Cuando las personas llegan a una edad avanzada, allende los setenta, por ejemplo, comienzan a preocuparse por la muerte. No es mi caso, aclaro, tal vez porque vivo de manera irresponsable y siento gran alegría cada vez que arranco una hoja del calendario. Vivo esperando grandes cosas que si llegan me causan alegría y si no llegan, me dejan indiferente o por lo menos con ganas de lanzar otro ingenuo barquito de papel a las aguas del tiempo: cobro un cheque mensual, escribo novela tras novela, entreno natación, espero la publicación y competencias; espero también los irrisorios depósitos por derechos de autor que a veces no lo son tanto y en ocasiones me sorprenden por exiguos o inesperados. Lucho contra el famoso oprobio de los años con entusiasmo de adolescente, entreno natación cinco días por semana y los picos más altos de mi vida actual se hallan en las competencias de natación… que, oh desventura, se han suspendido, precisamente en el año 2020, en que MT iba a internacionalizarse en el Panamericano de Natación, ¡mi primer Panamericano!
Cada día vivido es un triunfo sobre la muerte. La frase suena bien pero no es mi preferida. Generalmente pienso que la muerte es algo que les sucede a otros y que cuando me suceda no voy a voy a ser yo quien tenga que preocuparme. Digo a menudo que voy a llegar a los 150 años y no lo digo en broma. De verdad lo pienso. La idea la rescaté de un filósofo griego cuyo nombre ya no recuerdo.
Con la aparición de la peste del COVID la muerte se ha puesto de moda. Rara es la familia en la que no ha muerto ya sea un integrante lejano o cercano, y si no, un amigo o un conocido. En casa, en mi casa, en la casa de mi familia, el tema no ha estado ausente. No se ha muerto un pariente cercano o lejano pero sí amigos. A veces nos preguntamos mi esposa o yo quién se ira a morir primero. Yo soy 16 años más viejo que ella pero tengo menos comercios con médicos y medicinas, de modo que podríamos decir que hay un empate técnico en la carrera hacia la solución del gran misterio… a menos que un imprevisto suceda, lo que puede favorecerme a mí, que soy adicto a algunos excesos deportivos como lo son el nado en aguas abiertas, lo que hago o he hecho en Playa del Carmen mar adentro acompañado por nadadores avezados y naturalmente más jóvenes; personas que acostumbran nadar de tres a cinco kilómetros diarios y que una vez al año participan en travesías de 10 o más kilómetros e incluso maratones de 40 kilómetros. ¡En el mar! ¡Locos! Y ahí pueden ver a este setentón, nadando a la cola de quince o veinte tritones y sirenas, bien equipado como ellos, con goggles, gorra de natación y una colorida boya en la que llevo mis llaves, billetera y teléfono.
La otra pregunta que nos hemos hecho mi esposa y yo es la siguiente: ¿qué es lo más conveniente? ¿que ella fallezca antes que yo me convierta en fiambre? o… ¿que yo me vaya primero al sitio del que nadie regresa?
La conclusión a la que llegué es la siguiente: conviene que ella se muera antes para que mi querida esposa no pase por el trance de sepultarme. Pienso (aunque podría estar bastante equivocado) que yo podría soportar su muerte con una dosis conveniente de estoicismo.
Y con respecto a mi propia muerte he de decir que no le temo, más bien la espero con emoción. Con la emoción de quien va a apartar la cortina final. Hay unas palabras de un poeta persa, creo, que me parecen magníficas: “¿Por qué te preocupa el excesivo pecar si sólo podría esperarte la nada absoluta o la misericordia divina?”.
