Retrato de los solitarios

Uriel Quesada

El viernes 8 de enero murió mi padre en Cartago, Costa Rica. Falleció en la que fue su casa por décadas y que, según me contó, había comprado con el dinero de la venta de un terreno que los abuelos le habían regalado.  Esa primera semana del año 2021 fue histórica, pero no por la muerte de un anciano en una ciudad un tanto gris. El miércoles 6 una multitud de extrema derecha se reunió en las afueras de la Casa Blanca en Washington DC. El presidente saliente, Donald Trump, arengó a sus seguidores y les indicó que debían dirigirse al Capitolio donde las dos cámaras del Congreso iban a ratificar el triunfo de Joe Biden en las elecciones de noviembre.  Un mero trámite, un rito del cual la mayoría de la gente no tenía idea, hasta que la turba rodeó el Capitolio y entró a la fuerza. Estoy seguro que ese seísmo político le hubiera interesado a mi padre.  Por años, la televisión había sido su ventana al mundo, un afuera al que no tenía posibilidad de acceder porque apenas podía caminar, aquejado por un dolor crónico en la rodilla izquierda. Se pasaba horas dormitando frente a la televisión, viendo sobre todo series americanas y deportes. Sabía mucho de futbol –incluso fue jugador de un equipo local cuando era muy joven– y de béisbol. Consumía también noticias, tanto nacionales como internacionales.  A pesar de su avanzada edad, podía relatar los eventos con bastante precisión aunque algunos nombres se le iban.  No le interesaban los shows de análisis, esos en los que a veces se pontifica más de la cuenta.

El dolor de rodilla era solamente uno de sus muchos males. Había sobrevivido a un recurrente cáncer de vejiga, a un problema de corazón que –supuestamente– debió matarlo una década atrás y a un problema gástrico también de características oncológicas.  Pero al final murió de viejo, del fallo simultáneo de muchos órganos.  Murió perdido en los laberintos de la demencia y es probable que en sus últimas horas sufrió de mucho dolor y miedo.  Pero yo no estuve allí y todo lo que sé me lo han contado.

El deterioro de su salud se aceleró a partir de diciembre, cuando perdió la movilidad casi por completo y empezó a delirar.  Sentía la presencia de hombres de sombrero sentados en la sala de su casa.  Lo visitaba gente de cuando tenía un puesto en el mercado central de Cartago, uno de los llamados tramos. Ahí vendía abarrotes y los helados que mi madre hacía para aliviar las penurias económicas de la familia. En alguna ocasión se le escuchó hablar de su equipo de futbol, incluso de un extranjero al que había convencido para que jugara con ellos.  En todo caso, sus alucinaciones eran placenteras.  Creo que ni su esposa ni sus hijos aparecimos en ellas, o al menos no nos mencionó.

Yo estaba en mi apartamento cuando entró un texto al celular aproximadamente a las 2:30 de la tarde.  Era mi hermano mayor anunciando la muerte –prácticamente en tiempo real– de nuestro padre a sus 88 años. Durante mucho tiempo yo me había estado preparando para un momento como este.  “Cuando muera alguno de nuestros papás hagan lo que ustedes tengan que hacer”, les había dicho a mis hermanos. “No me esperen, ustedes saben que no me deben esperar. Yo llegaré apenas pueda, pero no voy a pretender estar a tiempo para velatorios o funerales”.  Quien dijo eso fue mi lado pragmático, o quizás fue el emigrante, ese que bien sabe lo que significan los retos de desplazarse de un país a otro.  En esta ocasión, sin embargo, la pandemia del coronavirus complicó todo lo relacionado con viajar, pero paradójicamente simplificó los términos de mi duelo.

