Testimonio, Memoria Ancestral y Cura Decolonial en la Narrativa de Alberto Abreu Arcia[1]



[Dedico este texto a la memoria de Tomás Fernández Robaina, a Mérida, mi maestra de historia de 9no grado en la secundaria Combatientes de América y a El Cerro, mi lugar de nacimiento que aún, gracias a la memoria ancestral palenquera cimarrona, sigue teniendo La Llave]

Leer la narrativa y ensayística de Alberto Abreu Arcia es una sanación, un tsáak decolonial2, una cura en fuga travesía a lo profundo del subconsciente como si sus palabras, imaginarios y construcciones críticas promulgaran la metodología fanoniana de performancear unx misme, ese viaje interior hacia el inconsciente personal y colectivo3, en el cual se desmantela la maquinaria opresora sistemática de la matriz moderna colonial. Enuncio mi subjetividad testimonial como fuerza lectora, interpretativa y discursiva que se define como testigo del poder emancipador que ejerce la obra de Abreu Arcia sobre mis respuestas sentipensantes. Ambos compartimos la lucha por el reconocimiento de la presencia afrocubana y su memoria ancestral con la lucha, la emancipación sexo diversa de los patrones heteronormativos patriarcales y la sistemática exclusión heredada de la colonial. 

Argumento que a pesar de la ruptura exílica provocada por la ideología racista patriarcal cubana durante los hechos del Mariel ocurridos en 1980, Abreu Arcia y este sujeto enunciador comparten procesos históricos, aprendizajes, habilidades artísticas y preocupaciones etnoculturales antirracistas que se reflejan en nuestros proyectos, experiencia de vida y activismo social. He aquí la base de nuestra mutua admiración y respeto.

La lectura crítica de La Noche es Testigo (2025), novela del intelectual cubano publicado por la Editorial Ilíada con sede en Berlín, Alemania, ubica mi discurso en la encrucijada donde interceptan el performance de la escritura—Diamante Negro, personaje principal, se encuentra en el proceso de escribir una novela que sido comisionada por un editor argentino y el texto entreteje su vida con fragmentos del manuscrito—con la crítica a la colonialidad del poder, la decolonialidad del erotismo afro descendiente y  la travesía rescate de la memoria ancestral—Ma Fermina, la abuela de Diamante Negro, simboliza la espiritualidad afrocubana con su conexión Yorubá-Lucumí-Konga y la puerta giratoria que permite acceder a un relato transhistórico y transmoderno.

Desmonto la objetividad cartesiana—construida por la modernidad y asimilada por el poder y la intelectualidad blanca cubana durante los años de la colonia que, hasta hoy en día, síntoma de la colonialidad del poder, padecen las instituciones e ideologías eurocéntricas importadas por el estado/nación como es el marxismo y gran parte de la teoría crítica literaria occidental.

Desde el uso del término testigo en el título de novela reconocemos un eco histórico con la voz enunciadora cimarrona de Esteban Montejo4. La noche, ese momento idílico en que el planeta Tierra vuelca su espalda a Orula, el sol, puede ser entendido como la negritud navegando una multi-geometría ambiental, la cual, al ser testigo, se ubica en la literatura testimonial afrocubana, cuyas coordenadas ancestrales quedaron como archivo histórico de la experiencia y de la compleja aceptación de la diversidad sexual en las comunidades afrocubanas cuando fueron cartografiadas por Esteban Montejo: “Otros hacían el sexo entre ellos y no querían saber nada de las mujeres. Esa era su vida: la sodomía. Lavaban la ropa y si tenían algún marido también le cocinaban. Eran buenos trabajadores y se ocupaban de sembrar conucos. Les daban los frutos a sus maridos para que los vendieran a los guajiros” (Montejo 1977, pág. 31)5. En La Noche es Testigo (2025), la inserción del espíritu del poeta criollo negro Juan Francisco Manzano, gracias a Ma Fermina, junto al eco extradiegético del testimonio de Estaban Montejo, constituye una memoria ancestral negra maricona cubana que fundamenta la labor emancipadora de la literatura y ensayística de Abreu Arcia.

En su libro de ensayo Por una Cuba Negra. Literatura, raza у modernidad en el siglo XIX (2017), Abreu Arcia reconfigura los efectos del racismo sistemático al señalar como el “miedo cubano a convertirse en Haití” sustenta el emblanquecimiento de la nación moderna eurocéntrica durante la colonial y que continúa como la cara oculta del poder político. Abreu escribe: “el término blanquitud, va más allá de aspectos como: la raza del colonizador, los rangos, roles y lugares privilegiados en las estructuras de la colonialidad como nuevo patrón de poder mundial, dicha noción también abarca las nuevas tecnologías de dominación, el conjunto de sus estructuras cognitivas, culturales y la configuración de un universo de relaciones intersubjetivas, cuya trayectoria tuvo, para el colonizado, su culminación en Europa” (Abreu Arcia 2017, 49).

El miedo a lo “Negro” puede ser la razón por la cual el poder criollo blanco patriarcal, en 1960, asumió ideologías eurocéntricas como el marxismo iluminista del siglo XIX y el leninismo ruso imperial de principios del siglo XX cuando ya se había fundado el movimiento de la Negritud; Frantz Fanon, un afro caribeño, había escritos sus tratados antirracistas; la creación del Movimiento de los Países No Alineados se realizó en la  Conferencia de Bandung, Indonesia en 1955 y el Primer Congreso de Artistas y Escritores Negros tuvo lugar el París en 1956.

En Cuba, después de 1959, el miedo al negro de la colonial, se combinó con el miedo al maricón, para resultar en el miedo al maricón y a la trans negra que encarna Diamante Negro, un maricón trans político escritora negra. Durante las décadas de 1960 y 1970, la represión hacia la espiritualidad afrocubana—considerada negativa, vulgar y contraria a los lineamientos ideológicos—se ejerce también contra las sexualidades diversas, demostrado que la “igualdad” es solo una retórica discursiva que enmascara el simulacro burgués de la clase criolla blanca que se apropia del poder6. Desde el poder patriarcal racista es absurdo entender el reclamo de estas comunidades cuyas luchas hacen notar que la problemática socioeconómica y racial de la nación no ha podido despojarse de la ideología colonial y por consiguiente, de las fallas estructurales y  sus desigualdades sociales.

La Noche es Testigo (2025) realiza una radiografía histórico-social que contextualiza la experiencia racial y transfóbica en relación con la ideología patriarcal de la nación y ubica a esta relación en un marco institucional cuya frontera—Los Mangos—recrea una locación translocal en donde se efectúa el giro epistémico y se desenvuelve la trama. Notemos que La Casona, ahora está arruinada, pero fue la residencia de una familia hacendada durante la colonia. Que ahora esté apuntalada y a punto de derruir permite imaginar a la población como sostén de las dinámicas sociales. Los Mangos, al contrastar con Ciudad Barroca, obliga a lxs lectores a realizar una elipse temporal hacia el tiempo de la colonia y reafirmar el significado de un “barrio negro”.

Abreu Arcia transfiere la geopolítica del conocimiento a un territorio extramuros de la Ciudad Letrada—Ciudad Barroca—, a Los Mangos, cuya realidad social concuerda con un presente experiencial ciudadano compartido por todes y en el cual, más allá de construir un locus letrado eurocéntrico, edifica una transhistoria que evidencia la sistemática marginación de la población negra y sexo diversa cubana. A pesar de las vejaciones sufridas, secuestros forzados, explotación laboral y sexual, asimilación y rechazo que experimentan desde la colonia, estas comunidades son obligada a vivir en locaciones semiderruidas. Y, muy a pesar de estas situaciones críticas que existen en este escenario en destrucción, estas comunidades reclaman su pertenencia ancestral, las formas de vivir en relación con la naturaleza y las condiciones sociopolítica impuestas.

Darle el poder de la escritura a una escritora trans negra cubana localiza la transfobia en el panóptico patriarcal opresivo, la cual, al interceptar con el racismo, posiciona a esta comunidad entre las más vulnerables. El discurso de la novela trasciende la cronología euclidiana y denota una memoria ancestral trans negra multi-geométrica. Una geometría cuyos signos visuales: letras rectas y letras cursivas grafican las múltiples fugas narrativas y sus bifurcaciones—el texto en letras rectas utilizas modos de discurso como el relato, el testimonio, el diario, el guion y otros como la meditación kafkiana en la voz de una hormiga—que nos acercan más a la geometría cósmica presente en los imaginarios afrodescendientes7.

Proclamar la acción de escribir como una necesidad del ser trans negro identifica a una subjetivad que ya no le tiene miedo al poder ficticio de la blanquitud heteronormativa, ni a la trans-homofobia de su padre. Diamante Negro escribe, desde su locación enunciadora, desde la experiencia de la carne como argumenta Cherríe Moraga (1983). Abreu Arcia, al performancear Diamante Negro a través de la escritura, interrumpe el canon literario blanco cubano realizando una acción social decolonial. Abreu Arcia sitúa a un sujeto trans negro enunciador que logra escribir su testimonio desde un sentipensar muy disímil de los parámetros occidental imitados por la intelectualidad cubana emblanquecida. Al darle vida a una trans negra escritora, la novela fractura la colonialidad y cambia la geopolítica del saber literario hacia una locación conectada a la memoria ancestral africana—encarnada por Ma Fermina, la abuela.

Notemos cómo el texto interpola otras voces para crear otras geometrías, fugas, niveles y perspectivas que conforman una globalidad cósmica de la narración. En el capítulo cinco, a través de Ma Fermina, se inscribe la voz del poeta negro Juan Francisco Manzano y en el capítulo doce, una hormiga focaliza la narración.  La forma de diario empleada en el capítulo dieciséis y el formato de guion en el diecinueve amplían la multi-geometría discursiva. Esta diversidad de discursos refleja la importancia de una memoria colectiva ancestral en la novela de Abreu Arcia.

El colectivo de maricones cultos nombrado Las Apalencadas crea una continuidad con la lucha palenquera cimarrona y con sistemas de saber no eurocéntricos8. La construcción de un cuerpo colectivo como Las Apalencadas resalta la escritura decolonial de Abreu Arcia al construir una presencia colectiva política maricona capaz de convocar a manifestaciones para denunciar la falta de derechos civiles. Las Apalencadas desmonta el hilo cartesiano patriarcal del canon literario cubano y transfiere una multi-vocalidad hacia un grupo de sujetxs cuyas presencias y voces promulgan una conciencia histórica colectiva más cercana a la experiencia física y la realidad social de una generación que asume la memoria colectiva forjada en la lucha anticolonial y antirracista durante la colonia y que desmonta la verticalidad del poder patriarcal instalado en el archipiélago desde 1959.

La acción de escribir, reflexiva en el imaginario de Diamante Negro, le convierte en una pitonisa oráculo y visionaria de la memoria ancestral, quien se desdobla en la acción performática de escribir, cuando Abreu Arcia, a través de Diamante Negro, encarna esa doble consciencia de cual el intelectual afro americano W.E.B. Du Boius nos alertó en su libro de, The Souls of the Black Folk (1903). La escritura extiende su geografía continental y su lucha por los derechos civiles cuando el texto anuncia: “Fue como si el espíritu de Bayad Rusty y de todos los negros maricones me susurraran al oído” (pág. 12). Aquí el texto—españolizando el nombre del activista político gay afroamericano que organizó la marcha en Washington DC de 1963 en la cual Martin Luther King pronunció la famosa frase “I have a Dream”—realiza otro giro epistémico decolonial, enmarcando la lucha antirracista y anti transfóbica de Diamante Negro, dentro de una memoria política negra que ya ha formado alianzas dentro de sus comunidades a un nivel continental.

La experiencia fronteriza de residir extramuros de la Cuidad Barroca también implica un pensamiento fronterizo a la Gloria Anzaldúa (1987) que le ofrece a Diamante Negro el poder de habitar espacios múltiples—la escritora ha transcendido las fronteras con los premios literarios obtenidos y el contrato editorial que ha asumido para terminar la novela. En el capítulo diez el performance de la escritura retoma la acción de andar y la relaciona con otras ciudades y escritores maricones políticos como Severo Sarduy, Joyce, Pasolini, Néstor Perlongher y Pedro Lemebel.  

En el capítulo cinco cuando la trama nos revela el vínculo historia-memoria ancestral negra intelectual cubana al traer, gracias a la abuela Ma. Fermina, el espíritu de Juan Francisco Manzano porque una de las chicas trans, La Teatrista, como si fuera una antropóloga blanca colonialista, anda detrás de unos documentos escritos por Manzano que están perdidos. La novela Hombres sin mujer, escrita por el intelectual cubano Carlos Montengro en 1938, es invocada en la trama para referenciar al sexo entre hombres en la cárcel (pág. 106); Reinaldo Arenas es invocado entre árboles que pueblan el sitio de ligue cerca de la playa (pág. 126) en donde Diamante Negro conoce al pastor de una congregación con el cual tiene encuentros sadomasoquistas y tríos. Párrafos después aparece una referencia a las metáforas escatológicas de Virgilio Piñera (pág. 130) cuyo espíritu se encarna en Diamante Negro y lo impulsa a escribir encerrado en su apartamento y, en el capítulo dieciséis, Las Apalancadas se organizan para realizar una intervención grupal. “Les digo que hace días me asedia el espíritu de Virgilio Piñera… intento huir, pero no puedo. Entonces escribo y escribo sin parar, como un grafómano, un poseso” (pág. 106), relata la escritora negra trans a sus amigas intelectuales.

El juicio que se plasma en el capítulo veintidós—aquí reconocemos que el alter ego de Diamante Negro es Elektra—nos recuerda a las vicisitudes que experimentó Reinaldo Arena y la destrucción de sus manuscritos por el poder criollo patriarcal emblanquecido. “Soy solo una artista que habla de la ansiedad enmarañada de la carne y del espíritu” (pág. 179), afirma Elektra en el juicio, momentos antes de ser declara culpable.

El juicio que se plasma en el capítulo veintidós—aquí reconocemos que el alter ego de Diamante Negro es Elektra—nos recuerda a las vicisitudes que experimentó Reinaldo Arena y la destrucción de sus manuscritos por el poder criollo patriarcal emblanquecido. “Soy solo una artista que habla de la ansiedad enmarañada de la carne y del espíritu” (pág. 179), afirma Elektra en el juicio, momentos antes de ser declara culpable. Ha aquí otro instante de la memoria ancestral literaria cubana maricona a la cual Abreu Arcia rinde homenaje a través de la novela, al re-recordar pasajes represivos conocidos por la generación de Arena, la Generación Mariel y las posteriores. La presencia de estos escritores afirma que la memoria ancestral literaria maricona cubana tiene un archivo que ha sido marginado por el poder patriarcal. La novela fractura la colonialidad y cambia la geopolítica del saber literario hacia una locación conectada a la memoria ancestral africana—encarnada por Ma Fermina, la abuela, y a la memoria ancestral literaria maricona cubana cuyo archivo ha sido marginado por el poder patriarcal desde 1959.

La escritura como performance y experiencia se afirma desde el capítulo dos que comienza con la verbalización de la acción “caminar”, la cual se convierte en metáfora del performance de la escritura. “¿Qué vínculos existían entre la escritura y esta relación tan secreta que mantenía con la ciudad y la noche?” (pág. 17) enuncia una tercera voz que aparenta ser la de Diamante Negro, la cual, párrafos después, vuelve a cuestionar: “¿Se vive para escribir o para dejarse arrastrar por el deseo de la carne: su pulsión, su hechizo?” (pág. 22). Pero no es hasta el capítulo cinco cuando la trama nos revela el vínculo historia-memoria ancestral negra intelectual cubana al traer, gracias a la abuela Ma. Fermina, el espíritu de Juan Francisco Manzano porque una de las chicas trans, La Teatrista, como si fuera una antropóloga blanca colonialista, anda detrás de unos documentos escritos por Manzano que están perdidos.

El performance de la escritura que realiza Diamante Negro resalta en un pasaje que combina erotismo, violencia, poder patriarcal, exilio y performance corporal. La Digonzo, amigo leal desde la adolescencia, es apuñalado por un negro informante de la policía después de darle el culo a La Digonzo. Esta logra emigrar durante el éxodo de los balseros en 1994 y termina en New York como celebridad del performance mostrando sus cirugías faciales (pág. 153-154). En el capítulo dieciocho se narra detalladamente las peripecias creativas que se necesita para que una persona trans o traviste pueda llegar a un maquillaje que refleje al artificio de su performance público: “Mientras el lápiz de cejas, asciende con trazos curvos hasta avellanar la mirada” (pág. 162). La novela de Abreu Arcia recrea la historia y el poder colonial desde un sitio ubicado fuera del canon literario cubano para reflejar un presente atado a prácticas sistemáticas coloniales en el cual se mantiene las estructuras opresivas: racismo, heterosexismo patriarcal, homofobia, transfobia…

En La Noche es Testigo (2025) el poder patriarcal es representado por el alcalde de Los Mangos, Héctor Domínguez quien como expresa Diamante Negro: “la vida para los maricones se volvió un infierno” (pág. 23). Domínguez comanda la policía, la estación, el sistema jurídico, a lesbianas asimiladas al poder como si fueran rancheadores de la colonial en buscas de esclavos cimarrones que ahora son maricones, locas, travestis y transexuales asediados por la homofobia euro cristiana patriarcal (pág. 17). El poder que internaliza la represión a pesar de su deseo por las mujeres trans con quien se encuentra en lugares sombríos (pág. 166).

La novela crítica la violencia patriarcal—notemos al personaje ÉL quien encarna a un padre negro violento y transfóbico que nos recuerda las alianzas patriarcales heteronormativas conjuradas durante la colonial que ayudó a mantener la estructura de poder blanca euro-cristiana y se encargó de marginar y reprimir a las mujeres y sexualidades diversas. “La machanguería es tan frágil que continuamente tiene que estar reinventándose” (pág. 13) expresa Diamante Negro para demostrar como el poder patriarcal instalado desde la colonia se renovó bajo la máscara de la igualdad social y ahora es regulado por el alcalde Héctor Domínguez y su sistema de vigilancia.

Enunciar los diferentes tiempos históricos también logra interrumpir la linealidad euclidiana temporal cuando se transforma en el acto decolonial de re-recordar. A través de la puesta en escena de La Casona—casa de hacendados azucareros durante la colonia y ahora convertida en un lugar de encuentro para hombres que desean a otros hombres—, Abreu Arcia logra transformar el escenario colonial en un lugar subversivo social que no deja de ser oprimido por la colonialidad del actual poder y lo hace desde un distanciamiento temporal y geográfico que se enuncia en la última página: “Así fue que llegué a este país a finales de octubre hace siete años” (pág. 181).

La Noche es Testigo (2025) construye una memoria ancestral erótica decolonial que logra desmembrar los mecanismos de la matriz moderna colonial y, simultáneamente, sentipiensar la memoria negra cubana desde una experiencia corposensorial que crítica el racismo, la homofobia y la transfobia sistemática desde su formación en la época colonial. Las Apalencadas, Diamante Negro y las chicas trans rompen los estereotipos racistas hipersexuales para enaltecer una espiritualidad erótica heredada de les ancestres Orishas cuya diversidad sexual difiere del binarismo euro-cristiano patriarcal.

Al leer como Diamante Negro enuncia que “no le gusta la tortilla” (pág. 11) reflexiono como se ha internalizado el patriarcado hacia dentro de las comunidades sexo diversas. “Tortillera” es un sustantivo asociado con mujeres lesbianas y también con un estereotipo colonial que implica la ausencia del falo y la penetración. A pesar de toda su capacidad emancipatoria como sujeto trans, Diamante Negro se define eróticamente a través de la penetración que ejerce sobre otros sujetos masculinos y que se ejerce sobre elle. Categorizar a hombres que aman a otros hombres, cuyo sexualidad se enuncia con una relación horizontal como “tortilleras”, es reinscribir la colonialidad erótica sobre cuerpos masculinos que han logrado romper el binarismo patriarcal y, al feminizar sus prácticas, resalta una posición sexista. Irónicamente, en el capítulo veinte, en letras cursivas que indica el nivel de la metaficción, se encuentra un escenario de gimnasio en el cual, explícitamente, se relata un sexo no binario entre una pareja hombres que intercambian roles y posiciones, anulando la verticalidad patriarcal que se ha internalizado por culpa de no tener modelos de roles sexual eróticos del amor entre hombres y verse obligado a copiar roles binarios patriarcales (pág. 167-169).

Otra instancia del racismo internalizado es relatada en el primer capítulo cuando La Malve invita a Diamante Negro al antro gay King Bar y no se le permite entrar por ser negras. Está práctica excluyente no solo se realiza en Cuba. Existen evidencias de este racismo en comunidades gais de varios países. Como también existe una transfobia desmedida entre grupos de hombres gais quienes han asumido el estereotipo de una apariencia masculina a lo Tom de Finlandia musculosa como performance representacional de la comunidad.

 Abreu Arcia escribe desde el interior de una subjetividad encarnada en la experiencia de una serie de sujetxs enunciantes cuyas voces otras logran cartografiar una genealogía de la colonialidad erótica y sus subsecuentes efectos en una nación empobrecida. La Noche es Testigo (2025) nos solo es un drama personal y colectivo, sino también el testimonio de un presente derruido y de ideologías coloniales que perduran sistemáticamente disfrazadas de una retórica moderna iluminista eurocéntrica que no logra mirarse hacia el interior y realizar esa cura decolonial que nos recomendó Frantz Fanon.


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Las rebeldías necesarias… La novela negra cubana

Escritores cubanos de novela negra más reconocidos: Ignacio Cárdenas Acuña, Leonardo Padura, Daniel Chavarría, José Latour, Rodrolfo Pérez Valero, Justo Vasco, Amir Valle, Lorenzo Lunar Cardedo, Roberto Estrada Bourgeois, Vladimir Hernández, Álex Padrón, Rafael Grillo, Rigoberto Menéndez Paredes, David Martínez Balsa y Oscar F. Ortiz

Proemio

En el año 2002, en una de las ruedas de discusión pública de la Semana Negra de Gijón, fui testigo de cómo importantes escritores, críticos, académicos y periodistas especializados en la novela negra llegaban al consenso de que la resonancia internacional que estaba alcanzando este género se debía a la crisis de falsedad y conveniencias sucias que impedían el desarrollo de un verdadero periodismo crítico, a la crisis de superficialidad y manipulación histórica de la mayoría de los medios encargados de analizar y difundir el legado de la Historia de los últimos (al menos) 50 años y al deseo innato del lector (de las personas en general) de ver reflejados sus problemas y los problemas de su sociedad en la literatura. Recuerdo que Paco Ignacio Taibo II aseguró que la novela negra era la novela costumbrista de la actualidad y que quien quisiera saber lo que realmente sucedía en nuestras sociedades debería convertirse en un lector de la novela negra que se estaba escribiendo en América Latina, España y algunos países de Europa. Una novela negra, decía, que tomaba como pretexto algún enigma, algún crimen, algún delito para hacer una profunda incisión analítica en el alma podrida de la sociedad.

La realidad, diez años después, ha cambiado totalmente. Luego de un período de rechazo al género, considerado menor, las aguas se desbordaron hasta el punto de que hoy es prácticamente imposible encontrar una novela que no acuda a los estamentos establecidos por el género y, lamentablemente, como me comentara recientemente un clásico del género, el español Juan Madrid: “la lista de escritores de novela negra es más larga que la lista de los lectores”. Y así, basta ver todo lo que se publica, el profundo impacto que tuvo la novela negra hoy es sólo una caricatura y el género es, otra vez salvo rarísimas excepciones, un estante lleno de libros mal escritos, que pretenden “ocuparse de la realidad” mostrándola como una caricatura, observada superficialmente y con engolados y falsos pronunciamientos críticos. Así, de un estallido de buena literatura, seguidora fiel de los estamentos del género y cuyas rupturas apuntaban siempre a ofrecer una lectura analítica, profunda, crítica y humanista de la realidad, hemos llegado a un momento en que la mayor parte de lo que se publica en Estados Unidos y Europa es pura literatura de entretenimiento.

En América Latina, donde ya comienzan a verse los primeros síntomas de esa pandemia de tonterías noveladas, aún prevalece el concepto de la novela negra como medio de expresión de la depauperación moral, política, económica y social de esos países, básicamente (para citar los países con más desarrollo en el género) en los novelistas colombianos, mexicanos, y argentinos. ¿Sucede lo mismo en Cuba? ¿Es atinado, como escuché hace unos meses, comparar el estado de la novela negra cubana con el que actualmente existe, de modo predominante, en España? O aún más: ¿están afectados los novelistas “negrocriminales” cubanos por esa pandemia entontecedora que, salvo rarísimas excepciones, está convirtiendo la novela negra en el escenario de farsas o remedos superficiales de las demoledoras contradicciones que afectan a Estados Unidos y los países Europeos?

La respuesta, basada en esos hechos que saltan desde las novelas negras cubanas publicadas en los últimos 10 años bajo el rótulo del género, apunta al peor de los escenarios. Lamentablemente, ni siquiera los más prestigiosos y reconocidos escritores cubanos, han logrado imponer al género, según diría también Paco Ignacio Taibo II en el 2003, “como el termómetro más fino para medir el estado de putrefacción de nuestras sociedades”.  En unos casos (los escritores “negrocriminales” de la isla) por no tener idea de qué cosa es el género negro, publicando cualquier obra bajo ese rótulo o publicando novelas que, pese a ser muy publicitadas, están a cien años luz de la realidad a la cual pretenden reflejar; y en otros casos (los escritores ““negrocriminales” del exilio) por un grupo de limitaciones que van desde la escritura rabiosa contra el sistema (que convierten muchas de esas novelas en verdaderos panfletos) y luego de un enorme Via Crucis terminan bajo las plantas de muchos de esos males que rodean al exiliado. En ambos casos, es justo decirlo, hay autores que logran salvarse de estas trampas y han escrito obras de indudable valía dentro del género y, por consiguiente, dentro del ámbito de las letras cubanas.

Un bojeo por el desarrollo del género en la isla es necesario. Y ese bojeo tiene que ver con la reelaboración de la ciudad, de lo urbano como entorno de la marginalidad. 


Ciudad, marginalidad e Historia

El ámbito de lo citadino, de lo urbano, en la narrativa cubana escrita en la isla en los últimos 30 años, cambia totalmente de esencia a partir de la publicación de las novelas que integran la tetralogía “Las cuatro estaciones”, de Leonardo Padura, y se abre paso, según la crítica literaria, a un proceso de:

 “atomización de la marginalidad y la entrada al escenario cultural isleño de un enfrentamiento tirante entre los códigos artísticos impuestos por los influjos políticos, económicos y sociales de la megahistoria y los códigos de supervivencia social de un ente que comenzaría a denominarse Marginalia, retomando la contienda iniciada en los primeros años del proceso revolucionario, a nivel cultural, con obras como PM en el cine, Andoba en el teatro y la llamada narrativa de la violencia (básicamente los sectores y códigos de marginalidad introducidos por Eduardo Heras, Jesús Díaz y Norberto Fuentes en sus relatos); un proceso truncado por conveniencias y miedos políticos, como bien ya se sabe”1.

A mediados de los 80 del pasado siglo XX serían las artes plásticas, el teatro, la literatura y el cine, en ese orden, los protagonistas de un nuevo estallido de rebeldía, otra vez recogiendo el pendón de los perdedores en décadas anteriores y planteando sus tesis discursivas y expresivas bajo un nuevo entorno: la repulsa que en tanto cosmovisión intelectual y creativa comenzara a recibir, desde principios del 80, primero tímidamente y luego con total desparpajo, el intento de imponer en los entonces países socialistas los códigos estéticos del Realismo Socialista como única vía para acceder y comprender la realidad social de esos países.

En esos caminos, dentro de las letras cubanas, fueron diferenciándose (podría decirse, rebelándose) obras como Siempre la muerte, su paso breve, de Reynaldo González (el aislamiento en la marginalidad rural como rebeldía social), El pan dormido, de José Soler Puig (el rescate de la memoria marginal para el presente), Noche de fósforos y Campamento de Artillería, de Rafael Soler (los nuevos códigos de rebeldía marginal en los jóvenes revolucionarios), algunas novelas del binomio Justo Vasco-Daniel Chavarría (la adopción desbordada de los lenguajes y el habla marginal), los libros de cuentos Donjuanes, de Reinaldo Montero, Habanecer, de Luis Manuel García y Se permuta esta casa, de Guillermo Vidal (trío esencial para entender los nuevos acercamientos, de mediados del 80, a la realidad social y, dentro de esta a los diversos modos de la fauna y el pensamiento marginal citadino y rural), hasta llegar a la eclosión de la cuentística de los narradores del 90, como “caldo de cultivo y espacio preponderante para el ascenso hasta la cima actual del conflicto megahistoria vs marginalia”2.  

Durante la década del 90, la tetralogía de Padura, esta vez desde la perspectiva del género conocido internacionalmente como novela negra, o “neopolicial” (término acuñado por Paco Ignacio Taibo II para diferenciar el comportamiento de esta modalidad en América Latina), como parte de ese conflicto ya habitual entre la megahistoria y la marginalia, remueve los cimientos fundacionales de esa mirada específica que había existido en nuestras letras para los conceptos “ciudad” e “individuo social como ente literario” desde que el clásico Ramón Meza los realzara en su novela Mi tío el empleado. Referirse a estos dos conceptos, y a sus cambios dentro de las letras cubanas, resulta vital, en tanto son considerados por la crítica especializada como los dos aspectos distintivos, diferenciadores y tipificadores de la actual novela negra o neopolicial cubano.

