Silvia Burunat, Ph.D., Centro de Graduados, CUNY, Profesora de Español. Su investigación se ha concentrado en la Historia de la Lengua Española, Gramática Española, Sociolingüística, Español para hablantes nativos y Literatura de Memorias. Es autora de varios libros, reseñas y artículos, y coeditora de Veinte años de literatura cubano-americana (1988). Sus últimos libros son El español y su evolución (1999). El español y su sintaxis (2ª Ed., 2010). El español y su estructura (2ª Ed., 2012). Jornada de amor y lágrimas (2006). Josefa y Josefina (2007), Monólogos dialogados (2008), Autobiografía póstuma (2009), Fantasías reales (2010). Una de sus más destacadas contribnuciones como docente es la creación de nuevos cursos de literatura : Literatura de Memorias, Literatura Terapéutica, Literatura de Viajes y Viajeros, y Eros y Cupido en el Cine Español Contemporáneo.
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El primer hombre
En un país suramericano formado con base en la inmigración, nace un niño en el decenio de 1930; sus padres han llegado, no mucho antes, de Italia, con esperanzas e ilusiones de mejorar su existencia. No es ni el primero ni el último de la prole de esta familia: como todos, sonríe, juega, llora, empieza a asistir a la escuela y muy pronto su conocimiento de la lengua castellana se va refinando, hasta convertirse en un joven totalmente bilingüe. No obstante, hay algo en su aura, en su personalidad, la mirada penetrante de sus ojos, su sonrisa abierta, su tendencia a la amistad, a la convivencia, su espíritu sensible, generoso y el sentido de alcanzar la igualdad entre los seres humanos que lo rodean, que lo distingue del resto, no solo en el seno de su familia, sino en medio de sus compatriotas.
Va desarrollándose dentro de una sociedad efervescente en aspectos sociopolíticos. El ambiente está caldeado con el militarismo y sus opositores, la dictadura, la desaparición de tantos jóvenes que acarrea reuniones de madres que no se dan por vencidas hasta conocer el paradero de sus hijos. Nuestro hombre ha recibido una educación excelente, impartida por una orden religiosa que siempre se ha destacado por su originalidad, su profunda espiritualidad y la capacidad de mirar hacia el futuro con la idea de moldear a sus discípulos que se enfrentarán un día al mundo que siempre ha sido difícil de comprender. El siglo XX sirve de modelo para toda esa miseria humana. Dos guerras mundiales, conflictos civiles que causan la muerte de muchos, hermanados por la ciudadanía; sistemas filosóficos que pretenden respaldar las leyes de las naciones, no solo en Europa y Asia, sino en los rezagos africanos y americanos resultado de la colonización y la esclavitud. Se derrumba un imperio para que surja otro, un sistema de gobierno para ser sustituido por otro, y así sucesivamente. Los seres humanos se valen de palabras que indican direcciones para referirse a sociedades y gobiernos: derecha e izquierda. Si partimos de raíces etimológicas, es obvio que lo derecho, lo recto tiene un valor semántico positivo, mientras que a la izquierda por lo general se le asigna lo opuesto: gacho, zurdo.
El hombre suramericano termina sus estudios secundarios, asiste a la universidad y se involucra en la revolución soto voce nacida en los arrabales, pero con una fuerza avasalladora. En la vorágine de todo aquello, él piensa y piensa, baraja en su mente lo que hay de malo y puede haber de bueno en la sociedad en la que le ha tocado vivir. Impulsos espirituales, religiosos para ser más precisos y su rebeldía innata lo hacen decidirse por una vida al servicio de otros, pero no de contemplación y silencio, sino de acción a todo dar, espía, asiste a reuniones clandestinas, acoge a los perseguidos, consuela a los desvalidos. Su mirada se vuelve aún más directa, abierta, su sonrisa, que desea inculcar en otros como un presagio de felicidad, choca contra la cruda realidad del momento. No es un hombre pasivo, sino lo contrario, sumamente activo. Los superiores que lo rodean se van dando cuenta de lo que se puede extraer de alguien tan idóneo para cargos de mando, va subiendo de una posición a otra hasta finalmente recibir el puesto más elevado al que se puede aspirar en su, llamémosla, profesión. Las dudas lo acosan, piensa que lo necesitan precisamente donde está, pero es obvio que la virtud de la obediencia, si bien no le viene fácil, se ha establecido en su ser como algo inevitable. Da el SÍ, con mayúscula, sorprendido por lo inusual de que alguien de esa parte de la Tierra haya sido llamado para un puesto que, por lo general, aparece ocupado por seres provenientes del otro lado del Atlántico.
