Antonio Álvarez Gil (Cuba, 1947). Sin dudas, una de las voces imprescindibles de la literatura cubana. Autor de una prolífica y multipremiada obra narrativa, entre la que se incluyen cuatro libros de cuentos y las novelas Las largas horas de la noche, Naufragios (Premio de Novela Ciudad de Badajoz), Delirio nórdico (Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid), Concierto para una violinista muerta (Premio de Novela Kutxa Ciudad de Irún), Después de Cuba, Perdido en Buenos Aires (Premio Vargas Llosa de Novela), Callejones de Arbat, Annika desnuda y Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver. Su más reciente novela es A las puertas de Europa (Huso Editorial, 2018). Luego de largas estancias en Cuba, Rusia y Suecia, reside en Guardamar del Segura, Alicante, España.
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Introito
Es madrugada en el Levante español y una fuerte tormenta se abate sobre el estuario del río Segura, sobre los marjales y las dunas de sus alrededores. Mientras el cielo se puebla de relámpagos y el aguacero se derrama en cortina, el viento zarandea las copas de los árboles en el bosque de pinos y los torrentes arrastran la arena que cubre buena parte de lo que en tiempos fue la Rábita Califal mandada a construir por Abderraman III en este punto de la costa oriental de Al-Ándalus. De repente, un silbido terrible se eleva por sobre el ulular del viento y ahoga el golpeteo de la lluvia contra la piedra del recinto. Y entonces, en medio de la oscuridad y el caos, la tierra se revuelve y tiembla. Y con ella tiemblan y se estremecen el muro de la quibla, las paredes de las celdas de los monjes y los restos de la mezquita que se alza en el centro del complejo. Así, durante unos segundos, el temblor se hace sentir en medio de la noche y la tormenta. Cuando termina, termina también de llover y de escucharse el viento que recorre el pinar como una exhalación.
Finalmente, las viejas ruinas árabes recobran el profundo estado de reposo en que han vivido desde la última vez que fueron tocadas por la mano del hombre moderno. En el silencio que sobreviene, la oscuridad de la noche sin luna vuelve a adueñarse del bosque de pinos, de las dunas y de cualquier secreto oculto bajo sus tercas arenas centenarias. Sin embargo, otra cadena de relámpagos alumbra una vez más el sitio, dejando ver ahora una grieta enorme que ha surgido en el suelo, a unos pasos de la última celda-oratorio en la fachada meridional. Y enseguida, un nuevo fogonazo (o puede que sea el mismo) ilumina los restos de un brazo humano que asoma de la arena en el fondo del resquicio. Los relámpagos que se suceden muestran los huesos agarrotados de la mano y, entre ellos, un oscuro objeto cubierto de arena y tierra milenaria que en su postrer instante blandió el dueño del brazo… Luego, nada más. La tormenta cesa definitivamente, y en el conjunto de la Rábita Califal de Guardamar del Segura vuelven a reinar la oscuridad y la calma general.
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Capítulo 1
Todo comenzó de repente. Yo estaba de pie ante mis alumnos del grado de Historia en la universidad, listo para empezar a hablar sobre la batalla de las Navas de Tolosa, cuando sentí el teléfono móvil vibrando en el bolsillo posterior del pantalón y me detuve en seco. Aunque sabía que no podría contestar en clase, la curiosidad pudo conmigo y decidí tomarme un instante y ver quién me llamaba a aquella hora de la mañana. En la pantalla lucía el nombre de Joaquín San Emeterio, un colega de la Universidad de Alicante con el que hacía unos años había realizado los trabajos de campo que me permitieron escribir mi tesis doctoral sobre el sistema de bastiones construidos por el Califato de los Omeya para defender la costa de la entonces provincia de Tudmir. Como no podía hacer otra cosa, apreté el botón de colgar y me guardé el teléfono. Mientras lo hacía ─¡vaya casualidad!─ recordé que esa misma mañana la imagen del colega me había pasado como una centella por la mente. Fue al encender la radio y oír el final de una información que se refería a la zona de España donde Joaquín vivía. Parecía ser que en algún punto de Alicante había ocurrido un movimiento tectónico de baja intensidad, según pude entender. Pero ahí quedó todo.