Puede hablarse, entonces, de un reencuentro, de un giro completo de la rueca, de una vuelta a los orígenes. Y es que dicho concepto, que aparece ya en las novelas de Cirilo Villaverde (1812-1894: Cecilia Valdés y La joven de la flecha de oro) y Emilio Bacardí (1844-1922: Vía Crucis y Doña Guiomar), aunque en forma aislada y esporádica, alcanza su plenitud fenoménica en los relatos y la novela de Ramón Meza, y en algunas piezas ya clásicas de la novelística y la cuentística de Miguel de Carrión (Las honradas y Las impuras), Carlos Loveira (Los inmorales y Juan Criollo), para terminar de alzarse en ese monumento de la nueva ciudad vista desde la cárcel que es Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

“…los sociólogos hablan de una pirámide social. Arriba, en lo estrecho, en la punta, están los ricos, los que rigen los destinos. Abajo, en la amplia base, están los pobres, los dueños de los destinos que han de ser regidos. En el borde inferior de esa pirámide, en el rincón más invisible, el más oscuro, está la sociedad marginal. Se ha dicho que es una tesis opresiva, esgrimida por el poder, desde el poder, para mantener su status. (…) …otra tesis suele ser más real: la pirámide invertida. Arriba, en lo ancho, en su rincón sólo en apariencia invisible la marginalidad rige. Al centro, la marginalidad rige. En la punta, donde los ricos siguen rigiendo los destinos ajenos, la marginalidad es asqueante.

No estamos hablando ya de ese bajo mundo, de esa entidad universal llamada bajo mundo, perfectamente localizable antes en nuestras sociedades, donde se mantuvo viva generando sus propios códigos de honor, sus reglas de convivencia, su lenguaje evasivo, sus historias. Decimos más: ese bajo mundo se ha extendido a toda la sociedad. La nueva ciudad latinoamericana real, entonces, es una sociedad marginal: los ricos y los políticos, con sus vicios y su doble moral, son marginales; eso que llaman “pueblo”, por su necesidad de sobrevivir bajo toda circunstancia es marginal; el aire que se respira, viciado con los vicios que tradicionalmente destinamos a la marginalidad, es también marginal. Todos somos marginales bajo ese concepto3.

En simples palabras: en esas novelas de finales del siglo XIX y principios del XX comienza la actuación de una ciudad sumergida, marginal no por elección sino por consecuencia, por fatalismo; una ciudad que discurre en los mismos marcos temporales de esa otra ciudad mucho más novelada que habla de la gran sociedad, los grandes problemas de la alta realeza y de un modo más englobador e histórico. Asistimos a la ciudad que habitan los perdedores (cambio en el concepto de individuo social como ente literario), esos que el mexicano Mariano Azuela llamaría “los de abajo”; una ciudad con leyes propias, con caminos oscuros, y un mundo novelable cargado de bajas pasiones y conflictos humanos terribles, inimaginables para una sociedad que pretende erigirse en modelo ante la humanidad.

Ciudad abandonada (en tratamiento literario y calidad del tratamiento literario), salvo ilustres excepciones (algunos cuentos de Lino Novás Calvo, de Antonio Benítez Rojo y la novela Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante) para priorizar un acercamiento historizador al concepto “ciudad”, básicamente influenciado este cambio por la fuerza conceptual que este término (en contraposición a la narrativa indigenista y rural latinoamericana) adquirió durante el florecimiento del boom: la ciudad era, también, una bestia histórica que habría de ficcionarse desde una perspectiva que encerrara el fenómeno social de una época más que esos pequeños estadios de algún modo marginales para ese gran entorno socio-histórico; cuando aparecían (recuérdese, por ejemplo, algunos sectores de Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes o  El beso de la mujer araña, de Manuel Puig) debían hacerlo insertados como piezas dentro del rompecabezas social (y representativo de los estratos sociales) armado por el autor en cada obra, buscando lo que se conoció como “Novela Mundo” o “Novela Total”.

El llamado postboom, salvo la inserción en el cuerpo novelado de técnicas, procedimientos y recursos expresivos de los lenguajes del fenómeno conocido como postmodernidad y del resquebrajamiento de la idea de “Novela Total” hacia la recreación novelada de universos independientes, mantuvo inalterable (pues los cambios no resultan significativos) este concepto.

Es la llamada “Narrativa latinoamericana de los 90”, que comenzó a dibujarse estéticamente en las antologías de cuentos MC Ondo (1966), compiladas por los narradores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez; y Líneas Aéreas (1999), publicada por la editorial española Lengua de Trapo, la que entroniza dentro del discurso narrativo latinoamericano un nuevo concepto de ciudad, pues “enfrentan el ámbito alucinatorio de Macondo a un McOndo para ellos igualmente sugerente y rico donde reinan los McDonalds, los condominios y los orde­nadores Macintosh; frente a los alucinantes Buendía, el no menos alucinante dúo musical Pimpinela, el Chapulín Colorado y los culebrones televisivos; frente a la naturaleza indómita, los gigantes­cos malls y el smog de las grandes urbes. (…)

Y es esta ciudad el escenario donde los protagonistas no pertenecen a esos seres que habitan (y hacen) la historia, sino a esos otros que la padecen y agonizan bajo sus oleadas usualmente devastadoras, según el hálito destructor de los nuevos tiempos. Prostitutas, asesinos, ladrones, pobres sin esperanza, jóvenes drogadictos y desilusionados de sus países y sociedades; habitantes, en fin, de los mundos oscuros de la perdición marginal, se convierten en los protagonistas de las historias literarias del presente de los años 90 y hasta hoy.

A esa ciudad se circunscribe toda la novelística de Leonardo Padura. Su irreverencia nace de una mirada distinta al concepto ciudad de toda la novela policial cubana que le antecedió, aún cuando haya ciertos matices del cambio que ya eran visibles en las novelas del binomio Justo Vasco y Daniel Chavarría, específicamente en la apropiación que hacen, para el lenguaje literario y para la construcción de tipologías humanas de la marginalidad, del léxico marginal característico en el mundo marginal de la Cuba socialista; una terminología enriquecida por la mixturización de los cubanismos típicos de los humildes con la adopción de códigos extraídos de las lenguas autóctonas africanas de las religiones afrocubanas y con la jugada magistral que significa el empleo del humor y el gracejo lingüístico en función del humor, también característico de la idiosincrasia del cubano.

Lo interesante de este planteamiento es que, de no existir Chavarría, Vasco, Padura  (sin olvidar los aportes que para el género lograron en algunas novelas Luis Rogelio Nogueras, José Latour y Luis Adrián Betancourt, básicamente), el camino de la actual novela negra cubana hubiera tenido que someterse a una ruptura dramática con el canon establecido en los setenta para el género, pues no de otro modo llegaría a los presentes niveles de configuración de un universo novelado típico, distintivo, redefinidor de toda la novelística cubana de los 90 y fin de siglo XX: ellos fueron esencialmente, la puerta y el puente.

No puede olvidarse: el entramado socio-político y cultural cubano de la isla se vio conmovido por la nueva propuesta genérica de Padura para la novela policial (anteriormente signada por los estereotipos y los esquemas ideologizantes que alimentaron la literatura cubana propugnados por los ideólogos culturales de la Revolución). Aún cuando este modelo ya había dado pruebas de su fracaso e inicio de fenecimiento en el momento en que Padura publica la primera novela de la serie, no puede nadie negar que sus planteamientos y su incisión crítica en asuntos de primera envergadura en la sociedad cubana de los 90 fue un hachazo demoledor a los viejos conceptos: por un lado, demostró que podía escribirse sobre ciertos temas espinosos sin habitar una disidencia política y literaria (de moda en esos años); y por otro lado, puso sobre el tapete de la crítica cubana la demostración de que ciertos temas escabrosos (usualmente considerados gastados y tan mediatos que no permitían la suficiente distancia literaria para la escritura) podían ser esgrimidos en una obra, siempre y cuando se hiciera desde una perspectiva estética donde la lectura crítica del arte sobre lo narrado no fuera el objeto sino una derivación (tal vez última) de éste.

En un franco proceso de reatrolimentación, la novelística de quienes desde entonces encabezan el neopolicial cubano: “Padura, Chavarría, Justo Vasco, Latour, Amir Valle y Lorenzo Lunar son las voces más interesantes de este fenómeno en la isla”4, sirvió de puente, a su vez, a la expansión de un género que se impone en los escenarios culturales cubanos a pesar de la reticencia y la desconfianza de las autoridades políticas, evidente en las muy escasas obras publicadas por editoriales nacionales que obvian soberanamente la explosión creativa en este terreno, y evidente también en la todavía más ausente promoción (exceptuando el caso de Chavarría y Padura, con diferencias incluso que favorecen al primero). Acostumbrados a la falta de un discurso intelectual, los editores suelen retomar el ya caduco criterio (la realidad y los estudios literarios han probado su caducidad) de que se trata de obras de un “género menor”. De ese modo, la actual contienda megahistoria vs marginalia (donde la literatura suele ganar, dentro y fuera de la isla, pequeñas pero esenciales batallas al poder político y mediático del sistema) se produce, además, al nivel de los individuos actuantes como adversarios en aquella lidia mayor: políticos/funcionarios culturales vs escritores.

Veamos ahora un aspecto del cambio la perspectiva hasta aquí comentada y la actual: Según Leonardo Padura, el más destacado de los creadores “negrocriminales” cubanos, hay seis aspectos que no pueden dejarse de lado a la hora de abordar la escritura de una novela negra:

“Los clichés saltan por los aires. Mujeres fatales, atmósferas hechas de humo denso y un hombre sentado en el ángulo más oscuro del local, que siempre resuelve el caso pero, indefectiblemente, pierde en lo personal. Son ingredientes afianzados en la tradición del género que Padura aconseja utilizar con una «perspectiva posmoderna». «Yo los utilizo sabiendo que son clichés. Están en mis libros, pero no como una parte fundamental, sino como un guiño al lector; son parte del juego literario».

La novela negra tiene banda sonora. Si el jazz envolvía las cuitas de Santiago Biralbo en El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina y el Bernard Gunter de Philip Kerr rumiaba sus preocupaciones a ritmo de tango en los locales más decadentes de Buenos Aires en Esa llama misteriosa, la música no es menos relevante para Padura. «La música es importantísima en la novela policiaca», asegura. En su caso, las historias transcurren en Cuba y allí, explica el autor, «la música es una presencia constante». «Mario Conde tiene una relación nostálgica con la música de los años 60, que a Cuba llegó con retraso. En cinco de las novelas discute con su amigo el flaco sobre qué van a escuchar en un momento determinado, Beatles o Rolling Stones, al final, eligen a la Creedence».

Una forma astuta de cometer un delito no basta. No hay que quedarse en la mera anécdota. «El escritor se puede quedar en el ingenio, en la superficie, o profundizar en la vida, la sociedad y la Historia; cualquiera de los grandes asuntos de la literatura pueden abordarse desde la novela negra, que es muy dúctil». Y recuerda que su novela Pasado perfecto trata de la nostalgia y la memoria; Vientos de cuaresma, del amor, y la marginación y el engaño se abordan en Máscaras y Paisajes de otoño.

El lector se identifica con el antihéroe. «Es clave tener un personaje que exprese un punto de vista ético, social y humano, y que tenga una mirada propia sobre un contexto determinado». Y hay que conseguir que el lector se identifique con él, incluso en los aspectos de antihéroe. «Son personajes con un sentido ético peculiar». Para Padura, su Mario Conde es un nieto del Marlowe de Raymond Chandler y un hijo del Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán. El resultado, un personaje «de mirada crítica e ironía desencantada».

Romper las estructuras. El autor invita a jugar al despiste con el lector. «Hay que conocer las reglas del juego, hacer un ejercicio racional y romperlas. En casi todos los casos se cuenta la historia según el esquema del principio, desarrollo, clima y desenlace; pero a veces conviene violar esas estructuras». Como ejemplo recurre a su novela La neblina del ayer: «el crimen se comete a la mitad de la historia».

Huir de lo maniqueo. Ningún lugar físico ni ningún espacio moral está libre de albergar el delito. «Hay que mover las líneas entre buenos y malos», explica el autor, que habla de policías corruptos, y recorre en sus tramas desde los barrios marginales hasta los de clase alta. «Trato la degradación de ciertas formas de pensar y actuar de un sector de la población que debería ser representante del ideal revolucionario y que, sin embargo, se aprovecha de su posición para obtener ciertos beneficios».

De los seis aspectos, cuatro apuntan al divertimento y sólo dos, y de modo muy superficial, a los ámbitos de la novela negra como una mirada escrutadora y crítica sobre la realidad. A Padura, bien lo hemos conversado él y yo algunas veces, le ha funcionado de maravillas, pero esta sugerencia (que estoy seguro seguirán muchos nuevos escritores porque Padura es, sin dudas, uno de los más respetados líderes de opinión de las letras cubanas actuales) no puede considerarse ni mínimamente un acercamiento al camino que ha permitido esos verdaderos logros que han hecho que la novela negra cubana sea considerada como una de las más sólidas a nivel internacional, a pesar del tamaño de la isla y de que son pocos los escritores del género que han logrado reconocimiento más allá del país desde el cual escriben, sea Cuba o algún otro de la diáspora cubana.

La referencia primera de ese logro es clara: la demostración mediante esa novelística de la ausencia del libre albedrío social dentro de esa ciudad (léase la verdadera Cuba, no la de los posters turísticos). Es más que una tesis: las vibraciones de la ciudad son iguales para todos los individuos que la integran, aún cuando la percepción dependa del estrato social en el cual se respire. Sus personajes, todos, sin distinción, están condenados a sufrir esas vibraciones que son, en esencia, la de una ciudad con todos sus eslabones en crisis. Y la transmisión de esa crisis a sus propias vidas es parte del entorno psicológico de los personajes, remarcadas por el hecho de que ese fatalismo, esa falta de libertad individual, esa frustración social no cae, precisamente, del cielo, sino que llega del entorno político social en el cual gravita esa ciudad y ese individuo.

“La fuerza de la novela negra cubana, y llamo la atención sobre las novelas de Padura (La neblina del ayer), Amir Valle (Santuario de sombras) y Lorenzo Lunar (Polvo en el viento), se halla en que muestran la realidad cubana al desnudo, sin mordazas, armando escena a escena una ciudad sumergida, un mundo en el cual nada es en blanco y negro y todo está grabado a fuego por la uniformidad social ideológicamente obligatoria de la cual tratan de escapar los personajes, por las olas agrias de la marginalidad ensuciando todas las calles y todos los ambientes, y por la sublevación moral clandestina de los protagonistas, sean víctimas, victimarios o simples figurantes”5.

La referencia segunda (algo que también puede encontrarse en la narrativa de Rubem Fonseca, Manuel Vázquez Montalbán, Ricardo Piglia, Paco Ignacio Taibo II, Juan Madrid, y muchos otros): la marginalización de lo humano, asunto típico y ya autóctono en la ciudad y la sociedad moderna (no puede olvidarse que Cuba lo es, pese a sus atrasos en otras materias); un trauma social mediante “el cual el ser humano regresa al animal, a la brutalidad del animal, a la lucha por la supervivencia del animal, a las trampas y las costumbres irracionales del animal”6.

Aunque resulte incómoda para los ideólogos de la “perfecta sociedad cubana,” la “animalia” que puebla las páginas de esos libros es una fauna compleja, representativa de esa otra fauna que habita en la realidad del cubano de a pie; un mar de personajes muy cubanos (y muy cubanizados por sus incidencias en la realidad marginal) que no ofrecen más alternativa al lector que la de mirarse en el espejo de sus propios fracasos, lo que es, sin dudas, una de las más profundas reflexiones sobre las pérdidas de valores humanos y sociales en la Cuba de hoy. Esos personajes y sus conflictos más íntimos muestran el eterno pero invisible batallar entre la Megahistoria corruptora (la Revolución Cubana y su influjo en la sociedad y la vida íntima del cubano) contra la microhistoria más insignificante del hombre en la sociedad moderna (el modo en que se desenvuelve y lucha por sus sueños, aspiraciones, libertades si les quedan); enseña (como sucede en otras grandes novelas y otros grandes autores) que los momentos de crisis más terribles de la sociedad pueden ser observados mejor desde la particularidad de una vida.


Coda

Retomar las preguntas iniciales, ante todo lo anterior, es un reto. La novela negra cubana actual, por desgracia, muestra una realidad que, salvo algunas pequeñas fragmentaciones o escenarios, sólo ocurre en el ámbito literario que encierran sus páginas y es un verdadero muestrario de alienación literaria con respecto a esa realidad. . Mientras algunos sigan empeñados en escribir de “malos y buenos”, al estilo del peor realismo socialista cubano de aquella literatura policial que plagó las librerías de bodrios literarios; mientras otros yerren intentando “dignificar” el género con una supuesta mejor factura literaria que la equipare a las creaciones lezamianas y carpenterianas (he escuchado a algunos “escritores de élite” decir, por ejemplo, que Padura es un escritor con éxito de un género menor); mientras otros sigan desconociendo que el género tiene reglas y condicionantes que han demostrado su valía por ya más de ochenta años y cientos de grandes escritores e intenten “innovar” obviando esas reglas; mientras la creación dentro de este género de libertades se asuma desde el miedo a la represión, la abulia crítica o desde la confrontación ideológica como premisa creativa, y mientras se olvide que la novela negra ha sido el Caballo de Troya de la literatura del siglo XX y lo que va del XXI, es decir, el género que ha dinamitado desde dentro todos los esquemas, convirtiéndose al mismo tiempo en un mecanismo perfecto de crítica a la sociedad y de comunicación con amplios sectores de la población (cosa que la literatura antes jamás había logrado, como sí lo logró, por ejemplo, el cine)…, mientras los narradores cubanos que emprenden la escritura de novela negra sigan recorriendo los errados caminos antes mencionados, seguiremos asistiendo al mismo escenario de la actualidad: un escenario de escasos autores y escasas obras válidas, en cualquiera de las orillas de “lo cubano”. 

Del proyecto Cuba Primero al Pacto Social posmoderno: dos paradigmas para la reconstrucción constitucional de Cuba


I. Introducción

Toda transición histórica obliga a las naciones a responder una pregunta que trasciende el simple reemplazo de un gobierno: ¿sobre qué fundamentos debe reconstruirse el orden político? La respuesta a esa interrogante determina no solo la forma del Estado, sino también la concepción del ser humano, de la libertad, de la justicia y de la legitimidad del poder. Las constituciones, por sí solas, nunca han creado una civilización; únicamente han expresado, con mayor o menor fidelidad, los principios previamente asumidos por una comunidad política.

Cuba se encuentra hoy precisamente ante ese momento histórico. Después de más de seis décadas de un régimen de partido único, la cuestión decisiva ya no consiste únicamente en cómo abandonar el totalitarismo, sino en qué tipo de República deberá surgir después de él. La experiencia del siglo XX demuestra que la simple sustitución de unas instituciones por otras no garantiza la consolidación de una sociedad libre. Las transiciones políticas fracasan cuando no descansan sobre un consenso suficientemente profundo acerca de los valores que deben orientar la convivencia nacional.

En este contexto han surgido diversas propuestas dirigidas a imaginar el futuro constitucional de Cuba. Entre ellas ocupa un lugar relevante el Proyecto Cuba Primero, impulsado por el académico Roberto Veiga, que propone una transición democrática sustentada en el Estado de Derecho, el pluralismo político, una economía abierta con responsabilidad social y la convocatoria de un nuevo proceso constituyente.

El Proyecto Cuba Primero se inscribe, fundamentalmente, dentro del constitucionalismo democrático contemporáneo desarrollado en Europa y América Latina. Su propuesta parte de la soberanía popular, de la representación política y de la necesidad de una Asamblea Constituyente encargada de elaborar una nueva Constitución. En ese sentido, responde al paradigma del contrato político moderno y a la tradición constitucional que sitúa al pueblo, concebido como sujeto colectivo, en el origen de la legitimidad estatal.

Paralelamente, el Pacto Social Posmoderno propone una revisión más profunda de los fundamentos mismos del constitucionalismo. No parte del contrato social formulado por Jean-Jacques Rousseau, sino de la tradición del pacto social de la cristiandad, posteriormente desarrollada, bajo formas seculares y constitucionales, por la tradición angloamericana y por la Revolución Norteamericana. Desde esta perspectiva, la Revolución Digital permite superar progresivamente el paradigma de la soberanía popular y restituir el ejercicio originario de la soberanía al ciudadano.

Aunque ambas propuestas comparten el propósito de construir una Cuba democrática, libre y respetuosa de los derechos humanos, parten de presupuestos filosóficos diferentes acerca del origen del poder político, la naturaleza de la representación y la arquitectura institucional del Estado. Mientras una desarrolla el constitucionalismo representativo heredado de la modernidad europea, la otra sostiene que las nuevas condiciones tecnológicas permiten iniciar una nueva etapa en la evolución constitucional, caracterizada por la soberanía ciudadana como fundamento inmediato del sistema político.

El propósito del presente estudio no consiste en descalificar ninguna de estas propuestas. Por el contrario, pretende analizarlas desde la teoría constitucional, identificar sus coincidencias y diferencias y valorar el alcance doctrinal de cada una dentro del debate contemporáneo sobre la reconstrucción institucional de Cuba.

Solo mediante un examen sereno y rigurosamente académico será posible determinar cuál de estos paradigmas responde con mayor adecuación a las exigencias de la nueva realidad histórica inaugurada por la Revolución Digital.


II. Los fundamentos filosóficos del Proyecto Cuba Primero

Foto: Cortesía – Judith Hasler -Pixabay

Toda teoría constitucional parte de una determinada concepción del ser humano y de la sociedad. Antes de proponer instituciones, debe responder preguntas anteriores: ¿qué es la persona?, ¿de dónde proviene la legitimidad del poder?, ¿cuál es la finalidad del Estado? El Proyecto Cuba Primero responde a estas cuestiones desde la tradición del constitucionalismo democrático europeo contemporáneo, procurando ofrecer una alternativa al modelo totalitario instaurado en Cuba a partir de 1959.

Su punto de partida consiste en afirmar que la futura República debe descansar sobre la dignidad de la persona humana, la protección efectiva de los derechos, el pluralismo político, la economía abierta con responsabilidad social y el sometimiento de todo poder al orden jurídico. En este sentido, la propuesta se inserta dentro de la tradición liberal-democrática desarrollada especialmente después de la Segunda Guerra Mundial y enriquecida por el derecho internacional de los derechos humanos.

Sin embargo, conceptos como dignidad humana, derechos fundamentales, Estado de Derecho e imperio de la ley requieren una definición doctrinal suficientemente precisa. No es lo mismo considerar que los derechos nacen de la naturaleza y dignidad inherentes a la persona que entenderlos únicamente como facultades reconocidas por una Constitución o concedidas por una mayoría política. Tampoco es idéntico concebir el Derecho como un instrumento dirigido a realizar la justicia que reducirlo a la obediencia formal a normas válidamente promulgadas.

El Pacto Social Posmoderno sostiene, en este sentido, que los derechos son inalienables porque pertenecen al ser humano por su propia condición y preceden tanto al Estado como a cualquier asamblea constituyente. El poder político no los crea, sino que debe reconocerlos, garantizarlos y protegerlos. La justicia, por su parte, no constituye una consecuencia accidental de la ley, sino el fin superior al cual debe ordenarse todo el sistema jurídico.

El Proyecto Cuba Primero afirma que la legitimidad política no nace de una ideología, de un partido o de un líder histórico. La autoridad del Estado únicamente resulta legítima cuando deriva de la voluntad libre del pueblo, expresada mediante procedimientos democráticos y limitada permanentemente por el orden jurídico. Ninguna mayoría puede situarse por encima de la dignidad humana, pues los derechos constituyen un límite infranqueable para cualquier poder político.

Desde esta perspectiva, la transición cubana no debe limitarse a sustituir un gobierno por otro. Debe crear un sistema institucional capaz de impedir la reconstrucción de cualquier forma de dominación autoritaria. De ahí la importancia que Cuba Primero concede a la independencia judicial, la separación de poderes, la existencia de una prensa libre, el reconocimiento del pluralismo ideológico y la participación de la sociedad civil en la vida pública.

No obstante, la independencia judicial también exige precisar quién selecciona a los jueces, mediante qué procedimientos se garantiza su imparcialidad y cuál debe ser la relación entre la ley, la jurisprudencia y la conciencia jurídica del juzgador. Un Poder Judicial no se convierte en independiente únicamente porque la Constitución así lo declare; necesita mecanismos institucionales que lo protejan tanto de la subordinación al Ejecutivo como de su posible transformación en un poder político carente de responsabilidad.

Especial relevancia adquiere en Cuba Primero la idea de un proceso constituyente incluyente. La propuesta sostiene que la futura organización política de Cuba no puede imponerse unilateralmente por ningún grupo, sino que debe ser el resultado de un amplio consenso nacional que incorpore a quienes viven dentro y fuera de la Isla, respetando la diversidad política, religiosa, económica y cultural de la nación cubana. La legitimidad del nuevo orden constitucional dependerá, precisamente, de la amplitud de ese consenso y de la transparencia del procedimiento mediante el cual sea alcanzado.

En consecuencia, el Proyecto Cuba Primero no concibe la Constitución únicamente como un texto jurídico. La entiende como un acuerdo político entre diferentes sectores y partidos, destinado a organizar la convivencia democrática y garantizar la alternancia pacífica en el ejercicio del poder. La estabilidad institucional no proviene de la permanencia de determinados gobernantes, sino de la fortaleza de las reglas que limitan su actuación y permiten la sustitución periódica de quienes ejercen funciones públicas.

Esta concepción sitúa a Cuba Primero dentro de la evolución clásica del constitucionalismo europeo y latinoamericano. Comparte principios desarrollados por esa tradición durante los siglos XVIII, XIX y XX: gobierno representativo, elecciones libres, supremacía constitucional, control judicial, protección de los derechos y responsabilidad política de los gobernantes.

Sin embargo, precisamente por apoyarse en esa tradición, el Proyecto Cuba Primero conserva también algunos de sus presupuestos históricos fundamentales. Entre ellos sobresale la idea de que la soberanía continúa ejerciéndose principalmente mediante instituciones representativas y órganos constitucionales creados para actuar en nombre del cuerpo político. El ciudadano conserva el derecho de elegir, controlar y sustituir a sus representantes, pero el ejercicio ordinario del poder permanece residenciado en las instituciones del Estado.

Es justamente en este aspecto donde aparece la principal diferencia doctrinal con el Pacto Social Posmoderno. Mientras Cuba Primero procura restaurar y perfeccionar el constitucionalismo representativo heredado de la modernidad, la teoría de la soberanía ciudadana sostiene que las condiciones tecnológicas de la Revolución Digital permiten replantear la localización misma del ejercicio de la soberanía, trasladándolo progresivamente desde las instituciones hacia el ciudadano como sujeto permanente del poder político y constituyente.


III. La soberanía popular y la soberanía ciudadana: dos concepciones del sujeto político

Foto: Cortesía  Norbert Höldin -Pixabay

Toda teoría constitucional termina descansando sobre una pregunta fundamental: ¿quién es verdaderamente el soberano? Aunque esta cuestión ha acompañado al pensamiento político desde la Antigüedad, el constitucionalismo moderno ofreció una respuesta que durante más de dos siglos pareció definitiva: la soberanía pertenece al pueblo. Sobre esa premisa se edificaron la mayoría de las constituciones contemporáneas y se organizó el funcionamiento del Estado representativo.

El Proyecto Cuba Primero se inscribe dentro de esa tradición. Su propuesta parte del reconocimiento de que el pueblo constituye el titular originario de la soberanía y que esta se expresa mediante elecciones libres, instituciones representativas y un proceso constituyente democrático. La legitimidad política deriva del consentimiento popular y encuentra su expresión jurídica en una Constitución elaborada por representantes y aprobada, directa o indirectamente, por la ciudadanía.

Desde esta perspectiva, la democracia representativa no constituye necesariamente una negación de la soberanía, sino el instrumento históricamente utilizado para hacer posible su ejercicio dentro de sociedades extensas y complejas. La fortaleza de esta concepción reside en haber contribuido a superar las formas absolutistas del poder. Al desplazar la soberanía desde el monarca hacia el pueblo, el constitucionalismo moderno hizo posible la afirmación de la igualdad política, la responsabilidad de los gobernantes y la limitación jurídica del Estado.

Durante más de dos siglos, este paradigma representó uno de los mayores avances de la civilización occidental. Sin embargo, el Pacto Social Posmoderno sostiene que esa respuesta histórica estuvo condicionada por las limitaciones materiales de su tiempo.

En los siglos XVIII y XIX resultaba imposible que millones de ciudadanos participaran de manera continua en la formación de la voluntad política. Las enormes distancias geográficas, la lentitud de las comunicaciones, el analfabetismo generalizado y la inexistencia de tecnologías de información obligaban a delegar el ejercicio cotidiano del poder en representantes e instituciones permanentes. La representación no fue únicamente una opción doctrinal; constituyó también una necesidad material y tecnológica.

La Revolución Digital modifica profundamente esas condiciones. La comunicación instantánea, la expansión de las tecnologías de la información, la inteligencia artificial y los mecanismos de identificación electrónica hacen imaginable una participación ciudadana mucho más amplia en la formación de las decisiones públicas. El fundamento histórico que justificó la concentración casi permanente del ejercicio de la soberanía en los órganos representativos pierde, al menos parcialmente, la fuerza que tuvo durante la modernidad.

Sobre esta transformación descansa la tesis de la soberanía ciudadana. Según esta concepción, el verdadero sujeto originario del poder no es únicamente una entidad colectiva abstracta denominada pueblo, sino cada ciudadano concreto, titular de una dignidad inviolable y de derechos inalienables. La comunidad política surge de la asociación libre de esos ciudadanos, y no el ciudadano como una simple creación posterior del Estado.

En consecuencia, la soberanía no debe permanecer residenciada de manera prácticamente permanente en las instituciones estatales, sino regresar progresivamente a quienes constituyen su fuente originaria.

La diferencia entre ambas doctrinas no consiste únicamente en una cuestión terminológica. Mientras la soberanía popular identifica al pueblo como sujeto colectivo del poder político, la soberanía ciudadana identifica al ciudadano individual como residencia originaria de ese poder. La primera privilegia la voluntad general expresada mediante instituciones representativas; la segunda pretende fortalecer el protagonismo permanente de cada ciudadano sin eliminar la representación, pero redefiniendo su naturaleza y sus límites.

Desde esta perspectiva, las instituciones representativas dejan de ser depositarias de la soberanía para convertirse en órganos de administración de competencias expresamente delegadas por los ciudadanos. La legitimidad continúa naciendo del consentimiento democrático, pero este deja de manifestarse únicamente mediante elecciones periódicas y puede proyectarse, a través de mecanismos constitucionales adecuados, sobre las decisiones fundamentales de la vida pública.

