En un corto espacio de tiempo han ocurrido en nuestra patria algunos hechos que tienen, o a medio plazo tendrán, un significado especial en el futuro del país. Hacia finales del año pasado, un grupo de intelectuales y artistas se manifestaron durante varios días frente al ministerio de Cultura. Exigían cambios en la regulación estatal de las actividades artísticas y culturales en la Isla. Durante varios días las autoridades cubanas trataron de capear el temporal, el cual terminó con un diálogo frustrado entre el viceministro del sector y los representantes del grupo. El hecho, pese a todo, sentó un importante precedente en la vida política de la Isla. Que yo recuerde, es la primera vez que un alto funcionario del gobierno se ve obligado a reunirse con un grupo de intelectuales y artistas para oír sus exigencias sobre la libertad de creación.
Por otra parte, con el comienzo del nuevo año se disparó en Cuba el número de personas infectadas con el virus de la COVID-19. El repentino incremento de la enfermedad parece haber sido consecuencia de la llegada de cubanos provenientes de los Estados Unidos o de Europa. Como es sabido, las remesas de dinero enviadas desde estos puntos y las visitas de familiares en una u otra dirección son una importante fuente de ingreso de divisa en el país. De divisa y, en los tiempos que corren, de virus también. Como no podía ser de otro modo, espero y deseo que el brote sea vencido lo antes posible. Y como la desgracia nunca viene sola, el primero de enero surgió un nuevo motivo de preocupación y malestar para la mayoría del pueblo. Se trata de la llamada Tarea Ordenamiento, que, entre otras cosas, elimina los subsidios estatales a algunos productos de la canasta básica de alimentación y, en general, eleva considerablemente el precio de numerosos servicios básicos para la vida de la población. Como siempre ocurre, los más pobres y desprotegidos son los que salen peor parados con las medidas.
A través de Youtube vi una conferencia de prensa del ministro encargado de la reforma. Algo que eché en falta en su discurso fue la ausencia de cualquier autocrítica por el pésimo estado de la economía nacional. Oyendo a los funcionarios del gobierno cubano, cualquiera podría pensar que este “ordenamiento” se hace necesario tras el desorden causado por alguien ajeno a ellos. Sin embargo, es bien sabido que el responsable directo sobre la gestión económica en Cuba es el estado cubano. A él pertenece la inmensa mayoría de los medios de producción y los recursos de la Isla. Y él los administra. Si hay que ordenar algo, ello significa que hasta la fecha ha estado desordenado. ¿Y quién debe responder por ello? Pues, hasta su muerte, el máximo líder de la revolución, de cuya mente salían las ideas, los cambios y las reformas más inverosímiles sobre casi cualquier asunto en Cuba. Luego, quienes han seguido al frente del gobierno de la nación son los actuales responsables. Por ellos, por su mala administración de los recursos materiales y humanos que manejan, debería empezar cualquier análisis del tema. En todos estos años de economía centralizada ha habido tiempo para ordenar, desordenar y reordenar de nuevo la sociedad. ¿Por qué nadie asume la responsabilidad por el estado actual de las cosas, evidentemente mejorable? Estoy de acuerdo en que el embargo comercial norteamericano es un duro obstáculo para el desarrollo de la Isla. Pero si la dirección política de la nación —que es, en definitiva, quien gobierna y manda en todas las esferas del país— comprende que es necesario reordenar la economía, lo primero que debería expresar en voz alta es una buena crítica a su propia gestión. Acto seguido, cambiar a los responsables del descalabro y, finalmente, llevar a cabo una reforma profunda de las políticas que rigen las líneas fundamentales del país.
Los ministros y sus expertos deberían dar la cara y explicar al pueblo por qué la subida de los precios no se corresponde con la de los salarios. Y más aún, por qué quienes deben implementar las reformas las violan impunemente. Pues bien, esta fue una de las preguntas que un periodista de la televisión cubana le formuló al ministro responsable de la aplicación de la Tarea Ordenamiento. Paso por alto la forma cuidadosa, y hasta tímida, en que los periodistas nacionales preguntan a los funcionarios del gobierno por el problema que sea. Me interesó mucho más la respuesta del alto funcionario. En lugar de contestar directamente y hablar de las medidas que su institución tomaría para resolver el problema, el hombre entonó el clásico discurso de los dirigentes cubanos, que hablan mucho pero no dicen nada. Y ahí quedó todo, por supuesto.
Hace un par de años estuve de visita en Cuba. Una mañana me levanté, y al asomarme al balcón vi a grupo de hombres jóvenes sentados en un banco bajo un frondoso árbol. Conversaban, fumaban y bebían de una botella de ron que se pasaban entre ellos. Era un día laboral; pero a aquella temprana hora del día, aquellos individuos no tenían otra cosa que hacer que conversar y beber ron. Esa tarde salí de la ciudad rumbo a mi pueblo natal. Por el camino me dediqué a observar los campos de mi linda patria. En ellos no había casi tierras cultivadas, ni ganado pastando en los terrenos repletos de hierba. Ni vacas ni ovejas ni cabras. ¿Quién entre estos funcionarios estatales podría explicarle al pueblo por qué la tierra de un país subtropical no puede producir lo suficiente para dar de comer al pueblo?
No pretendo hablar aquí de todo lo que en estos días he leído, visto y oído sobre Cuba y la llamada Tarea Ordenamiento. Sería demasiado largo y tedioso. Sólo agregaré que todo está relacionado. Mientras en el país no exista verdadera libertad de expresión, mientras la prensa esté en poder de quien es también el dueño de los medios de producción y el responsable de la gestión económica, será muy difícil avanzar en el desarrollo de la economía nacional y brindar condiciones de vida un poco más dignas al sufrido pueblo cubano de la Isla.