En el año 2017 mi padre sufrió una de sus muchas crisis de salud.  Una tarde de sábado recibí otro de esos infames textos.  Esta vez decía que mi padre requería la extremaunción, pero que no había curas disponibles en toda la ciudad.  El asunto no dejaba de ser tragicómico porque, por el contrario, había muchísimos sacerdotes en una gran convención, pero no se les podía interrumpir. En cierto modo la convención había dejado a miles de feligreses a la buena de Dios, al punto de que el Diablo tendría todas las cartas en su mano para hacer lo que quisiera.  Mi madre resolvió el asunto de modo salomónico.  Dijo que tiempo atrás un cura les había concedido a ella y a mi padre una extremaunción adelantada, que el rito no tenía fecha de expiración y que de todos modos ellos apenas salían y a estas alturas de la vida eran incapaces de acumular suficientes pecados como para no tener asegurada su entrada al cielo.  Contra todos los pronósticos, mi padre salió de esa muerte casi segura y de la crisis de demencia que le provocó la estadía en el hospital. Cuando finalmente pudo regresar a su casa, a todos nos quedó muy claro el mensaje: él no quería pasar sus últimos días en un hogar de ancianos ni en ninguna otra institución.  Si hubo alguien resiliente, alguien decidido a vivir, ese fue mi padre.

A raíz de la emergencia del 2017, mi rutina de visitas a Costa Rica pasó de dos a cuatro al año.  Eran viajes relativamente cortos, centrados en mis progenitores, mis hermanos, mi sobrino y algunos pocos amigos.  Casi no disfrutaba de las bellezas naturales del país, pero al menos intentaba aprovechar la oferta cultural, sobre todo el teatro.  Covid cambió todo eso.  Después de las navidades de 2019 compré un boleto de avión para finales marzo.  Intenté reprogramar el viaje pensando que la pandemia sería asunto acabado para el verano, y después acepté que no valía la pena ni siquiera especular sobre posibles fechas. La preparación del viaje demandaba una serie de pasos para asegurar que yo no llevaba conmigo la enfermedad.  Luego estaba el problema de contagiarme en Costa Rica y terminar hospitalizado allá. Muchos riesgos, sobre todo al considerar que mi familia se estaba envejeciendo, que casi todos los que vería estaban en los grupos de mayor riesgo.  En fin, yo debía quedarme en Nueva Orleans hasta que hubiera una vacuna y protocolos de viaje más claros.  Tal vez por esa razón, la tarde de enero en que murió mi padre no tuve ni por un momento duda de que me tocaba vivir el duelo sin la compañía de los míos.

Yo estaba en medio de un asunto de trabajo cuando recibí el mensaje de texto de mi hermano.  Por fin la agonía física de mi padre había acabado.  Escribí una breve respuesta, pero no hubo más mensajes hasta un rato después.  Mi apartamento estaba muy silencioso, lo que me permitió escuchar la soledad con todo su poder.  “Es simplemente una cuestión de vulnerabilidad”, diría mi lado racional, “algo de nuestra condición humana, pues de repente una compuerta se abre internamente y las consecuencias son inciertas”.  La otra parte de mí, la emocional, lamentó que nadie iba a atestiguar el principio de mi duelo.

La soledad ha sido un signo determinante de mi vida, algo que aprendí precisamente de mi padre, quien no estuvo presente cuando más lo necesité.  Él, un solitario consumado, trató de hacerme a su imagen y semejanza, y yo hui intentando romper el círculo.  Él, quien nunca supo decir te quiero o te extraño o aquí estoy para darte apoyo, se escondió tras un muro de silencio y de aparente indiferencia. Fue un conversador que dijo muy poco sobre sí mismo, y apenas se dio permiso de mostrar sus sentimientos. Fue alguien que tampoco quiso mezclarse con mis ilusiones y temores, o tratar de entender los motivos de este hijo que no solamente decidió dejar la casa familiar, sino también la ciudad y el país.  Nunca preguntó siquiera si mis decisiones de dejarlo todo y lanzarme al vacío tenían algo que ver con él.  Ese viernes de enero la orfandad espiritual y afectiva que llevaba por años a cuestas se convirtió finalmente en orfandad física, y por ello mismo en algo irreversible. ¿Sería acaso que muy en el fondo yo esperaba que algún día mi padre intentara sanar heridas y recuperarme? Si así fue, el intento fue ingenuo.

