Bolaño, el clásico absoluto

Edmundo Paz Soldán

Bolaño tuvo una relación importantísima con varias ciudades, algunas de ellas transmutadas en literatura. En México están la Santa Teresa de la imaginación en 2666, que toma Ciudad Juárez como punto de partida, y también la Ciudad de México, donde vivió muchos años y donde se descubrió como escritor, capturando en Los detectives salvajes su vitalidad y complejidad de una manera tan asombrosa que críticos mexicanos como Christopher Domínguez Michael piensan que es una novela tan fundamental sobre la Ciudad de México como La región más transparente de Carlos Fuentes. En la segunda parte de la novela también se encuentran Luanda, Tel Aviv, Managua: más de veinte ciudades que arman una suerte de mapa de una literatura a escala global, el intento ambicioso, según el crítico Héctor Hoyos, “de navegar la nueva conciencia del mundo como un todo”.

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Bolaño llamaba a Ciudad Juárez, la ciudad a partir de la cual imagina Santa Teresa, “mi idea del infierno”. Esa Santa Teresa con maquiladoras, basureros y descampados le sirve a Bolaño para dar cuenta de los excesos y desigualdades del modelo capitalista neoliberal y para la crítica al nuevo orden global. Bolaño sitúa en ese paisaje los feminicidios que asolaban a Ciudad Juárez y su narración clínica de tanta muerte, al igual que el desdén con que los policías tratan el tema, nos muestra las violentas estructuras patriarcales sobre las que se apoya la sociedad contemporánea. Capitalismo y violencia no son opuestos sino que son parte de la misma lógica, y el genio de Bolaño fue mostrarnos esa conexión de la manera más explícita posible.

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Hubo un momento en que parecía que todos los escritores de mi generación habían pasado por Blanes. Me hablaban de Bolaño con familiaridad, recomendaban sus libros, etc. El viaje a Blanes era una suerte de rito de paso: ibas allá y eras de esa familia cada vez más extendida de escritores que reconocían a Bolaño como su guía. Yo estuve en Blanes el 2008, para la presentación de Bolaño salvaje (un libro de ensayos que coedité sobre Bolaño); me impresionó la forma en que la ciudad había adoptado a Bolaño como uno de sus personajes más emblemáticos.

¿Cómo recuerdas el último encuentro en Sevilla?

Bolaño estuvo a punto de no asistir a ese encuentro, estaba muy enfermo, pero al final apareció; era el invitado especial, junto a Cabrera Infante. Falleció unas tres semanas después. Lo recuerdo una noche contando chistes al lado de la piscina del hotel, en la terraza. En realidad era el mismo chiste, pero contado a través de diversos registros narrativos: narrador omnisciente, narrador en primera persona, narrador en segunda persona, puro diálogo, etc. Nos reíamos mientras asistíamos a un taller improvisado de escritura. Un sábado volvíamos del lugar de la conferencia al taller y él se detuvo en un kiosco y compró un periódico francés cuyo suplemento literario le había dedicado la portada y una reseña elogiosísima. Su fama mundial explotaba y eso hubiera sido interesante de ver, cómo lidiaba con ella, después de haber criticado tanto a la industria cultural.

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Hemos atravesado varias etapas: del elogio absoluto en los primeros años después de su muerte, cuando Bolaño era intocable, al distanciamiento posterior de algunos escritores de una nueva generación, para llegar a este momento actual, en el que se ha convertido en un clásico absoluto tanto al interior de la literatura latinoamericana como en las constelaciones de la literatura mundial, y lo vemos con esa cercanía y esa distancia con que se ve a Rulfo, Lispector o Borges. Algunos de sus libros póstumos no debieron publicarse, pero esa es otra historia. Antes me interesaba el Bolaño melancólico que contaba la derrota de su generación en Estrella distante Nocturno de Chile, ahora prefiero el Bolaño de 2666, el del trabajo precarizado, el de los policías que cuentan chistes misóginos como reflejo de las estructuras atávicas que nos marcan, el que es capaz de conectar narrativamente la segunda guerra mundial con la dictadura de Pinochet o los feminicidios en la frontera, el de Santa Teresa como basurero del capitalismo.

Cortesía de La Tercera, Chile.

Del Autor

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Edmundo Paz Soldán
(Bolivia, 1967). Escritor y profesor. Considerado una de las voces esenciales de la actual literatura latinoamericana. Profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Ha publicado las colecciones de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998), y las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río fugitivo (finalista en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo(2002), Palacio Quemado (2006, 2007), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011) e Iris (2014), con la que incursiona en la ciencia ficción. Es coautor, junto a Alberto Fuguet, de la antología de nueva narrativa latinoamericana Se habla español (2000) y con Gustavo Faverón de Bolaño salvaje (2008). Entre sus premios se cuentan el Finalista de Letras de Oro 1991 con Días de papel (Estados Unidos), el Premio Erich Guttentag 1991 por Días de papel (Bolivia), Premio Juan Rulfo, 1997 por el cuento “Dochera”, el Premio Nacional de Novela de Bolivia 2002 por El delirio de Turing, la Beca Guggenheim (2006) y Finalista del Premio Hammett 2012 (Semana Negra de Gijón) con la novela Norte.. Su novela más reciente es Iris (Alfaguara, 2014).