Concha Urquiza

Jorge Chavarro


Buscando en el cosmos de los escritores suicidas, en especial el de los poetas, me encontré con el de las poetas suicidas latinoamericanas del siglo XX, el campo se convierte en un filón de sorpresas al que se llega siempre a partir de las inevitables Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, las poetas suicidas que aclaman todos los especialistas en el tema y a quienes en tiempos mas recientes se les une, por decisión de los mismos académicos, María Mercedes Carranza.

A ese mundo llegué por un camino excepcional, porque la academia siempre ha sido una fuente soberbia de sorpresas; en la clase de poesía latinoamericana que tomé en el semestre de primavera del 2018 en Texas A & M University, College Station con el Dr. Eduardo Espina; me acerque, conocí, me encandilé, quedé seducido por la figura de Delmira Agustini, de quien, además de su poética transgresora, el estudio su vida y obra me hacen percibirla como una suicida pasiva. De ahí a la búsqueda de las poetas reconocidas como suicidas solo hubo un paso, y aparecieron las argentinas y la colombiana; también por eso volveré sobre Delmira Agustini en otra oportunidad.

Sin embargo al continuar la exploración llegué a una mexicana asombrosa; mujer oculta entre la maleza del olvido y la leyenda, figura enigmática, atípica y contradictoria de la que se asegura por parte de algunos biógrafos “nadie sabe nada”, y cuyo mito se inicia en 1946 a partir de la aparición, a un año de su muerte, de la primera antología y breve aproximación biográfica suya, hecha por Gabriel Méndez Plancarte; filólogo y ante todo sacerdote de su círculo, quien la destaca como poeta mística, también ahí, o desde su fallecimiento un año antes, comienzan las dudas acerca de las circunstancias de su muerte.

Su biografía es su oxímoron, Nace en la madrugada de la nochebuena de 1910, cuarenta y cinco minutos después de la media noche, en la casa señalada con el número ciento sesenta y seis y medio de la calzada de Fray Antonio; curiosa nomenclatura; en San Miguel de la Antigua y Noble Valladolid de Michoacán, Morelia; hija de Concepción del Valle de Urquiza y de Luis Urquiza. Concha nació cinco semanas después del alzamiento en armas de Pancho Villa en Chihuahua (noviembre 17 de 1910), que se conoce como el despegue de lo que terminó llamándose la revolución mexicana cuando en los siguientes días se propaga como lucha armada.

Para subrayar el mito del “nadie sabe nada” aparecen Mabelina, Dalila Salcido y Cesárea Tinajero. A Mabelina, la encontramos en “El café de nadie” (1927)), obra teatral del escritor estridentista Arqueles Vela; el escritor fue el primer amor de la real Concha Urquiza, obsesivo amor de adolescencia. Cuarenta y dos años después de la muerte de Concha Urquiza, nos encontramos con Dalila Salcido, Dalila es la representación de Concha Urquiza que aparece en el texto dramático de Vicente Leñero: “Nadie sabe nada” (1988); la obra es una reconstrucción del mito, o si queremos una primera aproximación biográfica embebida en el aura del mito.

Por último, más de medio siglo después de la desaparición de la poeta, aparece Cesárea Tinajero; Cesárea es una curiosa ficción de Concha Urquiza que aparece como uno de los personajes de la novela de Roberto Bolaños “Los detectives Salvajes” (1998). Cesárea Tinajero habría sido la legendaria fundadora del Real Visceralismo, y desaparece sin más huella que su leyenda; después de una accidentada búsqueda, Lima y Belano, los protagonistas de la novela, encuentran a Cesárea convertida en una lavandera de pueblo, quien en medio de una serie de malentendidos es conducida a la muerte por sus propios discípulos. Entre la primera y la última de las obras transcurrieron 71 años, y solo la primera aparece cuando la poeta aún estaba en vida.

Mística y erotismo en la obra poética de Concha Urquiza, ese es el tema; y el marco, la época del inicio y consolidación de la revolución mexicana que señaló el bien llamado “Renacimiento cultural mexicano”.  El momento es el mismo de la estructuración y visibilización de los movimientos feministas que comienzan en el porfiriato y que la revolución frena hasta que alcanzan nuevos desarrollos estatales, de manera inicial en Yucatán, y luego nacional bajo el gobierno de Venustiano Carranza.

Concha es entonces la poeta que enarbola en sus banderas la mística y el erotismo, pero este último más allá de los tradicionales paradigmas del misticismo. Sin embargo, su trabajo ensayístico, literario, cultural, periodístico, que ha estado escondido durante décadas en mayor medida que el poético, también comienza a emerger y a permitir su visión, denuncia y propuesta dentro de lo que fueron las particularidades nacionales mexicanas del momento, la de los “Dos antagonismos fundamentales” que visibiliza la escritora socialista  Concha Michel: “la mayoría de los hombres revolucionarios ‘trasformadores de la sociedad presente’… se consideran con plena autoridad para ‘encausar’ la liberación de la mujer sin dar la menor oportunidad a que la mujer lo haga por sí misma”.