Le informé a mis colegas de la oficina lo que había pasado. También dije que tomaría la tarde libre.  Mi supervisora llamó cuando yo empezaba a llorar y a sus preguntas respondí que estaba bien.  Era cierto.  Necesitaba llorar, pero no creo haberlo hecho por amor filial.  Lloré porque todo final te remueve cosas, porque necesitaba dejar ir las tensiones que se habían acumulado por semanas y porque llorar puede ser también una forma de solidaridad.  Lloré solo, pero también en comunidad con mis hermanos, a pesar de los miles de kilómetros que nos separaban.  Lloré porque, mal que bien, todos ansiábamos recibir esa señal nos permitiría respirar más tranquilos. Lloré porque había que liberarse.

Llamé a Costa Rica, pero quienes me contestaron estaban todavía en shock, así que la conversación fue breve, nada más para oír voces queridas.  Luego salí a caminar por el barrio. La tarde era luminosa y fría. Fui hasta el canal que queda a unas pocas cuadras de mi casa.  Es un lugar hermoso al que concurren muchas personas, algunas con sus perros, otras con barquitos a control remoto o canoas y kayaks; otras más simplemente se sientan a ver el movimiento de las aguas.  Caminé hasta un puente recientemente pintado de azul.  Justo en el medio del puente había una manta con un retrato de George Floyd, el afroamericano asesinado por la policía de Minneapolis en mayo de 2020.  Debajo de la manta colgaban fotos de otras víctimas de la violencia policial contra la población negra. Hombres y mujeres, niños y adultos, cada uno honrado con una imagen, aunque ya estuviera descolorida por la exposición al sol y a la lluvia.  Sobre el piso del puente había flores y velas. El puente era un altar de muertos.  Muchas veces yo lo había cruzado como parte de mis caminatas.  Mi simpatía, mi solidaridad, mis pensamientos, mis silencios y mis respetos, todo iba a las personas del altar. Pero no eran mis muertos.  Mi padre, aun con tanta distancia física y afectiva, sí pertenecía a partir de ahora a mi altar personal.

La noticia se había propagado rápidamente por Cartago.  Empezaron a llegarme textos de amigos de infancia.  Algunos también llamaron.  Supe también que llevar al doctor que haría el acta de defunción se había complicado porque el tráfico del viernes por la tarde tenía colapsada la ciudad.  La funeraria había sido debidamente notificada, pero no se sabía la hora de arribo del coche fúnebre que recogería a mi padre. A partir de ese momento, para mi familia todo sería esperar.  Por la pandemia no habría velatorio, a la misa de muertos se podría asistir siempre y cuando se siguieran los protocolos de las autoridades de salud, y el entierro en sí quedaría reservado para solamente unos pocos. La nueva normalidad abreviaba los ritos.  Mejor así.

A este lado del mundo yo seguía caminando.  Me adentré en un enorme parque, le di la vuelta a un lago, me detuve a contemplar ese atardecer de invierno lleno de colores. Después llamé a mi familia de elección.  La mayoría de esas personas no conocieron personalmente a mi padre.  Sabían de él por mis historias, por esas anécdotas que componían parte importante de mis memorias de expatriado.  Quedé con una amiga de salir a cenar. No tenía hambre, pero tampoco me parecía una buena idea seguir rumiando mi vacío en soledad. Fuimos a un restaurante de comida tunecina que me gusta mucho.  Es un lugar pequeño atendido por un matrimonio, la esposa cocina y el marido se ocupa de los clientes.  Cuando voy allí me siento querido, y eso me complace tanto como el cuscús o los escargots.

Apenas unos meses antes yo había asistido a las honras fúnebres de la madre de mi amiga, una ceremonia que tuvo que esperar casi ocho semanas por el caos impuesto por la pandemia. En el caso de mi padre, ya para la tarde del sábado su cuerpo estaba enterrado, y cada quien estaba en su casa para la hora de la cena.  Yo me pasé pendiente de noticias todo día, pero no llegué a saber nada hasta cuando recibí algunas imágenes del entierro.  Lo que vino después fueron más conversaciones, algunas sobre los últimos días de mi padre, otras sobre el cuido de mi madre.  Yo muchas veces había dicho que la preparación para un duelo nunca era suficiente, incluso si la relación no había sido muy buena. Un amigo me dijo que precisamente las peores pérdidas eran aquellas en las que los fantasmas oscuros tomaban preeminencia sobre los fantasmas más gentiles.  Sin embargo en mi caso, y diría que en general el de mi familia, el duelo ha sido muy tranquilo, con menciones ocasionales a ese hombre que, en muchos sentidos, fue un extraño, un hombre al que yo no quise parecerme.  No querer ser como tus progenitores no significa un insulto.  Por el contrario, podría ser incluso una forma de gratitud: el haber aprendido a fuerza de convivencia que había otras realidades posibles, otros futuros a los cuales aspirar.

