Mozart, Messi, Rimbaud, Raymond Radiguet… Hay talentos que descuellan muy temprano, que encandilan a profesores de música, entrenadores de fútbol, poetas, narradores. Enfants terribles, genios precoces cuya progresión futura puede llevar a partituras sublimes y Balones de Oro; quedarse con barcos ebrios o diablos en el cuerpo; o, desafortunadamente, no cubrir las expectativas generadas y acabar sin penas ni glorias, apenas reconocidos por la historiografía correspondiente.
En la literatura cubana no han faltado ejemplos al respecto, pero probablemente no exista autor alguno que exhiba la singular biografía de mi entrevistado, que pasó de ser referente para la promoción que Salvador Redonet llamó Novísimos al olvido casi absoluto. ¿De quién se trata? Pues de alguien que en 1981, siendo apenas un estudiante de preuniversitario, removió los cimientos de la narrativa cubana alcanzando una primera mención en el Premio David de narrativa con Los otros héroes, libro publicado en 1984. Carlo Calcines pisaba fuerte con este aclamado primer libro y muchos avizoraron para él una gran carrera como escritor y numerosos títulos a publicar, pero la vida dispondría otra cosa y…
Residente hoy en Río de Janeiro, sin cuentas en las redes sociales, pero con un gran sentido del humor, montones de chispeantes anécdotas propias y/o ajenas y larguísimas respuestas (en las no faltan sabrosas digresiones) que muestran lo mucho que tiene por decir, sé que mi entrevista a Calcines, hecha realidad gracias a los buenos auspicios de Lidia Pedreira, madre de mi entrevistado y a quien no puedo dejar de agradecer, interesará mucho a mis compatriotas, especialmente a aquellos que en los ochenta se vieron reflejados en sus otros héroes mientras esperaban ese mañana es fin de curso.
Carlo, imagino que desde pequeño te sintieras atraído por la lectura, ¿recuerdas cuándo esa atracción te llevó a querer escribir también tus propias historias?
Lo que siempre me atrajo fueron las herramientas, los animales y los candados.
No había leído un libro y ya era dueño de un conjunto casi profesional de martillo, serrucho, destornilladores… que habían venido a parar a mis manos paulatinamente, cambiados por sellos o bolas con niños de mi escuela que los robaban de sus padres. Por cierto, la única vez que un padre exigió que el intercambio fuese deshecho no se trataba de una herramienta, sino de una caja de colores nuevecita: Adrián (así se llamaba aquel niño grande, fuerte y noble) me la había cedido a cambio de que yo le revelara el secreto de un truco de magia que impresionaba a las niñas del aula. La madre, que lo recogía cada tarde en la escuela, fue informada de que yo vivía cerca y no me dio tiempo ni para sacarles punta: se apareció en mi casa y no vaciló en ser todo lo injusta que puede serlo un adulto que le exige a un niño que le devuelva a su hijo los lápices cuando su hijo no puede devolver el secreto que le ha sido revelado.
Antes de leer el primer libro ya criaba peces y palomas con mis amigos Trujillo y Eric, con los cuales salía a buscar calandracas, no a un río o potrero como hubiéramos querido, sino, como hijos de El Vedado, a la casa de un señor quien nos vendía por cincuenta centavos las calandracas que en su movimiento caótico ocupaban la mitad de un vasito plástico de yogurt común en aquella época. Hablo de la década del 70 y de nosotros tres con menos de 10 años, los que eran suficientes para entender que debíamos escondernos de los vecinos de aquel señor porque en Cuba él no puede vender calandracas.
Los tres amigos nos movíamos por el barrio con total libertad, tanta que trasladamos nuestro palomar de uno de los balcones de mi apartamento en 17 y K, arriba del Karachi, para un cuarto abandonado en la azotea de Lilia Beale, una amiga de la familia que vivía en un caserón viejo a varias cuadras, y que solo exigió que no hiciéramos ruido en un determinado horario si este coincidía con nuestra visita diaria a las palomas para soltarlas y que volasen mientras limpiábamos y colocábamos la comida y el agua fresca. Como superjuramos que no haríamos ningún ruido, en ningún horario, además de la autorización para usar la azotea Lilia me regaló mi primer candado: un Yale robusto con tres llaves (¡una para cada uno de nosotros!) que cerraría la puerta del cuarto convertido en palomar.
Mi hermano Argel, que es dos años mayor que yo, nunca se ha interesado ni por herramientas, ni por animales, ni por candados. En cambio, él era capaz de improvisar historias, generalmente en la sobremesa, y siempre consiguió el milagro de que yo permaneciese quieto escuchándolo.
Una noche contó la historia de Mosquín, un mosquito que fungía de sheriff en el mundo de los insectos habitantes del patio aledaño a una cocina. Mi hermano era muy cuidadoso con los detalles: Mosquín, que por ser macho no picaba a las personas, se trasladaba en una diligencia construida con una caja de fósforos vacía arrastrada por cuatro cigarras. En el bar del pueblo se servían, en las tapas de los pomos de medicamentos recuperados de la basura, restos de Benadrilina y de aceite de hígado de bacalao… El clímax de la historia era que Mosquín enfrentaba un bando de cucarachas que entraban en la cocina con la intención de comerse un pastel que había sido cocinado para el cumpleaños de la niña de la casa. Y visualizo esa escena alucinante: las cucarachas corriendo enloquecidas por encima del fregadero, de las despensas, del refrigerador, intentando llegar al pastel, y Mosquín persiguiéndolas en su diligencia tirada por las cigarras mientras disparaba incansable sus dos Colts a las que no se les acababan las balas… Porque mi hermano fue muy preciso en eso: Mosquín no estaba armado con dos revólveres cualesquiera sino con dos estupendos Colts, que colgaban en sendas fundas a ambos lados de su cuerpo.
Coincidió que tres o cuatro días después, por primera vez en mi corta vida de estudiante primario, la seño Mercedes Pons dejó de fijar el tema de la composición (Mi escuela, Mi casa, Mis futuras vacaciones) y nos dijo que éramos libres para escogerlo. No hace falta decir que no perdí un segundo para colocar mi título: “Mosquín”. Y me lancé sobre la hoja en blanco como Mosquín tras las cucarachas. Esta última frase debe ser entendida literalmente: en mi versión yo eliminé aquellos detalles que para mí eran superfluos (¿un bar para qué?), mantuve que los mosquitos machos se alimentan del néctar de las hojas, así como que son las mosquitas las que pican a las personas (un mensaje importante para las niñas del aula), y partí raudo y veloz para el combate. Y mi Mosquín salió disparando sus dos coles a diestra y siniestra sin perder un minuto y no dejó una cucaracha viva. Al día siguiente la maestra Mercedes, que ya había revisado nuestras composiciones, me llamó y me preguntó si yo sabía lo que era una col. “Sí, la ensalada”, le respondí sin pestañar. Hoy pienso que a ella se le debe de haber formado un nudo en su buen corazón, pues estaba convencida de que yo no sabía lo que era una col. Acabó preguntándome: “Entonces, Carlo, ¿cómo se te ocurre escribir que una col, una ensalada, dispara?” Reconozco que me había parecido medio extraño que Mosquín saliera con dos coles para enfrentarse a las cucarachas, pero si mi hermano lo decía no iba a ser yo quien dejaría a Mosquín desarmado en medio del combate: “Seño, muy fácil: esas coles van soltando pedazos de las hojas, que son duras como balas”.
A mi madre no le preocupaba si yo sabía lo que era una col o una lechuga sino que yo escribía la misma palabra de unas diez formas diferentes y lo que es peor: en la misma página del cuaderno; incluso peor: en el mismo párrafo. Convengamos: el español tiene palabras apropiadas al vocabulario de un niño de 7 u 8 años que escribe de oído que son excelentes para múltiples variaciones. Yo recuerdo dos en particular: había y servicio. Por ejemplo: si me hubieran dictado tres veces seguidas la misma frase “Ay, qué pena, ahí donde había ese excelente servicio ahora hay una cerca”, yo hubiera cometido medio millón de faltas de ortografía. Porque los dictados eran lo peor… aunque las pruebas brillaban por la injusticia: ¿es justo preguntarle a un niño en la prueba final de cuarto grado: “Ya sabes lo que significa gentilicio. Responde cómo es llamado quien vive en: (1) Cuba, (2) Perú, (3) Alemania”. Mi madre casi tuvo un infarto cuando supo de mi respuesta: (1) cubano, (2) peruano, (3) alemano.
Entonces decidió que, antes de morir de un infarto, intentaría ayudarme: revisaba mis cuadernos y me sometía a un castigo pedagógico que consistía en escribir innúmeras veces, separadas en sílabas, la misma palabra: ser-vi-cio, ser-vi-cio, ser-vi-cio, ser-vi-cio… A veces el cuaderno regresaba de la escuela con los habías y servicios correctamente escritas por pura casualidad combinatoria, y mi madre consideraba que su método de repite 100 veces había y servicio separadas en sílabas a las 10 de la noche, cayéndome de sueño, estaba funcionando y que había llegado la hora de separar, entonces, la palabra ahora. Al día siguiente yo lo jodía todo: ni ahoras, ni habías, ni servicios.
