Ángeles, víctimas y victimarios, sobre una novela de Rafael Vilches Proenza

Sobre la novela Ángeles desamparados

Carlos Mendieta García


Intentaré escribir sobre Ángeles desamparados, obra altamente recomendada.

Para que mis palabras adquieran relevancia, usted, lector, debe tener a mano un ejemplar del libro, hacerlo suyo, apropiarse de su lectura, de su inquietante historia, como un religioso de su confesionario. Convertir el inofensivo (solo en apariencias) objeto, en su mejor amigo, estese alerta, porque, aunque no muerde, su lectura lo hará cambiar para siempre.

No lo puedo engañar, este libro es altamente peligroso. ¡Cuidado! Es dolorosamente adictivo.

“Magali no se acostumbra a dormir sin mosquitero. O sin la bata de casa. O el pijama que su abuela le regalara en un cumpleaños. Aunque las demás niñas lo hicieran en blúmer, sin sostén, (ajustadores, brassières, soutien-gorges, corpiños… tantos nombres inventados para ocultar lo verdadero, lo inefable: senos, tetas), sin mosquitero, digo, sin echarse las sábanas encima”.

Así arranca esta novela, su opera prima, en su tercera edición, y es en la oscuridad donde se hunden estos imberbes personajes que se mueven en la frontera del dolor. Es aquí donde el autor nos descubre las claves para que sepamos de una vez y para siempre, de dónde parte el miedo atroz y visceral que embarga y padecen los cubanos.

Tengo ésta edición de su novela en PDF, me he entusiasmado a escribir sobre ella, cosa que debí hacer hace tiempo, una deuda que fui posponiendo, tuve la suerte, la dicha de a finales de los años 90 del pasado siglo, leer el manuscrito, el escritor vivía en una casa de paredes de madera y techo de guano, donde al caer la lluvia todo se mojaba, todo, hasta el alma. En aquel sitio (Chinchacoja), ayudé a sacar agua, fango de dentro de la covacha cuando concluían los aguaceros.

Leí el original acabado de escribir en su pequeña máquina Erika, si mal no recuerdo, creo que aún se conserva en la sala de su madre.

Leyendo unas palabras del escritor-músico ranchuelero, radicado en Santa Clara, Alain Martínez Ríos, me provoca estas disquisiciones, sobre el inquietante libro de mi querido coterráneo Vilches Proenza.

Cito aquí un fragmento, de la reseña, que cataloga a la novela como bomba de tiempo:

“Ángeles desamparados… está llamada a convertirse en una lectura obligada para los adolescentes y jóvenes del mundo, pero eso sí, tienen que ser muy osados para lograr avanzar en el horror de la trama que puede acabar con la virginidad del incauto que se adentre en sus páginas…”

Y es que en esta novela que se lee de prisa, de un solo tirón, sorbo, diría yo, aunque el trago es amargo, están ahí, atrapadas, emociones, preocupaciones que estremecen a los muchachos que ahora mismo transitan por esas edades, las más difíciles de cuantas existen en el camino del hombre hacia la muerte.

Es esta una lectura que nos debíamos de hace mucho, una especie de purga, entrañable, convincente, conmovedora, hermosa, magistralmente narrada, historia que cautiva y subyuga, lo sé, les dolerá detenerse en sus páginas, se lo advierto, no se dejen engañar, ahí adentro hay una verdad, puede no ser la tuya, la mía, la del otro, pero es verdad lo que se cuenta.

¿Ficción?, no, aquí no se ficciona nada, la vida en esta isla caribeña es mucho más terrible que cualquier invención artístico literaria, no hay menstruación intelectual, mental, que les dé alcance a las sutilezas del poder cuando de improvisar el horror se trata. Y es que desde pequeños los niños de este país han sido obligados a hacer mutis del sufrimiento padecido. Esta es una novela que tiene excelentes referencias críticas, ya va teniendo muy buena recepción por parte de los lectores.

