El cubano, lobo del cubano

Amir Valle

La muerte de esa Cuba que cada cubano ha vivido es la experiencia más traumática que me ha dejado el exilio. Es una muerte espiritual, nada que ver con el clásico y siempre traumático adiós de una desaparición física, aunque realmente las más evidentes ausencias en la vida de un exiliado son esas referidas a los espacios físicos que habitó. Y es un proceso difícil entender que, incluso cuando se tenga la posibilidad de visitar la isla de cuando en cuando, la Cuba que conocimos se va restringiendo cada vez más, año tras año, al espacio de la memoria, de nuestra memoria más íntima y personal. La Cuba que un día dejamos no será jamás esa Cuba que ahora mismo sigue latiendo, viva, compleja y cambiante, en aquella esquina del mundo.

Cada cubano, aunque no lo acepte o no se dé cuenta, es forzado a insuflar vida a esa Cuba memoriosa que carga al país que emigra. Se trata de una Cuba, lo he dicho otras veces, personal e intransferible, habitada por los recuerdos familiares, por la pervivencia en la memoria de los sitios habitados o recorridos, de los olores percibidos, de las caras y gestos de gente querida, conocida e incluso detestada, y por situaciones y experiencias de vida que nos marcaron y definieron como el ser humano que somos. Al salir de la isla, esa Cuba abandona su territorialidad y se traslada al territorio de la memoria, un espejismo sin embargo a veces táctil, desde donde dialoga, se retroalimenta y se contrapone tímida o rabiosamente a las circunstancias emocionales, geográficas y espirituales del nuevo espacio habitado.

Esa circunstancia: la pérdida de los puntos reales de contacto con la Cuba que alguna vez y hasta algún punto de nuestra existencia nos definió como cubanos, junto a la semilla de división que nos sembró en la sangre estas décadas de «Revolución» (intentando construir una sociedad igualitaria donde todos debíamos ser iguales, nos obligaron sutilmente a combatir cualquier diferencia en el otro que lo separara del nivel oficial establecido como «lo correcto para un revolucionario») podrían ser las primeras raíces de esa desunión crónica, de esa competencia desleal, de la casi absoluta falta de solidaridad en la que viven los cubanos que habitan eso que se llama diáspora. Y digo «casi», obviamente, porque nada es absoluto y conozco de algunos casos, e incluso de momentos (pienso en algunas manifestaciones de apoyo a esos cubanos condenados al limbo en diversas naciones de «nuestra América» mientras intentaban llegar a Estados Unidos por tierra) donde la solidaridad ha asomado tímidamente su cabecita, aunque lamentablemente no ha demorado mucho en volver a esconderse.

Y nótese que hablo de diáspora y no de exilio. La emigración, se sabe, es un proceso complejo que incluye aspiraciones de toda índole, sea la de ese individuo que desea simplemente saber qué es vivir en otra cultura, o sea ese otro ciudadano que se ve forzado a dejar un país porque sus credos ideológicos o políticos hacen peligrar su vida bajo gobiernos con credos opuestos. Son simples disyuntivas. Tan naturales que tuvieron que ser registradas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y, al menos como demuestra la experiencia de otros éxodos, si bien la emigración por causas más cercanas a la política (discriminación por ideologías, razas, origen étnico, religioso, etc.) crean en la población exiliada de un país márgenes diferenciados, una especie de ghetos definidos por la pertenencia a una ideología, etnia o religión, que sólo se mezclan o cooperan entre ellas cuando es estrictamente necesario, las más reconocidas diásporas, en esos específicos y también traumáticos momentos de la historia humana en que han ocurrido, han experimentado una unidad impresionante que, incluso, los ha convertido en grupos modélicos de las sociedades a las que han emigrado. El caso más típico ha sido el de la tan conocida diáspora judía.

