un ciclón que quema las gargantas? Lo he dicho, muy mal y poco convincente, pero lo he dicho. Respiro entrecortado la desilusión. Muy mal intento, imposible lograr algo positivo.

—Lo siento, Antonio. —Tu rechazo se dulcifica—. Me caes bien, nada más. Discúlpame.

Te escucho y no puedo evitar llorar en esta silla incómoda del aeropuerto. ¿No tendrás algo tú con Carlos y por eso me rechazas? La pérdida es de color violeta. ¿Se puede perder acaso lo que nunca se ha tenido? Una ola de tristeza aparece de la nada en ese mar transparente que es mío y tuyo e insondable lanza su carga de derrota sobre mí. Me frustro, mi corazón se paraliza, el jinete vence a la bestia, que duda entre el latir o en el detenerse para siempre. Abro de golpe la boca para coger aire y vivir, aunque sea unos minutos más.

¿Por qué no me lanzo ahora mismo al mar y me pierdo lo más profundo posible donde no me halle nadie? ¿Sería eso un suicidio? Si la bestia no piensa puede acabar con todo. Las lágrimas incontrolables inundan mi rostro. ¿Qué hago? ¿Seré imbécil?, los hombres no lloran. ¿Cuántas veces me lo dijo mi padre? Menuda bestia de mierda que también se pone sentimental, eso no ayuda. No sabes qué decir, no comprendes lo que sucede, apenas nos conocemos. Seguro te preguntas: “¿De dónde carajo salió este hombre que me quiere enamorar y se pone a llorar?”, rarito el niño. ¿Cómo puedes entender lo que significas para mí? ¿Qué significo para mí? Lo mejor que hago es intentar salvar los muebles antes de tirarme al mar.

Debería decirte que soy de emociones fuertes y que en los próximos 20 años se me pasa, pero parece estúpido. Si hablo, mi voz saldrá entrecortada por los gemidos, mejor reír, aunque salga una sonrisa anacrónica, tal vez una mueca.

El amago de chiste no da resultado. Me arranco las lágrimas con la palma de mis manos, con dureza para mejorar la imagen de debilidad que transmite el llanto. No quiero decirte que te he amado siempre, porque no lo vas a creer. Las verdades más innegables son las más difíciles de entender. A veces no conocemos a alguien después de compartir media vida y solo necesitamos una mirada para estar seguros con una persona nueva.

—Vamos, que es tarde —dices en un suspiro.

Sonríes y tomas mi mano para cruzar solos la calle Malecón. Siento tu piel cálida e imaginar una caricia me ayuda a recuperarme. Con poco me conformo, apenas una mano. Reconforta la idea de haberlo pretendido, a pesar del resultado nefasto. Reconocer que algo se pudo alcanzar y no se logra por no intentarlo es el más duro reproche que se puede recibir, sobre todo si es demasiado tarde.

En el lobby del edificio de estudiantes me despido de la mejor manera posible. Está bueno ya de drama, reconozco mi derrota con una caricia en tu rostro de mi mano izquierda, la que usa el jinete para dominar a la bestia. El adiós sale como murmullo de riachuelo. ¿Tendré opciones de volverte a ver? Mejor no me hago muchas ilusiones y me apuro para evitar otra recaída de tristeza y salvarme del chapuzón. Una depresión excesiva imposibilitaría incluso un suicidio decente. Seguro que tienes algo con Carlos. Camino sin saber hacia dónde dirigirme, da igual, la derrota espera en todos lados. El fondo del mar sería perfecto. Necesito alejarme, de los tragos amargos se sale rápido.

Dos días después, apenas he avanzado 15 pasos. Tú sigues en el mismo lugar, observas sin entender qué ha sucedido. La noche se ha detenido en un suspiro desilusionado. El murmullo del agua apenas se escucha.

—Antonio, espera —resuena tu voz a mis espaldas.

Tus pasos resuenan en la noche. ¿Qué haces?, me vas a hacer llorar otra vez. No sigas, es de noche y el agua del mar está muy fría. Llegas frente a mí distinta: tus ojos le han robado la sonrisa a tu boca.

—No sé cómo lo has hecho, pero ahora que te alejas, me crecen unas ganas enormes de volverte a ver —hablas, brillas.

¿Qué sorpresa es esta, por Dios? El beso inesperado aparece y la bestia tumba al jinete. El olor a yerbabuena logra que me olvide del musgo fresco. Afuera todavía sigue la llovizna sin caer y el avión está retrasado por el mal tiempo. No salgo de mi sorpresa. Te jodiste, Carlos. Labios, lengua, deleite, perfume, no pares. ¿Qué es ese sonido ronco? Afino entonces mis oídos para escuchar mejor al mar.

—Te ha dado un beso de amor, Antonio, un beso de amor. —Suena el grito de la ola contra la roca.