Desde el 2013 vivo en un barrio histórico llamado Bayou Saint John. Por años estuve tratando de comprar una casa en la áreas que conocía desde que era estudiante, pero no tenía suficientes ahorros para la prima ni un ingreso que me permitiera cubrir con cierto desahogo los pagos mensuales de una hipoteca. Así fue hasta la crisis financiera del 2008, cuando los precios de los bienes raíces y las tasas de interés se desplomaron. En otras palabras, las desgracias de otros fueron mi factor de suerte y pude, finalmente, encontrar un condominio con precio y condiciones financieras razonables en ese barriecito no muy lejos de mi trabajo y de un parque gigantesco. El que iba a ser mi apartamento llevaba años vacío, pues el constructor había quebrado durante la crisis. Su plan había sido levantar dos edificios de dos plantas, cada uno mirando al otro, con un área verde en el centro y estacionamientos a los lados. Ese proyecto, sin embargo, se vino abajo cuando la burbuja inmobiliaria reventó. Al momento de comprar mi apartamento había un lote donde debía estar el segundo edificio, faltaban las rejas exteriores y unos senderos de grava daban acceso a la calle. Pero mi nuevo espacio era hermoso, lleno de ventanas y de buena vibra. En el segundo apartamento vivían una anciana y su hijo.
El bayou es una especie de canal natural que desagua en el lago Portchartrain. En otras épocas fue utilizado por pequeños barcos de mercancías, pero ahora está rodeado de casas y zonas verdes. Ahí llega gente a remar en kayaks, jugar con barquitos a control remoto o simplemente a sentarse a ver el agua, sobre todo al atardecer. No lejos de mi casa hay un puente metálico, el Magnolia Bridge, que originalmente podía rotar para darle paso a las embarcaciones de carga, pero que en este momento se usa como un cruce peatonal entre las dos orillas del bayou. Se dice también que es un lugar para ceremonias vudú. Personalmente no me consta haber visto ningún ritual, aunque sí me he encontrado ofrendas y altares de todo tipo, desde fotografías y flores hasta frascos de vidrio con contenidos que mejor no explorar. Luego del asesinato de George Floyd en Minneapolis en mayo del 2020, aparecieron en el Magnolia Bridge un retrato gigante de Floyd y fotos más pequeñas de otras personas negras (locales, en este caso) víctimas de la brutalidad y la negligencia policial o, en general, de la violencia de esta ciudad.
Mi calle es una especie de frontera entre la parte buena y la parte mala del barrio. Hacia un lado se llega a un hermoso boulevard sombreado por altos robles, con casas grandes y venerables. Hacia el otro las casas son más pequeñas, muchas de ellas en malas condiciones. La parte buena es eminentemente blanca, el otra es negra. Yo recorro los dos sectores y me gusta descubrir algún detalle aquí o allá. Digamos que el boulevard es silencioso, aunque las casas tienen porches generosos y, muchas veces, enormes y perfectos jardines donde se podría pasar el día entero leyendo o tomando refrescos. Apenas a unas pocas cuadras de ahí, donde las casas se aprietan unas contra otras, casi no hay jardines delanteros ni árboles tan grandes que dan sombra, la vida bulle de otra manera. Hay gente que se sienta a la puerta a aprovechar la brisa de verano y charlar con los vecinos, se escucha música de todo tipo y hay una mezcla de gente de distintos niveles de ingreso.
Al mes de mi mudanza en 2013, estaba trabajando una mañana temprano cuando oí unos ruidos que venían de muy cerca. “Disparos”, me dije. Esperé un rato, luego salí a mirar y, en efecto, varias patrullas se dirigían presurosas hacia el sector pobre del barrio. No me atreví a acercarme, tanto por prudencia como porque no sabía qué hacer en tales circunstancias. Esa tarde empecé a indagar acerca de los hechos. Los disparos son comunes en la ciudad de Nueva Orleans, pero la presencia de policías indicaba una situación más grave. En efecto, habían matado a un joven en su carro. Según la crónica policiaca, el muchacho se detuvo frente a su casa y abrió la ventanilla para hablar con alguien conocido. Esa persona le disparó a bocajarro y luego se dio a la fuga. Quienes fueron entrevistados aseguraron haber confundido los disparos con fuegos artificiales. Hasta donde sé el crimen no se resolvió. Los familiares y amigos de la víctima decoraron un árbol justo donde ocurrió el asesinato. Pusieron guirnaldas y una foto del muerto protegida por una especie de sobre plástico. Por varios meses ese joven, con la mirada triste y ausente de las fotografías de estudio, parecía vigilar la calle. Lo que acabó con la espera fue el efecto imparable e indiferente de la naturaleza, el sol y la lluvia que lavaron los colores de la foto y desfiguraron el rostro hasta hacerlo desaparecer.