Algunos estudios, con evidencias y datos muy interesantes, demuestran un hecho del cual cierta progresía intelectual no quiere hablar: las emigraciones ocurridas durante el siglo XX, provenientes de naciones con sistemas democráticos no socialistas (la sangría española hacia Francia, Alemania y América Latina  durante la guerra civil, la huida de europeos hacia Latinoamérica durante la Segunda Guerra Mundial, el éxodo palestino de los años 60 a causa de la expansión israelita, la riada latinoamericana hacia Europa en tiempos de las dictaduras en los 70s y 80s, o las usuales escapadas hacia Europa de africanos durante las guerras contra el colonialismo desde los 60s hasta las actuales emigraciones a causa de la pobreza, las guerras civiles o el terrorismo) establecieron admirables cotos de unidad, cooperación y respeto por las diferencias de toda índole entre los exiliados en los países que los acogieron; sin embargo, todas las emigraciones emitidas desde el siglo XX hasta la actualidad por los países del antiguo campo socialista destacan por la desunión, la falta de solidaridad, la desleal competencia y las guerras intestinas entre los exiliados a causa de su diferencia de credos o relación hacia los gobernantes de turno en sus países de origen.

En este aspecto, el caso de la emigración cubana, que he vivido por experiencia propia, es el más vergonzante. Si en la isla ya lanzaba dentelladas contra sus compatriotas en esa teatrada de doble moral que la mayoría escenificaba para no ser engullidos por el gobierno, en la diáspora el cubano se ha convertido literalmente en el lobo del cubano.

Cada uno de nosotros, estoy seguro, podría elaborar una larga lista de estas vergonzosas actuaciones. A vuela pluma, mi lista podría comenzar por las víctimas del miedo; cubanos que arrastran hasta esos países democráticos y libres donde hoy habitan el miedo de que las garras de los cancerberos de la «Revolución» los alcancen. Si el miedo existe es porque ellos, en su propia cobardía, no han sabido librarse de esas invisibles cadenas que alguna vez les colocó el régimen cuando aún vivían en la isla. Eso es bien conocido por nuestros «gobernantes», que a partir de estructuras de control en cada embajada cubana en todo el mundo, ceba los mecanismos para recordarles a los exiliados que los dueños de la isla no están dispuestos a permitir el aprovechamiento de ciertas libertades que dañarían la imagen de la «mítica Revolución». Lo digo porque tuve miedo. Mucho miedo. Me enfrenté con mis ideas y mis actos, sólo como un ciudadano que exigía su derecho a pensar y expresarse de modo distinto, sin vincularme a ninguno de esos grupos, partidos o personas acusadas, justa en unos casos e injustamente en otros, de ser financiadas desde el exterior, y sólo por querer quitarme la máscara que todos utilizaban en su vida pública viví junto a mi familia unos años realmente horrorosos mientras no me desterraron. Jamás transigí, no por valentía sino por hartazgo: si ya estaba viviendo del poco dinero que me daban mis libros en Europa y de la ayuda mensual de mi padre, un simple carpintero, ¿qué más podían quitarme? Por eso, cuando alguien decidió que yo era menos peligroso para la joven intelectualidad cubana estando fuera, y decidieron desterrarme impidiendo mi regreso a la isla tras uno de mis viajes a España, comencé a prepararme para evitar que las cadenas del miedo siguieran maniatándome en esos otros escenarios que me vi forzado a pisar. Me propuse prepararme para una posible enfermedad o incluso para la muerte de mis padres (soy hijo único) y para la posibilidad de no poder estar junto a ellos en esa enfermedad, o asistir a sus últimos momentos o tampoco poder enterrarlos, pero me dije que jamás pediría como una limosna mi derecho a entrar y salir de mi país cuando yo lo decidiera si mis ingresos económicos me lo permitían, que es precisamente la gran cadena con la que el régimen mantiene bajo sus botas a miles de cubanos de la diáspora. Es una elección ética que tuve que aprender blindándome el corazón y convenciendo a mis padres de que sólo aplicaba una lección que había aprendido de ellos: hay asuntos en la vida que no se negocian, y menos con quienes operan desde la prepotencia de su poder dictatorial. Y para mí era y es aún sencilla la elección: por pura ética, si Cuba seguía siendo la finca personal de Fidel, Raúl y su camarilla, yo no tengo nada que hacer en esa isla.

