Antonio Espinosa es un artista peculiar en el panorama de la plástica cubana contemporánea. Peculiar por su paso sigiloso, que prefiere no llamar demasiado la atención; peculiar por su largo cosmopolitismo y su libre rumbo temático, por esquivar los caminos trillados, por combinar una mano maestra con una conciencia despierta al continuo aprendizaje y porque, cuando revisa su personal experiencia, al cabo de mucho mundo y de tanta faena y de indagar sin tregua durante toda su vida, como artista y como persona, no se siente dueño de ninguna verdad absoluta.
Puede ir desde representar en blanco y negro con el rigor de un orfebre en plata hasta sorprender con vivos colores en un rejuego visual sobre Mondrian, y pasar de la fotografía urbana a la cerámica de sorpresiva ilustración historiográfica, en busca siempre de nuevos territorios, pero también con una secreta y perenne obsesión por penetrar en el tiempo o, más exactamente, por puntualizar la fugacidad en medio de la duración.
Si una de sus exposiciones se llamó La Historia es larga, la vida es corta, los títulos de otras hablan por sí solos de algunas de las álgidas cuestiones que le ocupan en su taller mental, como aquel Tríptico soñado (Isla, País, Nación), su homenaje De volver al tiempo o su Conquista de lo inútil.
Nacido en 1974 en Manzanillo y graduado del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana en 1997, Luis Antonio Espinosa Fruto ha llevado su obra a muchas ciudades y rincones del mundo, y ha pasado incontables temporadas en el extranjero, sin dejar de residir en Cuba, no obstante, pues vive y tiene su estudio en la capital.
Aunque no se desgasta en elucubraciones bizantinas, es pródigo en la conversación y, más allá de que prefiera obrar a teorizar, tampoco es de los que nos dejan con dudas cuando le interrogamos, porque él pareciera haberse cuestionado ya lo mismo y haberse respondido, sí, con la lucidez de las ideas que mutan constantemente sin desasirse de la tierra, pero sobre todo con la contestación creativa, que nos abre siempre nuevas preguntas. Así que es mejor escuchar al propio Antonio Espinosa, que habla como si dibujara meticulosamente.
Es interesante cómo manejas el virtuosismo técnico, impregnado de simbolismo sutil, y además exploras medios y formas muy alejadas sin perder la coherencia. ¿Piensas que tu paisajismo podría verse como una especie de ‘crónica visual de país’, por decirlo atropelladamente?
Después de llegar a La Habana en 1988 para estudiar en la Escuela Nacional de Arte (ENA), aunque mi especialidad era el grabado, me empecé a interesar en muchas cosas. En ese nivel es un poco difícil que el alumno defina una línea de trabajo o algo así. Yo hacía muchas cosas distintas. Me gustaba mucho el diseño, por ejemplo. El tutor de mi tesis de grado fue Fernando Gómez, un pintor muy bueno en la época que luego terminó viviendo en Brasil. Su obra me interesaba bastante, decidió ser mi tutor y lo hizo muy decentemente. Ya entonces a mí me atraía el tema del paisaje y Fernando Gómez me comentó un día que él era amigo de Tomás Sánchez. Fue la primera persona que me habló de cerca sobre la obra suya.
Ya a finales del 88 yo había visitado la muestra Nuevas adquisiciones en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde se exponía Relación, la pieza que Tomás Sánchez había donado a la institución, que me gustó mucho y que fue mi primer encuentro con su obra. Como eran buenos amigos, Fernando frecuentaba su casa en Campo Florido y lo había visto pintar. “Tomás trabaja con una esponja”, me dijo, “dando muchos planos y, a partir de ahí, con un pincel, empieza a organizar todo”. Así, Fernando me dio algunas pistas de cómo Tomás Sánchez resolvía metodológicamente la visualidad de sus paisajes y yo me quedé con aquello en la cabeza. La verdad es que yo había empezado a pintar paisajes según lo que escuchaba de cómo Tomás pintaba sus paisajes incluso desde antes de haberlos visto físicamente. Esa relación con su obra ha sido una constante en mis paisajes rurales.
Al final, lo que me gusta es mostrar el paisaje pensado antes que el paisaje transitado. Pintarlo en blanco y negro, fue una consecuencia de mi formación como grabador. Yo quería diferenciar mi trabajo de lo que veía en los soportales de la Plaza de la Catedral y de lo que había sido el género en Cuba, desde los paisajistas del río Hudson, que vinieron a trabajar a este país, hasta Domingo Ramos, el propio Tomás, la escuela paisajista pinareña, la de Trinidad. Ingenuamente, hacer el paisaje en blanco y negro me dejaba sentir cierto distanciamiento de todo aquello, en un sentido visual, pero luego también me ayudó en pasos importantes, como introducir algunos contenidos en la misma obra.
Siempre trabajé de manera muy abierta. Asimilaba las imágenes que veía en cualquier lugar. Cualquier cosa me servía: lo que encontraba en una revista, una fotografía que yo mismo tomaba o alguna que me diera un amigo. Era a fines de los ochenta o principios de los noventa y lo que yo hacía era reconfigurar todas esas imágenes que tenía, traducirlas en aquel paisaje que a mí me gustaba pensar y visualizar.
