(…) una mirando por la ventanilla de un tren
en medio de Wyoming y una está
en cualquier parte y algunas en todas partes y todas…
Fragmento del poema: En celebración de mi útero.
Anne Sexton
Explorar una emoción certera en la obra poética de la norteamericana Anne Sexton puede convertirnos, confieso, en lectores nerviosos y objetivos. Lo primero es apenas evitable; lo segundo crea conexiones aleatorias como una fotografía de la espiral en donde nunca se sabe con certeza quién oprime el obturador y quién termina proyectado. No lo niego. Su poesía de marcado carácter dinamitado fue céntrica dentro del panorama literario de la época y emana con su lenguaje llano, la desobediencia autoral, así como el rechazo por los dogmas y conservatismos sociales u académicas normas del canon poético.
No existen muchos acercamientos válidos, menores o no sobre su obra en general. Presumo que aparte del escaso arsenal de información es esta una autora difícil de traducir por sus neologismos identitarios que supone, recalco, una tarea compleja en cuanto a meticulosidad con el propio idioma anglosajón. Asumo otra razón simultánea. Los movimientos feministas en literatura han estado erróneamente sujetos a juicios nada favorable (salvo en aisladas voces que se imponen por sí mismas y resultan innegables) además de establecer salvoconductos que mutan, diversificándose, en tendencias que manejan un mismo idioma. Siendo así es lógico pensar que se establezcan tonos flexibles y zonas de acierto hacia esa poesía social que incorpora matices necesarios.
De ahí el papel versátil de las antologías, no siempre asertivas, en su ingenio de considerar determinadas estéticas o visiones responsables del conjunto compilado. Puesto que publicar es el fin, son incontables las pretensiones que conllevan a ejercer la crítica literaria, después, hay volúmenes que merecen, en mi humilde opinión, existir. No sé si por suerte o por desgracia se continúa atacando los grupos que rigen determinadas tendencias. Suelo celebrar aún más el gusto por el verso bien estructurado, haciendo caso omiso de análisis que responden a disertaciones academicistas, y las cuales incitan a tomar partido de unos; o a quedar en una posición radical en nombre de otros. ¿A dónde conduce la parcialidad del sabio o en dónde se guardan los volúmenes que integran esa biblioteca extraña llamada Eternidad? Basta averiguar cuáles libros militan en sus filas y cuáles no. De saberlo, ciertamente, hemos de quedar empobrecidos al instante. Aun cuando tengamos acceso a las llaves que nos ofrece el reino, solo podrán entrar allí unos pocos elegidos. El resto quedará con hambre de conocimiento, y en su angustia no lo sabrán ya nunca. Pero en cuanto a obra se refiere no podríamos etiquetar, y menos sin conocimiento de causa, la poesía de Anne Sexton.
Diana Humes apuesta a definirla: Era una anomalía, un pez con alas. Resulta demasiado interesante una observación como esta, en especial viviendo de una de las más comprometidas estudiosas de su obra. Un pez con alas vendría a ser, en resumen, un adefesio que seduce más por su singularidad que por el estereotipo. Nos traduce una belleza indescifrable en códigos, una cierta armonía que separa lo místico de lo meramente existencial.
Si bien la poesía norteamericana del siglo XIX estaba influenciada por grandes nombres como Walt Withman, y Emily Dickinson, poetas románticos que sirvieron de guía a las generaciones predecesoras, no es menos cierto que la obra de escritores modernos, entre ellos el ya prolífico Robert Lowell (con quien la Sexton mantuvo una relación extramarital años después), permanecía al ala de ciertas y determinadas posturas nacionalistas que alcanzarían ecos firmes, hasta que se observan los primeros rasgos de poesía con carácter directo en el cual se humanizan calidad de estilos y percepciones poéticas avanzadas. Es entonces que se avizoran los primeros rasgos de un movimiento llamado “confesional o confesionarios” y en donde ya otros estandartes de la poesía moderna comienzan a visualizarse. Hemos reparado en las costumbres culturales de la época para ambientar, algunas imágenes expuestas, a la proyección psicoliteraria que insistió rondar a Anne en múltiples confesiones, llenando la prosa y el verso de gran riqueza heterosemántica. Desde la primera mitad del siglo XIX las ciudades de Boston y New York se habían convertido en importantes centros literarios, y la selvática obra de Whitman en contraste polisémico, adquiriendo así la etiqueta de patrón autónomo dentro de la literatura norteamericana. También un lenguaje impuro en zonas posteriores a su primera creación, lo convertiría en el gran mentor del arquetipo humano dando al traste con los puritanismos ortodoxos de las pequeñas comunidades de habla inglesa. Además de Hawthorne y Emily Dickinson cuya obra estaba más en correspondencia con el carácter intimista, y otorga cierta sensibilidad al yo poético, haciéndolos acreedores de ser los primeros románticos modernos en una sociedad, provista en esencia, de una afilada gazmoña social.