Ya septuagenario y después de haber luchado, no solo por su nación, sino por su continente, habiendo estado a punto de perder la vida, habiendo sido acusado de delitos contra el status quo, amante de la humildad y de la pobreza elegida, no la impuesta, se va rumbo al Viejo Continente a ocupar el puesto que muchos envidian a pesar de las diversas obligaciones que conlleva. Va a poner su inteligencia, su mente amplia y despojada de prejuicios, toda la fortaleza de su alma al servicio de una institución que ha cometido muchos errores, algunos, por desgracia, en los precisos tiempos en que va a iniciar su nuevo cargo. Y aquí lo dejamos, orando para pedir fuerzas, espirituales y físicas, siempre optimista, observando que ya un siglo ha terminado con un cómputo de muertes criminales que se pueden achacar, no solo a la maldad humana, sino que han sido respaldadas por las invenciones de bombas, armas, sustancias letales, mucho más. Pero ya estamos en el siglo XXI y ni siquiera sabemos qué esperar del porvenir. Dejemos al primer hombre en su nueva morada, con presagios de que va a ser vituperado y criticado por su liberalismo, irá contra la corriente y cambiará las reglas. Ocupémonos del otro, al que deseamos comparar, aunque parezca difícil, al primero acabado de presentar a nuestros lectores.
El segundo hombre
Corría el decenio de 1920. Mientras los ancestros del primero soñaban con algún día dejar el Viejo Continente para enfrentarse a la aventura de habitar en el Nuevo, otros europeos ya se habían establecido en la lejana orilla del Atlántico y, para decir verdad, no les estaba yendo nada mal. Se había formado una familia acomodada con varios hijos, dentro de los cuales se destacaba uno, más por su espíritu rebelde y combativo que por otros rasgos. No le faltaba inteligencia ni dotes de mando, por lo cual sus padres se esforzaron en darle la mejor educación, misma que en gran parte estuvo bajo la tutela de aquella orden religiosa, original y distinta, en la que se había formado el primero. Más que brillar por sus cualidades mentales, este segundo hombre se manifestaba inquieto y rebelde, por no decir agresivo, tanto que llegó al extremo de casi salir expulsado de uno de los dos colegios a que asistió en su tierra de nacimiento. Gracias a la parte cerebral, acabó sus estudios de bachillerato y se decidió por la carrera de abogado. Bullía en su interior una mezcla de narcisismo, actitudes de guerrero, sueños de escalar montañas seguido de un grupo de combatientes para, como Don Quijote, deshacer entuertos y allanar empedrados para más adelante, subir a una tarima empinada desde donde contemplaría miles de miles de adoradores. Súbitamente, recordamos al suramericano que se le parece, pero un poco inclinado a la reversa. Tal vez sin gustarle, terminaría frente no a miles, a millones de rostros que mostraban adoración y júbilo observando su sonrisa, escuchando sus palabras conciliadoras. También el mayor en años, si no en poderes, sentía arranques de patriotismo, observaba lo que en su pequeña nación estaba ocurriendo desde varios lustros anteriores a su presencia, militarismo al que él oponía guerrillerismo si no molesta el vocablo, empujes de conseguir la igualdad sociopolítica que llegaba a sus ojos mediante libros y más libros apoyados por filosofías que asustaban a muchos, quizás por no entenderlas. Resulta curioso observar la relación de oposición y rechazo a la misma vez entre todo este cúmulo de pensamientos que en él se iba a convertir en una especie de procesión de un punto a otro, de una caminata que iba levantando amor y odio en todo el que, precisamente por el poco conocimiento de tales teorías, iba adquiriendo el miedo frente a la interrogación.