Pero, como madre al fin, intentó inclusive algunas reglas simples: “Carlo, todos los verbos terminados en aba, se escriben con be.” Exactamente lo que yo necesitaba: una regla fácil de seguir. La maestra Martha escribe en la pizarra que Maceo murió en Punta Brava y yo le digo que “Brava está con falta de ortografía.” Martha, que no se destacaba por su paciencia, me muestra el mapa impreso, apuntando para Punta Brava, en Pinar del Río, pero yo casi ni miro, porque no va a ser un mapa el que hable conmigo: “Seño, mi mamá me dijo que todas las palabras terminadas en aba se escriben con be.”
Mi mamá perdió la paciencia: “Carlo, o comienzas a leer o se acabaron las palomas”. Y me puso en la mano el Robinson Crusoe que se publicó en Cuba, chapeado por Gente Nueva, que leí en un final de semana de lluvia en el cual no podíamos jugar pelota. Al terminar la lectura le dije a mi madre algo como: “Voy a leer Robinson Crusoe por el resto de mi vida, infinitamente, cuando se acabe, recomienzo”.
Así fue como ingresé, a los 9 o 10 años, en el “Máster en lectura de naufragios” organizado por mi madre: El robinson suizo, El robinson americano, Escuela de robinsones, Dos años de vacaciones, Un capitán de 15 años, La isla misteriosa… Todos esos libros repetían sustantivos maravillosos: bergantín, acantilado, desfiladero, empalizada… Y tenían una dinámica que yo adoraba.
Mi madre enloqueció a sus amigos: “Libros de naufragios para Carlo, para que no pare de leer”. Me llevaron inclusive a la biblioteca de la Comunidad Hebrea, comandada por Marcus Matterin: Bajo la escalera rumbo al sótano y escucho a aquel judío gigantesco que me da total libertad para escoger un libro y, ante mi indecisión, me dice sin que apenas nadie lo escuche: “No olvides que siempre podrás naufragar, inclusive en el mar congelado”. Y me presta Las aventuras del capitán Hatteras.
Entra en mi vida Fernando Mantiñán: un amigo de la familia que andaba medio turulato desde que había sido expulsado de la Universidad Central de Las Villas, en la cual fuera profesor, acusado de trotskista. Vivía en La Habana en un cuarto de un casi-solar, trabajaba en una fábrica de jabones con su hermano Orlando, internado en Mazorra (había enloquecido como miembro de la Seguridad), y acudió al pedido de mi madre de libros de naufragios para Carlo: Se apareció con un mamotreto de unas cinco mil páginas en papel biblia titulado Los grandes navegantes de los siglos X?…
Yo pensé: Bien, si se acabaron los libros de naufragios, yo voy a escribir el mío. Y tenía unas premisas muy claras: 1) un muchacho y una muchacha, 2) el barco permanece intacto frente a la Isla, nada de incendios como en el Liguria, ya que todo debe ser aprovechado como en Robinson Crusoe, y 3) “nunca jamás” se encenderá en el mayor pico de la Isla una fogata con hojarasca que haga mucho humo para que llegue el rescate, pues de aquí nadie quiere ser rescatado.
Tomé un cuaderno nuevo con rayas, y estaba tan desesperado por llegar a la Isla que ni escribí el título que había previsto: Los náufragos cubanos. En un par de páginas mi bergantín estaba encallado frente a la isla desierta, porque no estaba en el mapa y el timonel no sabía de nada, y los tripulantes ni sabían que existía una isla al lado, y todos se montaron en los botes salvavidas y se fueron remando en dirección contraria a la isla desconocida, dejando olvidados a la muchacha y al muchacho que estaban durmiendo. En la tercera página herramientas, tablas, velas, cuerdas, todas las armas, toneles con pólvora … habían sido trasladados a tierra firme. En la cuarta página ya había sido construida la empalizada y dentro de ella una casa, y lo digo claramente, para que no existan dudas y que ningún pirata pretenda invadir: esta es una isla desierta pero todas las puertas y ventanas están protegidas por candados.
Toca hablar de la niña que naufragó en aquella isla desierta sin saberlo: Arleen. En cuarto grado tuvimos una profesora, la Martha de Punta Brava, que cuando decidía ponerte de castigo, te decía: “Escribe todos los números del uno a un millón”. Arleen era una niña que nunca sería castigada, pero que decidió escribir todos los números del uno al millón, anticipándose al castigo, por si las moscas. Ella a veces no salía a los recesos porque prefería quedarse incrementando sus números. Y el mejor momento de mi vida era cuando yo le preguntaba si podía ayudarla y ella me daba un papel en blanco y me decía, por ejemplo: “Comienza en cien mil…” Un día Arleen dejó de escribir números, pero continuó sin salir al patio. Yo me aproximé, convencido de que me mostraría la hoja con el número un millón. Levantó la mirada, visiblemente enojada porque le había interrumpido su lectura, y en vez de una lista de números me mostró la cubierta de un libro: Las aventuras de Tom Sawyer.
Escribes Los otros héroes siendo estudiante de preuniversitario, así que es fácil suponer que tus motivaciones salieran de tus propias vivencias y las de tus compañeros, pero mejor que cuentes tú mismo cómo fue el proceso de escritura de este cuaderno y si, amén de tu entorno, tuviste otros referentes.
Después que regresé de la isla desierta, mi hermano Argel decidió becarse en “Los Camilitos”. Y si mi hermano se becaba yo me becaba: así que me bequé con doce años. Eso que puede parecer jactancioso (“yo me bequé a los doce años”) ocurrió exactamente así: Por primera vez en la historia de los juegos de polo acuático provinciales, un equipo “de la calle” consiguió ganarle a “los becados” de la Marcelo Salado y de la EIDE vieja, entre los que se contaban algunos jugadores que habían participado en campeonatos centroamericanos infantiles, y que nadaban en piscinas de agua dulce. Nosotros entrenábamos en el parque Camilo Cienfuegos de El Vedado, en una piscina frente al Malecón que tenía forma de huevo frito y que semanalmente se vaciaba y llenaba con el agua del mar a la que nosotros mismos le echábamos todas las noches, antes de regresar para casa, la cantidad de cloro que bien nos parecía. Carlos “Bigote” Sánchez, quien fue mi primer entrenador y no escondía su anhelo por campeonatos internacionales, nos dejó cuando consiguió concluir la Licenciatura en Deportes, y fue sustituido unas semanas antes de aquellos juegos provinciales por Manuel Romo, que acababa de ser separado del Equipo Juvenil Nacional y al que, como castigo, lo designaron a nuestro parque. No sé si Romo guardaba rencor, pero pienso que percibió algún potencial de reivindicación en nuestro equipo de 11-12 años, o lo que quedaba de él (deliberadamente, Carlos Sánchez expulsó por niñerías a varios integrantes en los días previos a su partida). Con Romo, el entrenamiento diario dejó de ser “echar unas guerrillas” hasta que nos ordenaban salir de la piscina porque había llegado la hora del cloro y de cerrar el parque, para convertirse en un esfuerzo consciente y repetitivo que haría del nuestro un equipo unido y con voluntad de vencer. El resultado, además de ganarle a los becados, fue que “El Zurdo” Savón y yo fuimos escogidos para integrar el equipo Habana en los Juegos Nacionales Inter-EIDEs (sin ser de la EIDE) y, en secuencia, en los Juegos Nacionales Escolares. Como colofón, el Comisionado Nacional de Polo Acuático, Waldimiro Arcos (padre) nos avisó: “El próximo curso será inaugurada la EIDE nueva y ustedes dos ya están aprobados: hablen con sus padres y pídanles que vayan a verme al INDER”.
Llegué a la EIDE “Mártires de Barbados” cuando aún era simplemente “la EIDE nueva” o “la del Cotorro”, pues el nombre sería dado por Fidel quince días después, en el acto de inauguración que se celebró en el estacionamiento, situado junto a las cuatro piscinas: dos olímpicas, una semi olímpica y un tanque de clavados. Detallo las piscinas porque hasta para un niño de 12 años era evidente que no podrían terminarlas en dos semanas aunque insistieran en trabajar las 24 horas del día: a dos de ellas les faltaba parte de las paredes, todas las áreas circundantes eran cráteres llenos de lodo… Por pertenecer a los deportes acuáticos (los atletas dormían segregados: los bloques residenciales fueron públicamente clasificados como “deportes exclusivos” o “deportes masivos”) mi albergue, el A9, se ubicaba de cara a las piscinas, por lo que resultaba fácil observar lo que sucedía: Una mañana, a tres o cuatro días de la inauguración, fui sorprendido con la visión de que durante esa madrugada Aladino había visitado el cantero de obras: las paredes que faltaban habían sido erguidas y pintadas de esmalte azul, y todas las aceras alrededor, ya pavimentadas, se secaban al sol. Al día siguiente comenzó el desfile de camiones-pipas que, como bebedores de cerveza desesperados por orinar, se posicionaban donde podían, pero sin tocar en las aceras recién construidas, y soltaban su líquido dentro de las piscinas que comenzaron lentamente a centellar.
Tal vez lo presintió, tal vez había sido informado: Fidel ni se detuvo para ver a los nadadores que en la piscina olímpica 1 salían disparados en arrancadas veloces en los cuatro estilos, o a los polistas que en la 2 nos pasábamos las pelotas amarillas de nailon sin dar pie y usando una sola mano, o a los que hacían piruetas dejándose caer en el tanque de clavados desde la plataforma a diez metros de altura… Ni siquiera les prestó atención a las muchachas de nado sincronizado (“las más lindas de la escuela”) que nadabailaban en la piscina semiolímpica: pasó de largo, como si estuviera con prisa para ver el resto y comenzar su discurso, aunque después cambió de idea y decidió jugar antes un partido de baloncesto.
