CUENTO DEL LIBRO LOS COFRADES DE COLUMBIA STREET
LUIS MARCELINO GÓMEZ (Ciudad de Holguín, 1950) Cubano-estadounidense. Escritor, psiquiatra y doctor en letras hispanas. En 1985 se le confirió el Premio Nacional de Cuento en Cuba. En 2007 fue Finalista del Premio de Cuento Juan Rulfo en París, Francia. A mediados de los años 80, en viaje hacia el Sahara enviado por el régimen de La Habana, se asiló en Madrid. Luego de concluir su doctorado en la Universidad Internacional de Florida se desempeñó como profesor de literaturas hispánicas, lengua portuguesa y talleres de Escritura Creativa en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Ha publicado varios poemarios, tres colecciones de relatos: Donde el sol es más rojo (1994), Oneiros (2002), Cuando llegaron los helechos (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Venezuela, 2009) y una novela, Solo con el fuego (Editorial Betania, España, 2024). Fue uno de los narradores escogidos por Letras Cubanas para la antología Isla tan dulce y otras historias. Cuentos cubanos de la diáspora (La Habana, 2002). Los cofrades de Columbia Street constituye su cuarta colección de relatos.
Cuando quedó huérfano, se mudó a un pueblo pequeño junto a su padre. Tenía, a la sazón, siete años.
Provenía de una familia reducida, tanto materna como paterna, que residía lejos de ellos en otra parte del país. La dulzura de la madre había llenado el hogar, el jardín, las horas muertas, los almuerzos, las cenas. El trabajo del viejo, conductor de su propio auto, les permitió vivir sin necesidades. Además, ella era costurera y lo mismo cosía un vestido que una bata de cumpleaños para una niña o hacía los bajos a un pantalón de hombre. Pero cuando se quedaron solos, el padre le explicó que aquella casa estaba llena de recuerdos y que era demasiado grande para ellos.
En el nuevo pueblo, el padre adquirió un revolver que siempre llevaba consigo en la guantera del taxi. Porque nunca se sabe, le decía. Y uno tiene que estar preparado. Un arma que nunca usó aquel hombre bondadoso, que no se enojaba con él, del cual no tenía recuerdo ingrato. En el barrio, donde fueron a vivir, se hizo querer también. Era servicial. Y no hubo nadie que, si lo necesitaba y llamaba a su puerta, no lo llevara a donde precisara, aunque no tuviera con qué pagarle, o lo hiciera después.
El hombre no volvió a casarse. Se dedicó a cuidarlo, a alimentarlo, a enseñarle los buenos modales, a defenderse, a llevarlo a la escuela, al terreno de pelota, a comprarle los guantes, los soldaditos, los carritos de plástico, los bloques de lego, blancos y rojos, con los que construía edificios y puentes; los videojuegos. Los libros para que estudiara. Y para que leyera: el Robinson Crusoe, Las aventuras de Tom Sawyer, Corazón, Harry Potter. Y los teléfonos móviles, para que pudieran comunicarse. Siempre mantuvo las habitaciones ordenadas, limpias, hasta que él creció y compartió las tareas del hogar.
Cuando alcanzó la adolescencia, pensó que su padre lo quería con lástima y que no se había juntado con mujer alguna para no darle una madrastra. Para no borrar el recuerdo de aquel ángel que había sido su madre. El viejo era un tesoro. Hablaba con orgullo de él a sus amigos. Y lo mismo hizo cuando se enamoró de Laura, una compañera de preuniversitario, a la que demoró en llevar a casa hasta asegurarse de que estaba preparada para que formara parte de la familia.
Aunque nunca hablara del tema, hubo épocas en las que deseó que el padre se casara, que le diera una madre, aunque no fuera como la que lo había traído al mundo. Con el sueño le venían hermanos, varones y hembras, a los que querer y con quienes jugar. Como aquel sueño no se había hecho realidad, volcó su anhelo en formar una familia propia, siempre al lado del viejo, al que no abandonaría, se había prometido. Y quien lo amara, tendría que adaptarse a los dos. ¿Cómo dejarlo solo? ¿Cómo vivir sin él que tanto le había dado, quien tanto se había sacrificado por su felicidad? Laura lo entendió y ambos comenzaron a trabajar en el mismo mercado del barrio. Tan cercano a la casa, que podían ir andando. Ella de cajera, él de ayudante del administrador. Les iba bien. Y pronto se casaron en una discreta boda a la que asistieron sus excompañeros de colegio y algunos colegas de labor. Y Laura se habituó al suegro que con tanta distinción la trataba, que seguía conduciendo su antiguo taxi para ayudarlos, quien les hizo el primer regalo de la canastilla para el varón, según le había dicho el obstetra, que en breve llenaría las habitaciones con sus gorjeos.