Si bien nuestra poeta no participó en ningún movimiento como feminista ni anticlerical, si perteneció al partido comunista, al igual que otras que además  de su militancia en el feminismo, decidieron pertenecer al mismo partido, formaron parte de organizaciones socialistas, anarquistas, anticlericales, y hasta de corte religioso militante o que se hicieron visibles para esa sociedad utilizando los signos identitarios de los movimientos culturales rebeldes del momento como el corte del cabello, la forma de vestir, sus actividades de ocio, sus círculos amistosos, lo cultural del entorno en construccion; las irreverentes de ese comienzo de siglo tal cual nuestra poeta; de quien nos queda la percepción de haber sido considerada como una mujer de mal vivir.

Su activismo comunista que había comenzado muy joven, hizo que en 1928 (de 18 años), su hermano la enviara a vivir en Nueva York; regresa de 24 años, habiendo trabajado en la Metro Goldwyn Meyer, con más bríos y amante gringo, lo que sumado a su resuelta militancia comunista entre 1933 y 1937 se convierte en el elemento de afirmación de su figura de escándalo, porque había que sumarle sus amoríos con Arqueles Vela con Concha de 16 años. En Nueva York, además de mejorar su inglés, intensifica su estudio de los clásicos, y comenta sobre si misma: “Cuando estoy en los Estados Unidos y oigo ladrar en inglés me pongo a leer a Shakespeare. Cuando estoy en México y oigo aullar en español, me pongo a leer a Cervantes”

En 1939 se va a vivir a San Luis Potosí, y allí permanece hasta 1944, en la que fue la época más fecunda y feliz de su vida como lo atestigua la obra conservada; en San Luis conoce a María del Rosario (Chayo) Oyarzun, con  quien entabla gran amistad y en cuya casa vivió; Oyarzun no solo fue una intelectual, abogada, Directora del Instituto Potosino de Bellas Artes, Oficial Mayor del Gobierno del Estado, sino que agrupó en torno suyo a la intelectualidad Potosina, De la amistad con Oyarzun nacen evidencias de haber llegado más allá, hasta el silencio y la soledad de un amor innombrable, edificado en el silencio y la soledad y en sus últimos poemas que están dedicados a ella; porque el amor de Rosario y Concha en aquellos tiempos no podía exhibirse, cruzaba el umbral de lo licito, era vergonzoso; de la misma dimensión que los amores de Gabriela Mistral, hechos públicos solo después de muerta. A veces el encierro y el ejercicio místico solo esconden lo que no puede mostrarse al mundo: el amor que nos tuvimos; es lo que el Dr. Méndez Plancarte se negó a ver.

El gran problema de la producción literaria de Concha Urquiza, radica en la desaparición de su obra entre 1927 y 1936; ¿Qué pasó con esa parte de su producción, está toda ella entre las cenizas como lo afirma la Enciclopedia de México?  La pregunta viene al cuento porque al particularizar las circunstancias de Concha Urquiza en cuanto a su vida y producción literaria, encontramos que desde un comienzo, en su escasa obra poética sobreviviente a las llamas purificadoras aplicadas por quien sabe quién sobre sus escritos, la poeta ejerce como labor didáctica, en especial a partir de las contradicciones que contienen sus escritos periodísticos que mencionamos, un estilo de vida  que en la práctica se identifica con lo que en las palabras rechaza: viaja, trabaja, vive sola y se mantiene económicamente, y tiene una vida mundana que ha permitido escribir que “sobre su vida sexual… se han esparcido una buena cantidad de rumores y conjeturas”.

Elsa Cross visualiza la mística y el erotismo como jardines asociados a partir de la pasión, y en la que confluyen lo místico y lo erótico para dejar de ser componentes antagónicos en el poema; por eso el intercambio de factores que se da entre las poesías mística y erótica, nos lleva a la pregunta de si la mística es manifestación de la sublimación de la sexualidad, o un elemento autónomo del instinto espiritual con fines diferentes. El erotismo se mueve entre los dos, y podríamos verlo como “punto de convergencia entre la sexualidad y la experiencia mística”; aquí Cross se apoya en lo que expresa Octavio Paz en La llama doble: “El erotismo es una poética corporal; la poesía es una erótica verbal”, el erotismo actúa como un pararrayos protector de “la perenne descarga eléctrica del sexo”; que de esa forma se humaniza y establece el diálogo con el sentimiento y la inteligencia, encausando las posibilidades de explorar y depurar las contingencias del placer.

Como la mayoría de la poesía Sobreviviente de Concha Urquiza hace parte de la selección hecha por Gabriel Méndez Plancarte y las modificaciones que le introdujo; esa poesía ha sido estudiada como mística, pero ahora, es decir este siglo, la vemos asociada a una existencia dicotómica entre lo divino y lo mundano, viviendo la necesidad de sacudirse de la moral católica que la condujera a un ejercicio más libre de su sexualidad femenina, pero aspirando a revestirse de la filosofía mística de la misma religión. A pesar de su diferencia de enfoques con las feministas de su momento, que eran en su mayoría anticlericales, lo que no quiere decir no creyentes. Concha Urquiza era una feminista de actitud luchando contra el aparato hegemónico masculino, que como sabemos, estaba apuntalado no solo por los partidos conservadores, sino también por los revolucionarios.