Fidel pronunció su discurso, bautizó a la EIDE como “Mártires de Barbados” el día exacto del primer aniversario de aquel crimen, salió por una puerta… y los constructores regresaron por otra: Dos días después de la inauguración parte de las aceras fueron reventadas a golpes de martillos neumáticos para cavar las zanjas por donde ahora sí pasarían los tubos que no había dado tiempo de colocar. Cuatro días después el tanque de clavados estaba prácticamente seco: cuando se vació totalmente trajeron una máquina que enterró unas “agujas” a través de las cuales comenzó a brotar el agua enlodada: la imagen no podía ser más elocuente, y yo la observé desde mi aula en el edificio docente durante todo mi octavo grado: lanzas en el fondo de un pozo de saltos ornamentales.
El episodio de las piscinas no fue más que un prenuncio de que mi infancia había terminado. No solo me había becado, no solo permanecía seis días por semana lejos de la protección e influencia de mi madre y hermano mayor, sino que acababa de entrar a un mundo lleno de personajes e historias que deseé no olvidar para luego contarlas.
¿Terminas el libro pensando en enviarlo al premio David o la idea de concursar surge después?
Lo escribí para el David, sabiendo que tendría que sobrepasar las 70 cuartillas antes de la fecha límite de la convocatoria de ese año.
Desde pequeño yo actué respondiendo a retos: por ejemplo, arreglar las descargas de los baños de mi casa, evitando que mi madre tuviera que pagarle nuevamente a un plomero al que yo había observado trabajar la primera y única vez que fue llamado.
Completar el libro y enviarlo al David, además de un desafío como otro cualquiera (arreglar un despertador ruso, coser en máquina forros para los colchones a los que les substituía muelles partidos y la guata, tapizar butacas, coserle un vestido a mi novia utilizando el metro y medio de tela que le daban por la libreta…), me daba una gratificación adicional: la admiración de mi tío-abuelo Héctor Pedreira, quien para ese entonces ya había puesto a mi disposición todo lo que debía ser leído: desde los libros clásicos hasta los proscritos: Tres tristes tigres, La Habana para un infante difunto, Los pasos en la hierba, Condenados de Condado…
Casi nadie conoce el libro ganador de aquella edición y, obviamente, no tuvo la repercusión del tuyo. ¿Recuerdas al jurado que te otorgó la primera mención y su veredicto al respecto? ¿En algún momento pensaste que fue injusto al no darte el Premio?
Yo vivía a tres cuadras de la sede de la UNEAC. Desde niño pasaba todas las tardes frente a ella para coger la guagua que me llevaba al Camilo, a mi entrenamiento de polo acuático. La UNEAC era uno de los lugares que me inspiraba aquel respeto comparable al de los hoteles o los bares de El Vedado: Aquí no puedes entrar. De la UNEAC no recibías aquella bocanada de aire acondicionado llena de olores sugestivos como del Karachi o del Sayonara cuando la puerta se abre y tú estás ahí, esperándola, pero estaban todos aquellos señores, andando de aquí para allá con libros bajo el brazo, ocupados en cosas que yo imaginaba extremadamente importantes. Incluso era común coincidir con Guillén, cuando a veces salía caminando por 17 para su apartamento en el Someillán, como el día en que yo estaba de short y sin camisa con unos 10 años, ayudando a fijar en la cuadra, situada entre J y K, unas vallas de flores plásticas multicolores con los nombres de los años de la Revolución: “1959 – Año de la Liberación» … «1963 – Año de la Organización» … «1965 – Año de la Agricultura» …»1969 – Año del Esfuerzo Decisivo» … «1971 – Año de la Productividad»… Las flores y vallas fueron construidas en los meses previos a ese 28 de septiembre, en noches de trabajo voluntario, por los propios vecinos, y usando alambres, metales y plásticos que traía Roberto Vega, un mulato que vivía en el primer apartamento de mi edificio y que era un alto ejecutivo de una empresa de construcción. Pues mi madre detiene a Guillén y me llama: “¡Carlo, ven aquí!” Yo dejé de ayudar a tensar los alambres que soportarían los vientos, “para que las vallas resistan y nos hagan ganar la emulación entre los cedeerres de la zona”. “Carlo, este es Nicolás Guillén, nuestro Poeta Nacional. Fue él quien escribió Por el mar de las Antillas anda un barco de papel, barco y barco sin timonel… Aquel poema que colocamos leído por él en el tocadiscos de la sala.” Hacía muchísimo tiempo que el tocadiscos no funcionaba, como casi todo en casa, y yo interpreté que para mi madre era más importante hablar de un tocadiscos mudo lleno de comején que de la emulación entre los cedeerres de la zona.
Entonces llega el aviso de que para la premiación del David tengo que presentarme en la sede de la UNEAC. No recuerdo cómo me convocaron: tal vez por teléfono o por telegrama, pero era “al lado de casa”. La premiación fue de noche, en los jardines de la derecha (para quien mira desde fuera, por 17). Y yo entré por primera vez en aquel “lugar prohibido”, pensando en lo que los míos me repetían diariamente desde que había recibido el aviso: “Prepárate. Van a venir encima de ti para entrevistarte porque tienes 16 años…”
Nadie vino encima de mí. Todos fueron constantemente encima de los camareros que salían por una puerta con bandejas con mojitos y tapas.
En algún momento el único jurado que recuerdo, Imeldo Álvarez, se me acercó para preguntarme si yo era hijo de Lidia y Ramón. “Sí, soy”. Y me dice al oído: “Dile a tus padres que no podíamos premiarte porque eres demasiado joven”. Después mi madre me explicó el por qué de la aclaración de Imeldo: El gobierno había decidido identificar combatientes y colaboradores en la lucha clandestina, los que, además de una medalla, se jubilarían con un retiro mayor. Imeldo había presentado su solicitud para ser reconocido como colaborador y los testigos eran mis padres.
Alguien me dijo que el autor del libro ganador de mi David había muerto en una tentativa de salida ilegal del país. (Aclaro que lo de ilegal lo estoy poniendo yo, pues recordemos que en la década del 90 hubo días en los que podías salir caminando por la calle 23 rumbo al Malecón con una balsa en la cabeza, convidando a los vecinos a que construyeran sus propias balsas, y nadie te detenía, o si lo hacían era para preguntarte dónde podían conseguir aquellos mismos materiales.) Solo uno de los balseros había sobrevivido, pues consiguió arribar, no a Cayo Hueso, sino a alguna playa de la costa norte de Cuba. Y esta persona había dicho que “A los demás se los comieron los tiburones”. Tal vez no fue cierto y solo trataron de construir una infeliz metáfora por su libro olvidado. Pero bien, si realmente perdieron su rastro en el mar prefiero creer que Edmundo Más Mora habita una isla desierta en la cual ha conseguido, si no escribir nuevos cuentos, por lo menos fabricar sus propias herramientas.
Hablando de jurados David: años después participé como jurado en el David que le otorgó unánimemente el premio de cuento a Adolesciendo, de Verónica Perez Kónina. Además de haber premiado un libro excelente, esto me sirvió para dos cosas: La primera: descubrir que firmar el acta otorgando una Primera Mención no es garantía de que será concedida: título y autor (del que lamentablemente olvidé su nombre, y pido perdón por eso) fueron vaporizados sin que nadie me explicara el motivo. La segunda: conocer en la actividad de premiación (un almuerzo en una finca “de la UJC” con enormes criaderos de ocas) a Reina, una trabajadora de la UNEAC que se sentó frente a mí, o yo frente a ella, en aquella enorme mesa de campamento, y que fue mi mujer durante algunos años hasta que se quedó a vivir en Francia.
¿Cómo asumieron tus compañeros de preuniversitario haber compartido aula con un «escritor de verdad»?
En el Pre Antonio Guiteras, donde yo estudiaba, a nadie le preocupaba el David o la literatura nacional. Las profesoras de español y literatura (que eran las mismas, todas mujeres) sufrían porque casi nadie se tomaba en serio sus clases, ni se daban al trabajo de leerse las obras que indicaban. En algunos casos, como La guerra y la paz, el propio Ministerio de Educación se declaró vencido antes de comenzar la guerra: los estudiantes de décimo grado de Ciudad de la Habana fuimos citados para el cine Trianón, en Línea y Paseo, en el cual nos sería exhibida de un tirón la versión de Serguéi Bondarchuk. Era tan fácil prever lo que ocurriría cuando se apagase la luz en aquella función exclusiva y los personajes comenzaran a hablar en ruso, que supongo que los idealizadores del evento decidieron conscientemente correr el riesgo: al final solo fue exhibida la primera parte. (Esto me hizo recordar cuando nuestro amigo Frank el Loco se contrató como extra en la película Cecilia Valdés, de Humberto Solás, en la cual actuó Imanol Arias. Nos contaba que en la escena de la pelea de gallos Solás consideró que los extras estaban contenidos en exceso: “Pueden gritar malas palabras”, avisó. Tras el “¡Acción!” se destapó un coro unánime: “¡Gallego maricón! ¡Gallego maricón! ¡Gallego maricón!”)
