Anotaciones  (acotadas) sobre el quehacer literario

Carlos Enrique Cabrera


«La palabra movilizadora, provocativa, que pregunta
y que interroga, está siendo suplantada (…)
 por el aturdimiento.»

JOSÉ SARAMAGO

 

La  visión del poeta 

A la hora de la construcción del poema  es la  visión la que en definitiva  importa y cuenta, la fuerza,  la autenticidad y la originalidad de esa percepción privilegiada  y siempre única del poeta. Es esta sin duda  la   que determina la intensidad,   novedad, la  autenticidad,  originalidad y belleza del poema,   la propiedad y adecuación de su lenguaje, la que hace posible que  a través del mismo  se pongan  al descubierto realidades ocultas, se revelen  aspectos trascendentes del alma y del  vivir del hombre, la que ahonda e ilumina  la maraña inextricable de la humana existencia. La técnica y el dominio extremo del idioma solo son siervos (fieles,  entregados) que se ponen al servicio  de esa visión, ayudan a materializarla y concretarla, la plasman en imperecedera belleza.

 

Religión, política y literatura

A diferencia de las religiones y de la política, que se manejan con consignas y eslóganes simplificadores, con dogmas e ideas únicas y preconcebidas, visiones reduccionistas y encorsetadoras, totalitarias, la literatura es  un océano múltiple y plural, poliédrico, que se abre a todos los sentidos y a todos los significados, a todos los puntos de vista y a todos los ángulos de visión. A una multiplicidad sin fin de  interpretaciones. Es el territorio de la más plena libertad propulsada por la fantasía y la imaginación creadoras, sin más límites que la imaginación misma. Capacidad fabuladora  del autor. Ahí radica toda la fuerza y  grandeza de la literatura,  y a mi modo de ver,  toda su poderosa razón de ser.

 

La palabra en acción

Es sin duda un juicio recurrente en todos los grandes creadores. Cuando se escribe desde donde se debe, es decir, desde el corazón o y desde las entrañas, no desde la cabeza, nunca  desde la pose y el banal artificio, la palabra ilumina y revela, une y aúna, enlaza y entrelaza.  Y asimismo sin duda cura, sí, sana   tanto los males y quebrantos del cuerpo como los del alma.  Tal  lo hace  el fantástico bálsamo de Fierabrás al que tan oportunamente acude  confiado el inmortal caballero de La Mancha en sus momentos de extremo descalabro y estropicio.

 

Una pregunta pertinente sobre la literatura dominicana actual

En una reciente entrevista concedida a Babelia , el escritor y periodista colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) afirma sobre la literatura latinoamericana actual, que ésta ya no se limita a su territorio, sino que ahora tiene una mayor libertad para viajar (cosa que antes sólo estaba reservada a los escritores del primer mundo). Es decir, la literatura latinoamericana cuenta hoy historias de todo el orbe, de cualquier cultura y latitud.
El autor de Necrópolis (novela con la que obtuvo el Premio de Las dos orillas 2009, y cuya trama se desarrolla en el Jerusalén actual),  da como ejemplos de esta tendencia los trabajos del chileno Roberto Bolaño y los del mexicano Jorge Volpi. Pero los casos pueden  multiplicarse: Así el argentino español Andrés Neuman, ganador del premio Alfaguara de Novela 2009 con El viajero del siglo, que sitúa su obra en la Alemania del siglo XIX.
“Pero a pesar de esto –afirma Gamboa–, ciertos sectores de la cultura en Europa o Estados Unidos siguen privilegiando a los autores que ofrecen la imagen de América Latina que ellos tienen en sus estereotipos, quienes satisfacen sus clichés». (Ya esto lo denunció, en el siglo  pasado, con su habitual ironía, lucidez y agudeza, Jorge Luis Borges).
Al filo de esta reflexión del joven escritor colombiano, cabría que nos preguntáramos, ¿en cuál corriente podemos incluir la literatura dominicana actual?, ¿en la corriente predominante hoy entre los jóvenes creadores del continente, que se abre al mundo, o a la que, por el contrario, buscando complacer los clichés del primer mundo, se queda dando vueltas y revueltas en torno a lo local, encerrada en sí misma…?

 

Lo que no es la literatura

En la literatura no se cree. No es una religión, no es una creencia. La literatura se vive, se paladea, se disfruta –o se aborrece. O se practica como lo que es: “una alta y rigurosa disciplina  del espíritu”.

 

Del  compromiso en literatura

Vieja polémica (algo más concreta)

¿Puede el poeta escribir de las lejanas rutilantes estrellas sin preocuparse lo más mínimo de cómo a su alrededor se arruina inmisericordemente de mil y una manera la vida, la existencia de  tanta  buena pobre gente?

¿Puede un poeta entonar  cánticos de sublime y emocionada belleza  mientras existen a su alrededor  Regímenes y  Gobiernos organismos y corporaciones que la mancillan y destrozan por sistema allí donde quiera que esta se manifieste?

