Viaje de invierno con mariposas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, Cuba, 1958) Poeta, ensayista y novelista. Doctor en Ciencias sobre Arte del Instituto Superior de Arte de La Habana. Ha recibido, entre otros reconocimientos el Premio de Poesía “Nicolás Guillén”, en 2001 y 2024; los Premios de Ensayo “Alejo Carpentier”, en 2007 y 2017; el Premio de Novela “Alejo Carpentier”, 2011 y Premio de Novela “Italo Calvino”, 2014. También los Premios Internacionales de Ensayo: José María Heredia (México, 2004), Mariano Picón Salas (Venezuela, 2011) y el de Ensayo Cervantino (México, 2014). Tiene publicado medio centenar de volúmenes, entre ellos sus novelas: Variaciones de Jeremías Sullivan (Letras Cubanas, 1999), Callejón del infierno (Letras Cubanas, 2010), Ritual del necio (Premio Alejo Carpentier 2011, Letras Cubanas, 2011), Música nocturna para un hereje (Premio Ítalo Calvino 2014, Ediciones Unión, 2015), El fuego de Ruán llueve sobre La Habana (Editorial Letras Cubanas, 2016), Y después de este destierro (Ediciones Universal, 2023) y Martina querida (Ediciones Sequoia, 2025). Actualmente reside en Extremadura, España.


1

Vinieron a detenerme esta mañana. Dos hombres entraron en el recibidor y otro permaneció afuera ante el timón del carro. Tenían un aire gris. Apestaban a sudor y a inquietud. Tropezaron con la primera vitrina de mariposas, entonces descubrí que se sentían fuera de lugar. Uno se disculpó con una frase ininteligible. Los invité a sentarse mientras me preparaba para partir, pero no quisieron. Nada terrible había en esa irrupción. La esperaba.

No crean que imito a Kafka. Es un escritor que respeto, pero no me resulta cercano.

Lo que no podré perdonarles es que me interrumpieran mientras escuchaba, por enésima vez, el Viaje de invierno de Schubert, específicamente “El tilo”. Quizá estaba a punto de descubrir el secreto de ese lied, si es que hay alguno en él. El viejo disco giraba y el día era nublado y fresco. Antes había disfrutado mi café en paz. Sabía que un día ellos vendrían por mí a esta casa. Alguien como yo, que rara vez se deja ver en sitios públicos, tiene una enorme colección de mariposas y se complace en escuchar discos cuyos intérpretes desaparecieron hace más de treinta años, se supone que es muy peligroso. En especial porque una persona así encerrada seguro que está escribiendo algún texto provocador.

No hubo violencia alguna. Los enviados sencillamente me dijeron que debía acompañarlos y aguardaron después a que estuviera listo para conducirme hacia aquel vehículo color verde deslucido que tenía aspecto de ambulancia de la Guerra Europea. Ni ataduras, ni empellones. Sencillamente abrieron la puerta trasera y hasta me indicaron el pequeño escalón para que pudiera subir y acomodarme en el banco. No todos los días se detiene a un hombre silencioso, de edad indefinida, que vive en una de esas casas siempre cerradas que desde el mínimo jardín delantero, el portal y hasta el patio del fondo conservan el aroma del antiguo régimen.

Monna apareció en la sala a punto de irme. Se secaba una y otra vez las manos en el delantal. Ese que tiene impresa la imagen de Betty Boop con gorro de chef, rodeada por una orla de encaje sintético. Nada dijo, solo abría mucho los ojos con una expresión semejante al susto o a la tristeza. Antes de descender el par de escalones de la entrada los enviados se detuvieron. Pensaron que nos abrazaríamos. Seguro han visto muchas películas o quizá presencian escenas más o menos conmovedoras cuando visitan otras casas. Ella y yo apenas nos contemplamos un momento. A lo mejor pensó en darme un beso, pero solo me acarició las mejillas. Fui yo el que retuvo su mano y la besé. Todo es hasta un día. Las cosas más hermosas, aun las discretas y pacíficas, esas que se hacen cotidianas y creemos que no podremos vivir sin ellas, se acaban. Pero no me gustan las escenas dramáticas, siempre hay que estar dos pasos más allá de la tragedia. En este país todo se convierte en un escándalo y no hay que dar el gusto a los mirones.

Resulta extraño ir sentado en la parte trasera de un coche de policía y contemplar a través del cristal trasero, grueso y embarrado, cómo se aleja la casa donde te refugiabas; el barrio que ya era familiar para ti y hasta divisar gente conocida con la que te topabas en la calle y a la que alguna vez saludaste, aunque fuera por distracción. Es como si vivieras dos tiempos diferentes: afuera, la desaparición de un pasado inmediato, dentro, un tiempo detenido, una especie de puente ríspido que te conduce a algo potencial, enigmático, aun si alguna vez pensaste que todo esto podría ocurrir. Te están quitando algo que tenías, una especie de juguete del que te cuesta separarte y te preparan para otra edad, otra estación.