Cubanos exiliados atacando a cubanos exiliados para que las embajadas cubanas los tengan en sus listas blancas de mansas ovejitas; cubanos exiliados huyendo de otros cubanos exiliados que por su dignidad y críticas hacia el régimen están en las listas negras de esas embajadas (un mecanismo de control es hacerle saber a los grupos Pro-Cubas, asociaciones de cubanos en el exilio, etc., el nombre de esas ovejas negras que podrían contaminarlos); cubanos dueños de negocios que tratan como reyes al personal no cubano mientras reservan para sus compatriotas la desconfianza, la ojeriza profesional o los malos tratos; cubanos empleados en empresas propiedad de cubanos que hacen las mismas trampas que practicaban usualmente en Cuba en las empresas del Estado, entre otras cosas, robar o «hacer como que se trabaja»; artistas exiliados cubanos poniendo zancadillas, regando infundios o sembrando dudas sobre la moralidad, la profesionalidad o las causas reales del éxodo de otros artistas exiliados cubanos; revistas culturales de cubanos enfrentadas a otras publicaciones ideadas por cubanos para evitar que los financiamientos se les escapen o que otras voces se impongan en el escenario internacional en torno al tema Cultura Cubana; cubanos exiliados sólidamente integrados en las sociedades que habitan, que utilizan ese vicio de mentir para sobrevivir que nos inocularon en Cuba y crean falsas expectativas, o hacen promesas que jamás cumplirán a ilusionados cubanos que logran emigrar y se ven hundidos en infiernos innombrables simplemente porque la mano que prometió ayudarlos era falsa; cubanos con excelentes puestos de trabajo que, en vez de hacerle el camino más fácil a otro cubano que desea entrar a esa empresa, torpedea esa posible entrada con comentarios o acciones que hacen florecer las dudas en los responsables de aprobar el ingreso, siendo el más común de los comentarios venenosos el clásico: «hum, me huele mal ese tipo; algunas cosas me hacen pensar que es un agente del castrismo que le quieren colar a este país»;  cubanos exiliados que lucran a costa de otros cubanos, exiliados o en la isla, a través de instituciones que reciben abultadas cantidades de dinero para ayudar a la libertad y democratización de Cuba, dinero que jamás llega a sus destinos, se desvía para usos menos importantes que ayudar a los que luchan o emigran, o va a parar a bolsillos inescrupulosos; cubanos exiliados que sólo piensan en bailar-gozar-tomar-ron-comer-bien y se hacen los sordos cuando algún otro cubano lanza un grito de ayuda (pueden documentarse muchos casos de cubanos enfermos de cáncer que piden ayuda monetaria en sitios confiables de internet, para costear los gastos de su enfermedad, y pocos cubanos colaboran ni siquiera con el dólar o el euro que piden esas donaciones); cubanos exiliados acostumbrados a pagar a manos abiertas por servicios que necesitan y, sin embargo, regatean, retrasan los pagos y hasta estafan los servicios prestados por otros cubanos exiliados; cubanos exiliados recién llegados desde la isla que abusan de otros cubanos que sí deciden ayudarlos, porque pretenden que acá afuera, como allá en Cuba les hacía Papá Estado, todo se les dé masticadito, pretendiendo entrar a la nueva vida en el exilio sin poner ni una cuota de esfuerzo, por lo cual denigran y ofenden a esos que cubanos que les abrieron sus corazones y sus puertas, como si lo merecieran todo, cuando se les recuerda que ellos también tienen que poner de su parte; profesores cubanos ubicados en universidades, con puestos de poder que les permitiría promocionar la literatura de su país de origen y prefieren limitarse al estudio de los clásicos y dejar a un lado importantes obras literarias críticas contra el régimen, que han alcanzado reconocimiento internacional para no buscarse problemas con la progresía intelectual que pulula en las universidades de todo el mundo; asociaciones políticas o profesionales cubanas del exilio que manifiestan luchar por una Cuba democrática y limitan su apoyo o pertenencia solo hacia aquellas personas que critican abiertamente al régimen de los Castro y excluyen a quienes han elegido el derecho de permanecer alejados de estos avatares políticos; magnates cubanos, que hacen jugosas donaciones a proyectos humanitarios, científicos o culturales mediante los cuales desgravan parte de sus impuestos pero son incapaces de derivar ni siquiera pequeñas sumas al fomento de muchos de esos proyectos que emprendedores cubanos realizan intentando insertarse en el país al que emigraron; Mecenas o personalidades de mucho poder económico o mediático en el ámbito cultural del exilio que tienen a los creadores cubanos, sean de la modalidad que sean y sin que importen sus demostrados talentos, al final de sus listados de interés o promoción que priorizan a creadores de otros países; o importantes instituciones culturales fundadas por cubanos o con cubanos en puestos claves de decisión, que invitan, pagan y dan una atención exquisita a escritores, artistas o intelectuales extranjeros, mientras menosprecian, olvidan o, si los invitan, maltratan o pagan mal a los cubanos (he sido víctima, y conozco a otros escritores, invitados por algunas de estas instituciones debido al reconocimiento internacional alcanzado en nuestras carreras y hemos declinado nuestra participación porque, pese a que a otros colegas extranjeros de nuestro nivel les han pagado todo, colocado en excelentes hoteles, etc., nosotros hemos tenido que escuchar el clásico: «a ti te puedo hablar claro, porque eres cubano como yo, y sé que entenderás la situación: en estos eventos hay que ahorrar por un lado para poder hacer otras cosas», así que se supone que por ser cubanos aceptaríamos que esos «ahorros» se lograran a costa de nosotros: pagarnos menos, alojarnos en hoteles más baratos, pedirnos que utilicemos el autobús desde el aeropuerto al hotel para ahorrarles el pago del taxi a los organizadores, etc.). La lista, en resumen, podría alcanzar muchas páginas.

