Una mujer no propensa a las aventuras

Fragmento de novela homónima publicada por Ilíada Ediciones en 2021

Galina Álvarez


Galina Álvarez nace en Moscú. Tras graduarse de ingeniería química en la Universidad Politécnica Mendeleev se radica en Cuba durante 22 años y ejerce su profesión en diferentes industrias cubanas. Luego labora en la organización internacional COMECON en Moscú. Tras salir de Cuba vive en Estocolmo, Suecia, donde trabaja como ingeniera en investigaciones de la química de superficie. Desde 2014 reside en España. Ha publicado Prefiero que me pongan a volar (cuentos, 2016), Aventuras de una estrella perdida (cuentos para niños, 2016, Premio Círculo Rojo del mejor libro del año 2017), Los difuntos inocentes (novela, 2018), Ana y las páginas perdidas (cuentos, 2019) y Mediterráneo (novela, 2021). Actualmente reside en Guardamar del Segura.

–***–

Capítulo 1

─Gracias, mi amigo, por traernos. Quédate en el carro, no salgas.

─¿Cómo puedes pensar que los voy a dejar así? Los acompaño hasta el final, como siempre.

Irina sabía que, por su cargo en la embajada, Pepe llevaba a los funcionarios cubanos al aeropuerto o esperaba a aquellos que venían del extranjero. A muchos los ayudaba incluso en el control de pasaportes en la salida. Llevaba varios años haciéndolo, por eso los jefes en el cruce de la frontera lo conocían bien.

─Bueno, no quería molestarte ─dijo Bruno─, pero agradezco en el alma tu gesto; así me siento más seguro.

Irina observaba con tristeza a su marido, que sacaba el modesto equipaje del maletero del vehículo de Pepe, y también a sus dos hijas, que se ponían al lado del padre. Ya entendían que una invisible barrera había surgido entre ella y el resto de la familia. Y después, sus ojos llorosos se posaron sobre su viejo amigo Pepe. «¿Se dará cuenta de lo que planificamos hacer en realidad, o sinceramente cree en lo que le contamos?», se preguntó y no encontró la respuesta. La expresión del rostro de Pepe era amable y amistosa, igual que siempre. Parecía que no sospechaba nada. De nuevo Irina miró a su marido y lo notó nervioso, a pesar de su carácter dicharachero y optimista.

El grupo se acercó al área de embarque para Estocolmo. Con la ayuda de Pepe, Bruno colocó las maletas sobre la cinta transportadora. Con una sonrisa formal, la muchacha revisó los billetes, los pasaportes y despachó el equipaje. Después entregó a los viajeros sus tarjetas de embarque y les deseó buen viaje. Bruno guardó los documentos y todos se dirigieron a la salida; y de ahí Irina ya no pudo pasar. Las niñas se pusieron tristes: llegó el momento de la despedida. Las miró y el corazón se le hizo un nudo de emociones agudas que le lastimaban el pecho hasta hacerlo sangrar por dentro. Ella debía aparentar que estaba tranquila; no podía mostrar a las hijas su dolor y desesperación, aunque no sabía si lo lograba. ¿Cuánto tiempo estarían separados? No lo sabía. Nadie lo sabía. Podrían ser meses o quizás años. Sus seres queridos se iban y ella se quedaba sola en aquella enorme ciudad, una ciudad tan querida antaño, pero que ahora se había convertido para ella en un lugar frío y hostil. La expresión de Bruno reflejaba tristeza y dolor; era consciente de las dificultades y la tremenda incertidumbre que la esperaban. Ambos sabían que él tampoco lo iba a tener fácil. Cualquier cosa podía pasar; pero, de todas formas, se encontraba en una posición aventajada. Siempre es así: sufren más aquellos que se quedan. Y ahora le tocaba a ella quedarse, y la aguardaba un largo tiempo de angustia y preocupación.

Los últimos abrazos, los últimos besos… Ellos se alejaban, volviendo la cabeza, una y otra vez, para verla en la multitud. ¡Sus pobres niñas y su pobre compañero! Ya no debía simular una fuerza que no tenía, y rompió a llorar, sin importarle las miradas de las personas que se movían a su alrededor. Se sentía tan sola en aquel gentío, tan insegura y aplastada… Sola en esa ciudad enorme que no deseaba su regreso, una ciudad llena de personas con problemas parecidos al suyo, un lugar que ya no la quería ni la necesitaba.