Es tu propio viaje de invierno, cruzas un bosque tan helado como el que imaginaba Schubert a través de los lentes gruesos que procuraban aliviar su miopía. Te acompañan, quieras o no, las angustias que resultan al final cada vez más insistentes e infranqueables, como un paisaje con lobos.

Después de seguir varias avenidas y torcer por calles indiferentes entraron en una especie de callejón cuyo horizonte venía a cerrarse con lo que quizá fuera antes la portada de una vieja quinta. El custodio, semioculto en una caseta a un lado del arco principal, alzó la barrera de franjas rojas y blancas y abrió la verja sin sonido alguno. Ni contraseñas, ni saludos. Era la rutina perfecta.

El vehículo siguió una avenida escoltada por palmas hasta que se detuvo ante otra construcción que no lograba precisar. Por el ruido de las portezuelas delanteras al abrirse y cerrarse supe que el conductor y los agentes habían salido del carro, pero no escuché voces, tal vez entraran en el edificio para reportar su llegada. Permanecí unos minutos en mi puesto. Los suficientes para ver cómo una enorme mariposa nocturna golpeaba desde afuera en el cristal trasero. Quizá el viento la aturdía y la hacía chocar una y otra vez con la superficie turbia. Tal vez era sencillamente ciega a la luz del día o estaba a punto de morir y le daba lo mismo estrellarse contra lo primero que encontrara en su camino. Insistió seis o siete veces en tropezar con aquella superficie, como si pudiera lograr el milagro de atravesarla y por fin cayó. Cuando me hicieron descender pude ver su cuerpo medio deshecho en el suelo.


2

El oficial de la carpeta sostenía con dos dedos la cadena de mi reloj de bolsillo. Lo dejaba balancearse como un péndulo. Yo, de pie frente a él, veía por un instante las manecillas presas tras el cristal y luego el reverso esmaltado que reproducía la escena final de La Traviata.

—¿Quién tiene en estos días un reloj así?

No respondí. Entonces lo dejó caer casi con asco sobre el mostrador y levantó el encendedor de plata.

—¿Fuma?

—No. Es para incendiar los recuerdos.

El cuarto de interrogatorios era exactamente como lo imaginaba: caluroso y lleno de esa mugre que se acumula en los sitios donde la gente suda porque siente ira o miedo.

—¿Por qué no sale jamás de su casa?

—No es cierto. Cada tarde voy al parque de la esquina y doy cuatro vueltas en torno a la fuente. Trato de descifrar un poco más de la inscripción del monumento que está casi borrada. Evito a los patinadores y regreso a casa. Son exactamente veinte minutos.

—¿Y no habla con los vecinos?

—Casi todos los vecinos del barrio se han marchado. Antes hablaba con un judío relojero que era lector de Hofmannsthal y con la viuda de un periodista que asistió a una cena en 1917 con la divina Anna Pavlova. Pero ya no están. No conozco a los vecinos nuevos. Parece que tienen otras aficiones.

—¿Y a qué se dedica realmente usted?

—En los días impares pongo en limpio mis memorias, mejor dicho, separo lo que creo recordar de lo que imagino. Desecho lo primero y pongo en el papel lo segundo, que es lo único que vale la pena.

—¿Y en los pares?

—Doy cuerda al reloj; escucho el ciclo Viaje de invierno en una grabación de Peter Anders. Es un disco muy viejo. A veces su voz naufraga en una tempestad de crujidos, como si los huesos del pobre Schubert, mordidos por la sífilis, estallaran sin remedio.

—¿Solo eso?

—Una vez al mes saco la colección de cucharillas de las vitrinas y las pulo a conciencia. Después le hago el amor a Monna Vanna y preparo café, si tengo…Alguien me ha recomendado que adopte un perro, pero creo que ambos, frente a frente, nos moriríamos de tedio.

Sobre la mesa había una grabadora con sus carretes de cinta. Al parecer no funcionaba porque los dos interrogadores, el flaco del ceño fruncido y el enano que parecía un grumete escribían afanosamente en blocs de páginas amarillas. El primero formulaba las preguntas, el segundo, además de tomar notas bostezaba, se secaba el sudor con un pañuelo verde y hacía gestos afirmativos que tal vez eran auténticas negaciones.

—Son demasiadas irregularidades.

—Yo diría que llevo una vida muy regular.

Para dejar claro que le molestaba mi réplica el flaco dio un manotazo en la mesa y además de levantar polvo logró que los carretes del magnetófono echaran a andar, al menos por cinco segundos.

—Ya veremos qué se hace con usted.

—¿De qué me acusan?

—No hay acusación todavía. Investigamos…

—¿Cómo si fuera una mariposa bajo una lupa?

—Hasta ahora ninguno de sus actos es totalmente ilegal. Pero la suma de ellos lo vuelven sospechoso. Usted se ha situado en una especie de frontera. Está más cerca del pasado que del día de hoy. Y eso es muy peligroso, si no ahora, en un probable futuro.

—Por favor, devuélvanme el reloj…

—A su debido tiempo. Lo estamos analizando. Al parecer ha sido manipulado para que no marque la hora verdadera.


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