Alejandro Otero Paz. Nació en La Habana a finales de la década del setenta, en un tiempo, un país y un mundo que ya no existen. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Habana y se graduó con una tesis sobre la primera prosa de Jorge Luis Borges. Fue profesor antes de entrar a trabajar en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos. Salió de la isla en 2005, con veintisiete años. Vivió algo más de cuatro años en Bolivia, donde trabajó como profesor de Literatura Universal y Comunicación Oral y Escrita en la Universidad Privada Boliviana. En 2010 se instaló en Barcelona, donde vive actualmente, con un paréntesis soleado y decepcionante de casi tres años en Miami. En Barcelona cursó el Máster en Formación de Profesores de Español como Lengua Extranjera de la Universitat de Barcelona y la Universitat Pompeu Fabra, y trabaja como traductor y profesor de español para extranjeros.
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Eran otros tiempos. Estábamos convencidos —al menos algunos lo estábamos, o lo habíamos estado—, de que íbamos por el camino recto e infalible hacia “el mejor de los mundos”. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores. Creíamos que superar los últimos restos de maldad era sólo cuestión de tiempo, y esa fe en el “progreso” ininterrumpido e imparable tenía la fuerza de una verdadera religión. Claro que entonces no había leído este libro que ahora sostengo en mis viejas manos inseguras —un libro sobre un imperio enterrado bajo varias capas de guerras y transformaciones europeas—, ni sabía lo que me pasaría. Lo que nos pasaría.
Al final de aquella tarde fuimos a comer a El Polinesio, cuando la luz dorada estaba ya a punto de desaparecer sobre la sombra que era el mar, en el extremo de La Rampa. Bajamos los escalones y atravesamos las puertas bajo la atenta mirada de los ídolos que la custodiaban. Te hablé con ligereza de aquellas figuras y del Trader’s Vic, cuando el hotel se llamaba Habana Hilton, mientras nos sentábamos en un rincón discreto. No sabías nada de todo aquello, como si La Habana tuviera apenas veintitantos años, como si hubiera nacido contigo a comienzos de los sesenta. Recuerdo tu cabeza enmarcada por una de las grandes piezas de madera que había en la pared, tu pelo suelto, tu sonrisa roja en la penumbra y tu mirada sin miedo, a pesar de todo. Tuve que pagarle al fotógrafo para que nos dejara en paz. Para no dejar rastros. ¡Cuántas veces me he arrepentido después! ¡Cuántas veces he ansiado en vano ver de nuevo tu rostro a lo largo de estos años!
Después de comer salimos a la noche y nos metimos en uno de aquellos viejos clubs de El Vedado, poblado de jóvenes, pero también de algunos sobrevivientes de un mundo más antiguo que seguía negándose a desaparecer: pájaros sombríos, fantasmas apegados todavía a las viejas maneras, al billete en un bolsillo, a una lengua casi muerta, a recuerdos de noches difusas y luminosas y a alegrías y rumbas que solo retumbaban en sus tripas y en la memoria de sus tímpanos. Tú reías, ajena al ayer. Yo sabía que no veías, como yo, el pasado superpuesto al presente. No podía imaginar entonces que ese mundo, como el anterior, también estaba condenado.
Ya de madrugada nos fuimos al apartamento de mi madre, que había sido el mío hasta mediados de los setenta, cuando me mudé a Nuevo Vedado. Recorrimos en mi Lada, un 1500 del color de la noche, las calles dormidas. Sigo viendo hoy, cuando cierro los ojos, el neón de la rotonda de Boyeros: un obrero cuyo brazo, con una llave en la mano, subía y bajaba como la pierna de una bailarina lumínica en un casino de Las Vegas. Sigo viendo el cartel del Circo Soviético en la Ciudad Deportiva, poco antes de girar a la izquierda en Santa Catalina. Me pregunto cuántos recuerdan esa Habana fugaz de los ochenta, ese instante de la historia, esa última esperanza ilusoria antes de que todo se derrumbara.
Mi madre dormía en la que había sido mi habitación, pero no te lo dije. De todas formas, ella ya no entendía nada y no podía moverse. Alguna vez me había amenazado con acudir a Legalidad Socialista a denunciar mi conducta. Incluso entonces, eso era ya vivir fuera del tiempo. La otra habitación, la que había sido de ella —y antes de mi padre y de ella— era ahora mi guarida, mi refugio: el lugar a donde arrastraba a mis presas.
Abrí las ventanas de la sala para que entrara la brisa y bebimos algo en viejos vasos de cristal con diseños de locales de los cincuenta, que mi padre había atesorado. Los ruidos llegaban amortiguados de la avenida, fantasmales y, para mí, siempre estimulantes; tan diferentes de los de hoy, como si entonces las calles respiraran todavía, antes del largo coma que sobrevendría.