Ya desde que aparece la poesía visionaria de la Dickinson , Massachusetts era lo que podría llamarse “cuna de la ortodoxia puritana”, y Boston una ciudad demasiado tradicional en donde todo lo que atentaba contra ciertos valores éticos y morales era signo de libertad dual, por ende, la sociedad debía ser radical hacia los individuos carentes de buenos modales y prácticas religiosas. Anne Sexton no escapó a ello, aunque el mero hecho de ser mujer y adoptar tendencias feministas en el modo de abordar su poesía, la convirtieron en una especie de anti-poeta por excelencia. Un eslabón disonante en medio de su porfía existencial que, amén de contentarle, le produce solo rechazo. Hay en esta mujer, entonces una necesidad de aligerarse mostrando su ego tal cual es. Le abruman los estereotipos y las barreras perpetuas que crea la sociedad alrededor del género femenino, y que solo la poesía como estética manifiesta puede exponer. Dicho así persisten innumerables zonas en su poesía que dan fe de ello: versos egocentristas y de profunda carga erótica que denotan en imágenes mundanas, no menos casuales, esquivas conexiones dentro de su estado psíquico y autodestructivo en materia de roles. Anne particulariza el exterior. Nos lo redimensiona al perecer con su dolor, sin siquiera abandonar sus lagunas sensibleras. Podría alegarse que purga la realidad mediata, desnaturalizándola tras un eterno existir que no le conmueve y, por ende, resulta casi utópico.
Estudiosos como Diana Hume propone la tesis apreciativa de que sólo Anne Sexton pareció mantenerse identificada y limítrofe con el momento poético que le vio nacer; o sea, que supo rebelar sin púdicos conservatismos la esencia de una sociedad cargada de antaño por hábitos tradicionalistas y conceptos historiográficos que adquieren un ejercicio constitucional dentro de los límites sociales. En este sentido, ella, se define contraria en un medio donde la pureza era, a su pesar, noticia de orden en tanto asumía plena identificación con su otro yo antifeminista, anti-sexista, digamos, en legítima defensa.
Posturas anticonvencionales en medio del puritanismo más calvo, atroz contra la multiplicidad del artista exitoso y visionario del fenómeno político. Anne desde la estructura análoga del texto y fiel al ego identitario de su coetánea Emily, persiste en informarnos, no ya una emoción intimista, sino la inconformidad con el carácter dominante de una sociedad que desarticuló en sus múltiples poemas. En esencia, con solo acercarnos a ese yo autodestructivo y narratológico, como única fuente simbólica de un destino al que no escapa, se advierte la duple esencia del ser que insta al conflicto y resurge del propio esfuerzo, obsesionándonos a tomar posesión de una muerte que necesita.
Evidentemente las obsesiones suicidas condicionaron el Yo tutelar que acentúa la mentalidad progresiva del poeta en su búsqueda, siempre ascendente, al enajenamiento que conduce a la creación. Para Anne el poema surge de esa intimidad redundante con el medio externo y, en cualquier caso, el haber sido postora de un temperamento atrayente en matices psicológicos la hizo acreedora de un ego que no dudó en usar para legitimar su propia obra. Hay en sus versos un céfiro de dramatismo que logra salir airoso. La autora se impone desafiante como si de algún modo extraño nos estuviera convidando a desenmarañar el poema en todo su esplendor. Veamos un fragmento correspondiente a Cuando un hombre entra en una mujer, título que ya, desde su planteamiento propone un desigual desdoblamiento:
(…)
Este hombre,
esta mujer
con su doble hambre,
han procurado penetrar
la cortina de Dios,
lo cual brevemente
han logrado
aunque Dios
en su perversidad
deshace el nudo.