La tesis de la soberanía ciudadana encuentra uno de sus fundamentos antropológicos en la gran metáfora de la cristiandad según la cual el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. De esa concepción surge la afirmación de una dignidad humana anterior al Estado, que ninguna autoridad puede conceder ni legítimamente suprimir. El ser humano no es soberano porque el poder político así lo declare; es titular originario de libertad y responsabilidad porque su valor no procede de la comunidad política, sino que la precede.

Esta divergencia posee importantes consecuencias para toda la arquitectura constitucional. Si la soberanía reside originariamente en el ciudadano, entonces el poder constituyente también debe entenderse como una facultad ciudadana permanente y no exclusivamente como un acontecimiento extraordinario convocado en momentos excepcionales de la historia.

Por ello, el Pacto Social Posmoderno ha convocado a los ciudadanos cubanos a adherirse mediante medios digitales a un acuerdo político y jurídico fundacional. Esta iniciativa parte de la premisa de que un pacto libremente aceptado constituye ley entre quienes lo suscriben y de que la manifestación electrónica del consentimiento puede poseer validez jurídica, siempre que se encuentre acompañada por mecanismos confiables de identificación, autenticación, transparencia y verificación.

La firma del Pacto pretende erigir al ciudadano en soberano, reconocer como inviolables sus derechos inalienables, declarar la justicia como fin del Derecho y organizar un gobierno republicano fundado en la separación, división e independencia de los poderes públicos. Se trataría, desde esta concepción, del acto político y jurídico mediante el cual pudiera realizarse el ideal martiano de que la ley primera de la República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Ese ideal no debe entenderse como una frase ceremonial. Expresa la continuidad doctrinal que enlaza el pensamiento de Félix Varela, Ignacio Agramonte y José Martí con los valores antropológicos más elevados de la cristiandad y con la tradición constitucional que concibe al poder como una facultad fiduciaria, limitada y delegada.

Las instituciones públicas dejan así de concebirse como centros naturales del poder para convertirse en instrumentos jurídicos al servicio de una ciudadanía que conserva continuamente la titularidad originaria de la soberanía.

En este punto aparece la diferencia doctrinal más profunda entre ambas propuestas. Cuba Primero procura restaurar y perfeccionar el constitucionalismo representativo que inspiró, con sus particularidades históricas, las constituciones cubanas de 1901 y 1940. El Pacto Social Posmoderno sostiene, en cambio, que la Revolución Digital permite iniciar una nueva etapa del constitucionalismo, caracterizada por el retorno progresivo del ejercicio de la soberanía al ciudadano como fundamento permanente del orden político.


IV. La Asamblea Constituyente y la Constituyente Ciudadana: dos modelos de fundación constitucional

Foto: Cortesía  Yosvany Garcia -Pixabay

Toda comunidad política necesita un momento fundacional en el que determine las reglas que habrán de regir su convivencia. Desde finales del siglo XVIII, ese momento ha recibido el nombre de poder constituyente. Sin embargo, aunque la expresión ha permanecido prácticamente inalterada durante más de doscientos años, su significado puede evolucionar conforme se transforman las condiciones materiales de la vida política.

El Proyecto Cuba Primero propone que la reconstrucción democrática de Cuba culmine mediante una Asamblea Constituyente elegida libremente por la ciudadanía. Dicha Asamblea tendría la responsabilidad de elaborar una nueva Constitución que posteriormente sería sometida a la aprobación popular. Esta fórmula responde al modelo clásico del constitucionalismo democrático europeo y latinoamericano y reproduce el procedimiento seguido por numerosas transiciones políticas durante los siglos XIX y XX.

La Asamblea Constituyente concentra temporalmente el poder originario de la nación para redactar el nuevo contrato constitucional. Terminada esa tarea, desaparece, y las instituciones creadas por la Constitución asumen el ejercicio ordinario del poder político. Se trata de un acto extraordinario cuya legitimidad proviene de la representación democrática conferida por los electores.

El Pacto Social Posmoderno comparte la necesidad de un acto fundacional, pero discrepa respecto de su naturaleza jurídica. Sostiene que el verdadero poder constituyente no puede agotarse en la elección de una Asamblea, porque la titularidad originaria de la soberanía permanece siempre en el ciudadano. Ningún órgano representativo, por ampliamente legitimado que se encuentre, puede sustituir completamente esa condición originaria.

Por ello, la propuesta distingue entre el acto constituyente y el proceso constituyente. El primero corresponde a la decisión soberana mediante la cual los ciudadanos instituyen un nuevo orden político. El segundo comprende el conjunto de procedimientos, deliberaciones e instituciones destinados a desarrollar y preservar esa decisión fundacional a lo largo del tiempo.

Esta distinción permite comprender una de las innovaciones centrales del Pacto Social Posmoderno: la Constituyente Ciudadana.

No se trata simplemente de convocar una Asamblea diferente ni de modificar el procedimiento tradicional de redacción constitucional. Se trata de reconocer que el ciudadano conserva permanentemente la condición de sujeto constituyente y que las instituciones políticas ejercen únicamente competencias delegadas por él.

Desde esta perspectiva, la función de una eventual Asamblea no desaparece. Continúa siendo necesaria para ordenar técnicamente el texto normativo, armonizar sus disposiciones, recibir conocimientos especializados y dotar al nuevo sistema de coherencia jurídica. Sin embargo, deja de concebirse como depositaria exclusiva del poder constituyente y pasa a desempeñar una función instrumental al servicio de una ciudadanía que conserva el control sobre las decisiones esenciales del proceso.

La Revolución Digital confiere una viabilidad antes inexistente a esta concepción. Las tecnologías contemporáneas permiten imaginar mecanismos seguros de consulta, deliberación y ratificación ciudadanas que hace apenas unas décadas habrían resultado técnicamente imposibles. La participación directa deja de ser una aspiración puramente teórica para convertirse en una posibilidad institucional susceptible de incorporarse al diseño constitucional, siempre que se establezcan garantías jurídicas y tecnológicas contra el fraude, la manipulación, la exclusión digital, la vigilancia y la concentración privada del poder informático.

De este modo, la Constituyente Ciudadana no pretende sustituir la democracia representativa por una democracia plebiscitaria permanente. Tampoco busca eliminar los órganos especializados del Estado ni someter cada decisión administrativa a una consulta general. Su propósito consiste en redefinir la relación entre representantes y representados, preservando la representación allí donde resulte indispensable, pero evitando que esta produzca un desplazamiento permanente del ejercicio de la soberanía desde el ciudadano hacia las instituciones.

La diferencia entre ambos modelos refleja, en definitiva, dos maneras distintas de comprender la evolución del constitucionalismo. Cuba Primero considera que la prioridad consiste en restaurar el funcionamiento pleno del Estado democrático de Derecho. El Pacto Social Posmoderno sostiene que esa restauración constituye apenas el punto de partida y que las nuevas condiciones históricas permiten avanzar hacia una etapa superior, en la cual el ciudadano deje de ser únicamente elector para convertirse también en protagonista permanente de la vida constitucional.

Esta diferencia no debe interpretarse como una oposición absoluta. Ambas propuestas reconocen la necesidad de una transición pacífica, el respeto a los derechos humanos, la división de poderes y la legitimidad democrática. La verdadera divergencia reside en el grado de protagonismo que cada una atribuye al ciudadano dentro del funcionamiento cotidiano del sistema constitucional.

Mientras Cuba Primero perfecciona el paradigma representativo heredado de la modernidad, el Pacto Social Posmoderno propone complementarlo mediante un proceso de restitución gradual del ejercicio de la soberanía al ciudadano, aprovechando las posibilidades abiertas por la Revolución Digital.


V. La arquitectura del Estado: del constitucionalismo moderno al Sistema Constitucional de tres fases

Foto: Cortesía  lepagegilles – Pixabay

Las diferencias entre el Proyecto Cuba Primero y el Pacto Social Posmoderno no se limitan a la localización de la soberanía o a la concepción del poder constituyente. Ambas propuestas ofrecen, en realidad, dos maneras distintas de comprender la arquitectura misma del Estado y la forma en que una nación debe organizar su vida política después de una ruptura histórica tan profunda como la experimentada por Cuba.

El Proyecto Cuba Primero responde al modelo clásico del constitucionalismo democrático. Su finalidad consiste en restablecer un Estado de Derecho mediante una nueva Constitución que organice los poderes públicos, garantice los derechos y asegure la alternancia democrática. La Constitución aparece así como el acto jurídico fundacional del nuevo orden político y como el instrumento normativo supremo del sistema institucional.

Esta concepción posee una sólida tradición histórica. Desde las revoluciones norteamericana y francesa, aunque con fundamentos doctrinales diferentes, la Constitución escrita ha representado uno de los principales momentos fundacionales del Estado moderno. En ella se concentran los principios políticos esenciales, la organización de los poderes públicos y el catálogo de derechos que limita la actuación de las autoridades.

Durante más de dos siglos, este modelo ha demostrado una notable capacidad para garantizar estabilidad institucional y resolver pacíficamente los conflictos políticos. Sin embargo, su funcionamiento ha dependido siempre de una cultura constitucional previa: hábitos de respeto a la ley, límites morales del poder, responsabilidad ciudadana, confianza pública y aceptación de unas reglas comunes de convivencia.

El Pacto Social Posmoderno parte precisamente de esta observación. Considera que la experiencia constitucional contemporánea revela una progresiva tendencia a identificar la vida política con el texto constitucional, relegando a un segundo plano los fundamentos civilizatorios que hacen posible la existencia de la comunidad política. Las constituciones organizan instituciones, pero no crean por sí solas una cultura política compartida. Cuando esa cultura desaparece o se fragmenta profundamente, el texto constitucional pierde gran parte de su capacidad integradora.

La experiencia cubana constituye un ejemplo particularmente significativo. A lo largo de su historia republicana, Cuba ha conocido diversas constituciones formalmente válidas que, sin embargo, no lograron impedir la crisis institucional, el personalismo político, la corrupción, los golpes de Estado ni, finalmente, la instauración de un régimen totalitario. Ello sugiere que la estabilidad de una nación depende de factores más profundos que la mera existencia de una Constitución técnicamente bien redactada.

La República requiere un consenso previo acerca de los valores civilizatorios que deben orientar la convivencia nacional, la naturaleza de la persona, los límites de la autoridad y la finalidad de las instituciones públicas.

Por esta razón, el Pacto Social Posmoderno propone sustituir la idea de una Constitución concebida como fundamento único del orden político por la noción más amplia de un Sistema Constitucional integrado por tres momentos complementarios y jerárquicamente relacionados: el Proyecto de País, el Pacto Social y el acto constituyente.


1. El Proyecto de País

La primera fase corresponde al Proyecto de País. No constituye un texto jurídico en sentido estricto, sino una declaración de principios civilizatorios destinada a expresar la identidad histórica de la nación, la concepción de la persona humana, el fundamento de la libertad, el sentido de la justicia y los fines permanentes de la República.

Su inspiración proviene de la tradición cubana representada por Félix Varela, Ignacio Agramonte, José Martí y Fernando Ortiz, así como de los valores universales de la civilización occidental, de la tradición cristiana y del constitucionalismo angloamericano expresado de manera singular por los Padres Fundadores de los Estados Unidos.

La función del Proyecto de País consiste en ofrecer el horizonte ético, cultural y político sobre el cual debe descansar todo el edificio institucional. Antes de decidir cuántas cámaras tendrá el Poder Legislativo, cómo será elegido el presidente o qué competencias corresponderán a los municipios, la nación debe determinar qué concepción del ser humano desea proteger, qué fines debe perseguir el Derecho y para qué existe el Estado.

El Proyecto de País no organiza todavía las instituciones; establece el sentido civilizatorio al cual deberán servir.


2. El Pacto Social Posmoderno

La segunda fase está constituida por el Pacto Social Posmoderno. A diferencia del Proyecto de País, el Pacto posee naturaleza política y jurídica. Representa el acuerdo mediante el cual los ciudadanos deciden libremente organizar su convivencia conforme a los principios previamente asumidos.

Es en esta fase donde se reconoce expresamente la soberanía ciudadana, la inviolabilidad de los derechos inalienables, la justicia como fin supremo del Derecho, la separación e independencia de los poderes públicos y el carácter estrictamente delegado del ejercicio de la autoridad política.

El Pacto no debe confundirse con una negociación entre élites, partidos o grupos de poder. Su sujeto no son únicamente las organizaciones políticas, sino los ciudadanos concretos. Las instituciones y los partidos pueden participar en la deliberación, pero no sustituir la voluntad originaria de quienes integran la comunidad política.

Desde esta perspectiva, el Pacto Social constituye el puente entre los valores civilizatorios del Proyecto de País y las instituciones que posteriormente serán creadas por el acto constituyente.


3. El acto constituyente

La tercera fase corresponde al acto constituyente, mediante el cual se crean las instituciones concretas encargadas de hacer operativos los principios contenidos en el Proyecto de País y en el Pacto Social.

La Constitución deja entonces de ser el origen absoluto del sistema político para convertirse en el instrumento jurídico destinado a organizar instituciones previamente subordinadas a un consenso civilizatorio y a un pacto político ya existentes. Su importancia no disminuye, pero cambia su localización dentro del orden fundacional.

La Constitución no crea al soberano. Tampoco concede los derechos inalienables ni determina arbitrariamente la finalidad del Derecho. Su función consiste en organizar los poderes delegados, establecer sus límites, definir los mecanismos de control y garantizar institucionalmente los principios previamente reconocidos por la ciudadanía.

Esta inversión metodológica constituye probablemente la innovación más profunda del Pacto Social Posmoderno. Mientras el constitucionalismo moderno suele comenzar por la Constitución para estructurar, a partir de ella, el resto del orden político, el Sistema Constitucional de tres fases sostiene que ninguna Constitución puede adquirir legitimidad duradera si antes no existe un acuerdo suficientemente sólido acerca de la civilización que la nación desea preservar y construir.

La diferencia no es meramente formal. Implica una comprensión distinta del origen mismo de la legitimidad política. En el modelo clásico, la Constitución ocupa el centro del sistema jurídico y político. En el Sistema Constitucional de tres fases, la Constitución conserva un lugar esencial, pero no constituye el fundamento último. Ese fundamento reside en los valores civilizatorios del Proyecto de País y en el Pacto Social libremente asumido por la ciudadanía.

Desde esta perspectiva, la transición cubana deja de concebirse únicamente como un proceso de sustitución institucional y pasa a entenderse como una verdadera reconstrucción civilizatoria. El objetivo ya no consiste solamente en restablecer la democracia representativa, sino en reconstruir las bases culturales, éticas y jurídicas que hagan posible su permanencia durante las generaciones futuras.

La estabilidad de la República dependerá no solo de la perfección técnica de sus instituciones, sino de la solidez del consenso civilizatorio que las sustente.

En este punto aparece nuevamente la diferencia esencial entre ambas propuestas. Cuba Primero aspira a restaurar el Estado constitucional democrático dentro de la tradición contemporánea europea y latinoamericana. El Pacto Social Posmoderno pretende desarrollar la tradición del pacto y del constitucionalismo norteamericano mediante una arquitectura que distinga claramente entre civilización, acuerdo político e instituciones, evitando que la República vuelva a depender exclusivamente de la fortaleza o debilidad de un texto constitucional.


VI. Dos tradiciones constitucionales modernas

Foto: Cortesía  DEZALB  – Pixabay

La comparación entre Cuba Primero y el Pacto Social Posmoderno exige evitar una identificación indiscriminada entre las dos grandes tradiciones constitucionales surgidas en la modernidad. La Revolución Norteamericana y la Revolución Francesa contribuyeron al desarrollo del constitucionalismo, pero no partieron exactamente de la misma concepción del poder, de la sociedad ni de la soberanía.

La tradición norteamericana se formó sobre la experiencia histórica del Common Law, el gobierno local, las cartas coloniales, los pactos comunitarios, la libertad religiosa y una comprensión fiduciaria del poder. La expresión “We the People” no designaba simplemente una abstracción colectiva, sino una comunidad política integrada por personas que se reconocían anteriores al gobierno y capaces de delegar competencias limitadas a instituciones creadas por ellas.

La Constitución estadounidense no pretendió crear todos los derechos ni fundar desde cero la sociedad. Presuponía una tradición jurídica y moral previa, reconocía poderes enumerados y organizaba un gobierno limitado. La autoridad pública aparecía como una facultad delegada y sometida a controles, no como una manifestación ilimitada de la voluntad general.

La tradición francesa, en cambio, recibió una influencia más directa del racionalismo ilustrado y de la doctrina de la soberanía popular. La nación o el pueblo fueron concebidos como sujetos colectivos de una voluntad general capaz de reorganizar jurídicamente la sociedad. La ley adquirió una centralidad extraordinaria como expresión de esa voluntad, y la representación política se convirtió en el mecanismo mediante el cual el sujeto colectivo ejercía su soberanía.

Ambas tradiciones contribuyeron decisivamente a la libertad moderna, pero contienen tendencias diferentes. La tradición angloamericana tiende a partir de la persona, de las comunidades prepolíticas, de los derechos anteriores al Estado y de la delegación limitada del poder. La tradición continental europea tiende a partir del pueblo o de la nación como sujetos colectivos y de la Constitución como acto creador del nuevo orden jurídico.

El Pacto Social Posmoderno encuentra su fundamento principal en la primera tradición. No pretende reproducir mecánicamente el sistema constitucional estadounidense ni trasladarlo sin adaptación a la realidad cubana. Procura recuperar su principio originario: el ciudadano precede al Estado, los derechos preceden a la Constitución y el poder público solo puede ejercer competencias delegadas.

Esta orientación coincide, además, con una corriente profunda del pensamiento cubano. Ignacio Agramonte rechazó explícitamente la concepción rousseauniana que absorbía al individuo dentro de la voluntad colectiva. José Martí, por su parte, concibió la República como un orden moral dirigido al cultivo de la dignidad plena del hombre. Félix Varela había colocado anteriormente la conciencia, la libertad y la responsabilidad individual en el centro de la formación cívica cubana.

Por tanto, el Pacto Social Posmoderno no debe presentarse como una ruptura con la tradición nacional, sino como un intento de actualizar sus fundamentos ante las condiciones de la Revolución Digital.


VII. Conclusión

El análisis comparado permite afirmar que el Proyecto Cuba Primero y el Pacto Social Posmoderno no constituyen propuestas incompatibles en cuanto a sus fines esenciales. Ambas aspiran a la restauración de la libertad, el Estado de Derecho, la democracia, el pluralismo político y el respeto a la dignidad de la persona humana. Ambas reconocen la necesidad de una transición pacífica, de la protección de los derechos y de la construcción de instituciones legítimas capaces de sustituir el modelo totalitario que ha predominado en Cuba durante más de seis décadas.

La diferencia decisiva no reside, por tanto, en los objetivos perseguidos, sino en la profundidad de la transformación que cada propuesta considera necesaria.

El Proyecto Cuba Primero representa una formulación coherente del constitucionalismo democrático contemporáneo europeo y latinoamericano. Su fortaleza consiste en ofrecer una vía jurídicamente reconocible para reconstruir las instituciones republicanas mediante un proceso constituyente democrático, apoyándose en principios que han demostrado su eficacia en numerosas democracias constitucionales.

En ese sentido, constituye una propuesta seria y valiosa para una transición política. Su insuficiencia no deriva de una falta de compromiso democrático, sino de permanecer dentro de categorías elaboradas fundamentalmente entre los siglos XVIII y XX. La representación continúa siendo el eje del sistema; la Constitución permanece como el acto fundacional por excelencia; y la participación ciudadana sigue articulándose principalmente mediante elecciones, partidos e instituciones representativas.

Estas características no constituyen defectos en sí mismas. Han permitido el desarrollo de sociedades libres y continúan siendo necesarias. Sin embargo, responden a un modelo concebido bajo condiciones históricas y tecnológicas muy diferentes de las actuales. Las dificultades que experimentan diversas democracias europeas y latinoamericanas para responder a la crisis de representación, la concentración del poder, la desinformación, la burocratización y el dominio de las grandes estructuras económicas y tecnológicas muestran la necesidad de revisar algunos de sus fundamentos operativos.

El Pacto Social Posmoderno parte de una premisa distinta. Sostiene que la Revolución Digital ha modificado las condiciones materiales sobre las que se edificó el constitucionalismo moderno y que, por ello, la reconstrucción de Cuba no debería limitarse a restaurar las instituciones de la modernidad, sino aprovechar la oportunidad histórica para iniciar una nueva etapa del desarrollo constitucional.

Desde esta perspectiva, la soberanía ciudadana, la Constituyente Ciudadana y el Sistema Constitucional de tres fases no pretenden destruir los logros del constitucionalismo clásico. Procuran ampliarlos, desarrollarlos y adaptarlos a las posibilidades de una sociedad profundamente transformada por las nuevas tecnologías.

Esta diferencia adquiere una importancia especial en el caso cubano. El problema de Cuba no ha sido únicamente la existencia de un régimen autoritario. Ha consistido también en la ruptura de su continuidad civilizatoria, la destrucción progresiva de la sociedad civil, el debilitamiento de la responsabilidad individual y la pérdida de la cultura republicana que había comenzado a formarse desde Varela, Agramonte, Martí y Ortiz.

Una transición que se limite a sustituir instituciones corre el riesgo de reconstruir únicamente la estructura formal del Estado sin restablecer plenamente las bases culturales, antropológicas y políticas sobre las cuales esas instituciones deben descansar.

En tales circunstancias, el Proyecto de País, el Pacto Social y la Constituyente Ciudadana ofrecen una secuencia lógica que intenta responder no solo al problema del gobierno, sino al de la reconstrucción integral de la nación. El primero procura recuperar el consenso civilizatorio; el segundo transforma ese consenso en un compromiso jurídico y político libremente asumido; y el tercero organiza las instituciones destinadas a servir al proyecto común.

Esta arquitectura reconoce que la estabilidad de una República depende no solo de la perfección técnica de una Constitución, sino de la fortaleza de los principios compartidos que la sostienen.

Por ello, si el objetivo consistiera únicamente en restablecer una democracia constitucional semejante a las existentes en otras naciones occidentales, el Proyecto Cuba Primero constituiría una respuesta consistente. Pero si el desafío consiste en reconstruir una nación profundamente fracturada por décadas de totalitarismo y, al mismo tiempo, preparar sus instituciones para las exigencias de la Era Digital, el Pacto Social Posmoderno ofrece un horizonte doctrinal más amplio.

No se limita a restaurar el constitucionalismo moderno; propone su evolución.

La comparación realizada conduce, por tanto, a una conclusión que no pretende descalificar ninguna de las dos propuestas. Cuba Primero representa una contribución valiosa para la transición democrática y puede desempeñar un papel importante en la recuperación institucional del país. Sin embargo, el Pacto Social Posmoderno incorpora un nivel adicional de elaboración teórica al situar la reconstrucción de la República dentro de un proceso de renovación civilizatoria y constitucional acorde con las transformaciones tecnológicas, culturales y políticas del siglo XXI.

Si la transición cubana aspirara únicamente a recuperar las instituciones del pasado republicano, el modelo representado por Cuba Primero ofrecería una respuesta sólida. Si, en cambio, pretende fundar una República capaz de responder a los desafíos de una nueva época histórica sin renunciar a la tradición republicana cubana, el Pacto Social Posmoderno aparece como la alternativa de mayor alcance doctrinal y con un potencial más amplio para orientar la construcción institucional del futuro.

El dilema de Cuba no consiste únicamente en escoger entre dictadura y democracia. Consiste en decidir si la futura República habrá de reproducir, con las correcciones necesarias, las estructuras constitucionales concebidas para una época anterior o si será capaz de recuperar sus fundamentos civilizatorios para situar al ciudadano, nuevamente, en el lugar originario del poder.

El Proyecto Cuba Primero propone reconstruir el Estado democrático. El Pacto Social Posmoderno propone, además, reconstruir al ciudadano como soberano y a la República como expresión jurídica de su dignidad, su libertad y su responsabilidad.

En esa diferencia reside la razón por la cual el Pacto Social Posmoderno puede constituir una respuesta más profunda a la crisis histórica de Cuba y una propuesta de mayor alcance para la República que habrá de nacer.

Pre & Post Pinochet films: Neruda & El Conde

Foto: Cortesía DW

INTRODUCCIÓN

En nuestra presentación, abordaremos dos filmes de la cinematografía del director chileno Pablo Larrain: Neruda (2016) y El Conde (2023). En ambos, la figura del dictador Augusto Pinochet (1915-2006), es un punto en común que enlaza ambas tramas distantes entre sí por más de medio siglo: 1946-1948 fecha de inicio de la actividad política del poeta Pablo Neruda en el gobierno de Frente Popular de González Videla y 2016, fecha de la muerte del dictador Pinochet tras diecisiete años de dictadura militar (1973-1990).


CINE POLÍTICO

Pablo Larrain (Chile, 1976) es una figura en ascenso dentro de la cinematografía mundial. Además del par de películas mencionadas, es conocido por dirigir Jackie (2016), Spencer (2021), y María (2024). El trío de filmes tiene en común integrar el género biopic con el drama histórico y centrarse en las vidas de tres celebridades femeninas contemporáneas: Jackie, la primera dama norteamericana Jacqueline Kennedy interpretada por Natalie Portman; Spencer, la princesa inglesa Diana (Lady D) con Angelina Jolie de protagonista y Maria, la cantante italiana de ópera Maria Callas con Kristen Stewart en el rol principal.

Al frisar 50 años, Larraín también tiene en su haber fílmico una película nominada a Mejor Película Extranjera en los Premios de la Academia (Hollywood), y con su hermano Juan de Dios -como productor-, participó en Una mujer fantástica (2017) del director Sebastián Lelio, que ganó Oscar en la categoría Filmes Extranjeros.

Grosso modo, Larrain desenvolverá sus filmes dentro de lo que podría calificarse de cine político -de hecho, lo es-, pero en su proyección estética se privilegia por encima del matiz político la creación meta ficcional, en el sentido en el que la describe Linda Hutcheon: “una forma de ficción que explora su propia naturaleza, o ficción sobre la naturaleza de la literatura”.


METAFICCIÓN / METAHISTORIA

Larraín traslada al cine la exploración meta ficcional de la literatura de vanguardia y, al lado de la metaficción literaria, la metaficción histórica. Ambas, metaficción y meta historia, son estrategias narrativas autoconscientes que reflexionan sobre su propia naturaleza. La metaficción examina la construcción de la ficción dentro de la propia obra, mientras que la meta historia analiza cómo se escribe y representa la historia, cuestionando la objetividad histórica.

Entre ambas hay diferencias que es necesario subrayar: la metaficción se enfoca en la invención literaria y sus reglas (arte), la meta historia se enfoca en la interpretación de eventos pasados y cómo se narran (hechos). 

En resumen, ambas son narrativas autorreferenciales que tratan los temas del arte y los mecanismos de la ficción en sí mismos. Una suerte de escritura reflexiva o autoconsciente que le recuerda al lector que está ante una obra de ficción en la que el autor problematiza la relación entre ficción y realidad.


MONTAJE PARALELO FILMES

Como quiera que en Neruda y El Conde ambos conceptos (metaficción y meta historia) estarán presentes, será necesario destacar los logros y deficiencias en su empleo. Por tratarse del cine, emplearemos un procedimiento cinematográfico ad hoc, el montaje paralelo que nos permitirá ir de uno (Neruda) a otro (El Conde).

Sin necesidad de forzar analogías, el contrapunto entre ambos filmes se establece a través de las figuras protagónicas, Neruda en uno y Pinochet en el otro. Cada uno con profesiones difíciles de intercambiar, o de reconciliar: la poesía y el poder. Individuos y obras situados en las antípodas: el escritor y el dictador. Un par imposible de juntar por voluntad propia y solo el azar fue capaz de hacerlo.

El primero un poeta Premio Nobel que murió en extrañas circunstancias -posible víctima de un asesinato político- en el golpe de estado de 1973, patrocinado por el otro, el general Pinochet contra el presidente Allende; el segundo, un dictador que en marzo de 1998 se jubiló de comandante en jefe del ejército como “el soldado activo más antiguo del mundo”, tras sesenta y cinco años de vida cuartelaria.


NERUDA: DRAMA HISTÓRICO

El filme de drama histórico Neruda tiene una duración de 107 minutos, y El Conde con 110 lo supera por 3 minutos. En función del tiempo real de la vida de ambas figuras (la del poeta y la del dictador) la diferencia temporal es abismal, casi infinita. Neruda se ciñe a un momento de la segunda posguerra mundial (1946-1948) -con retrospectivas al pasado (flashback)- insertadas en el desplazamiento lineal del filme y su repercusión en la vida política y social de Chile: el poeta y senador comunista Pablo Neruda, tras producirse una ruptura en el gobierno de Frente Popular entre su partido y el presidente González Videla, se ve obligado a abandonar su escaño en el congreso, pasar a la clandestinidad e intentar cruzar los Andes y pedir asilo en Argentina.


EL CONDE: FILME ECLÉCTICO

El Conde es un filme ecléctico en el que se mezclan la sátira, la comedia de humor negro, el cine de terror en la vertiente de vampiros con secuencias de gore que incluyen primeros planos de cabezas guillotinadas, corazones palpitantes, miembros cercenados y vísceras ensangrentadas a granel.

Por si fueran pocos los excesos, el personaje principal (El Conde), acaba de cumplir 250 años. Su vida pasada hasta llegar al presente, se ofrece en pantalla por medio de viñetas que se remontan a los días de la Revolución Francesa -siglo XVIII- en la década de 1780.

Un tal Claude Pinoche, soldado monárquico del Ancient Regime, es descubierto como vampiro y sobrevive a un intento de asesinato. Posteriormente, es testigo de la ejecución de María Antonieta, finge su muerte y huye al extranjero, participando en las luchas sociales -del lado conservador y contrarrevolucionario- en Haití, Rusia y Argelia.

Finalmente, termina en Chile en 1935 donde se une al ejército con el nombre de Augusto Pinochet (actor Jaime Vadell). Hace carrera dentro del escalafón militar, asciende hasta general, derroca al gobierno de Salvador Allende, se convierte en dictador vitalicio y exige que su familia en la intimidad, le llame «El Conde».         


