"No es una buena idea explicar lo que hago"

Conversación con Luis Enrique Silvestre Guerra

Dossier
Por Ernesto Santana


Nos asombra que alguien venga y, con elementos ordinarios, y hasta vulgares, construya algo que no existía, que no parecía necesitar existir hasta que se torna presente, que no existió antes, quizás, ni siquiera en la imaginación de su hacedor, que ha hecho un acto de la palabra imaginar porque le ha dado una forma concreta a algo que era solo intuición en su mente.

Y esa imagen, que antes no existía, o al menos no con este sentido, se incorpora a la imaginación personal, y hasta colectiva, y lo obliga a uno a ver de otra manera, o sea, a descubrir nuevas significaciones en su relación con el mundo y, en definitiva, a sentir más, que es vivir más alerta.

Naturalmente, ese poder de la imagen —sí, esa magia visible— despierta en nosotros fascinación por el que la crea. O la trae, como un portador.

Uno puede sentir admiración por el arte, pero no fascinación, porque el arte no existe, como ya está dicho. Existen los artistas, que son nuestro único vínculo con toda esa acumulación de imágenes traídas por ellos. Así que vamos hacia el artista para dar con la clave, porque siempre nos explicamos un poco mejor al hijo cuando conocemos al progenitor.

Pero hallar a la persona no es exactamente hallar al artista, porque ya eso es otra historia. Se supone que el artista está en esa persona. Es ella. A veces, no obstante, resulta que, cuando más, el artista es solo un vecino de la persona y ni siquiera tiene mucho trato con ella, porque hasta los hábitos del artista pueden ser muy distintos de la persona. Incluso el artista puede saber muchas cosas que la persona ignora.

Hay ocasiones en que la persona puede revelarnos muchísimo, y hasta resultar más fascinante que el propio artista, o ponerse atorrante como si lo conociera mejor que nadie. Son las palabras que nos dice la persona sobre el artista, que pueden resultar muy expresivas y hasta reveladoras, pero que no pasan de ser opiniones. Si queremos la palabra del artista tenemos que conformarnos con su obra.

Desde que conocí a Enrique Silvestre en 1998, siempre me ha llamado la atención lo poco que puede decir sobre su arte. Por supuesto que eso ocurre con muchos artistas, pero en él resulta más notable porque Kike, como todos le llaman, que no es mal conversador, tiene ese loco pudor al hablar sobre su obra. Quiero decir: sabe que hablar de su arte es intentar describir el color rojo con todos los matices a su disposición, pero solo del color verde. O describirlo solo con una línea. O con un punto.

Es lógico que un explorador y un sometedor de imágenes concretas sea desconfiado con las palabras, que procuran la figuración mental y tienden a disolver la realidad. En el caso de Kike, lo abrumador es el almacén de imágenes que ha conquistado. Un territorio que se desborda más allá del espacio que contiene sus cuadros. Si sus cuadros resultan innumerables, en el dominio que ellos abren no solo no existe el número, sino que contar no es siquiera relatar visualmente.

Y, sin embargo, tienen el encanto de una canción de gesta. No el lirismo introspectivo, sino en acción, el lirismo en épica. Las aventuras de un ser al que no se puede acceder por medio de la palabra. Esa distancia abismal entre la persona y el artista puede ser muy reveladora en sí misma.

Puede decirnos mucho el loco pudor de Enrique Silvestre porque, al cabo, esa distancia es imaginaria —una imagen que creamos nosotros— y es solo una palabra.

Aunque no sabemos lo que es una imagen, podemos hablar con su mensajero. Pero mensajero también es una palabra.

 

En una entrevista, confesaste que ahora prefieres pintar con luz artificial y con el fondo sonoro de São Paulo, ¿pero qué le dio tu infancia silvestre, en el idílico Hershey, a tu obra?

