Con el concepto cultural que ha permitido llevar la posibilidad de publicación a todos los rincones del país, es simplemente hermoso. Para hacer honor a una verdad absoluta, tengo testimonios de varios escritores (el argentino Abelardo Castillo, el venezolano Luis Britto García, el mexicano Paco Ignacio Taibo, la española Almudena Grandes, por sólo poner algunos ilustres ejemplos) de que esa idea es una quimera imposible en cualquier otro sitio del mundo.
Pero siempre me preocupa el valor de uso del libro, el concepto de que lo estético es también la adecuación de forma y contenido. Y me preocupa que muchos libros importantes, que realmente están proponiendo aportaciones en el campo de las letras, se pierdan por el rótulo de niños feos, comprados y leídos por pocos.
De esta responsabilidad nadie se salva, incluso editoriales como Capiro, Holguín y Loynaz, que dieron importantes pasos de avance en la edición del libro cubano en momentos de total crisis.
Si a esto sumamos que muchas de estas publicaciones son consumidas solamente en el marco de los territorios donde se realizan, el problema es peor. Esas obras por azar llegarán a manos de la crítica que, por desgracia, sigue teniendo su fuerza gestora y rectora en La Habana.
Por ello quisiera comentar algunos títulos que espero no caigan en saco roto, no se pierdan en las caras de niños feos que presentan, pues sus almas son hermosas, innovadoras, irreverentes y desenfadadas, como el alma de cualquier chico.
En la noche, Ediciones El Abra, de Nelton Pérez (Las Tunas, 1970).
Fragmentos del diablo, de Osvaldo Antonio Ramírez (1956).
Los demonios que me rondan, Ediciones Bayamo, de Gelasio Barrero (Bayamo, 1957-2002).
Ángeles desamparados, novela del ya respetado narrador Rafael Vilches Proenza (Vado del yeso, 1965), publicada en la colección Guardarraya de Ediciones Bayamo, es otra de las obras que debiera ser más conocida y divulgada, en tanto propone una variante de un tema socorrido en nuestras letras, pero rico en posibilidades: la pérdida de la inocencia en un escenario igualmente recurrente y maltratado: el del mundo estudiantil.
En esta novela el toque diferenciador está en la conformación de un personaje atípico a ese mundo, quizá irreal; en la inclusión de un amplio abanico de locaciones que multiplican la voz del narrador y lanzan una lectura otra, distinta, casi corrosiva, inconforme, del tema. Otra vez la tipografía diminuta, la impresión borrosa de la tripa, el mal ensamblado del libro y una portada mal impresa que opaca el impacto de la ilustración de Zaida del Río, atentan contra la comunicabilidad de la obra.
El asunto es simple: cunado hay pocos recursos se debe recurrir al talento…
No se trata de cumplir el plan editorial simplemente. Se trata de aunar paciencia en la edición, talento en el diseño, profesionalidad en la impresión y el ensamblado, para lograr que uno no pase por delante de esas obras haciendo una mueca de menosprecio, desconociendo que, posiblemente, hayamos dejado en el estante un buen libro.
Tomado del periódico La Demajagua, sábado, 16 de agosto del 2003 que a su vez lo tomó de la www.cubaliteraria.cu