NERUDA

El plot de Neruda transcurre sin sobresaltos en el primer tercio del filme, matizado por la doble moral en ámbitos diferentes, el de la vida pública como senador que defiende a los derechos de los pobres y obreros chilenos en los debates parlamentarios frente a los discursos de sus adversarios políticos de la burguesía nacional y del gobierno, y el Neruda de la intimidad, el poeta que declama tristes versos en cenáculos literarios decadentistas, rodeado de admiradores en burdeles, o disfrazado de Lawrence de Arabia en medio de orgias de vino y sexo con prostitutas que escuchan deleitadas al célebre poeta.

La doble naturaleza del guion se romperá cuando toma el poder el presidente González Videla. Ha ganado las elecciones con el apoyo de los comunistas, pero rompe con ellos y emprende la persecución contra la militancia de izquierda (1948). El tono visual en el primer tercio del filme se excede en el empleo de imágenes fuera de foco que buscan efectos visuales artísticos, no siempre logrados por su carácter pretencioso y por momentos repetitivo que distrae la atención más que fijarla en la narrativa en pantalla.


EL CONDE

A diferencia de Neruda que tiene un primer tiempo pausado, El Conde arranca “in medias res”, cuando las autoridades comienzan a investigar las riquezas mal habidas de Pinochet y sus violaciones de derechos humanos. Sabiéndose culpable, el dictador vuelve a fingir su muerte y se retira a una granja remota. Tras 250 años de existencia como vampiro y esporádicas incursiones aéreas sobre la ciudad (Santiago) con la amplia capa negra desplegada en abanico en lugar del par de alas, pierde las ganas de vivir, lo que preocupa a Lucia (actriz Gloria Münchmeyer), su esposa y a un tal Fiodor (actor Alfredo Castro) su mayordomo, a quien Pinochet convirtió en vampiro en agradecimiento por su servicio como torturador durante la dictadura.

En reemplazo del dictador, Fiódor toma el uniforme y emprende una brutal matanza para consumir corazones humanos en Santiago. Mientras, los hijos de Pinochet, ansiosos por recibir su herencia, contratan a una monja, Carmen (actriz Paula Luchsinger), para exorcizar y matar al centenario conde con el pretexto de auditar la riqueza familiar, y van a la granja, seguidos por Carmen, que encanta a Pinochet con su fluidez en francés.

El romance entre Pinochet y la monja lo hace apartarse del pensamiento obsesivo que lo acompaña desde su retiro de la vida militar: que no se le valore como lo que realmente es, un dictador y empedernido criminal lo cual, lejos de deprimirlo lo enaltece, sino que se le tenga y se le acuse de ladrón, cargo que, a sus ojos, arroja por el suelo junto a su orgullo personal una vida dedicada al servicio de las armas y a la represión. 


NERUDA

Los escapes de Neruda de la persecución a bordo de autos de la década del 40 en el ámbito urbano tienen mucho de filme noir norteamericano, cuando huye a caballo por montes y sierras, la fuga recuerda los westerns con sus interminables cabalgatas y polvaredas. En ambas geografías, aparece su némesis, un joven inspector policial de bizarro nombre, Oscar Peluchonneau -actor mexicano Gael Garcia Bernal.

El detective ha asumido como una cruzada medieval dar con el paradero de Neruda antes de que cruce la cordillera rumbo a la Argentina, hacia donde se dirige para pedir asilo. La voz en off que gobierna la narrativa de las acciones en pantalla con un punto de vista unilateral, pretendidamente objetivo, es la de Peluchonneau, el policía, y como espectadores estaríamos obligados a creer en lo que dice como fuente de toda verdad.

Tras aceptar la encomienda del presidente de encontrar a Neruda, “se mete en los zapatos del poeta”, estudia cada detalle de su biografía y lee con interés la poesía de Neruda que se desborda en imágenes surrealistas incomprensible para neófitos -como él- en métrica y rimas vanguardistas de poemas como Walking Around o el Canto General. Al final de la lectura, duda si ama por sentimiento u odia por convicción ideológica al poeta con el que se siente extrañamente identificado.

Peluchonneau, además, se ha construido un falso origen como el hijo ilegítimo del fundador de la policía y sospecha que su madre era una de esas putas que el poeta frecuentaba en sus orgias. Otros elementos de identificación del policía con el poeta son las novelas policiales que Neruda le va dejando como pistas durante su fuga que lo incitan a seguirlo en otra variante de juego perverso de “atrápame si puedes”, y los versos del «Canto General» que recitan los presos comunistas en los centros de reclusión y que él escucha.

Una vez que da inicio la persecución, el filme dará un vuelco, abandonando una cierta hechura realista, se transformará en una visión meta ficcional de los protagonistas, el poeta y el policía, cuyos roles se harán intercambiables, tratando de adivinar cada cual el próximo paso de su némesis, uno como víctima y el otro como verdugo, aunque por momentos, para sorpresa de los espectadores, sus roles transmutaran, el escritor devendrá policía y el policía poeta.


NERUDA VS EL CONDE (I)

Si en Neruda en ocasiones resulta contraproducente la afanosa búsqueda estilística de la lente fotográfica, en El Conde será necesario llamar la atención hacia el exagerado “contenido” de las imágenes, comenzando por hacer de Pinochet un ser sobrenatural -vampiro en este caso-, tan proteico como Prometeo con su cuarto de milenio de vida a cuestas como si tal cosa fuera la eternidad.

Para algunos críticos, la reiteración de imágenes macabras como decapitaciones, extracciones forzosas de corazones que luego son molidos dentro de licuadoras de sangre, más que ilustrar la existencia de una terrible dictadura en el Cono Sur andino, “banalizan el poder” en el sentido en el cual refiere la ensayista alemana Hannah Arendt en “Eichmann en Jerusalem: un informe sobre la banalidad del mal” (1963).

En la segunda mitad del filme Neruda (actor Luis Gnecco) se ve obligado a esconderse de la policía. La huida a caballo por la cordillera tiene poco encanto, a no ser por el paisaje nevado de las montañas. La etapa del poeta fugitivo, llena de peligros, resulta ser una época de producción prolífica, ya que los poemas de textura política e ideológica que compone a su paso clandestino por remotas regiones del país despiertan la inquietud social del pueblo y dan voz a los que carecen de ella.

El plan de escape es planeado artísticamente por el poeta para eludir la persecución del comisario. El gato cazador (policía Peluchonneau) de ratones (poeta Neruda) se transforma en algo así como un atormentado personaje de las novelas de Dostoievski, un Raskolnikov cualquiera obsesionado por dar caza al ratón. Si lo logra, su oscuro ego de policía de la crónica roja de los diarios brillará como un sol en el cenit al eclipsar al del poeta de fama mundial.

De policía despreciado por el pueblo por su condición de represor, y humillado como un vulgar agente por la cadena de mando de sus jefes, al ser elegido por el presidente para apresar al intelectual Neruda que socava el orden constitucional, tendrá la oportunidad de su vida: ser rey por un día que en la práctica equivaldría a que el joven inspector, serio y diligente en su oficio policial, pero de oscuros orígenes que lo llevan a afirmar “vengo de la página en blanco”, pase a ser figura pública, reconocida su labor de represor por el presidente de la república.


NERUDA VS EL CONDE (II)

El Conde en su etapa final, se debate en medio de las rivalidades de la familia del dictador, angustiada por la posibilidad de quedar desheredados. Carmen entrevista a la familia sobre sus problemas legales y de finanzas, preparando un expediente que esconde en su habitación de la vista de todos. En un rapto de sinceridad, revela su verdadera identidad de monja a Pinochet e intenta exorcizarlo, pero acaba teniendo relaciones sexuales con él, lo que le permite transformarla en vampira, igual que hizo con su fiel criado, el ruso Fiódor. En medio de las intrigas de la familia vampírica, aparece un personaje inusual: Margaret Thatcher.

La persecución en Neruda llega a un clímax en el paisaje nevado de los Andes. Aunque no se vean, ambos (poeta y policía) se olfatean. El policía tras las pistas reales e imaginadas que el poeta, siempre esquivo, moviéndose a cierta distancia que no permita ser alcanzado, va dejando a su paso por la nieve. Neruda va colocando las piezas en momentos distintos de su huida como en un tablero de ajedrez. Las últimas palabras que pronuncia el policía al caer derribado y sangrante sobre la nieve que corona un pico helado, son sinónimos del triunfo de la poesía (Neruda) sobre el poder (Peluchonneau): “yo era de papel, ahora soy de sangre”.


TÉCNICAS CINEMATOGRÁFICAS: ILUMINACIÓN

En esta nueva jornada cinematográfica de fusión de metaficción y meta historia, LarraÍn vuelve a emplear luces contrastadas en la fotografía, lo cual produce en pantalla un efecto deslumbrante, como de una explosión. A veces no se ve nada, o se ve poco, aunque el propósito artístico haya sido lo contrario, excitar la imaginación de los espectadores.

Si el director quería dar una impresión de caza constante del fugitivo, pudo haber empleado movimientos de cámara hacia atrás y hacia delante, acelerando o retardando la acción para que en pantalla se refleje la sensación de acoso, en su lugar, se explaya en el empleo de recursos supuestamente más innovadores de la expresión audiovisual.


 MARGARET THATCHER

La inserción de Margaret Thatcher (la “dama de hierro”) dará un giro inesperado al filme El Conde. La Thatcher es una figura contemporánea, pero la metaficción hace de ella en el pasado la madre de Claude Pinoche, el soldado monárquico testigo en 1789 de la decapitación de María Antonieta. La Thatcher abandonó al Pinoche en un orfanato tras ser violada por un strigoi, un vampiro anarquista más fiero que los vampiros tradicionales y cuyos orígenes datan del Imperio Romano.

Aunque sorpresiva, la presencia de la Thatcher no es de extrañar. Desde 1979 -el año en el que asumió el cargo de primer ministro- se reanudaron las relaciones entre Inglaterra y Chile, se levantó el bloqueo de venta de armas y Pinochet, en reciprocidad, apoyó al Reino Unido en la guerra de las Malvinas entre Inglaterra y la Argentina en 1982, brindándole inteligencia militar a los británicos. Sin lugar a duda, la relación de amistad entre ambos fue en extremo fuerte y trascendió el período de la dictadura militar.


NERUDA FINAL

Al final de Neruda, Larraín de nuevo apela a soluciones estéticas basadas en la metaficción y la meta historia. Mientras el poeta atraviesa bosques nevados hacia la frontera, el comisario lo persigue, pero no puede alcanzarlo. Muere solitario en la cima nevada de una montaña, abandonado por sus guías indígenas. Neruda encuentra su cuerpo más tarde. Peluchonneau se devuelve a la realidad ficticia de la cual surgió y termina sus días como parte de la ficción que una vez persiguió.

Neruda en la realidad, libre ya del tenaz comisario que fue para él la sombra que lo acechaba a cada paso, escapa a Paris, donde es recibido por Picasso. En una rueda de prensa, como de pasada, menciona a Peluchonneau, y este raro guiño meta ficcional pone de pie en su tumba al policía ante un auditorio que ni lo conoce ni sabe nada de él, por un desliz de la memoria meta histórica del poeta.


TÉCNICAS CINEMATOGRÁFICAS: PLANOS / SECUENCIAS

Formalmente, en El Conde, el director se complace en el empleo de largas tomas y planos secuencias en blanco y negro, los desplazamientos de cámaras por corredores fastuosos y la música selecta. Por momentos, la figura de Pinochet se desdobla de la odiada figura pública del dictador que masacró a cientos en un estadio a cielo abierto en medio de la capital a la del tierno amante en la intimidad de alcobas que con su desbordada libido -pese a ser casi tres veces centenario- pone a temblar a las jóvenes y su poder sexual es tal que provoca en los amantes orgasmos que las hacen flotar por los aires.


EL CONDE FINAL

Hacia el final, Larrain sumerge en un mar de violencia fratricida el entorno familiar de Pinochet. Margarita, indignada por las afirmaciones de Carmen sobre el amor de Pinochet, ordena a su hijo que la mate. Mientras, Pinochet presume de su riqueza ante Carmen, tras lo cual Carmen revela que ha estado fingiendo su atracción por él y que convertirse en vampira formaba parte de su misión como agente de la Iglesia Católica para infiltrarse en el círculo familiar de los Pinochet y recopilar información sobre sus corruptos negocios. Mientras huye, Carmen es capturada y guillotinada por Fiódor, quien quema su expediente.

Fiódor, Lucía y los hijos de Pinochet intentan entonces matar al centenario padre y Margarita para obtener su herencia, pero Pinochet mata a Lucía clavándole una estaca en el corazón y decapita a Fiódor con una sierra. Los niños se quedan para salvar lo que pueden de la granja. Al marcharse, llega un grupo de monjas para inspeccionar la propiedad ahora vacía.

Augusto Pinochet y Margaret Thatcher, sobrevivientes de la masacre del milenio, se rejuvenecen alimentándose con corazones de vampiro y se marchan para empezar una nueva vida. Pinochet, ahora un niño, decide quedarse en Chile, diciendo que surgirán más izquierdistas que harán necesaria su intervención. En fin, la historia una vez más, se repite….


CONCLUSIONES

  • Tanto Neruda como El Conde son filmes que ponen en un primer plano la experimentación formal al abordar a través de figuras históricas contemporáneas del ámbito latinoamericano y en particular chileno (Neruda y Pinochet) temas universales como son las relaciones entre el arte y el poder, la libertad de expresión y la censura, la democracia y la dictadura.
  • Consecuente con el carácter experimental de su cinematografía, Larraín usa elementos del arsenal técnico del cine en una suerte de melting pot que no siempre convence ni a los espectadores ni a los críticos, no tanto por la excelencia del empleo sino por la abundancia de ellos en estilos (noir, gore, horror) historias (drama, biopic) movimientos de cámara (zoom in, zoom out, travellings), efectos luminosos (luz explosiva, luz fuera de foco, luz de baja exposición, luz de sobrexposición), colores (blanco y negro), composición (imágenes oscuras), música (popular boleros y tangos; clásica Strauss, Mendelssohn; experimental Penderecki)
  • Larrain acostumbra a centrar los argumentos de sus filmes en figuras masculinas (Neruda, Pinochet) y femeninas (Jaqueline Kennedy, Lady D, Maria Callas, Margaret Thatcher) conocidas de la historia contemporánea, la política, la literatura, el arte y el canto. Pero en la realización no busca la veracidad histórica sino la esencia (ser) del personaje.
  • Dualidad de imágenes. En Neruda, la imagen del escritor se duplica: es un líder comunista que defiende los derechos de los trabajadores en el parlamento y un poeta de la tristeza y del amor que no renuncia a los placeres hedonistas de la vida (vino y sexo) cada vez que tiene oportunidad. En El Conde, la imagen canónica de Pinochet como la de un dictador fascista y anticomunista que sembró de campos de concentración a Chile, se deconstruye en un vampiro bicentenario con raíces en la Francia del siglo XVIII que se revitaliza con libaciones de sangre y alianzas contemporáneas con Margaret Thatcher. Puesto en la disyuntiva de renacer, afirma que lo haría con gusto si fuera en Chile, pues de surgir en el futuro nuevos movimientos izquierdistas, harían necesaria su presencia represora.     
  • Construcción experimental de carácter meta cinematográfica (“cine dentro del cine”) por el empleo de discursos cinematográficos autorreferenciales (noir, western, gore, horror, etc) que hablan sobre sí mismos a través de la descripción de sus procesos constructivos. Este tipo de cine es capaz de reflexionar sobre los procesos cinematográficos, los medios expresivos y su evolución enunciadora, a partir de múltiples herramientas discursivas y/o argumentales que le hacen volverse sobre sí mismo y llegar a transformar esa reflexión en centro temático, propiciando las actitudes autorreferenciales.

Ni Adán ni Dios: poéticas de autogénesis como formas de continuidad femenina en Dulce María Loynaz y Carilda Oliver Labra



En la literatura cubana del siglo XX, pocas preguntas resultan tan persistentes como aquellas relacionadas con el origen, la creación y la permanencia. ¿Qué garantiza la continuidad de una vida, de una memoria o de una experiencia humana? ¿Dónde reside aquello que sobrevive al paso del tiempo y permite que un sujeto, una comunidad o una tradición permanezcan más allá de sus límites biológicos? Estas interrogantes han ocupado un lugar central en algunos de los proyectos literarios e intelectuales más influyentes del canon cubano. Sin embargo, con frecuencia han sido abordadas desde imaginarios que privilegian genealogías masculinas, relatos patriarcales de fundación o modelos de trascendencia que relegan la experiencia femenina a una posición secundaria, derivada o meramente instrumental.

La tradición occidental ha situado históricamente el origen bajo figuras de autoridad masculina. Desde el relato bíblico de Adán y Eva hasta múltiples formulaciones filosóficas, teológicas y culturales posteriores, la creación aparece asociada a la figura del Padre, mientras que la mujer suele ocupar el lugar de mediadora, receptáculo o consecuencia. Aunque indispensable para la continuidad de la vida, su presencia ha sido frecuentemente reducida a una función reproductiva que rara vez le concede autoridad sobre los relatos que explican el sentido de la misma. La maternidad, la genealogía y la transmisión aparecen así organizadas dentro de sistemas simbólicos donde la mujer participa del origen sin ser reconocida plenamente como sujeto de este.

Frente a esta tradición, la poesía de Dulce María Loynaz (1902–1997) y Carilda Oliver Labra (1922–2018) propone un desplazamiento significativo. En registros estéticos profundamente distintos, ambas autoras construyen sujetos líricos que no dependen de genealogías patriarcales para legitimar su existencia ni de la reproducción biológica para garantizar su permanencia. Sus voces imaginan formas alternativas de continuidad sostenidas por la memoria, el deseo, la interioridad, el afecto y el lenguaje. En sus poemas, la mujer no aparece únicamente como transmisora de vida, sino como origen de significado; no solo como depositaria de una herencia, sino como agente capaz de producir nuevas formas de permanencia y de instituirse como fuente de sentido.

Este ensayo propone leer la obra de ambas autoras a partir de la noción de poéticas de autogénesis como formas de continuidad femenina. Entiendo aquí la autogénesis como una práctica poética mediante la cual el sujeto femenino se constituye como origen de memoria, deseo y significado sin depender de estructuras patriarcales que validen su existencia. Más que una afirmación de autosuficiencia absoluta, la autogénesis designa un proceso de auto inscripción simbólica por el cual la mujer se reconoce a sí misma como principio creador de su experiencia y de su relato. La trascendencia, por su parte, no se limita a la descendencia biológica ni a la perpetuación de un linaje familiar, sino que alude a las diversas formas mediante las cuales una subjetividad persiste, se transmite y produce significado a través del tiempo. Desde esta perspectiva, memoria, afecto, deseo, lenguaje y archivo pueden funcionar como mecanismos de continuidad tan relevantes como la reproducción misma.

La lectura conjunta de Loynaz y Oliver Labra permite observar la diversidad de estas formas de permanencia. En Loynaz, la continuidad emerge desde espacios de interioridad donde la esterilidad deja de representar una carencia para convertirse en una forma alternativa de fecundidad simbólica, y donde la casa se transforma en archivo afectivo capaz de preservar y transmitir experiencias humanas más allá de la destrucción material. En Oliver Labra, la continuidad se articula a través del deseo, del cuerpo y de la reescritura de figuras fundacionales como Eva, produciendo genealogías afectivas que desafían las asociaciones tradicionales entre feminidad, culpa y subordinación. Aunque sus poéticas difieren notablemente en tono, estilo y sensibilidad, ambas coinciden en desplazar la centralidad de la reproducción biológica como única garantía de permanencia y en imaginar formas de trascendencia sustentadas en la experiencia subjetiva femenina.

En este contexto, resulta especialmente productivo poner estas poéticas en diálogo con una de las formulaciones más sugestivas del origen y la trascendencia en la literatura cubana del siglo XX: la hipertelia de la inmortalidad desarrollada por José Lezama Lima en Paradiso (1966). En el capítulo IX de la novela, Lezama propone: “¿Y si no hubiera surgido la mujer, o si se llegase a extinguir?, ¿cuál sería el remedio?” (Lezama Lima 317). La especulación acerca de una posible preservación humana emancipada del cuerpo femenino abre un horizonte ontológico que ha suscitado múltiples interpretaciones críticas. Más que asumir esta formulación como una postura ideológica cerrada, este ensayo la entiende como un punto de tensión que permite iluminar aquello que las poéticas de Loynaz y Oliver Labra restituyen. Allí donde la especulación lezamiana imagina la posibilidad de una continuación desligada de la experiencia femenina, estas autoras insisten en la imposibilidad de separar origen, memoria, afecto y cuerpo sin transformar radicalmente aquello que entendemos por humanidad. Desde esta perspectiva, la relación entre estas escritoras y Lezama no debe entenderse como una simple oposición entre paradigmas masculinos y femeninos. Lo que emerge es un diálogo más complejo acerca de las condiciones de la permanencia humana. Mientras Paradiso explora formas alternativas de creación y trascendencia, la poesía de Loynaz y Oliver Labra revela dimensiones de la continuidad que permanecen ligadas a la experiencia afectiva, a la memoria encarnada y a las formas de subjetividad construidas desde la interioridad femenina. El contrapunto permite así interrogar no solo quién puede ser origen, sino también qué formas de trascendencia resultan imaginables dentro de diferentes concepciones de la existencia.

Para desarrollar esta propuesta, el ensayo examina tres poemas de Dulce María Loynaz —“Canto a la mujer estéril”, “Últimos días de una casa” y “Si me quieres, quiéreme entera”— junto con tres textos de Carilda Oliver Labra —“Me desordeno, amor, me desordeno”, “Discurso de Eva” y “El hijo”. A través de una lectura cercana de estos poemas, y en diálogo con aportes teóricos de Gustavo Pérez Firmat, Ann Cvetkovich, Hélène Cixous y Sara Ahmed, se identifican distintas modalidades de continuidad femenina que desafían las asociaciones tradicionales entre origen, reproducción y legitimidad. El objetivo no es únicamente mostrar cómo estas poetisas cuestionan ciertos imaginarios patriarcales del comienzo, sino demostrar que sus escrituras elaboran modelos alternativos de permanencia donde la mujer aparece simultáneamente como sujeto de memoria, de deseo y de creación. Leídas desde este lente, las obras de Loynaz y Oliver Labra no solo reescriben la posición de la mujer dentro de los relatos del origen, sino que amplían las posibilidades mismas de imaginar la persistencia humana. Sus poéticas sugieren que la permanencia no depende exclusivamente de la reproducción biológica ni de la inscripción en genealogías heredadas, sino también de la capacidad de producir afectos, preservar memorias, generar significados y fundar nuevas formas de experiencia. En ese sentido, sus escrituras convierten la autogénesis en una práctica continua de creación de mundo y proponen modelos de continuidad femenina que enriquecen y complejizan nuestra comprensión de la literatura cubana del siglo XX.

Si la continuidad ha sido tradicionalmente asociada a la reproducción y a la transmisión biológica de la vida, la poesía de Dulce María Loynaz propone una reformulación profunda de esa equivalencia. En sus textos, la permanencia no depende necesariamente de la descendencia ni de la inscripción del sujeto en una genealogía familiar, sino de la capacidad de producir memoria, significado y presencia desde la interioridad. La continuidad emerge así como una forma de persistencia simbólica sustentada en la experiencia afectiva, la imaginación y el lenguaje. Lejos de concebir la creación como un acto exclusivamente ligado a la maternidad biológica, Loynaz explora modalidades alternativas de fecundidad que permiten a sus sujetos líricos constituirse como origen y como espacio de transmisión.

“Canto a la mujer estéril” constituye quizá el lugar más explícito donde la autora convierte la imposibilidad de la maternidad biológica en el punto de partida para una reformulación radical de la continuidad femenina. Más que representar la esterilidad como una interrupción de la misma, el poema la transforma en una condición desde la cual puede emerger una forma alternativa de fecundidad sostenida por la imaginación, la interioridad y la capacidad de producir significado más allá de la reproducción. El poema se abre con un vocativo contundente: “Madre imposible: Pozo cegado, ánfora rota, / catedral sumergida” (Loynaz, Against Heaven: Selected Poems 62). La hablante lírica se nombra, paradójicamente, como madre en el mismo gesto en que reconoce la imposibilidad de serlo. Esa imposibilidad se despliega mediante una serie de imágenes de clausura y fractura: el pozo cegado, el ánfora rota, la catedral sumergida. Todas remiten a una capacidad de contener o generar que ha sido interrumpida. Sin embargo, desde los primeros versos resulta evidente que la voz no se limita a lamentar esa condición. Las imágenes son apropiadas, ordenadas y convertidas en materia de reflexión. La mujer que habla no está únicamente padeciendo un destino, está interpretando críticamente los términos mediante los cuales ese destino ha sido definido.

Una primera lectura parecería confirmar la visión tradicional de la esterilidad como carencia. El poema reconoce el peso de una mirada social que reduce a la mujer a aquello que no ha podido producir, a un recipiente vacío, a un terreno que no rinde el fruto esperado. Sin embargo, a medida que el texto avanza, se hace evidente que el verdadero objeto de examen no es la esterilidad misma, sino el entramado de expectativas culturales que la convierten en signo de insuficiencia. La mujer estéril se sabe interpelada por “la obscura, miserable ansia de forma, de cuerpo vivo, sufridor… de normas que obedecer o que violar”; por aquellos que la sitúan “¡Contra toda la Vida, tú sola! / ¡Tú: la que estás / como un muro delante de la ola!” y que esperan que sirva “para lo que sirven las demás mujeres” (62–63). La imagen del muro resulta particularmente reveladora. La hablante aparece como aquello que interrumpe una trascendencia concebida exclusivamente en términos biológicos. Sin embargo, lejos de asumir esa posición como derrota, el poema la transforma en un lugar de resistencia y resignificación. La respuesta de Loynaz no consiste en idealizar la esterilidad ni en negar el deseo de maternidad. Tampoco busca compensar simbólicamente una ausencia. Lo que propone es una redefinición de la continuidad misma. Allí donde el paradigma patriarcal identifica permanencia con reproducción, la poetisa imagina formas alternativas de fecundidad que ya no dependen de la descendencia visible. Esta transformación alcanza su punto culminante cuando la hablante se reconoce como “¡Eva sin maldición, / Eva blanca y dormida” y se reafirma como aquella que guarda “la llave de una vida” (63).

La reescritura de Eva constituye uno de los gestos más significativos del poema. Allí donde la tradición judeocristiana había fijado a Eva como origen de la caída y depositaria de una culpa hereditaria, Loynaz recupera esa figura para transformarla en un principio de creación no condenado. Su Eva no aparece marcada por la transgresión ni definida por la falta. Es una Eva anterior a la maldición, liberada del estigma que históricamente vinculó el cuerpo femenino con la culpa. La operación resulta particularmente significativa porque permite pensar el origen femenino fuera de la lógica del castigo y de la subordinación. Lo decisivo aquí no es únicamente que la autora se proclame madre de un hijo simbólico o solar, sino que redefine el significado mismo de la maternidad. Como señala Gustavo Pérez Firmat, su “defensa no consiste en reclamar la perfección de lo estéril, sino en insistir que sigue siendo madre, pero de otra manera” (409). La observación resulta fundamental porque permite comprender que el poema no rechaza la maternidad, la desplaza. Ser madre deja de significar exclusivamente dar a luz un cuerpo y pasa a significar custodiar una posibilidad de vida, sostener un vínculo creador y participar de una continuidad que ya no depende de la reproducción biológica.

La imagen de la llave de una vida sintetiza esta transformación. Al reconocerse como “madre estremecida / de un hijo que te llama desde el Sol” (63), la mujer estéril se sitúa en un lugar que ya no está determinado por el juicio externo ni por las expectativas sociales. El hijo no existe en la carne, pero existe como relación, como llamado y como posibilidad. No legitima a la madre, es la madre quien lo imagina, lo nombra y lo hace posible. En ese gesto se articula la lógica de la autogénesis que atraviesa el poema: el origen deja de encontrarse fuera del sujeto y pasa a residir en su capacidad de generar significado desde la interioridad. El hijo solar constituye así una forma de trascendencia afectiva y simbólica. Su existencia no depende de la biología, sino de la persistencia de un vínculo que se sostiene en la imaginación, el deseo y la experiencia emocional. Cuando la maternidad se desplaza del cuerpo a la interioridad, la ausencia deja de ser simple vacío para convertirse en otra modalidad de presencia. La esterilidad ya no representa una interrupción de la continuidad, sino una condición desde la cual puede imaginarse una permanencia diferente.

Esta lógica se confirma cuando la hablante se identifica con una Eva “en un jardín de flores, en un bosque de olor!” que no hereda un jardín, sino que lo inaugura (63). La imagen sugiere una subjetividad que no necesita validación genealógica para constituirse como origen. La mujer que no ha engendrado hijos se erige como primera causa de su propio trayecto, como una figura cuya permanencia no se mide por la cantidad de cuerpos que la suceden, sino por la capacidad de producir sentido y abrir posibilidades de existencia. En este lente, la autogénesis adquiere una dimensión profundamente ontológica: consiste en reconocerse como origen de una experiencia propia y en afirmar una voluntad de permanencia que no depende de la confirmación externa. Leído desde esta perspectiva, el poema constituye una de las formulaciones más poderosas de las poéticas de autogénesis presentes en la obra de Loynaz. La esterilidad deja de funcionar como signo de insuficiencia para convertirse en el lugar desde donde se imagina una continuidad alternativa. La mujer ya no se define por aquello que no puede producir, sino por aquello que es capaz de crear desde sí misma. Su permanencia no depende de la descendencia biológica, sino de una subjetividad que encuentra en la memoria, el afecto y la imaginación los recursos necesarios para constituirse simultáneamente como origen y como continuación.

