FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA
MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) Profesor, escritor, traductor y editor. Ha publicado una veintena de libros entre ensayo, poesía, cuento y novela, entre los que destacan Meditación de Odiseo a su regreso (poesía, 2001), Hombre de la honda y de la piedra (poesía, 2007); El día de La Cruz (novela, 2007); Antífona de las islas (poesía, 2014); Del tránsito de las almas (poesía, 2018); Ramas de álamo y otros poemas (poesía, 2022) y A veces suceden cosas (cuentos, 2023). Ha obtenido el Premio Nacional José Soler Puig 2007, en novela, y el Premio Adelaida del Mármol 2001; Julián del Casal de la UNEAC 2007 y La Gaceta de Cuba 2018, en poesía. Además cuenta con más de veinte libros traducidos, lo que le valiera el Premio Nacional de Traducción José Rodríguez Feo en 2012.
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Este es el día, piensan milagrosamente a la misma hora doce de las cuatrocientas mil cabezas que cada día rompían sueño y ansia contra los arrecifes del destino en La Cruz. Son las ocho de la mañana. La ciudad se despereza desde su lecho a los pies de unos cerros calvos, entre dos riachuelos fatigados. Semeja el absorto esqueleto de un descomunal cetáceo que, inexplicablemente, hubiera decidido suicidarse lejos de su hábitat de gélidas honduras, en este llano arenoso entre palmas, ceibas y yagrumas. Estas, en su abundancia de volubles penachos que muestran al aire ora el verde profundo de su faz, ora su plateado envés, daban nombre al país. El sol de Isla Yagruma blanquea y pulveriza la osamenta del leviatán con la eficacia de un boticario que prepara sus ungüentos en el mortero. Las barriadas se estiran hacia los cuatro vientos, vértebras que se desprendieron del espinazo fósil. Los muros, los tejados, el asfalto, los laureles, almendros, álamos, palmas, mangos y ficus comienzan a cederle al sol el húmedo aliento de la noche. La Costurera Alemana, como todas las mañanas de Dios y de los hombres, abre los postigos del cuarto de costura, pero en su pecho revolotea un ave rara. Cree que hoy conseguirá su mejor confección y espía su sueño. La Lavandera Jamaiquina se apresura con la demolición de la pirámide de ropa que sus puños deben adecentar. Tendrá visita temprana y deberá atenderla pronto para luego descifrar su ansia, así que canta. El Negro Estibador ya puja y suda a raudales acarreando sacas de azúcar. Pero su mente está en otro escenario glorioso, así que se afana en revisar punto por punto la decisiva acción que liderará. La que llaman la Triple Ve busca la oportunidad para escapar un momento al trajín de la tienda y verse con Eulalio el Espiritista, que le ayude con sus dudas, pero este a esa misma hora piensa que precisamente hoy, por ser el día que es, no atenderá a nadie. La Mocita Gallega se despabila por el escándalo de la luz y los ruidos del ir-y-venir público y pide su desayuno. Siente que es un día como para dar gusto al cuerpo. El Muchacho de la Zarzuela está nerviosísimo con lo del estreno de esta noche. Se mira al espejo sin dejar de hacer gárgaras. El Vicario, tras la sesión coral con que se ha loado al Creador, se encamina, el estómago en brazas por la falta de alimento y por el empeño que lo desgasta, a anular el ayuno. El Agente Secreto, tras haberse aseado concienzudamente y desayunado, llega a su despacho con una carpeta de informes bajo el brazo, aséptico como las gasas de un cirujano, eufórico por el buen augurio de sus planes. El Morito Poeta entra a la tienda, da un beso a cada una de las Muchachitas, las dos mujeres que trabajaban con él. Celebra la flor que trae la Mantis, les pregunta si hay alguna novedad e inmediatamente alista su buró para trabajar un rato en la oda que quería terminar hoy. La Mantis, Victoria en el asiento civil, había salido de la casa cantando su bolero preferido, Dos gardenias. Sentía unos deseos inmensos de hacer algo que no sabía qué era, así que al pasar por el primer jardín que halló cortó unas mariposas, se las puso en el pelo y, en vez de tomar la guagua, decidió irse a pie hasta la tienda, a ver si por el camino adivinaba qué quería hacer. El Chinito Verdulero, una vez que ha descendido de su diaria migración por el sutil sendero del Tao, arregla verduras y frutas en tentación visual y abre su venduta al jolgorio de la Plaza. Todo y todos se disponen a cumplir su día, una jornada donde las dos cuchillas del reloj entablaban un duelo entre la realidad y el deseo. Por el azar que huracanado sopla sobre las voluntades, cada cual ha decidido que este será un día definitivo, su día.