Como ciudadano el poeta debe combatir la injusticia y el horror en todas sus manifestaciones, como creador  se debe tan solo al rigor y las exigencias de su propio quehacer. El verdadero compromiso moral del escritor es con la palabra.

 

El arte como «revelación»

La escritura  como «revelación».  En esto no hay  un consenso entre  los grandes creadores, pero sí hay muchos que tienen esta visión de su quehacer. Así lo sostiene, por ejemplo, Don Delillo, sin duda uno de los  grandes narradores de nuestro tiempo en una entrevista reciente: «Hay veces que las frases parecen escribirse por sí mismas, sin que yo sepa exactamente de dónde surgen. También me ha sucedido que la estructura de la novela se despliega ante mí sin que intervenga mi voluntad. Es una suerte de revelación.»

 

¿Es posible enseñar a alguien a escribir?

«Escribir es algo que no se sabe cómo se hace. Uno se sienta y es algo que puede ocurrir o puede no ocurrir. Y entonces ¿cómo es posible enseñar a alguien a escribir? No consigo entenderlo porque nosotros mismos no sabemos si seremos capaces de escribir». (Charles Bukowski)

Entiendo que ya esto es en sí misma una regla, o más bien dos: no se sabe cómo se hace, 2) no se puede enseñar. Bien, pues ya esto es enseñar algo. Pero además, creo que podríamos añadir otras tres elementos  más a enseñar (o susceptibles de ser enseñados):  3) cuáles son las actitudes que favorecen el advenimiento y desarrollo de la escritura; 4) cómo podemos favorecer  el fluir del proceso una vez iniciado sin interrumpirlo… y  5) cómo podemos perfeccionar la capacidad (o refinar la sensibilidad y el olfato) de detectar hallazgos… Curso  posible  pues, en cuatro o cinco lecciones.

 

Actitudes intelectuales 

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El conferenciante le aclara al público que “no le gustan las conferencias, prefiere el diálogo suelto, libre, franco, en el que todos (sin jerarquías ni protocolos) se pueden expresar con entera libertad”. Durante dos largas horas todos allí dialogan sin freno. Ahora bien, el autor no  repartirá equitativamente entre todos los asistentes sus honorarios;  sólo él se embolsillará los cuartos.

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El intelectual tiene que hacer un escrito para una prestigiosa revista nacional pero por más que hace y se esfuerza no se le ocurre una sola idea que valga la pena; tras varias semanas dándole vueltas al asunto sigue con la mente completamente en blanco, de modo que decide, ya desesperado,  llenar aquellas cuartillas (seis o siete) con un texto en el que habla de las dificultades que tiene para hacer el texto. Cuando pone punto final al texto sobre el texto, respira aliviado. Todavía no ha decidido en qué se gastará el cheque que vendrá a retribuir aquel  tan tremendo esfuerzo.

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Una organización internacional le pide a un intelectual un escrito en el que éste debe reflexionar sobre la violencia en su país; tras largos meses dándole vueltas y más vueltas al asunto, viendo que por más que hace no le sale una sola idea (aquello tampoco la verdad le importa lo más mínimo…) y sigue con la mente como siempre la tiene (en blanco), decide escribir a los organizadores de la novedosa y singular experiencia (100 autores hablan de la violencia en sus respectivos países) un texto en el que habla de cómo le ha sido imposible cumplir con su encomienda. Como además es cuentista, pone allí en medio uno de sus narraciones donde habla de la muerte de un joven en los alrededores  de su barrio. Todo el trabajo (dos a tres cuartillas) se las pasa hablando del cuento en unos términos que aquél para nada sustenta. Pero sin duda y bien a las claras su ego queda plenamente satisfecho con los resultados logrados. Lo más inverosímil es que la organización internacional  se aviene sin más a publicar en su página aquel solemne, insulso despropósito que no contiene más que vagas generalidades sobre el serio y dramático fenómeno, si no lo oculta por completo de la manera más irresponsable… trivialidades sin cuento que son pagadas con dinero constante y sonante…

 

El qué y cómo en la escritura

Alguien escribió por ahí: «hasta una piedra es interesante si quien la describe es Franz Kafka». Creo  que esto es completamente cierto; y que también lo es lo  que Miguel de Cervantes nos dejó escrito: a la hora de narrar no importa “el qué”, sino el “cómo”. De todos modos, entiendo que no se debe ser absolutista y a la hora de escribir  cuidar  algo también la elección del tema…  En definitiva, estar atentos  tanto al como como al qué…

 

La cita y el pensamiento propio

Ya lo sabemos. La cita es un medio idóneo para enmascarar la falta de un pensamiento propio y aun la ausencia total de ideas. En el amplio, complejo y variado mundo intelectual, el erudito es un ser útil e incluso  ciertamente  necesario (rastrea, compila, ordena, descubre, muestra y esto siempre de forma exahustiva) pero sin duda (en el hondo sentido de la palabra) estéril, pues no da al mundo nada que le sea propio, que le pertenezca, no alumbra ni pare nada nuevo en sus entrañas, no crea.