Respondiendo directamente a la pregunta, no veo mi paisajismo propiamente como una crónica visual del país, aunque sin lugar a dudas toda la geografía cubana, cualquier punto donde yo haya tomado una foto y cualquier imagen que me haya sugerido algo, todo eso está implícito en mi trabajo y es algo de lo que nunca voy a poder desprenderme. Siempre me gustó insistir sobre la idea de ese paisaje pensado, de esa proposición, de esa imagen que tú puedes dar como reconocible, aunque no la hayas visto nunca, aunque no la hayas transitado. Además, el acto de pintar en blanco y negro me ayudaba a sincronizar toda esa disparidad de imágenes, tan múltiples y con orígenes tan diversos.
A veces yo estaba trabajando en un paisaje que partía de una pequeña manipulación de una obra de Tomás Sánchez, quitando un cielo o suprimiendo simplemente ese personaje que él situaba allí por su introspección en la naturaleza a través del yoga, cosa de la que yo estoy por completo alejado. Mi relación con el paisaje viene por un enfoque muy visual, por algo en especial que me interesó a mí profundamente. Como manzanillero, tengo ese vínculo natural con el paisaje, tanto el marino como el rural.
Para redondear, debo añadir que pintar en blanco y negro me ayudaba —además de sincronizar esas imágenes tan diversas— a darle un tono atemporal al paisaje. Podía utilizar una nube de atardecer, amanecer o mediodía. Como vemos en colores, si tenemos amarillo y rojo pensamos en un atardecer, y con ciertos naranjas y azules pensamos en un amanecer. Pero a mí solamente me interesaba la forma como parte de determinada composición, y entonces el blanco y negro le quitaba toda la subjetividad del color, que te manda a una hora específica. La metodología de trabajo resultaba uno de los aspectos más importantes a la hora de enfrentarse a mi paisaje como resultado, al relacionarte tú con la obra directamente.
En este punto, ¿cuáles serían tus técnicas, materiales y géneros (o mezclas de ellos) preferidos? O sea, lo que de verdad de verdad de verdad te gusta hacer más que otras cosas.
Como buen artista que se formó entre los ochenta y los noventa, a mí debo confesarte que sí me gustan las técnicas puras, como la pintura, o los géneros puros, cuando me acerco al arte en sentido general. En realidad, basándome en la experiencia, a mí siempre me gusta mirar más de lo que uno dice, lo que está ahí, lo que ha quedado y lo que la historia realmente te puede contar. A mí en particular lo que me enciende son las cosas muy creativas, lo que me haga, como decía un amigo mío, cosquillas en el cerebro.
Estudié grabado porque me gustaba su alquimia, poder trabajar con madera, linóleo, colografía, metal. Al final, la pintura me ganó porque prefiero estar solo en un momento determinado y no me gustó la energía de los talleres de grabado, entre tanta gente, depender de la misma prensa. Pero no soy un artista solitario. Me gustan las colaboraciones, trabajar con mis amigos, contarnos ideas, anécdotas, y no creo en el artista demiurgo que va al taller y ahí sale la obra maestra. Me gusta el intercambio, dar y recibir con la gente que selecciono en la vida.
En cuanto a la técnica, me gusta todo. Disfruto de una instalación igual que de una buena pintura, un grabado o un dibujo, cuando me resultan interesantes. Comencé pintando al óleo, pero la trementina me producía falta de aire y tuve que cambiar al acrílico, y realmente me resultó bastante orgánico porque siempre me entendí mejor con la tempera que con la acuarela. Como hice mis primeros paisajes a tempera sobre cartulina, cambiar después al acrílico me fue muy fácil técnicamente.
Dibujar con grafito siempre me gustó y otras cosas no tanto, pero básicamente estoy muy abierto. Para oxigenar mi trabajo, trato de integrarle algo que me gusta en un artista. Cuando leí Vision and revisions de Mark Tansey, me interesó cómo hacía sus proyectos. Igual me pasó con libros como Vitamin P o Painting today. Me atrae mucho la obra en papel, lo que recoge la primera idea, este papelito donde tú apuntas algo.
Recientemente vi una muestra espectacular, Secretos de Os Gemeos, en la Pinacoteca del Estado de São Paulo, pero, más que las obras, disfruté la puesta en escena, todo el trabajo inicial para generar a esos personajes, las situaciones provocadas a través de fotografías de revistas de los años ochenta, y ese culto al hip hop y al break dance. Lo mismo cuando vi una gran exposición de Cy Twombly en París. Genial toda esa parte medio caligráfica que caracteriza su obra en general.
Para concretarte la idea, soy abierto a las técnicas y me gusta mucho experimentar. Por eso ves que empecé a usar la fotografía desde 2013, luego de muchos años desarrollando el acrílico sobre tela. O esas pinturas sobre porcelana. Cuando yo estudiaba, la profesora Lupe Álvarez nos decía que el material debía ponerse en función de la idea. Claro, hay cosas que me gusta hacer más en dibujo y otras más en collage. Está lo que nace como fotografía y lo que nace como acrílico sobre tela.