El cubano lobo del cubano traslada a estos países los mismos esquemas de exclusión, menosprecio, desconfianza y ataques que se vieron obligados a utilizar en Cuba debido a la falta de libertades. Muchos son incapaces de entender que lo que allá podría justificarse como métodos de supervivencia, acá se convierten simplemente en vicios y taras del comportamiento, ofensivos y retrógrados en sociedades que tampoco son perfectas, pero donde al menos uno tiene la posibilidad de luchar por ser una individualidad y no esa masa amorfa y dócil que imponen los gobiernos totalitarios como el que Fidel construyó en Cuba hace casi sesenta años, que hoy timonea su hermano Raúl, y que al estilo de las más rancias dinastías familiares pretende eternizarse.

En la diáspora, el cubano sigue mintiendo aunque ya no necesita mentir; sigue «luchando» (y me refiero aquí a todas las resonancias marginales y de violaciones de la ley que esa palabra implica) aunque tiene otras muchas posibilidades de vivir dignamente; sigue creyendo que ese otro cubano con el que se encuentra fuera de la isla puede ser «un seguroso», es decir, un peligroso informante de la policía política cubana; sigue hundido en ese marasmo propagandístico del «todos en una Revolución somos iguales» y es incapaz de tratar con el respeto que se merecen a esos muchos cubanos que han hecho una carrera que los coloca en un nivel muy superior al suyo; sigue rigiendo su vida por otra de las marcas del «socialismo cubano»: acostumbrados a que todo llega por las gestiones de Papá Estado, atacan a cualquiera que se aparte de la manada y destaque por méritos propios o como fruto de grandes esfuerzos personales, ensañándose contra ese individuo triunfador con toda la rabia y el veneno que nace de la envidia por el éxito ajeno; sigue observando con ojeriza desconfiada a cualquier cubano exiliado, como manifestación clara de que no ha podido desprenderse de esa enseñanza castrista aplicada como estrategia «revolucionaria» de que «cualquiera es sospechoso de traición a la Revolución», que se extendió como una pandemia a todas las áreas de la vida nacional y terminó siendo: ningún cubano puede confiar en otro cubano; y, finalmente, sigue atacando con una rabia teatral y visceralmente «fidelista», incapaz de establecer un diálogo mesurado y respetuoso de las diferencias, a ese otro exiliado que se aparta aunque sea sólo un milímetro de sus criterios sobre cualquier tema