Nací en La Habana y al año me llevaron para Hershey, donde pasé toda mi infancia y parte de mi adolescencia, con mis abuelos, que fueron los que me criaron. Vivíamos en una casa tipo chalet americano, con diversos tipos de árboles frutales, muchos animales y hasta caña de azúcar, porque allí había un central azucarero de tres torres.
Puedo decir que soy guajiro de pueblo pequeño, en una comunidad donde todas las familias se conocían y no había peligro. Aunque no estuviera jugando con mis amigos, andaba por los lugares apreciando la naturaleza de forma consciente e insconciente. Creo que todo esto influyó mucho en lo que pinté después, en los años noventa.
Vivo desde hace veinte años en São Paulo y sigo creando, en mi estudio, sobre todo en la noche.

Me gusta escuchar los ruidos y la expresión de la ciudad. Quizás ponga una música con el volumen muy bajo. Funciona mucho en este horario, pues me sugiere nuevas cosas y también me hace reflexionar mucho sobre mi vida, mi pasado y mi presente.

¿Cuáles retos e influencias tuvo que enfrentar tu obra cuando cambiaste de mundo, desde una isla pequeña y apartada del mundo hasta un país vastísimo y abierto?

Toda dislocación es un proceso complicado. Enfrentarte a otro idioma, a otra cultura. En fin, otro mundo. Lo más difícil de emigrar es la adaptación. En Cuba, yo desarrollé una obra muy figurativa con una investigación sobre arte naíf. Ya en los últimos años del Instituto Superior de Arte (ISA) esta propuesta se había concretado bastante.
Por entonces, me interesaba mucho lo anecdótico, lo onírico, representar de alguna forma aquella absurda realidad en que vivía, y esa representación tendía a cuestionar mi entorno social más local a través de una carga cínica, de la parodia o la crítica social. En Brasil, pasé bastante tiempo estudiando y tratando de comprender el arte brasileño: movimientos como el concretismo, el neoconcretismo, la antropofagia, que aún continúo estudiando.

En cuanto a los retos, mi impresión de vivir aquí en Brasil comenzó a transformarse y empecé a encontrar un lenguaje más amplio y universal, procurando otros cuestionamientos, otras nuevas formas de representación, intentando fusionar la nueva realidad con la impresión de Cuba en el pasado.

 

Habiendo nacido y crecido en medio de un experimento político enemigo de las libertades personales, ¿cómo explicas la evolución de tu arte, tan individual y tan notablemente libre en todos los sentidos?

La imposición de una falsa ideología, el lavado de cerebro, la mentira, la censura, la tortura psicológica y todo el mal con que actúa ese sistema del gobierno de Cuba, crea un despertar de la consciencia. Uno comienza a reflexionar y a cuestionar y canalizar, a través del arte, todo lo que está aconteciendo. Eso me coloca en una especie de contracultura y a la vez me permite una gran libertad de expresión, aunque tales cosas son siempre mal vistas por los manipuladores, los censores y los mentirosos que sustentan aquella dictadura.

Tu generación salió a escena en los años noventa, que resultaron un parteaguas en la plástica cubana. ¿Cómo viviste aquellos años, cómo interactuaste con tus contemporáneos de entonces?

Los noventa en Cuba fueron muy intensos, sobre todo en el ISA, donde tuve excelentes profesores como Flavio Garciandía, Eduardo Ponjuán y Osvaldo Sánchez. Había muy buena energía, mucho interés en hacer proyectos y exposiciones. Por cierto, toda la metodología que me enseñaron entonces, me ha servido hasta hoy. A pesar de la difícil situación económica de aquellos años, con el Período Especial, todos continuábamos creando, investigando, exponiendo, con mucho entusiasmo y muchos planes.
Yo participé en el Primer Salón de Arte Cubano Contemporáneo, en 1995, y también en el Premio Anual de Pintura Contemporánea Juan Francisco Elso, por esa misma fecha. Fui invitado a participar en la Bienal de Cuenca, Ecuador, y por primera vez salí de Cuba. Resultó muy importante para mí conocer a otros artistas, otro país y participar en ese evento, porque realmente fue una experiencia fundamental en mi creación y en mi vida.