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La luz irrumpe en la habitación que sirve de atelier a la Costurera. Al centro duerme dócil la vieja Singer con la que cada día deja constancia de sus afanes a su paso por este mundo. En la esquina sureste hay un gavetero que guarda botones, broches, zípers, cintas, ligas. Por el piso, cestos diversos, dejados en un descuido ordenado, que ornamentan la pieza y almacenan hilos, dedales, agujas, alfileres, tijeras, cintas de medir, lápices de marcar. En la esquina noroeste un gran armario de puertas con lunas que iluminan los cuerpos que viste la Alemana. Allí esperan, fantasmas que duplican a sus dueñas, blusas, vestidos, refajos, engañadoras –piezas que llevan las mujeres bajo el vestido para “engañar” con la exuberancia que gusta en el trópico–, batas, pantalones, shorts. En un estante, en el ángulo suroeste, abundan perchas y patrones, los moldes de cartón para diversas prendas. Rodeando la máquina, esos bustos de un escultor expresionista, los maniquíes, cuerpos mutilados de cabezas y extremidades, para que nos fijemos en la estructura no en los detalles, sobre los que se van armando las piezas, hasta adquirir la forma de los cuerpos que vendrán. En una esquina, ancla un alto aparador, un galeón cargado de linos y organdíes, satenes y driles, percales y sedas, mezclillas y gabardinas, popelines –poplín al decir criollo– y piqués, terciopelos y rasos, hasta el cansancio barroco. En esas telas, entre estos objetos e instrumentos, vuelca la Alemana su vehemencia por ejercer la ternura y la fantasía que, en otras formas, se le niegan. Aquí se olvida del mundo, se siente crecida y fuerte. A veces sonríe. Otras, suelta la aguja o el pedal y se queda como flotando en una órbita de ensueño. En aquella estancia próxima a la calle llena de ruidos, figuras y movimiento, pertrechada de sus herramientas y sus indefectibles bifocales que le permiten la alternancia del aquí de las puntadas con el allá del grasiento trajinar de los estibadores en el almacén enfrente, compone su universo, mientras cose un día con el otro. Una vez abiertos los postigos, respira hondo la brisa que se apresura adentro, con olores de azúcar, músculos resudados, bostas aún calientes y el amargo resabio de un viejo cedro que sombrea la esquina. Otea su horizonte, con persistente y repetido detenimiento, hacia donde los fornidos hombres descargan un camión. Saluda, Buenos días, con una sonrisa que inaugura continentes. Negrro, cuando tenga tiempo necesito de usted un favorr, con su arrastre de pétreas erres solicita a un negrazo de esos que parecen el genio de la lámpara, a la vez que se acomoda los cabellos. Ya en sus cuarenta, preserva su figura. Ha conocido la preñez solo una vez y liquidó sus rezagos con una dieta austera, reforzada por sus constantes estreñimientos, lo que añadido a su indetenible abejeo en el hogar mantiene sus carnes ceñidas. Aún suscita callados elogios: el estómago liso, el pelo pajizo que esconde bien las primeras canas. Un rostro de nariz recta, labios delgados, ojos azules y límpidos, índices de una sensualidad agazapada. Únicamente la proximidad de un close-up dejaría ver las primeras grietas del paso de las estaciones, acentuadas por ciertos gestos para evadir el sol o para concentrarse en su labor. Tras la fatiga diaria de decirse y contradecirse en sus antojos, hoy había decidido que No espero más. Este no sería un día como los otros sino el día, su día. Miles de puntadas habría dado mientras observaba aquel cuerpo de dura ácana, brillando al sol con matices violáceos, sudoroso, en vigorosos movimientos, como una maquinaria perfectamente lubricada. Con cada puntada fijaba un ardor que la dominaba en su intimidad.
