Alejandro Aguilar, contra la dictadura del instante

POR ALBERTO GARRIDO

Alejandro Aguilar es una de las voces más lúcidas, depuradas, y al mismo tiempo, disruptivas, de la poesía cubana contemporánea. Autor de una obra que se asienta en la precisión y la contención, ha entregado al canon reciente títulos fundamentales como Tregua (2019), Inutilidad de los botes (2023) y su más reciente poemario, la antología Salitre: persistencia en el tiempo. A estos libros se suman sus libros de cuentos: Paisaje de arcilla y Figuras tendidas. Y sus novelas La desobediencia, Casa de cambio, El cliente tatuado, Fijar la mirada y Ojos de niño. Su labor literaria, marcada por una técnica rigurosa que ha llamado la atención de figuras internacionales como el poeta y traductor estadounidense Forrest Gander —quien ha destacado la capacidad de Aguilar para dotar a la imagen cotidiana de una dimensión metafísica—, lo sitúa como un observador y cuestionador imprescindible de nuestro tiempo.  Su escritura nos demuestra que, en medio de la cultura del vértigo y de la ansiedad interconectada, la poesía sigue siendo el lugar donde la persistencia del tiempo se hace imprescindible.


El «salitre» como erosión y memoria: En Salitre. Persistencia en el tiempo, el título sugiere una fuerza que desgasta, pero también preserva. ¿Qué elementos de tu realidad cubana y universal son ese «salitre» que, al corroer la estructura de tus versos, revela la verdadera esencia de lo que pretendes decir?

La palabra “salitre” lleva en nuestra cultura, una carga emotiva, poética, tiene capacidad polisémica, es marca de identidad, es apego al mar y sus efectos sobre nuestra psiquis. Sin embargo, en un intercambio de opiniones con Forrest Gander, amigo poeta muy reconocido, él me decía que en el imaginario estadounidense, el salitre no es más que un compuesto físico o químico, sin resonancias líricas. Lo sorprendente del caso me llevó a darle destaque a la palabra, como título del poemario homónimo publicado por Isla Negra, y ahora, de esta poesía reunida a la que haces referencia publicada en mi flamante sello editorial Palma Viajera. En ella el salitre es la proximidad del mar, testimonio de un pasado, es erosión, saudade, dolor, identificación con el mar propio, el geográfico y el cultural que es el Caribe, y es el interior de nuestro ser, donde anidan afectos, esencias, memorias… El salitre alude también a cicatrices como las pérdidas y entre ellas, marcadamente, el exilio, esa cicatriz profunda de la que a veces te alivia el contacto con el mar…


Manejas una versatilidad notable entre la novela, el cuento y la poesía. Si tuvieras que defender tu visión del mundo en un juicio, ¿qué «arma» elegirías: la precisión quirúrgica del cuento o la ambigüedad sugerente del poema? ¿Por qué la poesía se siente más necesaria en este momento?

Al escribir, acudo al género que me exije aquello que necesito decir, sin detenerme en límites. Escribo en consonancia con lo que decía Heidegger sobre el arte como aletheia, es decir, como revelación de las verdades ocultas hasta entonces a mi entendimiento. Es así que me reconozco, me comprendo, me identifico, y desde allí, puedo mirar al universo, entenderlo en el tiempo y espacio que me alude.

Una plaquette de poesía, Tesituras (1994), fue la primera búsqueda resuelta de mi voz propia para decir el país al que había regresado en 1992, cuando supe que ya no nos pertenecíamos él y yo, no nos entendíamos. Más tarde, Paisaje de arcilla (1997) y Figuras tendidas (2000), y las novelas, Casa de cambio (2004) y La desobediencia (2005); y de ahí en más, vinieron otros textos que son parte de ese cuerpo de indagación para explicarme qué había cambiado y sigue cambiando en mis circunstancias y en mí. De ahí la clasificación que hizo nuestro querido colega y amigo Amir Valle, al considerarlas novelas de tesis.

Si tuviera que defender mis puntos de vista en un juicio, creo que la poesía, aguda, certera como un disparo, un corte afilado sobre la piel o un grito pegado a la pared… sería adecuada. Ello depende de si consigo expresar lo esencial con el tino apropiado, con la belleza en las palabras y la máxima economía de recursos y silencios. Podría bastarme con la poesía, pero siento que hay más amplitud de espacio y recursos en el cuento, y tal vez, aunque no me das esa opción, necesite de una novela para defenderme, ¡todo depende de lo que se me acuse!


Obsesiones recurrentes: Se dice que un escritor pasa la vida escribiendo el mismo libro disfrazado de géneros distintos. Si quitamos la máscara de sus novelas y la de sus cuentos, ¿cuáles son las obsesiones desnudas, los temas a los que siempre regresas?

