Tiro de gracia… gracia de la poesía/h2>

Sobre el poemario Tiro de gracia

Manuel García Verdecia


El poeta y narrador Rafael Vilches acaba de palpar finalmente la publicación de su libro Tiro de gracia. Publicado por Ediciones Holguín, el mismo entró allí por su triunfo en el Premio Centenario de Emilio Ballagas, concurso que la UNEAC de Holguín y la nombrada casa editorial organizaran para homenajear al bardo de “Nocturno y elegía”. Destacado entre un par de decenas de manuscritos, el jurado (César López, Luis Lorente y Cira Romero) le otorgó su preferencia por “la altitud y precisión sostenida a lo largo del texto, en una poética que no soslaya la actual circunstancia de nuestra cultura, sin abandonar nunca la tradición mixta…”.

Estructurado en tres secciones que fluyen de un contexto más amplio y general hasta un mínimo donde la mirada hurga y se afana por los vericuetos emotivos del yo, este cuaderno evidencia la consolidación de la manera de hacer que ha venido forjándose su autor. Su médula es ecléctica, aunque filtrada por su visión peculiar que está signada por la ternura, el amor a los seres cercanos y su compromiso con el ahora y la memoria que sostiene. Vilches no es nunca indiferente, no desdeña, no se aleja, se involucra y alza su voz, quebrada por el llanto afectuoso las más de las veces, pero decidida.

Las referencias, que dejan ver sus granos aquí y allá, sin ocultamientos, son múltiples y dispuestas en un plano de generoso equilibro, donde el poeta junta, en un mismo nivel de sentido, a un consagrado o al poeta contemporáneo suyo que le ha tributado unas líneas conmovedoras. Alusiones a Kafka, Verlaine, Lewis Carroll, Yeats, Eliseo Diego o apenas conocidos poetas foráneos hasta incipientes poetas cubanos, brindan sustancia a su tejido y, cuando le resultan insuficientes, pues se crea inéditas voces. Lo determinante no es la firma, por eso los reúne indistintamente, sino el matiz de significación que quiere sumar a su decir. Es tal actitud la que hace que yuxtaponga a Verlaine junto a la humilde y cubanísima casa de Chinchacoja. Los une y recombina porque su decir es el que les confiere otra categoría, una donde se actualizan y alcanzan inéditas connotaciones.

En el primer apartado del libro, el autor se asoma a la historia. A esos asuntos que en el desdoblarse del tiempo han sacudido y tallado de una u otra manera su subjetividad. Sucesos, sitios, personajes, ámbitos, costumbres, se hilvanan y forman el espacio multitudinario de su ser.
Miro los lirios desde el último vagón, el pecho inflamado por la brisa, aliento herrumbroso de quien canta inútiles miserias, asciendo en espirales inasibles, lirios anaranjados justo en un instante, estrellas fugaces hacia la Nada, gloria que se va al polvo.

Es como si el sujeto lírico hiciera un viaje y se asomara desde su ventanilla a ver la vida, en el desenlace de su sueño hacia la anulación.

En la segunda parte, el foco se cierra un tanto, guiado por los imperativos del amor a esos que han dejado marcas en la piel o la respiración del creador. Amigos, familia, amores, espacios íntimos, son luces y sombras que se han filtrado hasta las entrañas del yo. Entonces se les rinde memoria y tributo, pero siempre desde la altura de una realización personal donde todos aquellos han dejado una piedra, una brizna de hierba, un susurro inapagable.

Hay noches en que la luna se colaba fina por entre las sábanas, días en que el agua inundaba nuestro llanto, mínimas bonanzas bajo agujeros por donde los astros nos hacían partícipes del mundo. Al borde de la laguna, aguas fosilizadas, hechicería, voces distantes, criaturas inmóviles, canto descarnado, mañana en que la luz me hostiga, observo cada embestida de las aguas cuando la laguna se consume y es abril, en el jardín despuntan las espigas de gladiolos.