No queda duda que en Europa y en pleno siglo XX pululaban las guerras, la Primera, la Segunda, las civiles que surgían entre compatriotas con puntos de vista opuestos, muchas con una base en la desigualdad, en el prejuicio religioso, étnico, judíos, cristianos, musulmanes, regímenes bajo el capitalismo, otros bajo el socialismo, comunismo, nacionalismo, muchos más de esos -ismos, monarquías, repúblicas. Se iba formando un descontento, una incertidumbre que complicaba aún más la vida. Se enfrentaban gigantes de propósitos opuestos, Estados Unidos por un lado, la Unión Soviética por otro, la China milenaria en la lejanía. No era solo en Europa, sino en Asia y África donde muchas de las antiguas colonias europeas iban liberándose, convirtiéndose en suelo fértil para sembrar nuevas tendencias. Curiosamente, algunas intentaban remontarse a los principios del Cristianismo para validar sus acciones.
El segundo joven, ya lo hemos dicho, se hundía en la lectura de volúmenes diversos que iban alimentando el fuego de sus intentos que ya eran realidades, las cuales terminarían en triunfo. En el caso del primero, por obligación y obediencia, pero este otro, por su personalidad convincente para muchos, su retórica interminable, su voz, sus gestos, sus escritos anticipando una absolución que comprobaremos más adelante. Sin duda alguna, en el continente americano ya se rechazaba el caciquismo, el colonialismo, la dictadura, la tiranía, la esclavitud abierta o escondida tras letreros engañosos. En este instante me viene a la memoria Simón Bolívar, quien se otorgó a sí mismo el título de Dictador. A pesar de eso, yo diría que es la figura política/patriótica más reverenciada en la América Hispana, aun en nuestros tiempos.
Los movimientos revolucionarios alimentaban la pasión del joven ardiente y, si provenían de sí mismo, mejor aún. No se conformó con quedarse en su nido, sino que voló a otras partes continentales para conseguir adeptos y compañeros de lucha. A veces se ocultaba, otras resplandecía en pleno público, defendía, oponía, atacaba pero… ¿no habíamos dicho algo semejante del primero? Claro, los motivos de aquel se basaban principalmente en credos espirituales, religiosos, mientras que los de este, si vamos a creer sus palabras, provenían de su sed de justicia, despiadado contra los mandatarios de su época. Así, alcanzó un cargo importante, probablemente auto-otorgado, para aplastar un sistema opresor e iniciar uno que llegaría, desde su mira, a borrar las diferencias entre los ciudadanos basadas, principalmente, en la distribución del capital.
Como todo movimiento de masas, en Suramérica y más al norte, en el mar que recibió a los primeros europeos hace más de quinientos años, hubo un elevado número de muertos, se inició la incertidumbre, la emigración, hubo juicios, encarcelamientos, fusilamientos, enfrentamientos con el “coloso del norte”. Las inclinaciones religiosas del primero se convirtieron en el otro, en una idealización que, según él, no buscaba bienes materiales, sino tal vez, la vanidad de aparecer ante el mundo como un salvador, una figura imponente frente a la cual se rindieron muchos, sobre todo al principio de su victoria. Prometió educación, sanidad, progreso en ciencias como la medicina, por ejemplo. Poco a poco la efusión del principio iba disminuyendo y un éxodo apareció de la noche a la mañana. Amigos y enemigos, estos son comunes a nuestros dos hombres sin duda alguna y, sin expresarlo con seguridad, este joven llegó a cultivar más en contra que a favor de sus ideales.
Pero, recordemos que hay algo más de diez años entre ambos, el primer hombre y el segundo hombre. A pesar de haber convivido en el mismo continente, de ocupar ambos puestos mandatarios, no se habían encontrado en ningún sendero terrenal. La diferencia de edades apuntaba hacia un final cercano para el último que hemos intentado presentar a nuestros lectores. Y así fue, alguien que había pasado la mayor parte de su existencia expuesto al peligro, iba a acabar plácidamente en una cama, en su casa, rodeado de sus familiares cercanos. Moriría de muerte natural, no violenta, a una avanzada edad nonagenaria.
El encuentro final
Dos hombres, dos vidas, un solo encuentro. El primer hombre continúa en su labor de unir etnias, acoger a personas que difieren en su orientación en diversos aspectos, recibir a los despatriados, perdonar a los criminales, enfrentarse a los crímenes cometidos por la propia institución que él dirige, castigar a aquellos que los han cometido, impartir justicia sin venganza, entender un mundo que va surgiendo y ya no es “el de antes”. La política de BRAZOS ABIERTOS se hace realidad en su doctrina hasta el punto de buscarse enemigos que ven esas acciones como “indeseadas” debido a los “indeseables” que van poblando varias naciones continentales. En fin, que no hay diferencias tan marcadas entre este y el segundo, en cuanto a la aprobación o lo opuesto referente a sus acciones. Así, ambos acaban vituperados, incomprendidos, juzgados superficialmente. Recordando las palabras del segundo, la historia, el paso del tiempo, se encargará de dar un veredicto a cada cual y tal vez sea positivo.