Me sorprendieron tu desenvoltura, tu desfachatez, tus ganas. Tu cuerpo al caer el vestido. Me enloqueciste. Me trastornaste. Me dejaste sin aliento. A veces pienso que todo fue una mentira, un gran acto bajo el cual se ocultaba el engaño, a pesar de que sé lo que viví, lo que sentí, lo que hicimos, lo que nos dijimos y lo que prometimos esa y otras noches. No podía imaginar entonces que todo acabaría como acabó. Parecía algo sólido, incluso eterno. Sigo sin entender cómo pudo llegar el final. ¿Qué hicimos mal? ¿Quién tuvo la culpa?
Nos habíamos conocido en una de aquellas reuniones provinciales del ministerio. Fue en un salón relativamente pequeño lleno de guayaberas y alguna que otra saya. Yo estaba en la tarima de la presidencia, bajo un lento ventilador de techo que apenas atontaba a las moscas. Tú, en la platea, acompañabas a alguien: un director quizás, o algún funcionario de la provincia. Lo he olvidado. Mi intervención al comienzo fue breve, gris, enérgica y previsible. Tú, en cambio, cuando llegó tu turno, dijiste cosas que me sorprendieron. Sé que molestaste a muchos, porque noté en sus rostros la inquietud que causaron tus palabras. Yo vi en tu mirada la seguridad. Vi el desafío. Vi que estabas dispuesta a llegar hasta el final, aunque era evidente que no te dejarían. Tenías la inocencia de algunos jóvenes de entonces, la fuerza que los de mi generación habíamos perdido. No tenías el temor que los míos habían adquirido con los años. Los tuyos trataban entonces de subir, sin haber padecido el pasado ni prever el vendaval que se avecinaba. Claro que nosotros tampoco sabíamos nada del futuro, pero estábamos ya amaestrados. Éramos mansos. Complacientes. Teníamos carro y casa. Teníamos la noche y el alcohol y la máscara.
Después de la reunión, no me resultó difícil localizarte. Sí lo fue acercarme a ti. La discreción me impidió abordarte aquel día. Tus palabras tampoco aconsejaban que me vieran a tu lado. Indagué con personas de confianza. Inventé motivos para presentarme en oficinas. Te encontré por fin tras un buró, protegida por archivadores metálicos y pilas de papeles. Armada con un lápiz bicolor corregías un documento. Desentonabas en aquel espacio burocrático. Supuse que estabas allí porque creías en tus ideas y porque aún pensabas que podías cambiar algo desde dentro.
Actué lentamente. Me gané tu confianza. Te susurré al oído elogios sobre tu valentía y tus buenas ideas. Te engañé. Te enredé. Te toqué las fibras que querías que te tocaran. Despacio. Sin hacer ruido. Sin levantar sospechas. Ni siquiera las tuyas.
Un día te llevé a tu casa. Y otro día, poco después. Fue sencillo, porque no tenías carro ni parecías tener malicia. No había motivos para que nadie sospechara. Hablamos. Debatimos. Te interesaba mucho el futuro. Confiabas en ti. En tu gente. Tenías muy claro lo que había que cambiar. Volví a comprobar que no tenías miedo. Pero yo sí.
Al fin, un día te invité a un restaurante y aceptaste. La noche te sentaba bien. Fuera de los pasillos y de las oficinas brillabas de una forma que incluso a mí me tomó por sorpresa. A la mesa, una copa en la mano, me contaste tu sueño de recorrer los países socialistas. Yo te hablé de mis viajes: de Moscú, Bucarest y Sofía, de la mágica Praga. Mencionaste una primavera de dos décadas atrás y a un poeta centroamericano y a un novelista checo. Primavera, poeta, novelista. Contra eso no tenía nada que esgrimir, así que elegí el camino de las promesas. Yo mismo tendría que viajar pronto a la Unión Soviética, y quizás podría buscarte un sitio en la delegación, te mentí. Se te encendió la mirada, pero incluso tú sabías que las cosas no ocurrían de aquella manera. Sabías que nada caía del cielo, excepto las malas noticias. Pero aceptaste el juego. Salimos un par de veces más antes de que aceptaras acompañarme a la guarida.
Después de la primera noche, empezamos a vernos con cierta frecuencia, aunque siempre con discreción. Un sábado me pediste que te llevara al zoológico. Paseando bajo la sombra de los árboles de aquel vestigio del antiguo bosque, rodeados de niños y envueltos en el denso olor de los animales, me hablaste de tu infancia. Había algunos turistas rusos que parecían perdidos entre los fosos y las jaulas. Me dijiste que a veces ibas a aquel sitio a sentir que estabas en otra ciudad, en otro mundo. Nos besamos a escondidas, tentando a la suerte. Luego subimos al carro y nos fuimos al Parque Almendares, a una zona solitaria cerca de las márgenes del río, y nos sentimos a salvo de todo, fuera del tiempo. Al anochecer bebimos sangría y comimos algo ligero en un sitio que había por allí, en esa zona arbolada que nunca más he vuelto a visitar.
