Delirio del lunático soñador

Sobre el poemario Lunaciones

Luis Pérez de Castro

Os entrego este librito,
no como un lente para ver a los demás,
sino como un espejo.

Georg Christoph Lichtenberg

En el café literario de Santa Clara no solo se puede degustar un buen café criollo o un número musical tradicional, también intercambiar criterios con escritores y conocer de sus últimos poemas acabados de salir del horno. Tal es el caso de Rafael Vilches Proenza, poeta Holguinero radicado en la ciudad de Santa Clara, con su poemario Lunaciones, Antología personal 1980-2010, publicado por la Editorial Independiente LetrAbierta 2012.

¨La voz poética de Vilches Proenza ha ido asentándose en los territorios oscuros de la rebeldía y el dolor, para dejarnos testimonio de su época y de sus credos interiores¨. Nos advierte en el prólogo Eliécer Almaguer Almaguer. Y nada más profético que estas palabras para darnos cuenta del desgarramiento espiritual de un hombre que sufre por las cosas cotidianas, aquellas que mantienen en vilo a todo ser creciente frente a sus propias lunaciones.

El libro está estructurado por tres secciones. Presagios, El silencio de los amantes muertos y Últimas revelaciones, y un total de cuarenta y dos poemas. Cada poema es una historia, un suceso que lentamente va corroyendo al lector por la lucidez de sus metáforas, por la construcción, en ocasiones frágil, otra reverberante, de sus historias, del hacedor disfrazado de poeta/constructor.

Lunaciones destaca no solo por la sobriedad del diseño, la acertada selección de las ilustraciones y la correcta edición, también por la voluntad del poeta de llevar sin discontinuidad, hasta metas solo presentidas por él, el oficio de plegar el lenguaje a su acción interior y, a la vez, su propia acción a la necesidad del lenguaje, logrando con ello obligar al lector a una lectura profunda, sin facilismos, a renovarse, si persiste, en el redescubrimiento de una percepción más aguda de la realidad.

Siempre estoy huyendo de todos
la casa     la ciudad
mírala con un solo golpe de ojo.
Luz
háblame
estoy malversando este silencio.

Este fragmento del poema Háblame, página 44, es un desequilibrante ejemplo de cuestionamiento perpetuo que, no por retórico, deja de ser cierto y lo ayuda a plegar el lenguaje ya no solo a su acción interior, también a su materialidad –que no deja de ser la de todos- subyacente, situando la escritura en un espacio que desafía toda seguridad de lo comprensible y lo común.

Rafael Vilches apuesta constantemente al riesgo y a la dinámica de un texto autorreferente, donde no solo nos guía al interior de una casa, de una ciudad, de una patria traslucida en el silencio y la quietud, también a una reflexión sobre la libertad del decir, sobre la consumación de un salto al orden lógico e insatisfecho de su aparato discursivo.

Su lenguaje poético, desenfadado y, en ocasiones coloquial, le otorgan fisonomía al texto y lo absuelve de toda finalidad anecdótica, sustentándolo por su propia anatomía: no refiriendo a otra cosa más allá de la posibilidad de conocerse en la pluralidad de cada lectura.

En Lunaciones el lenguaje se refugia en lo que le confiere su identidad: en la autonomía del signo respecto a concesiones exógenas. Tiene una conformación lírica y ficcional, cuya funcionalidad en el discurso evita la disgregación. En el texto el sujeto se escinde de su historicidad; crea una nueva: interruptiva y a la misma vez desordenante. Pero este desorden es antrópico; regresa a la determinación intrínseca de su existencia, de la que nos hace partícipe a todos, como lo enmarca en el poema Palabras en silencio, página 73:

Marca la voz, canta, acusa, todos creen puro al orador, asisten a los parques y se aman, corren ingenuos bajo la atmósfera cargada, escriben en los cristales, en los muros y dicen dolor en silencio.

Sin dudas, en Lunaciones Rafael Vilches se vanagloria de celebrar, a través de la palabra escrita, el decir metafísico de la letra, de la interrogación que flagela al hombre en lo sagrado y, más allá de falsos chovinismos, de lo indecible que lo golpea en los intersticios de su yo interior, como deja implícito en el poema En el patio buganvillas tejen tu pelo, página 79:

Yo soy isla, candelabro ceniciento, instante donde me instigan los contertulios. Un silencio de aljibe recóndito se deposita en mi carne.