Media hora más tarde apareció Pepe.

─¿Qué tal fue? ─le preguntó Irina, ansiosa.

─Menos mal que los acompañé. Los detuvieron, incluso llamaron al jefe de la oficina. El guardia que los atendió no sabía que los cubanos no necesitaban visa para entrar en Suecia. Además, con tantos refugiados que se dirigen a ese país, toman medidas extra y un hombre cubano con dos hijas provoca sospechas.

─¿Y qué pasó? ─Irina casi gritó de impaciencia─. ¿Los dejaron cruzar la frontera?

─No te preocupes. Le expliqué al jefe que era un empleado nuestro que viajaba a Estocolmo para trabajar en unas oficinas cubanas, y que su familia lo acompañaba. Pero si no los hubiese escoltado, seguramente no los habrían dejado pasar.

─¡Dios mío! ─Aquel episodio la conmocionó de tal manera que sintió una corriente gélida bajándole desde el cerebro hasta el pecho. Se daba cuenta de la magnitud del peligro a que se había expuesto su amigo, sin siquiera estar consciente de ello, y la inundó una infinita gratitud hacia el muchacho. No podía explicarle lo que sentía, porque él no sabía toda la verdad. Y era mejor así. Tampoco se imaginaba qué clase de delito acababa de cometer. ¿O quizás sí? De todas formas, Irina no era capaz de preguntarle.

─Gracias, Pepe ─le dijo y lo abrazó fuertemente─, nunca lo olvidaré.

–***–

Capítulo 2

Irina pidió a Pepe que la dejara en la primera estación de metro que encontrara por el camino, no quería que por su culpa el muchacho se ausentara del trabajo demasiado tiempo. El la llevó hasta «Dinamo». Desde allí ella viajó al centro e hizo un cambio de línea para seguir hasta «Yugozapadnaya». Después del cambio todavía le quedaba más de una hora de viaje, entre el metro y el autobús. Bastante para digerir las emociones de la despedida. Iba de pie en un vagón lleno de gente, pero no notaba nada a su alrededor. Estaba sumergida en sus pensamientos, dominados por la reciente separación y el temor por el posible fracaso de su arriesgado viaje. Imaginaba cómo su familia volaba a diez kilómetros de altura, alejándose rápidamente de Moscú, y se hacía mil preguntas. ¿Qué los aguardaba en Estocolmo? ¿Saldría todo como se había planeado? ¿Y Lourdes, no les fallaría después de todo?

Recordaba bien la conversación con su prima Vera, hacía una semana, la tarde en que la familia aterrizó en Moscú. Le había dado el permiso para pasar unos días en su dacha. Pero cuando vio frente a sí a cuatro personas decididas a no regresar a Cuba, tuvo miedo. La pobre. Pero ¿a quién le iba a gustar un cuadro semejante? Cuatro familiares que le caían del cielo, gente sin trabajo, sin dinero y sin techo. Parientes o no, pero ella había luchado toda su vida para construir aquella dacha, su futuro refugio para la jubilación, que ahora se veía obligada a ceder a una pobre familia con un mañana tan incierto. Entonces, Irina la tranquilizó y le dio su palabra de que allí no se quedarían de ninguna manera.

─Y si vuestro intento de recibir asilo en Suecia fracasa, ¿qué vais hacer?

─No fracasa ─le aseguró Irina─, tú verás que no.

Lo dijo con una convicción tremenda, pues realmente no admitía alternativas. Sin embargo, su prima no había hecho apuestas tan serias y desde la estabilidad de su posición era perfectamente capaz de imaginarse otras posibilidades. Por eso su mirada reflejaba un miedo sincero a verse involucrada en complicaciones graves. Lo tomaba en serio, porque no se trataba de personas extrañas, sino de parientes cercanos a los que no podía echar a la calle.

Irina la comprendía muy bien. En su lugar sentiría lo mismo. Sin embargo, para ellos no había otro camino. Tuvieron que recurrir a la ayuda de Vera, su único familiar en Moscú que les podía ayudar. A pesar de sus temores, Vera demostró mucha generosidad cuando ellos llegaron a su dacha. Les preparó dos habitaciones con sus camas e hizo una compra para que no les faltara nada durante los días de estancia en su casita. Además, siguiendo la tradición de la hospitalidad rusa, organizó una cena de bienvenida y puso sobre la mesa lo mejor que tenía en la despensa.

