(Ángeles desamparados, Neo Club Editores, 2016, mucho más que un escándalo literario y editorial)
El autor arranca su novela con un tono que mantiene a lo largo de la misma, proveyéndonos de una sensación que involucra nuestra participación en este escenario, donde, desde el comienzo, se genera una atmósfera que trae consigo la fiebre de la adolescencia, las edades, por qué no, de “Lulú” en su forma aquiescente ante la resignación de estar solos-acompañados, en combustión con la energía que provoca la pubertad.
La necesidad de protagonismo de estos Ángeles desamparados, que Rafael Vilches Proenza, (Las 1009, Cuba, 10 de diciembre de 1965) en calidad de narrador, nos ofrece, en una estructura perfectamente orquestada, la mayor parte del tiempo de forma poética, como si se tratara de una gran sinfonía donde las almas jóvenes exponen sus aprensiones, sus morbos. La inocencia. El miedo. El desasosiego de la realidad que les tocó vivir, haciéndonos partícipes del descubrimiento de las intenciones (buenas o malas) de sus interlocutores, una vez abierto un trillo hacia el entendimiento que la reciedumbre devenida en barbarie tras la convivencia ha abierto en sus capacidades.
Solo cuando la oscuridad lo invadía todo y sentían el frío,
el miedo recorría sus cuerpos,
desarmados, sensibles, irremediablemente vulnerables,
tiernos e indefensos, se cubrían con las frazadas, o las sábanas,
u otros cuerpos,
para proteger los suyos temblorosos, semidesnudos, (…)
No había nada que amilanara más
que el silencio acorralado en las sombras del albergue.
La poesía está en todas partes. El autor hace gala de haberla encontrado con el uso de imágenes contundentes:
Aunque nos escondamos en el fondo de la taquilla, y les pongamos cerrojos al pecho. (…)
Las palabras se me estancaban como un puño cerrado en la garganta. (…)
La noche sobre sus cabezas era un martillo que los aplastaba.
Otras, fortaleciéndose las niñas-mujercitas-adolescentes, a sí mismas, el carácter propio de su naturaleza, la que, por tradición e idiosincrasia, amén de la independencia de la mujer de estos tiempos, nos forjaron siempre nuestros padres: el rosa para las niñas, el azul para los varones, las niñas no juegan con los varones…
Las niñas juegan a las muñecas, (…)
Los varones se entretenían jugando al dominó (…) etc., aunque también exista la excepción, de la que se advierte, se induce, se infiere, adivina, se presupone, que esa niña especialmente fuerte es una “María macho”.
Si no soy buena qué culpa tengo.
Hay las que se hacen las serias, las santicas.
Las burguesas, las mosquitas muertas,
y no son más que unas pelúas.
Se divierten de lo lindo en sus literas
o en los recovecos oscuros de la escuela con cualquieras.
Así de vejigas como son berrean como chivas y ronronean como
gatas,
y al otro día alzan las frentes más altas que los pinos de las avenidas.
¿Qué lector no se siente aludido en sus precoces años con esos versos lejanos de la adolescencia? ¿Los autógrafos firmados por sus condiscípulxs?
*Corazón que sufre y calla
no se encuentra donde quiera
no hay corazón como el mío
que sufre, calla y espera. (…)
*Todas las letras me gustan
todas tienen un misterio
pero esa maldita A
me lleva hasta el cementerio.
Esos versos que, Marilyn Boves, de haber conocido al autor, le hubiese indicado: Esos versos de amor, esos versitos pudieron ser mejores, no lo olvides.
Aristóteles decía que nuestras acciones tenían un influjo activo sobre nuestra vida interna.
Aún como Ángeles desamparados, que de algún modo no dejamos de ser, nos vemos reflejados a cada instante en las páginas de esta novela, correspondiéndonos en todo su engranaje. El chantaje emocional de los individuos (Profesor-alumno, padrastro-hijastra, alumno-alumno) La corrupción de menores. La insignificancia. La política. La guerra en Angola. Las misiones. El amor. La pérdida de las ilusiones. Las familias disfuncionales. La ley del más fuerte. La formación, en medio de todo esto, del “Hombre nuevo”, que se hizo viejo, perdido en el camino de la supervivencia, para no encontrar jamás el pasaje de regreso. La hipocresía. La crueldad. El ilimitado deseo sexual corroyente. El sufrimiento. Pero, al parecer, los funcionarios de estas “escuelas en el campo”, profesores y el resto de los “campistas” aportaban su granito de horror, sufrían también, quizá presintiendo que vendrían tiempos peores.