Brevario con final te quiero

Sobre el poemario Lunaciones (Prólogo)

Enmanuel Castells Carrión


¿Qué viene después del dolor? ¿la calma, la paz, la expiación del alma, o acaso una leve inclinación hacia la locura?

¿Qué forma tienen los fantasmas recurrentes de la Muerte y el Miedo? ¿Acaso son ellos los dueños absolutos de las palabras y del poeta?

¿Por qué ríe menos un hombre joven que sufre? ¿Por qué sufre tanto un joven hombre que vive a diario? ¿Cómo vive, qué come, para cuánto le alcanza el salario, qué música escucha, qué adicciones lo arrebatan, qué lecturas consume, cuánto de feliz logra ser desde sus hijos, sus padres, sus amigos o la próxima palabra en la cuartilla en blanco?

¿De cuántos dolores suyos nos nutrimos para invocar y evocar atónitos y sorprendidos: ¡Qué clase de poeta es Rafael Vilches Proenza, Dios mío!? ¿Acaso no es responsabilidad humana la huella que deja en tinta para luego, mañana, decirle a su prole: “Eso también era la vida, hijos míos. Ahora es otro tiempo de hornos y esperanzas”?

Lunaciones mientras no se trate del mero proceso lunar de la Nueva a la Llena; son sus estaciones las del alma que van de un estado vivencial a otro, no importa el período cíclico ni la posición que tengan los astros para desplomarlo y levantarlo; son como las penas de Matamoros que, de ser tantas, se agolpan unas a otras y por eso, no lo matan.

Mientras la luna es so pretexto, so símbolo, so leitmotiv, el sujeto verdadero es el hombre y su particular situación terrenal-espiritual. De ahí el desarraigo y la desgarradura del verso duro, de ahí el aliento y la remembranza, de ahí el viaje a la semilla y el árbol frondoso en cuya sombra estamos todos los bien amados de Vilches. De ahí: su luz, su vida. Su incondicional condición humana.

¡Ave Poeta! ¡Los que te leemos, te amamos! Y viceversa.

La Habana, febrero, 2011.