Es aquí donde el lector visibiliza el carácter dinamitado de Anne Sexton. Es quizás éste uno de los temas principales en la temática literal de su poética. Nada la embarga. Ni siquiera la mano del hombre. Es ella su creadora, su propio arquetipo. Desata las amarras que puedan unirle a cualquier rasgo de omnipresencia mística. No acepta confabulaciones. Para ella es como si la especie humana fuera algo más que un mero objeto, y acaso niega ser un instrumento en la relativa perversidad del Supremo que encausa los cuerpos a su antojo para moldarles. Al igual que Sylvia Plath juega en múltiples versos con la ambigüedad y parte del filosófico versículo donde se presupone ruptura y continuidad, fin y principio de toda estética humanística. Es imposible penetrar la humorada de Dios. Lo sabe. Tampoco persigue el paraíso. El éxito consiste en esa aparente liberación personal que logra a través de la poesía.
No hay satisfacciones en lo personal, intenta decirnos con un manojo de máscaras que traducen su presencia dentro del poema.
Alterna con muchos de los temas que podrían volverla estilísticamente diferente. No hay zonas limítrofes para abordar el ingenio literario. Escribe con la autoridad que permite el desgarramiento físico. Sus poemarios nacen de la intimidad corpórea más secular. Se propone hacerlo con una destreza que la particulariza en torno a grandes voces que ya tomaban partido en la línea feminista norteamericana. Sin embargo, basta recalcar una posible advertencia: conocedora de la fuerte influencia que ejercían poetas como William Carlos Williams entre sus contemporáneos, se priva de ello para armar una nueva línea de trabajo. Digamos que privatiza el lenguaje en formas poco convencionales. El linaje poético de siglo pasado no le interesa en absoluto. Busca entonces asideros que la lleven a demostrar hasta dónde puede influir el distanciamiento de su poesía para con su predecesora, aunque no por ello niegue del todo su origen.
Poetisas como Adrienne Rich y Marge Piercy ya comenzaban a deslindar su canon poético de esa conciencia inglesa que durante décadas imperó en las masas intelectivas angloparlantes. Anne hostiga el pensamiento social e individual en un margen apenas limítrofe cuando de armar un discurso poético se trata. Experimenta con formas y rompe estereotipos ya previamente marcados dando así un golpe de atracción hacia la realidad inmediata. Si buscamos nexos autocomplacientes dentro de su obra no lo encontraremos. Anne Sexton es de esas autoras fascinantes y nunca auto complacida con el medio que le rodea. Con frecuencia busca asilo en lo breve. De ahí el uso que, paradigmática, sustrae de genios tutelares para armarse de una poética transgresora y experimentalista.
Ahora bien. Sea cual fuera la necesidad creativa que le impulsó a germinar como poeta, y teniendo en cuenta que había razones poderosas para hacerlo, Anne es una autora que creyó con firmeza en el ostracismo y la sentencia estructural que resurge de la palabra escrita. Aún y cuando militara dentro de un grupo de féminas radicales, no deja de sustraernos el goce espiritual a esa cautiva esencia que implica demorarse por senderos pocos conocidos. Su obra atrae a pesar de que, en no pocas ocasiones, logremos sentirnos defraudados. Técnicamente es una ambliope de imágenes raras e intempestivas, mas no por ello detestable dentro del armazón que rige la mejor voluntad de comprometernos al singular descreimiento.
Observemos en Alcahueta de Dios la doble moral que teje alrededor de la figura masculina. Hombre-Dios posee con frecuencia matices satisfactorios que agradan al enemigo, en este caso la anti-mujer como eslabón predatorio.
Con todas mis preguntas,
todas las palabras nihilistas en mi cabeza,
fui en busca de una respuesta,
en busca del otro mundo
que alcancé al cavar bajo tierra.
