Siempre me ha parecido una asombrosa locura tratar de comentar la poesía. Pienso que la primera pauta de semi-distancia que uno debe establecer es un respeto hacia el autor, es decir: hacia el poeta que nos ha permitido, desde sus gritos, sus voces intimistas o declaraciones a los cuatro vientos, cómo es y cómo anda el universo más patrimonial de su alma. Yo no suelo demorarme en formas estructurales ni encabalgamientos, musicalidad interna y otros requisitos del género. Como sé que escribir poesía no es asunto de “coser y cantar”, voy directo a su contenido y obvio, al vuelo que remonta. Y obvio, a las pulsaciones, a las declaraciones de principios que el autor nos profesa, ya sea por un pedazo de patria desarraigada o por el frenesí demencial que producen algunas mujeres desnudas.
Al decir de Luis Yuseff, su amigo y reciente premio de poesía Nicolás Guillen, estos poemas llevan el fondo del sustrato adónde va a parar casi toda la poesía de Vilches, que consume y regenera al ser que lo habita, con una estructura e intensidad que muestra las zonas más lacerantes y vivenciales de su autor.
Dicho esto desde otra mirada, estos versos vienen a ser donde Vilches exorciza parte de sus rabias contenidas, se desfallece como todo mortal ante las insuperables impotencias, larga un legado de amor a sus hijos desde la riqueza espiritual que da ser pobre materialmente pero millonario de humildad y franqueza, se seca con fervor estudiantil las lágrimas que derrama por la ausencia de los amigos y las celebraciones de los presentes… y como telón de fondo: Cuba, la isla que todos llevamos dentro, cada quien con lo que haya usurpado, bendecido, malogrado o nostalgiado de ella. Pero es a su vez una invitación a descubrirnos el mapa íntimo de nuestra alma, la cartografía interna de nuestros sentimientos.
Conceptualmente no es una poesía difícil de asumir, pero tampoco fácil para ser soslayada de un plumazo. Su modo de expresar esas desgarraduras, esas laceraciones y como todo poeta febril: esas infinitas esperanzas, no solo del mejoramiento humano, sino de lo inevitable en la constante búsqueda de lo bello y hacia lo bello, hace que tengamos aislado espejos donde más de una vez nos hemos visto y le hemos lanzado infinitas interrogantes a nuestra existencia.
Vilches escribe poemas con versos cortados y abiertos a la sugerencia, tal y como hace y practica en su narrativa, tan fecunda y acertada como su poesía. No nos dice todas las cosas, tal y como son; porque sabe que cada uno de los lectores puede hacer suyo el verso ajeno como tantos poemas le hemos robado a la Vida. No son poemas rosas para enamorar muchachas, sino para que las muchachas sepan lo que duele a veces partir, morir en el intento, tomarse un café sin los amigos o preguntarles a tus padres qué cabrón demonio se interpuso entre el entendimiento de mi generación con las suyas, qué volcánico empujón nos hizo separarnos desde temprana edad de los que bien amamos y por qué tanta gente hermosa carga con tanto dolor y soledad. Son versos de extraordinario humanismo que ponen al desnudo la humildad de un ser que ha trotamundeado tantos caminos, buscando siempre y añorando siempre el regreso a casa, el reposo en los senos de su mujer, el eterno Odiseo que lleva una Ítaca dentro, armando el carrusel de sus hijos, llamando al primer amigo cercano, antes que las nieves de Berlín le congelen la ternura.
En el poema Pueblo mío, el poeta nos dice: ese que fui me despide con un mar de fondo, lo miro titilar a lo lejos azul, el tren avanza raudo, lágrimas, aguas que reposan oreadas al salitre. El tren se aleja constante, el horizonte es ambiguo, escucho su alegría y entristezco, veo los gorriones alborotar y comer mi carne, suben con su manjar, esplendido vuelo hacia país indefinido, casa dibujada en la memoria, en la órbita ocular, polvo de los años regado con las manos, polvos de hechicería, cansadas las manos laboriosas. El tren no se detiene a contemplar la inocencia diseminada en la catástrofe. Reloj de arena donde palpita la noche.
Yo los convoco a que cada uno de ustedes se redescubra en estos poemas, se reinventen un país nuevo que todos queremos reformar, se tomen un sorbo negro de los dioses blancos, solo pero mejor en compañía, y agradezcan al final de la lectura, la honestidad, la sencillez, la desnudez y el abrazo amigo que Rafael Vilches Proenza nos retribuye desde todas sus líneas.
18 de febrero de 2012. La Habana