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En la televisión, alarmados, vieron la noticia. Era un virus que había surgido en el encuentro del río Han con el Yangtsé y que pronto se convirtió en pandemia con un avance indetenible. Las estaciones radiales, televisivas y los diarios, hablaban sobre la enfermedad. Y se aterraron como cada habitante del planeta.
Por su estado de gestación, él determinó que Laura no volviera al mercado. Y que su padre, de setenta años, no saldría de la casa. Podría, con su puesto de subadministrador, suplir las necesidades familiares hasta que el mal cediera. Dormirían en cuartos separados. Comerían en sus habitaciones. Abrirían las ventanas para que circulara el aire. Y usaron máscaras aun en la intimidad del hogar. Mantuvieron la distancia requerida. Y cuando él regresaba, entraba por la puerta trasera, dejaba los zapatos fuera y se dirigía al baño, donde se enjabonaba de pies a cabaza y así permanecía por más tiempo de lo estipulado hasta enjuagarse el cuerpo. Y las ropas, directas a la lavadora, con mucho detergente. Fueron rigurosos hasta el extremo, a conciencia de que todo cuidado era poco.
―Tenemos que hacerlo, por ahora ―decía temeroso, precavido―. Un día esta pandemia pasará como la de gripe de 1918. Pero en aquellos tiempos no había vacunas. Ahora tenemos esa esperanza.
Diez días después, Laura le dijo que había pasado la noche con fiebre, que tenía tos y estaba muy cansada, que había perdido el olfato. Se asustaron, pero decidieron no decirle nada al padre. En el viejo taxi, ella atrás, con máscaras ambos, se fueron al hospital que encontraron abarrotado. Luego de unas horas le hicieron la prueba para determinar si tenía el virus. Debía regresar a la casa y esperar por el resultado, porque, por fortuna, su estado no era serio. El feto estaba bien.
―Solo dejamos ingresados a los más graves y con complicaciones ―les explicó un médico de bata arrugada y ojos cansados, a través de una máscara―. No se preocupen. Se los digo por experiencia. No quieran ver las salas. Están repletas.
Tres días después, cuando regresó del mercado, Laura no respondió su llamado. Pensó que dormía. Y la dejó descansar. Una hora después volvió a llamarla. Tocó en la puerta. Y ante la ausencia de respuesta entró en la habitación. Laura yacía en el suelo, hecha un ovillo abrazaba su vientre. Los ojos abiertos. La mirada perdida. Perplejo, como un autómata se lo comunicó al padre, prohibiéndole que saliera de su habitación.
Sintió los sollozos del viejo.
―Hijo, déjame estar contigo. Te juro que usaré máscara.
―Te necesito vivo, papá. Ya no hay nada que hacer. Estamos solos de nuevo. Por amor de Dios, no salgas de tu cuarto.
Con dificultad, sabiendo que no volvería a abrazarla ni que tampoco vendría el hijo, tan esperado, conversó con ellos mientras envolvía a Laura en una sábana. Así la llevó hasta el hospital. En la morgue no cabían los cuerpos. Con prontitud le extendieron un certificado y con él se vio en el crematorio. Lo mejor era incinerarlos, pensó, porque las funerarias estaban atestadas y ni ataúdes había.
Regresó al mercado, porque creyó que lo mejor era estar ocupado. El jefe lo comprendía, pero desde la distancia le rogó que permaneciera en cuarentena.
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No se acordaba del recorrido hasta el hogar. Solo de estar frente al cuarto del padre pidiéndole, por enésima vez, que no saliera, que no había necesidad, que le llevaría la comida y que no abriera hasta que supiera que él estaba lejos.