El marido de Vera, Boris, era un tipo callado; pero cuando tenía algo que decir, lo decía sin tapujos. Enseguida los juzgó duramente por haber dejado Cuba.

─Lo más fácil es huir ─declaró con bastante bilis en el tono─. Yo pienso que la gente debe quedarse en su país y luchar para lograr cambios.

─¿Luchar? ─preguntó Bruno, dolido por el pinchazo─. Las cárceles están llenas de gente que lucha, ¿sabes? Y es inútil. El tiempo pasa y no ocurre nada, el país solo se pone peor. Mientras tanto, tres millones de cubanos han huido de la Isla; por algo será. Y en cuanto a mí en particular, yo no quiero ir preso, tengo dos hijas por las que sí debo luchar.

Irina sabía que aquella discusión no tenía sentido y le hizo un gesto a Bruno para que la cortara. Había que evitar enfrentamientos. Boris tenía sus convicciones, adquiridas en los tiempos de la Unión Soviética, y era inútil hacerle cambiar de opinión. Además, estaba, seguramente, preocupado por el futuro de su dacha, que le parecía peligrar.

─Es muy probable que no vais a recibir ningún refugio en Suecia ─siguió Boris sin piedad─. Allí nadie os espera. Y entonces, ¿qué? Tendréis que volver a Cuba.

─No vamos a volver ─contestó Bruno con firmeza─, está descartado. No tenemos adonde volver, nos hemos quedado sin nada. Si nos dan una negativa en Suecia, iremos a otro lado. Y no regresaremos a Moscú, no te preocupes.

─Yo no me preocupo, sois vosotros quienes debéis preocuparos por haberos lanzado en una aventura tan peligrosa.

─Bueno ─se metió Vera en la conversación─, vamos a dejar el tema. Ellos sabrán lo que hacen, Boris. No seas tan bruto.

Irina se sintió muy agradecida a la prima por su intervención. Debido a que Boris no era su pariente de sangre, y se sabe que la sangre une a la gente por encima de todo, jamás los entendería. Gracias a Dios, el hombre tampoco quiso seguir con el tema, y la charla se tornó más agradable. Vera se maravillaba de lo grandes que se habían puesto las niñas. No las había visto en tres años, desde la partida definitiva de la familia de Moscú. Y era verdad que habían cambiado mucho. La mayor, Tania, ya tenía dieciocho años, había terminado el bachillerato y se había convertido en una joven guapa y simpática. Y a Sonia le faltaban dos meses para cumplir los quince. Se había estirado muchísimo y tenía el mismo tamaño que la hermana mayor.

Las niñas estaban muy animadas. Se sentían bien en compañía de su tía, a la que conocían desde antes. Se habían encontrado muchas veces durante los años de la estancia de la familia en la ciudad, cuando Bruno e Irina  trabajaban en el Instituto Internacional de Finanzas. También les había llamado la atención el cachorro negro de raza pequinés, recientemente aparecido en la familia de su tía, muy gracioso y juguetón. No lo querían soltar.

Después de todo, la velada resultó agradable. La familia de Irina realmente disfrutó de aquella cena típica del país. Durante tres años no habían probado ningún plato ruso, y para ser sinceros, hacía mucho tiempo que no comían hasta hartarse. Las niñas masticaban con apetito el jamón, el queso, la ensalada Olivier, el pollo frito y las patatas tiernas con eneldo y mantequilla. Lo mismo hacían Bruno y ella misma. No podían disimular. Vera los contemplaba con simpatía y compasión. Hasta Boris se mostró amable y complaciente. Estaban al tanto de las necesidades que habían pasado en Cuba en los últimos tres años, pues Irina nada les había ocultado. Cuando acabaron los platos fuertes, Vera trajo té y un pastel de fresas hecho por ella. Presumía mucho de que las fresas fueran recogidas en su propia huerta.

Aunque estaban muy cansados por el largo viaje, aquella noche esperaron más de lo habitual para irse a la cama, pues no tenían sueño por la diferencia de hora. Y también por la claridad; a principios de junio, el sol moscovita demora mucho en ocultarse tras el horizonte. La tarde era templada y muy agradable. Las lilas estaban en plena floración, y el aroma que entraba por las ventanas abiertas volvía loca a Irina, que adoraba las lilas. Le traían recuerdos de su infancia, cuando su madre llegaba a casa con grandes ramos de aquellas olorosas flores y las ponía sobre la mesa del salón en un florero de barro. La casa se llenaba de un olor exquisito, y ese olor se había convertido para ella en un símbolo del principio de verano, cuando se terminaba también el curso escolar y comenzaban unas largas vacaciones de tres meses. En aquel lejano tiempo, las lilas significaban cambios: Irina pasaba de grado y después la esperaban grandes aventuras en el campamento de pioneros, ubicado fuera de la ciudad, en un bosque cerca del río Terek, que corría con fuerza desde las montañas cercanas. Y de pronto se dio cuenta de que ahora también estaba frente a un cambio en su vida, pero mucho más serio y rotundo.