Los personajes de Ángeles desamparados, niños y adolescentes que se mueven en esta historia desgarradora, nos guía por vericuetos de un recinto estudiantil, como si por donde circuláramos fuese por los laberínticos círculos del Infierno.

Es esta una novela circular, fraccionada, como si estuviésemos recogiendo fragmentos de un espejo que ha estallado en nuestros pies, y pretendiésemos devolverle su esplendor, la virginidad de la imagen que antes nos hacía enorgullecernos, nada que se rompa se restaura, menos dentro de los seres humanos.

Obra coral, contada de disímiles maneras, donde se entretejen caminos narrativos, el autor echa mano a trozos de autógrafos, cartas de amor, se apropia de intertextualidades para enamorar al joven lector con poemas manoseados por los adolescentes y las abuelas.

“¿Otro libro de becas? Sí. Y qué.  Tampoco dejará de haber novelas metatextuales, falsas künstlerroman donde el único argumento resulta la propia creación. Nos aburriremos de (al) leerlas. Recuérdese que a uno lo encerraban en esas espantosas ergástulas llamadas Escuelas al Campo, a una edad apenas adolescente, para comer lo que diesen y dormir donde se pudiera, agobiados por la nostalgia y las celebérrimas noches de “bayú”— ingenuos juegos consistentes en golpear a los dormidos con barras de acero, quemarles los pies con plástico derretido, etc. Y que, a esa edad, cuando la metamorfosis del individuo precisa la cercanía de un núcleo familiar, es decir, conocido y amable, uno era arrancado dizque por su bien, y allá iba eso. ¿Cómo no escribirlo? ¿Cómo no leerlo? La virginidad de las chicas dejaba de serlo a manos (¡ejem!) de inmundos profesores, mientras que los muchachos combatíamos nuestra abstinencia sexual con autoerotismo y “pesadez” ad libitum. Había que formar al Hombre Nuevo desyerbando gratis infernales hectáreas temidas hasta por los profesionales agrícolas, mientras los profes cuchicheaban a la sombra en espera de que llegara su momento de nocturnidad y alevosía. Ese era el laboratorio del mundo estudiantil, y proponerlo desde la psicología de los personajes, con su exactísima e intensa y cursi ingenuidad, es el mérito fundamental de Ángeles desamparados, conmovedora novela del poeta y narrador cubano Rafael Vilches Proenza, un antiguo egresado de El Mijial.” Escribió José Alberto Velázquez al prologarla.

Hay quien pueda disentir de esta novela, incluso muchos de los que vivieron y sufrieron en las mismas mazmorras estudiantiles donde se mueven los personajes. A algunos el terror los hará negar la veracidad de lo contado, la existencia de esos muy bien simulados campos de concentración para menores. Dirá que es una marranada del autor, sí, es posible, pero no podrán mirarlo a los ojos para susurrarle:

Embustero. Las lágrimas les ahogarán la ofensa en la garganta.

Hay quien le ha dicho al autor:

Si me preguntan diré que todo eso que cuentas es mentira, porque es un recuerdo que he estado negando desde que era niño. Coño, Vilches, vienes ahora a decirme que todo eso no fue una pesadilla, que de veras sufrí ese horror.

Y no tendrán el valor, los órganos genitales masculinos o femeninos, para reconocer en público la verdad y entonces poder al fin llorar.

Yo también fui víctima de las Becas revolucionarias, pero no es de mí de quien quiero hablarles, sino de los personajes a los que Vilches ha descubierto sus rostros, le ha dado nombres y puesto voces. Él, como yo, los conoció de carne y hueso, él también fue uno de esos seres que ahora están atrapados en las páginas de su libro. Con la diferencia de que yo como otros tantos no hubiese tenido el coraje de contar estas crudezas, ahora me avergüenzo de tanto silencio, de tanta cobardía de mi parte, de toda mi generación, de los cómplices.

