Nadie es más cubano que nadie

Antonio Álvarez Gil


Desde mi tribuna en esta revista quiero hacer un llamado al gobierno cubano. Sé que mi voz no será escuchada en la Isla; pero mi conciencia y mi sentido del deber me obligan a escribir lo que pienso. ¿Quién soy para ello? Pues casi nadie, un cubano más, un sencillo hijo de nuestro pueblo que no aspira a nada en política, y mucho menos en la politiquería actual. Aun así, quiero enviar este mensaje para que lo vea quien tenga ojos para verlo y lo lea quien desee leerlo. Pienso que al gobierno y a la oposición de dentro y fuera del país les ha llegado el momento de sentarse a hablar y, entre todos, determinar qué es lo que conviene mejor a nuestra tierra. Más que el momento, yo diría que es tal vez la última oportunidad de debatir sobre el futuro de la nación. Y esto depende, en primer término de quienes ostentan el poder en Cuba. No hay idea que valga el sufrimiento de un pueblo durante tantos años, el desgajamiento de sus familias y la dispersión de sus hijos por toda la superficie del planeta.

Quienes hoy en día tienen el poder de decidir sobre el destino del país tienen también la obligación de evitar la destrucción definitiva de nuestra nacionalidad. O, al menos, de intentar hacerlo. Nadie es más cubano que nadie, y Cuba es mucho más que la silla de unos cuantos. Es la patria de todos sus hijos, incluso de aquellos que piensan de manera por completo distinta a sus más acérrimos antagonistas. Cada cual tiene derecho a su verdad, sus criterios y su forma de concebir el mundo.

Yo pienso que todos los cubanos deberían colaborar entre sí, juntar ideas, fuerzas y recursos para construir la Cuba del futuro. ¿Suena ingenuo? Puede ser. Pero ¿es que hay alguna alternativa al diálogo, alguna otra salida que no conduzca a un enfrentamiento armado entre cubanos, a un derramamiento de sangre hermana? Y esto significaría más sufrimiento y dolor para un pueblo que ya ha sufrido demasiado. ¿Alguien que de veras quiera a Cuba podría desear una supuesta victoria a ese costo? Desde hace décadas el pueblo de la Isla vive en condiciones en extremo precarias. Los que nos encontramos fuera tenemos el deber de ser un poco menos arrogantes y mucho más generosos y magnánimos con quienes sobrellevan los rigores de la vida en la Isla. Y no olvidar nunca una realidad tan sencilla como cierta: por muy grande que sea el éxito que hayamos alcanzado en tierra ajena, aquella es nuestra patria y de allí venimos. La inmensa mayoría del pueblo cubano no tiene la culpa del gobierno que sufre. El gobierno cubano, por su parte, debería comprender que “apretando clavijas” solo conseguirá extremar posiciones, sembrar más apatía, desafección y deseos secretos de abandonar la patria e ir a ganarse la vida a cualquier otro lugar del mundo donde. ¿Acaso Cuba se beneficia con la salida de hombres y mujeres que, en principio, estarían llamados a reconstruir algún día el país? ¿Cuántos de quienes vivimos en el extranjero nos habríamos marchado si hubiéramos tenido en nuestra tierra la posibilidad de vivir una vida digna allí donde nacimos? ¿Cuántos de los que desarrollamos un oficio creativo hubiéramos salido a buscar libertad de expresión si hubiéramos podido expresarnos libremente en la patria? No pido respuestas; pido sencillamente que la dirección política del país reflexione un instante sobre esta circunstancia.

En mi opinión, lo primero que el gobierno cubano debería hacer es entablar un diálogo serio, constructivo y real con los movimientos de oposición en Cuba, conocer sus propuestas y motivaciones. E inmediatamente, invitar sumarse a los sectores del exilio cubano que deseen hacerlo y puedan aportar ideas e inversiones en el país. Habría que legislar y cambiar leyes, habría que abrir un debate entre cubanos para empezar a cambiar el país. No hablo de un “debate de ideas” ni de encuentros amables con la “comunidad cubana en el exterior”, como los celebrados a finales de la década del 70 del pasado siglo y que solo sirvieron para que unos mostraran su “amor a la patria” y otros lavaran su imagen, mientras trataban de “poner puertas al campo” y limitar las libertades y derechos de la gente.