Es eso lo que podemos observar en Concha Urquiza, un desenvolvimiento poético que se mueve entre lo místico y lo erótico, los cuales se presentaron juntos o disociados en diferentes momentos de su vida; y que han sido leídos, bien desde esos momentos en que actuaron como un todo corporal y espiritual, o, la mayor parte de las veces, desde la manipulación de los mismos por razones religiosas y, o políticas, que en el México de Concha Urquiza eran una sola cosa, el miedo revolucionario era al poder manipulatorio de los curas con la población, no una diferencia de criterios acerca de cómo ejercer el control social desde la visión judeo cristiana; así es como  la historia de la mujer muestra un México con un concepto unificado de lo que unos y otros denominan “la mujer mexicana perfecta”.

Cuando tenemos entre manos el estudio de un escritor suicida debemos sumergirnos en los caracteres de su poética y su biografía, con el fin de orientarnos en el túnel de la subjetividad y las angustias.  Con Concha Urquiza he buscado en su biografía y escritos la posible evidencia de un suicidio, y quiero consignar algunas frases suyas que pueden orientarnos, ya desde sus poemas, de manera especial los finales, como de sus anotaciones, las que Gabriel Méndez Plancarte agrupa en la última parte de su antología iniciática de 1946 como: Prosas. Hacia las Cumbres. Páginas epistolares, y que Ignacio Betancourt reproduce en La serena canción que dice el viento en el 2013; sin olvidar los escasos textos como el que reproduce Ricardo Garibay en el prólogo de su propio estudio al señalarlo como un vaticinio: “…como siento que no tengo el valor que se necesita para vivir en el mundo amando a Cristo” este es un texto de renuncia, que leído desde la perspectiva psicoanalítica de Winnicott sugiere el elemento de una “falla en el sostén”, y componentes de disociación.

Y de nuevo Garibay me ofrece piezas fundamentales en torno al mismo enfoque; al final de 1944, todavía en sus años en San Luis Potosí, se le entreveraron íntimamente Dios y el mundo. Recoge testimonios: “ya no vean tanto a Concha. ¿Qué va a decir San Luis?”; por ahí se coló el escándalo y no se cuidaba de lo que decía o hacía; al anunciar su decisión de abandonar San Luis, hablando con un compañero que la cuestionaba por dejar la ciudad enumerándole las pérdidas, le interrumpió diciéndole que se iba porque estaba enamoradas de él; y “a un ingeniero agrónomo del que se había prendado sin que él diera muestras de enterarse”, lo llamaba el agrícola señor fulano, así actuaba.

Antes había escrito los Cinco Sonetos en Torno a un Tema Erótico”. Para ese mismo fin de año su obsesión, angustia y desilusión era el matrimonio, su valides imposible, su percepción de la inexistencia de él como reunión natural del hombre y la mujer. Se fue a ciudad de México, lugar en el que nunca había podido ni pudo luego ser feliz, “siempre sin casa, con poquísimo dinero, siempre en fondas de mala muerte”, con tequila, cerveza e iglesia diaria y hablando de literatura.

Estaba destrozada, estando “aún en San Luis, había comenzado a perder, si no la fe, si el rumbo de la cacería de la fe”. Cuando rompió con aquel amante, “se entregó a beber a fondo y pensó en el suicidio”; al otro enamorado le grito a la cara “Un día te voy a matar”, era así de intensa en todo. Y en San Luis, el reguero de pólvora: la traición de Concha, la inmoralidad de Concha, la perfidia de Concha, la odiosa huella de Concha. Luego México, en su piececita en las calles de El Salvador; y cinco meses jurándose ese amor imposible, concurrente en Dios y un hombre prohibido, pero sin medias tintas, sin pudibundeces remilgos ni hipocresías, impetuosa pero viviendo un infierno, hasta que decide irse a Tijuana, para no agredirse más con la vehemencia de las palabras. Testimonio opuesto a la visión que tratan de vendernos Méndez Plancarte y otros que en complicidad nos pintan una Concha Urquiza en paz espiritual por haberse, por fin, entregado al Él, el Dios reencontrado.

No se fue a Ensenada por amor a Cristo, sino buscando que ese amor ocupara el lugar que ya habitaba alguien humano. El 10 de junio se juraron nunca abandonarse sin importar las distancias, y se dijeron adiós tomados de la mano. Partió para Ensenada a donde llegó el 13, allí vivió los últimos siete días de su vida. El 20 por la tarde, salió para la playa muy contenta, el mar la devolvió el 21 en la mañana, con solo un raspón en la nariz, pero su cara estaba intacta, su cuerpo estaba intacto.

The Woodlands, septiembre 2 de 2021

Del Autor

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Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. En la actualidad es estudiante del programa de doctorado en literatura del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas A&M en College Station, también en Texas.