Sin decir nada, se levantó del asiento y salió al jardín, lleno de flores y de verdor. Un verdor flamante y jugoso, de hojas tiernas y de hierba suave, que tanto había echado de menos en Cuba. El color verde de estas latitudes en nada se parecía al tropical, más áspero y agresivo. Caminando por la vereda entre los espesos arbustos, que se desbordaban de fragancia y belleza, Irina pensó que el jardín de su prima era un paraíso.

Y así quedó grabado en su memoria aquel reencuentro con su patria, tras un largo viaje por las alegrías y los sufrimientos en la lejana isla del Caribe.

–***–

Capítulo 3

No sabía por qué, pero le vino de pronto el recuerdo de su primer contacto con Cuba, que se produjo a mediados de los años setenta. El avión llegaba a La Habana temprano, a las seis de la mañana. Y la asombró que, a pesar de que estaban en pleno verano, a esa hora reinaba una oscuridad total. Porque en Moscú a las seis de la mañana el sol ya se hallaba muy alto en el cielo.

Al bajar por la escalerilla del avión, sintió que la envolvía un espeso vapor que le recordó una sauna. La humedad no la dejaba respirar y cubrió su piel con una pegajosa capa de sudor. «¿Cómo voy a vivir en este infierno?», pensó, pero en seguida recordó que allí fuera la esperaba Bruno, y sintió tanta alegría que los otros pensamientos se esfumaron en un instante. Llevaban dos meses sin verse, y para una pareja de casi recién casados dos meses de separación resultan insoportables.

Al salir del aeropuerto, se encontró con una multitud de personas que hablaban muy alto y todos a la vez. En la opacidad de la mañana no vio a Bruno y se puso nerviosa. De pronto, sintió un fuerte abrazo y descubrió ante sí la alegre cara de su esposo. Las personas que estaban a su lado le sonreían y le decían algo en español. No entendió ni una palabra y tampoco pudo darse cuenta de quién era quién. Le pareció reconocer a sus suegros; pero la esperaban ocho o nueve personas, y ella no pudo distinguir a sus nuevos familiares, basándose en las pequeñas fotos vistas en Moscú. Bruno le preguntó por el viaje y sus últimos días en Rusia. Nerviosa y feliz, Irina le contestó que todo estaba bien. Ni siquiera se acordó de trasmitirle los saludos de su familia, pues se sentía aturdida por tantas impresiones nuevas.

Separados en dos grupos, todos se acomodaron en dos grandes coches americanos y allí comenzó el viaje hasta el pueblo de Batabanó, que según la explicación de Bruno duraría una hora y media. La mañana empezaba a levantarse, y el sol salió y alumbró el campo. A pesar de la hora ─las agujas del reloj marcaban las ocho de la mañana─ hacía calor. Y ella se preguntó cómo sería el ambiente al mediodía.

Irina había pensado siempre que la isla de Cuba estaba cubierta de bosques tropicales, por eso se asombró al ver tantos campos desnudos, casi sin arboledas. La asombró el color de la tierra, que era rojizo como un hierro oxidado; nunca había visto una tierra de igual color. Bruno le explicó que aquel suelo era muy fértil y bueno para la agricultura. De todas formas, a ella le extrañó ver tantas parcelas sin cultivos, cubiertas solo de hierba mala. En su país, los campos siempre se sembraban, sobre todo en verano. Bruno le dijo que tal vez allí criaban ganado. Pero Irina tampoco vio animales y concluyó que todavía no habían salido de sus establos. Lo que realmente le llamó la atención fueron las palmas, muy altas y majestuosas, de troncos rectos y lisos. Bruno le dijo que se llamaban «palmas reales», por su belleza y su porte distinguido. Irina comentó que ese nombre les venía muy bien.

