La historia en tiempos revueltos

Jorge Chavarro

Después del estruendo causado por el brutal conato de autogolpe de estado ocurrido en Washington el pasado seis de enero, y que parece haber tenido como “presunto autor intelectual” al entonces presidente Donald Trump, nos hemos visto saturados con la avalancha de noticias acerca del criminal intento; escabroso en todos sus aspectos, más si se tiene en cuenta al sospechado instigador de todo. Las ordenes parecen haber sido bastante explícitas: La enardecida turba debía ante todo asesinar a Nancy Pelosi y al vicepresidente Mike Pence, la mejor enemiga y el peor examigo de Trump, a partir de ahí se desencadenarían la cascada de hechos que por fortuna no ocurrieron. Vienen ahora los días del proyecto justiciero, bien difícil, por cierto.

La llegada de Donald Trump al poder hace cuatro años no fue inesperada como muchos quisimos ver; que no ganaría por su misoginia y racismo rabiosos, grave torpeza. Debemos entender que, a pesar de los resultados de la guerra civil y del movimiento por los derechos civiles de las minorías, pero también a causa de los mismos, la ultraderecha estadounidense nunca renunció a sus ideales de supremacismo blanco, ni a su posterior identificación con todo lo que en el siglo XX significaron para Europa los movimientos nazi, fascista, falangista y antisemita, con activa participación en los mismos durante los años treinta, lo que aún se exhibe con orgullo, y le permite a varios congresistas republicanos mantener bien apalancadas sus curules.

Por eso lo que se viene para la democracia estadounidense en la próxima década es incierto; ¿escalada o caída de la extrema derecha?  Está por verse, y tales dudas me decidieron a contar la historia del lema de la campaña por la reelección republicana: “América First” que alerta sobre que Donald Trump no fue una mera coincidencia, como tampoco lo es Bolsonaro en Brasil o Putin en Rusia, ni la enorme madeja de los nacionalismos que comienza a desenvolverse sobre Europa. Es la hora de los nacionalismos populistas y autoritarios de derecha en el mundo; si, leyó bien, de Putin, quien para despistar se autodenomina comunista, Trump sabe bien con quien se mete, si no pregúntele a Kim Jong-un.

Hablábamos de “América First” el sucesor de “Make América Great Again”, y el llamado de atención sobre la mencionada frase me llegó del diario La Razón de España en su publicación online del 17 de noviembre del 2020, dos semanas después del día de elecciones y en plena efervescencia de la negativa republicana a reconocer la victoria de Joe Biden. Cuenta el artículo que este lema, que ya lo había sido de otras campañas republicanas y demócratas, fue la consigna con la que se aglutinó la oposición a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El “América First Comitee”, se convirtió en la bandera bajo la cual se cobijaron los nazis y antisemitas estadounidenses y tenia participación notoria del partido “German American Bund” que contaba con financiación directa del Reich y del Ku Klux Klan, grupo que mantiene el lema como suyo junto con la doctrina del aislacionismo y el nacionalismo dentro de los Estadios Unidos. El movimiento llegó a tener ochocientos mil miembros, y se disolvió oficialmente tres días después del ataque japonés a Pearl Harbor, pero sus consignas regresaron para identificar la campaña y el gobierno de Donald Trump.

Como pueden ver el “América First Comitee” no fue un simple hecho anecdótico; además de haber dado origen a la propaganda de reelección de Trump y de la inclusión de tal ideología en la plataforma del segmento del GOP seguidor del expresidente, los simpatizantes iniciales del famoso comité protagonizaron entre otros el gran mitin del 20 de febrero de 1939 en el Madison Square Garden de Nueva York.  Al mejor estilo Hitleriano, veinte mil pro nazis rodeados de miles de banderas con Esvásticas y con un afiche gigantesco de George Washington a quien llamaban el primer fascista de América, presidiendo el amplio estrado, saludaban con el brazo en alto y gritaban consignas antisemitas y contra el presidente Roosevelt; eso no es todo lo que llama la atención  entre los antecedentes, se insiste en presentar como anecdótico la detención del padre de Donald Trump en un mitin del KKK en 1927.

Ahora bien, lo criminal y escabroso no es nuevo, en la historia de Estados Unidos hubo ya un golpe de estado exitoso. En 1898 en Wilmington, Carolina del Norte, una violenta turba de supremacistas blancos que había sido derrotada en las elecciones por una coalición de políticos blancos y negros, asaltaron y arrasaron la ciudad por entonces la más grande del estado, y tomaron el poder el mismo día de la insurrección descrita por los historiadores norteamericanos como el único golpe de estado en la historia de los Estados Unidos. Como era de esperarse los cabecillas no enfrentaron consecuencias.  Un completo informe de la BBC del 17 de enero pasado, once días después de los desafortunados sucesos del capitolio, me permitió conocer la historia y las dimensiones de la tragedia, que ahora 120 años más tarde y como resultado de los funestos hechos del 6 de enero, cobra vida de nuevo y, en trabajo de recuperación de la memoria histórica, están siendo filmados en un aleccionador documental.

¿Debe juzgarse A Donald Trump? Apenas un día después del asalto, dos senadores republicanos, Mitt Romney y Ben Sasse, señalaron que, palabras de Mitt Romney: los hechos constituyeron “una insurrección instigada por el presidente de los Estados Unidos” y sus seguidores empeñados en objetar las elecciones, son “cómplices de un ataque sin precedentes a nuestra democracia”; a su vez Sasse pone el dedo en la llaga al llevar el fenómeno a sus orígenes: “esta violencia es el resultado inevitable de la adicción de un presidente a agitar la división. Las mentiras tienen consecuencias”, con eso alertó sobre el daño irreparable que las redes sociales están causando al crear entre las dos terceras partes de la opinión republicana, porque no son todos ni en la calle ni en el congreso, que deben defender el triunfo inexistente y de paso la nazificación del país.

El criminal no debe ser juzgado solo por la historia, sino por aquellos que tuvieron que afrontar las consecuencias de sus actos; pero eso no es lo que pienzas el 48% de los estadounidences que ven a su partido por encima de la ley y de la ética, y seguirá siendolo por el tiempo que dure la moral cristiana sustituyendo el discurso que propugna el bienestar humano humano sobre el pensamiento étnico religioso.

The Woodlands, 14 de febrero de 2021

 

Del Autor

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Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. En la actualidad es estudiante del programa de doctorado en literatura del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas A&M en College Station, también en Texas.