Porque ahí está lo grandioso del poeta, partícipe del mundo, saber hallar y dar voz a la belleza, a lo más sustantivo de los hombres. “Conformar la vida a la belleza el único asunto serio de la vida”, ha dicho proféticamente Martí. Es lo que busca el poeta en ese cuadro de relaciones cercanas.
No es casual que la tercera y última sección comience por el poema “Yo, humilde correligionario”. Es lo que dicta el sentido aquí reunido. El sujeto mira hacia adentro, sin nunca abandonar el contrapunto con lo que le rodea, pero tratando de llegar a la gota esencial de su ser. Pero no es un ejercicio de narcisismo, no el pavo real que se asoma al espejo y sacude henchido su cola.

Antes del conjuro de mis manos nadie ha de saber el rumbo, la esperanza del agua, su rigor, la magia, su sorpresa. No logro que me confundan cuando finjo e ignoro mi vuelo hacia el asfalto.

Es el ansia de concretar la conformación de un rostro que se oculta y se muestra, que trata de ser y a la vez sabe que no es con honrada humildad. Sin embargo, ese rostro conoce que solo puede ser único por la suma de rostros que lo rodean y lo miran definiéndolo.

La mayoría de los poemas de este libro tienen una conformación visual en bloque. Esto es lo que induce automáticamente a llamarlos “poemas en prosa”. Es un error inducido por la vista. No son poesía que se muestra en forma de párrafo, pues en ellos hay una síntesis, un rechazo a historiar, una intención a concentrar por imágenes sucesivas más que coordinadas. Simplemente se renuncia a la estructura simplista de una línea tras otra, asociada a la versificación y la rima, porque es otra la respiración que impone la música de estos poemas.

Nombres en los que he muerto. Mis penas navegan como islas que silencian el adiós, desde la partida añoran mis carnes. Muertes precisas, íntima soledad que nos conjuga. Pronuncio nombres que fueron ambrosía, ahora solo silencio. Los olvidos en la mascarada, evito la herida en mi rostro, el fuego esta mañana en que julio no es glorioso, siento un toque de queda en la península y mis huesos son doblemente huérfanos, ya no madrugo al jardín maldiciendo el himno de mis pájaros enjaulados, duele ser hijo del infortunio que hace sombra a su propia sombra.

El poeta los asume así porque son visiones de golpe, instantáneas, de ahí su brevedad y concisión. Cuando lo demanda la sustancia del poema, busca otras maneras de organizar el desenvolvimiento textual.

Cada texto (con la excepción de aquellos que han conseguido invadir un mayor espacio) es una sola tensión, sin mayor desarrollo, como un relámpago. La mayoría de los poemas semejan fantasmagorías que estallan en el vacío de la página. Visiones de un hombre en refriega con un entorno y un tiempo que lo castigan en el dolor y el desconsuelo.

Tal vez de esta premura en apretar en un haz lo que siente es que los textos adquieren esa gramática peculiar. Poemas balbucientes como expresión de una velocidad de sentir que no los deja ser del todo en sus detalles.

Playas. Gaviotas. Muelles. En las olas mi sobrevida que la mar devuelve una y otra vez. Miro en la arena a esa perra triste hurgar con lengua diáfana y profunda sus humedades. Los años junto al dolor retozan con los bañistas que deambulan al límite y no parten. Juegan a levantarse justo donde las gaviotas y mi grito. Escribo en la arena mi sangre. (…) Reparto años con este mal despacio. Tolero a la bestia a punto de morir obedientemente en las aguas donde no diviso barcos, el puente para alejar el dolor y ser canto con graznido de gaviota desde la otredad.

El poeta, no por tonta vanidad ni por fútil experimento, se desdobla en voces de su invención. Es una posibilidad para buscar y articular otras miradas, otras maneras de sentir y entender. Incluso, a veces por pudor, para esconder tras otro nombre asuntos que la vergüenza no quiere exponer. El poeta detrás de sus eventuales sujetos líricos es multitud en otras encarnaciones para entenderse y entender su ámbito.

En estos poemas historia y momento, comunidad e individuo, sueño y realidad, se hibridan y conforman una sola visión compactamente alucinante en su variedad. El tono de lo subjetivo rige, por eso evocan ternura y afecto, dolor y solidaridad. Tras su lectura el ánimo se halla sereno pero lúcido, como quien ha llorado largamente. Tiro de gracia es un libro que habla de las penas humanas, con familiaridad del que las conoce, con la delicadeza de quien no quiere abrumar, pero con la belleza de quien aún espera, no el disparo final de su muerte, sino el de la luz amorosa de la resurrección.