Entre mis amigos de preuniversitario el más carismático era el gordo Matías, hijo de un viceministro, que, además del nombre, tenía los mismos dos apellidos del padre, lo que le permitía usar “el pase de ministro” y su carné de identidad para entrar con nosotros en el Latino y colocarnos detrás del home, en la misma zona donde se sentaron juntos Raúl y Obama. No existe nada mejor que ver un juego de pelota en el Latino detrás del home: si no lo has visto te lo recomiendo. Pero si, además, mientras el juego no empieza, Matías te cuenta como si fuera el mismísimo Álvarez Guedes sus últimos chistes, porque los oía una y otra vez de casetes originales que el propio ministro o sus amigos compraban en sus viajes al exterior, es fácil comprender por qué nadie se leía La guerra y la paz.
Del libro del David, El Caimán Barbudo anticipó y publicó “Mensaje azul para un día sin papel”. Por cierto, sin consultarme, cambiaron la frase “Te pareces a Alicia Alonso” (que es lo que en el cuento le gritan al muchacho que se cuelga de los palos de un albergue en la escuela al campo mientras hace murumacas) por “Pareces del Ballet”. Fue mi primera publicación, y yo no reclamé, al contrario: me aparecí en el preuniversitario feliz de la vida con un ejemplar del Caimán que había dedicado dos páginas completas y una ilustración enorme a mi cuento, porque aunque estaba impreso Carlos, con ese, no había dudas de que el autor era yo.
Para mis compañeros no fue una sorpresa total pues ellos ya me consideraban “loco” porque me había leído La guerra y la paz y El Quijote completos, cuando para sacar la nota máxima era suficiente memorizar un par de nombres difíciles, Andrei Bolkonsky y Childe Harold por ejemplo, y algunas características físicas y morales de cada uno. (En “Fantasía para un gentilhombre”, un cuento de mi segundo libro, menciono cómo mi amigo Trujillo, al que yo le resumía todos los libros apresuradamente en los minutos anteriores a cada prueba, a la pregunta “Caracterice un personaje de La guerra y la paz” respondió: “Caracterizaré a Childe Harold.”) Además, para esa fecha había ganado el Concurso Nacional de Literatura de mi año, lo que me sirvió de aval para que Mazorra, el director del Pre, me autorizara a publicar un boletín, ¡Uf!, que se presentaba como “Órgano extraoficial del preuniversitario Antonio Guiteras” y del que aparecieron tres o cuatro números en tiradas “masivas” gracias a que, a pedido del director, la madre de otro alumno de la escuela puso el mimeógrafo de su empresa y papel ilimitado a nuestra disposición.
Creo que es oportuno explicar qué era ese Concurso Nacional de Literatura que yo gané antes de enviar al David, porque dicho así parece como si fuera el Nobel. El Ministerio de Educación convocaba anualmente a los alumnos de preuniversitario de todo el país a un Concurso Nacional de Conocimientos en Matemáticas, Física, Química… y Literatura. En las ciencias los interesados se sometían a pruebas por fases hasta llegar al Concurso Nacional. En el caso de Literatura era diferente: le entregabas a tu profesor uno o varios poemas o cuentos o ensayos… y jurados en niveles intermedios decidían quién avanzaba en la disputa. Los que llegaban al nivel nacional tenían que defender personalmente su obra ante un jurado que era presidido por una señora gorda que se presentaba como Metodóloga Nacional de Español y Literatura, que al final declaraba un ganador por cada año de preuniversitario y no por género. El Concurso Nacional de Conocimientos era un evento animadísimo, que duraba dos o tres días: en mi primera vez, por ejemplo, coincidimos mi hermano que estaba en duodécimo en, “Los Camilitos”, y yo en décimo, en el Guiteras: ninguno de los dos ganamos pero conocimos a Onelio Jorge Cardoso, quien se mantuvo toda una jornada escuchando y opinando humildemente, y que se despidió diciendo lo que todos queríamos oír: “Si ustedes ya escriben así, qué queda para mí”, con lo cual la señora Metodóloga por poco se desmaya.
Al año siguiente, en onceno grado, al mismo tiempo que escribía Los otros héroes para el David de cuento, formé un cuaderno con los poemas que le había dedicado a mis novias del preuniversitario (Oria Pérez, Adria Rosa Fernández Fornés, Jacqueline Díaz Canals…) y se lo entregué a la profe de Literatura. Eran todos poemas de amor, de los que recuerdo un par de comienzos y títulos: “Acusados de miradas imprudentes…” (El juicio, para Adria) y “Ha sonado el timbre de salida…” (Espiral, para Jacqueline). Con ese cuaderno de poemas gané el Concurso Nacional de Literatura en el género onceno grado. La noche de la premiación me entregaron un montón de libros (solo leí uno: Camilo, señor de la vanguardia); una calculadora científica CID-C-401B, fabricada en Cuba, que le pasé a mi hermano, a punto de irse a estudiar Ingeniería en Centrales Atómicas en la Unión Soviética, y me dieron la noticia de que tenía que presentarme en el Ministerio de Educación, en la calle Obispo, del Centro Histórico, para recoger un cheque nominal por 50 pesos.
En duodécimo grado (el David ya era pasado) no quise perder la oportunidad, pensando que el próximo cheque sería de 100 pesos y se repetiría la calculadora científica que esta vez me sería útil a mí: envié A la una, a las dos y a las tres, un cuaderno de unas cien cuartillas, divididas en tres partes (A la una…/ …a las dos… / …y a las tres), en el cual se alternaban poemas y cuentos de temática escolar. Una tarde sonó el teléfono de casa y yo atendí: era una voz masculina que no se quiso identificar y que me llamaba solo para informarme que la presidente del jurado nacional, la señora Metodóloga, había retirado mi libro del concurso alegando que yo tenía serios problemas ideológicos pues el año anterior me había aparecido en el Ministerio de Educación a recoger el cheque calzando unas sandalias con argollas metálicas y suela de goma de camión, y sin medias.
Los otros héroes aparece tres años después, publicado por la Editorial Letras Cubanas, ¿sabes a qué se debió la demora en su publicación?
Por las reglas del David solo se publicaba el primer premio. Los otros héroes existe gracias a que uno de los tres ejemplares que entregué para el concurso, en la carambola, fue a parar de las manos del amigo Nicolás Lara para las de Eduardo Heras León, quien fue el que propuso su publicación.
Las bases avisaban que, antes de ser destruido, tenías 90 días para recoger lo que enviaste “en la propia sede de la UNEAC, pues no se hacen devoluciones por correos.” Y como a ti te dio un trabajo del carajo armar esas tres copias (tecleando con un dedo en la vieja Underwood, maldiciendo cada vez que te equivocas pues para borrar tres veces antes debes colocar separadores que aíslen las hojas de papel carbón), y además vives al lado de la UNEAC, vas y las recoges. Entonces tu participación en el concurso concluye con una notica minúscula aparecida en la sección cultural de Juventud Rebelde en la cual se dice que “Carlos con ese” (por supuesto) fue mención en ese David y tres ejemplares de tu libro “con más de 70 cuartillas escritas a dos espacios”, que regresan a ti sin que sepas muy bien qué harás con ellos.
El primer ejemplar se lo regalé a mi novia Jacqueline que no acababa de sentirse feliz conmigo: continuaba añorando al novio anterior, Carlos Alfredo, que era el muchacho más popular en el otro preuniversitario de El Vedado (el Saúl Delgado), porque además de vestirse con ropas extranjeras bailaba como John Travolta en Saturday Night Fever y tenía el firme propósito de convertirse en actor. (Aquí existe una coincidencia de telenovela mexicana: Arleen, la niña que naufragó conmigo en la isla desierta y a la que no vi nunca más, cursó el preuniversitario con Carlos Alfredo y en algún momento fue rival de mi Jacqueline.) Pues bien: Jacqueline se convirtió definitivamente en mi novia cuando le regalé la primera copia de Los otros héroes y lo siguió siendo hasta que me fui a estudiar a la Unión Soviética, casi tres años después. Cuando me fui, se quedó viviendo con mi madre: fue la forma que encontró de continuar lo más cerca posible de mí.
En “Para ser lo más breve posible”, su prólogo a la antología Los últimos serán los primeros, Salvador Redonet dice que Los otros héroes «(…) marca la entrada de una nueva promoción (los novísimos)…» ¿Cuánto pesó en el jovencito de veinte años que eras en 1984 el que tu libro fuese considerado el punto de partida de una promoción que ha sido de las más estudiadas por la crítica literaria cubana?
Ni me enteré. En 1984 yo vivía literalmente del otro lado del mundo: Asia Central. Todo lo que apareció relacionado con el libro (anuncios de lanzamiento, críticas…) o nunca lo vi o me llegaba en forma de recortes que mi madre enviaba por correos, dos o tres meses después, en medio de un frío de diez o quince grados negativos.
Lo que más me emocionó fue, sin dudas, las palabras de Heras León en la presentación: como si no bastase haber sido el único impulsor de mi publicación, como si no bastasen los elogios, tuvo la gentileza de darle una copia de sus palabras a mi madre para que me las hiciera llegar: sus palabras continúan hasta hoy, en la “copia original” que recibí y guardé, en un lugar de destaque entre mis papeles, lo que debe ser entendido como (sí, voy a decirlo:) mi corazón.