Al igual que Dante ella busca un universo paralelo que posea respuestas al distanciamiento. La meta es un subterfugio indudable. Es aquí donde la búsqueda del Yo es tan visible como especulativo el lenguaje que habrá de usar para mostrarnos que es una alcahueta, pero no del mismo Dios; sino de su propia inteligencia. La sabiduría que otros asignan a Dios es parte disoluta de una personalidad demasiado perceptiva e inconforme para dejarse arrastrar en las conjeturas sociales. Deja entrever una satisfacción personal a modo de prueba que no la excluya con devaneos pueriles. Luego continúa:
Crucé piedras más solemnes que predicadores,
traspasé raíces que pulsaban como venas
en busca de algún animal de sabiduría (…)
Planifica su búsqueda. Es necesariamente la misión que no concluye salvo reducidas formas que buscan en su sexo el aniquilamiento. El sujeto lírico está decidido a dictar las formas, en cambio se muestra indócil y reiterativo cuando de nombrar las naderías que supone conseguirán amansarle. Luego dice:
Abajo. / Abajo. / Abajo.
Es el Jin quien impera todo el tiempo, aletargándose. Suponemos una tumba allí donde no logra hallar las respuestas objetivas a su decisión final de mostrarse insatisfecha. La celestina de Dios es también la enajenada voz que, regia en ocasiones, suele verse transparentada en sapiencia. Esa voz a la cual no le quede más que su hambre. Un hambre que no suple alimentos. Tampoco la fe exhaustiva de engreimientos teológicos. Digamos que, mientras se aleja de su tozudez humana, aplicando a ello una dosis máxima de ensimismamiento, comienza a desprenderse con arrogancia del círculo vicioso que le atrae o repugna. No sólo de pan vive el hombre, reza el evangelio; pero no solamente hallamos maná en el valle y uvas en las veredas, sino también otros alimentos necesarios para el cuerpo del impío. Componendas adjudicables al espíritu de los muertos olivándose en un tiempo que no les pertenece. Anne es una sierva demasiado transitoria para equivocarse.
Agua. Cerveza. Alimento.
(…)
Agua. Cerveza. Caldillo.
Tenía que ser suficiente.
¿Pues quién soy yo, esposo,
para rehusar el poner nombre a los alimentos
en una época de hambre?
Como Sylvia Plath también poseía un carácter hipersensible que le anticipaba a la soledad y a la fantasía del suicidio siempre en vilo, aun y cuando nunca estuviera satisfecha del todo. Sin embargo, a diferencia de su colega, ella necesitaba acostumbrarse a sensaciones fuertes que le oxigenaran la sangre siempre llena de apetitos terrenales. No se propone sierva enamoradiza frente al guardián del Hades sino que suple cualquier evidencia con un hábil y profundo estadio de liberación para no dejar ver el dolor que la embarga. Quizás por ello escribe, desinhibida, un cúmulo de poemas que tienen como trasfondos tópicos sugestivos que, en una sociedad demasiado moral para su gusto, comenzaba a tornársele intrascendente. Es así como cultiva una firme habilidad para plasmar siempre las palabras precisas y nada más. Escribir lo necesario en cada verso formaba parte de su necesidad por librarse, única y exclusivamente, de la jerarquización que produce el hogar desaprobatorio, mucho más que obedecer a esa temprana casta de mujeres ociosas, amas de casa cuyo desempeño aborrecía y del cual no formaría parte jamás. Es curioso además el sinnúmero de similitudes que une a ambas poetisas, sobre todos si tenemos en cuanta la asombrosa capacidad que tenían de acercarse a la muerte como metodología auxiliar de vida. Es acaso Anne la atrayente desconocida, pues en el caso de la Plath acontece casi un culto de lujo acerca de su obra póstuma que fue capaz de sustraerla a esa aparente sobriedad que sostuvo en sus cortos años de vida. En tanto Sexton continuó afanándose a su obra durante un velo extenso de lejanía poética que le ayudó a sobrevivir. Es entonces cuando sus aspiraciones literarias toman alce, a pesar de que escribía con desarraigo y expresividad sobre lo que ninguna mujer, por altanera que fuera, se había decidido a escribir.