Desde entonces me he fijado siempre en las ofrendas que aparecen sin aviso ni explicación diseminadas por el barrio. Son pequeños gestos para vencer al olvido, usualmente muy cuidados por manos desconocidas. Así me encuentro flores siempre frescas, figuritas que parecen nuevas a pesar de la humedad y el terrible sol del Sur. Muy de cuando en vez hay un mensaje, usualmente críptico, cuyo destinatario es el paisaje mismo, o Dios, o la víctima, o tal vez la memoria de lo que haya pasado en ese lugar. Pero todos esos cenotafios gritan, claman su presencia y nos interpelan. Sobre Esplanade, otro de los bellos bulevares de la parte buena del barrio, hay una serie de indicios de una tragedia que pasó apenas hace un par de años y que estuve a punto de atestiguar. Era la noche de Endymion, uno de los desfiles más grandes y masivos de cada temporada de carnaval. Siempre es un sábado por la tarde y sale desde las cercanías de Delgado, el colegio universitario local, hasta el Centro de Convenciones, donde se realiza una suntuosa cena de gala. Las carrozas son enormes, a veces hasta de tres pisos y dos secciones articuladas para que pueda tomar las esquinas. Las familias toman espacio a la orilla de la calle y en las zonas verdes de los bulevares desde días antes. Para ello utilizan escaleras donde sientan a sus niños, muebles viejos, incluso tiendas de campaña en las que algún miembro de la familia hace guardia. Todo sea por un buen lugar para ver las carrozas y recibir los mejores regalos de quienes van en ellas. Pues para ese Endymion en particular, Mi hermana Rocío estaba de visita, era su primer carnaval y, por eso, yo deseaba que tuviera la mejor experiencia. Ese sábado del 2019 salimos temprano a recorrer las calles para ver gente, acercarnos a las fiestas improvisadas y a disfrutar cualquier situación inesperada y divertida. Luego vino el largo desfile. Fueron varias horas de correr tras las carrozas, atrapar collares decorados, doblones de madera y juguetitos. Para nosotros los adultos, los desfiles de carnaval representan una oportunidad para ser niños de nuevo, jugar y reírnos de nosotros mismos y de cuanto pase alrededor. Ya cansados, mi hermana y yo emprendimos el regreso a casa. El desfile terminaría en una media hora y ya habíamos obtenido suficientes tesoros para estar satisfechos. Caminamos lentamente rumbo a casa, con los pies adoloridos y guardando energía porque el camino era largo. El plan era descansar un poco y luego encontrarnos con nuestra amiga Lisa en Café Degas, un lindo y tradicional restaurante en Esplanade.
Llegar al Café Degas se complicó, pero nos pareció natural que así fuera dado todo el tráfico de quienes volvían del desfile. Sin embargo, ya en el restaurante notamos que el camarero estaba nervioso. Se disculpó porque había ocurrido un accidente de tránsito muy cerca. Lo que no nos imaginamos fue la gravedad del suceso. Al rato el camarero se volvió a disculpar y nos dijo que cerraban, que no se podía seguir atendiendo público. No entendimos, nos estaban hablando como si todos estuviéramos enterados del tema. Un poco a disgusto terminamos en una pizzería cercana, completamente ignorantes de lo que había pasado: Un conductor muy borracho se había lanzado a toda velocidad por la calle que rodeaba el bayou; para evitar la cola de autos se había ido casi por la acera al frente del Magnolia Bridge hasta Esplanade. Ahí había doblado a la derecha y tomado por el carril destinado a ciclistas hasta arrollar a un grupo de nueve personas. Dos de ellas murieron y otras siete quedaron heridas. El conductor siguió sin parar hasta estrellarse muy cerca de Café Degas. Luego huyó a pie. Cuando estábamos tomando cocteles la desgracia aún estaba ocurriendo.
Tiempo después empezaron a aparecer los cenotafios. El primero fue un altar en un árbol del parque al frente de Café Degas: flores plásticas, globos, osos de peluche. Una estatuilla de la Virgen presidía desde la altura del tronco.
Poco después colocaron dos “bicicletas fantasmas” para señalar el punto donde ocurrió la tragedia. Este es un movimiento que se inició en la ciudad de Saint Louis, Missouri, en 2015, y aparentemente se ha extendido por muchas partes del mundo. Su objetivo es hacer consciencia de la necesidad de compartir la carretera y de las consecuencias del irrespeto a los derechos de los ciclistas.
No tengo idea de quiénes hacen las bicicletas, o si las que vemos en las calles son las mismas en las que perecieron las personas, pero su presencia significa muchas cosas: una persona muerta, una historia de horror en medio del paisaje urbano, un secreto a voces.
El último de los cenotafios son siete pequeñas baldosas dispuestas en semicírculo, decoradas con una flor de lis, el símbolo de la ciudad de Nueva Orleans. Cada una representa un herido. Dos estatuillas honran a los fallecidos.
Este conjunto está cruzando la calle de donde se encuentra la bicicleta fantasma. Sobre esa misma acera hay una tienda de abarrotes de una familia italiana y un restaurante de comida española con mesas en la acera. Por ahí pasa mucha gente. Algunos trotan, otros caminan, unos más sacan a pasear a sus perros o a sus niños. Mis ruta de casi los días pasa también por esa área. Salgo de mi casa, voy hasta el bayou, cruzo el Magnolia Bridge, llego a Esplanade y regreso en dirección a los cenotafios, el restaurante, el parque y la tienda de los italianos. Todo conforma un solo paisaje. En un área muy limitada, la vida y la muerte, la tragedia y la celebración, la belleza y lo oscuro, todos comparten espacio. No hay orden, no hay una secuencia, sino una aglomeración que produce efectos disímiles, incluso opuestos. Y mientras tanto nosotros los caminantes nos acercamos a nuestro paso, siempre lentamente, aunque no lo queramos. Poco a poco una historia nos reclama nuestra atención. Escuchamos su voz, la vamos dejando atrás. Es inevitable pensar por unos segundos en lo que nos dice la calle, sus secretos hechos de objetos, de memorias, del constante fluir de la vida.