Si en el poema anterior la trascendencia emerge como una forma de fecundidad afectiva y simbólica capaz de trascender la reproducción biológica, en “Últimos días de una casa” esa permanencia se desplaza hacia el terreno de la memoria. La continuidad ya no se articula a través de la figura de un hijo imaginado, sino mediante la capacidad de conservar, transmitir y dar forma a las experiencias humanas a lo largo del tiempo. Loynaz convierte así la casa en una figura de permanencia que, aun amenazada por la ruina, se resiste a desaparecer porque encarna aquello que ha sobrevivido en quienes la habitaron y en aquello que fue capaz de preservar. El poema está construido desde una operación singular: la casa toma la palabra. La voz que habla desde el umbral de su derrumbe no es la de un observador externo, sino la de la propia estructura que durante años sostuvo, protegió y acompañó la vida de otros. Desde este lente, la casa deja de ser escenario doméstico para convertirse en sujeto. Su identidad se construye a partir de aquello que ha conservado: “guardando todavía sus imágenes / bajo un formol de luces melancólicas” (Loynaz, Poemas escogidos 183). La imagen resulta particularmente significativa porque transforma el recuerdo en una forma de preservación material. Las experiencias humanas aparecen suspendidas en una suerte de archivo afectivo donde continúan existiendo aun cuando el tiempo amenaza con borrarlas. Esta función de resguardo alcanza una formulación explícita cuando la casa describe su propia existencia:

“Que pase una la vida
guareciendo sueños de esos hombres,
prestándoles calor, aliento, abrigo;
que sea una la piedra de fundar posteridad, familia,
y de verla crecer y levantarla,
y ser al mismo tiempo
cimiento, pedestal, arca de alianza” (185)

La relevancia de este pasaje radica en que la casa no se define por su materialidad arquitectónica, sino por la función de persistencia que ha desempeñado. Es piedra fundacional, cimiento y arca; sostiene, conserva y transmite. La posteridad y la familia aparecen aquí no como conceptos abstractos, sino como experiencias que requieren un espacio capaz de protegerlas y hacerlas perdurar. La casa se convierte así en una figura de continuidad que trasciende la lógica biológica sin abandonarla por completo: no produce descendencia, pero hace posible que esa descendencia encuentre un lugar donde reconocerse y permanecer. En este sentido, el poema dialoga con lo que Ann Cvetkovich ha conceptualizado como un archivo de sentimientos: un espacio donde emociones, afectos, rutinas, silencios y experiencias cotidianas se sedimentan y adquieren formas de permanencia que rara vez ingresan a los relatos oficiales de la historia. Como observa Hernández Galván, se trata de una “vorágine emocional” que incorpora la categoría de “trauma porque abre un espacio para exponer el dolor como algo psíquico no solo físico” (178–79). La casa loynaziana encarna precisamente ese tipo de archivo. No conserva acontecimientos heroicos ni gestas públicas, conserva vidas. Al hablar en primera persona, se transforma en la conciencia material de aquello que ha sido vivido, amado, perdido y recordado.

Por ello, cuando la ruina parece inevitable, la voz responde con una afirmación que trasciende la mera resistencia física: “No he de caerme, no, que yo soy fuerte. / Con un poco de cal yo me compongo: / con un poco de cal y de ternura” (185). Lo que está en juego no es simplemente la supervivencia de las paredes, sino la persistencia de aquello que las paredes llegaron a contener. La ternura aparece junto a la cal como material de reconstrucción porque la verdadera arquitectura que sostiene a la casa no es únicamente material, es afectiva. Lo que resiste no es el edificio en sí mismo, sino la memoria que ha logrado albergar. Aquí la autogénesis adopta una forma distinta a la observada en el poema visto anteriormente. Si allí la continuidad surgía desde la interioridad de una mujer que se reconocía madre de un hijo imposible, aquí emerge desde una entidad que ha construido su identidad mediante el acto de guardar y transmitir. La casa se sostiene porque recuerda. Su permanencia no depende del reconocimiento externo ni del valor que otros le atribuyan como propiedad u objeto, depende de una conciencia que encuentra en la memoria el fundamento de su existencia.

La relación entre ambos poemas resulta reveladora. La mujer estéril imaginaba una continuidad afectiva capaz de trascender la ausencia de descendencia biológica; la casa encarna una continuidad memorial capaz de sobrevivir a la destrucción material. En ambos casos, la permanencia surge desde el interior y no desde la validación externa. Lo que permanece no es el cumplimiento de una función social previamente asignada, sino la capacidad de producir significado y conservar experiencias. Por ello, cuando la casa reclama su derecho a seguir existiendo aun en el umbral de la desaparición, no está defendiendo únicamente una estructura física. Está defendiendo una forma de persistencia. Como cuerpo espiritual, archivo afectivo y testigo de múltiples vidas, la casa se convierte en una de las expresiones más complejas de las poéticas de autogénesis presentes en la obra de Loynaz. Su permanencia no se mide por la duración de sus muros, sino por la capacidad de seguir transmitiendo memoria más allá de ellos. La continuidad deja entonces de depender de la materia para residir en aquello que la materia ha sido capaz de preservar.

Si en el poema inicial de Loynaz con que parte este análisis la trascendencia emerge desde la imaginación afectiva y en el siguiente desde la memoria, en “Si me quieres, quiéreme entera” aparece como una defensa de la integridad subjetiva frente a toda forma de fragmentación. La permanencia ya no depende de la descendencia ni del archivo, sino de la preservación de un yo capaz de sostenerse en su totalidad. La continuidad se convierte aquí en una práctica de fidelidad a sí misma. El brevísimo poema funciona como una especie de manifiesto condensado de la ética loynaziana. La voz exige:

“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

(Loynaz, Homenaje a Dulce María Loynaz: obra literaria, poesía y prosa, estudios y comentarios 66)

Esta petición no admite medias tintas. La hablante reclama ser amada en su totalidad, sin selecciones ni amputaciones. Lo que está en juego no es únicamente la aceptación de virtudes y defectos, sino el reconocimiento de una subjetividad indivisible. La exigencia de ser querida entera constituye, en última instancia, una exigencia de existencia plena. Frente a una tradición que con frecuencia ha definido a las mujeres mediante funciones específicas —madre, esposa, amante, musa— el poema rechaza toda reducción identitaria y afirma la imposibilidad de separar al sujeto en fragmentos compatibles con expectativas ajenas. Desde la perspectiva de la autogénesis, este gesto resulta fundamental. La mujer no solo reclama autonomía frente a la mirada del otro, reclama el derecho a constituirse como origen de sí misma. Ser querida entera implica negarse a existir exclusivamente a través de los roles que la cultura le asigna. La subjetividad femenina aparece aquí como una realidad compleja que no puede reducirse a una sola función ni a una única dimensión de la experiencia. La trascendencia del sujeto depende precisamente de esa integridad. Un yo fragmentado corre el riesgo de desaparecer bajo las categorías que otros le imponen; un yo íntegro conserva la capacidad de sostener su propia existencia.

La crítica ha subrayado con razón la dimensión espiritual de esta escritura. Gustavo Pérez Firmat identifica en Loynaz una “temática de la ingravidez” (418), una tendencia a desprenderse del peso de lo tangible para afirmar una realidad sustentada en la levedad y la interioridad. Esa “ingravidez ofrece un punto de mira desde el cual leer, o volver a leer, a Loynaz” (404), no como una evasión del mundo, sino como una forma de reconfigurarlo desde un centro interior irreductible. En este poema, dicha operación se manifiesta en la negativa a permitir que la identidad sea definida por categorías externas. La voz reconoce la existencia de normas y expectativas, pero se sitúa en un espacio que no puede ser completamente colonizado por ellas. La autogénesis adopta aquí la forma de una coherencia interior. A diferencia de la mujer estéril, que imaginaba una persistencia afectiva más allá de la descendencia, o de la casa, que preservaba la memoria de quienes la habitaron, la hablante de este poema encuentra la permanencia en la defensa de su propia totalidad. Su continuidad no depende de aquello que produce ni de aquello que conserva, sino de la capacidad de permanecer fiel a sí misma. La integridad subjetiva se convierte así en una forma de resistencia frente a toda lógica que pretenda fragmentar, clasificar o instrumentalizar la experiencia femenina.

Leídos conjuntamente, estos tres poemas revelan la diversidad de las poéticas de autogénesis que atraviesan la obra de Dulce María Loynaz. En “Canto a la mujer estéril”, la trascendencia emerge como fecundidad afectiva y simbólica; en “Últimos días de una casa”, como memoria y archivo y, en “Si me quieres, quiéreme entera”, como integridad subjetiva. En los tres casos, la permanencia deja de depender exclusivamente de la reproducción biológica o de las genealogías tradicionales para asentarse en formas alternativas de creación, transmisión y significado. La mujer aparece así no como objeto de continuidad, sino como sujeto capaz de producirla desde la interioridad, la memoria y la afirmación de sí misma.

Si en la poesía de Dulce María Loynaz la continuidad se articula desde la interioridad, la memoria y la preservación de la integridad subjetiva, en Carilda Oliver Labra emerge desde el cuerpo y el deseo. La autogénesis ya no se manifiesta principalmente como recogimiento o resistencia interior, sino como expansión. El sujeto femenino se constituye en el movimiento mismo de una experiencia erótica que desafía las restricciones impuestas por las normas sociales, religiosas y patriarcales. Aunque los registros de ambas autoras difieren profundamente, convergen en un punto decisivo: ninguna permite que el valor de la existencia femenina sea definido desde afuera. Allí donde Loynaz imagina una continuidad sostenida por la memoria y la interioridad, Carilda —como afectivamente la nombran sus coterráneos— encuentra en el deseo una fuerza capaz de generar nuevas formas de permanencia. Esta poética alcanza una de sus expresiones más conocidas en “Me desordeno, amor, me desordeno”, poema que se abre con una declaración de intensa corporeidad:

“Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno”

(Oliver Labra, Antología poética 82).

El desorden que anuncia la hablante no debe entenderse como pérdida de control, sino como una suspensión voluntaria de las estructuras que tradicionalmente regulan el comportamiento femenino. La voz no aparece dominada por el deseo, participa activamente de él. La mujer decide desordenarse, abandonar temporalmente el orden impuesto y asumir el placer como una experiencia elegida. El tono coloquial de casi sin por qué, casi por nada refuerza esta autonomía. El deseo no requiere justificación moral, sentimental ni social. No responde a una obligación externa, sino a una voluntad que reconoce en el cuerpo una fuente legítima de conocimiento y afirmación. La sensualidad del poema no conduce a la disolución del sujeto, sino a su intensificación. La relación erótica no se presenta como una entrega pasiva al otro, sino como una experiencia a través de la cual la autora accede a una comprensión más plena de sí misma. La sintaxis repetitiva y el movimiento circular del texto reproducen esa expansión de la conciencia. El recorrido que realiza cuando va en su boca, demorada es simultáneamente un desplazamiento hacia el amante y hacia su propia subjetividad. El encuentro amoroso funciona así como un espacio de autoconocimiento donde el yo no desaparece, sino que se reafirma. Desde esta perspectiva, el deseo en Carilda constituye una forma de autogénesis. La mujer no encuentra su legitimidad en la obediencia, el sacrificio o la renuncia, sino en la capacidad de reconocerse como sujeto deseante. La experiencia erótica deja de ser un ámbito subordinado a discursos morales externos para convertirse en una fuente de creación de significado. La hablante no solo desea, se constituye en el deseo. Cada gesto corporal produce una renovación de sí misma y una reafirmación de su derecho a existir fuera de los límites impuestos.

Esta operación posee además una dimensión particularmente relevante para la tesis de este ensayo. Si la mujer estéril de Loynaz encontraba una forma de trascendencia en la imaginación afectiva y la casa en la preservación de la memoria, la voz carildiana la encuentra en la capacidad del deseo para renovar constantemente la experiencia del sujeto. La continuidad ya no depende de la descendencia, del archivo ni de la permanencia material, sino de una energía vital que permite a la mujer recrearse a sí misma en cada acto de afirmación erótica. El cuerpo se convierte así en un espacio de producción de significado y en una fuente legítima de permanencia. La autogénesis adopta entonces una forma expansiva. La mujer no se limita a preservar aquello que es, se rehace continuamente mediante el deseo. En este sentido, el poema propone una modalidad de persistencia erótica en la que la subjetividad femenina se sostiene y se proyecta a través de su propia capacidad de sentir, elegir y crear. Lejos de representar una pérdida de sí misma, el desorden anunciado por la poetisa constituye una práctica de libertad que transforma el placer en una forma de conocimiento y de permanencia.

La continuidad erótica que emerge en el poema anterior prepara el terreno para un desplazamiento aún más radical en la poética de Carilda: la reapropiación del origen. Si en los versos analizados anteriormente la mujer se constituye a sí misma mediante el deseo, en “Discurso de Eva” lo hace mediante la palabra. El cuerpo que se expandía en la experiencia erótica encuentra ahora una voz capaz de reclamar su lugar dentro de la narrativa fundacional de la cultura occidental. La autogénesis deja de manifestarse únicamente como afirmación del deseo para convertirse en una disputa por el derecho a nombrar el comienzo. Desde el título, la operación resulta significativa. No se trata de un poema sobre Eva, sino de un discurso pronunciado por ella. La primera mujer bíblica deja de ser objeto de interpretación para convertirse en sujeto de enunciación. Habla por sí misma, sin mediadores, sin narradores y sin autoridades que expliquen su experiencia. La figura que durante siglos fue representada como origen de la caída toma finalmente la palabra y transforma el relato desde dentro.

La intervención comienza con una ruptura deliberada de cualquier expectativa de sumisión o docilidad: “Hoy te saludo brutalmente: / con un golpe de tos / o una patada” (Oliver Labra, Desaparece el polvo 49). La brutalidad del saludo resulta reveladora. Eva no entra en escena para justificarse ni para pedir absolución. Tampoco comparece como víctima. Su primera acción consiste en interrumpir el orden de la conversación. El gesto pone de manifiesto el cansancio acumulado por siglos de representación y, al mismo tiempo, inaugura una nueva posición discursiva. La mujer que habla ya no acepta ocupar el lugar asignado por el mito. Se presenta como una conciencia capaz de cuestionar, confrontar y redefinir las condiciones mismas del diálogo. A lo largo del poema, esta voz construye un discurso atravesado por contradicciones deliberadas. Pregunta: “¿Dónde te metes, / a dónde huyes con tu caja loca / de corazones?”; confiesa: “Te extraño, / ¿sabes? / como a mí misma / o a los milagros que no pasan”; afirma: “De verdad que te quiero”; y poco después declara: “De verdad que no te quiero” (49–50). Estas oscilaciones no deben interpretarse como vacilación, sino como resistencia a toda identidad fija. Eva se niega a ser reducida a una sola posición emocional, moral o simbólica. Su discurso incorpora simultáneamente deseo, ironía, ternura, sarcasmo y desencanto. La complejidad afectiva se convierte en una forma de libertad frente a los binarios que históricamente han organizado su figura: obediencia o transgresión, inocencia o culpa, pureza o corrupción.

En este sentido, el poema construye lo que podría entenderse como un archivo de sentimientos. La voz conserva emociones contradictorias sin verse obligada a resolverlas en una identidad coherente para el consumo del otro. Eva puede amar y cuestionar, llamar y retirarse, recordar y desafiar. La subjetividad femenina aparece aquí como una realidad múltiple que rehúsa someterse a las categorías simplificadoras que tradicionalmente han acompañado su representación. La relevancia de esta operación se vuelve particularmente evidente si atendemos a la dimensión retórica sugerida por el propio título. Un discurso implica argumentación, persuasión y construcción consciente de una posición. Eva no habla para confesar, habla para intervenir. El mito deja de ser un relato recibido y se convierte en un espacio de disputa. La mujer que había sido convertida en símbolo de la caída reaparece como sujeto capaz de reinterpretar el origen desde su propia experiencia.

La autogénesis adquiere aquí una dimensión fundacional. Mientras la mujer estéril de Loynaz imaginaba una continuidad afectiva más allá de la descendencia y la casa preservaba la memoria de quienes la habitaron, Eva reclama el derecho a participar en la definición misma del comienzo. El origen deja de ser una historia contada sobre ella para convertirse en una historia narrada por ella. Esta reapropiación transforma radicalmente la función simbólica del personaje. Eva ya no transmite culpa, transmite agencia. Ya no funciona como explicación de una pérdida, sino como punto de partida para una genealogía alternativa. Por ello, el logro más significativo del poema no consiste únicamente en reivindicar una figura femenina tradicionalmente marginada. Su verdadera fuerza reside en convertir a Eva en sujeto fundador. La mujer deja de ocupar el lugar de la culpable originaria para asumir el de quien produce significado, memoria y continuidad desde la palabra. La autogénesis se manifiesta entonces como la capacidad de apropiarse del relato del origen y reabrirlo desde la experiencia femenina. En lugar de clausurar la historia bajo el signo de la caída, este poema imagina una trascendencia fundada en la voz de quien reclama para sí el derecho de comenzar.

Con “El hijo”, la poética de Carilda complejiza aún más las relaciones entre maternidad, deseo y continuidad. Si en el primer poema de esta autora analizado en este ensayo la mujer se apropiaba del origen mediante la palabra, aquí la permanencia emerge desde el vínculo. El hijo que ocupa el centro del poema no aparece únicamente como una criatura posible o perdida, sino como una presencia afectiva que persiste más allá de la ausencia física. La maternidad deja así de definirse exclusivamente por la materialidad del nacimiento para convertirse en una forma de relación capaz de sobrevivir al tiempo, la pérdida y la ruptura. Desde sus primeros versos, el poema sitúa esa experiencia en un espacio ambiguo entre la memoria, el deseo y la ausencia:

“Era breve y soñaba. No abultó mi vestido.
Lento y desconocido,
del tamaño de un haba.
Era tuyo y vivía
de la palabra olvido.”

(Oliver Labra, La non erótica: antología 84)

La imagen resulta especialmente significativa porque el hijo nunca llega a consolidarse plenamente como presencia corporal. Su existencia permanece suspendida entre la posibilidad y el recuerdo. Sin embargo, esa condición no lo convierte en una simple falta. Por el contrario, el poema lo construye como una forma de permanencia. El hijo habita la memoria de la hablante y continúa existiendo en ella como signo de una experiencia afectiva que se resiste a desaparecer. Lo que el texto preserva no es únicamente la figura del hijo, sino también la intensidad de la relación que le dio origen. La maternidad aparece vinculada al deseo y no a la obligación. En lugar de inscribirse en el imaginario de la madre sacrificada o en la lógica de la culpa, la voz lírica recupera el vínculo entre erotismo y continuidad afectiva. Por ello puede afirmar: “Me le llamaba nido / a esta cintura fría” (84). La imagen del nido transforma el cuerpo en espacio de acogida y de posibilidad, pero también en lugar de memoria. La maternidad no se define aquí por aquello que efectivamente llegó a nacer, sino por la experiencia emocional que continúa habitando a la mujer.

Esta operación alcanza una formulación particularmente significativa cuando la autora recuerda que “Hecho de cosas mansas, / él juntaba esperanzas” (84). El hijo aparece menos como individuo que como condensación de un conjunto de afectos compartidos. Su existencia poética funciona como evidencia de que el deseo produce formas de trascendencia que exceden la biología. Lo que permanece no es únicamente una posibilidad interrumpida, sino la huella emocional de una relación que continúa generando significado. En este sentido, el poema dialoga de manera reveladora con “Canto a la mujer estéril” de Dulce María Loynaz. Si allí la mujer se reconocía como madre de un hijo que la llamaba desde el Sol, aquí la maternidad también se construye alrededor de una presencia que no depende plenamente de la materialidad del nacimiento. En ambos casos, la continuidad emerge desde el vínculo afectivo más que desde la confirmación biológica. La diferencia radica en que Carilda sitúa esa experiencia dentro de una poética del deseo donde el amor y el cuerpo participan activamente en la producción de significado.

A diferencia de la condena que tradicionalmente acompaña a la figura de Eva, la maternidad en este poema aparece desligada tanto de la culpa como del mandato. El hijo no es castigo ni obligación, es consecuencia de una experiencia amorosa afirmada libremente. La continuidad ya no se presenta como una exigencia impuesta sobre el cuerpo femenino, sino como una posibilidad que la mujer incorpora, interpreta y resignifica desde su propia experiencia. La maternidad deja de funcionar como destino para convertirse en elección. Por ello, la forma de continuidad que emerge en “El hijo” podría describirse como relacional. No depende exclusivamente de la descendencia material ni de la permanencia física, sino de la capacidad de los vínculos para sobrevivir a la ausencia. El hijo persiste porque continúa habitando la memoria, el lenguaje y el afecto de quien lo recuerda. La continuidad se convierte así en una experiencia compartida que nace del deseo y permanece en la relación. Leído junto a los demás poemas analizados, “El hijo” completa el arco de las poéticas de autogénesis desarrolladas por Carilda Oliver Labra. El deseo genera una subjetividad capaz de afirmarse, Eva se apropia del origen mediante la palabra, y el hijo transforma la maternidad en una forma de continuidad elegida. La trascendencia femenina deja entonces de responder a una única lógica y se manifiesta en múltiples registros: erótico, fundacional y relacional. En todos ellos, la mujer aparece como sujeto activo de su propia descendencia y no como simple receptáculo de un destino previamente establecido.

Llegados hasta aquí, el diálogo con José Lezama Lima se vuelve ineludible. Como adelantamos al inicio de este ensayo, la pregunta por el origen y la permanencia humana se torna en una formulación particularmente provocadora cuando el personaje Foción, de Paradiso, imagina la posibilidad de una forma de creación capaz de prescindir del cuerpo femenino: “¿Y si no hubiera surgido la mujer, o si se llegase a extinguir?” (Lezama Lima 317). Lejos de funcionar como una simple provocación narrativa, esta hipótesis constituye una especulación radical sobre los límites de la reproducción, la creación y la inmortalidad. En esa escena, Foción imagina “una busca de la creación, de la sucesión de la criatura…la creación de algo hecho por el hombre, realmente desconocido aun por la especie” (317), una forma de continuidad que escaparía “más allá de toda causalidad de la sangre y aún del espíritu” (317). La hipótesis desplaza la permanencia humana desde la reproducción biológica hacia una zona de experimentación metafísica en la que el varón podría convertirse en principio generador autosuficiente. El cuerpo femenino, históricamente concebido como receptáculo indispensable de la vida, aparece entonces como una mediación que podría ser superada.

La fuerza de este pasaje reside precisamente en su ambivalencia. En el plano ficcional, la hipertelia de la inmortalidad forma parte del horizonte especulativo, excesivo y cosmológico de Paradiso. No se trata simplemente de un programa ideológico ni de una afirmación literal sobre la desaparición de la mujer. Sin embargo, en el plano simbólico, la hipótesis reactiva una pregunta de larga duración: ¿qué ocurre cuando la imaginación de la preservación humana se formula desde la posibilidad de prescindir de la experiencia femenina? El problema no es solo que el cuerpo de la mujer sea eliminado del proceso reproductivo; es que, junto con ese cuerpo, desaparecen también las formas de memoria, afecto, deseo y relación que las poéticas de Loynaz y Carilda han mostrado como constitutivas de la permanencia humana. Desde esta perspectiva, la hipertelia lezamiana no necesita ser leída como simple antagonismo, sino como un imaginario extremo de la continuidad. Allí donde Lezama explora una trascendencia orientada hacia la superación de la causalidad biológica, las escrituras loynaziana y carildiana elaboran formas de continuidad que no niegan el cuerpo, sino que lo reinscriben en redes de memoria, lenguaje, interioridad y deseo. La diferencia no reside únicamente en la presencia o ausencia de la mujer, sino en dos modos distintos de concebir lo que significa continuar. Frente al supuesto hipertélico, que tiende hacia la abstracción y la autosuficiencia creadora, los textos de Loynaz y Carilda insisten en una continuidad encarnada. En ellos, la permanencia no surge de la eliminación de la dependencia, sino de la capacidad de transformar la experiencia vivida en significado. “La mujer estéril” de Loynaz no produce descendencia, pero custodia la llave de una vida; la casa no engendra, pero preserva imágenes, voces y afectos; la hablante de “Si me quieres, quiéreme entera” no acepta ser fragmentada, porque su permanencia depende de la integridad de su yo. Del mismo modo, en Carilda, el deseo, Eva y el hijo no remiten a funciones biológicas cerradas, sino a formas eróticas, fundacionales y relacionales de continuidad.

Así, el contrapunto con Paradiso permite precisar el alcance crítico de estas poéticas. No se trata de afirmar que Loynaz y Carilda restituyen simplemente la maternidad allí donde Lezama imagina su superación. La operación es más compleja: ambas autoras desplazan la trascendencia desde la expectativa reproductiva hacia una pluralidad de formas de permanencia femenina. Sus poemas no oponen biología a trascendencia, sino que amplían el campo mismo de lo continuo. La continuidad puede ser afectiva, memorial, subjetiva, erótica, fundacional o relacional; puede residir en un hijo imaginado, en una casa que recuerda, en un cuerpo que desea, en una Eva que habla o en una voz que exige ser amada entera. En este sentido, el horizonte lezamiano resulta productivo no porque deba ser refutado, sino porque hace visible la pregunta que el artículo ha venido elaborando desde el inicio: ¿qué se pierde cuando la continuidad se imagina sin la experiencia femenina? La respuesta de Loynaz y Carilda no es doctrinal ni programática. Es poética. Lo que se perdería no sería solamente una capacidad reproductiva, sino una forma de habitar, de recordar, de desear, de nombrar y de transmitir.

La crítica feminista ha insistido, desde Hélène Cixous, en la importancia de la escritura del cuerpo como práctica que desestabiliza las formas hegemónicas de representación. En Loynaz y Carilda, esa escritura adopta registros distintos: en una, el cuerpo aparece transfigurado en casa, memoria, silencio e ingravidez; en la otra, se presenta de manera más explícita como seno, deseo, desorden y voz erótica. Pero en ambos casos el cuerpo femenino deja de ser objeto de representación para convertirse en fuente de sentido. Ann Cvetkovich permite pensar, además, la dimensión afectiva y archivística de esta operación: aquello que parece íntimo, doméstico o marginal se revela como lugar de memoria y transmisión. Sara Ahmed, por su parte, ayuda a comprender cómo los cuerpos se orientan a partir de afectos, deseos y repeticiones que determinan qué vidas pueden sentirse en casa en su propia experiencia.

Desde estos marcos, las poéticas de Loynaz y Carilda se revelan como prácticas de orientación y permanencia. La mujer no solo ocupa un lugar en el mundo; lo reorganiza desde su interioridad, su memoria y su experiencia encarnada. Frente a la pregunta lezamiana por la posibilidad de una especie sin mujeres, estas autoras muestran que la continuidad humana no puede reducirse a la supervivencia biológica ni a la invención de una técnica reproductiva. Continuar significa también conservar una memoria sensible, sostener vínculos, transformar el deseo en lenguaje y producir formas de mundo desde la experiencia vivida. Por ello, si la hipertelia de la inmortalidad imagina una continuidad emancipada de la mujer, Loynaz y Carilda imaginan formas de trascendencia que se vuelven impensables sin ella. La poética de autogénesis que articulan no propone una inversión simple del orden patriarcal ni sustituye a Adán o a Dios por una nueva autoridad única. Más bien, redistribuye el origen y lo vuelve plural, afectivo, material, simbólico y relacional. En lugar de una permanencia fundada en la abstracción o en la exclusión de un cuerpo, estas autoras conciben la continuidad como una práctica de transmisión y reconfiguración: preservar memorias, transmitir afectos, crear lenguajes, reescribir símbolos y sostener la integridad de una experiencia propia. En ese sentido, ofrecen una respuesta profundamente literaria a la pregunta por la inmortalidad.

Leer conjuntamente a Dulce María Loynaz y Carilda Oliver Labra permite reconocer una zona de la literatura cubana del siglo XX donde la pregunta por el origen deja de pertenecer exclusivamente a los grandes sistemas metafísicos, patriarcales o nacionales para desplazarse hacia escenas íntimas de memoria, deseo, lenguaje y afecto. El recorrido por sus poemas muestra que la continuidad femenina adopta formas diversas: en Loynaz, se manifiesta como fecundidad simbólica, archivo memorial e integridad subjetiva; en Carilda, como afirmación erótica, reapropiación fundacional y vínculo relacional. En ambas, la mujer deja de ser condición de la permanencia ajena para convertirse en sujeto de creación, transmisión y sentido. Así, sus escrituras amplían la comprensión de lo que significa perdurar: no solo engendrar vida, sino también producir memoria, significado y presencia en el mundo.

La enseñanza en Cuba: del civismo al mito

PRÓLOGO AL LIBRO CUBA: POLÍTICA Y SOCIEDAD. LA OTRA CARA DE LA ENSEÑANZA


Lecciones de un fracaso ideológico.

El civismo, la ética, la decencia, la cultura como alimento del crecimiento individual del ciudadano son visibles agujeros negros en la sociedad cubana actual. Es el resultado de sucesivas sustracciones, desviaciones y manipulaciones ideológicas de todos y cada uno de los elementos que, dentro del entramado social de la nación que encontró la Revolución Cubana en 1959, habían configurado durante cuatro siglos ese singular comportamiento social y espiritual que colocaba a la pequeña isla de Cuba, y a los cubanos, como una de las naciones y una de las poblaciones más adelantadas de América Latina y el mundo occidental en aspectos tan esenciales como el humanismo en tanto motor de la búsqueda constante de las libertades, la pluralidad de expresiones de esas libertades y la generación de un pensamiento social que se diversificaba en todos los ámbitos de la sociedad adecuándose al movimiento de la historia nacional, regional y universal.

La primera virtud de este libro es, entonces, mostrar muy nítidamente las muchas y múltiples luces de ese desarrollo social, así como del surgimiento y fortalecimiento del espíritu de nacionalidad, poniendo el foco en la responsabilidad que tuvo en esos ascensos continuados el universo vital de la enseñanza: desde la evangelización como herramienta “educacional” para el forzado adoctrinamiento religioso durante la conquista, la creación posterior de instituciones que resultaron hitos de la enseñanza en todo el imperio español, la impronta de la concepción educacional cristiana (básicamente católica, pero no la única) en la consolidación de los valores cívicos, éticos y morales de la población y de la sociedad, hasta ese amplísimo abanico de modalidades educativas que coexistieron en la Cuba plural de las décadas del 40 y el 50, y que fueron eliminadas de raíz después de 1959 para arraigar en toda la isla el monopolio que necesitaba ese otro forzado adoctrinamiento, esta vez ideológico, que implementó la triunfante Revolución.

