Del pescado a las lunaciones

Sobre la poesía de Rafael Vilches Proenza

Irela Casañas Hijuelos


No podría decir con exactitud cómo y cuándo conocí a Rafael Vilches Proenza. Si recuerdo que en una de las primeras conversaciones que tuvimos, el habló desenfadadamente sobre una especie de agencia que, en Santa Clara, ofrecía listados con los más disímiles puestos de trabajo disponibles en la ciudad, y que así fue como un buen día a principio de los años 90 del pasado siglo se vio trabajando en una fábrica de procesamiento de pescado.

Empiezo rememorando dicha conversación para ilustrar la naturalidad y calidez que caracterizan a este poeta. A pesar de los premios obtenidos, de las batallas perdidas o ganadas, de la obra sólida y continua que ha ido generando, Rafael Vilches Proenza es ante todo un amigo, un poeta, un promotor vivaz, un soñador, tal como los describía Lennon.

Si de destacar su obra se trata, debe expresarse que, aun siendo más conocido por su obra poética, también cuenta con trabajos en otros géneros como lo son el cuento y la novela; Ángeles desamparados (Ediciones Bayamo, 2001, El Barco Ebrio, España, 2012), fue publicada cuando Vilches ocupaba el puesto de Presidente la A.H.S en la provincia de Granma. Me llama la atención el que tuviera tiempo para escribir mientras desempeñaba el mencionado rol, pero así fue. En cuanto a sus acciones como promotor cultural, no puedo omitir que justo desde ese puesto en la AHS, un prestigioso evento de narrativa: “¿Los últimos serán los primeros?” (si, como la antología de los novísimos elaborada por Salvador Redonet) fue ideado fundamentalmente por Vilches. Este evento de narrativa ha contribuido destacando a Bayamo en el campo literario cubano y respecto a Vilches, confirmó sus legítimas intenciones de expandir y compartir los quehaceres literarios. Mas, el poeta no ha descansado, ahí están sus otros libros: Dura silueta la luna (Ediciones Bayamo, 2002), El único hombre (Ediciones Orto, 2005), Trazado en el polvo (Ediciones Holguín, 2006), Tiro de gracia (Ediciones Holguín, 2010), País de Fondo (Ediciones Orto, 2011), Lunaciones (LetrAbierta, 2012), y más recientemente, Café Amargo, EEUU, 2014.

Estos libros de poesía, aunque diferentes entre si, permiten darle a conocer a cualquier lector atento que están unidos por una tristeza antigua y compartida. Tristeza que se ha instalado en los días de este poeta, pero que él ha sabido utilizar para renombrarla y desleírla en cada uno de sus textos. Esto no indica que se trate de un ultrarromántico o de alguien que no sabe vivir estos tiempos. Digamos que, sin llegar necesariamente al coloquialismo, el poeta conversa en voz baja sobre su intimidad, su lugar en las diferentes Cubas y en la memoria de otras personas que se relacionan con él. Solo que toda esa carga signada por el desaliento se va transformando por el sosiego con el que nuestro autor se expresa. Esa negatividad se contradice interiormente por causa del amor que abierto o insinuado aparece de texto en texto.

Me gusta de la poesía de Rafael Vilches,  la humildad con que trata referentes culturales tanto de Oriente como de Occidente; su espontaneidad y frescura al entrar en la historia de la cultura cubana (ver Tiro de gracia), la dedicación al otro evidenciada en todas sus palabras, lo cual no le resta individualidad si tiene que hablar de las angustias y limitaciones que todos conocemos, sin embargo, respira en su poesía una intención de comunicar que provoca un salto de imágenes directo a la memoria del lector.

Revelaciones compartidas, pluralidad de sentidos escapándose de un hombre que ha vivido bastante a pesar de ser joven aun, grito sosegado, ternura sanadora para si mismo y para otros; son algunas de las luces de su obra, la cual confirma que algo válido hay en el acto de nombrar vivencias y distanciarlas “solo” con el lenguaje poético.