Mi personal arte de narrar

Santiago Gamboa

Muchas veces me han preguntado qué es escribir y, sobre todo, por qué lo hago. Generalmente resuelvo el asunto con alguna respuesta aproximativa del tipo, “porque me gusta leer”, o con frases leídas en alguna parte, del tipo, “porque sería mucho peor si no lo hiciera”, así que puede que esta sea, realmente, la primera vez que intente pensar el asunto en serio y por escrito. Quienes escribimos, sabemos que escribir es la mejor manera de pensar. Lo que se escribe es siempre real y por supuesto verdadero ya que adquiere una forma y, en ocasiones, un soplo vital, a diferencia de lo “no escrito”, que es el extenso e infinito universo de lo no pensado, de lo que no existe ni tiene espacio en mente alguna.

Escribir no es solo mover los dedos con agilidad sobre un teclado y ver, al cabo de una jornada, que el número de páginas aumentó. Julio Ramón Ribeyro decía que aún acodado en el balcón de su casa, con una taza de café y fumando un cigarrillo, estaba escribiendo, pues pensaba con intensidad en el texto que tenía a medio hacer en el rodillo de su máquina. Pensar literariamente en algo ya es escribir.

En un momento bastante memorable del film “Amadeus”, de Milos Forman, el personaje de Salieri le pregunta a Mozart por una pieza musical que le encargó, y éste dice que ya está terminada. Cuando pregunta dónde está, él simplemente responde: “aquí”, y se señala la cabeza. Luego agrega: “el resto son solo garabatos”. Ese resto es la escritura musical, que contiene y transmite la música, pero que no es la música, del mismo modo que en literatura el lenguaje escrito transmite la obra, pero no es la obra.

¿Dónde está la obra literaria? No en el libro. El libro es un objeto formado por papel y tinta que en sí mismo no tiene nada de artístico. La obra literaria está cifrada en el libro, y existe, adquiere vida a través del lenguaje, en la imaginación del lector.

Desde este punto de vista la literatura es un bien inmaterial, pues el soporte que la transmite no es artístico, a diferencia de las artes plásticas, en donde la materia y la obra son una misma cosa.

El verbo “escribir”, considerado como “escribir literatura”, es la acción que se deriva de un pensamiento poético, que en este caso es también sinónimo de “pensamiento creador”.

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria, y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en obra.

El hecho de que el universo pueda expresarse en términos matemáticos no quiere decir que sea matemático. Lo mismo sucede con la realidad y la literatura.

El escritor está solo. Puede ver lo que otros han hecho a través de la lectura y establecer comparaciones, nutrirse de influencias y establecer una genealogía, pero nada más. Quien lee ya está en la esfera de lo literario e incluso puede que piense de un modo literario, pero aún no es escritor. Ocasionalmente puede ser crítico literario.

El crítico, en efecto, piensa literariamente, pero no escribe, y por eso los libros que aprecia son los que más se acercan a sus ensoñaciones, a esa Orplid o selva de estalactitas, en términos de Lezama, donde mora el libro perfecto con el que sueña. Ese libro nunca existirá, como no sea para contaminar sus opiniones sobre los libros de quienes sí escriben. Los libros que sí existen.

El principal problema de la crítica literaria es de orden epistemológico. ¿Cuál es el fundamento y, por lo tanto, la validez de su saber? ¿Cuáles son sus métodos y cómo se legitiman? Se supone que un crítico conoce los elementos que hacen que un texto sea una obra de arte, y a menudo juzga que tal o cual se quedó a mitad de camino o equivocó el rumbo. Pero a pesar de saber o dictaminar dónde hay arte y dónde no, ellos mismos no pueden crearlo. ¿No es paradójico? Ahora bien: si aceptamos que el crítico expresa solo una opinión subjetiva, entonces esta no es distinta de la de cualquier otro lector y por lo tanto no representa ningún saber especial.

Cosa diferente es el escritor que hace crítica literaria, pues este ha demostrado con una obra previa la procedencia y los fundamentos de su saber.

Pero volviendo al arte de narrar…

Si se tiene talento, no es obligatorio conocer a fondo la literatura para escribir bien. Ni siquiera para hacer una obra maestra. Haber leído puede ayudar, por supuesto, pero no es definitivo. Si en cambio no se tiene talento, todas las lecturas del mundo serán siempre insuficientes.

Desear intensamente escribir una gran obra y desplegar los medios para lograrlo tampoco es suficiente. Esto es lo que se suele llamar “vocación”. La vocación puede servir para acabar los trabajos iniciados, imponerse un horario, dotarse del espacio de concentración y soledad necesarios para ejercer la disciplina y el dominio de sí, pero no basta para lograr grandes obras. Para ellas se requiere el talento, un extraño factor de la génesis artística que, felizmente, nadie ha logrado aislar ni describir.

A veces imagino el talento literario como una piedra guardada al fondo de esa “caja negra” que, también imagino, está al interior de cada ser humano. Si pudiéramos abrir varias de esas cajas veríamos que solo uno o dos de cada cien, o de cada mil, tienen la piedra. No sabemos de dónde viene ni por qué unos la tienen y otros no, y mucho menos si es posible autogenerarla o si puede desaparecer con el tiempo. Solo sabemos que está allí, y que en otros no está ni estará nunca.

Quien no tiene talento es mucho más consciente de él que quien sí lo tiene, y esto es normal. Igual que la salud o el dinero, son más conscientes de ellos quienes no los tienen.

Por eso el talento es antidemocrático, absolutista, despótico, egoísta. Puede concentrarse todo en una sola persona y en cambio desdeñar a miles que lo anhelan, que darían la vida por tenerlo.

Hay personas que tienen talento y no lo usan, y esto es también un misterio. Algunos no lo usan por falta de disciplina, concentración, capacidad de realizar un esfuerzo sostenido. En suma, por falta de vocación. En estos casos, el talento solo tampoco es suficiente para crear obras de arte.

El talento es tal vez el único bien que se derrocha no usándolo.

“El genio es el talento provisto de ideales”. Somerset Maugham.

Cada escritor, pues, es el primer escritor, y debe arreglárselas solo. Debe inventar el fuego y la rueda, descubrir la ley de la gravitación universal y la penicilina. Su fuego, su gravitación universal, su penicilina.

Del Autor

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Santiago Gamboa
(Bogotá, 1965). Escritor considerado uno de los más reconocidos nombres de las actuales letras colombianas y latinoamericanas. Realizó estudios de literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá y en la Universidad Complutense de Madrid, donde obtuvo el título de licenciado en Filología Hispánica. Entre 1990 y 1997 residió en París, donde cursó un doctorado sobre literatura cubana en la Universidad de la Sorbona. Trabajó como periodista en el Servicio América Latina de Radio Francia Internacional y como corresponsal de El Tiempo de Bogotá. Ha vivido, además, en Roma y Delhi, India. Entre sus libros destacan: Perder es cuestión de método, La vida feliz de un joven llamado Esteban, Los impostores, El síndrome de Ulises y Necrópolis. El síndrome de Ulises fue finalista del Premio Médicis en 2007. “Necrópolis” fue ganador del Premio La Otra Orilla en 2009. Sus publicaciones más recientes son Plegarias nocturnas (novela, 2012) y Océanos de arena, diario de viaje por Oriente Medio (2013). Desde el 2015 reside en Colombia, luego de 30 años viviendo fuera del país.