Enrique Jaramillo Levi (Colón, Panamá, 11 de diciembre de 1944) es un escritor panameño, autor de más de 50 libros de teatro, cuento, poesía y ensayo. Es Licenciado en Filosofía y Letras con especialización en Inglés y Profesor de Segunda Enseñanza por la Universidad de Panamá. Tiene además Maestrías en Creación Literaria y en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Iowa y realizó los estudios completos del Doctorado en Letras Iberoamericanas en el Colegio de México, México, D.F., (1974) y en la Universidad Nacional Autónoma de México (1975), aunque los dejó inconclusos al no presentar la tésis doctoral. En 1971 obtuvo la «Beca Centroamericana de Literatura» del Centro Mexicano de Escritores para estudiar en el taller literario supervisado por Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde en la ciudad de México. Ha ejercido la docencia universitaria en México, Estados Unidos y Panamá, y de 1987 a 1988 fue investigador literario en los Estados Unidos en el «Nettie Lee Benson Latin American Collection» de la Biblioteca de la Universidad de Texas, en Austin.
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DESAPARECIDOS
He leído que cada año desaparecen en el mundo varios miles de personas de las que no vuelve a saberse nada. Asumiendo que un pequeño porcentaje lo haga deliberadamente, hartos de absurdas imposiciones y presión social, sigue siendo un número muy alto que va en aumento, según los investigadores. Aunque existen todo tipo de teorías de conspiración, quizá la más asentada la de posibles abducciones extraterrestres, en la práctica seguimos sin saber nada al respecto. Los cuerpos de seguridad están en babia en torno al asunto.
Debo decir sin ambages que me preocupa sobremanera este insólito fenómeno. No haberlo podido resolver en todo este tiempo no tiene explicación. Según un estudio reciente, la primera vez que se tuvo noticia de ello fue a finales del Siglo XIX, en Londres. Luego empezó a ocurrir con inusitada frecuencia en diversos sitios de los Estados Unidos. En Centroamérica se conocen ocho casos sin resolver en el Siglo XX y hasta el momento once en lo que va del XXI, entre estos uno solo en Panamá ocurrido apenas hace unos días: dicen los periódicos que el desaparecido he sido yo, dan nombre y apellido, pero no me he dado cuenta de nada.
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CAUSA Y EFECTO
Recordando a Franz Kafka
Con saña aplastó de un sólido chancletazo a la asquerosa cucaracha que salió de debajo del sofá en donde dormía la siesta. Otra más en su sala en pocos días. Sería por las lluvias. No a todas lograba destruirlas, pese a la lentitud con que usualmente se movían las malditas. Advertidas del peligro, a veces sabían escabullirse y permanecían escondidas mucho tiempo pasando hambre, pensó. Las detestaba, al igual que a las arañas, a las que además temía desde niño, y que de vez en cuando colgaban impunemente su frágil tela en alguna discreta esquina de la cocina o el comedor. Mañana mismo encargaría que vinieran a hacer una buena fumigación en toda la casa.
Y así lo hizo. Solo que ese día tenía mucho trabajo que terminar y se quedó en su estudio mientras lo hacían. Hicieron un trabajo muy completo, que lo dejó satisfecho, salvo por el punzante olor que todavía en la noche no se iba.
Al día siguiente amaneció -brazos y piernas agarrotadas- tieso en su cama.
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VIOLENCIA DOMÉSTICA
Ya no aguantaba tanto maltrato; los golpes dos, tres veces por semana por cualquier tontería. En los brazos, en la espalda, hasta en el vientre con el puño cerrado. Para no hablar de las reprimendas por cualquier cosa, soeces insultos dichos casi que con odio, los gritos. Todo siempre en privado, porque cuando había compañía o andaban en la calle o en alguna fiesta o reunión familiar, la actitud era totalmente otra: todo elogios que no venían al caso y en el trato exagerada dulzura. De tal manera que la hipocresía había llegado a ser un hábito público que proyectaba una imagen de admirable armonía sin que hubiera la más mínima oportunidad de que se le llevara la contraria, de que la verdad del maltrato saliera aflote, porque las consecuencias en casa hubieran sido funestas.