Algo que me he preguntado durante estas semanas recientes es si alguna vez mi padre y yo nos dimos la oportunidad de rencontrarnos, y la única respuesta que tengo es unas clases de fotografía.  Eso debió ocurrir entre 1996 y 1997, cuando yo ya tenía la certeza de que irme sería la única forma de sobrevivir.  Mis recuerdos de aquella época están envueltos en una bruma, pero sé que todo empezó con cámara fotográfica muy vieja que encontré en un clóset.  Ese objeto me llevó a descubrir que mi padre sí tuvo sueños, o al menos uno: convertirse en fotógrafo.  No haber seguido esa vocación fue el resultado de muchas circunstancia, incluyendo su matrimonio y los hijos que vinieron muy pronto.  Yo también tenía la ilusión de dedicarme a la fotografía, aunque en mi caso nunca pensé en hacerlo profesionalmente.  Un día supe de un curso que iba a ofrecerse en una universidad privada cerca del centro de San José.  Tal vez le conté a mi padre y él se interesó, o lo invité y él lo dudó, pero al final dijo que sí.  Compramos una cámara moderna y por varias semanas yo recogí a mi padre a la salida de mi trabajo.  Aprendimos los rudimentos del oficio, compramos lo necesario para revelar negativos y usamos el laboratorio de la universidad para imprimir las fotos.  Eran imágenes en blanco y negro de objetos, de animales, de esquinas de nuestra ciudad.  Algo simple, carente de toda complicación.  El entusiasmo de mi padre fue creciendo al mismo tiempo que se hacían más intensos mi desasosiego y mi decisión de marchar.  ¿Hablamos al respecto?  No sé.  Tengo recuerdos del salón de clase, de nosotros dos en mi carro rumbo a Cartago.  A los meses compramos una máquina italiana para imprimir nuestras propias fotos.  Mi padre, además, mandó construir un cuarto oscuro al fondo del patio.  Nunca usamos ni la máquina ni el cuarto oscuro.  Yo me fui, alguien compró el equipo y el cuarto oscuro se convirtió en bodega.  Conservo todavía la cámara fotográfica, ahora convertida en una pieza de museo a causa del acelerado cambio tecnológico.

Hace poco un amigo escritor me dijo que una de las marcas del expatriado es la incompletud, esas muchas cosas que quedan a medio hacer a causa de la erosión que traen el tiempo y la distancia.   Yo no sé si conservar esa cámara fotográfica ahora inservible o escribir este breve ensayo son, en realidad, búsquedas de completud.   Las pérdidas y los duelos muchas veces se entienden solamente cuando uno se asoma a un espejo retrovisor y ve la vida alejarse, volverse borrosa en la distancia.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Sus obras incluyen  El atardecer de los niños (cuentos, 1990; Premio Editorial Costa Rica 1988 y  Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría, 1990), Lejos, tan lejos (cuentos,  Premio Áncora en Literatura, 2005), El gato de sí mismo (novela, Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría, 2005), Queer Brown Voices. Fourteen Personal Narratives of Latina/o Activism (narrativas personales, Premio Ruth Benedict, 2016) y La invención y el olvido (cuentos, Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría, 2018).  Sus escritos han aparecido en revistas y compilaciones publicadas en Costa Rica, México, Estados Unidos, Chile, España y Alemania.  Uriel Quesada tiene una maestría en literatura latinoamericana de New Mexico State University y un doctorado de Tulane University. Vive en la ciudad  de Nueva Orleáns y trabaja en Loyola University New Orleans.