DEL POEMARIO LOCAL DEL HOMICIDA
JOAQUÍN CABEZAS DE LEÓN (Camajuaní, Cuba, 1957) Graduado por la Universidad Marta Abreu de las Villas, de Licenciatura en Contabilidad y Finanzas. En 1992 obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara. La Editorial Capiro de esa provincia cubana publicó en 1993 su poemario Mundos desarmables. Poemas suyos han sido publicados en revistas y sitios literarios impresos y de internet en Cuba y el extranjero. Actualmente reside en Cuba.
Patria
Es una incógnita
donde náufragos se aferran a criar escorpiones;
los cazadores perdieron sus cotos
y solo acarician historias escritas
bajo el influjo de la melancolía;
los felices en sus quimeras adolescentes
parecen mendigos consagrados al desamparo;
las novias y los travestis
consuelan turistas fugados de sus puertos.
En mi país hay repúblicas descubiertas
entre una muchacha y los rostros de la eternidad,
los carniceros esconden los cuchillos
ante los animales que desandan los corrales
y la patria da un traspié en el rostro de los bufones.
Voy a alquilar un país a los mercaderes de los bulevares,
ellos ruedan las húmedas mentiras,
inflan los precios en la inseguridad de los funcionarios
y los decretos desconciertan a los transeúntes
de vocación feminista.
Esto es también mi patria:
un trofeo o el polvo de algunas mentiras.
Virutas
Hay un lugar cubierto de hojarasca
donde el tiempo es una viruta disuelta en el lejano país
que entre sospecha y ruidosos desencantos
se fue convirtiendo en la muchedumbre del tabaco y ron;
tan desmemoriado que no recuerda a sus fantasmas
y a sus héroes.
¿Para qué se necesita a los héroes
si las mujeres solo miran el reloj
y las premuras del bodeguero?
Los héroes son como una carga,
una fatiga en los escombros del horizonte.
Hay un lugar cubierto de hojarasca
donde los niños dejaron de jugar,
tampoco sueñan con ser héroes,
perdieron la memoria en las capitales del mundo,
derrocharon la sonrisa en las tormentas.
Los hombres no quieren ser héroes,
es demasiado caro.
Los consumidores necesitan productos asequibles
que nada tengan que ver con los garabatos del futuro
ni con el orgullo de hacer la historia.
La historia es un payaso sereno que al final sonríe
aunque los cuervos se lleven los aplausos.
Albert Camus estornuda en esta temporada feroz,
él tampoco aspira a ser héroe:
quiere vivir en un mundo cubierto de hojarasca
y ser una simple viruta
que el agua se empeña en disolver.
El país que dibujaron de matices grises
La noche consuela a los espantapájaros
en el vórtice de las siempre magras cosechas,
el cielo no sostiene el miedo del niño
y el silencio condena cualquier codicia de hablar
con una estrella,
una mínima estrella de la edad del bronce,
una mínima estrella que no admite la mirada de los héroes
ni la soberbia de quien se cree Dios
cuando es un simple mortal cargado de soledad.
Al país o lo que fue,
lo dibujaron de matices grises,
tristes colores que castigan la pupila de los niños;
después comienza a confundirse
con toda la soledad y la multitud de fanáticos
que sueñan con la lluvia,
que sueñan no tener sueño
y comienzan a dialogar con su sombra,
con la nada y sus vestidos de domingo,
con la despiadada y cruel derrota
y los insectos que devoran flores.
Mi país,
esa geografía tímida que todavía nos pertenece
a pesar de los huecos negros de la historia;
esa pancarta que acariciamos cuando niños
y se convirtió en un bostezo,
una herida,
el dolor común de la gloria inhabitable y fría;
ese país que consuelo cada mañana al despertar
y a veces se pierde entre mis miedos y las dudas.
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