Me gustaría que hablaras de tus métodos rutinarios de trabajo, tus rituales, tus manías, tus preferencias de horario y lugar, los sitios dentro o fuera de Cuba donde te has sentido más a gusto trabajando.
La música forma parte importante de mi trabajo, incluso de mi vida, desde niño, aunque a veces escucho noticias o audiolibros cuando estoy trabajando. No tengo días en especial. Un profesor afirmó una vez que el tiempo libre no existe y a mí me gustó esa idea. Yo no tengo tiempo libre, sino tiempo para todo, para leer un libro, pensar, ir a la playa, conversar con un amigo, cenar con mi novia, pero tiempo libre no. No salgo mucho a la calle. Me concentro en mi producción, aquí en mi casa, en mi taller, en La Habana y en cualquier otro lugar en donde esté.
Aunque lo primero que hago por la mañana es ir al taller, no tengo establecida una rutina específica. Para mí no existen el lunes ni el domingo, me da igual. Me gusta la idea del descanso activo. A veces dejo de hacer conscientemente una cosa para hacer otra que de alguna manera me cambia la actividad, pero nunca estoy sin hacer nada. Me disgusta perder el tiempo en tonterías.
Trabajé mucho en São Paulo entre 2001 y 2013, pasando temporadas intermitentes de cinco o seis meses al año, pero quise experimentar fuera del paisaje y eso, unido a otros motivos, dio al traste con esa etapa tan importante para mí. También he pasado tiempo en Madrid y en Suiza, donde me ha gustado mucho trabajar. En Ginebra pinté toda una serie de acuarelas, El peso de la sangre, y también Renuncia y ambigüedad.
Además, estar allí y ver grandes exposiciones ayuda mucho a que tu visualidad se entrene apreciando tipos de curaduría, criterios para la selección de obras. Ver una muestra de Jeff Koons en el Whitney Museum de Nueva York, de Jaume Plensa en Madrid, de Magritte en París, asistir a la feria de Arco, a la Art Basel en Miami Beach, te ayuda a recibir ese espíritu en esos lugares y entonces tú puedes adaptarlo a tu trabajo, porque eso influye mucho. Como mismo el músico tiene que oír música y el actor tiene que ir al teatro, pues nosotros tenemos que salir a buscar y ver arte.
Háblame de cómo ves actualmente dentro de ti mismo y de tu obra a aquel niño que acaso se hundía en sus dibujos como en otra realidad.
Cuando miro mis fotos de pequeñito, siempre salgo con una guitarra, pero, a los nueve años, los amigos con los que jugaba el fin de semana se apuntaron a un círculo de interés en la galería de arte universal de Manzanillo. El próximo sábado, ya me había apuntado también, porque me había quedado sin gente para jugar, y así empezó esta historia. En sexto grado, entré en el círculo de interés oficial de la escuela de artes Carlos Enríquez, donde después estudié de séptimo a noveno mi nivel elemental. En 2014, después de once años sin ir allá, hice una especie de homenaje a esa memoria en esa misma galería en la que empecé, se llamó Antonio Espinosa, De volver al tiempo.
Reinaldo Arenas dijo en Antes que anochezca que él no extrañaba tanto La Habana como a la persona que él había sido en La Habana y que nunca más había logrado ser en otro país. A mí me pasa igual. Cuando me viene Manzanillo a la cabeza, lo que me viene es el mar por mi relación con él desde niño. Yo vivía en una loma y recuerdo que, cuando salía a jugar a la acera de mi casa, siempre veía el Golfo de Guacanayabo. Como decía Kundera, el crepúsculo lo baña todo con la magia de la nostalgia. Entonces, la magia de la nostalgia para mí viene dada por esa lejanía en el tiempo.
Me gustaría que me comentaras sobre tus propias ideas como creador a la hora de jugar con referencias a la obra de Federico Mialhe, Luis Martínez Pedro o Piet Mondrian.
Creo mucho en la casualidad y en lo causal, en las influencias y en el accidente. Me gusta decir que, en el mundo del arte, de la visualidad, no estoy muy interesado por crear algo nuevo. Me gusta revisar la historia del arte, hacer comentarios, que mi trabajo tenga referencias palpables, que haya una interacción, y las producciones de otros artistas vayan haciendo parte de un todo. Puede ser algo tan simple como una sugerencia en el título, como las Aguas territoriales, aunque la obra de Martínez Pedro y la mía no tengan nada que ver. Yo venía de hacer esta serie de marinas, que representaban el cielo y el mar y toda una atmósfera mínimal de contemplación, y, cuando decidí enfocarme en un cambio de visualidad a través del cambio de técnica, para concentrarme solo en el mar, pues ese cambio lo visualicé como una serie de aguas territoriales.