Otro aspecto a destacar en esta obra es el esclarecimiento, mediante certeros análisis historiográficos y sociológicos, de una de las más dañinas acciones del proyecto social instaurado por Fidel Castro: las estrategias desestructuradoras esgrimidas por la nueva doctrina educacional “revolucionaria” (manipulación, deformación, segmentación y denigración mediante) para minimizar, encauzar en los “nuevos aires” y poder utilizar a conveniencia de la política el sólido aporte de figuras imborrables de la historia nacional a la cultura, la nación y la sociedad cubanas.

Y, reforzando lo anterior a través de lo que podríamos llamar “estudios de casos”, una zambullida reflexiva al daño antropológico que generaron las sucesivas, arbitrarias y monopólicas reformas, leyes, campañas (regidas en lo esencial por lo caprichos o invenciones, absolutamente unipersonales, del Máximo Líder) que pretendían concebir un modelo único (nacional y exportable) para facilitar el trabajo de control de los ciudadanos y condicionar la existencia y los credos de la población a la existencia misma de la Revolución, el Partido  y el Estado, maquiavélica deformación del orden natural de todas las instituciones y estructuras educacionales y/o generadoras del pensamiento social que finalmente, por solo poner un ejemplo importante en los tiempos que corren, consiguió que la inmensa mayoría del pueblo desconozca algo tan elemental como el derecho a tener derechos y el derecho a exigir el respeto a esos derechos.

Desfila por estas páginas el legado que al corpus de la enseñanza entregaron dominicos, franciscanos y jesuitas o el mando eclesiástico, escritores como Silvestre de Balboa (autor de la que se considera la primera obra literaria escrita en suelo cubano: el poema épico-histórico Espejo de paciencia) o Domingo del Monte y José Martí, y pensadores e intelectuales como Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Tomás Romay, Felipe Poey e Ignacio Agramonte, entre otros. Y nos sumergimos en las vastas huellas de instituciones que lograron marcar la historia de la educación en lengua castellana, tales como el Seminario de San Carlos y San Ambrosio o la Sociedad Económica de Amigos del País que, si bien no puede ser considerada una institución docente, sí fue piedra angular de la modernización de la enseñanza en la isla.

Y al mismo tiempo (en el capítulo dedicado al Totalitarismo o lo que es igual, al período “revolucionario”, según la historiografía oficial) se propone un recorrido por esa suerte de traspiés continuados en el terreno de la enseñanza, que se fueron tejiendo mediante improvisaciones forzadas del Máximo Líder y sus comisarios políticos, y con un único basamento: la defensa de la ideología elegida por ese líder para el concepto de gobierno personalista y totalitario que le impuso al país, tanto a sus enemigos como a sus amigos y fieles seguidores: el castrismo.

Esa, la imposición del castrismo y las secuelas que provocó en el cuerpo debilitado de una nación y una isla que comenzó a manejar a su antojo quien poco después concentraría todo el poder en un cargo, Comandante en Jefe, sí podría ser considerado el único producto real de esa maquinaria gubernamental ineficaz y absurda que según el artículo 38 de la Constitución de la República de Cuba, de 1976, aprobada tras el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba de 1975, estipulaba que “la política educativa y cultural se atiene a la concepción científica del mundo establecida y desarrollada por el marxismo-leninismo; la enseñanza como función del Estado, dirigida a la formación comunista de las nuevas generaciones”. Insistencia todavía más irracional en tanto ocurría cuando el liderazgo revolucionario se enfrentaba al fracaso de su intento original –y centralizado en los primeros años de la Revolución– de formar al “Hombre Nuevo”, una criatura idílicamente perfecta que, en la práctica, debería catalogarse como anomalía: ese cubano mayoritariamente iletrado o de cultura general superficial, mal hablado, sin ética, carente de la más mínima cuota de civismo, practicante natural de la doble moral y el doble discurso, y acostumbrado al parasitismo personal, ciudadano y social.

La minimización centralizada y estatalizada “revolucionaria” de la amplísima gama de ideas sobre la enseñanza que en épocas precedentes a la Revolución se imbricaron para la configuración del pensamiento social de la nación seleccionó y estableció dos claros paradigmas que, en opinión de los metodólogos fieles al castrismo, interactuaban y serían las vías más expeditas de alcanzar los objetivos de un ciudadano integral revolucionario. Dos modélicos personajes de la historia: José Martí y su ideario político que se constituyó en la voz que llegaba al presente desde un pasado glorioso, y Fidel Castro, el Moisés iluminado que conduciría al pueblo hacia la tierra prometida: el paraíso socialista como antesala del Reino Eterno de la Perfección, el comunismo. El anterior matiz paródico cristiano no está utilizado aquí por azar: la concepción de esa nueva política educacional y cultural de la Revolución apelaba también al espíritu mítico que gravitaba sobre ese hombre imperfecto y genial de carne y hueso que, sin embargo, llegó a tildarse de “Apóstol”, José Martí, y sobre ese Doctor Castro que bajó de la Sierra Maestra y fue recibido por buena parte de los cubanos como un esperado Mesías –paradójica adoración que la inteligencia astuta y retorcida de Fidel Castro aprovecharía inicialmente para concentrar todo el poder en sus manos, y que finalmente asumió hasta en sus comportamientos más íntimos, llegando a creerse un genuino Salvador de Cuba y de los cubanos.

Debería estudiarse el preocupante fenómeno de que, junto a esta simplificación histórica oportunista de la multiplicidad y pluralidad de conceptos e ideas sobre la enseñanza y los mecanismos de implementarla en la sociedad, uno de los objetivos esenciales del monopolio sobre la educación logrado mediante este proceso de utilizar del legado educacional cubano sólo lo conveniente a la lucha ideológica, fue la posibilidad de exportar el modelo, estableciendo para ello una red de proselitismo intelectual que se movía en los territorios de la cultura, la educación y el universo académico, en principio, en América Latina y, por extensión, en países del Tercer Mundo en África y algunas naciones del Medio Oriente y Asia. El flagelo contaminador, es un hecho, se cimentó y corrió sobre los rieles bien aceitados de la propaganda externa de la Revolución, que se deslizó con éxito hasta la caída del campo socialista pues unificaba el supuesto criterio humanista de formación de ciudadanos pensantes con el antimperialismo y antinorteamericanismo –proyecciones típicas de las naciones latinoamericanas–, y la convicción de la izquierda internacional (protagonista en el mundo de la enseñanza) de que el proyecto cubano que Fidel Castro encabezaba era la encarnación máxima de la lucha por un mundo mejor y, más que nada, libre de la voracidad capitalista e imperialista.

El rescate de la memoria histórica cubana en el terreno de la pedagogía es, finalmente, otra de las virtudes de este libro al resumir no solo las contribuciones personales de las más reconocidas figuras del pensamiento en Cuba vinculadas a la enseñanza: José Agustín Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Enrique José Varona y José Martí, cuya impronta no ha podido ser negada por la historiografía oficialista –aunque sí ha sido manipulada, descontextualizada y tergiversada a favor de un claro propósito: reforzar la ideología y la concepción educacional y de generación de pensamiento social de los estrategas de la Revolución–, junto a figuras menos conocidas como Antonio Bachiller y Morales, Esteban Borrero, María Luisa Dolz y Arango, Ramiro Guerra, y otros todavía menos analizados en los estudios sobre el tema en Cuba. 

Un libro este, en resumen, necesario. Una mirada unificadora que busca, más que analizar, decodificar las aviesas estrategias de los ideólogos del castrismo, y las adquisiciones y aportaciones que a esa manipulación social han hecho, y todavía hoy hacen, los intelectuales y pedagogos vinculados a la enseñanza en la isla, América Latina y el resto del mundo.   

Amir Valle, Berlín y marzo de 2024


PUEDE DESCARGAR GRATUITAMENTE ESTE LIBRO EN ESTE LINK: Programa Cuba – Universidad Sergio Arboleda – Colombia

Condiciones de una recepción castrista de José Martí

DEL LIBRO DE ENSAYO JOSÉ MARTÍ: FILOSOFÍA Y NACIÓN


NOTA EDITORIAL

El pasado 31 de mayo, a la edad de 75 años, murió en en la ciudad de São Paulo, Brasil, país donde residía desde hacía varios años, un referente de la investigación literaria y el pensamiento crítico en Cuba: el escritor, ensayista, profesor e investigador Luis Álvarez Álvarez.

Nacido en Camagüey en 1951, Álvarez Álvarez publicó más de 50 libros en Cuba, España y México; más de setenta ensayos en revistas de su país natal, de Brasil, España, Corea del Sur, Alemania y otros países, así como ocho prólogos en Cuba y Estados Unidos. Ha publicado numerosas reseñas críticas suyas en Cuba, España y Argentina. Ha obtenido el Premio Nacional de Literatura en Cuba, 2017; la Mención de Honor en el IV Concurso Hispanoamericano de Ensayo sobre Pensamiento y Lenguaje “René Uribe Ferrer”, de la Universidad Pontificia de Bogotá y el Instituto Cervantes de Madrid; en 2003 el Premio de Pensamiento Caribeño (área de la Cultura), de la Editorial Siglo XXI y la Universidad Autónoma de Quintana Roo, México; en 1995, el Premio Extraordinario en Ensayo sobre José Martí, Casa de las Américas, Cuba, entre otros reconocimientos a su labor intelectual.

OtroLunes desea homenajear su memoria con la publicación de este importante capítulo de su libro José Martí: Filosofía y nación, publicado en Ilíada Ediciones en 2024.


El debate asfixiado

Todo el proceso de la exégesis martiana a partir de 1959 está condicionado por las condiciones de la recepción posible de la obra del prócer. No se puede desconocer que precisamente en los primeros lustros de la Revolución y por una maniobra política de indudable habilidad, por primera vez se puso a disposición del lector cubano y de los investigadores una edición aproximadamente completa de los textos de Martí. Ello condicionó nada menos que la impresión sicosocial de que por primera vez se podía interpretar el legado del prohombre, algo que en cierta medida sobre todo cuantitativa era plausible. Esto sentó las bases de la creencia en una interpretación objetiva del pensamiento de Martí por parte de una política cultural castrista. Por eso es imprescindible analizar, aunque sea de modo somero, cuáles fueron las condiciones de recepción de la obra martiana condicionadas por el castro-comunismo, sus ideólogos y sus instituciones oficiales. De modo que las consideraciones sobre ese punto que expongo a continuación no son una digresión, sino una necesidad para entender tanto la recepción como la deformación de las ideas martianas a partir de 1959, tanto en Cuba como en cierta medida en América Latina. No existen lecturas asépticas de un intelectual gigantesco como Martí: todas exigen una contextualización compleja. Y en este caso, es decir, en el marco de la configuración de un proceso tan abstruso y heterogéneo como la Revolución cubana, son muchos los factores a tener en cuenta, tantos, que difícilmente pueda yo abarcar en estas páginas más allá de una apretadísima selección de algunos de los más importantes.

Un hecho a la vez político y cultural que dañó de manera impresionante al pensamiento cubano en general y en particular la recepción de los textos martianos fue la implantación castro-soviética del marxismo-leninismo como única filosofía válida y en todo caso oficialmente autorizada. Esta pretensión absurda, que es todavía coreada en diversos países y en particular en universidades de México y otros sitios de América Latina, es una manifestación flagrante del dogmatismo y, sobre todo, la incultura que se asocia con las dictaduras comunistas. El proceso, mucho más complejo de lo que a primera vista pudiera parecer, tiene una historia que, aun en una síntesis extrema, resulta sumamente significativa.

Cuba, desde sus orígenes de pequeña colonia española, aportó una reflexión filosófica de cierto interés. Las décadas finales del siglo XVIII permitieron una apreciable expansión de pensar filosófico, impulso derivado de las reformas que fueron lográndose en la enseñanza universitaria habanera. Figuras como el sólido padre Agustín Caballero y el eminente sacerdote Félix Varela, abrieron con pasión las aulas a una renovación más acorde con las nuevas ideas que se iban imponiendo en el tránsito de la Ilustración europea al Romanticismo. En las primeras décadas del siglo XIX una gran figura intelectual cubana, cuyo magisterio marcaría buena parte de la juventud insular, José de la Luz y Caballero, volvió a confiar, como lo había hecho el padre Félix Varela en sus Cartas a Elpidio, en la educación de los jóvenes como una vía para alcanzar la libertad del país. Toda una generación se lanzó a meditar y a actuar en pro de la independencia, tanto política, como moral y cultural. Fueron las primicias gallardas de una gesta libertaria que habría de ser ahogada en sangre y cuya historia, todavía inacabada, no me corresponde a mí hacer. Debo subrayar, sin embargo, que por razones epocales fueron sobre todo abogados, periodistas y escritores literarios quienes cargaron en sus hombros esa gesta a la vez trágica y deslumbrante. Una serie de personalidades de la isla aportó, hasta el presente (2024), varias obras de carácter filosófico, ya del pensamiento estricto, ya del pensamiento filosófico aplicado a un área del conocimiento. No obstante su indudable valor, la lista siguiente es breve e incluye solo los que adquirieron una determinada relevancia por una producción científica. No se incluyen autores con estricta labor pedagógica o publicaciones de otro orden.

  1. Siglo XVIII-inicios del XIX: padre José Agustín Caballero. Padre Félix Varela.
  2. Siglo XIX: Juan Bernardo O’Gavan. José de la Luz y Caballero. José Manuel Mestre. Enrique José Varona. Rafael Montoro Valdez. José del Perojo.
  3. Siglo XX primera mitad (formados y desarrollados antes del castrismo y de la imposición del marxismo-leninismo como única filosofía posible y permitida en el país por el gobierno comunista): Jorge Mañach, Medardo Vitier, Roberto Agramonte. Mercedes García Tudurí. Rafael García Bárcena. Humberto Piñera Llera.
  4. Siglo XX (marxistas): Fernando Martínez Heredia. Zaira Rodríguez Ugidos. Isabel Monal. Pablo Guadarrama. Thalía Fung Riverón. Jorge Luis Acanda.
  5. Siglo XX segunda mitad (emigrados y no marxistas): Rafael Rojas Gutiérrez, Lourdes Rensoli Laliga. Alexis Jardines. Enrique Patterson.

     La dogmatización de la filosofía en Cuba comenzó de manera gradual, pero indetenible ya a partir de 1962, en que se funda el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, a partir de la Reforma Universitaria dirigida por el intelectual comunista Juan Marinello. La idea inicial de dicho departamento era impartir la filosofía marxista-leninista a todas las carreras universitarias. Pero no había profesores previamente formados. Se hizo un llamado a los estudiantes de todas las especialidades en los últimos dos años de su plan de estudios. Ellos recibirían cursos emergentes de formación filosófica acelerada para formarlos como instructores docentes de Filosofía y Economía Política. Esta determinación inicial condenaba ya el proyecto a una superficialidad y una falta de verdadera profundidad académica. Esos alumnos recibieron clases de las siguientes asignaturas: Materialismo Dialéctico y Materialismo Histórico. Historia de la Filosofía. Historia Universal. Historia de Cuba. Economía Política del Capitalismo. Otra asignatura fue Colonialismo y Subdesarrollo. El claustro estaba integrado por distintas personas; hubo españoles emigrados de la Guerra Civil y el resto eran cubanos. Eran cien estudiantes, de los cuales al final fueron seleccionados 21 como profesores de Filosofía y 16 que impartirían Economía Política. El curso empezó en septiembre de 1962 y terminó en enero de 1963. El siguiente primero de febrero estos maestros emergentes comenzaron a impartir clases en las aulas universitarias. En las otras dos universidades del país también se crearon departamentos de Filosofía, no supeditados académicamente al de La Habana, sobre los cuales apenas hay información. Por otra parte, eran relativamente autónomos dentro de cada una de las tres universidades y no estaban incluidos dentro de ninguna facultad. En 1965, siendo Fernando Martínez Heredia el jefe del departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, se organizaron dos encuentros nacionales de profesores de Filosofía del país. Solo se ha investigado hasta ahora la trayectoria del departamento de Filosofía habanero. No hay una historia de la enseñanza de la filosofía y sus departamentos en las universidades cubanas a partir de la Revolución. Uno se preguntaría por qué, pero la tentación de responder que porque se trata de una historia difícil y arriesgada es muy grande. Como se puede observar, no hubo una cabal plataforma teórica marxista-leninista en esos inicios, sino una preparación rápida y desde luego sin profundidad académica. Además, es necesario tener en cuenta tres factores internos de la isla y uno internacional, los cuales agravan la falta de unidad y la incoherencia teórica.

Primer factor interno: la presión gubernamental castrista para organizar un sistema rápido de formación marxista-leninista. El gobierno organizaba, ordenaba y financiaba todo el plan. Allí figuraban desde luego Fidel y Raúl Castro, Armando Hart y sobre todo Ernesto Che Guevara. Este primer factor estaba marcado por el voluntarismo del líder, pero no obstante no era, como se verá, por completo homogéneo. Véase la siguiente anécdota de Aurelio Alonso narrada por el investigador argentino Néstor Kohan:

En una ocasión, Fidel estaba hablando en la plaza de la Universidad de La Habana. Por entonces unos profesores de Economía que lideraba Anastasio Mansilla, que era profesor de Economía y coordinador de un seminario sobre El capital, del que Fidel y el Che Guevara fueron alumnos, habían empezado a criticar a Fidel en las clases diciendo que la dirección política de la Revolución Cubana no conocía El capital. En la plaza estaban Jesús Díaz y Ricardo Jorge Machado, no sé si alguien más y parece que mientras Fidel estaba hablando, no sé si Machado o Jesús, creo que Machado, hace dos o tres preguntas a Fidel y Fidel se da cuenta de que eran muy lúcidas. Entonces se vira y le dice: “¿Y tú quién eres? ¿Tú qué haces?”. Y Machado le dice: “Yo enseño Filosofía Marxista”. Y Fidel le contesta: “¡Ah,  Filosofía Marxista, está bien” (…). Como a la media hora se vira para Machado. Hace un silencio, como que se le acaba el tema de lo que quería decir: “¿Así que tú eres  uno de esos sabios profesores de Marxismo de la universidad que anda diciendo que yo no conozco El capital y que los dirigentes cubanos no conocen El capital y que no dominan el marxismo?”.[1]

Esta anécdota opresiva es un botón de muestra sobre el áspero debate en la época, en el cual iría gestándose, para decirlo con palabras de Nuestra América, la pechada del caudillo contra el intelectual. El caudillismo castrista habría de liquidar las indagaciones en busca de una plataforma teórica específica para el socialismo cubano. Se procedería a satanizar no solo a los que buscaban una reflexión responsable desde el mismo país, para proceder también a condenar al intelectual como prototipo de individuo con actitud no revolucionaria, algo que aparecería literalmente dicho por Ernesto Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba. Me tocó escuchar, a mis veinte años y estudiando en la universidad, a un ama de casa con nivel de bachillerato declararme con petulancia y autoritarismo que los intelectuales tenían que ser modestos y receptivos ante lo que se les decía, es decir, sumisos: era una especie de slogan asimilado por todos los niveles del castrismo, del más o menos culto al más pedestre y chabacano. El propio Martínez Heredia fue consciente de que la guerra contra los intelectuales estaba más o menos soterrada o pública y promovida desde el gobierno, y en especial desde el ejército. Estas presiones múltiples dieron lugar a la clausura del departamento de Filosofía y la liquidación del grupo de Pensamiento Crítico.

Segundo factor interno: la vieja guardia del Partido Socialista Popular en Cuba intrigaba para adueñarse de todos los puestos clave en la organización de aquella campaña de modelación ideológica marxista.  Pero lo hacía desde perspectivas muy marcadas por el reciente estalinismo que había dominado a la Unión Soviética hasta fines de la década del cincuenta. De hecho, esta vieja guardia estaba integrada y manejada sobre todo por un núcleo duro con Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, Juan Marinello, Mirta Aguirre, Edith García Buchaca, José Antonio Portuondo, Gaspar Jorge García Galló, Juan Mier Febles y otros.

Tercer factor interno: era el más débil y también el único con posibilidades de un impulso real a la conformación de una plataforma teórica nacional. Eran los jóvenes nucleados en el departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Allí estaban Fernando Martínez Heredia, Aurelio Alonso, Justo Nicola, Luciano García, Cristina Baeza, Marta Blaquier, Luisa Noa, Isabel Monal, Jorge Gómez y otros. Estos jóvenes trataban de abrirse al mundo de las ideas de la época, así como adquirir experiencias de otros pensadores y tendencias de izquierda en el mundo; su propósito esencial era demostrar que el marxismo-leninismo estaba contextualizado por una historia compleja, que incluía la historia de la filosofía y en el caso de Cuba, la historia de la nación, la del Caribe, la de América Latina y la de África.

Un cuarto factor de carácter internacional: se trata de un elemento bien complejo. Por una parte, están las confrontaciones entre el partido comunista soviético y el chino, pugnando por quién adquiriría el mayor predominio. El maoísmo había adquirido ya no solo una determinada fuerza, sino que se estaba extendiendo por el mundo, en particular por América Latina. El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética había sacado a la luz una serie de graves problemas del estalinismo, pero no los había erradicado por completo. Los incidentes de Hungría y otros habían afectado el otrora omnímodo prestigio del comunismo soviético. Había aparecido el concepto de Tercer Mundo y su relación con el subdesarrollo. África despertaba tanto a la reflexión teórica como a una lucha más activa por su independencia. Las antiguas colonias en el mundo advienen a una meditación creciente sobre su destino político.

Los jóvenes del departamento de Filosofía aspiraban a conformar las bases teóricas del socialismo cubano, pero están aprisionados entre los demás factores que acabo de relacionar, así como también por los avatares del pensamiento internacional. La política interna del país, la voluntad personalista del gobierno castrista, eran factores tensionantes. Fernando Martínez Heredia ha afirmado sobre este difícil terreno ideológico de los años sesenta:

La teoría de Marx, Engels y Lenin había sido reducida por aquel campo a una ideología autoritaria, destinada sobre todo a legitimar, obedecer y clasificar. Necesitábamos un marxismo creador y abierto, debatidor, que supiera asumir el anticolonialismo más radical, el internacionalismo, en lugar de la razón de Estado, un verdadero antiimperialismo y la transformación sin fronteras de la persona y la sociedad socialista, como premisas para un trabajo intelectual que fuera indeclinable en su autonomía y esencialmente crítico. Un marxismo que no se creyera el único pensamiento admisible y el juez de los demás.[2]       

Pero ese marxismo era imposible en una Cuba lanzada por el camino de caudillismo que Martí había denunciado incansablemente, pero que ahora asumió su peor perfil por tratarse de uno de izquierda marcado por el estalinismo. Pronto el marxismo fue declarado discurso único, pero sobre la base de que se estudiara no a través de las obras de los pensadores clásicos de esta filosofía, sino de manuales de bajo nivel filosófico traducidos del ruso, como el muy manoseado de Konstantinov (“el Konstantinov”), publicado en 1958 e inevitablemente traducido al español por Adolfo Sánchez Vázquez y Wenceslao Roces, traducción que se imprimió en 8,000 ejemplares en México y otros 8,000 en los tres años subsiguientes. De nuevo otra enorme tirada en 1965, con nueva traducción de Sánchez Vázquez. Por cierto, que esa edición de 1965 en el país azteca se realiza cuando ya en Cuba se estaba procurando prescindir de dicho manual.

Ahora bien, es mucho más complejo el fenómeno que su simple enunciación. Ante todo, hay que cuestionarse críticamente la insistencia en que existió una verdadera plataforma teórica del socialismo en Cuba: no la hubo realmente. Una serie de elementos habla más bien de una profunda incultura y de una especie de dictadura ideológica, que irónicamente varios intelectuales cubanos marxistas denominaban con sarcasmo, pero no del todo erróneamente, “La Iglesia”. Muy pronto después de 1959 comenzó a propagarse un fantasma por la isla: el del diversionismo ideológico, que se convirtió en una acusación letal, a partir de la cual una persona o un hecho cultural podían ser barridos como por una explosión atómica y desaparecidos del mapa nacional. Igualmente, se desató una serie de tonterías y lugares comunes para nada filosóficos. Véase el siguiente pasaje de un discurso de Fidel Castro en el año 1970, el de su sonado ridículo con la zafra megalomaníaca de 1970 que terminó en un rotundo fracaso:

¡Qué lección práctica de marxismo-leninismo! Nosotros que nos iniciamos en el camino de la Revolución no por una fábrica, que buena falta que nos habría hecho a todo, sino que nos iniciamos en el camino de la Revolución por la vía intelectual del estudio de la teoría, del pensamiento. Y que bien nos habría convenido a todos nosotros haber conocido mucho mejor y haber surgido de las fábricas, porque allí donde realmente está el espíritu genuinamente revolucionario de que hablaban Marx y Lenin.[3]        

No hay que recordar aquí que el origen de clase de Marx y desde luego de Engels no era el proletariado y que ambos eran exactamente intelectuales de origen burgués. El padre de Lenin, Ilyá Ulianov, fue un burócrata ruso con tratamiento de “Su Excelencia” en Rusia, de hecho equiparado a la pequeña nobleza. Así que Castro habla de una pura entelequia, una manipulación destinada a engañar a las masas poco informadas de las personalidades clave del marxismo-leninismo. Pero más ilustrativo es el siguiente pasaje de una intervención más que significativa de Raúl Castro:

Son frecuentes las muestras de diversionismo ideológico que aparecen en el extranjero destinadas a minar las ideas del marxismo-leninismo y en algunos casos el apoyo de las masas populares de esos países a nuestra Revolución. A veces esas ideas entran en nuestro país como mercancía de contrabando y desdichadamente en ocasiones encuentran eco en círculos reducidos, por ignorancia política o fatuidad más que por cualquier otra cosa. originando manifestaciones que pretenden ser revolucionarias y son realmente ajenas al marxismo-leninismo; expresiones que constituyen una mezcla de pobreza ideológica y petulancia intelectual muy distante de las ideas de la Revolución.

El marxismo-leninismo es una ciencia, no una especulación. No existen “varios marxismos-leninismo”. Cualesquiera que sean las cuestiones secundarias puestas a investigación y debate en los círculos revolucionarios, el marxismo ofrece un fondo de verdades incontrovertibles que han sido probadas hasta la saciedad en el terreno de las ciencias y en el de la lucha social. La Revolución abre el campo de la investigación científica en todas las direcciones y no intenta amputar ningún esfuerzo seriamente concebido. Pero una cosa es investigar y otra es aprovechar conocimientos –casi siempre mal digeridos– para socavar con especulaciones irresponsables las bases de nuestra ideología. Sobre todo, es necesario aclarar que esas especulaciones, como las que aparecen con frecuencia en las páginas de la revista Pensamiento Crítico, no constituyen, por supuesto, la expresión de los criterios de nuestro Partido.

La aclaración, además, es necesaria, por cuanto existe la confusión en algunos compañeros que nos han preguntado si la publicación mencionada constituye el órgano teórico del Partido. Nosotros hemos conocido directamente algunas experiencias de este tipo. Tenemos, en el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, centenares de oficiales estudiando en aulas universitarias distintas carreras. En más de una ocasión, hasta nosotros han llegado las inquietudes de estos compañeros, muy especialmente los de Ciencias Políticas, sobre planteamientos realizados por algunos profesores, de confuso carácter ideológico cuando no absolutamente contrarios al marxismo o irrespetuosos a la autoridad de sus fundadores gloriosos. Hace aproximadamente un año nosotros teníamos en la mano un caso concreto, esto lo comuniqué personalmente a las autoridades de la Universidad de La Habana. Pero todavía hace algunos días transitando por un despacho, nos hemos encontrado a un compañero oficial que trabaja directamente con nosotros y estudia en la universidad, esta vez en la escuela de Ciencias Jurídicas, dedicado al estudio de un artículo de la mencionada revista de carácter contradictorio y revisionista, que se le había recomendado en el aula por un profesor.

Se ha llegado en determinados círculos a extremos ridículos a los que solo puede llevar el intelectualismo desarraigado de la realidad y una buena dosis de autosuficiencia y versiones de Marx y Engels, tan pomposas como superficiales, se unen hechos increíbles como el de recomendar estudiar el proceso revolucionario de   Octubre prescindiendo de Lenin.[4]

Este momento oratorio merece un comentario detallado. Ahí está la temida frase: diversionismo ideológico. No hay definición lógica posible. Se trataba de todo aquello que contradijera no ya al sistema de pensamiento marxista, sino sobre todo el discurso del poder castrista, todo aquello que no reprodujera literalmente las órdenes, declaraciones y consignas del gobierno en cualquier nivel de este. De inmediato viene un esquema repetido hasta el cansancio:  todo lo que no repita el discurso único partidista, era inmediatamente ridiculizado como superficial, fatuo, o satanizado como enemigo y antiobrero. No había, pues, ni la menor posibilidad de riposta y menos aún de discusión; era, a nivel de la vida cotidiana, el correlato exacto de la frase tiránica de Palabras a los intelectuales. Con la Revolución, prosopopeya de Castro, todo; contra la Revolución, ningún derecho. A pesar de todo, el orador era indiscreto e inhábil. Esas ideas petulantes y contrarrevolucionarias a las que se refiere estaban censuradas y tenían que entrar “de contrabando”, como en el terreno de un estado teológico, un Monte Athos vedado al mundo real. Asimismo, su afirmación de una unidad del marxismo es algo tan pedestre y contrario a la historia misma, que parece olvidar que, por citar un solo ejemplo, las ideas del marxista italiano no leninista, Antonio Gramsci, fueron durante años muy poco gratas al poder castrista en la isla. Por otra parte, la realidad histórica, objetiva en el mundo llevaría poco tiempo después, en la década del setenta, a unos hechos políticos y militares sobre los cuales el destacado sociólogo Benedict Anderson escribió:

Quizás sin que lo notemos mucho todavía, vivimos una transformación fundamental en la historia del marxismo y de los movimientos marxistas. Sus señales más visibles son las guerras recientes entre Viet Nam, Camboya y China. Estas guerras tienen una importancia histórica mundial porque son las primeras que ocurren entre regímenes de independencia y credenciales revolucionarias innegables, y porque ninguno de los beligerantes ha hecho más que esfuerzos superficiales para justificar el derrame de sangre desde el punto de vista de una teoría marxista reconocible.[5]

En una palabra, la supuesta y nunca objetivada unidad monolítica del marxismo en el siglo XX, terminaba sus días y su propaganda en medio de la nube de humo no ya de un derrumbe espontáneo, sino de una serie de confrontaciones políticas y militares. Las sucesivas intervenciones militares soviéticas en países satélites en la Europa del Este, el desdeñoso abandono de Castro en la crisis de los misiles en Cuba, la feroz confrontación de influencias entre China y la Unión Soviética por todas partes, pero en particular en África, desmentía ese bucólico e ignorante principio de unidad aludido por Raúl Castro. En la propia Cuba castrista, donde por un momento se pensó ingenuamente por algunas personas en el diseño de una ideología para la revolución insular, todos estos esfuerzos fueron asfixiados para erigir a sangre y fuego un discurso totalitario, deslavazado, incoherente y sin la más mínima solidez teórica. Una vez más, se trataba simplemente de un caudillismo burdo y desde luego aterrador, que desde los núcleos duros del poder castrista se proyectaron sobre toda la sociedad insular y crearon un frenesí de absolutismo, un afán de dominio entre castrense y populachero, que habría, desde el punto de vista sicosocial, de enfermar literalmente a diversos sectores de la sociedad cubana.