Aquel no era el cuerpo que día a día pasaba a su lado, como un amanecer neblinoso, fofo, que poco a poco se distanciaba más, a pesar de los mismos escasos pasos que separaban a un cuarto del otro. El señor de ese cuerpo había decidido, cuando les nació el hijo, cederle su espacio cerca de ella. Luego, cuando el pequeño ya pudo estar en su propia habitación, razonó que él tenía un horario indefinido y para no causar molestias era mejor así. En aquella soledad acompañada la Costurera vio el tiempo escurrirse como la lluvia por las hojas del añoso almendro del patio. La desidia había cavado un espacio a la duda, la duda lo había ampliado a la curiosidad, la curiosidad lo cedió al ansia y el ansia lo acomodó para el deseo. Este crecía en sus adentros, como otro cuerpo que necesitaba hacer estallar aquel que lo contenía y refrenaba, para poder realizarse. Recurrentemente, tras haber visto un insidioso filme donde Lawrence Fishburne inflamaba la pantalla con su libido agresiva, se soñaba Desdémona asediada por un Otello que no le daba tregua, corriendo tras ella con su oscuro cuerno de rinoceronte. La perseguía sin dejarla respirar, hasta que, ya sin resuello, caía frente al cuerno nervudo, aterrorizada, y él la encentraba con saña, absorta, la perforaba, gozosa, la izaba como una bandera de victoria en su asta, satisfecha. La representación grotowskiana pero no grotesca se enseñoreaba en su cuerpo y lo hacía arder como una bengala. Aquella violencia, al parecer dolorosa, producía un estado de encandilamiento en su ser que la empujaba a solicitar un encore, y otro y otro, ¡Bravo! Que la aplaudiera el público a ella corita, una moderna Isadora, fogosa y temeraria, realizando su vocación artístico-erótica sublimada. Lo angustioso es que ciertas noches ansiaba la reiteración de aquel sueño, la posesión violenta, e intentaba convocarlo visualizándolo, pero su imaginación insuficiente de experiencias nunca se aproximaba a las poderosas visiones del inconsciente. Cuando estas se desataban, era como si todo el calor del mundo se adueñara de su cuarto, de las sábanas, de su piel. Un fogaje abrasivo la poseía desde dentro, le despertaba un odio cruel por cuanto la rodeaba, corría en cueros a ducharse y rezar y rezar, para alejar al demonio que venía a cocinarla en las pailas de la lujuria. Tras la convulsa experiencia la sacudía la luz del día cerca de un Yago blando y abúlico que, por educación, de vez en vez, como una peregrinación, venía hasta su cama a vaciar sus fluidos en ella, hendida como un surco árido.
En la ecuanimidad de su recogimiento espiritual, leyendo los Evangelios, se asombraba de que su mente, luterana y abstracta, musical y filosófica, se hubiera iniciado en aquella creciente lubricidad. Esto la angustiaba, Perdóname Señor, y la abochornaba ante esa otra que sabía de lo razonable y lo moral. Sin embargo lo que la mente expurgaba, el cuerpo lo solicitaba. En los momentos de recogimiento, la mente gobernaba y a empujones de vergüenza echaba los sentimientos morbosos, pero la carne tenía sus potencias. De modo que los sueños la sorprendían y Otello la acometía, corría tras ella, un campeón de torneo, su hombría desenvainada, ella con las piernas en V, Churchill que saluda la victoria inminente, sin poderse mover y como buscando el brutal topetazo. De día solía visitarla el deseo con visiones engañosas. Al recorrer la casa se sentía Grethel perdida en un bosque de penes, violáceos troncos de venas inflamadas que anunciaban un vigor irreductible. Una invasión córnea de su espacio venía desde la tentación a apoderarse de su lucidez y ecuanimidad. Íncubos se agazapaban en las cosas que la rodeaban: la negra piedra de río para machacar carnes, los plátanos erectos en el viandero, el suave e hinchado tubo de dentífrico, las chorreantes velas en los candelabros. Los palpaba para verificar su ensueño y solo lograba una desfalleciente lubricidad, ya no podía dejar de acariciarlos largamente, hasta que un sofoco, una creciente palpitación, una dilatación de su pozo, la obligaban a correr de aquella belicosa penetración en sus dominios. Escapaba al baño y se ocultaba bajo la ducha, adelantando la pelvis para que el frescor sosegante cayera allí, directamente en el centro de su agonía. Permanecía largo rato bajo la fina llovizna hasta que su mente ganaba claridad y el dentífrico era un dentífrico, la vela, una vela y ella una mujer que cosía y aguardaba su momento, a la luz de un postigo abierto al sueño.
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