En 2013, fui testigo en São Paulo de las protestas de los médicos brasileros por la llegada de los médicos cubanos. Iba para casa de un amigo y vi que todos los negocios estaban cerrando porque, detrás de las manifestaciones, siempre viene el vandalismo. Atestigüé el clima violento y nocivo que culminó con las protestas en el Palacio de Planalto, en Brasilia. Lo más impresionante fue la violencia en las calles, muy incómoda de asumir, porque ocurrieron cosas atroces. Entonces hice una serie, Estudio para un jardín paulista, que tiene a Mondrian como motivación, una de las obras más light que he hecho en mi vida. Como legado de haber estudiado a fines de los ochenta y los noventa en Cuba, también busco, en las cosas más simples, algún subterfugio o un pliegue para que la obra diga algo que, en un momento determinado, aquí en Cuba básicamente, pueda eludir la censura. En este caso, simplemente quería generar paz, belleza al ciento por ciento; quería generar sosiego en aquel clima tan pesado.
Soy admirador de Erik Bulatov, un artista soviético o ruso que tiene una obra maravillosa, Revolución- Perestroika, un cuadro con las imágenes de Lenin y de Gorbachov, que motivó mi instalación llamada Conquista de lo inútil. En ella, hice una traspolación a dos grandes momentos del proceso acontecido después del 59, en los que, según mi lectura, este país pudo haber tomado un camino y, gracias a la decisión de Fidel y el momento, tomó otro: cuando proclamó el carácter socialista de la revolución y cuando declaró la rectificación de errores y tendencias negativas.
En el caso de Mialhe, me gustó el título del libro (La isla de Cuba pintoresca). Me interesaba la idea del paisaje citadino, pero tratando La Habana de una manera diferente o con otra visión. Ya tenemos la obra de Carlos Garaicoa o de Luis Enrique Camejo y muchos otros artistas. En realidad, esto nació de la lectura de un libro de Leonardo Padura, donde el personaje de Conde camina del Parque Central hacia arriba, adentrándose en Centro Habana, y empieza a reflexionar sobre el nombre de las calles.
Sería bueno saber acerca de los artistas (o creadores de cualquier tipo) que consideras que han tenido alguna influencia en tu obra. Incluso lecturas que te hayan ayudado en tu camino y tu maduración.
Cuando leí en la ENA La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera, entendí que, como cualquier persona, yo tenía el derecho a equivocarme. La vida no es una obra de teatro donde hay un ensayo. Vives a la primera. Está la conferencia de José Bedia cuando regresó de la exposición Los mágicos de la tierra. Asistir a alguna crítica de Flavio Garciandía, cuando todavía no se había ido. Mis influencias vienen por cualquier lado.
Me gusta mucho la música, toda la música. Quizás la música campesina no y, salvo algunas excepciones, no sé apreciar la música clásica, pero cualquier música que me provoca alguna emoción me interesa, lo mismo un concierto de Chris Botti que un tema de Jacob Forever. Tengo obras que han salido por algo que escuché que me sugirió una metáfora o una imagen. Soy un gran admirador de la obra de Leonardo Padura. En algún momento leí libros de Moreno Fraginals. Últimamente me han impactado Homo Deus y Sapiens, de Yuval Noah Harari. Sapiens me sacudió mucho el árbol y de su lectura surgió Intersubjetivo, una muestra censurada en la galería habanera Villa Manuela.
A finales del 94 o ya en el 95, René Francisco, artista y profesor, estaba viendo obras de estudiantes y llegó a donde yo estaba. Como mi obra tenía mucha influencia de Tomás Sánchez, me dijo: “Son muy lindos tus paisajes, pero pienso que es difícil generar una obra a partir de Tomás Sánchez, que es un artista muy fuerte, muy establecido en el mercado. Yo creo que podrías buscar otras maneras, otra cosa para hacer». Él, que venía del arte de los ochenta, de acercar el arte a la praxis vital, me movió el piso y, a partir de su señalamiento, me interesé por desplazar el paisaje hacia otras zonas. Después de pensar y perderme un poco, encontré el tema de la serie Paisajes ideológicos cubanos, que fue cuando intenté darle otra mirada al paisaje, más allá de la simple pintura, de la mimesis. Desde entonces viene mi interés por lo político, que a veces sale más, a veces sale menos.
A pesar de que he desarrollado una larga obra de paisajes, mis favoritos en el arte internacional siempre fueron creadores como On Kawara, Joseph Kosuth, Jeff Koons (uno de mis preferidos), Demian Hirst, Vik Muniz, Ai Weiwei, Edward Ruscha, Edward Hooper, Andrew Wyeth. También me gusta apreciar la obra de diseñadores gráficos como Ingo Maurer y arquitectos como Zaha Hadid, Norman Foster, Frank Lloyd Wright o Frank Gehry.
¿Y cuáles serían los maestros y condiscípulos que más recuerdas o que mayor importancia tuvieron en tus años de formación?
Fueron muy importantes, en la ENA, los profesores Juan Guillermo Garcés (que me enseñó dibujo en el primer año), Orlando de la Osa y Francisco Sánchez, más conocido como Guanabacoa, que actualmente vive en República Dominicana y sigue siendo mi amigo. Y Agustín Rolando Rojas, un grabador muy interesante, técnicamente espectacular, que me enseñó a traducir sobre la plancha de metal los paisajes que yo pintaba, cómo hacer grabado con eso. Hubo otros profesores muy buenos en la ENA, como Raimundo Orozco o Jaqueline Maggi.