No puedo ahora emprender una historia que, de una u otra manera ha sido trabajada por prestigiosos autores, entre ellos el filósofo e historiador Rafael Rojas. Me detengo solo en algunos hitos imprescindibles para comprender medianamente la sistemática operación de tergiversar el pensamiento de Martí sobre la nación cubana.

La fundación de Pensamiento Crítico como revista asociada con el programa emergente de formación en el marxismo-leninismo, se había convertido inadvertidamente en un foco de debates sobre el pensamiento contemporáneo, tanto filosófico como cultural e incluso específicamente artístico, así como sociológico y político. No era la revista de adoctrinamiento que esperaban los Castros y su camarilla, ni la vieja guardia del Partido Socialista Popular, ni funcionaba como baluarte del estalinismo. Tampoco solucionó la completa ignorancia del propio marxismo exhibida por la pandilla castrista. Impresiona leer a Raúl Castro decir imperturbable que el marxismo-leninismo era una ciencia. Pero ¿no era la única filosofía verdadera de la historia de la humanidad? Y desde luego no podía ser clasificada como ciencia. Castro se expresa desde una supina ignorancia de la teoría y la práctica de lo que se supone que defiende. Esa represión del pensamiento, aparentemente realizada desde la filosofía marxista-leninista, ni siquiera tenía un apoyo teórico en los elementales mínimos del propio marxismo. El odio de los dos caudillos Castro por la intelectualidad cubana era más que transparente. Esta actitud se socializó y se asumió como una postura revolucionaria y comunista. Es bien interesante que Ernesto Guevara proyectó públicamente una actitud igualmente agresiva, sobre la cual se verá luego que, de manera privada, sustentó otra muy diferente, en una incoherencia que resulta cuando menos cegadora. Guevara escribió sobre los intelectuales unas palabras ominosas y dogmáticas:

Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original: no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original. Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto mayores cuanto más se hayan ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión. Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni “becarios” que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.

En nuestra sociedad juegan un gran papel la juventud y el partido.[6]

Deliberadamente he incluido el último renglón, porque lo necesito para un rápido comentario. Ante todo, véase el tono religioso de todo el pasaje guevarista. El intelectual tiene un pecado original: no es una metáfora. Creo que es el sentido literal. No hay manera de ofrecer una explicación racional a esa andanada sobre el “pecado” de los intelectuales. Y además, ¿qué entiende Guevara, y todos los demás de la dirigencia comunista, por ser “auténticamente revolucionarios”?. Pues jamás hay una explicación racional de semejante condición. Ni podía haberla: de hecho, ser auténticamente revolucionario era no otra cosa que ser por completo sumiso a los dictados de la jefatura. Hay un total irracionalismo y una negación total de lo que significa inteligir, que no es otra cosa que ser capaz de elegir de acuerdo con un raciocinio eficiente y unos principios considerados válidos. Pero eso era justamente lo que había que negar a toda costa en Cuba, como había sido combatido en la Unión Soviética y en todas las instancias de los partidos comunistas. No al pensamiento, no al análisis, no al cuestionamiento en aras de la verdad, la ética y la objetividad. Más adelante veremos cómo ni el propio Guevara pudo ser por completo cómplice de un escolasticismo tan burdo y asfixiante. como este. Pero tampoco puede olvidarse que el comunista argentino fue también de los que atizó la llama contra el pensamiento en Cuba. Y que el último renglón con que cierro la cita anterior evidencia la santurronería religiosa con que todos los comunistas han repetido una y otra vez, con una actitud entre mística, irracionalista y servil, que el partido comunista es una especie de entelequia que, con los papas católicos, goza del dogma de la infalibilidad.

Sin embargo, de Guevara provendrían las objeciones más fuertes y peligrosas que el naciente dogmatismo iba a recibir en Cuba.  El historiador Rafael Rojas ha escrito con entera razón: “El Che Guevara, tal vez la figura central del debate económico e ideológico cubano de aquellos años, había criticado desde 1962, en la revista Cuba Socialista los mecanismos de comercio exterior que predominaban en el campo socialista y que obligaban a Cuba a pagar en divisas las materias primas procedentes de la URSS y otros países del bloque soviético”.[7] Y, en efecto, Guevara, sobre todo en textos y anotaciones que solo se publicaron mucho tiempo después de su muerte, ejerció una crítica muy dura sobre lo que estaba sucediendo en la Cuba de los primeros años del castrismo. Son consideraciones que, inevitablemente, arrojan unas connotaciones sombrías sobre su salida definitiva de la isla prisionera de los Castro.


ESTE LIBRO DE ENSAYO PUEDE ADQUIRIRSE EN ESTE LINK: José Martí: Filosofía y Nación, ensayo, Luis Álvarez Álvarez

La soberanía del ciudadano: fundamento y destino del orden político


Imagen cortesía de Vilkasss – Pixabay

Hay momentos en la historia del pensamiento en que una idea deja de ser una intuición dispersa para convertirse en una exigencia ineludible. No se trata ya de una hipótesis, ni de una posibilidad entre otras, sino de una necesidad que emerge de la propia experiencia histórica. Tal es el punto al que ha llegado, en nuestro tiempo, la cuestión de la soberanía.

Durante siglos, la humanidad ha buscado al soberano fuera del individuo. Lo encontró primero en el monarca, luego en el Estado, más tarde en la nación, después en el pueblo, y en no pocas ocasiones en estructuras que, invocando a todos, terminaron por sustituir a cada uno215. En ese largo desplazamiento, el lenguaje político se refinó, las instituciones se perfeccionaron y las formas del poder se hicieron más complejas; pero el problema esencial —la relación entre el hombre y el poder— no quedó definitivamente resuelto.

La modernidad representó, sin duda, un avance decisivo. Al afirmar la igualdad jurídica, al reconocer derechos y al cuestionar el absolutismo, abrió un espacio en el que el individuo pudo comenzar a emerger como sujeto político. Pero ese avance quedó incompleto. Porque al desplazar la soberanía hacia entidades colectivas —la nación, el pueblo, la voluntad general—, no eliminó la posibilidad de su apropiación, sino que la transformó. El poder dejó de concentrarse en una persona para concentrarse en una abstracción, y esa abstracción, al requerir ser interpretada, volvió a situar al ciudadano a distancia de su propio fundamento.

La historia contemporánea ha mostrado con claridad los límites de ese modelo. Allí donde la soberanía se separa del individuo, el poder tiende a emanciparse de sus límites. Allí donde el poder se emancipa, el ciudadano deja de ser origen para convertirse en medio. Y allí donde el ciudadano se convierte en medio, la política pierde su legitimidad más profunda, aun cuando conserve formas jurídicas aparentemente correctas.

Este libro ha recorrido ese itinerario no como una simple reconstrucción histórica, sino como una búsqueda de su punto de inflexión. Y ese punto se encuentra allí donde la pregunta por el soberano deja de formularse en términos abstractos y se replantea desde la realidad concreta del ser humano.

La conclusión a la que conduce ese recorrido es, en su formulación, sencilla, pero en sus implicaciones, radical:
la soberanía no reside en el pueblo como entidad abstracta, ni en la nación como continuidad histórica, ni en el Estado como estructura jurídica, sino en el ciudadano como sujeto moral y político irreductible.

Esta afirmación no constituye una consigna ni una metáfora. Es una tesis que exige ser pensada en todas sus consecuencias.

Si la soberanía reside en el ciudadano, no puede ser transferida sin que este deje de ser sujeto. Si no puede ser transferida, el pacto social no puede consistir en su cesión. Y si no hay cesión, el fundamento del orden político debe ser replanteado como reconocimiento y no como enajenación.

De ahí emerge la necesidad de un nuevo paradigma: el pacto social posmoderno. No como ruptura con la modernidad, sino como su superación crítica. No como negación del derecho ni de la institucionalidad, sino como reordenación de sus fundamentos.

En este nuevo horizonte, el Estado deja de ser titular de la soberanía para convertirse en su instrumento. La ley deja de ser la expresión de una voluntad abstracta para convertirse en garantía de la convivencia entre ciudadanos soberanos. La representación deja de ser sustitución para convertirse en delegación limitada, reversible y condicionada. Y la comunidad política deja de estructurarse desde arriba para comenzar a
articularse desde la dignidad de quienes la integran.

Nada de esto implica la disolución del orden político. Por el contrario, lo fortalece. Porque sólo un poder que reconoce sus límites puede ejercer legítimamente su autoridad. Sólo una comunidad que reconoce la dignidad de cada uno puede aspirar a la justicia. Y sólo un derecho que se funda en el ciudadano puede evitar convertirse en instrumento de dominación.

El siglo XXI introduce, además, condiciones históricas que hacen posible —y en cierto modo inevitable— esta transformación. La revolución tecnológica, la expansión de la información, la capacidad creciente de participación, han reducido la distancia entre el individuo y los centros de decisión.

Lo que en otros tiempos justificó la intermediación casi absoluta, hoy exige ser replanteado. No para eliminar las instituciones, sino para reconducirlas hacia su fundamento.

Pero esta transformación no es únicamente técnica. Es, ante todo, moral. Supone reconocer que el ser humano no puede ser reducido a objeto de organización política sin que se desnaturalice el orden mismo. Supone admitir que ninguna abstracción —por elevada que se presente— puede situarse legítimamente por encima de la persona. Y supone comprender que la política, en su sentido más alto, no es la administración del poder, sino la organización de la convivencia entre seres libres.
.
En este punto, la tradición cubana —en la obra de Félix Varela, Ignacio Agramonte y Loynaz y José Martí ofrece
una de las intuiciones más lúcidas de la modernidad inconclusa. En ellos, el ciudadano no es una abstracción ni un recurso retórico, sino el centro mismo del orden político.

Recuperar esa tradición no es un acto de memoria; es una exigencia de futuro. La historia de la soberanía ha sido, en gran medida, la historia de sus desplazamientos. Tal vez ha llegado el momento de su restitución. No hacia el pasado, sino hacia su fundamento.

Porque el problema de la política no consiste, en última instancia, en quién gobierna, sino en si el hombre sigue siendo dueño de sí mismo. Y allí donde el ciudadano no es soberano, la soberanía no existe.


PUEDE ADQUIRIR EL MÁS RECIENTE LIBRO DE FAISEL IGLESIAS EN ESTE LINK: De la soberanía popular a la soberanía ciudadana

Anne Sexton y los peldaños de la muerte

(…) una mirando por la ventanilla de un tren
en medio de Wyoming y una está
en cualquier parte y algunas en todas partes y
todas…

Fragmento del poema: En celebración de mi útero.
Anne Sexton



Explorar una emoción certera en la obra poética de la norteamericana Anne Sexton puede convertirnos, confieso, en lectores nerviosos y objetivos. Lo primero es apenas evitable; lo segundo crea conexiones aleatorias como una fotografía de la espiral en donde nunca se sabe con certeza quién oprime el obturador y quién termina proyectado. No lo niego. Su poesía de marcado carácter dinamitado fue céntrica dentro del panorama literario de la época y emana con su lenguaje llano, la desobediencia autoral, así como el rechazo por los dogmas y conservatismos sociales u académicas normas del canon poético.

No existen muchos acercamientos válidos, menores o no sobre su obra en general. Presumo que aparte del escaso arsenal de información es esta una autora difícil de traducir por sus neologismos identitarios que supone, recalco, una tarea compleja en cuanto a meticulosidad con el propio idioma anglosajón. Asumo otra razón simultánea. Los movimientos feministas en literatura han estado erróneamente sujetos a juicios nada favorable (salvo en aisladas voces que se imponen por sí mismas y resultan innegables) además de establecer salvoconductos que mutan, diversificándose, en tendencias que manejan un mismo idioma. Siendo así es lógico pensar que se establezcan tonos flexibles y zonas de acierto hacia esa poesía social que incorpora matices necesarios.

De ahí el papel versátil de las antologías, no siempre asertivas, en su ingenio de considerar determinadas estéticas o visiones responsables del conjunto compilado. Puesto que publicar es el fin, son incontables las pretensiones que conllevan a ejercer la crítica literaria, después, hay volúmenes que merecen, en mi humilde opinión, existir. No sé si por suerte o por desgracia se continúa atacando los grupos que rigen determinadas tendencias. Suelo celebrar aún más el gusto por el verso bien estructurado, haciendo caso omiso de análisis que responden a disertaciones academicistas, y las cuales incitan a tomar partido de unos; o a quedar en una posición radical en nombre de otros. ¿A dónde conduce la parcialidad del sabio o en dónde se guardan los volúmenes que integran esa biblioteca extraña llamada Eternidad? Basta averiguar cuáles libros militan en sus filas y cuáles no. De saberlo, ciertamente, hemos de quedar empobrecidos al instante. Aun cuando tengamos acceso a las llaves que nos ofrece el reino, solo podrán entrar allí unos pocos elegidos. El resto quedará con hambre de conocimiento, y en su angustia no lo sabrán ya nunca. Pero en cuanto a obra se refiere no podríamos etiquetar, y menos sin conocimiento de causa, la poesía de Anne Sexton.

Diana Humes apuesta a definirla: Era una anomalía, un pez con alas. Resulta demasiado interesante una observación como esta, en especial viviendo de una de las más comprometidas estudiosas de su obra. Un pez con alas vendría a ser, en resumen, un adefesio que seduce más por su singularidad que por el estereotipo. Nos traduce una belleza indescifrable en códigos, una cierta armonía que separa lo místico de lo meramente existencial.

Si bien la poesía norteamericana del siglo XIX estaba influenciada por grandes nombres como Walt Withman, y Emily Dickinson, poetas románticos que sirvieron de guía a las generaciones predecesoras, no es menos cierto que la obra de escritores modernos, entre ellos el ya prolífico Robert Lowell (con quien la Sexton mantuvo una relación extramarital años después), permanecía al ala de ciertas y determinadas posturas nacionalistas que alcanzarían ecos firmes, hasta que se observan los primeros rasgos de poesía con carácter directo en el cual se humanizan calidad de estilos y percepciones poéticas avanzadas. Es entonces que se avizoran los primeros rasgos de un movimiento llamado “confesional o confesionarios” y en donde ya otros estandartes de la poesía moderna comienzan a visualizarse. Hemos reparado en las costumbres culturales de la época para ambientar, algunas imágenes expuestas, a la proyección psicoliteraria que insistió rondar a Anne en múltiples confesiones, llenando la prosa y el verso de gran riqueza heterosemántica. Desde la primera mitad del siglo XIX las ciudades de Boston y New York se habían convertido en importantes centros literarios, y la selvática obra de Whitman en contraste polisémico, adquiriendo así la etiqueta de patrón autónomo dentro de la literatura norteamericana. También un lenguaje impuro en zonas posteriores a su primera creación, lo convertiría en el gran mentor del arquetipo humano dando al traste con los puritanismos ortodoxos de las pequeñas comunidades de habla inglesa. Además de Hawthorne y Emily Dickinson cuya obra estaba más en correspondencia con el carácter intimista, y otorga cierta sensibilidad al yo poético, haciéndolos acreedores de ser los primeros románticos modernos en una sociedad, provista en esencia, de una afilada gazmoña social.

Ya desde que aparece la poesía visionaria de la Dickinson , Massachusetts era lo que podría llamarse “cuna de la ortodoxia puritana”, y Boston una ciudad demasiado tradicional en donde todo lo que atentaba contra ciertos valores éticos y morales era signo de libertad dual, por ende, la sociedad debía ser radical hacia los individuos carentes de buenos modales y prácticas religiosas. Anne Sexton no escapó a ello, aunque el mero hecho de ser mujer y adoptar tendencias feministas en el modo de abordar su poesía, la convirtieron en una especie de anti-poeta por excelencia. Un eslabón disonante en medio de su porfía existencial que, amén de contentarle, le produce solo rechazo. Hay en esta mujer, entonces una necesidad de aligerarse mostrando su ego tal cual es. Le abruman los estereotipos y las barreras perpetuas que crea la sociedad alrededor del género femenino, y que solo la poesía como estética manifiesta puede exponer. Dicho así persisten innumerables zonas en su poesía que dan fe de ello: versos egocentristas y de profunda carga erótica que denotan en imágenes mundanas, no menos casuales, esquivas conexiones dentro de su estado psíquico y autodestructivo en materia de roles. Anne particulariza el exterior. Nos lo redimensiona al perecer con su dolor, sin siquiera abandonar sus lagunas sensibleras. Podría alegarse que purga la realidad mediata, desnaturalizándola tras un eterno existir que no le conmueve y, por ende, resulta casi utópico.

Estudiosos como Diana Hume propone la tesis apreciativa de que sólo Anne Sexton pareció mantenerse identificada y limítrofe con el momento poético que le vio nacer; o sea, que supo rebelar sin púdicos conservatismos la esencia de una sociedad cargada de antaño por hábitos tradicionalistas y conceptos historiográficos que adquieren un ejercicio constitucional dentro de los límites sociales. En este sentido, ella, se define contraria en un medio donde la pureza era, a su pesar, noticia de orden en tanto asumía plena identificación con su otro yo antifeminista, anti-sexista, digamos, en legítima defensa. 

Posturas anticonvencionales en medio del puritanismo más calvo, atroz contra la multiplicidad del artista exitoso y visionario del fenómeno político. Anne desde la estructura análoga del texto y fiel al ego identitario de su coetánea Emily, persiste en informarnos, no ya una emoción intimista, sino la inconformidad con el carácter dominante de una sociedad que desarticuló en sus múltiples poemas. En esencia, con solo acercarnos a ese yo autodestructivo y narratológico, como única fuente simbólica de un destino al que no escapa, se advierte la duple esencia del ser que insta al conflicto y resurge del propio esfuerzo, obsesionándonos a tomar posesión de una muerte que necesita.

Evidentemente las obsesiones suicidas condicionaron el Yo tutelar que acentúa la mentalidad progresiva del poeta en su búsqueda, siempre ascendente, al enajenamiento que conduce a la creación. Para Anne el poema surge de esa intimidad redundante con el medio externo y, en cualquier caso, el haber sido postora de un temperamento atrayente en matices psicológicos la hizo acreedora de un ego que no dudó en usar para legitimar su propia obra. Hay en sus versos un céfiro de dramatismo que logra salir airoso. La autora se impone desafiante como si de algún modo extraño nos estuviera convidando a desenmarañar el poema en todo su esplendor. Veamos un fragmento correspondiente a Cuando un hombre entra en una mujer, título que ya, desde su planteamiento propone un desigual desdoblamiento:

(…)
Este hombre,
esta mujer
con su doble hambre,
han procurado penetrar
la cortina de Dios,
lo cual brevemente
han logrado
aunque Dios
en su perversidad
deshace el nudo.

Es aquí donde el lector visibiliza el carácter dinamitado de Anne Sexton. Es quizás éste uno de los temas principales en la temática literal de su poética. Nada la embarga. Ni siquiera la mano del hombre. Es ella su creadora, su propio arquetipo. Desata las amarras que puedan unirle a cualquier rasgo de omnipresencia mística. No acepta confabulaciones. Para ella es como si la especie humana fuera algo más que un mero objeto, y acaso niega ser un instrumento en la relativa perversidad del Supremo que encausa los cuerpos a su antojo para moldarles. Al igual que Sylvia Plath juega en múltiples versos con la ambigüedad y parte del filosófico versículo donde se presupone ruptura y continuidad, fin y principio de toda estética humanística. Es imposible penetrar la humorada de Dios. Lo sabe. Tampoco persigue el paraíso. El éxito consiste en esa aparente liberación personal que logra a través de la poesía.

No hay satisfacciones en lo personal, intenta decirnos con un manojo de máscaras que traducen su presencia dentro del poema.

Alterna con muchos de los temas que podrían volverla estilísticamente diferente. No hay zonas limítrofes para abordar el ingenio literario. Escribe con la autoridad que permite el desgarramiento físico. Sus poemarios nacen de la intimidad corpórea más secular. Se propone hacerlo con una destreza que la particulariza en torno a grandes voces que ya tomaban partido en la línea feminista norteamericana. Sin embargo, basta recalcar una posible advertencia: conocedora de la fuerte influencia que ejercían poetas como William Carlos Williams entre sus contemporáneos, se priva de ello para armar una nueva línea de trabajo. Digamos que privatiza el lenguaje en formas poco convencionales. El linaje poético de siglo pasado no le interesa en absoluto. Busca entonces asideros que la lleven a demostrar hasta dónde puede influir el distanciamiento de su poesía para con su predecesora, aunque no por ello niegue del todo su origen.

Poetisas como Adrienne Rich y Marge Piercy ya comenzaban a deslindar su canon poético de esa conciencia inglesa que durante décadas imperó en las masas intelectivas angloparlantes. Anne hostiga el pensamiento social e individual en un margen apenas limítrofe cuando de armar un discurso poético se trata. Experimenta con formas y rompe estereotipos ya previamente marcados dando así un golpe de atracción hacia la realidad inmediata. Si buscamos nexos autocomplacientes dentro de su obra no lo encontraremos. Anne Sexton es de esas autoras fascinantes y nunca auto complacida con el medio que le rodea. Con frecuencia busca asilo en lo breve. De ahí el uso que, paradigmática, sustrae de genios tutelares para armarse de una poética transgresora y experimentalista.

Ahora bien. Sea cual fuera la necesidad creativa que le impulsó a germinar como poeta, y teniendo en cuenta que había razones poderosas para hacerlo, Anne es una autora que creyó con firmeza en el ostracismo y la sentencia estructural que resurge de la palabra escrita. Aún y cuando militara dentro de un grupo de féminas radicales, no deja de sustraernos el goce espiritual a esa cautiva esencia que implica demorarse por senderos pocos conocidos. Su obra atrae a pesar de que, en no pocas ocasiones, logremos sentirnos defraudados. Técnicamente es una ambliope de imágenes raras e intempestivas, mas no por ello detestable dentro del armazón que rige la mejor voluntad de comprometernos al singular descreimiento.

Observemos en Alcahueta de Dios la doble moral que teje alrededor de la figura masculina. Hombre-Dios posee con frecuencia matices satisfactorios que agradan al enemigo, en este caso la anti-mujer como eslabón predatorio.

Con todas mis preguntas,
todas las palabras nihilistas en mi cabeza,
fui en busca de una respuesta,
en busca del otro mundo
que alcancé al cavar bajo tierra.

Al igual que Dante ella busca un universo paralelo que posea respuestas al distanciamiento. La meta es un subterfugio indudable. Es aquí donde la búsqueda del Yo es tan visible como especulativo el lenguaje que habrá de usar para mostrarnos que es una alcahueta, pero no del mismo Dios; sino de su propia inteligencia. La sabiduría que otros asignan a Dios es parte disoluta de una personalidad demasiado perceptiva e inconforme para dejarse arrastrar en las conjeturas sociales. Deja entrever una satisfacción personal a modo de prueba que no la excluya con devaneos pueriles. Luego continúa:

Crucé piedras más solemnes que predicadores,
traspasé raíces que pulsaban como venas
en busca de algún animal de sabiduría (…)

Planifica su búsqueda. Es necesariamente la misión que no concluye salvo reducidas formas que buscan en su sexo el aniquilamiento. El sujeto lírico está decidido a dictar las formas, en cambio se muestra indócil y reiterativo cuando de nombrar las naderías que supone conseguirán amansarle. Luego dice: 

Abajo. / Abajo. / Abajo.

Es el Jin quien impera todo el tiempo, aletargándose. Suponemos una tumba allí donde no logra hallar las respuestas objetivas a su decisión final de mostrarse insatisfecha. La celestina de Dios es también la enajenada voz que, regia en ocasiones, suele verse transparentada en sapiencia. Esa voz a la cual no le quede más que su hambre. Un hambre que no suple alimentos. Tampoco la fe exhaustiva de engreimientos teológicos. Digamos que, mientras se aleja de su tozudez humana, aplicando a ello una dosis máxima de ensimismamiento, comienza a desprenderse con arrogancia del círculo vicioso que le atrae o repugna. No sólo de pan vive el hombre, reza el evangelio; pero no solamente hallamos maná en el valle y uvas en las veredas, sino también otros alimentos necesarios para el cuerpo del impío. Componendas adjudicables al espíritu de los muertos olivándose en un tiempo que no les pertenece. Anne es una sierva demasiado transitoria para equivocarse.

Agua. Cerveza. Alimento.
(…)
Agua. Cerveza. Caldillo.
Tenía que ser suficiente.
¿Pues quién soy yo, esposo,
para rehusar el poner nombre a los alimentos
en una época de hambre?

Como Sylvia Plath también poseía un carácter hipersensible que le anticipaba a la soledad y a la fantasía del suicidio siempre en vilo, aun y cuando nunca estuviera satisfecha del todo. Sin embargo, a diferencia de su colega, ella necesitaba acostumbrarse a sensaciones fuertes que le oxigenaran la sangre siempre llena de apetitos terrenales. No se propone sierva enamoradiza frente al guardián del Hades sino que suple cualquier evidencia con un hábil y profundo estadio de liberación para no dejar ver el dolor que la embarga. Quizás por ello escribe, desinhibida, un cúmulo de poemas que tienen como trasfondos tópicos sugestivos que, en una sociedad demasiado moral para su gusto, comenzaba a tornársele intrascendente. Es así como cultiva una firme habilidad para plasmar siempre las palabras precisas y nada más. Escribir lo necesario en cada verso formaba parte de su necesidad por librarse, única y exclusivamente, de la jerarquización que produce el hogar desaprobatorio, mucho más que obedecer a esa temprana casta de mujeres ociosas, amas de casa cuyo desempeño aborrecía y del cual no formaría parte jamás. Es curioso además el sinnúmero de similitudes que une a ambas poetisas, sobre todos si tenemos en cuanta la asombrosa capacidad que tenían de acercarse a la muerte como metodología auxiliar de vida. Es acaso Anne la atrayente desconocida, pues en el caso de la Plath acontece casi un culto de lujo acerca de su obra póstuma que fue capaz de sustraerla a esa aparente sobriedad que sostuvo en sus cortos años de vida. En tanto Sexton continuó afanándose a su obra durante un velo extenso de lejanía poética que le ayudó a sobrevivir. Es entonces cuando sus aspiraciones literarias toman alce, a pesar de que escribía con desarraigo y expresividad sobre lo que ninguna mujer, por altanera que fuera, se había decidido a escribir.

Aquí seduce desentrañar algunas interrogantes que al lector podrían resultarles difíciles, incluso descodificar entre líneas. Resulta que, si bien el discurso masculino se vio agraviado por las novísimas formas de estructuración que proponían las integrantes del movimiento académico feminista, también estas interpretaron el peligro que resultaba enfrentar la línea antológica de una poesía academicista durante siglos, plagada de códigos difíciles de violar esencialmente por un grupo de féminas en su mayoría carentes de instrucción literaria y, en algunos casos, hasta universitaria. Pero Anne no se rinde. Indica la magnitud de su poderío en contra de conservatismos o formas que suelen ahuyentar, a veces, la verdadera esencia del poeta. Sus pertenencias personales hablan sobre dudas y misiones en el tiempo que, como cualquier historial clínico, juegan a contrastar con sobria perspectiva de vida y muerte. Anne es una voz que muda. Una voz que posee el aliento seco de los muertos, pero canta desde la armonía ofreciendo con sus versos el sol para la vida.

Es curiosa la forma que eligiera para abandonarnos y las metas que usó como permanencia. Bastaría conocer algunos datos que aportan todo o casi nada sobre su desarrollo, si tomamos como referencia que en poesía no hay demasiados aciertos que conduzcan a una determinada emoción o contexto visual, salvo aquel cuyo referente tiene validación para el poeta en esa amalgama de imágenes que lo protegen y estrechan su vínculo fraterno con el eje central de su poética. De no ser este el único alter ego que premia su constante reafirmación en materia de simbolismos no habría una cosmovisión establecida en géneros que inviten a la poética reflexiva. Es posible que, Anne Sexton, conociendo de antemano diversos factores ya adulterados en la amplia gama de estéticas y progenies líricas, sustrajera de ellos una porción menos nociva para el resto de su actividad creadora.

Nada resulta más arduo que recobrar la autonomía, la sinrazón que produce estar en contacto con esa naturaleza dicotómica donde el poeta embarga cada imagen. La hebra medular para establecer supuestas desnudeces frente a la voz que suele, constantemente, delatar al Yo en su eterna contradicción. Así permaneció siempre en alza, manifestándose unas y repetidas veces en ese marasmo de gracia que fortalece. Pero hay otras notas discordantes que valen señalar aun y cuando hay emociones mucho más complacientes en el cuerpo del poema que nos deja atónitos, paralíticos en la arrogancia que la propia autora propone.