Recuerdo también un recorte en particular, de un semanario cultural llamado Cartelera, en el que aparecía, en grandes proporciones, la foto que el gran Chinolope me había tomado para la cubierta del libro y el siguiente titular: “El escritor más joven de Cuba”, seguido de una nota de Alejandro Ríos. Mi amigo Juan Carlos Muñiz, el Juanca, un santiaguero de mi colectivo, me lo pidió para pegarlo en la pared de su komnata: a todo kazajo, kirguizio, uzbeko o ruso que entraba en su cuarto se lo mostraba como si se tratara de un icono en la pared de una iglesia.
Porque en 1984 yo estudiaba Ingeniería en Máquinas Computadoras en el Instituto Politécnico de Kazajstán, en Alma-Atá, que en esa época era la capital de la República. Viví allí dos años y medio, que fueron más que suficientes para constatar que habíamos sido engañados cuando nos aseguraban que primero Lenin y después Stalin habían resuelto el “problema de las nacionalidades” y que los pueblos soviéticos “constituían una hermandad inquebrantable”: los rusos eran vistos como imperialistas, la unión se sostenía por la fuerza y el miedo (lo que como sabemos es un pegamento de saliva) y la desintegración era solo cuestión de tiempo.
A Carlo Calcines y otros héroes dedica el desaparecido Alfredo Galiano su cuento “Regino en dos actos”, que también aparece en la antología de Redonet, un compilador que destaca en tu libro la agilidad y funcionalidad de los diálogos, «una tendencia al montaje de secuencias narrativas». ¿Qué opinas de la dedicatoria de Galiano y el comentario de Redonet?
Conocí a Galiano en un encuentro de jóvenes narradores que se celebró en Cárdenas a finales de los 80, el único en el que participé. Fue la única vez que nos vimos. La primera noche conversamos bastante: a él le había impresionado que, tan pronto entramos al hotel, de la carpeta me avisaron para atender el teléfono: Reina llamaba desde la UNEAC, de donde habíamos salido en un ómnibus para Cárdenas. Ella se había mantenido todo el tiempo de espera a mi lado, como si yo partiera para la guerra, por lo que fue fácil explicar quién llamaba. “Muy bonita”, me dijo. Después mencionó el cuento dedicado a mí, que ya había sido publicado en un tabloide de su provincia, y me lo hizo llegar por correos. Aún lo conservo.
Del encuentro, recuerdo la insistencia de los participantes y organizadores (entre los que estaban Heras y Redonet) en determinar si podíamos o no considerarnos una nueva generación de narradores: por los temas, por la forma… Yo acababa de ganar el Premio La edad de oro con una novela infantil y debo admitir que hallaba aquella discusión estéril y ajena: que cada cual escriba como y de lo que le dé la gana, ¿cuál es la diferencia?, pensaba, pero no dije nada pues para los demás aquel asunto parecía ser sumamente importante.
Recuerdo también que en el hotel donde nos hospedábamos nos daban cerveza en el desayuno: y de nuevo me alineé con los mencheviques. Ah, y una noche me quedé enjabonado cerca de una hora, sin agua, mientras todos comían. Ahora que lo pienso bien: tal vez fue el propio Alfredo Galiano quien cerró la llave de paso.
Mañana es fin de curso sigue hurgando en el universo adolescente, la escuela. ¿Te quedaban en el tintero historias que no aparecieron en Los otros héroes?
Bueno, para comenzar no te olvides de aquellos cuentos que la señora Metodóloga Nacional de Español y Literatura consideró que serían nocivos al lector porque yo usaba sandalias. Pero existió, sí, y otra vez, el estímulo del chino Heras: “No puedes permanecer tanto tiempo en silencio.”
Antes te referías a las entrevistas que tus familiares creyeron te harían en la entrega del David y que no se produjeron. Chely Lima me ha contado que, junto a Alberto Serret, fueron a entrevistarte para la revista Somos Jóvenes. ¿Recuerdas algo de esa entrevista que creo nunca se publicó?
Chely y Alberto llegaron a mi casa, juntos, y, después de una larga conversación, propusieron entrevistarme. Me pasaron un cuestionario escrito. Yo respondí. Alberto volvió, solo, para recoger las respuestas. La entrevista no fue publicada. Y la historia termina ahí.
Nunca olvidé la última pregunta que me hicieron:
— Si abrieras la puerta de tu casa y encontraras un enorme Brontosaurus, ¿qué harías?
A lo que yo respondí:
— La cerraría, para que no se asuste.
Colaborador con Senel Paz en la preparación de una antología de nuevos narradores cubanos. ¿Cómo fue tu experiencia?
Entre las mejores cosas que el David me dejó se incluye haber conocido a Senel Paz, el guajiro aquel. Lamento no haberme aproximado más a Senel cuando él ya había desbravado el camino para ser amigos. Con mi segundo libro fue muy paciente; por ejemplo: me avisó que en el cuento “Fantasía para un gentilhombre” (al que me referí en la metamorfosis de Childe Harold en Andrei Bolkonsky o viceversa) debía ser la misma delegada, aquella que durante toda la reunión había defendido la sanción más severa, quien llamase a la votación final que decidiría si se aplicaba o no, y que eso haría crecer el cuento. Él percibió mi reticencia: “Carlo, no puedes escribir odiando a ninguno de tus personajes”.
Para la antología que mencionas, Senel me entregó una montaña de textos. La inmensa mayoría adolecía de un factor común que me desconcertó: a sus autores parecía no preocuparles que los tipos de sus máquinas de escribir estuvieran sucios y que las aes, es, oes, ces, enes… aparecieran prácticamente iguales, como si el alfabeto tuviera solo la quinta parte de sus letras: un mazacote que te exigía una lectura tensa para adivinar las palabras. Aunque es bien probable que por ese motivo se me haya escapado más de un relato que merecía ser seleccionado, estoy convencido de que acabó integrando la antología pues allí estaban Senel Paz y Amir Valle para corregir mi error.
Pero aquella antología no fue el único proyecto literario en el que Senel y yo nos embarcamos juntos, aunque en el otro, por lo que supe después por el propio Senel (nuestros contratantes se cuidaban para citarnos en horarios distantes y no le mencionaban a uno el nombre del otro), él se las arregló para no ofender a nadie sin escribir una línea.
Una tarde, al regreso del Pre, un joven me detuvo a la entrada de mi edificio, se identificó como un oficial del Ministerio del Interior y me dijo que atendiera el teléfono cuando sonara en los próximos minutos porque la llamada sería para mí. El teléfono sonó, yo atendí, y me pidieron que me presentara al día siguiente en el edificio Focsa. (Nunca entendí por qué tanto misterio, por qué no llamaron sin avisarme antes o cómo estaban tan seguros de que la próxima llamada sería la de ellos, pero fue así como ocurrió.) Pues heme en el edificio Focsa, subiendo para el último piso en un elevador exclusivo y sintiendo como si estuviera siendo expelido de la Tierra desde Baikonur: al llegar a la estratosfera una voz me guió por el largo pasillo mientras las puertas se abrían y cerraban solas.
Sin dudas la tarea era de la mayor responsabilidad, y quizá fue eso lo que “asustó” a Senel: Hemos detectado que nuestros jóvenes se interesan cada vez más por leer fotonovelas. Leer está bien, todo lo que queremos es que nuestros jóvenes lean, pero el problema radica en que a falta de fotonovelas nacionales están leyendo las que entran de Venezuela, Colombia, México… portadoras de mensajes contrarios a nuestros intereses. Hemos hecho un esfuerzo inicial, ya publicamos algo (me muestra un ejemplar de Julito el pescador, elaborado con los fotogramas de la serie televisiva), tenemos algunas otras casi listas (menciona una adaptación de una obra de Daína Chaviano que estaría siendo fotografiada), pero lo que realmente nos interesa es producir, a partir de guiones inéditos, con temas de actualidad, escritos específicamente para esos jóvenes por otros jóvenes que hablan su lenguaje. Y la UNEAC te indicó a ti entre los que podrían ayudarnos.
Reconozco que el orgullo inicial de que alguien de la UNEAC me hubiera tenido en cuenta se ofuscó cuando supe que me pagarían ¡dos pesos! por cada cuadro: y acababan de encargarme nada menos que ¡200 cuadros! Y digo encargaron porque fue así: además de con la copia de una página de la adaptación de Daína (que me serviría de guía en la estructuración del guión: una tabla con tres columnas: “No. del cuadro y descripción”, “Texto en off” y “Diálogos”) yo regresé a la Tierra con el tema de lo que sería mi primera fotonovela: los frikis que pululaban por toda La Habana pero en especial en el parque frente al preuniversitario Saúl Delgado.