En el ISA, mi primer profesor fue Pablo Borges, un tipo con una técnica increíble, muy fácil de estar con él, una gran persona. Fui también alumno de Sandra Ramos en una época. Resultó bastante determinante mi relación con Agustín Rolando Rojas, que no fue directamente mi profesor, pero que me enseñó aspectos muy importantes del grabado. Ulises Ameijeiras me dio clases, fue una amistad que trascendió y me dio pistas para la persona que soy hoy. Ya te mencioné a Lupe Álvarez. Eduardo Álbert Santos era profesor de filosofía y siempre tuvo un interés marcado en que sus clases fueran más allá de la materia que enseñaba. Se preocupaba por la obra y por el pensamiento de sus estudiantes.
Por otra parte, coincidí con artistas como Lazarito García, Carlos Luna, Eduardo Lozano, Belkis Ayón, Juan Carlos Rivero-Cintra, Frank Martínez, José Ángel Vincench o Douglas Pérez, que escribió el primer texto sobre mi obra. Por ahí andaban también Ibrahím Miranda —aunque ya estaba graduado— y Abel Barroso, dos años mayor que yo. Siempre me interesó mucho la obra de Los Carpinteros, de Carlos Garaicoa, de Ivan y Yoan Capote o Fernandito Rodríguez.
Y está Enrique Báster, con quien me une lo que llamaría una amistad-hermandad. Compartimos un apartamento en La Habana en una época y hemos gastado muchas horas hablando de arte. También debo mencionar a Armando Busquet y a Saidel Brito, que durante un tiempo fue mi amigo más cercano.
Se habla mucho de la crisis del arte contemporáneo y hasta de la crisis del concepto mismo de arte. En un mundo con tantos obstáculos y tantas posibilidades abiertas para la relación creador/público, ¿cómo te imaginas el futuro inmediato del artista latinoamericano?
Esta es una pregunta que no me resulta muy cómoda de responder, porque temo no estar a la altura de la respuesta que quizás se pueda esperar. Hago a veces razonamientos muy simples y, honestamente, no profundizo mucho en ese tipo de cuestionamientos, que me parecen muy generales y abarcadores. Me gusta una cosa que dijo Steve Jobs, que solamente podemos conectar los puntos hacia el pasado, no hacia el futuro.
Insisto en la idea de que mientras más atrás podemos ver en el tiempo, más hacia adelante podemos intentar dilucidar el futuro. Me apasiona más lo que dicen los científicos que lo que dicen los políticos. La historia y la vida demuestran la capacidad de reinventar las cosas a pesar de los pesares. Las discusiones sobre la crisis del arte contemporáneo y la muerte de la pintura (la han matado doscientas veces), me parecen, si no banales, por lo menos sin mucho interés.
La gente sigue pintando. Mientras nos seguimos adentrando en el siglo XXI, el arte se sigue llamando contemporáneo. En cincuenta años, lo que se produjo a fines del siglo pasado se verá ya como algo completamente institucionalizado. Cuando a todas las personas nos borren la posibilidad de expresarnos como artistas e inhiban cualquier cosa que pueda considerarse arte o cultura, entonces ya veremos. Mientras tanto, como no hay ninguna evidencia que apunte hacia eso, yo no le dedico mucho tiempo a si el arte se va a morir o no y me apego a disfrutar el momento, disfrutar las exposiciones que hay, lo que me sensibiliza.
No soy de andar criticando a los artistas. Hay cosas que hacen mi gusto, hay cosas que no. Desde esa perspectiva, me apego mucho a la realidad. Cuando veo que se ponen en mucho drama y a querer dilucidar lo que va a pasar de aquí a veinte años, ya me empiezo a aburrir. No es solo porque yo sea artista. Tenemos un tiempo finito y la gente tiene muy mala memoria. Sobre todo, muchos artistas emiten criterios sobre otros artistas sin ver lo que están haciendo ellos mismos.
Con respecto al arte latinoamericano, a mí lo mismo me puede interesar tanto un artista asiático como uno brasileño. Si naciste en Latinoamérica, eres artista latinoamericano, pero puede ser que lo que haces me atraiga poco o nada. A mí me interesa mucho, por ejemplo, la obra de Los Carpinteros, de Flavio Garciandía, de Bedia. Y el gusto se desplaza. Vas creciendo y tus intereses se mueven hacia la zona que quieres privilegiar.
A veces, me enorgullece ver a artistas latinoamericanos en grandes galerías, pero otros no me dicen nada. He disfrutado muchas obras de Federico Herrero en algún momento, pero, cuando participó en la Bienal de Venecia, pues no. Algunos trabajos de Regina José Galindo me gustan, otras no.
¿Afirmarías que las artes plásticas gozan de mejor salud en la Cuba actual que otras artes?
Para mí es igual de tonto ufanarme de ser cubano como arrepentirme, porque sencillamente nací en Cuba. Sobre las artes plásticas aquí… La verdad es que paso bastante tiempo fuera de Cuba y, cuando vengo, no formo parte del medio. Eso ha tenido un precio para mí. De hecho, en Cuba solamente tengo una exposición personal, en Villa Manuela, en 2013. Ya la segunda me la censuró Virginia Alberdi, que ejerció el poder que tenía como directora recién nombrada para proponerme lo que yo no quería y de esa manera lograr que la muestra no se expusiera en la galería.