Quien se acerca mucho al sol suele en ocasiones copiar algunas de sus manchas. Quien sale a menudo contrario a la línea de tránsito padece una terrible decepción una vez puesto en marcha hacia ese inestable camino de huellas que deja el ocaso. Depende de cuan cerca se esté o no de las pequeñas necedades humanas. Es entonces cuando solemos preguntarnos el orden que rige la creación poética. Raras veces conseguimos asertivas conclusiones. Anne Sexton construye su obra a través de impúdicas confesiones. Es una poetisa desprovista de simbolismos clásicos, más bien parece desentenderse de todo y cuanto subyuga a la típica sociedad norteamericana de entonces.

Las estudiosas Sandra Gilbert y Susan Gubar apuntan una teoría en su estudio sobre estereotipos femeninos dentro del imaginario literario del siglo XIX que es fácilmente aplicable aún dentro del XX con respecto a este tipo de escritoras difíciles de catalogar y apuntan: “(…) muchas de las escritoras inglesas y estadounidenses de finales del siglo XVIII y del XIX no parecen ‘encajar’ en ninguna de esas categorías a las que nos han acostumbrado nuestros historiadores de la literatura. De hecho, para muchos críticos y estudiosos, algunas de estas literatas parecen excéntricas aisladas”. 

Pero no sólo es válido en Norteamérica a pesar de que definamos este tipo de aplicación práctica conceptualizada tanto para Anne como para Sylvia. Deduzco que en muchas sociedades iconoclastas la figura de la mujer forma parte de esa dependencia esclavista del sexo masculino que debe formar el eje indisoluble de su patriarcal jerarquía. No hay patrones genéricos salvo para la mujer. De ahí la importancia defendible de criterios que, en una poética transgresora como la de Sexton, conlleva a pensar en planteamientos objetivos. ¿De dónde proviene esa excentricidad literaria? Nunca es fácil definirlo. Supongamos que hija de una cómoda clase media estadounidense supo agenciárselas para salir a flote en una familia casi disfuncional, y digo casi pues la mayor parte de su vida la pasó junto a su tía Anne Dingley quien sería una especie de mentora para la niña y con quien compartía, además del nombre, un espacio de vital importancia en su formación educativa: el hogar. Permitámonos entonces hacer varias digresiones. En lo que respecta a grandes escritoras siempre ha prevalecido la intención freudiana de explicar el metempsiquismo con respecto a la necesidad afectiva que genera la infancia o, en caso de resultar afortunado como para corregir de alguna forma su vocación en un estadio posterior a la adolescencia, se juzgan estereotipos que traducen una mera y frívola educación sexual, por lo cual buscan refugio en la palabra escrita, libre de privaciones que acontecen en un marco puramente familiar.

De ahí parte otra credulidad, y es que las grietas son aún más cercanas a las autoras de lo que ellas mismas imaginan, lo cual es el hilo conductor de esa posible ansiedad que se traduce en “daño mental” en algunos casos. Igual, en mi justa y quizá cuestionable convicción, Sexton fue de todas las poetas norteamericanas la única que se atrevió a esgrimir con palabras acertadas y puntuales los temas relacionados con el sexo, la promiscuidad y la familia. Incluso me atrevería decir  que fue una pionera muy adelantada a su tiempo en las temáticas de género rozando la homosexualidad y los patrones que no encajaban en dicho sistema social y que se expresan en múltiples versos. El mero hecho de ser mujer y poeta le otorgaba el pasaporte como carta abierta a expresarse con un sinnúmero de posibilidades. Cito entre algunos:  

(…) Como el pez, soy una sola piel Y no soy más mujer
de lo que Cristo fue varón.

Ambas ensayistas (S. Gilbert y S. Gubar) plantean sólidas afirmaciones al respecto y como todo tema de reflexión es inacabado, cabe constatar que en el caso de las poetas norteamericanas mal haríamos en apoyar hipótesis que alienten la suplantación. Sucede que Anne Sexton fue una especie de rara avis en el panorama circundante. Hay textos donde habla de la vida con una claridad sorprendente y otros en los que tampoco suele entrar en contradicción aun y cuando sepamos que nos está hablando de su propia muerte; pero desde el sueño eterno de la vida. Habla incluso de adjudicarse una vida mejor; un anhelo que suple desde el desorden interno y suele incorporar a la marcha del viviente.

Se habla de factores predisponentes a la continua manía del suicidio. Un padre alcohólico, con ideas incestuosas no del todo axiomáticas, así como una madre subyugada al placer del macho y un servilismo hostil a la familia, serían motivos suficientes para desaprobar cierta personalidad que de antemano debía ser.  De todas las poetisas norteamericanas fue quizás la más propensa a depender de psicólogos u algún otro estratega que supiera, en fin, particularizar su personalidad en ciernes. Su carácter destemplado – y hagamos coparticipe a Emerson quien sostuvo la teoría sobre la personalidad bipolar del individuo – le hizo sufrir de un padecimiento específico del reino animal que me atrevo a llamar “amoralidad psicógena”.

Siendo así, la poetisa se nos entrega con disciplina a los brazos de la muerte. Tal pareciera que morir estaba de moda entre los poetas de la época cual si fuera un lazareto -juzgado con anterioridad por Goethe en sus obras- citando las tendencias suicidas de la mayor parte de los escribas con tendencia a la depresión y la fragilidad humana. Anne no fue la excepción. Pareciera que lo tuviera todo; o casi todo. Pero una parte de su ser desaprobaba el arquetipo. Furiosa parece reprocharle a Sylvia su pronta huida en Vivir o Morir: “ladrona” la llama con locura. Y luego retrocede ante el hecho mismo de evocar su última morada. Parece quererlo todo, incluso la vida y la muerte.


Breve cronología de Anne Sexton

1928…Nace Anne Gray Harvey en Newton, Massachussets, Estados Unidos, el 9 de noviembre en el seno de una familia disfuncional. Hija de Ralph Harvey un exitoso fabricante de lana, alcohólico, y Mary Encanece quien detiene su insipiente carrera Literaria para dedicarse a la familia.

1945…Estudia en un colegio de internos en Lowell, Massachussets donde comienza a escribir poesía y a actuar en grupos musicales.

1947…Se gradúa de Bachiller.

Escapa del seno familiar con Alfred Muller Sexton II “Kayo” con quien vivió durante el periodo universitario.

1953…Da a luz a su primera hija, Linda Gray Sexton, futura novelista.

1954…Fallece Anna Dingley, “Nana”, tía soltera con quien vivió durante su adolescencia lo que le produce una profunda depresión.

1955…Nace su segunda hija Joyce Sexton.

Es sometida a tratamiento psiquiátrico debido a sus fantasías suicidas.

Intenta el suicidio y es hospitalizada.

1957…Se vincula con un grupo de escritores, entre ellos: Maxime Kumin, Robert Lowell, George Sterbuck y Sylvia Plath.

1959…Pierde inesperadamente ambos padres.

1960…Publica su primer libro de poesía Manicomio.

Poemas como Usted, Dr. Martin, Las campanillas, y La Imagen doble son antologados a menudo en revistas y periódicos de la época.

Integra el grupo de poetas llamados “confesionarios” junto a exponentes como W.D.Snodgrass y Robert Lowell.

1962…Publica Todos mis tesoros.

1963…Viaja a Europa.

1964…Aparece Selección de poemas en Inglaterra.

1966…Publica Vida o Muerte.

Acompaña a Kayo durante un safari en África.

Nominada al Premio del Libro Nacional.

Es nominada al premio Word Fundation y al Guggenheim Fundation respectivamente.

Recibe el premio Pulitzer por su tercer Libro de poesía Vida o Muerte.

Recibe premio Conmemorativo Shelley.

Trabaja como catedrática en la Universidad de Boston enseñando poesía, así como en Radcliffe y Harvard, sin ser siquiera graduada del nivel universitario.

1969… Aparece el poemario Poemas de amor, y su reputación como escritora aumenta con esta publicación.

Broadway produce Calle de la Misericordia basado en uno de sus textos dramatúrgicos.

Aparece El libro de tonterías

Vuelve a intentar el suicidio.

1970… Se divorcia de Kayo.

1972…Aparece Transformaciones, libro de cuentos en el cual versiona los cuentos clásicos de los hermanos Grimm.

1973…Termina su matrimonio con Kayo.

1974…Aparece Los cuadernos de la muerte.

Ese año completa el poemario El atroz rema hacia Dios que sería publicado póstumamente.

Se suicida el 4 de octubre asfixiada con monóxido de carbono en su garaje en Boston.

Aparece Sylvia Plath y Anne Sexton: una guía de referencias. Cameron Northouse y Thomas Page.

1975…Aparece post mortem El atroz rema hacia Dios.

1976…Aparecen colecciones póstumas, entre ellos Calle de la misericordia.

 Se editan 45 poemas escogidos.

1977…Autorretrato en cartas. Revisión por Linda Sexton Gray y Lois Ames.

1978…Palabras para Dr. Y: Colección de Poesía con Tres cuentos.

(Revisiones de Linda Sexton Gray)

1981…Poemas completos.

1985…Selección de ensayos, entrevistas y prosa. Steven E. Colburn.

1987…Estudio crítico sobre la poesía de Anne Sexton por Diana Hume George.

1988…Anne Sexton: Selección de crítica por Diana Humes.

Selección de poemas Anne Sexton (coedición) por Diane Wood Middlebrooks y Diane Humes.

Ensayos originales sobre la poesía de Anne Sexton. Trances Bixler.

Anne Sexton: cuentos contundentes. Steven E. Colburn.

1989…Ensayos críticos sobre Anne Sexton. Linda Wagner- Martin.

1991…Anne Sexton: una biografía por Dianne Word Middlebrooks. Universidad Texas. Austin.

Son revelados a su biógrafo, por quien fuera su psiquiatra durante ocho años, los archivos terapéuticos de Anne Sexton.

1996…Se edita en España El asesino y otros poemas. Traducción de Jonio Gonzáles y Jorge Ritter.

*Este ensayo pertenece al libro
Tres tristes sombras: anotaciones breves sobre tres poetas suicidas (2024)

Buñuel Feminicidios Fílmicos: Él (1952) y “Ensayo de un crimen” (1955)

                                              


Uno de los motivos de nuestra presentación sería de carácter conceptual, y podría plantearse a través de la pregunta: ¿qué término resulta más apropiado para juzgar a una parte del cine de Luis Buñuel, ¿filmcidio o feminicidio? La duda empezaría a despejarse si recordamos que, tras medio siglo como director y treinta filmes realizados, la mayor parte de sus películas se centraron en la figura femenina, tanto en la etapa de puro surrealismo del cine mudo (1920) como en el periodo en México (1940-1950) en el que mezclaba surrealismo con melodrama, durante el breve regreso a España (1960) en el que experimentó a vaciar en un molde al surrealismo con el drama, o al final de su vida en Francia (1970), combinando los atrevimientos surrealistas de la juventud con la reflexión histórica y filosófica de la vejez.

De todo ese largo peregrinar queda el recuerdo de los rostros y los cuerpos de un grupo de divas del cine latino y europeo a las cuales Buñuel convirtió en iconos de los deseos reprimidos de varias generaciones de espectadores. En primer lugar, la actriz Silvia Pinal -recientemente fallecida- que no solo fue un icono sino una suerte de fetiche personal de Buñuel en el “rodaje” de “Viridiana” (1961), “El ángel exterminador” (1962) y “Simón del desierto” (1964). A Silvia Pinal se sumarían otras divas de la “época de oro del cine mexicano”: Lilia Prado (“Subida al cielo”, 1951, “Abismos de pasión”, 1953 y “La ilusión viaja en tranvía”, 1953); Rosita Quintana (“Susana”, 1950); Katy Jurado (“El bruto”, 1952), Columba Domínguez (“El rio y la muerte”, 1954), Miroslava Stern (“Ensayo de un crimen”, 1955), Rita Macedo (“Ensayo de un crimen”, 1955 y “Nazarín”, 1958), María Félix (“La fiebre monte a El Pao”, 1959). También engrosarían la lista de divas internacionales empleadas por Buñuel en sus filmes, las “starts” del cine europeo Simone Signoret (“La morte en ce jardín”, 1956), Jeanne Moreau (“Le Journal d’ une femme de chambre”, 1963), Catherine Deneuve (“Belle de Jour”, 1966 y “Tristana”, 1969), Monica Vitti (“El fantasma de la libertad”, 1974) y Angela Molina (“Ese oscuro objeto del deseo”, 1977).

Nuestro interés se dirigirá a los filmes “Él” (1952) y “Ensayo de un crimen” (1955). Ambos se corresponden con la estancia de Buñuel en México (1940-1950) y son muestras relevantes de las obsesiones psicológicas y estéticas del director en el tratamiento de celos, misoginia y feminicidio. Con estos tres elementos “a la mano” se podría componer un “culebrón” televisivo de perfil melodramático, pero Buñuel supo sortearlos como posibles escollos que hubieran hecho naufragar su proyecto fílmico, el cual, lejos de omitir el lado pasional en los asesinatos de mujeres por celos y misoginia de los criminales, los enaltece como De Quincey en “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”.

Él (1952) cuenta en los roles protagónicos con la pareja de Arturo de Córdova (Francisco Galván) y Delia Garcés (Gloria Milalta). Tiene una duración de 92 minutos. Buñuel trabajó en el guion con Luis Alcoriza -fetiche del director como la actriz Silvia Pinal-, autor de la mayoría de los guiones de sus filmes.

Él está basado en una novela de Mercedes Pinto, escritora nacida en Canarias y radicada en México. En el guion participó indirectamente Salvador Dalí, fundador del surrealismo junto a Buñuel y Lorca en la Residencia Estudiantil Universitaria (Madrid, 1920). Dalí le transmitió sus conocimientos acerca del método paranoico crítico. Su noción de paranoia crítica insistía en que el fenómeno paranoico es de tipo seudo alucinatorio, ilustrando sus ideas a través de las imágenes dobles: en pintura, afirmaba, la imagen de un caballo podría ser al mismo tiempo la imagen de una mujer.

Él es el retrato en primer plano y en primera persona de un paranoico. Buñuel se sentía a gusto con el tema, y afirmaba que los paranoicos eran como los poetas: «nacen así, locos, interpretan siempre la realidad en el sentido de su obsesión, a la cual se adapta todo”.

Él es una película que despertó el interés de la academia francesa. Abundaron las referencias en publicaciones como “Journé du Cinema”, “Cahier du Cinema”, “Positif y las de exaltados críticos y escritores como  Prevert, Bazin, Dubreuilh y Sadoul, siendo una excepción, el escritor surrealista Jean Cocteau, quien aseguró que Buñuel “se había suicidado” al presentar este filme en el Festival de Cannes en 1953.

En el libro de conversaciones autobiográficas “Prohibido asomarse al interior”, el crítico de cine mexicano José de la Colina, le comenta a Buñuel: “Yo creo que en el protagonista de Él ha puesto usted algo de su modo de ser”. Y Buñuel, dado a aprovechar cualquier motivo para promover escándalo, le responde: “Quizás es la película donde más me he puesto yo. Hay algo de mi en el protagonista”.

Durante el tiempo en el cual Buñuel dirigía sus filmes, el psicoanalista Jacques Lacan ejercía la profesión médica en Francia. Lacan no iba al cine como la mayoría del público a “pasar el rato entretenido” sino en búsqueda de filmes que avalaran sus teorías psicoanalíticas. El método de Lacan consistía en desechar la narrativa del filme y centrarse en las imágenes como ejemplos de patologías y desórdenes mentales. En los ensayos de los argentinos Daniel Zimmerman (“Lacan y el cine”) y Carlos G. Motta (“Las películas que Lacan vio y aplicó al psicoanálisis”), se afirma que Lacan fue muy riguroso en la selección: solo 17 filmes en más de 30 años le resultaron de interés para sus estudios psicoanalíticos.

Curiosamente, en la lista de los filmes eliminados, hay algunos “clásicos” del cine europeo de 1960 como “La dolce vita” de Fellini, “If …” de Anderson e “Hiroshima mon amour de Resnais, mientras desbordaba en elogios para un filme con presupuesto máximo de $ 50,000 dólares (Él) hecho por un director (Buñuel) prácticamente desconocido en el México de principios de 1950.   

Buñuel y Lacan se habrían conocido personalmente en la proyección de la película, Él, que Lacan alabó en alto grado, reconociendo su carácter documental respecto de la paranoia, razón por la cual la comentó entre sus alumnos y recomendó a sus colegas. Ambos (Buñuel & Lacan) por vías diferentes, coincidieron en las complejidades de la mente humana, y ambos, en sus vidas profesionales, mostraron un deseo innato de comprender y dar sentido al pensamiento humano. Del encuentro casual entre la ciencia del pensamiento (Lacan) y el arte visual del cinematógrafo (Buñuel), dejó testimonio el segundo en una carta dirigida a su amigo y guionista, el mexicano Luis Alcoriza:

“Hace tres días, la Unesco organizó una sesión con “Él” para los psiquiatras de París. Había una cincuentena de estos seres en la sala de proyección: Dr. Jacques Lacan, el más famoso del mundo en estudios sobre Paranoia, director del Hospital St. Anne de Paris, el Dr. Evy, director del Hospital de Chartres, etc., etc., etc. Sería largo contarte al detalle lo que dijeron y me preguntaron al terminar la proyección. Total: les pareció perfecta la descripción del tipo. Se extrañaron de que hubiéramos podido profundizar tanto en el personaje. El Dr. Lacan es la segunda vez que veía el filme. Por todo, esa reunión me produjo una gran alegría. Siento que no la compartieras conmigo, ¡oh, discípulo predilecto…”

¿Qué tipo de situaciones en “Él” despertaron el interés de Lacan hasta el punto de convertir un producto estético en objeto de estudio psicoanalítico y hacer de Francisco Galván (actor Arturo de Córdova) un paciente de diván freudiano?

Francisco como buen paranoico está empecinado en interpretar la realidad en función de su delirio. La paranoia comienza a manifestarse desde el principio: queda fascinado -amor a primera vista- por Gloria (actriz Delia Garcés), la prometida de un amigo e invita a ambos a su casa cuando se entera de que van a casarse. Gloria anula su compromiso y en sorprendente twist se casa con Francisco. Durante la luna de miel, la pareja se encuentra con Ricardo, un conocido de Gloria. Francisco empieza a “atar cabos” e interpreta todo como si entre ellos existiera desde antes una relación íntima. Sus sospechas infundadas le parecen irrebatibles cuando la casualidad hace que Ricardo se hospede en el hotel en la habitación contigua a la suya.

En una secuencia de “voyeur freudiano”, Francisco introduce una aguja por el ojo de la cerradura de la puerta entre ambas habitaciones, esperando reventar el ojo de Ricardo que está seguro lo atisba a él y a Gloria del otro lado de la cerradura.

La vida matrimonial de Francisco y Gloria, paulatinamente, como consecuencia de los celos terribles, se convierte en un infierno. Francisco intenta reprimirlos, pero puede más el tormento íntimo del protagonista. En la pantalla se suceden episodios melodramáticos y rocambolescos, en los cuales, “fantasea” con asesinar a su esposa con formas extraídas “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”.

Por ejemplo: (1) asesinar a Gloria con una revolver cargado con balas de fogueo (2) lanzándola desde lo alto de un campanario (3) ahorcándola con una soga (4) degollándola con una navaja y otro más que, por sorprendente e ingenioso, no pasó inadvertida al ojo freudiano de Lacan. Al ver aparecer en pantalla a Francisco con hilo y aguja, exclamó en la butaca: “¡Eureka, he aquí un ejemplo sublime de celotipia!” Fuera de control, totalmente paranoico, Francisco piensa asegurar la fidelidad de su esposa, a falta de “cinturón de castidad medieval”, intenta coser con hilo y aguja la vagina de Gloria y, de esta forma insólita, superar cualquiera de las propuestas de bellos asesinatos al estilo de Quincey con un homicidio grotesco al estilo del Marqués de Sade en “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”. Finalmente, creyendo que todos se ríen de él por la supuesta infidelidad de Gloria, en un arranque de ira, al verla entrar en una iglesia, la sigue y estrangula delante del altar al padre Velasco, su guía espiritual, la única persona que ha estado de su parte. Luego de cometido el homicidio -real o simbólico- Francisco, aterrorizado por las emanaciones de su siquis perturbada, se interna en un convento de monjes cartujos con voto permanente de clausura y voluntario enmudecimiento de palabras.   

Entre la producción de “Él” (1952) y “Ensayo de un crimen” (1955) median tres años. Irónicamente, podríamos asegurar que, en ese breve periodo de tiempo, lejos de “regularse” o “normalizarse”, los males de la paranoia, la celotipia, la misoginia y el feminicidio se agravaron en el cine de Luis Buñuel. En ambos filmes hay una constante: es superior “el goce” de planear los asesinatos de las víctimas femeninas (causalidad) a cometerlos en la realidad pese a que resulten fallidos, no por falta de perfeccionamiento del plan del homicida sino por “fallos del destino” (casualidad). 

El mejor ejemplo de esta dualidad entre causalidad en el planeamiento de los crímenes y casualidad en la ejecución de los feminicidios es la película “Ensayo de un crimen” (1955), distribuida internacionalmente como “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz” en busca de mayor impacto en las taquillas. Con una duración de 89 minutos, la película está basada en la novela “Ensayo de un crimen”, del autor mexicano Rodolfo Usigli que estuvo en desacuerdo con la adaptación cinematográfica de Buñuel, llevó el pleito a los tribunales y al no prosperar la demanda judicial, tuvo que conformarse con la inserción en los créditos de una cláusula que advertía que el filme se «inspiraba en la novela”.

Mientras el litigio legal se extendía en los tribunales, la película se hacía popular en las salas de proyección al contar con la participación de tres divas del cine mexicano: Miroslava Stern (Lavinia), Rita Macedo (Patricia) y Adriana Walter (Carlota). De las tres, dos murieron trágicamente en situaciones similares a las del filme.

Miroslava el 9 de marzo de 1955, dos meses antes del estreno. Una coincidencia premonitoria aparece en la película, la escena donde Archibaldo quema el maniquí que se parece a ella como en vida le sucedió a Miroslava un poco más tarde, cuando su cuerpo sin vida, encontrado en el lecho, supuestamente por envenenamiento, fue igualmente cremado.

Patricia, el personaje de Rita Macedo, quien se suicida en la película, hizo lo mismo treintaiocho años después, el 5 de diciembre de 1993, quedando la muerte ficticia del filme como premonitorio y adjudicable a la “jettatura” que según algunos de los enemigos de Buñuel acompañaba al cineasta: “una maldición gitana del mal de ojo, por la cual todo lo que el maldito mira sufrirá mala suerte”. 

Si en “Él” el feminicidio tiene una sola víctima: Gloria Milalta, en “Ensayo de un crimen” tendrá casi una media docena. Conceptualmente, “Ensayo de un crimen” se atiene a los lineamientos de la definición de feminicidio. Esto es: “asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo y/o misoginia”. La escritora feminista sudafricana Diana Russell, promotora del concepto, explicó que “el feminicidio representa el extremo de un continuum de terror antifemenino que incluye una variedad de abusos verbales y físicos como violación, tortura, esclavitud sexual, abuso sexual infantil incestuoso o extrafamiliar, golpizas físicas y emocionales, entre otras”.

En la narrativa de “Ensayo de un crimen”, hay varios ejemplos de misoginia que, llevados al paroxismo, se tornan en actos feminicidas.

(1) Archibaldo, un hombre rico, le cuenta una historia de su infancia a una monja. Durante la Revolución mexicana, su institutriz le contó sobre la caja de música que lo entretiene: era de un rey y tenía el poder de matar a sus enemigos al desearles la muerte y oír la melodía. Para probar la magia, activa la música y su institutriz, que mira por la ventana, es alcanzada por una bala y Archibaldo se convence de que la había matado. Saberse asesino en el pasado lo hacía sentirse poderoso en el presente. Amenaza a la monja a la que cuenta la historia con una navaja, pero huye y cae al vacío de un ascensor abierto.

(2) Llamado por el juez que investiga el incidente, confiesa que mató a la monja y que no es su primera víctima. Escucha sonar a su caja de música en una tienda de antigüedades. Una mujer llamada Lavinia (actriz Miroslava Stern) y su prometido piensan comprarla, pero convence al vendedor de que se la dé a él. En casa, echa a andar a la caja de música y se corta al afeitarse: la sangre le trae recuerdos del cadáver semidesnudo y ensangrentado de su institutriz.

(3) Carlota (actriz Adriana Welter) una joven a la que corteja se encuentra con Patricia Terrazas (actriz Rita Macedo), quien lo reconoce en un salón de juegos. Le da a Carlota un jarrón y dice que tiene sentimientos homicidas que lo asustan, pero cree que puede salvarse a su lado con su pureza. En el salón de juegos, ve a Patricia y la escucha discutir con su amante, la sigue cuando se va y ofrece llevarla a su casa, haciendo una parada antes para buscar su navaja. Mientras Patricia sirve bebidas, imagina matarla, pero el amante llega, interrumpe su plan y se va. Por la mañana, un policía le dice que Patricia se suicidó.

(4) Tras constatar la muerte de la posible tercera muerte de sus deseos misóginos, bebiendo solo en un bar, Archibaldo ve a Lavinia arder en llamas dentro del vaso de bebida y se le despiertan instintos asesinos. Lavinia le da una dirección. Visita a Carlota y le propone matrimonio, pero dice que necesita tiempo para decidir. Va a la dirección que le dio Lavinia: una tienda de ropa donde hay un maniquí que se parece a ella. Pregunta quién hizo el maniquí y visita al escultor. Lavinia está allí y queda impresionada de que la haya encontrado. Le asegura que no vive solo y ella acepta ir a su casa para modelar. Lavinia va a verlo y le presenta a su prima y Lavinia se divierte al ver que la «prima» es el maniquí que compró.

(5) Archibaldo enciende el horno alfarero mientras Lavinia intercambia ropa con el maniquí. Intenta besarla, pero se resiste y besa al maniquí y Lavinia a él y comienza a quitarle la ropa al maniquí y él le pide que la deje y se quede con la ropa que compró para el maniquí.

(6) Lavinia mira un álbum de fotos de su infancia y se acerca por detrás cuando suena el timbre. Abre la puerta y un grupo de turistas irrumpe. Lavinia los invitó a su taller de cerámica, pero él se enoja con la broma. Ella le dice que se va a casar, no la volverá a ver y se va con los turistas.  

(7) Archibaldo toma el maniquí, lo mete dentro del horno, lo quema en efigie mientras observa curioso y perverso cómo se derrite entre las llamas. Carlota llega y le dice que acepta su propuesta de matrimonio. Va al apartamento de Alejandro, el amante de Carlota y los ve a ambos.

(8) Decepcionado porque no parece ser tan pura como pensaba, fantasea con dispararle la noche de bodas con vestido de novia después de hacerla rezar, pero el plan se frustra cuando, tras de la ceremonia, Alejandro le dispara y la mata en su lugar.

(9) Tras escuchar la lista de feminicidios, el juez dice que, si bien tiene potencial de ser un criminal, no ha cometido delito. Sintiéndose culpable de la muerte de media docena de mujeres, regresa a  casa y activa la caja de música. La mete en un saco y la arroja a un lago. Se siente absuelto y, de regreso, encuentra a Lavinia quien le cuenta que, después de todo, no se casó. Se toman del brazo y se van juntos.

CONCLUSIONES

“Ensayo de un crimen” es la historia de un candidato a asesino serial cuyas víctimas femeninas mueren antes de que él tenga la oportunidad de asesinarlas. Archibaldo de la Cruz es culpable de pensar, imaginar y planificar asesinatos, pero no de cometerlos. En términos cristianos: peca por intención, no por defecto y los varios intentos fallidos de crimen igualan al Archibaldo de “Ensayo de un crimen con el Francisco de “Él”.

En la lista de feminicidios -reales o fingidos- cometidos por Francisco y Archibaldo, se mezclan los de carácter intimo con los no íntimos. En los primeros estarían los de una mujer asesinada por una persona del sexo masculino con la que habría tenido vínculo amoroso (Francisco & Gloria), pero también el que asesina a una mujer que haya rechazado una relación íntima (Archibaldo & Lavinia). Los segundos se tipifican por la muerte de una mujer cometida por una persona del sexo masculino que sea desconocido por la víctima (Archibaldo & Patricia–Archibaldo & Carlota—Archibaldo & Lavinia).

Si aplicamos a ambos filmes los razonamientos de Thomas de Quincey en “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”, los crímenes perfectos planeados por Francisco y Archibaldo, aunque fallidos, se pueden considerar crímenes artísticos. Estéticamente, se dieron a conocer al público y han causado efectos patéticos que afectaron su sensibilidad. O en palabras de Aristóteles al definir a la tragedia: “han purificado el corazón mediante la compasión y el terror”.

Thomas de Quincey reflexiona en su libro sobre la forma en la cual el asesinato artístico se distancia de una  visión moral del crimen; esta interviene cuando el crimen aún no se ha ejecutado ni se está realizando. En este sentido, el crimen único de Francisco y la media docena de crímenes de Archibaldo se igualan no solo en el planeamiento ideal y en su no consumación, sino que, enfrentados al espejo de la perfección del crimen artístico, salen ganadores por partida doble. Nunca se llegaron a ejecutar, es decir, son inocentes, están libres de culpa y susceptibles de ser perdonados: Francisco por la justicia divina (moral celestial) al ponerse en “manos de Dios” y encerrarse en un convento por el resto de su vida y Archibaldo por la justicia civil (moral civil) al ser absuelto por la policía y los jueces de los crímenes de los cuales se auto imputaba. 

Thomas de Quincey en “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”, señala que tras ser consumado el crimen, la víctima deja de sufrir y el asesino desaparece de la escena, la virtud (moral) “es innecesaria” y llega “el momento del buen gusto y de las Bellas Artes”; es decir, interviene la Estética y nos lleva a reconocer que hechos moralmente reprobables (crímenes) produjeron algo meritorio (arte) cuando empiezan a juzgarse por los preceptos del buen gusto como en su momento hicieron Lacan, la crítica cinematográfica y los espectadores con los feminicidios fílmicos de Luis Buñuel.

(Presentación realizada en el 59rh Congress South Council Latin America Studies (SCOLAS) Albuquerque, New Mexico. Marzo 2025)