Abúlico, deprimido, se sentó en la puerta trasera. Desconsolado, comenzó a llorar, sin poder contenerse, buscando un culpable del asolamiento que se cernía sobre la humanidad. Reflexionó acerca de aquel mal que le había privado del amor de su vida, del crío que esperaba, de formar la familia con la que tanto había soñado. Ronco, por primera vez gritó obscenidades en voz alta. Maldijo.
―Hijo ―sintió la voz del padre detrás de él. Y aterrado, sin voltearse a verlo, se alejó.
―Papá, por favor, regresa a tu cuarto. Ya no hay remedio. Tenemos que ser fuertes. Más fuertes que nunca. Es el único modo de salvarnos.
Mudo, desconcertado, queriendo abrazar al hijo, a sabiendas de que no podía hacerlo, lloroso también, el viejo volvió a su habitación.
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No dormía por las noches. Cocinaba. Iba, siempre con máscara, hasta la puerta de la habitación del viejo a colocarle su desayuno, su almuerzo, su comida. A llevarle café, agua, postres. A recoger su ropa para lavarla. A pedirle una vez más que no saliera del cuarto hasta que supieran que no había peligro. A darle, y darse, aliento al decirle que las vacunas avanzaban, que pronto estarían disponibles. Que el mundo sería otro. Que volvería a ser como antes.
Concluido el confinamiento, regresó al mercado. Debía habituarse. Y la resignación comenzó a invadirle el cuerpo. Pero no lograba conciliar el sueño. Los compañeros se preocupaban de su mirada vaga, aunque nada le decían, evitando caer en una conversación que imaginaban demasiado dolorosa. Él, ahora, se concentraba más que nunca en sus tareas. Y extremó los cuidados. Se había obsesionado con la limpieza de la casa: paños con alcohol, toallitas de cloro. El rostro cubierto. Las ventanas siempre abiertas. El padre le daba esperanza. Aún estaba joven. Podría rehacer su vida.
Una tarde, al llegar a la casa, se percató de que el taxi no estaba en el garaje ni el padre en su cuarto. Unos minutos después lo vio llegar, deshacerse de sus ropas, ir hacia la lavadora. Entrar en el baño. Ante sus preguntas le contó que Frank, el vecino que vivía con su abuelo, lo había venido a buscar por haberlo encontrado febril. Que llevó al anciano al hospital, pero que, al no ingresarlo, le indicaron al nieto que lo observara, que solo regresaran si empeoraba. Amedrentado, le repitió como tantas veces en los últimos meses que se fuera a su habitación y que, por favor, no volviera a atender la puerta, tocara quien tocara. Sin embargo, temía que en su ausencia lo hiciera, que su bondad no se intimidara ante la posibilidad del contagio. Porque su padre seguía siendo el hombre servicial de su infancia, de su adultez. ¿Cómo hacerle entender que corrían otros tiempos, que por el momento debía olvidar su amabilidad habitual?
Cinco días después, al regreso de la jornada laboral, encontró que el viejo tiritaba, estaba confuso, se quejaba de dolor de cabeza y del pecho y de una severa falta de aire. De inmediato, en pánico, lo llevó al Cuerpo de Guardia. Por fortuna, se había desocupado una cama en la Unidad de Cuidados Intensivos, donde no pudo verlo más. Todos los días lo intentó. Pero siempre obtuvo la misma respuesta. Estaba con ventilación mecánica, hacían lo posible porque se recuperara. Había que ser optimistas, le aconsejaba la enfermera detrás de la máscara y que mejor los llamara, que era muy peligroso que fuera a preguntar por él. Lo comprendía, mas no podía aceptar quedarse en casa. Además, estaba seguro de que si el contagiado fuera él, el padre no dejaría de visitarlo, al menos hubiera permanecido lo más cercano posible del hospital. Aun así, ni con todas las atenciones, le explicó el médico por teléfono, logró sobrevivir. Cayó en shock por los procesos sépticos del virus. Y no pudieron salvarlo. Se lo comunicaron en el momento que acomodaba unas cajas en el mercado.
No lloró. Lo asumió como si le hubiera ocurrido a otro. Y ese otro dejó el mercado atrás. Erró por las calles con un pensamiento fijo. Por último, se dirigió a la casa. En cuanto entró, fue hasta la guantera del taxi. Tomó el revolver. Decidido, recorrió los escasos pasos que lo separaban de la vivienda de Frank.
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