Incluso mucha gente piensa que vivo fuera del país. Nunca me he currado formar parte del medio, que me conozcan los curadores, más allá de las relaciones que he establecido de forma orgánica. Eso lleva un poco de lobby y hay cosas que no se me dan bien, pero, bueno, eso es lo que hay.
No soy un gran conocedor de lo que está pasando aquí, más allá de las conversaciones con mis amigos cuando estoy aquí y de lo que voy viendo por internet. Sé que hay muchos artistas a los que les va muy bien, con una obra colosal, que se han asentado fuera de Cuba. Los Carpinteros, antes de separarse, vivieron mucho tiempo en España. Dagoberto Rodríguez ahora sigue la visualidad y el espíritu de Los Carpinteros. Marco Castillo se ha reinventado de una manera increíble y la obra que está haciendo sobre el diseño cubano de los sesenta me fascina.
Por otro lado, están los artistas del Hudson River, en West New York, New Jersey, como Geandy Pavón, William Pérez, Javier Casó y otros. O Kike Silvestre, en São Paulo. Mi amigo Ernesto Ferriol está en Japón haciendo unas acuarelas maravillosas. Pero otros prefieren estar aquí, como Wilfredo Prieto. La gente se va buscando la vida y cada cual encuentra su espacio donde mejor le parece.
Ha habido momentos en Cuba que se han privilegiado más las artes plásticas siempre de acuerdo con una influencia externa, porque el país cambia y empeora, pero coherente nunca ha sido en sesenta años. Y sin embargo se sigue produciendo arte y el ISA sigue graduando artistas, que van teniendo una perspectiva diferente, y eso quizás les da la oportunidad de llegar a otros resultados, quizás porque tienen más pistas a la hora de acceder al coleccionismo, a diferentes becas…
Pienso que todo responde a momentos específicos, pero hay un arte cubano muy interesante que se hace aquí y otro arte muy interesante que se hace fuera, porque cada uno encuentra el lugar donde produce su obra de mejor manera. Eso se puede ver bien durante la Bienal de La Habana, con artistas que llevan muchos años residiendo fuera de Cuba y vienen y exponen aquí, ya sea en un taller que alquilan o en el propio, o porque son invitados.
¿Cómo te percibes a ti mismo en el contexto de tu generación, la de los noventa, que tan variados cauces ha tomado durante más de veinte años?
Sobre todo, me veo como el resultado de mis errores y mis aciertos. No me interesa vivir la vida de otra persona, ni reprocharme lo que no he podido tener. Mi generación es el resultado de determinados procesos y contextos históricos que establecen reglas, a veces muy directas, a veces invisibles, pero están ahí, y eso genera un caldo de cultivo del que salen chispas hacia todos lados. En los ochenta había pasado algo muy importante, que desencadenó un diálogo del arte con lo social.
Y, bueno, también está que nací en un pueblo de provincia, como muchos otros artistas. Saber aceptar mi vida, tanto personal como artística, a mí me ayuda mucho y me siento en paz con eso. Cuando uno pasa de los cuarenta, o quizás antes, ve las cosas desde una perspectiva diferente. Un gran hito en tu vida es cuando aprendes a decir que no sin ningún tipo de remordimiento.
Hace mucho tiempo decidí que iba a realizar la obra que a mí se me ocurriera. Miro con horror a la gente que me quiere ver solo como el paisajista en blanco y negro. Es verdad que he hecho muchos paisajes así, pero he hecho mucho más. Uno no es la misma persona todos los días, y lo digo en el sentido del crecimiento. La palabra depresión no está en mi vocabulario. Decidí dedicarme a pintar paisajes en una época en que sencillamente no se vendían, o por lo menos no los estudiantes.
Hoy es otra época y ahora me atrevo con otras cosas, hago otros intentos, voy hacia zonas que incluso pueden resultar conflictivas para mi carrera, pero lo hago con mucho cariño y sobre todo con la convicción de que eso es lo que me interesa. A nivel de resultados, son muchas las variantes, son muchos los factores que confluyen para que un artista sea reconocido. Yo trato de producir mi obra, citando a Silvio, a tiempo y sonriente. Trato de hacer mi trabajo concienzudamente, con la mayor profesionalidad que pueda, y trato de ubicarlo donde yo pueda acceder. Hay cosas que no me permito porque no van con mis intereses, con quien yo soy, pero no critico a quien llegue a un determinado lugar.
A veces a los artistas no les gusta mucho hablar de sus planes y sus perspectivas. ¿Eres un creador consciente del recorrido que vas haciendo y de tus próximos pasos o prefieres dejarte llevar por el instinto o eso que llaman inspiración?
Alguien dijo alguna vez que la vida es lo que te sorprende cuando estás enfrascado en otra cosa. Soy bastante consciente de lo que hago en el momento en que lo estoy haciendo, aunque soy muy malo trazando estrategias como las del ajedrez, pero también soy muy desprejuiciado. Puedo estar haciendo una marina y luego me interesa el tema de la ciudad, o los dibujos de la palabra revolución, como intentando escenificar algunos estados de ánimo o patologías, como el vértigo, la depresión.