Aquí seduce desentrañar algunas interrogantes que al lector podrían resultarles difíciles, incluso descodificar entre líneas. Resulta que, si bien el discurso masculino se vio agraviado por las novísimas formas de estructuración que proponían las integrantes del movimiento académico feminista, también estas interpretaron el peligro que resultaba enfrentar la línea antológica de una poesía academicista durante siglos, plagada de códigos difíciles de violar esencialmente por un grupo de féminas en su mayoría carentes de instrucción literaria y, en algunos casos, hasta universitaria. Pero Anne no se rinde. Indica la magnitud de su poderío en contra de conservatismos o formas que suelen ahuyentar, a veces, la verdadera esencia del poeta. Sus pertenencias personales hablan sobre dudas y misiones en el tiempo que, como cualquier historial clínico, juegan a contrastar con sobria perspectiva de vida y muerte. Anne es una voz que muda. Una voz que posee el aliento seco de los muertos, pero canta desde la armonía ofreciendo con sus versos el sol para la vida.
Es curiosa la forma que eligiera para abandonarnos y las metas que usó como permanencia. Bastaría conocer algunos datos que aportan todo o casi nada sobre su desarrollo, si tomamos como referencia que en poesía no hay demasiados aciertos que conduzcan a una determinada emoción o contexto visual, salvo aquel cuyo referente tiene validación para el poeta en esa amalgama de imágenes que lo protegen y estrechan su vínculo fraterno con el eje central de su poética. De no ser este el único alter ego que premia su constante reafirmación en materia de simbolismos no habría una cosmovisión establecida en géneros que inviten a la poética reflexiva. Es posible que, Anne Sexton, conociendo de antemano diversos factores ya adulterados en la amplia gama de estéticas y progenies líricas, sustrajera de ellos una porción menos nociva para el resto de su actividad creadora.
Nada resulta más arduo que recobrar la autonomía, la sinrazón que produce estar en contacto con esa naturaleza dicotómica donde el poeta embarga cada imagen. La hebra medular para establecer supuestas desnudeces frente a la voz que suele, constantemente, delatar al Yo en su eterna contradicción. Así permaneció siempre en alza, manifestándose unas y repetidas veces en ese marasmo de gracia que fortalece. Pero hay otras notas discordantes que valen señalar aun y cuando hay emociones mucho más complacientes en el cuerpo del poema que nos deja atónitos, paralíticos en la arrogancia que la propia autora propone.
Quien se acerca mucho al sol suele en ocasiones copiar algunas de sus manchas. Quien sale a menudo contrario a la línea de tránsito padece una terrible decepción una vez puesto en marcha hacia ese inestable camino de huellas que deja el ocaso. Depende de cuan cerca se esté o no de las pequeñas necedades humanas. Es entonces cuando solemos preguntarnos el orden que rige la creación poética. Raras veces conseguimos asertivas conclusiones. Anne Sexton construye su obra a través de impúdicas confesiones. Es una poetisa desprovista de simbolismos clásicos, más bien parece desentenderse de todo y cuanto subyuga a la típica sociedad norteamericana de entonces.
Las estudiosas Sandra Gilbert y Susan Gubar apuntan una teoría en su estudio sobre estereotipos femeninos dentro del imaginario literario del siglo XIX que es fácilmente aplicable aún dentro del XX con respecto a este tipo de escritoras difíciles de catalogar y apuntan: “(…) muchas de las escritoras inglesas y estadounidenses de finales del siglo XVIII y del XIX no parecen ‘encajar’ en ninguna de esas categorías a las que nos han acostumbrado nuestros historiadores de la literatura. De hecho, para muchos críticos y estudiosos, algunas de estas literatas parecen excéntricas aisladas”.