En 1999, me invitaron a participar en la Bienal de La Habana, pero no puedes tomar dos decisiones al mismo tiempo. La mía en aquel momento fue emigrar a Brasil.
También fue importante haber estudiado en el ISA junto a quienes luego serían artistas destacados, como Ibrahim Miranda, Joel Rojas, Belkis Ayón, el grupo Los Carpinteros, Esterio Segura. Y, sobre todo, mi relación con Ezequiel Suárez y Sandra Ceballos, en el Espacio Aglutinador.

¿Cómo le describirías tu obra, en general y muy sumariamente, a alguien que nunca ha visto ninguna pieza tuya?

Bueno, primero, ¿para qué yo querría describirle mi obra a alguien que no ha visto nada de lo que hago? Es como disparar un tiro al vacío. Ya, de por sí, mi investigación es muy fragmentada y diversificada. Podría decir que en el proceso creativo se van conformando algunas series o grupos de piezas, que se interrelacionan unas con otras, pero creo que existe un hilo conductor en mi obra, aunque utilice diferentes modos de representación. La pintura como género es muy poderosa y es la que me va diciendo lo que debo hacer o no hacer, dónde parar. Por eso, hay que verla en vivo y no en fotos. Me hubiera gustado mucho hacerle al músico Frank Zappa la misma pregunta que me haces tú, para saber qué respuesta me daría. Por mucho que quiera explicarle a alguien lo que hago, no creo que sea una buena idea. Mejor que venga a mi taller y que las obras le expliquen las cosas.

De la Exposición On Line “Cisnes Huecos sin fronteras”.

De la Exposición On Line “Cisnes Huecos sin fronteras”.

 

Aunque te hayas dedicado mucho a la pintura, en las artes plásticas has atravesado los más diversos campos, especialidades y géneros, pero, al cabo de los años, ¿cuáles son tus preferencias entre tantas posibilidades?

A mí siempre me han interesado la pintura y el dibujo, pero reconozco que me atrae poder expresarme con diferentes géneros. Tengo un trabajo de videoarte que se llama “Situação de Rua”, que me dio la posibilidad de entender otra forma de hacer, de ver la realidad. Creo que todo eso enriquece la expresión, pero yo continúo prefiriendo la pintura y el dibujo, que es donde consigo entender más de mí mismo.

Forzándote a un desdoblamiento y mirando desde fuera al artista que vive en ti, ¿cómo lo percibes? ¿Intelectual, intuitivo, cimarrón, explorador, sin etiqueta?

Mi lado intuitivo, lo incierto, lo desconocido, son básicamente el suelo fértil de mi creatividad y mi libertad. En cada momento de mi existencia lo hago así. Si no, todo se convertiría para mí en un círculo vicioso de repeticiones y memorias gastadas. Y esto ni siquiera lo dije yo, sino algún filosofo que ahora no recuerdo, pero se convirtió para mí como en un mantra.

¿Cuáles serían los vasos comunicantes de tu arte con la música y con la literatura? ¿Hay músicos, escritores o poetas que te han nutrido de manera especial?

Antes de pintar, la música y la literatura han sido mis grandes maestros, despertando partes de mi sensibilidad que ni yo mismo conocía. La música fue mi primera gran fuente de emoción e inspiración. Al comienzo, el rock. Conocí a muy temprana edad bandas como Led Zeppelin, Deep Purple, Emerson, Lake & Palmer, Pink Floyd, Rolling Stones, Beatles.

Más adelante, el jazz me influyó bastante. Weather Report, Miles Davis, John Coltrane. En Cuba, yo frecuentaba el Maxim, un lugar nocturno en la esquina de mi casa donde tocaba la banda de jazz latino de Bobby Carcassés. Yo escuchaba aquel jazz fusión a todo tren y eso me inspiraba a pintar de forma espontánea, sin entender casi nada, sin saber de historia del arte ni de movimientos. Después de asistir a esa intensidad sonora a veces confusa, pero que me dejaba una sensación muy fuerte, yo llegaba a mi casa y veía que algo faltaba en las paredes, algo que debía expresar con toda aquella emoción que llevaba. Ahí comencé a hacer mis primeros ejercicios, mis primeros intentos en la pintura, todo con tempera y cartulina, y eso se convirtió en un ritual.