Con esa misión no es difícil imaginar la historia que comencé a escribir en cuanto llegué a casa: De un lado Carlos Alfredo, rebautizado como Tony (por Tony Manero), proveniente de una familia disfuncional (a pesar de que –o tal vez porque– sus padres viajan constantemente y lo embuten de productos extranjeros que todos anhelan), acaba abandonando el Pre tras complicarse con las asignaturas, algo que él no reconoce del todo pues se justifica con que será actor y para eso no necesita estudiar ni Física ni Matemáticas. Del otro lado Arleen, aplicada, dirigente estudiantil, que se debate entre la corrección política y su atracción por Carlos Alfredo, quien, aunque dejó el Saúl, no consigue apartarse definitivamente y se queda orbitando en los bancos del parque, al alcance de sus antiguos colegas, algunos de los cuales lo procuran a la salida de clases. Y, por supuesto, en el medio no podía faltar un tercer personaje, La Rubia, quien no pierde oportunidad de ridiculizar a Arleen, ya sea por su conducta, ya sea por la ropa con la que se aparece en una fiesta un sábado por la noche, y que para lograrlo no escatimará frases soeces o de agresión política: “Eh, caballeros, llegó la militante. Ahora tenemos una chiva en la fiesta”. Yo acababa de leer Conversación en la catedral y estaba alucinado con su entretejido de planos espaciales y temporales, por lo que no hace falta decir que acabé imitándola: hacerlo con fotos no demandaba un esfuerzo especial pues el lector no tenía cómo confundirse cuando se alternaban, por ejemplo, diálogos dentro del colegio o en el parque con una fiesta en la que Carlos Alfredo y La Rubia bailaban las coreografías de John Travolta y Olivia Newton-John en Grease (aun no existía la antológica con Uma Thurman en Pulp Fiction, de lo contrario hubiera sido esta). El final no podía ser más redentor: Arleen sale del Saúl con un grupo de estudiantes portando pancartas y Carlos Alfredo se le aproxima. “Estamos yendo a ‘asaltar’ Guiteras”, le dice ella. “¿No los puedo acompañar?”, le pregunta humildemente él, que remata con “Mira que me vas a extrañar: me voy en el llamado de julio y dicen que el primer pase demora como tres meses”, refiriéndose al Servicio Militar. En la descripción del cuadro 200 yo insistía en que, aunque se trataba de un plano general del grupo, avanzando por la calle 25 hacia Guiteras, debía ser evidente que Carlos Alfredo asía el otro extremo del cartel enarbolado por Arleen.
Diez días después de la visita inicial (durante los cuales no dejaron de llamarme para informarse de cómo avanzaban los trabajos ofreciéndome todo tipo de apoyo: papel, cinta de escribir, lo que necesites) estaba de vuelta al Focsa con el libreto titulado Quizás un sábado. La entrega fue una fiesta, al menos para mí: yo estaba satisfecho con el resultado, ellos se mostraban satisfechos con que yo hubiera respondido tan rápido (“La comisión de especialistas lo avalará inmediatamente”), y a aquella altura de la Tierra mi cerebro se transformaba en una caja registradora: 200 cuadros, 400 cuadros…
Demoraron una semana en contactarme. Y en cuanto entré a la sala supe que todo estaba perdido: sobre una mesa permanecían unas cuatro o cinco copias de mi guión (aquellas fotocopias antiguas, grises) en la portada de cada una de las cuales habían acuñado en grandes letras rojas SECRETO.
Amén del referido cuento de Galiano, muchos autores, especialmente los más jóvenes, tomaron tus textos como referente y a la mayoría de ellos, a la crítica y supongo que a los lectores, debe haber sorprendido muchísimo que no optaras por estudiar Filología o Periodismo, sino por una carrera que entonces parecía muy rara: Ingeniería de Sistemas Automatizados de Dirección. ¿Podrías comentar todo lo antes mencionado?
Durante un tiempo esa fue una discusión recurrente en casa: qué debíamos estudiar mi hermano y yo, ciencias o letras, considerando que, aunque escribíamos, nos entendíamos perfectamente bien con las Matemáticas. La familia y los amigos estaban divididos, y los dos bandos esgrimían razones igual de convincentes. Para complicar aún más las cosas, entre nuestros amigos sobraban ejemplos de todo tipo: desde Carlitos Crespo que como poeta se moría literalmente de hambre y vivía de la caridad colectiva, hasta el ingeniero en telecomunicaciones Marcos Pérez García, para el cual su título de Máster en Ciencias por la Universidad de Manchester no fue protección suficiente cuando sus propios colegas lo separaron de su cátedra en la CUJAE, acusándolo de ser homosexual y esgrimiendo argumentos como “Nunca se ha casado” o “Lo vimos andando de noche por el cine Payret”, lo que a la postre fue refrendado por el Departamento Jurídico del Ministerio de Educación Superior.
La decisión final fue consecuencia de una fuerza exógena: En el piso superior al nuestro vivía E., un escritor y guionista reconocido, que se mostraba como la prueba fehaciente de que era posible vivir extraordinariamente bien de las letras. Una madrugada como otra cualquiera, un grupo de amigos permanecíamos sentados en la terraza tomando té helado con limón cuando lo vimos pasar en caída libre y estrellarse de cara contra la acera. Contrariando sus deseos iniciales E. no murió: solo perdió algunos dientes, se fracturó aquí y allá… Aunque no todo fueron pérdidas: entre los vecinos ganó el apodo de “El paracaidista” y su mujer, por pena, postergó unos meses el momento en que lo expulsó definitivamente de casa. En cuanto a mí, concluí que al fin tenía una razón irrebatible para no estudiar letras.
Antes de la Ingeniería en Sistemas en la CUJAE, estudié la mitad de otra Ingeniería en la Unión Soviética, como ya te dije. Mientras estudiaba Máquinas Computadoras en Alma Atá, me convencí de algo que ya sospechaba: me gustaba infinitamente más la arquitectura de software que la electrónica: elaborar un algoritmo desde cero es tan emocionante como enfrentar la hoja en blanco para contar una historia: tú decides las estructuras de datos (los personajes), tú decides cómo esas estructuras cambiarán de estado imaginando las situaciones más inverosímiles (la trama). La programación te permite, por ejemplo, dar una solución recursiva, que es cuando una función obtiene un resultado llamándose a sí misma innúmeras veces en un proceso aparentemente infinito (o de final abierto) que tú has previsto que no lo sea. Y cuando liberas un sistema complejo (la novela), que es usado por cientos de usuarios (los lectores) de manera diferente, no tienes cómo no pensar en Cortázar y su deseo de que una misma novela pudiese ser leída varias veces sin dejar de emocionar, alterando el orden de sus capítulos.
Ganaste en 1989 el premio La Edad de Oro y luego La Rosa Blanca con El país de los mil paraguas, un texto para niños que se publicó en 1993 ¿Por qué esa única incursión en la narrativa infantil? ¿Cuáles fueron tus motivaciones? ¿Te interesaba continuar con otras propuestas de Literatura Infantil y Juvenil?
Aunque parezca insólito, decidí escribir El país de los mil paraguas mientras estaba debajo de las bombas que lanzaban los aviones norteamericanos en una clase de Preparación Militar en la CUJAE. Nuestro profesor, el viejo teniente coronel Salcedo, gritó: “Sobre la aviación que vuela a baja altura, ¡fuego!”, y yo supe que esas serían las palabras exactas con las que Soldado de Plomo lideraría a los otros expedicionarios cuando fueran atacados por las cucarachas voladoras en El país de los mil sustos.
Salcedo avisaba: “Sobre la aviación que vuela a baja altura, ¡fuego!” y nosotros nos lanzábamos a tierra, boca arriba, y sin perder tiempo comenzábamos a dispararle a los aviones con nuestros AK-47 de calamina. “Trá-tá-tá”, gritaban las muchachas, que apoyaban las maquetas de AK-47 en la tierra, apuntando para el cielo, apretándolas entre los muslos pues eso las ayudaba a permanecer casi sentadas: “Ah, profe, no nos vamos a llenar el pelo de tierra”. “Trá-tá-tá”, repetía el viejo teniente coronel Salcedo, aceptando que sería un crimen de guerra que las muchachas se ensuciaran el pelo, “trá-tá-tá”, sintiendo su virilidad renovada, sintiéndose él mismo una de aquellas maquetas de calamina.
Exceptuando cuando te obligaban a memorizar cuántos efectivos tenía cada unidad de la Marina o del Ejército Norteamericano, las clases de Preparación Militar eran lo más erótico que sucedía en la CUJAE. Nos entregaban, por ejemplo, una brújula y una hoja de papel en la que se describía, paso a paso, usando coordenadas y distancias, el recorrido destinado a nuestra escuadra y nos recordaban que, para obtener la nota máxima, existían puestos de control intermediarios por donde deberíamos pasar en una secuencia diferente por escuadra, así que era inútil seguir a las otras. Y comenzamos a caminar por las guardarrayas de los cañaverales que rodean la CUJAE; hasta el primer puesto de control es fácil, pero a partir de ahí la brújula apunta para un lugar diferente dependiendo de la muchacha que la sostiene, “Bah, esta cosa no funciona”, y Lisset desiste de la brújula, ahora camina agarrada de tu brazo, dice que para no caerse en un hueco, está bien aunque no se ve ningún hueco, por qué en la prueba no me dejaste copiar la explicación de cómo se tira una granada, escribí unas boberías que casi suspendí, y tú: no quería que la granada del fraude nos explotara en la mano, yo lo sé pero estábamos tan pegados que ni se iban a dar cuenta pero me tapaste la hoja, ¿me estabas protegiendo?, y tú te esfuerzas por continuar estimando las distancias: 50, 100 metros, ¿por qué me estabas protegiendo?, pero ni te percatas cuando pasas por el próximo punto de referencia (¿era una palma?) sin actualizar los números: estás desarrollando la letanía y si morimos mañana por qué no ser tú mi última mujer antes del próximo combate, y ella no pone objeciones, es más: lo considera apropiado para elevar la moral combativa, es más: eres un bobo, ¿no te has dado cuenta de que llevo siglos esperando que me dijeras já para decirte ja-je-ji-jo-jú?, y si no lo habías sido antes ahora sí tienes cara de bobo, ¿bobo yo?, pero solo un segundo, porque la halas para esconderla entre las cañas y besarse y tocarse por encima del uniforme de miliciano sin que ningún francotirador enemigo pueda interrumpirnos. Se acabó la bobería: hoy nos vamos juntos para mi casa. Fuimos los últimos en regresar al punto de partida, con la nota mínima, pero yo me creía el mismitico Vasili Záitsev.
