Zurcido invisible y la risa cáustica

Sobre el libro Cuentos ligeramente perversos, de Marco Tulio Aguilera Garramuño

Raciel D. Martínez Gómez


Cuentos ligeramente perversos
Marco Tulio Aguilñera Garramuño
Camelot América, 2020.

 

El escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño otra vez muestra su oficio destilado en Cuentos ligeramente perversos. Aunque podría parecer que la reunión de textos busca siempre la paradoja y las contradicciones conservadoras, los cuentos ofrecen varios registros que disipan la idea de leer una pedagogía de la perversidad.

Algunas piezas resultan llanas y crueles, y unas con mediano aliento bastan para exhibir miserias sociales y eróticas, de las que Marco Tulio examina con acucioso detalle en toda su obra. Sin embargo, distante de la carne, también Aguilera enseña su lado de reflexión filosófica y erudita que exige más de una referencia a la mitología o al Fausto de Goethe, como “La manzana de Adán”, con la hetaira insuperable, Lilith, amante de los dioses más lascivos.

En medio de la ligereza -que no aspira a lo etéreo o críptico-, está la inteligencia del escritor que más que sacar un procaz martillo ocupa bisturí y desliza críticas que bordan el cuerpo -para eso lo acusan de falócrata-, pero también las pasiones y vicios de la condición humana: la arrogancia intelectual burlada en el congreso de los 300 poetas en “El masajito” es delirante y jocosa.

Al igual que en su antología recientemente publicada, Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, Garramuño constata que hace rato había cruzado la etapa de la truculencia no obstante el histrión camorrista que él mismo, por cierto, se ha labrado.

Ligeramente perversos no requiere de fuegos fatuos para levantarle la falda a la moral provinciana: en “Pequeño cuento con muñeca inflable” avienta el ácido a su colega para acabar pronto. Incluso en estos cuentos, su Xalapa, la ciudad que es el centro de la mofa del Garra, no es objeto mayoritario de este libro, sino más bien se trata de textos tendientes a invertir figuras retóricas universales, entre los que destacan clásicos infantiles en versión adulta: “Caperucita feroz” y “Cerdicienta”, perversos de cepa.

Eso sí, el autor, colombiano al fin, tropicaliza los lugares comunes de la intelectualidad.  Aparte de la natación, uno de los deportes preferidos de Marco Tulio es hincar desafíos a las inercias de un establishment cultural que se dedica a administrar lo correctamente aceptable en los ámbitos estético, ético y  político.

Para ello, como faro en el horizonte, sigue siempre al Ventura de su saga novelística: esa especie de Quijote, el de Cervantes, en donde todo lo improbable es una divertida casualidad. En Cuentos ligeramente perversos Garra sabe que un pacto de verosimilitud en la literatura culmina en vaudeville.

Además de la corrección política, hoy tan manoseada, el cuentista asume otro molino con el que batalla: la trascendencia. Por esto la soberbia intelectual, los bardos en general, es enfrentada con la vanidad sutil y, ahora, ligeramente aviesa del Colombias.

El anuncio de lo perverso funciona para provocar, recordemos su parricidio cultural en contra de Gabriel García Márquez que es juego de humor negro. Así fue: es más simbólico lo del Gabo y en los Cuentos ligeramente perversos solo es una entrada que luego exhibe matices, en especial los cuentos de menor extensión, que de tan sustanciosos recordarán al dinosaurio de Augusto Monterroso y al Efraín Huerta de los poemínimos: “Equivocación”, donde un hombre atenta contra su ángel de la guarda, “La mujer del sueño” muy Lacan o “El tormento de las 11 mil vírgenes” que semeja chiste de Pepito metido a Lucifer.

Aguilera no es un autor iconoclasta que de forma gratuita vomite performance o elija la escatología tan rival del propio kitsch. Y no lo es al revisar su novela Formas de luz, el libro más acicalado del frenáptero, donde el personaje se muestra en un estadio a cuál más vulnerable rindiéndose ante el pozo más profundo de la melancolía acompañado de William Styron.

Entonces: hay más detrás del personaje que es impostación. La madurez de los cuentos lo evidencia: no alardea con giros bruscos para provocar efectos morales entre los lectores; es más, hasta podría señalar que no cede ante el facilismo rupturista, porque la misma secuencia narrativa ligeramente está bien concluida en círculos.

Nada de lo que representa MTAG es absoluto. Ni es el provocador feroz ni vive su otoño postcoital vengando memorias. En todo caso es un esteta que gusta de la máxima de Vladimir Nabokov. No hay efectismo sino un trato depurado del lenguaje, de su estructura. El zurcido invisible, en cambio, es su obsesión. Por encima de los contenidos se halla el estilo en Cuentos ligeramente perversos.

En las dos últimas décadas se desató un fenómeno de hiperviolencia que ha dejado al cuerpo en el peor de los niveles de cosificación. Hasta la pornografía ha quedado atrás, como una representación teatral frente al espectáculo del horror. El cuerpo ha sido mancillado de tal manera que el conjunto de expresiones que sublimaban o explotaban su represión y libertad han pasado a un tercer plano en un estado de indiferencia. De ahí que los cuentos de Garramuño se aprecien diferentes a las etapas en las que fueron escritos.

Cuentos ligeramente perversos ahora pone a prueba no solo la corrección política, sino todo lo que implica: la diversidad cultural y sexual, evitar los discursos de odio y sobre todo no excluir sino incluir, es parte de una nueva conciencia que ya no sólo irrumpe los espacios públicos como recintos educativos y medios masivos de información, sino también se encuentra en los discursos artísticos que gozaban de total libertad individual.

Pero si no le rinde ciega pleitesía al Premio Nobel de Literatura, menos al mundillo de las publicaciones, a los capos culturales y ahora a la agenda global de la corrección política.

Garramuño es megalómano, por supuesto, con una silueta maldita dentro y fuera de los libros con legítimo derecho a la vanidad. No acostumbra el tono cortesano. No practica la iconodulia, opta por la desmitificación permanente y la risa cáustica; así es el autor y así son los Cuentos ligeramente perversos.