Era la prolongación de algo espiritual que debía concretar en imágenes. Poco a poco, me fui interesando también por otros géneros musicales.

La literatura y la poesía son grandes fuentes de inspiración. Me sirven de soporte para contextualizar y crear diferentes narrativas dentro de mi representación. La poesía me sugiere imágenes increíbles.Tuve la suerte de conocer a varios escritores en el Hurón Azul de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Yo era muy joven. Me sentaba a una mesa con ellos y solo los escuchaba hablar. Me sugerían libros que no conocía y que ampliaron mi visión. Aquella fue una etapa muy importante de mi vida, que cimentó mi posterior entrada en el ISA. Todos los días, cuando terminaba mi trabajo como diseñador gráfico en la revista Bohemia, iba para el Hurón Azul. Pienso que, de cierta forma, allí estaba recibiendo clases magistrales de ellos. Después, mi amistad con el escritor y crítico de arte Orlando Hernández me posibilitó enfocarme mejor en mi aprendizaje de las artes plásticas. Tuve el gran privilegio de ver su colección de pinturas y dibujos, y conocí, gracias a él, el art brut. De la literatura mundial, me interesó grandemente la obra de J. D. Salinger, los grandes poetas ingleses y el movimiento existencialista, sobre todo.

 

¿Esta vertiginosa revolución tecnológica y de las comunicaciones en la era de la imagen, ¿ha tenido algún impacto en tu imaginería o al menos en tu modo de imaginar o en tu sensibilidad?

Sí, claro, esto siempre es un factor de desarrollo, una visión del futuro, y uno debe estar abierto a ese tipo de evolución. Creo que, de cierta manera, voy acompañando bien estos cambios, desde mi modo de abordar la pintura y de representar.

¿Qué diferencias y qué similitudes habría entre la exposición que hiciste en el Museo de Bellas Artes de Río de Janeiro con las piezas que lograste sacar de Cuba y tu exposición más reciente, Cisnes huecos sin fronteras?

En el Museo de Río de Janeiro, exhibí la serie titulada Toda yerba es carne, que es mi última conexión con Cuba. Fueron piezas que pinté más o menos entre el año 93 y el 95. La serie Cisnes huecos sin fronteras es de 2019. Pienso que la primera diferencia que marca estas dos series está en la forma de representación. En Cuba, yo tenía una expresión más barroca y primitivista. Cada una de las obras de Toda yerba es carne se relaciona con una anécdota distinta, porque el sentido apuntaba específicamente hacia el contexto social que me envolvía en aquella época.

La serie de Cisnes huecos sin fronteras surge a partir de un fenómeno menos personal y la representación resulta más simplificada aquí, aunque no dejo de manejar cierta referencia al kitsch. Algunas de estas obras son bastante gráficas, de mensaje más directo, sin recreaciones ornamentales. La repetición de la imagen del cisne va construyendo diversas escenas, pero todo se basa en la historia de los alemanes del este que se fugaban a Berlín Occidental cruzando el río como si fueran cisnes, y el uso del color es mucho más simplificado, comparando con la forma en que yo trabajaba en Cuba. Creo que hay un punto en el que estas series se asemejan, porque en ambas se cuestiona la represión y el control macabro de un sistema ideológico que se sirve de todo tipo de manipulación y de mentira. Aunque hay mucha distancia desde Toda yerba es carne hasta Cisnes huecos sin fronteras y fueron pintadas con varios años de diferencia, en las dos prevalece el mismo cuestionamiento en relación con la sociedad.

¿Tuviste que usar alguna vez dentro tu vida en Cuba un “sombrero de cisne” para “vadear” la vigilancia de los guardianes?

Ja, ja. No un sombrero de cisne precisamente, porque el gobierno prohibió en cierto momento los carnavales. Pero sí recuerdo que tenía una gorra para esconder mi pelo largo, porque la policía siempre me paraba y me pedía el carné de identidad. Solo por escuchar música rock y leer libros condenados por el sistema, te acusaban de diversionismo ideológico.