Por esa fecha se me acercó Nieto, un miembro del Comité Nacional de la UJC que estudiaba en la CUJAE, para invitarme a una mesa redonda donde no se hablaría de Vasili Záitsev y el Ejército Rojo, pero sí de los jóvenes soviéticos, aunque fuera tangencialmente. Yo ya había colaborado con otros proyectos de la universidad que eran siempre comandados por la FEU o la UJC: por ejemplo, me encargaron escribir el editorial del primer número de la revista +Luz con algunas exigencias (citar cifras de graduados, la historia fundacional de la CUJAE, el apoyo del Che como ministro de Industrias…) y que se publicó con el título “Proseguir el camino”. Pero esta vez no se trataba de escribir por encargo, sino de debatir “¿Existe en Cuba libertad de expresión?”, pues ese era el tema de la mesa redonda. El factor motivador fue la última semana de Cine Soviético, celebrada en la Cinemateca, cuando el gobierno cubano, después de anunciada, había impedido la proyección del documental ¿Es fácil ser joven?, en el que se entrevistaba a jóvenes soviéticos de todo tipo, incluyendo algunos que habían peleado en Afganistán y decían cosas como “La guerra no te hace mejor. La guerra no hace a tu país mejor. En la guerra solo envejeces”. El agregado cultural de la Embajada Soviética protestó (eran verdaderos Tiempos nuevos y verdaderas Novedades de Moscú), se creó un impasse, y el gobierno cubano, que aún no se había decidido a calificar a los dirigentes soviéticos como traidores, optó por trasmitírselo a toda Cuba en el programa más esperado por las familias que los fines de semana no tenían otra alternativa que permanecer en casa frente a la televisión: Tanda del domingo. Aquella presentación fue patética: Mario Rodríguez Alemán, su conductor, que justificaba cualquier blockbuster que alababa abiertamente el american way of life diciendo por ejemplo “No se confundan, la mayoría de la población norteamericana no tiene acceso a nada de lo que ustedes acabaron de ver” y partía sin sonrojarse para la segunda película de la tanda (generalmente la segunda peli era mejor: Kramer vs Kramer, Tootsie…), explicó que por primera vez había sentido la necesidad de rever lo que mostraría para analizarlo bien y no ser injusto, por lo que estaba tranquilo con su conciencia afirmando que era una porquería manipuladora que merecía la basura fílmica, aunque… sin embargo… (balbuceó un monte de incongruencias incomprensibles) aun así sería exhibido.
Aunque la mesa redonda a la que me convocaban no pretendía discutir la calidad del documental sino si “¿Existe en Cuba libertad de expresión?”, Nieto consideró estimulante avisarme que el propio Rodríguez Alemán estaría entre los invitados, además de Carlos Aldana (en la época el “ideólogo” del Partido), Soledad Cruz… “Pero esa mesa redonda no tiene el menor sentido”, le respondí. “¿Por qué?”, preguntó sorprendido. La respuesta debía ser obvia para un estudiante de ingeniería: “Si existe libertad de expresión, no hay nada que discutir. Y si no existe libertad de expresión, no podremos discutir.”
La aparición de Los últimos serán los primeros fue un gran suceso en un momento de depresión profunda de las editoriales cubanas. ¿Qué había pasado contigo por entonces (año 93)?
En 1993 yo estaba intentando sobrevivir, como la inmensa mayoría de los cubanos, aunque en realidad las cosas mejoraron bastante cuando descubrí El Dorado, en las dependencias administrativas del Museo Nacional de Artes Decorativas: Armandito, mi casi excuñado (Reina llevaba meses en Francia, pero aún no había declarado que se quedaría), era económico de la Sinfónica Nacional, donde su función más importante consistía en proteger un tanque con alcohol puro que llegaba con cierta frecuencia del Central Camilo Cienfuegos, en Santa Cruz, y que se destinaba al mantenimiento de los instrumentos y aparatos electrónicos de la Sinfónica. Armandito tenía dos hijos que acababan de ultrapasar la barrera de los siete años, por lo que ya no tenían derecho al litro de leche y cada día estaban más escuálidos… como el resto de la familia. Yo me encargaría de todo y dividiríamos las ganancias a partes iguales: una vez por semana (lo máximo que podía justificarse como evaporación natural) recogía un recipiente con 10 litros de alcohol y dejaba otro vacío para la próxima semana. Después de agregarle dos partes de agua y unas cucharadas de melado de azúcar prieta obtenía unas 40 botellas de 750 ml de “ron”, de las cuales mi amigo Tachi se llevaba 30 de un golpe, a 100 pesos cada una, pues “Las vendo fácil-fácil a 150, me las arrebatan esos locos, dicen que es la mejor chispa de El Vedado”: los que merodeaban en las madrugadas del Malecón. Las otras 10 botellas se convertían en moneda de trueque: el panadero daba 10 libras de harina por cada una, el carnicero 20 libras de jurel con cabeza…
Yo trabajaba en el grupo de CAD (Computer-Aided Design) de la Oficina Nacional de Diseño Industrial (ONDI), donde acontecía la contradicción perfecta: programar (cuando había luz) en las computadoras personales más caras del mundo entonces (las IBM Personal Systems) y almorzar arroz con pedazos de orejas o de pellejos de puerco gomosos que los diseñadores bautizaron como “arroz con prepucio” y que todos nos comíamos como si fuera una paella valenciana. “En muchos otros centros eliminaron el almuerzo y nosotros no”, decía orgulloso el director Ricardo Sánchez, apodado “El huevo” (para unos por cariño, para otros por desdén), lo que no dejaba de ser cierto, pues en Prensa Latina, por ejemplo, donde trabajaba mi hermano “Entramos al comedor y nos sirven una bandeja de col con sal. Comemos mirándonos con recelo, moviendo las narices como si fuéramos conejos.”
Claro que no fue por el “arroz con prepucio” que me sentí orgulloso de trabajar en la ONDI, sino por la tropa de jóvenes irreverentes que, a pesar de mal nutridos, estaban pletóricos de energía y creatividad y fueron mis amigos: Ernesto Romero, José Luis Vega, Pablito Herzberg, Pedro “El Bolex”, Pepe Menéndez, Marcial Dacal… La mayoría de ellos integró la primera graduación del Instituto Superior de Diseño, adscrito a la ONDI, y ganaron mi admiración cuando supe que, siendo aún estudiantes y poniendo en riesgo sus carreras, habían tenido el coraje de protestar en la calle Belascoaín enarbolando los mejores carteles que jamás se han visto en una protesta espontánea: cartulinas Canson de alto gramaje, frases bien humoradas en tipografías, colores y proporciones perfectas… Esas manifestaciones lograron lo que en Cuba todos consideraban imposible: que un grupo de culicagaos hiciera saltar por los aires al todopoderoso Iván Espín (hermano de Vilma), el director de la ONDI. Después, en alguna de las muchísimas ocasiones en que permanecimos en mi casa bebiendo Ron Armandito y comiendo tacos salidos de la harina que trocaba con el panadero y rellenos con masas de jurel hervido, ellos acabaron aceptando que la verdad debía ser menos heroica: intereses mayores habían decidido acabar con Iván Espín y existió un permiso tácito para aquellas protestas.
En la ONDI también conocí a M., quien no mostraba el menor interés por ser una heroína. Mientras los demás pedaleaban en aquellas bicicletas chinas Forever que pesaban media tonelada, M. usaba una bici de fibra de carbono levísima, encima de la cual, siempre vestida totalmente de negro y con el cabello suelto tremolando atrás, parecía que llegaba flotando: como una bruja en su escoba. Estaba casada con uno de esos tipos que en cualquier circunstancia logran mantenerse vinculados al poder y que en aquellos tiempos posperestroika había sido inducido a fundar algo que el gobierno pudiese presentar internacionalmente como una ONG, puesto que habían tomado conciencia de que enviar a representantes de los CDR o de la FMC haciéndolos pasar por miembros de ONGs cubanas era un tupe difícil de tragar hasta por los propios aliados. Resulta que el esposo de M. gozaba de todas las facilidades para fundar su ONG, salir del país cuando lo hallaba pertinente… pero tenía serias dificultades para conseguir papel bond de 90 gramos por metro cuadrado donde imprimir, digamos, los estatutos de la organización que estaba gestando. Y si algo yo tenía al alcance de la mano era papel bond de 90 gramos por metro cuadrado: un cuarto de la casa que mi grupo ocupaba en la ONDI había sido destinado a almacén y, aunque la puerta estaba trancada a siete llaves, yo me las arreglaba para penetrar por un espacio entre el techo y la pared.
Entonces, resumiendo mi respuesta a tu pregunta de a qué me dedicaba en los primeros años de la década del 90: un día de la semana convertía alcohol en ron para venderlo y poder comer; otro día intentaba impresionar a la mujer de la que me había enamorado regalándole resmas de papel.