Pero es sabido que nada es para siempre. Un día, cuando se gestaba una escena más de violencia doméstica, el hombre de la casa se puso al fin los pantalones y «le paró el happy» a su mujer. «Te vas para la mierda», le espetó enfrentándola. «¡Quédate con tu humor de arrabalera, con tus golpes y gritos y malacrianzas…! ¡A ver qué pendejo te mantiene! ¡Y cuando estés más sola que una perra arrecha en las noches, a ver qué palo de escoba te metes entre las piernas, bruja maldita! ¡Me largo!
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CAÍDA
Ese día, al dañarse el elevador, bajé cinco pisos apurado por la escalera para recibir los medicamentos que me enviaba la farmacia. Llegando ya casi abajo no pisé uno de los últimos escalones y me iba de bruces logrando no obstante frenar un tanto la fuerza de la caída al extender ambos brazos frente a mí. Me dolió, por supuesto, el sacudón en todo el cuerpo; pero sorprendentemente al día siguiente amanecí bien. O eso creía. Porque dos meses y medio más tarde desperté con los dedos de ambas manos inflamados, adoloridas ambas muñecas y el hombro izquierdo incapacitado para poder levantar ese brazo sin pegar un grito. Como por el tiempo transcurrido no lo asocié con la caída, pensé que al menos lo de las manos era una forma de artrosis por desgaste debido a la edad, lo cual confirmó un reumatólogo. Pero sus medicamentos desinflamantes no surtieron el menor efecto y luego pensé que uno no amanece con artrosis de la noche a la mañana. Fui con un traumatólogo, quien me diagnosticó edema linfático y me mandó con un terapeuta clínico. Después de tres semanas en que dos veces por semana durante dos horas cada vez me inducían a hacer ciertos ejercicios cuyos obligados movimientos me hacían gritar del dolor, decidí no ir más. Terminé yendo con un conocido acupunturista chino graduado de médico en Pekín. Me dijo que lo que tenía se llamaba distrofia simpática. Vaya uno a saber… Mis manos y mis hombros se van acostumbrando una vez por semana a ser materia dispuesta para un sinfín de finísimas agujas durante media hora cada vez. Sigo sin sentir gran alivio.
Dejaré pasar algún tiempo antes de decidir qué hacer en caso de que no haya verdadero progreso. «¡Vuelvete a caer de forma similar y seguro deshaces el maleficio!», me dijo un amigo tratando de hacerse el gracioso. Fui yo quien terminó empujándolo por las escaleras de mi casa pasando el tiempo la segunda vez que lo dijo. Lamentablemente no se le ocurrió sacar los brazos como lo hice yo para atemperar la caída y hoy yace en una cama de hospital con el cuello roto. Por supuesto, no lo he ido a visitar. Y es que no sé si sintió la presión de mis manos sobre su espalda, por lo que no puedo correr riesgos y he preferido venirme a vivir a otro país, cuyo nombre me guardo. No vaya a ser que el lector sea amigo de mi ex-amigo y le cuente, y entonces la policía me busque y terminen metiéndome a la cárcel cuando, tras un juicio improvisado como suelen serlo en Panamá, no me sepa defender como Dios manda.
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MAGUITA
Mi única compañera en casa desde hace cuatro años es una hermosa gata, cariñosa y fiel. Se llama Maguita. Larga y gordita por el buen comer y el casi nulo ejercicio, se la pasa durmiendo buena parte del día y de la noche. Su color negro con blanco y sus verdes ojos inteligentes llaman mucho la atención a las pocas visitas, con quienes suele no ser particularmente amigable.
