Javier L. Mora

Escritor

Redacción OtroLunes


El cubano no tiene, por desgracia, el gen de Gandhi. Pueblo tan alegre como belicoso por naturaleza, el día que decide oponerse de una vez a un gobierno determinado, no se detiene hasta que ve caer, de cualquier modo, a ese gobierno, para seguir después su sempiterna fiesta tropical.

Salvo el caso de Julián, usado casi siempre a conveniencia en los vaivenes de las políticas de turno de ambas orillas, que quiso hacerle a España una guerra sin odios.

O el caso, por ejemplo, de ese espíritu humilde que fue Oswaldo Payá, pentacandidato al Nobel de la Paz, de honda raíz cristiana, que los cubanos de adentro conocen solo a medias y que fuera investido, tan rápido como se pudo, con el habitual sambenito de “mercenario” y “anexionista” para desacreditarlo. (Pero no se puede hablar de un hombre así en televisión; no es orgullo del Buró Político. Cierra la boca, muchacho: esa gaveta está llena de cucarachas…).

Tal vez por eso tenemos hoy, peligrosamente, al odio como protagonista de los móviles que animan, dentro y fuera, al espíritu de la nación. Porque no hemos dominado nunca el arte difícil de dialogar; porque lo nuestro sigue siendo, a través del odio, anular o empujar al otro por la espalda.

Hablo del odio ideológico, claro está. Hablo del odio con el que nos hemos mirado estas últimas seis décadas, al punto de no reconocernos.

Ese odio que pide a gritos una intervención militar en la isla sin pensar en la inopia de un pueblo al que no podría agregársele, si la que sufre fuese insuficiente, mayor desgracia; ni en el millón de efectivos del ejército cubano que tendrá que morir por ello, pese a todo, cumpliendo su deber: cuidar de la soberanía del país.

Ese odio que hace que tu vecina hermosa, tu vecina de intercambiar conversaciones y risas, sueños y lecturas, evite el consignarte siquiera un mensaje de afectación cuando has sido detenido por motivos políticos.

Ese odio que indica a los cubanos desde lejos, cómodo y protegido bajo una sombrilla de playa en La Florida, modos y formas de hacer guerras urbanas, al costo de un precio en vidas que los incitadores no pagarán si acaso viene a ser ese el camino que, cuando el sordo y ciego gobierno militar que nos preside cierre la última puerta, elegirán algunos para alcanzar una libertad de la que no tendrán derecho a disfrutar después, los instigadores a la violencia, en la nueva República, necesariamente desideologizada.

Ese odio fue el que llenó de chichones la cabeza de Mario, y fue la fuerza de la tonfa que rajó la de Eliécer, dos de mis compañeros de celda, el mismo 11 de julio, aunque no hubiesen tirado piedra alguna a la sede del PCC de Holguín, antes de ser conducidos al centro de detención.

Ese odio que redacta y proclama a la carrera, pasando como una exhalación por sobre facultades propias de la Asamblea Nacional, el oneroso Decreto-Ley n.º 35, con la intención solapada de desarticular proyectos de futuro como Archipiélago, y de llevar al abismo de la ilegalidad a la ciudadanía, cuyo único espacio de intercambio, debate e información, son ahora las redes, porque tienen vetado, desde siempre, cualquier otro.

Ese odio que exige fianzas de valor impresionante, impone multas de cuotas olímpicas y retiene todavía en prisión a los manifestantes del 11-J, solo porque creyeron, ingenuamente, eso que la Fiscalía General de la República susurró días después, y muy cínicamente, frente a las cámaras de la televisión: que la Constitución los amparaba.

Y lo peor de todo, lo más serio, es que ya no está el pobre de Julián, para asirnos en haz de nudo corredizo con el pabellón patrio, como hiciera en su tiempo con el otro Maceo y con Crombet, por una novia enemistados. Porque se trata hoy, como se trató ayer, de que nos obliguemos a pensar, todos juntos, cómo vestir mejor, sin odios ni violencia, a esa novia indefensa, infeliz y en harapos que llamamos Cuba.