La relación individuo-poder es mi obsesión (Paisaje de arcilla, La desobediencia y otros). Como a la gran mayoría de escritores y pensadores, me acosa entender el sentido de la vida y también el amor, aunque este llega casi siempre conectado a un contexto épico (Fijar la mirada); también el exilio como tema en sí (El cliente tatuado)… Son obsesiones nada raras, como puedes ver.

En los últimos años y por razones tal vez de la edad, me he detenido a meditar sobre la experiencia vital y la aproximación a lo que podría ser la muerte. Me seduce mucho el espacio de transición entre ambas, ni qué decir de la muerte propiamente con todo su misterio. 


Muchos autores sostienen que el escritor de prosa es un «arquitecto» que construye mundos sólidos, mientras que el poeta es un «alquimista» que busca la quintaesencia. ¿Sientes que al escribir poesía estás destruyendo la lógica de tu prosa, o ambos mundos se alimentan de la misma obsesión técnica?

Lo segundo; pero también un poco lo primero, pero no diría “destruyendo” sino complementando. Me muevo en ambos espacios y los combino sin temor ni pudor alguno. La poesía requiere de una arquitectura muy fina, no es un simple arrebato emocional que pare genialidades. La prosa, sobre una estructura sólida, necesita de la alquimia para hallar quintaesencias…

Los textos que conforman El polvo y el camino son una buena prueba de esto: para algunos lectores y críticos transcurren en la poesía y para otros en el espacio del cuento. En cada uno de los textos fui consciente de que tenía que cuidar tanto la estructura como la esencia, sin dilapidar una imagen o una palabra. Buscaba cada reverberación que las historias fueran capaces de provocar. El cuento y la poesía conviven allí, amorosamente.


Jorge Luis Borges decía que «la poesía es un evento». Para tus lectores, ¿qué tan importante es que el poema se entienda, frente a la importancia de que el poema se sienta? ¿Dónde pones el límite entre la claridad y el hermetismo?

En la poesía, creo que lo más importante es que el saber poiético genere lo que estremece; lo que permita crear imágenes, emociones y pensamiento. Dentro de esa ecuación importa cuidar cada palabra, porque a través de ellas sugiero mi visión del mundo y de las cosas.


Eres novelista, cuentista y poeta. En un mercado editorial que exige especialización, ¿en qué género la crítica te ha situado mejor y en cuál has tenido más éxito con los lectores?

Estoy más cerca del placer de escribir que de escribir para alcanzar el éxito. Si llegara de alguna manera imprevista, no me molestaría, pero no lo busco, no es lo mío. La mayor parte del tiempo mis colegas y algunos editores me ven como narrador, porque pasé muchos años publicando únicamente cuento y novelas y se formó un público. La poesía estaba ahí, pero yo andaba enfrascado en narrar esa vida en la que me debatía. Casi todos aquellos libros se publicaron por haber sido premiados en concursos y premios internacionales, con lo cual, obviamente, no me fue mal con la crítica. Algo de reconocimiento ha habido. De algún modo me establecí como narrador entre los colegas escritores y editores, y entre quienes me han leído. ¡Algunos de entre ellos me consideran traidor cuando me presentan como poeta!

Cuando me decidí a publicar la poesía que, insisto, siempre he escrito, lo hice por dos razones importantes.

Una, fue el encuentro en distintos momentos con dos editores a quienes respeto mucho y que me estimularon a publicar en sus sellos editoriales: el poeta y editor cubano Alfredo Zaldívar, de Ediciones Matanzas, me pidió organizar mi poesía en un volumen y de allí surgió Tregua (2020) que él publicó en Cuba a pesar de ser yo un escritor del exilio con algún expediente de obras censuradas desde los 90. El otro es el poeta, académico y editor de Isla Negra, Puerto Rico, Carlos Roberto Gómez Beras quien, luego de algunos años observando a distancia mi trabajo, me propuso publicar Inutilidad de los botes (2023), y a partir de entonces, Salitre (2024) y El mapa de las horas (2025). A ambos, toda mi gratitud.

Con esta poesía reunida en Salitre, Persistencia en el tiempo; he creado mi propio sello editorial, Palma Viajera, que por ahora solo se encarga de mis obras pero que, en un futuro cercano, espera abrirse a otros autores, y que se distribuye a traves de Amazon.

La otra razón muy importante fue que el mundo se me estaba desdibujando a velocidad vertiginosa, en muchos aspectos. Vivimos un cambio de época que aún no podía leer claramente, y decidí hacer una pausa en esas indagaciones complicadas que acostumbro hacer desde la narrativa. Necesitaba entender mejor…

Para responder a tu pregunta, creo tener más o menos igual respuesta de la crítica y los lectores, tanto en la narrativa como en la poesía. El desarrollo vertiginoso de las TI pueden hacer más visibles hoy lo último que se ha estado publicando, que es la poesía. En cuanto a mí, siento que soy alguien que escribe, con inmenso placer, en los géneros mencionados. Agradezco a Amir Valle y a ti, Alberto Garrido, todo el apoyo que pudo haber recibido mi literatura desde mis años iniciáticos, en medio de circunstancias de censura y falta de libertades que viví en Cuba en los 90.


