Y el pan fue primero (y otros poemas)

DEL POEMARIO Palabras escritas en el pan


ALEJANDRA G. BARBÓN (La Habana, Cuba, 1979) Es escritora e investigadora. Reside en Miami, donde trabaja como profesora y bibliotecaria especializada en colecciones patrimoniales, archivo y libros raros. Su escritura se sitúa entre poesía, narrativa y ensayo, y explora la memoria, el exilio, la herencia afectiva y el cuerpo como archivo vivo. Desde una atención a lo mínimo —gestos, manos y silencios— su poética indaga en lo que persiste más allá del relato lineal. Palabras escritas en el pan se articula como un libro de fragmentos donde voces heredadas y experiencia íntima se entrelazan para pensar la memoria como materia que se amasa y deja migas —como el pan— en el cuerpo y en el tiempo.


Y el pan fue primero
(Los silencios de Amelia)

En el principio,
no hubo verbo,
sino gesto.

El pan fue primero que la palabra.
Y las manos supieron
antes que la boca.

Todo lo que nació,
nació del silencio.
Una foto,
un temblor,
una mujer buscando su nombre
en la harina del tiempo.

Y antes de Alba,
hubo una promesa:
la de sostener la memoria
aunque el mundo se partiera en dos.

Hubo olor.
Hubo tacto.
Hubo un gesto que persistió
cuando ya no quedaban palabras.

Y de esas manos, no siempre recordadas,
nació la historia.
No por lo que dijeron,
sino por lo que sostuvieron.

Porque, a veces,
el pan sabe más que quien lo amasa.


Memoria amasada

La foto en sepia

Cuánto puede caber
en una imagen detenida,
cuando el tiempo no ha deshecho
el gesto ni el temblor.

Están ahí,
plantados frente a lo que fue su pan
y su promesa:
él con la firmeza callada
de quien no baja la mirada,
ella con la ternura tensa
y un futuro entre ceja y ceja
que aún no ha nacido,
pero ya arde.

Nadie podría decir que posan.
Se sostienen,
como quien sabe que de esa imagen
penderá una genealogía,
una historia aún sin contar,
una mujer del porvenir
buscándose en los trazos
de una sonrisa antigua.

No hay polvo que borre
la dignidad de esa escena:
ni el muro carcomido,
ni el cartel torcido,
ni el eco de lo que vendría
a derrumbarlo todo.

Miro la foto
y algo de mí se alinea.
Me encuentro en su gesto
como si esa leve capa del tiempo
fuera una puerta
que sólo se abre desde adentro.


El pan que no salió

Los cuerpos que nos devuelven

Las he encontrado
en cuerpos que me sostuvieron.
Manos que me recogieron
cuando no supe cómo volver.
Miradas que me devolvieron
lo que había dejado caer.

Pero hay una que no cabe en las formas.
La que empieza donde otros terminan.
La que está.
La que sigue estando.

Habita mis días
con la naturalidad
de quien nunca se va.
Me completa sin proponérselo,
me ofrece sitio sin darse cuenta,
me acompaña sin medida.

La busco en cada cosa
que me sabe a casa.

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