Todas las mañanas me espera afuera de la puerta de mi cuarto, maullando lastimeramente. A veces es porque se le ha terminado la comida que dejé en su plato la noche anterior; otras, porque simplemente quiere que me la ponga sobre las piernas y le acaricie la cabeza por un buen rato hasta que se quede dormida. Lo segundo solo lo compruebo al darme cuenta de que aun le queda comida, y entonces, si tengo tiempo, la complazco y se echa a dormir sobre mí tras acomodarme en el sillón reclinable; en ese caso, por lo general también yo acabo dormido.
Yo le hablo a menudo, y a ratos parece entender; o al menos conoce mi voz, la única que ha escuchado en años. Si está de humor me responde quedito con un maullido que me hace sonreír; en caso contrario, solo me mira con dulzura como pidiendo que no sea malo y le traduzca mis palabras a su idioma. ¡Cómo quisiera entonces que más bien fuera ella quien me responda en el mío!
Cada tanto tiempo se pone mal del estómago y amanecen residuos de comida vomitada en dos o tres sitios de la sala, o incluso alguna vez sobre una de las sillas del comedor. Pese al asco que me causa, con una toalla de papel limpio a prisa. Las primeras veces pegaba el grito al cielo y la insultaba, ¡pobrecita! ¿Qué culpa tiene la pobre de sus muy ocasionales problemas de digestión y de no saber de reglas de limpieza?
El día que me enfermé, ella supo que algo no andaba bien. Por primera vez en mucho tiempo la dejé quedarse en mi cuarto. En ningún momento se apartó de mi lado. Al final, sintió la necesidad de subirse a la cama y lamerme una y otra vez un brazo. Yo la abracé y le planté un suave beso en el cachete. Fue mi despedida.
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LA MUÑECA
Hoy leí en un periodico de Gran Bretaña al que estoy suscrito que un aristócrata local -Lord Trevor Carrington- decidió usar todas sus influencias para casarse por lo civil en Londres con una hermosa muñeca de plástico que semejaba muy de cerca a una mujer real. Logrado su absurdo cometido, como era de esperarse se la llevó a vivir a su mansión. Y sí, en realidad era una seductora belleza, solo en los ojos se le notaba, si uno se fijaba bien, que podría no ser humana, puesto que su cuerpo exudaba una enorme sensualidad, notable incluso en papel. Programada para poder moverse y hablar a ratos con un cierto tonito voluptuoso, era sumisa y al mismo tiempo perfectamente capaz del desenfreno. Además, tenía la virtud, según la noticia, de poder asumir al menos una vez por día alguna iniciativa propia con su hombre. La muñeca, llamada Lola, pasaba muy bien la prueba de realismo de las fotografías tomadas desde diversos ángulos. Por supuesto, quedé escandalizado. El tipo se decía profundamente enamorado -amor a primera vista- y hacía ver que esta mujer jamás le sería infiel.
Decidí casi de inmediato que no se podía permitir semejante aberración. Ni siquiera en un país tan desquiciado como ese. Un pésimo ejemplo en el mundo entero para los hombres solteros que han tenido malas experiencias con mujeres de carne y hueso y vanidades sin fin. Habiendo sido yo toda la vida una especie de vengador justiciero, discretamente eliminando de la faz de la tierra a homosexuales, pederastas, islamistas y ateos, no podía quedarme ahora como si nada frente a semejante anormalidad. Era mi obligación moral poner remedio lo antes posible, por lo que no dudé en tomar el siguiente avión.
No fue difícil en Londres indagar todo lo necesario sobre este Lord, ya que había sido noticia muy comentada. Por supuesto, traté de ser muy discreto en mis averiguaciones. Me fingí reportero centroamericano. Una semana más tarde, ya de vuelta en el avión rumbo a mi querida Panamá, supe en uno de los periódicos ingleses del día que a Lola el mayordomo la había encontrado decapitada -su cabeza luego apareció en un basurero- y desgajados los senos; y a su amante en un charco de sangre en su inmensa bañera, defenestrados sus genitales. Una noticia excesivamente sensacionalista, indigna de un periódico serio, en mi humilde opinión. Al menos tuvieron la prudencia de solo retratar cómo quedó la muñeca.