La vigencia de la lírica: Vivimos en la era de la inmediatez y la cultura del scroll infinito.Cuando un estudiante universitario, acostumbrado a consumir historias en formatos breves y visuales, se enfrenta a la ‘Persistencia en el tiempo’, ¿qué le ofreces, que un reel de 30 segundos jamás podría darle? ¿Cómo logras que el salitre de tu poesía penetre en pantallas de cristal? 

Ninguna pasión o vocación se puede imponer. Hago lo posible para que los lectores se vean expuestos a mis libros, que dialoguen con ellos… En mi poesía abarco los temas que me provocan, que por ser universales, entiendo que deben preocuparnos a muchos. De los recursos creativos a mi alcance depende que lo que escribo, capte su atención, resuene en ellos, les interese.

Soy optimista sobre el retorno de los lectores que un día cayeron en las garras de la velocidad. Veo como crecen paso a paso las comunidades lectoras, gracias también a las tecnologías, pero sobre todo a iniciativas de la sociedad civil y de individuos que comparten su pasión por la lectura. Siento que las tecnologías no descarrilarán el vehículo cultural; transformarán ciertas áreas, pero seguirá habiendo libros, instrumentos musicales, escritores, músicos, bailarines y actores, películas hechas por humanos… El arte es ancestral e inherente al hombre, una necesidad vital y evolutiva. Los instrumentos son otra cosa.


Hay quienes afirman que la forma es el fondo. ¿Qué lección de humildad te ha enseñado la poesía que no hayas aprendido en la estructura más rígida de una novela? ¿Qué es lo que la poesía te ha prohibido decir que la prosa sí te permite?

La gran lección para mí es que tan importante es la forma como el fondo, pero, sobre todo, y esto quizás la poesía lo hace más evidente: que la célula básica de la literatura es la palabra, y cada una de ellas es importante, en cualquier género. También concedo gran importancia al silencio. Una palabra mal seleccionada te desequilibra un poema, pero también un cuento y hasta el territorio inabarcable de una novela, igual que un texto sin silencios asfixia al lector, ahoga las imágenes. Nadie perdona una pifia en un verso, en una página o en 200. Y al menos yo, sin importar si el poema o la historia es más o menos hermética o más o menos compleja, evito (no siempre con éxito), usar palabras placebo, inexactitudes o ligerezas, ante todo por respeto al lector y por mi propio placer.  


Salitre: Persistencia en el tiempo es una antología personal. Al seleccionar tus poemas, ¿te encontraste con un «Alejandro Aguilar» al que ya no reconoces, con uno que te resulta un extraño fascinante? ¿Qué es lo que más te duele al haber descartado un poema de esta antología?

Me reencontré con un yo que recorrió un camino aprendiendo, pero siendo consistente con su voz; un yo que sigue el mismo derrotero y a quien seguiré conociendo mejor con los años. Este intento de poesía reunida me deja ver cuánto ha cambiado la persona y el poeta, su tono, su estilo, la calidad de lo que escribe, y cuánto de él se mantiene inmutable, fiel a sus esencias.

Encontrar una voz propia no resulta de sumar dos más dos. También creo que esa voz definitiva se alcanza cuando ya no estás entre los vivos. Soy y seré un eterno aprendiz hasta un día, y al siguiente, ya no seré.

Treinta años después de mis primeros poemas, sigo sintiendo dolor al descartar uno, porque sé que en él puse mi mejor intento, pero luego siento alivio por haber tenido el valor de reconocer que algo no funcionó. Lo próximo, es confiar en que podré superarlo y alcanzar su mejor versión.


Tus días y noches (que de pronto son años) en República Dominicana, te han permitido conocer a muchos autores nacionales. ¿Cómo ves la poesía dominicana en el contexto latinoamericano actual, especialmente la poesía joven?

No me gusta expresar juicios, sobre lo que no he leído en su totalidad, y es el caso del cuerpo literario del país. He sido jurado de varios concursos, incluyendo varios Premios Nacionales… leo lo que puedo de la literatura hecha por los dominicanos. Más allá de la tradición, veo surgir voces, otras ganar peso y reconocimiento, aunque siempre hay quienes se cuelan en los salones y los corrillos de la popularidad fácil y la política de campo… Eso sucede en cualquier país, supongo. Lo importante es que cada vez hay más voces jóvenes y no tan jóvenes, que avanzan, que perfeccionan con seriedad su arte. Es importante que abran su mirada al mundo, dejar de mirar a ese ombligo de ser isleño que se asume como único y excepcional; alejarse de los temas manidos que aparentemente conducen al éxito…


La provocación final: Si mañana despertaras en un mundo donde la novela y el cuento han sido prohibidos y solo se permite escribir poesía para sobrevivir, ¿qué escribirías?

¿Prohibidos? Entonces, sin dudarlo, escribiría novela y cuento. Y por supuesto, poesía.