Podría escribir aquí otras muchas páginas con las anécdotas de las trampas, traiciones, zancadillas, ataques, campañas de desprestigio que contra mi deseo de ganarme un lugar como escritor y periodista en el exilio han lanzado desde cubanos muy conocidos hasta desconocidos, desde intelectuales muy bien posesionados hasta grises funcionarios de algunas embajadas cubanas en los países donde he vivido, trabajado o visitado en estos años. Sería un verdadero catálogo de las bajas pasiones y las malas mañas con las que muchos cubanos se han impuesto en sociedades donde podrían utilizar sus talentos y las muchas buenas artes del comportamiento humano y la solidaridad para que el desarraigo de la patria fuera menos traumático en esos otros miles de compatriotas que se han visto, aún se ven y, según las circunstancias, se verán forzados a salir de Cuba.

Prefiero, sin embargo, quedarme con la ayuda, el afecto, los consejos que recibí del único cubano que se propuso abrirme todas las puertas a su alcance en Europa para que mi destierro no fuera ese infierno que ha sido para miles de cubanos: el escritor Justo Vasco, a quien echo de menos cada día desde que murió en Gijón, el 23 de enero de 2006.  Su ejemplo, su honestidad, su cubanía, su mano y su palabra siempre cálidas, son el único refugio a donde lanzo mi mente cuando necesito recuperar la esperanza y la convicción de que no todos estamos tan enfermos de esos odios y esas fobias con la que muchos cubanos depredan a otros cubanos que vagan por estos países, lejos de nuestra tierra.

El simple recuerdo de nuestras conversaciones allá en Gijón es suficiente para que, aunque sólo sea a veces, me sienta injusto cuando pienso que casi todo lo que veo me ratifica en mi credo de que, por desgracia, tanto en la isla como en el exilio, el cubano fue y sigue siendo hoy el lobo del cubano. Confieso que, aunque sienta mucho orgullo por haber llegado a donde estoy con mi propio esfuerzo, a veces casi sobrehumano, preferiría no tener que decir que el prestigio, los libros publicados en grandes editoriales, las invitaciones a todos los países que he visitado como escritor y periodista y los estudios que hoy se hacen en universidades de todo el mundo sobre la vida y obra de ese Amir Valle que ahora escribe estas líneas ha ocurrido no gracias, si no a pesar de los cubanos.

Del Autor

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Amir Valle
(Cuba, 1967). Escritor y Periodista. Su obra narrativa ha sido elogiada, entre otros, por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán, Herta Müller y Mario Vargas Llosa. Ha publicado más de una veintena de títulos en los géneros cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional a través de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavia (2008). Sus libros más recientes son La Habana. Puerta de las Américas (una historia novelada sobre la capital cubana, Editorial alMED, España, 2010), Las raíces del odio (novela, Editorial El barco ebrio, España, 2012), Hugo Spadafora - Bajo la piel del hombre (biografía novelada, Aguilar-Santillana, 2013), Nunca dejes que te vean llorar (novela, Penguin Random House, 2014), la antología de sus mejores cuentos Nostalgias, ironías y otras alucinaciones (Editorial Betania, 2018) y el libro de ensayos La estrategia del verdugo. Breve historia de la censura cultural en Cuba. Actualmente reside en Berlín desde donde dirige OtroLunes - Revista Hispanoamericana de Cultura.