Sobre el verdor de los campos surgían, de vez en cuando, pequeñas casitas de madera, pintadas de blanco, algunas con techo de hojas secas. Eran bastante pintorescas. Ella preguntó por qué aquellas casas estaban tan desparramadas por el campo, por qué no formaban aldeas, como en su país, pues la vida en una aldea era mucho más alegre. Bruno le contestó que por tradición. Las casas, que se llamaban bohíos, siempre se construían en medio de las tierras del dueño. Así resultaba más fácil labrarlas. Ahora las tierras pertenecían al estado, pero los bohíos se habían quedado en su sitio.

Hacia el final del camino, el paisaje campestre empezó a estar poblado por interminables plantaciones de caña. La caña no se distinguía por una hermosura especial, y aquel monótono panorama le pareció a Irina bastante aburrido.

─Mira  ─le dijo Bruno─, esto es Cuba. ¿Te gusta?

Realmente, no le gustó tanto lo que vio por el camino, sobre todo al final. Acostumbrada a los frondosos y frescos bosques de su patria, en aquel momento Irina no supo apreciar la singular belleza de la Isla. Pero le daba vergüenza reconocerlo, por eso dijo:

─Sí, es muy hermosa.

Contento, Bruno la abrazó y le prometió:

─Te voy a mostrar muchos lugares bonitos, tú verás lo bello que es mi país.

En aquel momento, Irina no podía imaginarse que viviría bastante tiempo sin conocer otra cosa que los aburridos campos habaneros, ubicados a lo largo de la carretera La Habana-Batabanó, con la excepción de la playa de Varadero, adonde la llevaron en el coche de su cuñado un domingo, en un viaje de ida y vuelta. La belleza de aquel edén tropical compensó con creces la falta de otras impresiones. Varadero la alucinó y la enamoró para siempre. Pero sin tomar en cuenta la famosa playa, fue solo tras cumplir los dos primeros años de su estancia en Cuba, cuando Irina pudo descubrir paisajes diferentes. Pero la mayoría de los lugares prometidos quedaron, lamentablemente, fuera de su alcance para siempre; fue un sueño nunca hecho realidad en sus veinte años de la estancia en Cuba. Las complicaciones de la vida, el nacimiento de las niñas y, sobre todo, las deficiencias del transporte cubano se lo habían impedido.

De todos modos, aquella mañana de su llegada, Irina viajaba en el coche ilusionada por el encuentro con el país de Bruno, del que había escuchado tantas historias colmadas de nostalgia. Mientras tanto, el vehículo entró en un pueblo de casas bajas, todas con grandes portales. Y pronto se detuvo frente a una vieja casona de madera, de altos ventanales, con unas bonitas rejas afiligranadas de estilo andaluz. Ella enseguida reconoció aquella casa; la había visto muchas veces en las fotografías.

─Ya llegamos ─anunció su marido─. ¡Bienvenida!

La gran familia bajó de los coches e Irina , acompañada de los familiares y de otros tantos desconocidos apiñados en la acera, entró a un salón espacioso por una puerta de doble hoja, abierta de par en par. No tuvo oportunidad de fijarse mucho en el interior de la vivienda; solamente vio un suelo de gres muy bello, con losas ornamentadas en varios colores, que hacía un palpable contraste con las paredes de tablas mal cepilladas, pintadas con cal. A unos cuatro metros de altura, aquellas paredes sostenían un techo de dos aguas, algo muy raro para Irina, que tenía un concepto de vivienda bastante diferente. Las casas que ella había visto en su país siempre tenían un techo plano, con una lámpara colgando en el centro. También se fijó en unos asientos de madera, barnizados y adornados con tejidos ornamentales de pajilla, muy bien hechos. Posteriormente, ella supo que aquel tipo de muebles era muy popular en Cuba y se encontraba en cualquier casa que ella visitaba.

En el centro del salón ella vio una mesa baja con un ramo de flores artificiales en un florero de cerámica. Aquellas flores de color rosa subido, hechas de un papel parafinado, le causaron una impresión desagradable, puesto que en su país nunca se ponían flores de papel en las viviendas y solo se usaban en los entierros, para que las coronas duraran más tiempo sobre las tumbas. Mientras tanto, ella fue conducida al comedor, con una mesa grande y varias sillas, un televisor y una nevera americana. Entonces se detuvo y buscó con la vista dónde poner el ramo de azucenas, regalado por Bruno, que todavía tenía en las manos. Alguien le tomó el ramo y se lo llevó.