 

Qué palabra más singular y simpática

“Oí”,  qué palabra más singular y simpática, qué extremadamente corta  (tan pequeña y minúscula que  se me asemeja a un insecto),  y  a la vez cuán altiva y fuerte, potente: con la O al inicio que impone rotunda su cerrada y acabada perfección de círculo (y de totalidad por tanto) y esa terrible y afilada í con “acento diacrítico” (tilde) remarcando su calidad de incisivo cuchillo o  estilete, de aullido visual y sonoro apabullante.  Es así como en su extrema sencillez se  hace  imposible no percibir  (verla y oírla), no tenerla en cuenta, como si ella fuera recalcitrantemente fiel a la acción que tan económicamente expresa.

 

La palabra crítica

La palabra subyuga, hipnotiza, enamora, cambia y transmuta la realidad, la disfraza haciendo aparecer  bueno lo malo y malo lo bueno. Por eso debemos trabajar por  una sociedad conformada por gente instruida y educada que maneje a conciencia la lengua, verdaderos ciudadanos capaces de desmontar los discursos falsos y mentirosos, de  hacer evidentes las imposturas y falacias del poder. Los bandidos sólo medran y pueden llegar a reinar impunemente en las sociedades en las que  no hay  cultivo y desarrollo del discurso lógico y del pensamiento crítico…

 

Lo imperativo es pensar

Lo imperativo es pensar y pensar lúcidamente. Para ello  debemos echar fuera y enviar bien lejos de nosotros todos los lastres que conspiran contra el pensamiento.

 

Encuentro con el poema

Octavio Paz afirmaba (y así lo dejó escrito) que cada lector no encuentra en el poema más que lo que ya de antemano lleva dentro. Yo añado, claro, lo que llevaba dentro y no sabía que lo llevaba y que ahora el poema eficientemente  le descubre y revela. Queda así establecido que todo buen poema (la lectura de todo buen poema) es un viaje hacia nosotros mismos, un encuentro  revelador con  lo más más íntimo de nuestro  ser. Una experiencia de vida que nos cambia y enriquece definitivamente… El también mexicano y poeta José Emilio Pacheco lo expresó a su modo de esta suerte: «No leemos a otros:/  nos leemos en ellos»

 

Para pensar

Para pensar hay que  procurar no atarse a nada ni a nadie y  abrazar con decisión y valentía la bandera del riesgo, de la  aventura existencial e intelectual, de la libertad. Notable es el número de cosas que conspiran contra el pensamiento. El temor, el miedo, la abulia, la apatía,  la modorra, la pereza, el acomodo, la autocomplacencia,  la vanidad, el amor propio, la obcecación con el propio yo, la mediocridad, los prejuicios, los clichés, las frases hechas, los eslóganes y los tópicos, las pasiones, las emociones, los sentimientos; el deseo de acomodar la realidad a las propias necesidades, aspiraciones e intereses;  la falta de concentración, de observación, de capacidad crítica y analítica; el inadecuado uso y manejo de  la  lógica y del lenguaje. Para pensar con lucidez  no sólo debemos lanzar lejos todos los pesados  lastres sino también entrenarnos de forma asidua y sistemática, con meticulosa disciplina, rigor, dedicación y entrega, en las severas estrategias del pensamiento propio e independiente.

 

Irrenunciable compromiso

«El esmero es la UNICA convicción moral del escritor». Lo dijo Ezra Pound. Y añadió: “Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden.”  El escritor vive de sus palabras y en sus palabras y a ellas se debe por completo, ahí está su mayor irrenunciable compromiso:  en el esmerado rigor  con que las usa.

 

La patria verdadera

Expresó George Steiner, escritor y crítico estadounidense, la siguiente profunda convicción:  “Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria.” Cierto. La patria es la propia alma, la propia esencia del ser, y  está hecha así simplemente de buenos hábitos (enriquecedores, divertidos, lúdicos), de acogedora confortabilidad (la mesa,  la silla, el sillón, el café) propicia para la  creación y la recreación, de libros y lecturas que  abren el ser  a una experiencia vital infinita y a la pluralidad del mundo y sus cosas. De eso está hecha la patria verdadera y auténtica   que no es más que, el propio ser (allí donde habitamos) que vamos construyéndonos día a día con dedicación y esfuerzo. El cultivo sin más de nuestro  jardín interior.

 

La escritura original

Se escribe, cuando se escribe de verdad y con verdadera intención y sentido, desde lo más hondo del propio ser, desde el corazón y las vísceras, pero además (y esto es esencial)  con la más absoluta libertad, sin miedos ni cortapisas, solo así se alumbra la obra original que ilumina  la realidad. Es justo lo que afirma  el escritor alemán decimonónico  Ludwig Börne en un brillante artículo periodístico de 1823: “Quien atiende a su voz interior en vez de al vocerío siempre será original. Pero no hay que censurarse, hay que escribir”.

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).