Borges, maestro

Pedro Crenes Castro


Que Borges sigue entre nosotros es un hecho. Sigue entre nosotros en fondo, forma, estructura, tensión, emoción, ritmo, tempo y todas esas pequeñas y profundas piezas que conforman lo que llamamos literatura, porque si una cosa ha hecho el amigo Jorge Luis, es contaminarlo todo de su ser escritor haciendo casi imposible, una vez lo lees, no seguir haciéndolo hasta verte influido por aquel tipo que decía estar más orgulloso de lo leído que de lo escrito.

Para hablar de él, quiero servirme de una imagen y un encuentro.

 

La imagen

El escritor Eloy Tizón, uno de los más brillantes cuentistas hispanoamericanos, compartió con sus amigos una foto elocuente. Eloy, acuclillado, sostiene en su mano derecha una flor ante una lápida. Está en Ginebra, en el cementerio de Plainpalais. No mira a la cámara, no mira la lápida, parece buscar, quizás, un recuerdo. Está así, flor en mano, con la mirada como buscando, ante la tumba de Jorge Luis Borges, un escritor. El pie de foto dice: Algunos domingos rezo a Dios. Sólo algunos. ¿Qué hay en ese hombre que empuja a otro a los pies de su tumba? ¿Qué hizo para que a más de 120 años de su nacimiento sigamos leyéndolo y hablando de él?

 

El encuentro

En 1973, Jorge Luis Borges, ciego hacía ya 20 años, visitó México. Juan Rulfo, tiene un encuentro con el argentino a petición de éste. La crónica de aquellos días recoge, palabras más palabras menos, este interesante diálogo entre los escritores:

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.

RULFO: ¿Cómo así?

BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

RULFO: Así ya me puedo morir en serio.

Rulfo lo dijo y Borges pretendía negarlo, con esa modestia elocuente que dicen le caracterizaba: Borges es un “maestro”. Un maestro, como dice el diccionario de la Real Academia, es una persona “de mérito relevante entre las de su clase”. La Academia es a veces muy parca. Un maestro es muchas más cosas, y aquí lo sabemos: es esa persona a la que recuerdas cuando coges un instrumento y te pones a tocar, o a la que evocas cuando sales al escenario, o que repasas mentalmente antes de poner la primera letra sobre el folio en blanco. Un maestro, es esa presencia insistente que no te deja dormirte en los laureles de unas pequeñas notas más o menos buenas, o gorjeos musicales o versos y párrafos más o menos resultones. Un maestro se hace presente justo en el momento de la verdad artística, más allá de las musas o la inspiración. Y Borges ha sido esa presencia para muchas generaciones de escritores y lectores, tanto es así que uno puede terminar, algún domingo de septiembre en Ginebra, como Eloy Tizón, rezándole, con irreverente adoración, a un “Dios” literario del tamaño de Borges. Es esa presencia tutelar e influyente la que nos abarca.

Dice Borges, en una conferencia en la ciudad de Belgrano, y recogida en su libro “Borges oral”, titulada “El libro”, lo siguiente:

“Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído”.

Así pues, hay dos grandes felicidades: leer y escribir.

Borges y la escritura

Fíjense en este otro texto de su libro Elogio de la sombra (leemos en el prólogo) lo siguiente:

“No soy poseedor de una estética. El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos, intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector, simular pequeñas incertidumbres (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo…”

Borges niega tener “una estética” (que también podemos llamar poética) proponiéndonos una, que no sólo da pistas interpretativas de su obra, sino que marca un camino para aquellos que detrás de él vienen a escribir la suya. Estas “astucias” que el escritor argentino enumera, no son propuestas necesariamente como una escuela o un camino para los escritores en ciernes. Es por el resultado de su aplicación, es por el resultado estético de esta poética, que muchos han decidido sentarse a los pies de Borges para escuchar sus lecciones, lecciones estas que no se estudian en una facultad ni taller literario, sino asomados a sus libros.