Pero no sólo es válido en Norteamérica a pesar de que definamos este tipo de aplicación práctica conceptualizada tanto para Anne como para Sylvia. Deduzco que en muchas sociedades iconoclastas la figura de la mujer forma parte de esa dependencia esclavista del sexo masculino que debe formar el eje indisoluble de su patriarcal jerarquía. No hay patrones genéricos salvo para la mujer. De ahí la importancia defendible de criterios que, en una poética transgresora como la de Sexton, conlleva a pensar en planteamientos objetivos. ¿De dónde proviene esa excentricidad literaria? Nunca es fácil definirlo. Supongamos que hija de una cómoda clase media estadounidense supo agenciárselas para salir a flote en una familia casi disfuncional, y digo casi pues la mayor parte de su vida la pasó junto a su tía Anne Dingley quien sería una especie de mentora para la niña y con quien compartía, además del nombre, un espacio de vital importancia en su formación educativa: el hogar. Permitámonos entonces hacer varias digresiones. En lo que respecta a grandes escritoras siempre ha prevalecido la intención freudiana de explicar el metempsiquismo con respecto a la necesidad afectiva que genera la infancia o, en caso de resultar afortunado como para corregir de alguna forma su vocación en un estadio posterior a la adolescencia, se juzgan estereotipos que traducen una mera y frívola educación sexual, por lo cual buscan refugio en la palabra escrita, libre de privaciones que acontecen en un marco puramente familiar.
De ahí parte otra credulidad, y es que las grietas son aún más cercanas a las autoras de lo que ellas mismas imaginan, lo cual es el hilo conductor de esa posible ansiedad que se traduce en “daño mental” en algunos casos. Igual, en mi justa y quizá cuestionable convicción, Sexton fue de todas las poetas norteamericanas la única que se atrevió a esgrimir con palabras acertadas y puntuales los temas relacionados con el sexo, la promiscuidad y la familia. Incluso me atrevería decir que fue una pionera muy adelantada a su tiempo en las temáticas de género rozando la homosexualidad y los patrones que no encajaban en dicho sistema social y que se expresan en múltiples versos. El mero hecho de ser mujer y poeta le otorgaba el pasaporte como carta abierta a expresarse con un sinnúmero de posibilidades. Cito entre algunos:
(…) Como el pez, soy una sola piel Y no soy más mujer
de lo que Cristo fue varón.
Ambas ensayistas (S. Gilbert y S. Gubar) plantean sólidas afirmaciones al respecto y como todo tema de reflexión es inacabado, cabe constatar que en el caso de las poetas norteamericanas mal haríamos en apoyar hipótesis que alienten la suplantación. Sucede que Anne Sexton fue una especie de rara avis en el panorama circundante. Hay textos donde habla de la vida con una claridad sorprendente y otros en los que tampoco suele entrar en contradicción aun y cuando sepamos que nos está hablando de su propia muerte; pero desde el sueño eterno de la vida. Habla incluso de adjudicarse una vida mejor; un anhelo que suple desde el desorden interno y suele incorporar a la marcha del viviente.
Se habla de factores predisponentes a la continua manía del suicidio. Un padre alcohólico, con ideas incestuosas no del todo axiomáticas, así como una madre subyugada al placer del macho y un servilismo hostil a la familia, serían motivos suficientes para desaprobar cierta personalidad que de antemano debía ser. De todas las poetisas norteamericanas fue quizás la más propensa a depender de psicólogos u algún otro estratega que supiera, en fin, particularizar su personalidad en ciernes. Su carácter destemplado – y hagamos coparticipe a Emerson quien sostuvo la teoría sobre la personalidad bipolar del individuo – le hizo sufrir de un padecimiento específico del reino animal que me atrevo a llamar “amoralidad psicógena”.
Siendo así, la poetisa se nos entrega con disciplina a los brazos de la muerte. Tal pareciera que morir estaba de moda entre los poetas de la época cual si fuera un lazareto -juzgado con anterioridad por Goethe en sus obras- citando las tendencias suicidas de la mayor parte de los escribas con tendencia a la depresión y la fragilidad humana. Anne no fue la excepción. Pareciera que lo tuviera todo; o casi todo. Pero una parte de su ser desaprobaba el arquetipo. Furiosa parece reprocharle a Sylvia su pronta huida en Vivir o Morir: “ladrona” la llama con locura. Y luego retrocede ante el hecho mismo de evocar su última morada. Parece quererlo todo, incluso la vida y la muerte.
Breve cronología de Anne Sexton
1928…Nace Anne Gray Harvey en Newton, Massachussets, Estados Unidos, el 9 de noviembre en el seno de una familia disfuncional. Hija de Ralph Harvey un exitoso fabricante de lana, alcohólico, y Mary Encanece quien detiene su insipiente carrera Literaria para dedicarse a la familia.