Últimamente me he demorado en exponer porque quiero que cada muestra tenga una idea, un sentido específico, más allá del objeto edulcorado. Que las exposiciones sean variadas, con un hilo conductor y con contenidos que la gente pueda leer. Para eso, tengo que contar con muchas otras cosas, producir obras en otros lugares, con asistentes, e incluso muchos proyectos que voy posponiendo y al final otro artista hace algo similar y me decepciono. Es complicada la madeja que conforma la creación.
¿Cómo fue el proceso que te llevó a tomar la historia, o algunos de sus aspectos, como objeto de tu indagación artística?
Soy un apasionado de las noticias y de la historia. Mi padre, ya fallecido, no estudió prácticamente porque tuvo que trabajar desde muy pequeño, y mi madre solo estudió hasta el noveno grado. De ellos no obtuve una educación intelectual, pero sí una educación moral, que me ha ayudado mucho. Pero recuerdo mucho a mi abuelo materno, Antonio Frutos, de quien llevo el nombre, que era albañil y tenía una gran biblioteca. Trabajaba desde muy temprano en la mañana hasta las dos de la tarde, luego se bañaba, cogía un tabaco y se ponía a leer desde las tres y media hasta las siete de la noche, cuando comía y se acostaba a dormir. Sobre los once años empecé a interesarme en la lectura ya de forma más consciente.
Siempre me gustaron la historia y la política, en un plano personal, entre amigos, y eso hace que quiera conocer a personas que pueden aportarme determinadas lecturas y experiencias. Me gusta ver a artistas cuya obra se relaciona con eso, como Hans Haacke, que fue un artista que me atrajo mucho. Conocí a Patricio de la Guardia, que me aporta una visión de su historia, de su familia, hasta lo que ocurrió en el año 89. También soy muy amigo de Juan Juan Almeida. Su casa en Miami es mi dirección cuando voy a Estados Unidos y conversamos mucho sobre historia y política.
La historia forma parte de mi trabajo y yo decido destacar más una determinada cosa, ya sea a través de un guiño con un título, o con una serie que quiere escenificar un determinado segmento dentro de tu trabajo. Es algo que siempre ha estado ahí, pero que desde 2010 ó 2011 para acá ha estado emergiendo cada vez más en mi trabajo.
Se te ha considerado un artista ‘ni político ni politizado’, pero es casi imposible escapar del lastre de la política cuando se toca la historia en Cuba, incluso solo viviendo realidad actual. Cuando dices que “la Historia es larga, la vida es corta”, haces alusión al arte (por la famosa cita de Hipócrates), pero ¿cómo describirías el arte si lo añadieras a esa ecuación? O sea, ¿qué significa para ti el arte en comparación con la historia y en el marco de la vida personal?
La política, como la economía, hacen parte muy importante de un todo, y eso es una realidad que cualquier persona tiene que enfrentar. Esa exposición, La Historia es larga, la vida es corta, no tiene el título por Hipócrates, sino por la canción Puente de Ricardo Arjona, de quien no soy fan, pero de ahí tomé la frase, porque me parece una gran verdad, aunque alguna gente pretenda que su corta vida sea lo más larga posible en la historia.
En cuanto a lo que significa para mí el arte en comparación con la historia y el marco de la vida personal… Yo vivo como artista. Así he hecho toda mi vida y es lo que me gusta. Todo lo que forma parte de mi día a día, va a encauzarse en mi trabajo y en mi vida como artista. Nunca he tenido otro trabajo.
¿Y qué opinas de la confrontación más reciente entre algunos artistas y gobierno en Cuba que ha alcanzado tanta repercusión mediática y ha llegado incluso a la detención de algunos de ellos bajo graves acusaciones?
No me gusta polemizar sobre política con nadie, pero voy a ser muy claro contigo. Hay muchas zonas desde la cuales se puede ver este tema. Yo parto de que el mayor y mejor logro que uno puede tener en la vida es ser buena persona. Me gusta pensarme como un humanista, alguien capaz de sentir empatía por los demás y, sobre todo, de respetar la diferencia. Pero respetarla de verdad, no creerme estandarte de democracia y que la gente piense como yo. Si realmente quiero ser honesto conmigo mismo, tengo que respetar los diferentes criterios.
Ante todo, para mí, Cuba es un desastre. Te lo digo así de plano. Es un desastre de consecuencias catastróficas. Lo que hemos vivido, nadie lo merece. Pero, viendo lo que hay, pues me gusta ser práctico, creo que el arte no cambia realidades. No recuerdo la historia de nadie que fue a ver una exposición o una performance, salió a la calle y tumbó un gobierno.