En Borges encontramos, por lo menos, tres enseñanzas sobre el oficio de escribir:

En primer lugar, el cuestionamiento de lo verosímil, creando situaciones que llevan al lector a una incomodidad intelectual, estética y hasta espiritual a veces. Casi diríamos que una imposición de lo fantástico, sacando a quien lee de la comodidad de lo rutinario, hasta llevarlo a la participación activa en la construcción de la lectura. Es ese principio de incertidumbre que se intuye en la cita anterior.

En segundo lugar, la estructura y construcción de los cuentos en sí misma. Siempre me sorprende cómo Borges es capaz de contener en unas pocas páginas temas tan densos. Este es un rasgo muy suyo, le gustan la brevedad y la concentración del cuento utilizando una buena construcción de la tensión y la atmósfera. Todo un elogio de la síntesis y la brevedad sin sacrificar lo profundo.

Y, en tercer lugar, vemos en Borges, una lucha con la lengua. Él decía en una ocasión que no todas las palabras del diccionario valen para escribir. Se cuidaba mucho de las palabras, no se dejaba seducir por la pompa y el barroquismo juvenil, por la floritura del idioma. Prefería una lucha encarnizada con la lengua para encontrar el preciso vocablo, la segura palabra que construya su historia.

 

Borges y la lectura

Si algo caracterizó a Borges, fue su pasión por los libros. La lectura, y esta es una obviedad que se reitera poco en estos días, es fundamental en la vida del que quiera ser escritor, tiene que serlo, y el lector Borges, el maestro, nos deja una frase que debe colgar en la entrada de todas las bibliotecas: “Leer es una forma de la felicidad

Borges, profesor de literatura, recomendaba a sus estudiantes la lectura directa de los libros, que se alejaran de los críticos y sus resúmenes tendenciosos. Suena casi profético este alegato contra los intérpretes de los libros y contra los perezosos que prefieren que les cuenten qué dice el libro que leerlo.

Borges comprende, como Montaigne según cita él en una conferencia, que la lectura debe ejercerse como un placer, como también señala en nuestros días el escritor francés Daniel Pennac en «Como una novela».

Nuestra relación con la lectura tiene que ser franca, cordial y fluida. La pesadez con la que se pretende lastrar a la lectura no es más que un favor que se le hace al sistema para apartar a los ciudadanos del camino del conocimiento. La lectura no es un privilegio de unos pocos sabios, tiene que ser la alegría y el privilegio de todos. Aunque, no seamos ingenuos, hay alegrías y privilegios que no se quieren ejercer ni disfrutar. Y eso es triste y peligroso.

Borges, el lector, ya ciego, nos dice:

«Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y, sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres».

En esta gravitación amistosa debemos mantenernos. No es ceguera en nuestro caso lo que nos aleja de la lectura, es la pereza apasionada que practicamos la que nos pone fuera del alcance de la literatura. La presencia de los libros en sí misma debe estimularnos a la alegría de su lectura. Nunca la virtualidad de los libros podrá sustituir a la satisfacción de tocarlos, de subrayarlos de guardarlos.

Nadie que no lea primero, que su felicidad primera no sea la lectura, podrá jamás disfrutar de la felicidad menor de la escritura. Siempre seremos más lo que leemos que lo que escribimos. Palabra de Borges.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972), es columnista en el diario panameño La Prensa y OtroLunes - Revista Hispanoamericana de Cultura. Es autor de los cuentos de El boxeador catequista (Sagitario Ediciones. Panamá, 2013) y de los microrrelatos de Microndo” (Editorial Casa de Cartón. Madrid, 2014). Es antólogo de la sección española de Puente levadizo: veinticuatro cuentistas de Panamá y España (Sagitario Ediciones. Panamá, 2015) y aparece en diversas antologías en España y América. Ha obtenido dos veces en Panamá el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró: en 2017 por los cuentos de “Cómo ser Charles Atlas” y en 2019 por la novela Crónicas del solar. Vive en España desde el año 1990. En Vigo, imparte talleres literarios en “Párrafos. Talleres de escritura”..