Irina miraba alrededor y solo percibía caras y más caras. Aquellos rostros le sonreían, las bocas le decían cosas que ella no entendía, y el ruido se hizo ensordecedor. Todo el mundo hablaba a la vez, y se sentía perdida en el desfile de hombres y mujeres desconocidos. Al parecer, la felicitaban por la llegada; y aunque ella no entendía ni una palabra, les contestaba, por si acaso, con una de las pocas frases en español que había aprendido:

─¡Gracias, muchas gracias!

Ella sabía que era la primera rusa en la historia del pueblo. En realidad, su madre era rusa y su padre georgiano, pero Irina nació en Filí, cerca de Moscú, y fue inscrita en los documentos como rusa. Además, ella siempre se consideraba a sí misma como tal, a pesar de haber vivido en el Cáucaso diez años. Sabía que era la primera extranjera que se veía en ese pueblo desde hacía décadas, desde la última guerra mundial, cuando llegaron refugiados de Europa. Sobre todo, judíos de Polonia. Aparte de aquella gente, ningún extraño había pisado el suelo de la población. Con la excepción de los dueños del central azucarero cercano, que eran americanos. Pero ellos habían huido del país después de la Revolución, y el pueblo siguió siendo homogéneamente cubano. Todo eso se lo contaba Bruno, cuando le hablaba de su patria pequeña. Le advertía que los curiosos parientes y vecinos no iban a dejarla en paz. Y le pedía que no se molestara por tanta intromisión y que tratara de ser amable con ellos, pues la primera impresión siempre era la más importante. Irina sabía que la adaptación no iba a ser fácil, pero no se imaginaba que iba a convertirse en una atracción pública.

Al pasar unos meses, cuando ya hablaba en castellano, supo muchas anécdotas, relacionadas con su aparición en el pueblo y con su persona en general. Empezando por el famoso ramo de azucenas, regalado por Bruno en el aeropuerto. Su marido conocía bien la costumbre rusa de regalar flores a las mujeres en cada ocasión importante, para expresar de esa forma el amor o el aprecio; por eso consiguió aquel ramo. ¡Bastante trabajo que le costó! Para complacerla, las azucenas se pusieron en un florero sobre la mesa del comedor. Duraron al menos dos semanas, alegrándole la vida en sus primeros días en la casa que habría de convertirse en su hogar por muchos meses. Pero la gente sencilla de Cuba no tenía la costumbre de poner flores naturales en sus viviendas, por eso todo el mundo se asombraba al verlas y al sentir su olor. Incluso, una de sus cuñadas, cada vez que llegaba de la calle, exclamaba:

─¡Qué olor a muerto hay en esta casa!

La pobre Irina no entendía nada y Bruno, por delicadeza, tampoco se lo contaba.

En general, los lugareños se fijaban mucho en todo lo que ella hacía: en la ropa que llevaba, en su peinado, en el largo de sus faldas. Una de sus cuñadas le comentó en una ocasión que una vecina le había preguntado si la rusa pertenecía a los Testigos de Jehová. «¿Por qué piensas eso?» ─se había extrañado la cuñada. «Porque se pone faldas largas» ─había sido la respuesta. Al escuchar la anécdota, Irina se asombró muchísimo. Le costó trabajo entender aquel razonamiento, pues se vestía a la última moda de los años setenta. Sin embargo, en Cuba se usaba solo la minifalda y no se admitían modas ajenas. Más tarde supo que el culto a la mini se había fomentado por las autoridades, debido a la escasez de género textil en los almacenes. En otra ocasión, una amiga le trajo un chisme que la hizo reír. Un hombre, que vio a Irina comprando un pan con tortilla en una cafetería del pueblo, comentó en voz alta, para que los presentes lo oyeran bien: «Mira a la rusa: con todo lo que come, y sigue igual de flaca». Así la llamaban: «la rusa». Solo los amigos cercanos usaban su nombre. Durante los veinte años que había vivido en Cuba había sido «la rusa». Y sus dos hijas, «las rusitas». No era por maldad, lo sabía. Es que a los cubanos les encanta poner apodos: «el gago», «el cojo», «el manco» o «la rusa». Y la gente no se ofende, lo mismo que nadie se ofende si le dicen «negro» o «negra». Porque lo hacen con cariño. Cualquiera sabe que en Cuba decir «mi negra» significa lo mismo que decir «mi cielo» o «mi amor». Así que Irina llevó con orgullo su apodo cubano y jamás se ofendió.

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