I
«Toda escritura convoca a un lector»1, advierte Octavio Paz. Y ese lector, pienso, adquiere una especie de complicidad ascendente sobre el texto, cuando su lectura es anterior a eso otro que trasciende —en nuestro caso― al Poeta; me refiero al hecho de hacer público el texto escritural a través de la sublime indiscreción que casi siempre es publicar un cuaderno de poesía. El solo hecho de “escribir” y “publicar” coloca al Poeta en uno de los extremos de un peculiar plano espacial conformado, además, por la Poesía y el Poema. Y los tres ―se sabe― deben respirar al unísono, acompasadamente, de modo que la fina membrana aleatoria de esas partes no ceda, dejando ver con claridad de qué oscuras sustancias está hecha o qué sublime materia logra mantener cohesionado a tres mundos que no por ser vecinos dejan de provocarse extrañamientos, rechazos y atracciones mutuas, semejantes a esos fenómenos que ocurren dentro de los núcleos que conforman la zona más íntima de la materia. Es por eso que el Poeta, el Poema y la Poesía no siempre coinciden pacíficamente a la hora de presentarse a los ojos del lector de ocasión o del público que asiste minoritario a nuestros recitales. A veces el Poeta se apodera del cetro y en franco abuso de las facultades que se le han conferido le transfiere al oído de su lector un poderoso “añadido” al poema que es capaz de hacer huir por la puerta de fondo a la amedrentada Poesía y al no menos agotado Poema también. Otras veces vemos al Poema cruzar pálido a través del atrezo. Y otras tantas asistimos a la pena infinita de encontrar en un rincón del salón al cuerpo indefenso de la Poesía, respirando pesadamente en los labios de un joven poeta inédito o en las conferencias que suelen dictar los consagrados poetas.
Sin embargo en casi todos los Poetas el móvil primero para la creación es el de servirle a la Poesía; incluso en los poetas de menor trascendencia literaria el solo hecho de “haberle servido” a la Poesía dota a sus creaciones de un justificado modo para la existencia, pues son el resultado de su peculiar “honestidad poética”2, asunto que merece respeto y aceptación dentro de la comunidad letrada, donde es fácil encontrar carneros y leones saciando su hambre o su sed en las riberas del Cauto o en la fuente de la casona de 19 y E, en El Vedado habanero, donde Dulce María Loynaz y Gabriela Mistral gustaban hablar de José Martí y Rubén Darío.
De cosas como estas, a veces, solemos hablar Rafael Vilches y yo, en tardes holguineras, cuando queremos darnos aliento; convencidos también de que gracias a esos desprendimientos de poeta (león o no, cordero o no) sus versos alcanzarán quién sabe qué desconocido horizonte una vez vueltos letra impresa, y de que la poesía suya, es decir, la poesía cubana ―tan sometida siempre a moldes y hornos, cocciones y deslaves, podas y demoliciones― sobrevivirá vigorosa a la clandestinidad, o a ese otro frente donde «el arte languidece o se transforma en una actividad servil y maquinal»3.
II
Gracias a esa complicidad que confieren el conocimiento y el goce de los versos que conforman este libro, aun cuando no era un libro sino un cúmulo de poemas, es que hoy pueden retornar mis palabras al autor de País de fondo, como si hubieran sido dichas a la sombra de un palmar; en la Plaza del Himno de Bayamo o en «esta tarde recia/ segura para los héroes nuestros.»
Cuando País de fondo llegó a mí, uno de esos días en que solíamos compartir una taza/amarga en el Café Cubita del bulevar holguinero (siempre los viernes y después de las cinco de la tarde) Rafael Vilches no imaginaba —de ningún modo podía haberlo imaginado― que ese libro se convertiría para sus amigos en una especie de reencuentro o reconciliación suya con esa otra parte de la Isla, apretada débilmente por un rosario de cementerios costeros, donde las aguas del mar del sur penetran y anegan las tumbas, se tragan las cruces precarias que advierten de alguna que otra muerte prematura, de alguna que otra muerte necesaria, de alguna que otra muerte inevitable. Esa otra parte de la isla donde las rocas son demasiado recientes y como consecuencia los cristales iónicos del magnesio y del sodio se solubilizan con facilidad en el cuerpo de los ríos soterrados. Entonces, el agua que se le ofrece al forastero es un líquido que no quita la sed, de un pozo de agua salada. Y allí, junto a ese hueco abroquelado del que mana el agua que mustia las cosechas y provoca “malezas de barriga”, se levantan con mucha dificultad las casuchas, los bohíos, las groseras construcciones de cemento y acero: edificios, pequeños comercios, oficinas, policlínicos, bancos y funerarias que la tierra inconsistente, blanca casi siempre, se traga de a poco, como si desde la plataforma insular el país estuviera agrietando su enorme boca geológica con el firme propósito de arrastrarnos a todos, bien hasta el fondo.
III
Una vez, desde las alturas de un puente sobre las aguas majaderas del Cauto, vi pasar una sombra extraña que remontaba el río. Era la sombra de un animal rotundo. Le pregunté a Rafael Vilches y él me dijo:
―Es el cuerpo del poema, retorna de las acuarelas de Julio Girona…
Y le creí.
IV
Desde que Rafael Vilches publicó, allá por el año 2002, su primer poemario Dura silueta, la luna, y al que le sucedieron El único hombre (2005), Trazado en el polvo (2006) y Tiro de gracia (2010) no ha hecho otra cosa hasta hoy que ir escribiendo el poema único. Ese que quería Walt Whitman. Quizás, el diapasón en el que se mueve su lírica no sea tan estrecha como suele sospecharse que ocurre entre los poetas de hoy, sino que sus tristezas, por lo revisitadas, se han convertido en macizos compactos dentro de su escritura, cuando en verdad sus registros más íntimos están conformados por múltiples islas (aislamientos), islotes y pequeños terrenos insumergibles que se sacuden al unísono cuando es el dolor quien traza la línea de corte para el poema.