Esta es la lectura que le gustará hacer a los chicos y chicas de 12 a 24 años y por qué no de 50, y hasta de más. Porque cuando el río suena es porque algo trae. Ese run, run, de Ángeles desamparados, no es agua solo lo que arrastra en su corriente. No por gusto la historia transcurre de noche, y cuando algo no se cuenta a plena luz del sol, es porque hay una retrospectiva, algo que ya se fue, que solo la remembranza ha de salvar. Y es que nadie se baña en el agua de un mismo río dos veces.

Algún que otro personaje tropieza con el sexo despiadado y descarnado, hay quienes dan con el hallazgo, esa ingenua lumbre que despierta con el brinco en la boca del estómago cuando de sopetón se cae al hueco del amor-sexo. Duro es amar cuando quienes guían a los personajes son acciones diabólicas, profesores, adolescentes que, por tener el mango en las manos, o mejor complexión física, se creen los mandamases de la manada.

Lo que este libro desvela y propone en sus páginas no es un secreto, si acaso, un silencio que, el miedo muy pocas veces ha permitido a sus víctimas hacer público, parece una invención absurda por lo dolorosa que suele ser una verdad, en este caso que nos ocupa, es la que nos cuenta Vilches, una de las más calamitosas invenciones de la Revolución cubana, “Las becas” en el campo. Escuelas que aún persisten. Y es que en este país están los maestros del terror-horror.

“Ángeles desamparados, novela del ya respetado narrador Rafael Vilches Proenza, 1965, … es otra de las obras que debiera ser más conocida y divulgada, en tanto propone una variante de un tema socorrido en nuestras letras, pero rico en posibilidades: la pérdida de la inocencia en un escenario igualmente recurrente y maltratado: el del mundo estudiantil. En esta novela el toque diferenciador está en la conformación de un personaje atípico a ese mundo, quizá irreal; en la inclusión de un amplio abanico de locaciones que multiplican la voz del narrador y lanzan una lectura otra, distinta, casi corrosiva, inconforme, del tema…”, dijo de ella Amir Valle Ojeda antes que el gobierno cubano lo obligara a vivir como un exiliado en Berlín.

Y es que desde el horror también aflora la poesía en una obra como ésta, es su prosa inquietante, limpia, fustigadora, donde se bosqueja uno de los episodios más conmovedores dentro de la Revolución Cubana, “Las Becas” estudiantiles, donde aún se desdibujan los futuros luminosos de quienes debían ser el relevo de esa generación de Rebeldes bajados de la Sierra Maestra al llano, quienes siguen convirtiendo a los inocentes en el lobo del hombre, en el Frankenstein, el “Hombre Nuevo”. En los que nos avergüenza reconocernos.

Es su mérito haber hecho literatura con el veneno que circula por casi todas las venas de los cubanos que ahora mismo transitan por estas calles, sueñan olvidar su pasado, o allende los mares llenan ese vacío con otros problemas existenciales, para repetirse una y otra vez, nada de eso me sucedió a mí, o hundirse en la soledad de sus noches en la blandura, la dureza de sus almohadas, en dependencia de, si está en Cuba o en el exilio, y entonces llorar a moco tendido un llanto de sangre y vergüenza, fingiendo padecer el síndrome de Estocolmo.

“Disfruten de una de las mejores novelas que se han escrito sobre el tema. Nunca agota, no se repite ninguno de los hechos, que comúnmente suceden en estos espacios. Narrada de una manera muy personal. Otros han escrito sobre esto de oídas, pero sin vivencias, sin credibilidad. Una joyita. Novela excelente, con un lenguaje dinámico, y con esa cierta velocidad que pasan nuestros primeros años. Rafael Vilches Proenza ha escrito un libro hondo y hermoso…” parafraseo al ya fallecido escritor bairero Eduard Encina.

Si tienes dudas convéncete por ti mismo, te invito a sumergirte sin pautas, sin tapujos, en el Infierno, descubre la maravilla de penetrar en una historia que te dejará impávido, de la que lograrás salir complacido, pero no ileso.