Antes de continuar el relato, debo decir que me llamo Eduardo Pérez Martínez y soy cubano de origen, aunque vivo y trabajo desde hace años en España. Soy profesor doctor en la Facultad de Historia y Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid. En la costa levantina yo había dejado compañeros, como Joaquín, pero también afectos, momentos gratos y, cómo no, alguna decepción emocional, de manera que me hice el propósito de devolver la llamada al colega cuando hubiera terminado la clase. Aunque nunca lo hacía sin un motivo de trabajo, el hecho de que Joaquín tratara de comunicarse conmigo no era nada raro. Tal vez tenía alguna información interesante que darme o necesitaba ayuda en un nuevo proyecto de trabajo. En definitiva, éramos camaradas, habíamos hecho el doctorado juntos y con la misma tutora y nos llevábamos bastante bien.
Lo llamé cuando salí del aula, mientras caminaba a toda prisa por el pasillo repleto de estudiantes. Quería llegarme hasta el departamento y tomarme un café antes de entrar a la siguiente clase. Llevaba, además, retraso, pues al final de la conferencia algunos de mis discípulos me habían retenido con preguntas que no podía dejar de contestarles. Tras el saludo, Joaquín me explicó que se trataba de algo muy importante, y me preguntó si tenía unos minutos para hablar. Al oír su voz agitada y su tono de alarma, no pude dejar de sentir cierta inquietud.
─Claro ─respondí intrigado, que también lo estaba─. ¿Ha ocurrido algo?
─¿No sabes nada del temblor?
─¿El temblor? ¡Ah, sí! Oí algo por la radio. ¿Pero por qué no me lo explicas mejor?
─Esta madrugada la tierra tembló en el sur de la provincia. ¿No se sintió ahí?
Recordé el fragmento de información oído esa mañana en la radio y comprendí por qué había pensado en Joaquín. Y, lo que son las cosas, a la mente me vino el terremoto de Lorca, unos años atrás. Por suerte, era el único que había sentido en mi vida. Yo estaba en casa, tomándome un café en el salón, y me pareció que alguna alimaña se arrastraba por el piso y casi rozaba mis pies. Luego supe que a aquella hora la tierra se había movido fuertemente en la región de Murcia. Pero esta vez dormía, y si acaso la sacudida se había sentido en Madrid, no había tenido la fuerza necesaria para sacarme de mi sueño. Pensé un instante en preguntarle a Joaquín si me había llamado solamente para informarme sobre el suceso; pero por suerte deseché la idea y me limité a responder:
─No, la verdad es que no. Como te dije, oí algo por la radio; pero me quedé sin saber apenas nada. ¿Es que fue grande? ¿Hubo muchos daños? ¿Algún herido o…?
─No ─dijo mi colega con evidente impaciencia en la voz─, casi no hubo daños materiales, ni humanos. Por suerte, fue muy localizado…, ¿sabes dónde? ─Joaquín se detuvo un instante, antes de anunciar─: En el mar, a unos kilómetros de la desembocadura del Segura… ─Aquí hizo otra pausa y yo no pude evitar un ligero estremecimiento─. Hay algo que te va a interesar ─soltó por fin.
En cuanto salió a colación el nombre del río Segura, yo pensé en Guardamar y en el trabajo realizado por nosotros dos en aquella localidad; pensé en el castillo y, sin saber por qué, en la Rábita califal.
─¿No me irás a decir que el terremoto ha dañado alguno de los yacimientos? ¿El castillo, acaso…?
Había entrado en el departamento y accedido a mi lugar habitual de trabajo. Allí me serví un café, me acomodé en la silla y extendí los pies sobre una banqueta cercana. Para entonces ya escuchaba los prolegómenos de la historia que mi colega Joaquín San Emeterio, profesor auxiliar de Arqueología en la universidad de Alicante, empezaba a contarme. Era evidente que disfrutaba haciéndolo. Con la voz un tanto engolada y el tono solemne que el momento parecía requerir, Joaquín me dijo que me llamaba, precisamente, desde Guardamar del Segura. Luego me habló del movimiento sísmico de aquella madrugada. Pese a que su epicentro se ubicaba mar adentro, había afectado en parte las ruinas de la Rábita califal que, como yo sabía bien, dormían tranquilamente en su lugar de siempre, al norte de la villa. En este punto recordé mi estancia en Guardamar y mis numerosas visitas al yacimiento, y quise interrumpirlo para precisar algunas cuestiones que me vinieron enseguida a la mente; pero Joaquín no me dejó hablar. Como en una ráfaga, continuó desvelando detalles sobre los destrozos ocurridos en el sitio, los componentes afectados y la magnitud de la avería. Cuando yo intentaba de nuevo meter baza, mi colega me sorprendió con una noticia tan inesperada y sorprendente que ni en mis más remotos sueños yo habría podido imaginar.
