I
La poesía es una dolorosa cruz que siempre ha querido salvarme. Cuando la fiebre de mi niñez (la peor de cuantas fiebres existen) me asolaba, yo decía dormido sinrazones que, una vez en boca de mi madre, semejaban poemas. En la primavera heroica quise someter la patria y una violenta necesidad de sexo en versículos—pero todavía no era tiempo. El hastío municipal de entonces eran nubes de bordes quemados cubriendo el azul, un silencio que las radionovelas no podían romper, reverberaciones que ascendían del esparto y que bien miradas, eran el concepto más parecido a la melancolía al que un Wherter rural pudo asirse nunca. Oh Dios: yo iba a morir de plenitud, de demasiado oxígeno, de vida. Pero en esos mismos catorce años tuve mi primer libro de poesía; su autor (Gabriel de la Concepción Valdés) era para mí un desconocido, pero la tranquilidad de sus textos, la delicadeza con que acallaba mi ruido interior, me hicieron desde entonces y para siempre un contumaz lector de versos. A los veinte no escapé de todo, como Rimbaud, pero la pequeña biblioteca de una ciudad al alcance de la mano me hizo estremecer con Vallejo, T. S. Eliot, el propio Jean Arthur, un tal Lezama Lima, un ceremonial de muertos inmortales que concretaba en un cadáver tibio aún: Ángel Escobar. Inmediatamente no me quedó otro remedio que conocer poetas vivos: Carlos Téllez; Carlos Esquivel; Frank Castell; Rafael Vilches Proenza…
II
Una lectura panorámica a la poesía de Rafael Vilches Proenza (Las Mil Nueve, Vado del Yeso, Granma, Cuba, 10 de diciembre de 1965) nos permite acceder a un no por elemental menos útil aserto: todos sus libros son uno (uno de veras), y van juntos menos por el autor que por una incontrastable tendencia a modificar ciertos asuntos, no vulnerándolos para refundirlos sino solamente cambiándolos de posición, viéndolos desde el presente como fueron vistos la primera vez (algo que niega al más brutal de los materialismos—dicho sea de paso: he aquí una de las mayores funciones de la poesía). Mientras una multitud de escribientes suda sobre sus modernísimos ordenadores secuelas harto comunes de Mallarmé (aquel tiovivo del horror y la página en blanco) y baila con las músicas de las modas (miren: esta ya pasó también), Vilches Proenza, con una paciencia semejante a la de ciertas criaturas, mueve su lápiz sobre cualquier superficie lisa para dejarnos su estela, una estela que ya es visible como lo son estrellas que han muerto hace mil años, el arcoiris durante la llovizna, las amadas sombras que el mar, confiado en su poder, cree guardarlas para sí. Decía que Vilches descentra las categorías posicionales, no drásticamente, como el niño que sabe no van a encontrarlo sus padres o compañeros de juego porque ha cerrado los ojos y supone que la oscuridad que “ve” también lo envuelve a él, es decir, a todo el universo conocido. Así la poesía es libre de doctrina y gana en esperanza: he visto la alegría que sienten las personas cuando van a dormir y afuera llueve o porque afuera llueve, y ese puente vertical fundiera el mundo (cielo-aire-tierra), y la Casa, símbolo de madre, de resistencia, de inmortalidad, crea una burbuja suficiente para resguardar al que escucha, al que es arrullado por la música del agua y el olor a ozono: siempre he comparado los versos de Vilches a esta sensación.
III
Acaso Dura silueta, la luna (Ed. Bayamo, 2002) sea su mejor poemario. Recuerdo una época en que los hombres montaban a caballo, y que una vez perdidos en la noche ciega, sólo quedaba una solución: soltar las riendas, a lo que el animal respondía con una vuelta al hogar usando su mejor marcha. Los ojos de la poesía, amén de ser libérrimos, vislumbran en toda circunstancia, y los primeros cuadernos, escritos a base de pura intuición, escogen el borde más seguro entre Escila y Caribdis. En Dura silueta…, se prefiguran lo que han de ser los temas de compañía del poeta: el discurso del leve desamor (tus pasos (…) se pierden como golpe de agua entre las piedras); una simbología de los elementos, donde prima la humedad-tristeza (los mismos socios volverán a invadir el buzón con palabras de lluvia o muerte, que salta y en Trazado en el polvo, Ed. Holguín, 2005, la luz materializa la noche inmediata/ profunda solemnidad del agua), y la constante referencia a los amigos, vistos con dolor, con un cuidado casi paternal (Los amigos mueren, p. 33. Cómo caminar por la calle de tu mano/ sin la palabra del amigo, p. 37. En País de fondo, Ed Orto, 2011…: Los amigos trastocan identidades/ han hecho de sus nombres otra magia, p. 11, o: Con qué armonía sideral uno el corazón de los amigos en tardes para compartir, p. 18), y un Todo en el que se funden agua, melancolía, abrazo sexual, y un bien definido paisaje genésico: las Mil Nueve.