Desde el año 59, hay un proceso desastroso aquí y el gobierno cubano tiene que cambiar, porque no puede perpetuarse lo que tenemos hoy. Es una clara necesidad del pueblo cubano y del arte y de todos los factores que intervienen en la sociedad. Confrontaciones más o menos siempre han existido, y siempre hubo artistas y escritores que se enfrentaron al gobierno. En el caso de los artistas visuales, por un lado, tenemos un gobierno que tiene una incapacidad total a la hora de dialogar con los artistas; hay mucha incapacidad, mucha miopía e intolerancia en todas las instituciones. Quieren medir la realidad cubana de hoy con la misma vara que la realidad cubana del discurso de Fidel Palabras a los intelectuales.
No es la misma sociedad ni son los mismos artistas, porque no tienen los mismos intereses. La vida es joven y los jóvenes de hoy cada vez están más desligados de ese proceso que ellos llaman revolución, pero son parte importante del entramado cultural cubano. Hay que escucharlos, hay que dialogar con ellos y hay que verlos de otra manera.
Por otro lado, tenemos a artistas haciendo su obra dentro o fuera de Cuba, sin compromiso, que van de frente. Eso no quiere decir que algunos no sientan algún apego a este proceso. Hay muchas aristas en esto, que darían para una conversación muy larga. Igual que creo que hay un gobierno incapaz en lo cultural, lo social, lo político y lo económico, te digo también que determinados intereses de los artistas son solo eso, intereses personales. Cuba necesita ser un país democrático, que todo el mundo pueda tener una voz sin ser reprimido. Claro que lo necesita. Eso es algo que tiene que ser natural en una sociedad, solamente las dictaduras no lo permiten.
A mí particularmente me decepciona mucho ver lo que sucede. Estoy convencido de que cualquier cosa que vaya a definir el destino de Cuba, en cualquier dirección, tiene que pasar por la reconciliación. Todo eso de que el carácter socialista de la revolución es irrevocable, eso es de las cosas más estúpidas que pueda haber. Nadie puede imponerle a la juventud o a los que están por nacer que esto tiene que ser así porque yo lo digo de forma perpetua.
Pero al mismo tiempo escucho voces que realmente no tienen nada que decir y no me interesan. Las redes sociales les dan voz a los tontos de los pueblos y no estoy para ciertas maneras de analizar la realidad cubana, incluso de gente que se cree muy inteligente. Quizás yo tengo cierta incapacidad para entenderlos y prefiero no opinar ni tomar ninguna postura, porque ahora cualquiera te ofende y mi carácter no va con eso.
Hay de todo entre los artistas. Yo no tengo problemas con que Wilfredo Prieto quiera lo que quiera y relacione a Cuba con la palabra Libertad, supongo que esa es su realidad. Por otro lado, lo que Alexis Leyva (Kcho) o Luis Manuel Otero Alcántara quieran ser, es un problema personal de ellos, nunca hay acciones sin consecuencias, no importa el cristal de donde se mire. No tengo ningún problema con nada de eso y lamento mucho todo lo que pasa. Veo con interés algunos comentarios de Tania Bruguera y algunas cosas suyas me parecen muy ingenuas también.
Veo con horror el desparpajo con que la casta revolucionaria se mantiene como si esto fuera a ser eterno y sin consecuencias. Al mismo tiempo, repito, yo abogaría por una reunificación, porque somos una sociedad escindida. Cuando dos cubanos se ofenden, para mí quien gana es Fidel, que dividió a las familias de este país. Pero la gente vive en la inmediatez, vive del chisme y de cosas que a mí por lo menos no me interesan. Sin embargo, eso vende y tiene seguidores, como demuestran muchos youtubers.
Es triste lo que sucede, porque todos somos parte del pueblo cubano. Unos andan por el mundo y otros se han quedado aquí, petrificados en el tiempo o cargando con su frustración o con sus alegrías o su éxito. Es todo un entramado. Por eso el título de mi exposición, La Historia es larga, la vida es corta. Los artistas, como todo el mundo, tienen derecho a manifestarse, sobre todo por tanto trabajo como el que se pasa en este país en nombre de algo que muchos creen que no sirve de nada. Hay quien cree que el socialismo sirve de algo. Yo, honestamente, pienso que es el ser humano quien le pone un significado a su vida.
Nos hace falta un entendimiento, ponerte en la piel del otro, pero veo con mucho derrotismo que la gente empiece a entenderse, que comprenda que nada de lo que pasó volverá ya y, principalmente, que lo que viene, que pudiera ser mejor, no sucederá si no nos ponemos de acuerdo, y que hasta que no sepamos separar muchos intereses personales de la realidad cubana no vamos a ir adelante.
Veo con tristeza lo que pasa, pero honestamente trato de tomar la mayor distancia posible. Me gusta decir a veces que no me interesa tener la razón, sino ser feliz, dentro de lo que pueda. Hay quien ve en el silencio una forma de complicidad, pero a mí, honestamente, me da igual lo que piensen.
En mi carrera, he tomado posturas que me provocaron enfrentamientos con las instituciones. Cuando estaba en la escuela, hice una serigrafía que se llamó 47 años: un retrato de Fidel repetido 47 veces cuando la revolución cumplía esos años. Partía de la idea de que, con cada repetición, la imagen pierde algo de su sentido. Pero mi posición está muy alejada de la confrontación, sobre todo con aquellos con los que no me interesa compartir mis ideas ni tenerlos como interlocutores.