Carlo Calcines desaparece repentinamente como autor (no puedo dejar de pensar en Rimbaud y su historia de vida, lo siento) ¿Hay razones para ese mutismo editorial? Parafraseando la archiconocida película que enfrentó a Joan Crawford y Bette Davis ¿Qué pasó con baby Carlo?
Podría responderte parafraseando a Groucho Marx y su «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo», adaptándolo a que la vida es tan breve y hay tantos libros buenos que aún no he leído que para qué perder tiempo releyendo una y otra vez la página que yo logro escribir. Sin embargo, no estoy seguro si “desaparece repentinamente” es totalmente correcto, pues además de los tres libros se publicaron otros cuentos en antologías y un capítulo de una novela que continúo escribiendo (apareció en la revista Letras cubanas con el título Una muchacha, el amor y los conejos)…
De cualquier forma, sucedió, sí, algo que justifica, por lo menos en parte, por qué decidí permanecer distante de ese mundo.

De izquierda a derecha, los poetas Ramón Fernández Larrea, Alex Fleites, José “Pepe”Olivares. Sentadas: Marilyn Bobes y Reina María.
Un día se apareció en casa una persona que se identificó como un oficial de la Seguridad que atendía la UNEAC. Sin ninguna cortapisa me propuso que me aproximara a Reina María Rodríguez y al grupo que se reunía en su Azotea. Según él, yo no encontraría resistencia para ser aceptado. Yo conocía a Reina María; inclusive había estado en su casa por lo menos una vez para una reunión con Lisandro Otero cuando este se perfilaba como candidato a Presidente de la UNEAC y consideró conveniente escuchar a los más jóvenes. Reina María profesaba cariño de una manera tan especial que cada uno acababa pensando que era imposible que eso ocurriera con los otros y lo asumía como una cuestión personal.
Entonces, aparece este oficial de la Seguridad pidiéndome, sin el menor escrúpulo, que espiara a Reina María y los suyos: “Necesitamos que nos ayudes a saber lo que piensa cada cual y tú lo puedes lograr.” Yo aún imaginé posible una salida de caballeros: “Son escritores: están locos por expresarse y ser escuchados. ¿Por qué no hablan directamente con ellos?”
Algún tiempo después supe que para esa fecha mi nombre estaba entre los candidatos a un Encuentro Iberoamericano de Jóvenes Narradores que se celebraría ese año en España y que, por lo menos en mi caso, aceptar ser un chivato formaba parte de los requisitos.
Sé que vives en Brasil desde hace años. ¿Mantienes contacto desde allí con aquellos novísimos ya veteranos? ¿Estás al tanto de lo que ocurre con la narrativa cubana?
No mantengo ningún contacto. Pero la situación no es muy diferente de lo que siempre fue: para completar, me niego a tener cuenta en Facebook o semejante, lo que no facilita localizarme.
De la narrativa cubana actual, he leído algo de lo que se puede comprar en Amazon… y, por supuesto, a Padura: El hombre que amaba a los perros… Por cierto, si lo ves un día, por favor, recuérdale de mi parte que todavía no me ha devuelto el ejemplar de Pedro Blanco El Negrero que le presté con 16 años, cuando yo estudiaba en el preuniversitario Guiteras y él trabajaba en El Caimán Barbudo: Lino Novás Calvo era tratado aún como un escoria para la Cultura Nacional, por lo que estamos hablamos de una edición prerrevolución, que salió de la biblioteca de mi tío Héctor Pedreira.
¿Tu vida privada fue cuestionada de alguna manera mientras viviste en Cuba?
Si descontamos las múltiples ocasiones en que tuve que explicar por qué no había hecho la guardia mensual del CDR (cuando faltabas a una te sumaban inmediatamente otra, y otra, y después te responsabilizaban por múltiples faltas en el mismo mes, aunque yo argüía que solo había faltado a una: la guardia original) o por qué me negaba a integrarme a las Brigadas de Respuesta Rápida, una vez estuve a punto de ser acusado de ostentación homosexual.
Ocurrió en las primeras vacaciones en que mi hermano y yo coincidimos en La Habana, después de dos años de estudios en la Unión Soviética. Una noche hicimos lo que habíamos hecho siempre antes de salir de Cuba: regresar de casa de mi abuela caminando por la calle 23. Así que atravesamos la calle G, frente a la Casa del té, un lugar donde se armaban largas filas de jóvenes de todas las tribus, que estaban más interesados en permanecer juntos que en tomar té, y se abalanzaron sobre nosotros varios tipos que, además de separarnos y rodearnos, exigieron que les mostrásemos nuestras identidades. Como ellos estaban vestidos de civil, tanto mi hermano como yo tuvimos la misma reacción: “¿Y quiénes son ustedes?” Y ambos fuimos objeto de la misma pantomima: uno del grupo mostró algo, pero a la velocidad de la luz. “No vi nada.” Y otra vez la farsa. “De nuevo no vi nada”. Los tipos no estaban dispuestos a que su autoridad fuese desafiada delante de tantos jóvenes y partieron para el contacto físico. Lo último que vi fue cuando mi hermano le aplicó un Morote Seoi Nage al tipo que le había puesto una mano en el pecho y lo proyectó contra la acera. A mí me encañonaron con una pistola para que me mantuviese inmóvil, mientras el grupo se abalanzaba contra mi hermano y lo tiraban de boca contra el piso: nos rociaron los ojos con spray de pimienta, nos esposaron y nos metieron literalmente de cabeza en un Lada que estaba estacionado junto a la cola.
Fuimos a parar a la Zona de los CDR, en G y 17 (a tiro de piedra de donde había sido la premiación de mi David pocos años antes) la cual estaba siendo utilizada como “centro de comando operativo”, según dijeron, y en la que sí había oficiales uniformados. Allí, cuando fueron cuestionados por su jefe acerca del motivo de nuestra detención, los dos tipos que nos llevaron (recuerda que no habían logrado ver nuestras identidades) no vacilaron en afirmar que por ostentación homosexual.
–¡Qué ostentación homosexual de qué pinga si somos hermanos, remaricón! ¿Por qué no dices la verdad so pendejo: que yo te despingué contra el piso?
(Nuestro padre, que era abogado, nos diría después: “Estoy cansado de defender esos casos: la policía acusa a jóvenes, que claramente no lo son, de ostentación homosexual y los tribunales les imponen como mínimo una multa”.)
Pero si de un lado los guardias preferían quedarse callados y sin historia que justificase nuestra detención antes que admitir que uno de ellos había sido derribado con un Morote Seoi Nage frente a la enorme cola de la Casa del té de 23 y G, del otro, los oficiales no estaban dispuestos a dejarnos ir con tanta facilidad, máxime cuando habíamos mancillado su “centro de comando operativo” gritando decenas de “malas palabras” y, para colmo, en presencia de aquellas señoras cederistas que tan gentilmente les habían traído agua fría y café de sus casas y que nos observaban convencidas de que si habíamos sido detenidos por esos jóvenes combatientes en algo malo andaríamos y lo mínimo que nos merecíamos eran veinte años de cárcel.
Esta historia termina de la siguiente forma: hicieron venir a una patrulla en la que ya estaba siendo trasladado un presunto preso pelado al rape (“Me escapé del tanque y me cogieron”) y que nos llevó a los tres para una estación de la policía en Zapata. Nos encerraron en una sala donde aquel trató por todos los medios posibles de solidarizarse con nosotros llamando a los policías de fascistas, batistianos y cosas por el estilo a lo que no respondimos ni media palabra: mi hermano y yo nos mantuvimos todo el tiempo hablando en ruso entre nosotros, de trivialidades, sabiendo que podíamos estar siendo grabados. Unos 15 minutos después él se dio por vencido, hizo una señal a través de la pared de vidrio y llamó a un policía que estaba del otro lado. La puerta se abrió y nuestro compañero de cautiverio nos despidió con una frase que recuerdo hasta hoy: “Muchachos, vayan para la casa y no salgan, que la calle está mala”.
¿Has pensado en reeditar tus libros en Cuba o en otros países?
Lo que he pensado es crear un sitio y liberarlos todos, incluyendo cuentos publicados en revistas o antologías que no aparecen en los libros, el guión de fotonovela del que te hablo («Quizás un sábado») y otros inéditos. Pero lo voy dejando y dejando: un día de estos lo hago. Mi tarea inmediata es terminar la novela que también mencioné, ya que es una continuación más madura de aquellos libros.
Por cierto, si me preguntas cuál es el libro que yo hubiera querido escribir: el de Kazuo Ishiguro que fue traducido al español como No me abandones, aunque el título original es Never let me go. No entiendo por qué no lo titularon No me dejes ir.
Si pudieras dar vuelta atrás y sugerirle algo al adolescente que escribe una de sus historias de Otros héroes, ¿qué le dirías?
Preferiría hablar con el niño que fue ese adolescente que cría palomas en la azotea de Lilia Beale, como te dije al comienzo.
Le diría: Si tienes otros intereses y no quieres ir todos los días a llevarles comida y agua, basta abrir el candado y la puerta y dejarlas salir. Solo soltarlas: el palomar quedará abandonado pero abierto. Las palomas se irán: dejarán de ser tuyas pero vivirán.
Le exigiría: No las dejes morir presas.