III
Tengo que darme prisa, septiembre está por morir, inicia un texto de Tiro de gracia, Ed. Holguín, 2010. El lirismo que cruza la obra de Vilches de un extremo a otro, se salva de la afectación neorromántica y la tautología a fuerza de honestidad. La inocencia de los alquimistas los llevó a hacer grandes descubrimientos “colaterales”, mientras que jamás encontraron lo que intrínsecamente buscaban. El poeta no antepone contrariedad ni inventa un lenguaje (recurso fallido desde Génesis, capítulo once, la torre interminada de Babel). Desconfío cada vez que escucho de alguien que fabricó un lenguaje. Trilce, de Vallejo, está plagado de neologismos y es un drástico parteaguas en la literatura hispanoamericana, pero creo entender que es en Poemas humanos donde alcanza su máxima grandeza, su plenitud. Por otro lado, lo que más se recuerda de Ulises es el monólogo de Molly Bloom, bastante ortodoxo si omitimos el aspecto de la puntuación. No hay necesidad de colonizar una nueva tierra hasta que no se haya fecundado hasta el paroxismo la antigua. Hay que sospechar de los pintores abstractos que nunca materializaron un cuadro académico. Así que Vilches avanza con un puñado de palabras más o menos preciso desbordante donde lo que sobresale es el acierto entre las partes, la frescura con la que avanza el poema salvándose de la monotonía por una sintaxis y una puntuación a ratos desorganizada, pero que a su vez imprime velocidad a un discurso dulce, lento de por sí (un caracol sobre la espalda de un guepardo). Cuántos disparos darás a tus palabras/ tus palabras gota a gota en la soledad, consigna en El único hombre (Ed. Orto, 2005), y nos parece recordar estos versos, mas sólo es deja vú, porque soy no más un primogénito de paso, un paraje confuso, una calle donde nadie repara en el dolor del prójimo (Tiro de gracia, p. 45).
IV
Confieso: no me resulta posible en lo más mínimo rastrear un itinerario de lecturas en la obra de Rafael Vilches Proenza. Da la impresión que no tuviera un sacrosanto Canon, de esos que tanto les encanta a los Críticos Laureados imponer a cada generación, con o sin el consentimiento de esta. Además, me atrevo: Vilches es uno de los pocos poetas que se respete que cita impenitentemente autores de la misma cuadra y época, los que, para variar, no le devuelven el gesto. Nuestra “Generación Dispersa” (es decir, el grupo de escritores nacidos entre finales de los 60 y de los 70, que no resultan unidos por los muros del malecón ni iluminados por el también celebérrimo Faro), ha producido una literatura rica por lo diferente. No sólo es distinta en cuanto a lo que propugna el stablishment (revistas, premios, antologías), sino a su propio contexto. Resulta difícil encontrar en el oriente del país dos poetas que apunten a un mismo tono. Cierto que algunas figuras sobresalientes provocan a ratos ondas epigonales, pero, por suerte, no hacen escuela ni se convierten en moda. Y esto me parece bien. El primer generador de diferencias está dado, lógicamente, por la multiplicidad de lecturas, donde cada quien lee lo que puede, ya que, por razones obvias, el acceso a novedades editoriales no es el mismo en esta parte del país. Así nos hemos visto a salvo de la fiebre orientalista (otro tipo de oriente: Basho, el I Ching, el Shi King, la parafernalia yoga, etc), un trasnochado realismo sucio, el a ratos hueco minimalismo. Luego, ¿qué hay en Vilches? Un background de poemas escuchados en cien mil tertulias. Acaso un dejo de Pessoa que emerge de vez en vez en tanto punto de vista, no contaminación en los matices. Un poco de Withman por la voz elegíaca donde el Yo permanece. Un libro que se llama desgaste, cansancio de vivir a tope y ver lo mejor de cada persona o lectura cueste lo que cueste. No se puede ser un autor que indague en la eticidad si él mismo no la padece. Pienso en Martí, rodeado de un siglo diecinueve en español bastante pobre, no permitiendo que la opacidad lo enfermara, no dejando que la miserable vanidad lo enfermara. Y esto afectó, para bien, su obra. No he leído a Pérez Bonalde, pero el ensayo que Martí le consagra es simplemente descomunal. Quiero decir que hay hombres hechos meramente de libros y hombres hechos de vida. Vilches, como José Julián y tantos otros, pertenece a esta casta, y sus poemas son puro genoma, aunque dominen los clásicos y posean títulos universitarios.
Sí: entonces hay algo de primitivo en estos versos, pero a la manera de algunas cavernas donde se pintaron bisontes que viven hasta hoy y que respiran aunque no nos demos cuenta. La probable falta de figuras tutelares puede salvarlo (y lo salva, como ya decíamos) de la mera repetición, victoriosa a corto plazo, generadora de un vacío más pernicioso cuanto más obligatoriamente ignorado. Siempre que leo al también autor de Ángeles desamparados (novela, Ed. Bayamo, 2001) se me antoja pensar que sus textos son una especie de codas que dan continuidad a otros textos. No es mimesis, porque ya he escrito: nuestro poeta imprime su ADN a cada signo que refrenda. Pienso, además, en un personaje del encantador Bradbury, que se transfiguraba de acuerdo a las personas con las que conviviera, encarnando seres ya distantes, devolviendo la esperanza y la capacidad de amar. Así quiero ver estos poemas, aunque su autor sufra el final del personaje de Bradbury: se deshizo en los otros, sin dejar huellas visibles. (Sobre la mesa, al alcance de mi mano, descansa media docena de cuadernos: un testimonio de que el tiempo no es invencible, que todavía el Génesis está primero que el Apocalipsis).
Cuba, 2012.