─El terremoto ha sido una bendición para la Rábita ─anunció de un modo francamente alegre, lo cual, como se comprenderá, me dejó un tanto desorientado en la conversación. Por suerte, antes de que yo pudiera protestar, Joaquín se explicó─: El desplazamiento de la placa ha dejado al descubierto algo que deberías venir a ver.
─¿De qué se trata? ─La curiosidad me picaba como una urticaria obsesionada con mi piel─. Ten en cuenta que dentro de nada tengo que volver a clase y no puedo quedarme sin saber qué pasó. Imagino que me has llamado para contármelo, ¿no?
─Claro ─dijo mi colega alicantino, siempre en el mismo tono─. ¿O todavía no has entendido que estoy tratando de hacerlo? Pero acomódate, que lo que voy a decirte es algo serio. ─Aquí Joaquín hizo una pausa y yo miré mi reloj y reuní la suficiente calma como para dejarlo continuar. Mientras tanto, salí de la habitación y eché a andar de vuelta al aula─. El asunto es que en una grieta entre las piedras aparecieron los restos de un monje guerrero, seguramente del siglo X u XI.
─¡Cojones! ─No pude dejar de exclamar─. ¿No fue por ese tiempo que un terremoto destruyó la Rábita?
─Exacto ─respondió Joaquín─. Un terremoto enterró al hombre y ahora viene otro y lo saca a la luz.
De súbito, una duda se abrió paso en mi mente. No podía ser, me dije.
─Oye ─repliqué perplejo─, ¿has dicho guerrero, un monje guerrero? ¿Allí? No puede ser. Tú sabes mejor que yo que esa Rábita era un retiro espiritual sufí, y que en aquel sitio no había soldados ni guerreros de ningún tipo. No entiendo, la verdad.
─Ni yo tampoco ─reconoció él─. Eso es algo que habrá que averiguar. Por eso te llamo. Ya Elena está preparando el equipo. Yo me tomé la libertad de proponer tu nombre. Lo hice porque recuerdo tu obsesión con la Rábita, lo mucho que lamentabas no haber podido trabajar allí. Elena reaccionó con entusiasmo y me dijo que estaría muy contenta de tenerte en el grupo. Desde luego que si no puedes o no quieres venir, no hay ningún problema. Ya hay mucha gente aquí, funcionarios sobre todo. Tú sabes como es eso. A mí, francamente, me gustaría que participaras en los trabajos. Además, creo que te conviene, que tal vez eso te abra el camino a la cátedra en Alicante. ¿No era eso lo que querías? Como te he dicho, a Elena le gustó la idea de que vinieras. Dice que podrías ayudar, sobre todo por la fijación que tenías con la Rábita. ¿Qué dices, Eddy?
Yo sonreí para mis adentros. Me gustaba que me llamaran Eddy, como me habían llamado de niño en Cuba, y más incluso luego, durante los años vividos en mi segundo país. Pero, aparte de aquella nimiedad, la noticia era tan fuerte, tan inesperada, que me costaba digerirla. Yo había llegado a España demasiado tarde, cuando la Rábita califal de Guardamar del Segura ya había sido desenterrada y parcialmente vista y estudiada, algo que para mí significaba una gran frustración personal. Ahora tenía la oportunidad de cumplir mi viejo sueño. El único problema era el tiempo físico: lo que se vislumbraba en el sitio no era trabajo de un par de días, precisamente. Pero ya se vería.
─¿Qué le digo de tu parte? ─insistió Joaquín─ ¿Vienes o qué?
Dile que lo más probable es que vaya, desde luego. Si acaso no pudiera ir, os lo diré con tiempo para que busquéis a otro. Pero quiero participar y espero poder hacerlo.
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