Antes de que la pintura me escogiera, yo era lo que entonces llamaban un “freaky” y eso incomodaba mucho a las autoridades. Así que siempre uno buscaba alguna forma ingeniosa para evadir a la policía. De cierto modo, en Cuba, la mayoría de la gente usa un sombrero invisible en forma de cisne para procurarse cualquier libertad individual.

De la Serie “Hershey – Memorias Afectivas” .

De la Serie “Hershey – Memorias Afectivas” .

 

Hay cuadros tuyos que parecen alucinaciones o escenas oníricas y hasta esperpénticas. ¿Pintas para ver con mayor lucidez? ¿Pintas asomándote a ti mismo? ¿Pintas los sueños de la razón que se esconden detrás de la existencia ordinaria? ¿Tus miedos pintan?

Pintar es buscar la verdad de uno mismo. Es difícil alcanzar la pintura y yo siempre intento perseguirla. En el proceso creativo, me surgen muchas posibilidades, pero todo depende del estado emocional, de cómo me encuentre en ese momento. La pintura me va guiando, como siempre, y me habla de lo que debo o lo que no debo hacer. A veces me deja ver o alcanzar mayor lucidez, me permite entrar en lo profundo de mi ser y me enseña otras posibilidades, que juntan lo ordinario y lo sublime. Los miedos hacen también parte de toda esa construcción.

¿Qué efecto ha tenido sobre tu vida cotidiana y tu trabajo creativo la situación actual de la pandemia?

En mi vida cotidiana, ha sido mucho el efecto. A mí me gusta recibir amigos. Necesito mostrar mi trabajo a coleccionistas y a otros artistas, para poder dialogar. Todo eso se paralizó, además de nuevas exposiciones, como en Estados Unidos. Pero todo tiene también su lado bueno. He conseguido producir más, organizar mejor el trabajo con mis representantes y preparar también nuevos proyectos para los próximos años.

¿Tienes algún sueño personal que para ti sería más importante realizar que cualquier otro?

Bueno, uno siempre tiene sueños, porque eso nos hace vivir esperanzados. En mi caso, me gustaría continuar creando infinitamente. Que nunca se agote y se vuelva un tedio mi creación. Es bueno que tengas siempre algo que decir, que intentes expresar tu esencia, tu verdad particular, porque quizás pensando así alcances a crear otros sueños y a conseguir la posibilidad de realizarlos.

¿Qué desearías para Cuba en un futuro? ¿Te gustaría regresar a La Habana, o que viviera allá tu hijo nacido en Brasil?

Siempre estoy deseando que Cuba sea un país libre, que acabe esa dictadura que tanto nos ha hecho sufrir. Es preciso un cambio rápido para que el pueblo mejore sus condiciones de vida y tenga libertad. Hemos sido engañados durante muchos años solo para una minoría se enriquezca, o sea, la familia Castro. Esto debe acabar cuanto antes. La mentira caerá en algún momento. Aunque no pienso vivir allá, sí me gustaría ir siempre de visita. Como quiera que sea, es mi país, mi idiosincrasia, mi identidad.
No sé si a mi hijo le gustaría vivir allá. Él ahora tiene doce años y nació aquí, pero cuando sea mayor de edad claro que le preguntaré. Quién sabe si a él le guste. Es una decisión muy personal suya. Solo quisiera, y todos los santos lo quieran también, que entonces ya no hubiera en Cuba un sistema opresor, porque, si no, de seguro él no viviría allá.

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Del Autor

Ernesto Santana Zaldívar
Puerto Padre, Cuba, 1958. Graduado del Instituto Superior Pedagógico en Español y Literatura. Premios: Alejo Carpentier de Novela 2002 y Franz Kafka Novelas de Gaveta 2010. Publicaciones: las novelas Ave y nada y El carnaval y los muertos, el poemario Escorpión en el mapa, varios libros de cuentos (Bestiario pánico, Cuando cruces los blancos archipiélagos, La venenosa flor del arzadú) y otros, como Los olmecas, el pueblo del jaguar y La Habana submarina.