Hay que hablar con quien opina de modo diferente sobre lo que ha ocurrido y ocurre en Cuba, con quien tenga algo nuevo que decir, aunque no coincida con el pensamiento imperante en la Isla. Hablar con todo aquel que, en un diálogo respetuoso y bien intencionado, pueda y desee aportar soluciones a los problemas que padece el país. Se necesita un coloquio honrado que hable más del presente y del futuro de Cuba que de sillas desde las cuales ejercer el poder; un diálogo cuyo único objetivo sea la reconstrucción del país con las manos, la inteligencia y los recursos de todos los cubanos. De todos, insisto. Los cubanos que gobiernan actualmente, los que aspiran a gobernar y luchan por ello en la Isla y, por supuesto, aquellos otros que, aspiren o no a hacerlo, tienen su residencia en otras tierras. La tierra cubana necesita de los conocimientos de todos sus hijos, de las experiencias adquiridas por todos aquellos que han desarrollado exitosamente sus potencialidades en otros países.

En síntesis, mi propuesta es renunciar a los actuales monopolios de control de la economía para poder levantarla con la ayuda de todos los hijos de Cuba que deseen participar en el empeño, y luego sentarse a hablar de asambleas constituyentes, elecciones libres y de todo lo demás que entrañaría la reordenación y reconstrucción del país. Por supuesto que, al mismo tiempo, habría que liberar a los presos políticos y abrir la sociedad a la libertad de expresión y reunión en todo el territorio nacional. Y en este punto vuelvo a preguntar: ¿se trata de un sueño, de una utopía irrealizable? Yo diría más bien que es algo tan concreto como una vía de salvación para el país. Es hora de aparcar las diferencias, las ambiciones personales, las ansias de venganza y cualquier otro sentimiento que no esté relacionado con el renacimiento de la nación cubana.

En uno de sus discursos pronunciados en Tampa, durante la campaña de organización de la guerra por la independencia de Cuba, José Martí comenzó su alocución con unas palabras que hoy me permito repetir hoy aquí: “Para Cuba que sufre, la primera palabra”. Pues, en mi opinión, quienes en estos momentos tienen el deber de pronunciar la primera palabra para la reconstrucción de la Isla son aquellos que la gobiernan actualmente. Esas palabras serían pocas y sencillas; pero podrían entrañar el inicio del cambio real en el país: “Cubanos todos, vamos a hablar”.

Sé muy bien que este artículo puede ser objeto de críticas en ambas orillas del Estrecho de la Florida; que tal vez peque, en realidad, de idealista. Sé también que, además de críticas, podría provocar fuertes palabras de rechazo a las ideas planteadas aquí. Sea. Cada cual tiene derecho a las suyas; y estas son las mías. Si alguien conoce algún camino mejor hacia un cambio pacífico en Cuba, siempre podrá expresarlo en este sitio. Empleo la palabra “pacífico” porque otro no entra en mi manera de ver la transición en mi país. Quienes hablan de guerra, venganzas y enfrentamientos fratricidas, tal vez hayan perdido el arraigo con la tierra que los vio nacer, algo perfectamente comprensible; o tal vez piensen que la mejor ayuda puede llegar con las bombas amigas y no tengan a nadie por quien llorar entre ese pueblo que tanto ha sufrido ya. Sea, repito. Cada cual tiene su manera de apreciar las cosas y de ver los toros desde la barrera. Cuestión de conciencia.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012), Annika desnuda (2015), Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2016), A las puertas de Europa(2018) y El pianista y la noche (2019). La editorial Ilíada Ediciones acaba de publicar su novela La tentación y la fe (2021).