Antes de que llegara el verano, conseguí una casa en la playa. Todavía hoy tiemblo al evocar aquellos días. No exagero si digo que fue el punto más alto de la mejor década de mi vida. Las mañanas frescas junto al mar, que no teníamos que compartir con casi nadie a finales de mayo. Las siestas después del amor a la sombra de una palmera. Las lentas tardes doradas y las noches interminables. No hubo planes. No había pasado ni futuro en la burbuja perfecta de aquellos días. Sólo tú y yo tras los muros de la casa que nos ocultaban de la mirada y del ruido del mundo.
Y luego todo empezó a torcerse, a deslizarse cuesta abajo, primero lentamente y luego a una velocidad vertiginosa. En junio procesaron a Ochoa y a los otros, y en un mes los habían fusilado. Recuerdo tu cara de incredulidad, de rabia, de confusión cuando hablábamos del asunto. Tuve entonces el peor de los presentimientos, pero lo ignoré. En noviembre ocurrió lo de Berlín. El mundo enloquecía. Los meses pasaban. Empezaste a desaparecer cada tanto, sin explicaciones; pero siempre volvías a mí y todo parecía estar bien por un tiempo.
Y entonces te esfumaste del todo.
Dejaste de contestar mis llamadas. Al principio pensé que estarías en algún evento, fuera de La Habana. Luego se me ocurrió que quizás te había molestado algo que yo había dicho. Cuando pregunté en voz baja, me dijeron que ya no trabajabas en aquella oficina. Tuve miedo. Rondé tu casa durante días, pero no apareciste. Te busqué en otras oficinas, recorrí otros pasillos, pregunté a secretarias y funcionarios. No había rastro de ti.
Entonces tuve que viajar a Moscú y lo que percibí no fue esperanzador. En mi desesperación, cometí algunos excesos. Bebí de más. Molesté a algunas personas durante una recepción. Dije cosas que estaban fuera de lugar. Me separaron de la delegación, me enviaron de vuelta a Cuba y me castigaron. Empecé a beber. Más bien seguí haciéndolo. Aquella época es en mi memoria una especie de mancha alargada, un golpe de brocha sobre un lienzo, un borrón torpe sobre la página.
Mi madre murió. No conservo ninguna imagen del entierro.
El mundo parecía tan enloquecido como yo, y eso fue quizás una suerte. Me dejaron en paz. Me olvidaron. Muchos creyeron encontrarse ante el final. Seguí sin esperanzas, a través de amigos y revistas extranjeras, lo que ocurría en la Unión Soviética. Todo iba a peor. Recuerdo noticias de suicidios, de encarcelamientos, de huidas. Pensé que quizás tú te habrías adelantado a todo aquello y te habrías marchado ante las primeras ráfagas de la tormenta. Aquella idea me ayudó a superar la crisis porque significaba que, aunque lejos, seguías brillando en algún lugar. Llegué incluso a plantearme dejarlo todo y lanzarme en tu persecución, sin importar dónde ni cómo ni nada.
Entonces me alcanzó la noticia.
Sin fuerzas, me encerré en casa. No sé cómo resistí. Durante meses solo pude pensar en tu final, como si un locutor transmitiera constantemente en mi cabeza una nota oficial. Tu vida se había truncado cuando el auto en el que viajabas de Varadero a La Habana se había salido de la carretera en un trágico accidente. Había que lamentar también la pérdida del querido compañero de intachable trayectoria que conducía el vehículo, el vicedirector de un hospital.
Fue tu desaparición, acaso tu traición, lo que me salvó. Y los duros años que siguieron. Nadie pensó en mí. Durante mucho tiempo viví como un fantasma, invisible y en silencio. El agua no me sabía del todo a nada. Nada me interesaba. Me convertí en una sombra. Un día me metí en una iglesia, porque sentí la necesidad de tener compañía y del ruido de las palabras. Canté. Envejecí. Sobreviví.
¿Qué fuiste?, me pregunto a veces. ¿Una ilusión? ¿Un espejismo? ¿Un engaño? ¿Cómo pude creer en ti? ¿Qué había en tu mirada, en tu sonrisa, en tus palabras? ¿Qué había en tus promesas? ¿Cómo pudiste seducirme así? ¿Cómo pude aferrarme a ti de esa manera? ¿Cómo puedes perdurar en mi mente a pesar del descalabro? ¿Por qué sigo pensando que si las cosas hubieran ocurrido de otra manera, tú y yo podríamos estar juntos y ser felices y avanzar con seguridad y con esperanza, trabajando mano a mano por el futuro?
Los crepúsculos son ahora aburridísimos, como escribió aquel poeta centroamericano del que me hablaste alguna vez y que he leído como si sus palabras fueran tuyas.
Un día el carro dejó de moverse, como el país, y lo abandoné. Nunca volví a buscarlo. Todos lo abandonaron, de una u otra forma. Ya nadie puede hacer nada por él. Es una ruina irrecuperable, insalvable. Habría que empezar de cero, pero no veo a nadie con ganas de intentarlo. Desde luego, no seré yo quien lo intente. A estas alturas, estoy ya muy cansada, muy cansada, muy cansada…
