Igual que el terror que paralizaba a Eliseo ante la página en blanco, ese mismo sagrado terror me sobresalta, porque escribir de los amigos o sobre los amigos siempre resulta complicado y obsceno, por aquello de las sectas literarias, que nos han plagado de antipoesía y antiliteratura. Con ese pánico de iniciado escribo este preludio a una selección de la obra de Rafael Vilches Proenza. Pero también en la paz de que el tiempo todo lo degusta, y es ciertamente él quien terminará por asimilarnos o no, por paladearnos como un vino exquisitamente fermentado o evaporar nuestras palabras como inhalaciones de la lluvia en las fuentes vivas de la tierra. He repasado los libros de Vilches Proenza, desde Dura silueta La Luna, donde el poeta comienza a nombrar y expresarse en un dulce candor, con la inocencia de un adolescente viendo nacer las flores y los efluvios iniciales de la carne, como un niño que penetra en el misterio de las estaciones y luego sólo alcanza a remembrar a través de la nostalgia, pero la nostalgia únicamente le devuelve la corrupción y la pérdida de las esencias, adulteradas en los labios del hombre.
Luna de las Mil Nueve
resbala por el vórtice de mis ojos
niña traviesa en el agua
trozo de luz en mis manos
y lazos en el cuello de la noche
El poeta convoca las lunaciones del pasado para asirse a lo inasible, a lo que ya se ha convertido en una sustancia borgeana, allá donde se pierden los caminos y los bueyes parten el silencio de la noche y encontramos en nuestras palmas vacías los lazos de la oscuridad desentrañándonos, asolándonos, invitándonos a beber en los abrevaderos ilusorios. En Dura silueta, la luna es astro regente de los sentimientos y experiencias, bajo su manto se urden las más candorosas palabras de salvación, los ensalmos primigenios de los seres ante la soledad y la avalancha de los astros,
las lámparas descubren los temores
donde mojas la luna,
Es de vital importancia, como si los arabescos y secretos que hay en ella grabados pudieran diseccionarse, la luna es a mi entender un fuerte símbolo de lo femenino en la obra de Vilches, cuánta luna incrustada en esos pechos poseída de sensualidad y misticismo, con el poder de transformarse circularmente, además de ser una usurpadora, tomando su lumbre del sol, antípoda y complemento. Dura silueta, es un libro donde el poeta escribe con la inocencia del boyero dormido, pero tal vez en esa puericia se haya el centro de toda escritura o reescritura auténtica, porque al final todo lo que escribimos es un ensayo, un entreacto o tal vez un torpe rebote del equilibrista en las alturas para aguardar la hora de las siegas y las colectas definitivas, cuando nos encontremos sin la silueta de los astros, enfrentados a nuestro último dolor, el dolor de la muerte que se acerca a deletrear la palabra definitiva
la repetición de las moscas
la muerte cualquier día de agosto.
En sus libros posteriores, creo que Vilches salta como el equilibrista, pero hacia un dolor que se va convirtiendo en vacío asumiendo el caos de una época en que tal vez ya todo este infartado y la propia tierra achacosa y enferma, necesita sangrarse, hacer fluir la degeneración que el hombre implanta en sus entrañas.
La guerra está en camino, he comprado cinco higos
dos canisteles, para refrescar las detonaciones y la demencia,
almaceno las semillas para cuando pase la contienda,
he puesto los riñones en zumo de limón.
Así ha puesto sus riñones en el dolor, porque ya no existe otro pesebre que el dolor y de su fuente angustiosa bebe el poeta, que ahora vive en un presente de martirios y canta a la amada como aquel célebre le entonara a Fidelia.
esta enfermedad
el fuego por penetrar a mis amantes
y pareciera que todo está enfermo, que la propia isla en la que habita y sobrevive junto a sus contemporáneos se ha convertido en un puerto de náufragos y la sociedad convulsa y mediocre que lo circunda y envuelve en su lava doliente y enfermiza, lo arroja como un mendigo fuera de sus calles hipócritas y pulcras, porque como confiesa el poeta
si hablo en vox pópuli me quedo sin el sustento,
mis plantas necesitan de mis miedos,
la voz poética de Vilches Proenza ha ido asentándose en los territorios oscuros de la rebeldía y el dolor, para dejarnos testimonio de su época y de sus credos interiores, para levantarse como uno de aquellos cánticos y sacrificios de nuestros antiguos en las piedras., para cantarnos descarnadamente, con las leches de bendecir la luna.