«Tomamos los jeeps para dirigirnos hacia la parte de la Hacienda Nápoles dedicada al zoológico. Escobar conduce uno de los vehículos y está acompañado de dos chicas brasileras en tanga […] En la distancia aparecen tres elefantes, quizás la primera atracción de todo circo o zoológico que se respete. Aunque yo nunca he podido distinguir entre los asiáticos y los africanos, Escobar los describe como asiáticos. Nos informa que los machos de las especies mayores y en vía de extinción de su zoológico tienen dos o más hembras y que, en el caso de las cebras, los camellos, los canguros, los caballos appaloosas u otros menos costosos, muchísimas más. Y añade con una sonrisa maliciosa: —Por eso se mantienen tan contentos, y no atacan ni son violentos.»
Amando a Pablo, odiando a Escobar – Virgina Vallejo
Siempre he confesado que mis libros de cabecera van todos de psicología animal, y que me gusta observar animales salvajes, pero no en el zoológico, sino en su hábitat original. Creo que el marco de lo natural permite a las bestias salvajes el movimiento en libertad, no calculado, auténtico, feliz, algo lejos de lo que pudiera ofrecerles hasta la más fina jaula de oro en un zoológico. No obstante, después de haber visitado varios zoológicos en grandes ciudades del mundo y experimentado la misma sensación de tristeza por las fieras encerradas, como si hubieran cometido un delito a cadena perpetua, yo creo que estos lugares extraordinarios de las grandes ciudades del mundo llegan a ser en algunos casos un mal necesario.
Pongo como ejemplo el campus del zoológico limeño, el Parque de las Leyendas. Ahí se encuentran refugiados no solo animales de diversos lugares del mundo, sino plantas exóticas, fauna y flora nacional e internacional; aparte de ello, el zoológico se ubica en un terreno que conserva huacas prehispánicas de varios cientos de años de antigüedad. Desde su creación, el recinto limeño estuvo pensado para ser algo más que un centro de ocio y esparcimiento, o de exhibición de animales, sin mayor sentido que despertar asombro o lástima. El concepto del zoológico limeño de ser un centro generador de saber e investigación lo llevó a no cerrar ni clausurar sus puertas aún en sus épocas de mayor crisis. De hecho, la división de su campus imitando la geografía peruana y recreando escenarios de obras literarias peruanas le daba cierto aire de institución cultural y educativa. Lo seguimos viendo a día de hoy con sus museos, su programa de talleres y workshops, dirigido en especial a la niñez en edad escolar. Me atrevo a decir que un día de colegio con excursión al Parque de las Leyendas limeño puede reforzar, o llegar a superar incluso, cientos de horas de clases de geografía, biología, educación cívica, historia, arqueología, etc.
Con todo, pareciera que la tradición de que todo lugar latinoamericano que se considere civilizado, o quiera dar el salto de ‘pueblo’ a ‘ciudad cosmopolita’, sea digno de un zoológico, ha perdido legitimidad. Y no tanto porque las sociedades protectoras de animales hayan dado grandes avances en cuanto a leyes y normas internacionales en cuestión de derechos de animales o tráfico ilegal de especies silvestres, sino porque la moda de los zoológicos se la apropiaron los narcotraficantes. ¿En qué momento se volvió una marca de estatus narco-social, un fetiche, una superchería, una superstición de los narcos? ¿Fue Escobar el culpable? ¿Esa peculiaridad suya, de regentar un zoológico de fieras exóticas, la reforzó la prensa de su país o la llamada ‘literatura de narcos’? ¿O son las series de películas de ‘padrinos’ en canales de señal cerrada las que promueven el extravagante hobby?
Zoológicos de capos del mercado negro de estupefacientes ha habido, y los hay, en Honduras, Argentina —¿quién no recuerda el minizoológico del temido «Dumbo», en Buenos Aires?—, Colombia, México. Recintos sin sentido noble alguno, mímesis burdas de los refugios animales más dignos de algunas ciudades latinoamericanas. Los zoológicos, como en todo, o casi todo, pareciera que los hay de coca y de arena.