Si en Trazado en el polvo está la “Isla al reverso”, si en Tiro de gracia la isla está en la luna que «se colaba fina por entre las sábanas» y en «cada embestida de las aguas cuando la laguna se consume y es abril…», en este último poemario la isla está de fondo. Y a ese fondo es donde va a parar casi toda su poesía. Un fondo-sustrato que se consume y regenera al instante. Un fondo del que emergen como luces rasantes al agua, los poemas-columnas que por su estructura y evidente intensidad, ayudan a sostener el resto del cuaderno, convirtiendo las zonas menos favorecidas en terreno ofrecido para el descanso. Dentro de los que he querido denominar poemas-columnas que en País de fondo alcanzan una luminosidad frondosa: “Bajar al café “y “Café converso“.
El poema que se escribe como fe de vida.
El poema que pudo ser escrito gracias a las voces auspiciosas de los amigos que:
han hecho de sus nombres otra magia, inclinados en el café
las Tres Lucía, La Isabelica, La Bodeguita del Medio,
Café Bonaparte, Café Gijón, un café de Estambul frente al Saray.
El café ofrecido aquel «Diciembre diez de 1965 Valle de las Mil Nueve», cuando su «alarido fue sólo un susto árido en la casa/ minúsculo jueves en las manos de la comadrona.»
“Café converso” es la nómina de afinidades y rechazos, apegos y lejanías de un hombre que no ofrece tan fácilmente su indulto, su mirada piadosa:
antes de beber ordena unas salchichas primavera,
la ración 2.50 moneda invisible
(lo remueve despacio) comparte las salchichas
dice no sé qué aseveración sobre la iglesia católica,
lee un poema a la familia,
habla del sol tórrido de San Germán,
los hijos, los hermanos, las esposas,
esperamos…
Y esperamos que el mapa de una isla, que se transustancia y supera a sí misma, se extienda como a trasluz sobre la mesa inamovible de un café o sobre nuestra hoja en blanco o sobre nuestra casa. En tanto vemos como «lenta avanza la niebla», acaso ignorando «cómo arribar al condominio familiar/esta noche de viernes.»
V
Cósmico, pero con el cinturón insular ciñéndole serranías. Cubano, pero de Oriente (y viceversa). Pluvial, pero en el sentido contrario a los aguaceros del Flora. Fluvial, en el mismo orden que el Toa, el Jigüe, el Cauto o el Marañón. De tierra, como la miel. Del viento, como el lirio rojo. Sonoro, como un vientecito en el Valle de las Mil Nueve. Igual a la semilla del marañón, con el labio partido. Desafinado como himno en multitud. Acertado, como ojo de cernícalo. Con luces y sombras: igual a las plumas de las guineas. Dulce, como el guineo, nunca “plátano fruta” ni platanito. Arquetípico como una mañana en La Demajagua. Amargo pero dulce: con dos cucharaditas de azúcar. Contradictorio, pues contiene voces (Pessoa, Eliot, María Teresa Vera, Tralk, Buesa, Eliseo, Bola de Nieve, Pizarnik y otra vez Pessoa). Boreal: que gusta de Jorge Luis Borges; angelical: que gusta de Ángel Escobar; vaquero: que gusta de Gastón Baquero. Suave, como la piel de los mangos del Caney. Viajero infatigable (también se dijo de la Virgen de la Caridad del Cobre). Mestizo pero blanco, como Juan Clemente Zenea. Heterosexual, al estilo de Martí. Fetichista, como Julián del Casal. Flaco: menos que Virgilio Piñera. Asmático, como Lezama Lima. Fiel, como los ciclones, también como las aves migratorias que llegan a Gibara. Leal, como los amigos y esas cartas de amor que escribía Juana Borrero. Circunspecto, a decir de Lecuona. Intenso: también se cree lo mismo de Boti, Poveda y Navarro Luna. Y por último, como Gertrudis Gómez de Avellaneda: «ni libre es ni la prisión lo encierra.»
VI
Vuelvo sobre la idea inicial de la escritura. Pienso en el lector que soy. Pienso en las horas de conversación compartidas con Vilches y otros amigos. Veo claramente pasar frente a nosotros la angustia que genera la desconfianza, como se vuelven ácidos los días cuando uno no puede alcanzar al sitio donde han ido a parar algunos de nosotros. No alcanzo a comprender por qué se abren a nuestros pies las tierras más cenagosas si digo “miedo”, si digo “luz”, si digo “madre”. Me va quedando poco tiempo ―sospecho— para alcanzar esa zona iluminada donde es posible aceptar al hombre con sus pobrezas y sus grandezas, sin importarnos que hay un fondo —un fondo de verdad— que es posible alcanzar.
Me advierto intolerante. Comienzan a entumecerse mis manos. No sé hacer otra cosa que leer.
Leo en País de fondo: «Hoy no puedo contemplar la rosa de agua.» Y pienso que escribir un poema, por lo que de salvación implica, es como rescatar a una niña de las aguas profundas de un pozo. Cristo lo sabía. También lo supieron Buda, la madre Teresa de Calcuta y Octavio Paz. Y Rafael Vilches no lo ignora: «En ciertos momentos y sitios, la poesía puede servir a todos. El arte de la fiesta aguarda su resurrección.»4