Siglo XXI. Año 2015. Faltan meses para la muerte de uno y ya sabemos cuál es. Vamos a pasar por alto las circunstancias que llevan al más joven a solicitar una visita con el moribundo en su propio hogar. Ha llegado a su nación en un viaje de amistad, pero ha ido pensando en cómo resultaría un encuentro con “el otro”. Viene a su mente alguien procedente de su rincón suramericano que estuvo muy apegado al que está cerca del final. No sabemos el porqué, pero yendo en contra de los consejos de muchos y las atribuciones de otros, solicita la esperada visita que, lo sabemos, el enfermo aguarda ansiosamente. Va a su hogar y despacha a testigos, guardaespaldas, los de la prensa internacional, a todos que lo obedecen en contra de la voluntad de cada uno. Se abre la puerta de una casa espaciosa situada en una vecindad antigua y elegante. Nunca se sabrá de qué hablaron, dos líderes mundiales, queramos o no aceptarlo. Pasan los primeros momentos de saludos a los familiares, las cortesías de rigor, para enfrentarse ambos con trepidación de no saber qué va a suceder. Pero, amables lectores, soy escritora, en parte, porque me gusta desplegar mi imaginación y pintarme un cuadro, quizás ficticio o puede que no. Llega a nuestros oídos que, realmente, el segundo había solicitado la presencia del primero. Quiere estar solo con él, los familiares se retiran. Después de todo, este hombre de sonrisa fácil y ojos bondadosos, forma parte de la institución que, parcialmente, se había encargado de su educación. No creo que, dada su precaria salud, hubiera una conversación larga sobre temas de interés mundial. Aquí hay algo personal, el segundo necesita al primero y este dice “presente”. Se sabe que en nuestros tiempos de la globalización no hay secretos, todo más tarde o más temprano, sale a la luz. El tema de la mortalidad física está en el ambiente y los dos saben a quién están llamando del más allá. Fueron cuarenta minutos que, si se aprovechan bien, sirven para despojar el alma de una carga de noventa años. Es indudable que lo que se intentó inculcar en el enfermo durante sus primeros años aún subsiste. El primer hombre se afianza en la virtud teologal más importante, la caridad, la comprensión amorosa hacia sus semejantes. Han pasado treinta minutos, el moribundo le pide que se acerque, susurra en su oído frases de dudas sobre su conducta de tantos lustros, repite que sus intenciones siempre habían sido rectas, buenas, pero sospecha que en diversas ocasiones había fallado en su conducta. Algo le molestaba en su conciencia y deseaba limpiarla. El hombre que escucha atentamente se sentía conmovido ante alguien tan vituperado, odiado por muchos, en cierta forma encontraba un parecido entre ambos en cuanto a la imagen con que los habitantes del mundo los percibían. Hubo un corto silencio y el que ya se encontraba cerca de la partida final, le pidió que se acercara, se confesó de pecados antiguos, una vida turbulenta, sentimientos narcisistas, inclinación a la guerra con desprecio hacia la paz. Sin embargo, aún creía en la salvación eterna, quería saber si ya era demasiado tarde para salvar su alma. El suramericano volteó sus ojos hacia él, con la mirada que lo caracteriza, penetrante, inteligente, dulce, limpia, sincera… Con un movimiento suave, silenciosamente, tocó un relicario que llevaba colgado del cuello, lo abrió y extrajo “el pan de la Gloria, el manjar de la salvación eterna, el pase seguro al paraíso”. -Dios te perdona y yo no soy quién para negarte la absolución. No tienes que esperar a que la historia lo haga, yo lo hago ahora. Marcha en paz hacia la vida sin fin, allí nos encontraremos algún día.
Las cuatro pupilas se situaron, dos del uno frente a las dos del otro, mientras unas lágrimas discretas les humedecían las mejillas.
Solsticio de 2020