1945…Estudia en un colegio de internos en Lowell, Massachussets donde comienza a escribir poesía y a actuar en grupos musicales.
1947…Se gradúa de Bachiller.
Escapa del seno familiar con Alfred Muller Sexton II “Kayo” con quien vivió durante el periodo universitario.
1953…Da a luz a su primera hija, Linda Gray Sexton, futura novelista.
1954…Fallece Anna Dingley, “Nana”, tía soltera con quien vivió durante su adolescencia lo que le produce una profunda depresión.
1955…Nace su segunda hija Joyce Sexton.
Es sometida a tratamiento psiquiátrico debido a sus fantasías suicidas.
Intenta el suicidio y es hospitalizada.
1957…Se vincula con un grupo de escritores, entre ellos: Maxime Kumin, Robert Lowell, George Sterbuck y Sylvia Plath.
1959…Pierde inesperadamente ambos padres.
1960…Publica su primer libro de poesía Manicomio.
Poemas como Usted, Dr. Martin, Las campanillas, y La Imagen doble son antologados a menudo en revistas y periódicos de la época.
Integra el grupo de poetas llamados “confesionarios” junto a exponentes como W.D.Snodgrass y Robert Lowell.
1962…Publica Todos mis tesoros.
1963…Viaja a Europa.
1964…Aparece Selección de poemas en Inglaterra.
1966…Publica Vida o Muerte.
Acompaña a Kayo durante un safari en África.
Nominada al Premio del Libro Nacional.
Es nominada al premio Word Fundation y al Guggenheim Fundation respectivamente.
Recibe el premio Pulitzer por su tercer Libro de poesía Vida o Muerte.
Recibe premio Conmemorativo Shelley.
Trabaja como catedrática en la Universidad de Boston enseñando poesía, así como en Radcliffe y Harvard, sin ser siquiera graduada del nivel universitario.
1969… Aparece el poemario Poemas de amor, y su reputación como escritora aumenta con esta publicación.
Broadway produce Calle de la Misericordia basado en uno de sus textos dramatúrgicos.
Aparece El libro de tonterías
Vuelve a intentar el suicidio.
1970… Se divorcia de Kayo.
1972…Aparece Transformaciones, libro de cuentos en el cual versiona los cuentos clásicos de los hermanos Grimm.
1973…Termina su matrimonio con Kayo.
1974…Aparece Los cuadernos de la muerte.
Ese año completa el poemario El atroz rema hacia Dios que sería publicado póstumamente.
Se suicida el 4 de octubre asfixiada con monóxido de carbono en su garaje en Boston.
Aparece Sylvia Plath y Anne Sexton: una guía de referencias. Cameron Northouse y Thomas Page.
1975…Aparece post mortem El atroz rema hacia Dios.
1976…Aparecen colecciones póstumas, entre ellos Calle de la misericordia.
Se editan 45 poemas escogidos.
1977…Autorretrato en cartas. Revisión por Linda Sexton Gray y Lois Ames.
1978…Palabras para Dr. Y: Colección de Poesía con Tres cuentos.
(Revisiones de Linda Sexton Gray)
1981…Poemas completos.
1985…Selección de ensayos, entrevistas y prosa. Steven E. Colburn.
1987…Estudio crítico sobre la poesía de Anne Sexton por Diana Hume George.
1988…Anne Sexton: Selección de crítica por Diana Humes.
Selección de poemas Anne Sexton (coedición) por Diane Wood Middlebrooks y Diane Humes.
Ensayos originales sobre la poesía de Anne Sexton. Trances Bixler.
Anne Sexton: cuentos contundentes. Steven E. Colburn.
1989…Ensayos críticos sobre Anne Sexton. Linda Wagner- Martin.
1991…Anne Sexton: una biografía por Dianne Word Middlebrooks. Universidad Texas. Austin.
Son revelados a su biógrafo, por quien fuera su psiquiatra durante ocho años, los archivos terapéuticos de Anne Sexton.
1996…Se edita en España El asesino y otros poemas. Traducción de Jonio Gonzáles y Jorge Ritter.
*Este ensayo pertenece al libro
Tres tristes sombras: anotaciones breves sobre tres poetas suicidas (2024)